SigPhi · Juan Donoso Cortés

Discurso sobre la dictadura

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Revista Verbo: la Ciudad Catolica, Serie I, n° 8, 1962, pp. 33-55 I. DISCURSO SOBRE LA DICTADURA (1) Señores: El largo discurso que pronunció ayer el sefior Cortina, y a que voy a contestar, considerándole desde un punto de vista rés- tringido, a pesar de sus largas dimensiones, no fue más que un epilogo: el epilogo de los errores del partido progresista, los cuales a su vez no son más que otro epílogo: el epílogo de todos los errores que se han inventado de tres siglos a esta parte y que traen conturbadas más o menos hoy día a todas las sociedades hu- manas. i l El señor Cortina, al comenzar su discurso, manifestó, con la buena fe que a su señoría distingue y: que tanto realza su talento, que él mismo algunas veces había llegado a sospechar si sus. principios serían falsos, si sus ideas serian. desastrosas, al ver que nunca estaban en el Poder y siempre en la oposición. Yo diré a su señoría que, por poco que reflexione, su duda se cambia- rá en certidumbre. Sus ideas no están en el Poder y están en la oposición, cabalmente porque son ideas de oposición y porque na son ideas de Gobierno. Señores, son ideas infecundas, ideas es- tériles. ideas desastrosas, que es necesario combatir hasta que queden enterradas aquí, en su cementerio natural, bajo estas bó- (1) En su intervención, Donoso defiende la política de Narváez, quien, ante la gravedad de la situación, tanto exterior como interna, había con- seguido un levantamiento de las garantías constitucionales y hecho uso de sus poderes, El discurso, que fue pronunciado el 4 de enero de 1849, granjeó a su autor fama europea. Véase Edmund Schramm (Der Junge Donoso Cortés (1809-1836), en Spanische Forschungen der Górdesgesell- schaft. Gesemmelte Aufsätze, Bd. 4. Münster, 1933), y Conde de Monta- lembert (Juan Donoso Cortés, marquis de Valdegamas, Le Correspondant, 25. August 1853. Reproducido en Oeuvres polémiques- et diverses, II. Pa- 33 DONOSO CORTES vedas, al pie de esta tribuna. (Aplauso general en los bancos de la mayoria.)

El señor Cortina, siguiendo las tradiciones del partido a quier” capitanea y representa, siguiendo, digo, las tradiciones de este partido desde la revolución de febrero, ha pronunciado un dis- curso dividido en tres partes, que yo llamaré inevitables. Primera, un elogio del partido, fundado en una relación de sus méritos pa- sados. Segunda, el memorial de sus agravios presentes, Tercera, un programa, o sea una relación de sus méritos futuros.

Señores de la mayoría: Yo vengo aquí a defender vuestros principios, pero no esperéis de mí ni un solo elogio; sois los vencedores, y nada sienta tan bien en la frente del vencedor como una corona de modestia. (;Bien, bien!)

No esperéis de mí, señores, que hable de vuestros agravios: no tenéis agravios personales que vengar, sino los agravios he- chos a la sociedad y al Trono por los traidores a su reina y a su Patria. No hablaré de vuestra relación de méritos. ¿Para qué fin hablaría de ellos? ¿Para que la nación los sepa? La nación se los sabe de memoria. (Risas.)

El señor Cortina dividió su discurso en dos partes, que desde luego se presentan al alcance de todos los señores diputados, Su señoría trató de la política exterior del Gobierno, y llamó polí- tica exterior, importante para España, a los acontecimientos ocu- rridos en París, en Londres y en Roma. Yo tocaré también es- tas- cuestiones, Después descendió su señoría a la política interior, y la po- lítica interior, tal como la ha tratado el señor Cortina; se divide en dos partes: una, cuestión de principios, y otra, cuestión de hechos; una, cuestión de sistema, y otra, cuestión de con- ducta. A la cuestión de hechos, a la cuestión de conducta, ya ha contestado el Ministerio, que es a quien correspondía con- testar, que es quien tiene los datos para ello, por el órgano de lós señores Ministros de Estado y Gobernación, que han desem- peñado este encargo con la elocuencia que acostumbran. Me que- da para mí casi intacta la cuestión de principios; esta cuestión 4 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA solamente abordaré, pero la abordaré, si el Congreso me lo per- mite, de lleno. (Atención.)

Señores: ¿cuál es el principio del señor: Cortina? El prin- cipio de su señoría, bien analizado su discurso; es el siguiente: en la política interior, la legalidad: todo por la: legalidad, todo. para la legalidad; la legalidad siempre, la legalidad en todas cir- cunstancias, la legalidad en todas ocasiones; y: yo, señores, que creo que las leyes se- han hecho para las.sociedades y no las so- ciedades para las leyes (Muy bien, muy bien!), digo: la sociedad todo para la sociedad, todo por la sociedad; la sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasio- nes. (¡Bravo, bravo!) o Señores, esta palabra tremenda (que tremenda es, aunque no tanto como la palabra re- volución, que es la más tremenda de todas) (Semsación.); digo que esta palabra tremenda ha sido pronunciada aquí por un hom- bre que todos conocen; este hombre no ha sido hecho por cier- to de la madera de los dictadores. Yo he nacido para compren- derlos, no he nacido para imitarlos. Dos cosas me son impo- sibles: condenar la dictadura y ejercerla. Por eso (lo declaro aquí alta, noble y francamente) estoy incapacitado de gobernar; no puedo aceptar el gobierno en conciencia; yo no podría acep- tarle sin poner la mitad de mi mismo en guerra con la otra mi- tad, sin poner en guerra mi instinto contra mi razón, sin poner en guerra mi razón contra mi instinto. ( ¡Muy bien, muy biem!) Por esto, señores, y yo apela al testimonio de todos los que me conocen, ninguno puede levantarse, ni aquí ni fuera de aquí, que haya tropezado conmigo en el camino de la ambición, tan lleno de gentes (Aplausos.), ninguno. Pero todos me encontrarán, todos me han encontrado en el camino modesto de los buenos ciudadanos. Sólo así, señores, cuando. mis días estén contados, cuando baje al sepulcro, bajaré sin el remordimiento de haber dejado sin defensa a la sociedad bárbaramente atacada, y al mis- 35 DONOSO CORTES mo tiempo sin el amarguísimo y para mí insoportable dolor de haber hecho mal a un hombre. l Y si no, señores, ved lo que es la vida social, La vida social, como la vida humana, se compone de la ac- ción y de la reacción, del flujo y reflujo de ciertas fuerzas inva- soras y de ciertas fuerzas resistentes.

Esta es la vida social, así como ésta es también la vida hu- mana. Pues bien; las fuerzas invasoras, llamadas enfermedades en el cuerpo humano y de otra manera en el cuerpo social, pero siendo esencialmente la misma cosa, tienen dos estados: hay uno en que están derramadas por toda la sociedad, en que están re- presentadas sólo por individuos; hay otro estado agudísimo de enfermedad, en que se reconcentran más y están representadas por asociaciones politicas.. Pues bien; yo digo que no existiendo las fuerzas resistentes, lo mismo en el cuerpo humano que en el cuerpo social, sino para rechazar las fuerzas invasoras, tienen que proporcionarse necesariamente a su estado, Cuando las fuer- zas invasoras están derramadas, las resistentes lo están también; lo están por el Gobierno, por las Autoridades, por los Tribu- nales; en una palabra, por todo el cuerpo social; pero cuando las fuerzas invasoras se reconcentran en asociaciones políticas, entonces necesariamente, sin que nadie lo pueda impedir, sin que nadie tenga derecho a impedirlo, las fuerzas: resistentes por sí mismas se reconcentran en una mano.

Y esta teoría, señores, que es una verdad en el orden ra- cional, es un hecho constante en el orden histórico. Citadme una sociedad que no haya tenido la dictadura, citádmela. Ved si no qué pasaba en la democrática Atenas, qué pasaba en la aristo- crática Roma. En Atenas ese poder omnipotente estaba en las 36 DISCURSO. SOBRE 1,4 DICTADURA manos del pueblo, y se llamaba ostracismo; en Roma ese poder omnipotente estaba en manos del Senado, que le delegaba en. un varón consular, y se llamaba, como entre nosotros, dictadura. (¡Bien, bien!) Ved las sociedades modernas, señores; ved la Francia, en todas sus vicisitudes. No hablaré de la primera Re- pública, que fue una dictadura gigantesca, sin fin, llena de san- gre y de horrores, Hablo en época posterior. En la Carta de la Restauración, la dictadura se había refugiado o buscado un asilo en el artículo 14; en la Carta de 1830 se encontró en el preám- bulo. ¿Y en la República actual? De ésta no digamos nada: ¿Qué es sino la dictadura con el mote de república? (Estrepito- sos aplamwsos.)

Aquí se ha citado, y en mala hora, por el señor Gálvez Ca- ñero la Constitución inglesa, Señores: la Constitución inglesa cabalmente es la única en el mundo. (tan sabios son los ingleses) en que la dictadura no:es de derecho excepcional, sino de dere- cho común, Y la cosa es clara: el Parlamento tiene en todas. ocasiones, en todas épocas, cuando quiere, el poder dictatorial; pues no tiene más límite que el de todos los poderes humanos: la prudencia; tiene todas las facultades y éstas constituyen el po- der dictatorial de hacer todo lo que no sea hacer de una mujer un hombre o de un hombre una mujer, como dicen sus juris- consultos. (Risas.) Tiene facultades para suspender el habeas cor- pues, para proscribir por medio de un bill d'atiaimder; puede cambiar de Constitución; puede variar hasta de dinastía, y no sólo de dinastía, sino hasta de religión, y oprimir las concien- cias; en una palabra: lo puede todo. ¿Quién ha visto, señores, una dictadura más monstruosa? (¡Bien, bien!)

He probado que la dictadura es una verdad en el orden teó- rico; que es un hecho en el orden histórico; Pues ahora voy a decir más: la dictadura pudiera decirse, siel respeto lo. consin- tiera, que es otro hecho en el orden divino.

Señores: Dios ha dejado hasta cierto punto a los prices el gobierno de las sociedades humanas, y se ha reservado para - sí exclusivamente el gobierno del universo. El universo está go- 37 DONOSO CORTES bernado por Dios, si pudiera: decirse así, y si en cosas tan altas pudieran' aplicarse las expresiones del lenguaje parlamentario, constitucionalmente. (Grandes risas en los bancos de la izquier- da.) Y, señores, la cosa me parece de la mayor claridad y de la. mayor evidencia. Está gobernado por ciertas leyes precisas, in- dispensables, a que se llama causas securidarias. ¿Qué son estas leyes, sino leyes análogas a las que se llaman fundamentales res- pecto de las sociedades humanas?

- Pues bien, señores; si, con respecto al mundo físico, Dios es el legislador, como respecto a las sociedades humanas lo son los legisladores, si bien de diferente manera, ¿gobierna Dios siem- pre con esas mismas leyes que El a sí mismo se impuso en su eterna sabiduría y a las que nos sujetó“a todos? No, señores; pues algunas veces, directa, clara y explicitamente manifiesta su voluntad soberana quebrantando esas leyes que El mismo se impuso y torciendo el curso' natúral de las cosas. Y bien, seño- res: cuando obra así, ¿no podría decirse, si el lenguaje humano pudiera aplicarse a las cosas divinas, que obra dictatorialmente? (Vuelven a reproducirse las risas en los bancos de la izquierda.)

Señores, siendo esto así, la' cuestión, reducida a sus ver- daderos términos, no consiste ya en averiguar si la dictadura es sostenible, si en ciertas circunstancias es buena; la cuestión consiste en averiguar si han legado o pasado por España estas circunstancias. Este es el punto más importante, y es al que voy a contraerme exclusivamente ahora. Para esto tendré que echar una ojeada (y en esto no haré más que seguir las pisa- das de todos los oradores que me han precedido), una ojeada por Europa y otra ojeada por España. (Atención profunda.)

(Grandes aplausos.) Dios, señores, había con- denado a: la Monarquía francesa. En vano esta institución se había transformado hondamente para acomodarse a las circuns- 38 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA tancias y a los tiempos; ni aun esto le valió: su condenación fue inapelable, y su pérdida infalible. La Monarquía de derecho di- vino concluyó con Luis XVI en un cadalso; la Monarquía de la gloria concluyó con Napoleón en una isla; la Monarquía hereditaria concluyó con Carlos X en el destierro, y con Luis Felipe ha concluido la última de todas las Monarquías posibles: la Monarquía de la prudencia. (; Bravo, bravo!) ¡Triste y la- mentable espectáculo, señores, el de una institución venerabilí- -sima, antiquísima, gloriosísima, a quien de nada vale ni el dere- cho divino, ni la legitimidad, ni la prudencia, ni la gloria. (Se repiten los aplausos.)

Señores, cuando vino a España la grande nueva de esta gran- de revolución, todos nos quedamos consternados y atónitos. Nada era comparable a nuestro asombro y a nuestra consternación, sino la consternación y el asombro de la Monarquía vencida. Digo mal: había un asombro mayor, una consternación más gran- de que la de la Monarquía vencida, y era la de la República vencedora. (¡Bien, biem!) Aun ahora. mismo: diez meses van pasados ya desde su triunfo; preguntadla cómo venció; pregun- tadla por qué venció; preguntadla con qué fuerzas venció, y no sabrá qué responderos. Esto consiste en que la República no venció: la República fue el instrumento de victoria de un poder más alto. (Profunda sensación.)

Ese poder, señores, cuando esté comenzada su obra, así como fue fuerte para destruir la Monarquía con un escrápulo de Re- pública, será fuerte también, si necesario fuera y conveniente a sus fines, para derribar la República con un escrúpulo de Impe- rio, o con un escrúpulo de Monarquía. Esta revolución, seño- res, ha sido objeto de grandes comentarios en sus causas y en sus efectos, en todas las tribunas de Europa, y entre otras, en la tribuna española, Yo he admirado aquí y allí la lamentable lige- reza con que se trata de las causas hondas de las revoluciones. Señores, aquí, como en otras partes, no se atribuyen las revo- luciones sino a los defectos de los gobiernos.

39 DONOSO CORTES dosos aplausos en los bancos de- la mayoría.)

Cuando las revoluciones presentan esos síntomas, estad se- guros que vienen del cielo, y que vienen por- culpa y para casti- go de todos. ¿Queréis, señores, saber la verdad, y toda la verdad concerniente a las causas de la revolución última francesa? Pues la verdad es que en febrero llegó el día de la gran liquidación de todas las clases de la sociedad con la Providencia, y que en ese día tremendo todas se han encontrado fallidas. En ese día han venido a liquidación con la Providencia, y repito que todas en esa liquidación se han encontrado fallidas. Digo más, seño- res: la República misma el día de su victoria se declaró tam- bién en quiebra. La República había dicho que sí, que venía a sentar en el-mundo la dominación de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad, esos tres dogmas que no vienen de la Repú- blica, sino que vienen del Calvario. (¡Bien, bien!) Y bien, se- fores, ¿qué ha hecho después? En nombre de la libertad, ha hecho necesaria, ha proclamado, ha aceptado la dictadura; en - nombre de la igualdad, con el título de republicanos de la víspera, de republicanos del día siguiente, de republicanos de naci- - miento, ha inventado no sé qué especie de democracia aristo- crática y no sé qué género de ridículos blasones; en fin, señio- res, en nombre de la fraternidad, ha restaurado la fraternidad pagana, la fraternidad de Eteocles y Polínice, y los hérmanos se han devorado unos a otros en las calles de París, en la batalla más gigantesca que dentro de los muros de una ciudad han pre- senciado los siglos. A esa República, que se llamó de las tres verdades, yo la desmiento: es la República de las tres blasfe- mias, es la República de las tres mentiras. (¡Bravo, bravo!)

Viniendo ahora a las causas de esta revolución, el partido progresista tiene unas mismas causas para todo. El señor Cor- tina nos dijo ayer que hay revoluciones porque hay ilegalidades y porque el instinto de los pueblos los levanta uniforme y espon- táneamente contra los tiranos. Antes nos había dicho el señor 40 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA Ordax Avecilla: “¿Queréis evitar las revoluciones? Dad de co- mer a los hambrientos.” Véase, pues, aquí la teoría del partido progresista en toda su extensión: las causas de la revolución son, por una parte, la miseria; por otra, la tiranía. Señores, esa teoría es contraria, totalmente contraria a la Historia. Yo pido que se me cite un ejemplo de una revolución hecha y Ile- vada a cabo por pueblos esclavos o por. pueblos hambrientos. Las revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos; las re- voluciones son enfermedades de los pueblos libres. El mundo antiguo era un mundo en que los esclavos componían la mayor parte del género humano; citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos. (En los bancos de la izquierda: “La revolu- ción de Espartaco”.) l Lo más que pudieron conseguir fue fomentar algunas gue- rras serviles; pero las revoluciones profundas fueron hechas siem- r opulentisimos aristócratas.

(iBien, bien!) Y seréis como los ricos; ved ahí la fór- mula de las revoluciones socialistas contra las clases medias. Y seréis como los nobles; ved ahí la fórmula de las revoluciones de las clases medias contra las nobiliarias. Y seréis como los reyes; ved ahí la fórmula de las revoluciones de lás clases nobi- liarias contra los reyes. Por último, señores, y seréis a. manera de dioses; ved ahí la fórmula de la primera revolución del pri- mer hombre contra Dios. Desde Adán, el primer rebelde, hasta Proudhon, el último impío, esa es fórmula de todas las revolu- ciones. (¡Muy bien, muy bien!)

El Gobierno español, como era su deber, no quiso que esa fórmula tuviese su aplicación en España; tanto menos lo quiso, cuanto que la situación interior no era la más lisonjera, y era menester prevenirse, así contra las eventualidades del interior como contra las eventualidades exteriores. Para no haberlo he- 4t DONOSO CORTES cho así, era necesario haber desconocido de todo punto el pode- río de esas corrientes magnéticas que se desprenden de los focos de infección revolucionaria y que van inficcionándolo todo por el mundo. (¡Muy bien, muy bien!)

La situación interior, en pocas palabras, era ésta: la cues- tión política no estaba, no ha estado nunca, no está de todo pun- to resuelta; no se resuelven así tan fácilmente cuestiones políticas en sociedades tan soliviantadas por las pasiones. La cuestión di- nástica no estaba concluida, porque, aunque es verdad que en ella somos nosotros los vencedores, no teníamos la resignación del vencido, que es el complemento de la victoria, (¡Bravo!) La cuestión religiosa estaba en muy mal estado. La cuestión de las bodas, todos los sabéis, estaba exacerbada. Yo pregunto, seño- res: supuesto, como he probado ya, que la dictadura sea en circunstancias dadas legítima, en circunstancias dadas provecho- sa, ¿estábamos o no estábamos en esas circunstancias? Si no habían llegado, decidme cuáles otras más graves han aparecido en el mundo. La experiencia vino a demostrar que los cálculos del Gobierno y la previsión de esta Cámara no habían sido in- fundados. Todos los sabéis, señores; yo en esto hablaré muy de paso, porque todo lo que es alimentar pasiones lo detesto; no he nacido para eso; todos sabéis que se proclamó la Repú- blica a trabucazos por las calles de Madrid; todos sabéis que se ganó parte de la guarnición de Madrid y de Sevilla; todos - sabéis que sin la resistencia enérgica, activa, del Gobierno, toda . España, desde las columnas de Hércules al Pirineo, de un mar ` a otro mar, hubiera sido un lago de sangre. Y no sólo España. ¿Sabéis qué males, si hubiera triunfado la revolución, se ha- . brian propagado por el mundo? ¡ Ah, señores! Cuando se pien- sa en estas cosas, fuerza es exclamar que el Ministerio que supo resistir y supervencer mereció bien de su Patria. (¡Muy bien, muy bien!)

Esta cuestión vino a complicarse con la cuestión inglesa; antes de entrar en ella (y desde ahora anuncio que no entraré sino para salir inmediatamente, porque así lo conceptúo conve- 42 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA niente y oportuno), antes de entrar en ella me permitirá el Con- greso que exponga algunas ideas generales que me parecen con- venientes.

Señores: yo he creído siempre que la ceguedad es una señal, asi en los hombres, como en los gobiernos, como: en las naciones, de perdición. Yo he creído que Dios comienza por cegar. siem- pre a los que quiere perder; yo he creído que, para que no vean el abismo que pone a sus pies, comienza por turbarles la cabeza. Aplicando estas ideas a la politica general, seguida de algunos años a. esta parte por Inglaterra y por la Francia, señores, lo diré aquí, hace mucho que yo he predicho grandes desventuras y catástrofes. Un hecho histórico, un hecho averiguado, un he- cho. incontrovertible es que el encargo providencial de la Francia es ser el instrumento de la Providencia en la propagación de las ideas nuevas, asi políticas como religiosas y sociales.

En los tiempos modernos, tres grandes ideas han invadido la Europa: la idea católica, la idea filosófica, la idea revolucionaria, Pues bien, señores, en esos tres períodos, la Francia se ha hecho siempre hombres para propagar esas ideas. Carlomagno (2) fue la Francia hecha hombre para propagar la idea católica; Voltaíre fue la Francia hecha hombre para propagar la idea filosófica; Na- poleón ha sido la Francia hecha hombre para propagar la idea revolucionaria. (Aplausos generales.) Del mismo modo, creo que el encargo providencial de la Inglaterra es mantener el justo equi- librio moral del mundo, haciendo contraste. perpetuo con la Fran- cia. La Francia es lo que el flujo, la Inglaterra lo que el reflujo del mar. (¡Muy bien, muy bien!)

Suponed por un momento el flujo sin el reflujo: log mares se extenderían por todos los continentes; suponed el reflujo sin el flujo: los mares desaparecerían de la tierra, Suponed la Fran- cia sin la Inglaterra: el mundo no se movería sino en medio de convulsiones; cada día tendría una nueva Constitución, cada hora una nueva forma de gobierno. Suponed la Inglaterra sin la Fran- (2) Véase vol. I, pag. 29.

43 DONOSÓ CORTES cia: el mundo vegetaría siempre bajo la carta del venerable Juan sin Tierra, que es el tipo permanente de todas las constituciones - británicas. ¿Qué significa, pues, señores, la coexistencia de es- tas dos naciones poderosas? Significa, señores, el progreso limi- tado por la estabilidad, la estabilidad wvivificada por el progreso. (¡Muy bien!)

Pues bien, señores: de algunos años a esta parte, y apelo a la historia contemporánea y a vuestros recuerdos, esas dos gran- des naciones han perdido la memoria de sus hechos, han perdido la memoria de su encargo providencial en el mundo. La Fran- cia, en vez de derramar por la tierra ideas nuevas, predicó por todas partes el statu qwo: el statu quo en Francia, el statu quo en España, el statu quo en Italia, el statu qwo en el Oriente. Y la Inglaterra, en vez de predicar la estabilidad, predicó en to- das partes las revueltas: en España, en Portugal, en Francia, en Italia y en Grecia. ¿Y qué resultó de aquí? Lo que había de resultar forzosamente: que las dos naciones, representando un , papel que no había sido el suyo nunca, le han representado simamente.

(Grandes y genera- les risas, acompañadas de iguales aplausos en todos los bancos.)

Esta es, señores, la historia contemporánea; pero hablando solamente de la Inglaterra, porque es de la que me propongo hablar muy brevemente, diré que yo pido al cielo, señores, que no vengan sobre ella, como han venido sobre la Francia, las ca- tástrofes que ha merecido por sus errores; ¿No ha sucedido esto ya? Y ha debido su- ceder, señores, porque todos los revolucionarios del mundo saben que cuando las revoluciones van de veras, que cuando las nubes se agrupan, que cuando los horizontes se oscurecen, que cuan- do las olas suben a lo alto, el navío de la revolución no tiene más piloto que la Francia. (Grandes y vivos aplausos.)

44 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA - Señores, ésta fue la política seguida por la Inglaterra y, por mejor decir, por su Gobierno y sus agentes durante la última época. Yo he dicho y repito que no quiero tratar esta cuestión; me mueven a ello grandes consideraciones. Primero, la conside- ración del bien público, porque debo declarar aquí solemnemen- te que yo quiero la alianza más íntima, la unión más completa entre la nación española y la nación inglesa, a quien admiro y respeto como la nación quizá más líbre, más fuerte y más digna de serlo en la tierra. No quisiera, pues, con mis palabras exacer- bar esta cuestión y no quisiera tampoco perjudicar o embarazar ulteriores negociaciones, Hay otra consideración que me mueve a no hablar de este asunto. Para hablar de él tendría que hacerlo de un hombre de quien fui amigo, más amigo que el señor Cor- tina; pero yo no puedo ayudarle hasta el punto que el señor Cortina le ayudaba; la honra no me permite más ayuda que el silencio. (El nombre de Bulwer se repite por los bancos de la mayoría.) l l El señor Cortina, al tratar esta cuestión, permítame que se lo diga con franqueza, tuvo una especie. de vahido y se le ol- vidó quién era, dónde estaba y quiénes somos. Su señoría creyó que era un abogado, y no era un abogado, que era un orador del Parlamento, Su señoria creyó que hablaba en un tribunal, y ha- blaba en una asamblea deliberante; creyó que hablaba de un pleito, y hablaba de un asunto político grande, nacional, que, si pleito era, era pleito entre dos naciones. Ahora bien, señores: ¿correspondía al señor Cortina haber sido el abogado de la parte contraria a la nación española? (Aplausos en los bancos de la mayoría.) ¡ Y qué, señores! ¿Es eso patriotismo, por ventura? ¿Es eso ser patriota? ¡Ah, no! ¿Sabéis lo que es ser patriota? Ser «patriota, señores, es amar, es aborrecer, es sentir cómo ama, cómo “aborrece, cómo siente nuestra Patria, (; Bravo, bravo!)

Dije, señores, que pasaría muy de ligero por esta cuestión, y ya he pasado.

El señor secretario (Lafuente Alcántara): Pasadas las horas 45 DONOSO CORTES de reglamento, se pregunta al Congreso si se prorroga la sesión. (Muchas voces: “Só, si”.)

Se acordó afirmativamente.

El señor marqués de Valdegamas: Pero, señores, mi las cir- cunstancias interiores, que eran tan graves, ni las circunstancias exteriores, que eran tan complicadas y peligrosas, son bastantes para disminuir la opinión en los señores que se sientan en aque- llos bancos. ¿Y la libertad?, nos dicen. ¡Pues qué! La libertad, ¿no es sobre todo? Y la libertad, a lo menos individual, ¿no ha sido sacrificada? ¡La libertad, señores! ¿Saben el principio que proclaman y el nombre que pronuncian los que pronuncian esa palabra sagrada? ¿Saben los tiempos en que viven? ¿No ha lle- gado hasta vosotros, señores, el ruido de las últimas catástrofes? ¡Qué! ¿No sabéis a esta hora que la libertad acabó? ¡Pues qué! ¿No habéis asistido, como he asistido yo, con los ojos de mi es- piritu a su dolorosa pasión? ¡Pues qué, señores! ¿No la habéis visto vejada, escarnecida, herida alevosamente por todos los de- magogos del mundo ¿No la habéis visto llevar su angustia por las montañas de la Suiza, por las orillas del Sena, por las ribe- ras del Rhin y del Danubio, por las márgenes del Tíber? ¿No la hebéis visto subir al Quirinal, que ha sido su Caivario? (Es- trepitosos aplausos.)

Señores, tremenda es la palabra, pero no debemos retraernos de pronunciar palabras tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto a decirla. ¡La libertad acabó! (Sensación profunda.) No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo, quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De po- co os asustáis: veréis cosas mayores, Y aquí os ruego, señores, que guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy a decir, los sucesos que voy a anunciar en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cum- plir a la letra. (Grande atención.

El fundamento, señores, de todos vuestros errores (dirigién- dose a los bancos de la izquierda) consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros creeis que la 46 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización y a esto camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta, Me basta considerar el conjunto pavoroso de los aconte- cimientos humanos desde su único punto de vista verdadero: des- de las alturas católicas.

Señores, no hay más que dos represiones. posibles: una inte- rior y otra exterior, la religiosa y la política, Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía, está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la Historia (3). Y si no, señores, ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz; decid lo - que era cuando no había represión interior, cuando no había re- presión religiosa, Entonces aquélla era una sociedad de tiranias- y de esclavos, Citadme un solo pueblo de aquella época donde no hubiera esclavos y donde no hubiera tiranía, Este es un hecho incontrovertible, éste es un hecho incontrovertido, éste es un he- cho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de to-.- dos y para todos, no vino al mundo sino con el Salvador del mun- do. (¡Muy bien, muy bien!) Este también es un hecho incontro- vertido, es un hecho reconocido hasta por los mismos socialistas, que lo confiesan. Los socialistas llaman a Jesús un hombre divi- no, y los socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. į Sus continuadores, santo Dios! ¡Ellos, los hombres de sangre y de ' venganzas, continuadores del que no vivió sino para hacer bien, del que no abrió la boca sino para bendecir, del que no hizo pro- digios sino para librar a los pecadores del pecado, a los muertos (3) La imagen hizo fortuna, y la frase se repitió a menudo. La dis~- cusión se entabló en torno al paralelo establecido, 47 DONOSO CORTES de la muerte, del que en el espacio de tres años hizo la revolución más grande que han presenciado los siglos y la llevó a cabo sin haber derramado más sangre que la suya! (Vivas y generales aplamsos.)

- Señores, os ruego que me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravilloso que ofrece la His- toria. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar más, porque no existía ningu- na, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía, Pues bien: con Jesucristo, donde nace la repre- sión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan “cierto que, habiendo fundado Jesucristo nna sociedad <on sus discípulos, fue aquélla la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno «que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discí- pulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión interior era completa, la libertad era absoluta.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los extenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos 'apostólicos propiamente dichos hasta la subida del _ cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir, la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las socieda- des compuestas de hombres: que comenzó a desarrollarse un ger- -men, nada más que un germen, de licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores, observad el paralelismo; a este principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro político. No hay todavía gobierno, no es - necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no había de hecho ver- daderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables compone- -dores, que son el embrión del gobierno. Realmente no había más que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no tuvieron 48 DISCURSO SOBRE LA: DICTADURA - pleitos, no iban a los tribunales; decidían sus contiendas por me-* dio de árbitros. Obsérvese, señores, cómo con la corrupción ya: creciendo el gobierno.: Llegan los tiempos feudales, y en éstos la religión se encuei- tra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada pot las ' pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiem- po en-el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y` efectivo, pero que basta el más débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la más' débil de todas las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo xvr. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese gran escán- dalo político y social, tanto como religioso, con ese acto de einan- ` cipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden: las siguien- tes instituciones; en primer lugar, en el instante de las monar-* quías, de feudales se hacen absolutas. Vosotros creeréis, seño- res, que más que absoluta rio puede ser una monarquía; un go- bierno, ¿qué puede ser más que absoluto? Péro era necesario, se- fores, que el termómetro de la represión política subiera''más,: porque el termómetro religioso seguía bajando; y, con efecto, subió más. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los.ejérci- tos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son los ejércitos per- manentes?- Para saberlo basta saber lo que es un soldado; un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que en` el momento en que la'represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ` ser absolutos; pidieron y obtuvieron el prali de ser absolu- tos y tener un millón de brazos. e f papas