3. Ni adelantan más en ese terreno los que, negando la transmisibilidad del pecado, niegan el dogma de la imputación, o la transmisión de la pena; como quiera que aquello mismo que en calidad de pena apartan de sí, se les viene encima con otro nombre, con el nombre de desgracia. Demos por sentado que las desventuras que padecemos no son una pena, la cual lleva consigo la idea de una infracción voluntaria por parte del que la recibe, y de una determinación voluntaria por parte del que la impone: siempre re- sultará de aquí que en todas las suposiciones son igualmente inevitables y ciertas nuestras grandes desventuras: los que nos las confiesan como conse- cuencia legítima del pecado, se ven obligados a confesarlas como una con- secuencia natural de las relaciones necesarias que tienen entre sí las causas y sus efectos. Por este sistema, la corrupción radical de su naturaleza fue una pena en nuestros primeros padres, voluntariamente pecadores. Su des- obediencia voluntaria mereció la pena de la corrupción que les fue impuesta por un Juez incorruptible. Esa misma corrupción es en nosotros una des- gracia, como quiera que no se nos impone como pena, sino que nos viene en calidad de herederos de una naturaleza radicalmente corrompida. Y esa desgracia es tan lamentable, que el mismo Dios no podría decretar nuestra exención sin alterar la ley de la causalidad, que está en las cosas, por me- dio de un portentoso milagro. Ese milagro se obró en la plenitud de los tiempos por una manera tan conveniente y tan alta, por caminos tan secre- 170 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 1/1 Por lo dicho se ve que la razón natural va a parar, aunque por distintos caminos, al mismo término que el dogma. Entre el uno y la otra hay dife- rencias especulativas, no hay diferencias prácticas; para medir la distancia inmensa que hay entre la explicación natural y sobrenatural del hecho que vamos consignando, es de todo punto necesario tender la vista más allá de ese hecho; entonces es cuando se advierte la esterilidad de la explicación humana y la fecundidad portentosa de la explicación divina. Esta fecundi- dad resplandecerá más adelante con el resplandor de la evidencia; por ahora lo que cumple a mi propósito es exponer y demostrar el dogma de la trans- misión, el cual, sin invalidar lo que en la explicación natural del hecho de la transmisión hay de verdadero, rectifica lo que hay en ella de incompleto y de falso.
La razón natural llama desgracia a lq que se nos transmite. El dogma lo llama con tres nombres: culpa, pena y desgracia; es desgracia, por lo que tiene de inevitable; es pena, por lo que tiene de voluntario por parte de Dios; es culpa, por lo que en ello hay de voluntario por parte del hombre. La maravilla está en que, siendo una verdadera desgracia, de tal manera lo es, que se convierte en ventura; que siendo verdaderamente pena, de tal manera es pena, que también es medicina; y que siendo una verdadera cul- pa, de tal manera lo es, que es una culpa dichosa. En este gran designio de Dios resplandece, si cabe, más que en sus otros designios, aquella virtud soberana con que concilia lo que parece inconciliable, y por medio de la cual resuelve en una síntesis magnífica todas las antinomias y todas las con- tradicciones.
5. Por lo relativo a la culpa, toda la cuestión está en este arduo proble- ma: ¿Cómo puedo ser pecador cuando no peco? ¿Cómo peco siendo niño? Para resolverle conviene observar que nuestro primer padre fue a un tiempo mismo un individuo y una especie, un hombre y la especie huma- na, la variedad y la unidad juntas en uno; y como es ley fundamental y pri- mitiva que la variedad que está en la unidad, salga de la unidad en que está, para constituirse por separado, salvo el volver en su última evolución a la unidad en donde originariamente reside, de aquí fue que la especie, que estaba en Adán, salió de Adán por la generación para constituirse se- paradamente. Empero como Adán, al propio tiempo que era individuo, era especie, resultó necesariamente de aquí que Adán estuvo en la especie de la misma manera que estuvo en el individuo. Cuando el individuo y la es- pecie fueron una misma cosa, Adán fue esa cosa misma, cuando el indivi- duo y la especie se apartaron para constituir la unidad y la variedad, Adán fue esas dos cosas, separadas, de la misma manera que había sido antes esas tos, por medios tan sobrenaturales y por consejo tan sublime, que la obra inenarrable de Dios había de ser para los unos escándalo y para los otros locura.
4. La transmisión de las consecuencias del pecado se explica por sí mis- ma, sin ningún género de contradicción ni de violencia. Nació el primer hombre adornado de inestimables privilegios: su carne estaba sujeta a su voluntad, su voluntad a su entendimiento, que recibía su luz del entendi- miento divino. Si nuestros primeros padres hubieran procreado antes de pecar *, sus hijos hubieran participado, por vía de generación, de su natu- raleza incorrupta. Para que las cosas no hubieran sucedido de esta manera, hubiera sido necesario un milagro por parte de Dios; como quiera que aque- lla transmisión no hubiera podido impedirse sin mudar aquella ley en vir- tud de la cual cada ser transmite lo que tiene, en otra por cuya virtud su ser no pudiera transmitir sino aquello precisamente que le falta, Caídos en mísera rebeldía nuestros primeros padres, fueron justamente despojados de todos sus privilegios: su unión espiritual con Dios se trocó en aparta- miento de ese mismo Dios con quien estaban unidos. Su sabiduría se con- virtió en ignorancia, todo su poder fue flaqueza. Por lo que hace a la justi- cia original y a la gracia en que nacieron, les fueron quitadas del todo, que- dando enteramente desnudos. Su carne se rebeló contra su voluntad, su voluntad contra su entendimiento, su entendimiento contra su voluntad, su voluntad contra su carne; y su carne, su voluntad y su entendimiento contra aquel Dios magnificentísimo que había puesto en ellos tan grandes magnificencias. En este estado, es cosa clara que el padre no pudo transmi- tir por generación sino aquello que tenía, y que el hijo había de nacer ig- norante de ignorante, flaco de flaco, corrompido de corrompido, apartado de Dios de apartado de Dios, enfermo de enfermo, mortal de mortal, re- belde de rebelde. Para que hubiera nacido sabio de ignorante, fuerte de flaco, unido a Dios de apartado de Dios, sano de enfermo, inmortal de mor- tal, sumiso de rebelde, hubiera sido forzoso cambiar la ley en virtud de la cual lo semejante engendra su semejante, en otra por virtud de la cual lo contrario engendrara a su contrario.
* Los santos Padres enseñan que Adán y Eva permanecieron vírgenes mientras vivieron en el paraíso. (V. San Jerónimo, Epístola XXII, de Custod. Virg. ad Eustoch., lib. 1, contra Jovinian., y San Agustín; serm. 65, de temp. y lib. IX sup. Gen. ad litt. CIV).
172 JUAN DONOSO CORTÍ ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 173 dos cosas mismas juntas en uno. Hubo, pues, un Adán individuo y otro Adál especie; y como el pecado fue antes de la separación, y como Adán pea juntamente con su naturaleza individual y con su naturaleza colectiva, 14 sultó de aquí que así el uno como el otro fueron ambos pecadores. Ahor bien: si el Adán individuo murió, el Adán colectivo no ha muerto; y no há biendo muerto, conserva su pecado. Como el Adán colectivo y la naturale za humana son una cosa misma, la naturaleza humana es perpetuamentt culpable, porque es perpetuamente pecadora.
Aplicando estos principios al caso en cuestión, se ve claro que, esta do la naturaleza humana en cada individuo, Adán, que es esa misma nat | raleza, vive perpetuamente en cada hombre, y vive en él con lo que cons tuye su vida, es decir, con su pecado. Ahora se comprenderá más fácilme te de qué manera puede existir el pecado en el niño que nace. Cuando nazco, soy pecador, a pesar de ser niño, porque soy Adán; lo soy, no por: que peco, sino porque pequé actualmente cuando me llamaba Adán y era adulto, antes de tener el nombre que tengo y de ser niño. Cuando Adán salió de las manos de Dios, yo estaba en él, y él está en mí ahora que salg > del vientre de mi madre. No pudiendo separarme de su persona, no puedo separarme de su pecado, y, sin embargo, no soy Adán de tal manera que me confunda con él de una manera absoluta. Hay algo en mí que no es él, algo por lo que me distingo de él, algo que constituye mi unidad indivi dual y que me distingue aun de aquello a que soy más semejante; y eso que me constituye variedad individual relativamente a la unidad común, es lo que he recibido y tengo del padre que me engendró y de la madre que me tuvo en sus entrañas. Ellos no me han dado la naturaleza humana, que me viene de Dios por Adán, pero han puesto en ella el sello de la familia y han estampado en ella su figura; no me han dado el ser, sino la manera en que soy, poniendo lo menos en lo más, es decir, aquello por lo que me distingo de los otros, en aquello por lo que me asemejo a los demás; lo particular en lo común, lo individual en lo humano: y como quiera que eso que tiene de humano y que le asemeja a los otros, es lo esencial en el hombre, y que lo que tiene de individual y de distinto no es más que un accidente, síguese de aquí que teniendo de Dios por Adán lo que constituye su esencia, y de Dios por su padre lo que constituye su forma, no hay hombre ninguno que considerado en su conjunto, no se asemeje más a Adán que a su propio padre.
6. Por lo relativo a la pena, la cuestión está resuelta por sí misma des- de el momento en que se da por cosa averiguada que se me transmite la culpa; como quiera que la una no puede concebirse sin la otra. Justo es que sea penado, si es cierto que soy culpable; y como en estas materias es necesario lo que es justo *, síguese de aquí que la desgracia que padezco, sin dejar de ser desgracia, es necesariamente una pena. La pena y la des- gracia, que son cosas diferentes desde el punto de vista humano, son cosas idénticas desde el punto de vista divino. El hombre llama desgracia al mal producido en calidad de efecto inevitable de una causa segunda, y pena al mal que un ser libre impone voluntariamente a otro en castigo de una falta voluntaria; y como quiera que todo lo que sucede necesariamente, sucede por la voluntad de Dios, al mismo tiempo que todo lo que sucede por su voluntad, sucede necesariamente, síguese de aquí que Dios es la ecuación suprema entre lo necesario y lo voluntario, que siendo cosas diferentes para el hombre, son en él una cosa misma. Véase cómo, desde el punto de vista divino, toda desgracia es siempre una pena, y toda pena una desgracia.
Por lo que dijimos antes, se ve cuán grande es el error de aquellos que, sin maravillarse de las misteriosas analogías y de las afinidades secretas que pone Dios entre los padres y sus hijos, se maravillan de esas mismas afini- dades y de esas analogías misteriosas puestas por Dios entre el rebelde Adán y sus míseros descendientes. No hay entendimiento que entienda, ni razón que alcance, ni imaginación que imagine lo fuerte del vínculo y lo estre- cho de la lazada puesta por el mismo Dios entre todos los hombres y ese hombre único, a un tiempo mismo unidad y colección, singular y plural, individuo y especie, que muere y que sobrevive, que es real y simbólico, figura y esencia, cuerpo y sombra; que nos tuvo a todos en sí y que está en todos nosotros, pavorosa esfinge que desde cada nuevo punto de vista ofre- ce un nuevo misterio. Y así como el hombre no puede alcanzar ni con su razón, ni con su imaginación, ni con su entendimiento lo que hay en su naturaleza de singularmente complejo y de misteriosamente oscuro, no pue- de tampoco alcanzar, aunque ponga en juego todas las potencias de su alma, la distancia inmensa que hay entre nuestros pecados y el pecado de aquel hombre, único, como él, por su profundísima malicia y por su grandeza incomparable. Después de Adán, nadie ha pecado como Adán, y nadie pe- cará como él en toda la prolongación de los tiempos. Participando el peca- do de la naturaleza del pecador, fue uno y vario a un tiempo mismo, porque fue un solo pecado en realidad y todos los pecados en potencia; con él 3 La justicia divina exige castigo para el pecado, pero eso no quita la intervención de la misericordia.
174 JUAN DONOSO CORTÉS puso Adán mancha en lo que ya no puede ponerla ningún hombre, en el puro albor de su inocencia purísima: poniendo unos pecados sobre otros, los que pecamos ahora no hacemos otra cosa sino poner manchas sobre manchas; sólo a Adán le fue dado oscurecer el campo de la nieve: con ser nuestra naturaleza dañada un grave mal, y nuestros pecados un mal más grande, no carece ese compuesto de cierta belleza de relación, que nace de aquella armonía secreta que hay entre la fealdad propia del pecado y la. fealdad propia de la naturaleza del hombre. Las cosas feas pueden armoni- zarse entre sí como se armonizan las hermosas; y cuando esto sucede, no cabe duda sino que lo que hay en las cosas de esencialmente feo se templa | CAPÍTULO SEGUNDO en algún modo pa la belleza que reside en lo que hay en ellas de armóni-. DE CÓMO SACA DIOS EL BIEN DE LA TRANSMISIÓN co y concertado *. Esta, sin duda, debe ser la razón de por qué la fealdad ; La, » Ll PURIFICANTE física parece que disminuye siempre con los años; la vejez no es cosa que DE LA CULPA Y DE LA PENA, Y DE LA ACCIÓN sienta mal a la fealdad, como la fealdad pierde lo que tiene de repugnante DEL DOLOR LIBREMENTE ACEPTADO cuando se armoniza con las arrugas. Nada, por el contrario, es más triste de ver, y nada más horrible de imaginar, que la vejez puesta en la cara de: li un ángel, o la fealdad junta con la primavera de la vida. Las mujeres que, SUMARIO. -1. Desoladoras consecuencias de considerar la pr lana habiendo sido hermosas, conservan, siendo viejas, rastro de lo que fueron, la naturaleza como mera desgracia y no nm e No a A me han parecido siempre horribles; hay algo en mí que me da voces y me parael ca SS Pd ne paper pin castigar, per poesia 50 nor apemeiiplo ENS PoTIon ea 109 0 pe ho a pts e ps otorgar al castigo fuerza expiatoria; así que hizo Dios para que estuvieran separadas?- No: Dios no ha hecho la her- ]: se explica la universalidad del dolor. -3. La aceptación del dolor hace a los A héroes y a los santos. Persuasión universal. -4. Fuerza enervante de los delos ángeles, y Adán entre los hombres, que juntaron todo lo que hay de | litos. -5. Imposibilidad de huir del dolor: su virtud redentora: en qué con- decrépito y de feo con todo lo que había de resplandeciente y hermoso.
siste.
1. La razón que se subleva contra la pena y la culpa que se nos trans- miten, acepta sin repugnancia, aunque con dolor, lo que nos fue transmitl- do, si pierde su nombre propio para tomar el de desgracia inevitable. Y, sin embargo, no es cosa ardua demostrar de una manera evidente que esa desgracia no podía convertirse en ventura sino con la condición de ser una pena; de donde resultará, por consecuencia forzosa, que en su OLTEnioS resultado es menos aceptable la solución racionalista * que la solución dogmática.
.: tasa la modo alguno ¡É:; ps 1 o quiso Donoso decir que la solución racionalista sea de gu 1 Adviértase que el concierto y la armonía se dan únicamente entre cosas reales, y que, Con lo cual no q q en realidad, tanto la fealdad física como la moral son pura privación. aceptable.
176 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 174 No considerando nuestra actual corrupción sino como un efecto físico En ninguna otra cosa resplandece tanto la divina consonancia de los y necesario de la corrupción primitiva, y debiendo durar el efecto tanto dogmas católicos como en esta trabazón admirable que todos tienen entre como su causa, es claro que, no habiendo modo ninguno de hacer que des- sí, la cual es tan maravillosa y tan íntima, que la razón humana no puede aparezca la causa, no lo hay tampoco de hacer que desaparezca el efecto, concebir otra mayor, viéndose puesta en la tremenda alternativa de acep- Siendo la corrupción primitiva, causa de nuestra corrupción actual, un he- tarlos todos juntos o de negarlos todos juntamente. Lo cual consiste en que cho consumado, nuestra corrupción actual es un hecho definitivo, que nos no contiene cada uno de ellos una verdad diferente, sino una misma ver- constituye en una desgracia perpetua. dad, correspondiendo exactamente el número de los dogmas al número Considerando, por otra parte, que no puede darse ninguna manera de sus aspectos. de unión entre lo corrompido y lo incorruptible, síguese de aquí que por 2. Ni hemos apurado todavía las consecuencias que se seguirían forzo- la explicación racionalista se hace imposible de todo punto la unión del samente de considerar la lamentable desgracia del hombre caído, hacien- hombre con Dios, no sólo en el tiempo presente, sino también en el veni- do abstracción absoluta de la pena. En efecto; si su desgracia no es al misdero. En efecto; si la corrupción humana es indeleble y perpetua, y si Dios mo tiempo que una desgracia, una pena; sl es sólo un efecto inevitable de es eternamente incorruptible, entre la incorruptibilidad de Dios y la corrup- una causa necesaria, queda sin explicación ninguna lo poco que conserva ción perpetua del hombre hay una invencible repugnancia y una contra- Adán y que conservamos nosotros del estado primitivo; siendo digno de dicción absoluta. El hombre, pues, por este sistema, queda apartado de Dios notarse, en contradicción con lo que a primera vista parece, que no es la perpetuamente. justicia, sino por el contrario, la misericordia, la que más resplandece en Y no se me arguya diciendo que el hombre pudo ser redimido, porque aquella solemne condenación que siguió inmediatamente al pecado. En cabalmente la consecuencia lógica de este sistema es la imposibilidad de la efecto; si Dios se hubiera abstenido de intervenir con su condenación en redención humana. Para la desgracia no se da redención, sino en cuanto esta tremenda catástrofe; si viendo al hombre apartado de sí, le hubiera es concebida como una pena que viene detrás de un pecado: suprimido el vuelto la espalda, y hubiera entrado en su tranquilo reposo; o para decirlo pecado procede la supresión de la pena, y con la supresión del pecado y de todo de una vez, si en vez de condenarle, le hubiera dejado entregado a las la pena se hace irremediable la desgracia. inevitables consecuencias de su voluntaria desunión y de su voluntario apar- Por este sistema es de todo punto inexplicable el libre albedrío del hom- tamiento, su caída hubiera sido irremediable, y su perdición infalible. bre. En efecto; si el hombre nace en el apartamiento necesario de Dios, si Para que su desastre pudiera tener remedio, era necesario que Dios se vive en el apartamiento necesario de Dios, y si muere en el apartamiento acercara al hombre de alguna manera, volviéndosele a unir, aunque imper- necesario de Dios, ¿qué significa y qué es el libre albedrío del hombre? fectamente, con misericordiosa lazada. La pena fue al nuevo vínculo de Si no hay transmisión de la culpa y de la pena, luego al punto viene al unión entre el Criador y su criatura, y en ella se juntaron misteriosamente suelo el dogma de la Redención, y el de la libertad humana, y con ellos la misericordia y la justicia: la misericordia porque es vínculo; la justicia por- todos los otros juntamente; porque si el hombre no es libre, no tiene el que es pena. principado de la tierra; si no tiene el principado de la tierra, la tierra no se 3. Quitando a los padecimientos y a los dolores lo que tienen de pena, une a Dios por el hombre; y si no se une a Dios por el hombre, no se une a no se les quita sólo lo que tienen de lazada entre el Criador y la criatura, Dios de manera ninguna. El hombre mismo, si no tiene libertad, no se aparta sino que se les quita también lo que en su acción sobre el hombre tienen de Dios de una manera para volver a Dios en otra forma; se aparta de él de expiatorio y de purificante. Si el dolor no es una pena, es un mal sin absolutamente: Dios no le alcanza ni con su bondad, ni con su justicia, ni mezcla de bien alguno; si es una pena, el dolor, que es un mal desde el con su misericordia; todas las armonías de la Creación se desvanecen, to- punto de vista de su origen, que es el pecado, es un gran bien desde el dos los vínculos se rompen, el caos está en todas las cosas, todas las cosas punto de vista de la purificación de los pecadores. La universalidad del pe- en el caos: por lo que hace a Dios, deja de ser el Dios católico, el Dios vivo: cado es causa necesitante de la universalidad de la purificación, la cual a su Dios está en lo alto, las criaturas en lo bajo, y ni las criaturas se cuidan de vez exige que el dolor sea universal, para que todo el género humano se Dios, ni Dios se cuida de las criaturas. purifique en sus misteriosas aguas. Esto sirve para explicar por qué pade- 178 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 179 cen todos los nacidos, hasta que mueren, desde que nacen. El dolor es com- dio y se levantaron a la alegría espiritual por un esfuerzo generoso; los que pañero inseparable de la vida en este valle oscuro, lleno de nuestros sollo- enamorados de sí, renunciaron a su prupió amor por el amor de los pedo zos, ensordecido con nuestros lamentos y humedecido con nuestras lágri- ofreciendo por ellos su vida con heroico desprendimiento en perfectísimo mas. Todo hombre es un ser doliente, y todo lo que no es dolor le es extra- holocausto. sele i no: si pone los ojos en lo pasado, siente pesar al verlo desvanecido; si los El género humano ha sido unánime en reconocer una virtud pone en lo presente, siente congoja porque lo pasado fue mejor; si los pone santificante en el dolor. Por esta razón se observa que en todos los tiem- en lo venidero, siente turbación porque lo venidero todo es misterios y som- pos, en todas las zonas y entre todas las pa el ADS 08 E ino a bras. Por poco que considere, advierte que lo pasado, lo presente y lo veni- y homenaje a los grandes infortunios. Edipo es más grande en el día de su dero es todo, que el todo no es nada; lo pasado ya pasó, lo presente va pa- infortunio que en los tiempos de su gloria; el mundo ignoraría su pS sando, lo venidero no es. Los menesterosos van cargados de fatigas, los abas- si el rayo de la cólera divina no le hubiera derrocado de su trono: La me- tecidos padecen harturas, los potentes soberbias, los ociosos tedio, envidia lancólica belleza que resplandece en la fisonomía de Germánico, le viene los bajos, los altos desdenes. Los conquistadores que van empujando a las del infortunio que le alcanzó en la primavera de la vida, y de aquella nn gentes, van empujados por las furias, y no atropellan a los otros sino por- muerte que murió lejos de la amada patria y de los aires de Roma. Mario, que van huyendo de sí mismos. La lujuria consume con sus impúdicos ar- que no es más que un hombre cruel cuando es levantado por la victoria, es dores las carnes del mozo; la ambición toma al mozo, hecho hombre, de un hombre sublime cuando cae en el cieno de las lagunas desde su escollo manos de la lujuria, y le abrasa con otras llamas y le mete en otras hogue- eminente. Mitrídates nos parece más grande que Pompeyo; y Aníbal, + ras; la avaricia le coge cuando la lujuria no le quiere y cuando la ambición grande que Scipión. El hombre sin saber cómo se inclina siempre PAra lado le abandona; ella le da una vida artificial que llama el insomnio; los viejos del vencido; el infortunio le parece más bello que la victoria. taa y avaros no viven sino porque no duermen; su vida no es otra cosa sino la menos grande por la vida que vivió, que por la muerte que le dieron; la falta de sueño. inmortalidad no le viene de haber sabido vivir, sino de haber muerto 4. Pasea toda la tierra en ancho y en largo, vuelve los ojos atrás, tiénde- heroícamente: él debe menos a la filosofía que a la cicuta e. El genero hu- los adelante, devora los espacios y recorre los tiempos, y ninguna otra cosa mano se hubiera indignado contra Roma, sl hubiera permitido a César morir hallarás en los dominios de los hombres sino esto que ves aquí: un dolor como los demás hombres mueren: su gloria era tan grande que merecía que no remite, y una lamentación que nunca acaba. Y ese dolor, aceptado ser coronada con un gran infortunio. Morir tranquilamente en su lecho, voluntariamente, es la medida de toda grandeza; porque no hay grandeza investido con la potestad soberana, es cosa permitida apenas a CACIaNen. sin sacrificio, y el sacrificio no es otra cosa sino el dolor voluntariamente Napoleón debió morir de otra manera: debió morir vencido en Waterlóo: aceptado. Los que el mundo llama héroes, son aquellos que, siendo traspa- proscrito por la Europa, debió ser puesto en un sepulcro fabricado por Dios sados por un cuchillo de dolor, aceptaron voluntariamente el dolor con su para él desde el principio de los tiempos: un ancho Loso debía separarle cuchillo. Los que la Iglesia llama santos, son aquellos que aceptaron todos del mundo, y en ese foso anchísimo debía caber el Océano. los dolores, los del espíritu y los de la carne juntamente. Santos son los que El dolor pone una cierta manera de igualdad entre todos los que paestrechados por la avaricia dieron de mano a todos los tesoros del mundo; decen, lo cual es ponerla en todos los hombres, porque padecen todos: por los que solicitados por la gula fueron sobrios; los que abrasados por la luju- el gozar nos separamos, por el padecer nos unimos con vínculos fraterna- ria aceptaron santamente el combate y fueron castos; los que entrando en les. El dolor nos quita lo que nos sobra, y nos da lo que nos falta, poniendo batalla con pensamientos sucios fueron limpios; los que se levantaron tan en el hombre un perfectísimo equilibrio: el soberbio no padece sin perder altos por la humildad que vencieron a su soberbia; los que sintiéndose tris- tes por el bien ajeno, de tal manera se esforzaron, que convirtieron en san- ta alegría su torpe tristeza; los que dieron en tierra con la ambición que los dd levantaba a las nubes; las que siendo perezosos se tornaron diligentes; los 2 El autor aquí se limita a consignar los hechos, tales como los narra la historia de la que viéndose abatidos por los pesares dieron a sus pesares libelo de repu- Enoc 130 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 181 algo de su soberbia, ni el ambicioso sin perder algo de su ambición, ni el tigar a los pueblos por sus pecados, los pone sujetos con cadenas a los pies colérico sin perder algo de sus iras, ni el lujurioso sin perder algo de su de los hombres voluptuosos. Embotados sus sentidos con el opio de los de- lujuria. El dolor es soberano para apagar los incendios de las pasiones; al leites, ninguna otra cosa es poderosa para sacarlos de su estúpido entume- propio tiempo que nos quita lo que nos daña, nos da lo que nos ennoble- cimiento sino el vapor de la sangre. Todos eran voluptuosos y afeminados ce: el duro no padece nunca sin sentirse más inclinado a compasión, ni el: aquellos monstruos calenturientos que los pretorianos saludaban a la Roma altivo sin encontrarse más humilde, ni el voluptuoso sin hacerse más casto: imperial con título de Emperadores. La familia rindió culto a un tiempo el violento se amansa, el flaco se fortalece. Ninguno sale peor que entró de mismo a la prostitución y a la muerte: a la prostitución, en sus templos y en esa gran fragua de los dolores; los más salen de ella con altísimas virtudes sus altares; a la muerte, en sus plazas y en sus cadalsos.
que nunca conocieron: quién entró impío y sale religioso; quién avaro y 6. Hay, pues, algo de maléfico y de corrosivo en el deleite, como hay sale limosnero; quién entra sin haber llorado nunca y sale con don de lá- algo en el dolor de purificante y de divino. No vaya a creerse, empero, que grimas; quién empedernido y sale misericordioso. En el dolor hay un no sé estas cosas, por ser contrarias entre sí, no van en cierta manera juntas, por- qué de fortificante y de viril y de profundo, que es origen de toda heroici- que así como sucede que el que acepta libremente el dolor, siente en sí dad y de toda grandeza; ninguno ha sentido su misterioso contacto sin cierto deleite espiritual que fortifica y levanta, del mismo modo el que se crecerse; el niño adquiere con el dolor la virilidad de los mozos, los mozos pone en manos de los deleites, siente en sí cierto dolor que en vez de forta- la madurez y la gravedad de los hombres, los hombres la fortaleza de los lecer enerva y deprime. El dolor es aquella pena universal a que por el pe- héroes, los héroes la santidad de los santos. cado quedamos todos sujetos; adonde quiera que tienda su vista O endere- 5. Por el contrario, el que deja los dolores por los deleites, luego al ce sus pasos el hombre, se encuentra con el dolor, estatua muda y llorosa punto comienza a descender con un progreso a un mismo tiempo rápido y que siempre tiene delante. El dolor tiene de común con la divinidad, que continuo. Desde la cumbre de la santidad se derriba hasta el abismo del es para nosotros a manera de círculo que nos contiene. A él vamos igual- pecado, desde la gloria va a la infamia. Su heroísmo se convierte en flaque- mente cuando gravitamos hacia el centro, y cuando corremos hacia la cir-