* A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro po- i lítico subiera más, porque el termómetro religióso seguía baján- do; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó enton-. ces? Los gobiernos dijeron: ““Tenemós un millón de brazos y- no nos bastati; necesitamos más; necesitamos un millón de ojos”. Y tuvieron la policia, y con la policía un millón de ojos.'A pesar - de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión po- `: 4% DONOSO CORTES lítica debían subir, porque, a pesar de todo, el termómetro reli- gioso seguía bajando; y subieron.
A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos, no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administra- tiva, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamacio- nes y todas las quejas.
Y bien, señores: no bastó esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subie- ra más...¡Señores, hasta dónde!...Pues subió más.
Los gobiernos dijeron: “No me bastan, para reprimir, un mi- llón de brazos; no me bastan, para reprimir, un millón de ojos; no me bastan, para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más; necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo - tiempo en todas partes”. Y lo tuvieron, y se inventó el telégrafo. (Grandes aplausos.)
Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos a todos que aún no había bastante despotismo en el mundo, por- que el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de dos...Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda. franqueza, (Se redobla la atención.)
Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no; si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, cómo subiendo el ter- mómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos. (¡Bravo!) Pero si, por el contra- rio, señores (y esto es grave, no hay la costumbre de llamar la. atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los aconteci- mientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevo- lencia sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo 50 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA que sí el termómetro religioso continúa. bajando, no sé adónde hemos de ir a parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he propuesto a vuestros ojos, y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesario gobierno ninguno, cuando la represión religiosa no exista no habrá bastante con ningún género de gobierno; todos los despotismos serán pocos, (Profunda sensación.)
Señores, esto es poner el dedo en la llaga; ésta es la cues- tión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la Huma- nidad, la cuestión del mundo. (¿Cierto, cierto!)
- Considerad una cosa, señores. En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora, y, sin embargo, esa tiranía estaba limitada fisicamente, porque todos los Estados eran pequeños y porque las relaciones internacionales eran imposibles de todo punto; por consiguiente, en la antigüedad no pudo haber tiranías en grande escala, sino una sola: la de Roma. Fero ahora, señores, ¡cuán mudadas están las cosas! Señores: las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso; todo está pre- parado para ello; señores, miradlo bien; ya no hay resistencias, ni físicas ni morales; no hay resistencias físicas, porque con los barcos de vapor y los caminos de hierro no hay fronteras; no hay resistencias físicas, porque con el telégrafo eléctrico no hay distancias, y no hay resistencias morales, porque todos los áni- mos están divididos y todos los patriotismos están muertos. De- cidme, pues, si tengo o no razón cuando me preocupo por el por- venir próximo del mundo; decidme si al tratar de esta cuestión ` no trato de la cuestión verdadera. (Sensación) Una sola cosa puede evitar la catástrofe; una y nada más; eso no se evita con dar más libertad, más garantía, nuevas cons- tituciones; eso se evita procurando todos, hasta donde nuestras fuerzas alcancen, provocar una reacción saludable, religiosa, Aho- ra bien, señores: ¿es posible esta reacción? Posible lo es; pero ¿es probable? Señores, aquí hablo con la más profunda tristeza; no la creo probable. Yo he visto, señores, y conocido. a muchos 51 DONOSO CORTES individuos que salieron de la fe y han. vuelto a ella; por des- gracia, señores, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido (4).
. Si aún me quedara alguna esperanza, la hubieran disipado, señores, los últimos sucesos de Roma; y aquí voy a decir dos palabras sobre esta cuestión, tratada también por el señor Cor- tina.
Señores, los sucesos de Roma no tienen un nombre. ¿Cómo los llamaríais, señores? ¿Los llamaríais deplorables? Deplorables, todos los que he citado lo son; ésos son mucho más. ¿Los lla- maríais horribles? Señores, esos acontecimientos son sobre todo horror.
. Había en Roma, ya no le hay, sobre el trono más eminen- te, el varón más justo, el varón más evangélico de la tierra. ¿Qué ha hecho Roma de ese varón evangélico, de ese varón justo? ¿Qué ha hecho esa ciudad en donde han imperado los héroes, los Césares y los Pontífices? Ha trocado el trono de los Pontífi- ces por el trono de los demagogos. Rebelde a Dios, ha caído bajo la idolatría del puñal. Eso ha hecho. El puñal, señores, el puñal demagógico, el puñal sangriento, ése es hoy el ídolo de Roma. Ese es el idolo que ha derribado a Pío IX. Ese es el ídolo que pasean por las calles tropas de caribes, ¿Dije caribes? Dije mal, que los caribes son feroces, pero los caribes no son ingratos. (Rwi- dosos aplausos.)
Señores, me he propuesto hablar con toda franqueza y ha- blaré. Digo que es necesario que el rey de Roma vuelva a Roma o que no quede en Roma, aunque pese al señor Cortina, piedra sobre piedra. (En los bancos de la mayoría: “¡Muy bien, muy bien’) l El mundo católico no puede consentir, y no consentirá, en la destrucción virtual del cristianismo por una ciudad sola, entre- gada al frenesí de la locura. La Europa civilizada no puede con- (4) El pesimismo que refleja este pensamiento no es sólo accidental, como se verá más adelante, sino que forma parte de su visión de la lucha entre el bien y el mal en el mundo.
32 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA sentir, y no consentirá, que se desplome, señores, la cúpula del edificio de la civilización europea. El mundo, señores, no puede consentir, y no consentirá, que en Roma, esa ciudad santa, se ve- rifique el advenimiento al trono de una nueva y extraña dinas- tía, la dinastía del crimen. (¡Bravo!) Y no se diga, señores, como dice el señor Cortina, como dicen en periódicos y discursos los señores que se sientan en aquellos bancos (dirigiéndose a los de la izquierdo), que hay dos cuestiones allí, una temporal y otra espiritual, y que la cuestión ha sido entre el rey temporal y su pueblo; que el Pontífice existe todavía, Dos palabras sobre esta cuestión: dos palabras, señores, lo explicarán todo.
Sin duda ninguna, el poder espiritual es lo principal en el Papa; el temporal es accesorio; pero ese accesorio es necesario. El mundo católico tiene el derecho de exigir qué el oráculo infa- lible de sus dogmas sea libre e independiente; el mundo católico no puede tener una ciencia cierta, como se necesita de que es in- dependiente y libre sino cuando es soberano, porque sólo el so- berano no depende de nadie. (¡Muy bien, muy bien!) Por consi- guiente, señores, la cuestión de soberanía, que es una cuestión política en todas partes, es en Roma además una cuestión reli- glosa; el pueblo, que puede ser soberano en todas partes, no pue- de serlo en Roma; asambleas constituyentes que pueden existir en todas partes, no pueden existir en Roma; en Roma no puede haber más poder constituyente que el poder constituido. Roma, señores, los Estados Pontificios no pertenecen a Roma, no per- tenecen al Papa; los Estados Pontificios pertenecen al mundo católico; el mundo católico se los ha reconocido al Papa para que fuera libre e independiente, y el Papa mismo no puede despo- jarse de esa soberanía, de esa independencia. (Generales aplau- Señores, voy a concluir, porque el Congreso estå muy. can- sado, y yo lo estoy también. (Varios señores: “No, nol’) Se- fiores, francamente, tengo que declarar aquí que no puedo exten- derme más, porque tengo la boca mala y ha sido un prodigio 53 DONOSO CORTES que yo pueda hablar; pero lo principal que tenia que decir lo he dicho ya.
Después de haber tratado las tres cuestiones exteriores que trató el señor Cortina, vuelvo, para concluir, a la interior. Se- ñores, desde el principio del mundo hasta ahora ha sido una cosa discutible si convenía más el sistema de la resistencia o el sistema de las concesiónes para evitar las revoluciones y los tras- tornos, pero afortunadamente, señores, ésa, que ha sido una cues- tión desde el primer año de la creación hasta el año 48, en el año de gracia del 48 ya no es cuestión de ninguna especie, porque es cosa resuelta; yo, señores, si me lo permitiera el mal que pa- _dezco en la boca, haría una reseña de todos los acontecimientos desde febrero hasta ahora que prueban esta aserción, pero me contentaré con recordar dos: el de la Francia, señores; allí la Monarquía, que no resistió, fue vencida por la República; que apenas tenía fuerza para moverse, y la República, que apenas te- nía fuerza para moverse, porque resistió, venció al socialismo.
En Roma, que es otro ejemplo que quiero citar, ¿qué ha su- cedido?: ¿No estaba allí vuestro modelo? Decidme, si vosotros fuerais pintores y quisierais pintar el modelo de un rey, ¿encon- traríais otro: modelo que no fuera su original Pío IX? Señores, Pío IX quiso ser, como su divino Maestro, magnifico y dadivo- so; halló proscritos en su país, y les tendió la mano y los devol- vió a su patria; había reformistas, señores, y les dio reformas; había liberales, señores, y les hizo libres; cada palabra suya fue un beneficio; y ahora, señores, decidme, ¿a sus beneficios no igua- lan, si no exceden, sus ignominias? Y en vista de esto, señores, ¿el sistema de las concesiones no es una- cosa resuelta? (¿Muy bien, muy bien!)!
l Señores, si aquí se tratara de elegir, de escoger entre la li- bertad, por un lado, y la dictadura, por otro, aquí no habría di- senso ninguno; porque ¿quién pudiendo abrazarse con la libertad se hinca de rodicas ante la dictadura? Pero no es ésta la cuestión. La libertad no existe de hecho en Europa; los gobiernos cons- titucionales que la representaban años atrás no son ya en casi to- 54 DISCURSO SOBRE LA DICTADURA das partes, señores, sino un armazón, un esqueleto sin vida. Re- cordad una cosa, recordad a Roma imperial. En la Roma imperial existen todas las instituciones republicanas: existen los omnipo- tentes dictadores, existen los inviolables tribunos, existen las fa- milias senatoriales, existen los eminentes cónsules; todo esto, se- ñores, existe; no falta más que una cosa: sobra un hombre y falta la República. (¡Muy bien, muy bien!)
“Pues esos son, señores, en casi toda Europa los gobiernos constitucionales; sin pensarlo, sin saberlo, el señor Cortina nos lo demostró el otro día. ¿No nos decía su señoria que prefiere, y con razón, lo que dice la Historia alo que dicen las teorías? A la Historia apelo. ¿Qué son, señor Cortina, esos gobiernos con sus mayorías legitimas, vencidas siempre por las minorías turbu- lentas; con sus ministros resporisables, que de nada responden; con sus reyes inviolables, siempre violados? Así, señores, la cues- tión, como he dicho antes, no está entre la libertad y la dictadu- ra; si estuviera entre la libertad y la dictadura, yo votaría por la libertad, como todos los que nos sentamos aquí. Pero la cues- tión es ésta, y concluyo: se trata de escoger entre la dictadura de la insurrección y la dictadura del Gobierno; puesto en este caso, yo escojo la dictadura del Gobierno, como menos pesada y menos afrentosa. (Aplausos en los bancos de la mayoría) Se trata de escoger entre la dictadura qùe viene de abajo y la dictadura que viene de arriba; yo escojo la que viene de arri- ba, porque viene de regiones más limpias y serenas; se trata de escoger, por último, entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable; yo escojo la dictadura del sable, porque es más noble. (¡Bravo, bravo!) Señores, al votar nos dividiremos en esta cues- tión, y dividiéndonos, seremos consecuentes con nosotros mismos. Vosotros, señores, votaréis, como siempre, lo más popular; nos- otros, sefiores, como siempre, votaremos lo más saludable.
(Una grande agitación sigue a este discurso. El orador recibe las felicitaciones de casi todos los diputados del Congreso.)