SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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nobles insolentes. Ni les parece menos absurdo negar la solidaridad de la familia para venir a reconocer en seguida que una nación es solidaria. eE tado por ellos el primero de estos principios, niegan absolutamente el se- gundo, como contradictorio del primero; y asi Coma proclaman la e igualdad de todos los hombres, proclaman también la igualdad perfecta de todos los pueblos. | | De aquí se deducen las siguientes consecuencias: siendo los hombres perfectamente iguales entre sí, es una cosa absurda repartirlos en grupos, como quiera que esa manera de repartición no tiene ateo fundamento sino la solidaridad de esos mismos grupos, solidaridad que viene negada por las escuelas liberales como origen perpetuo de la desigualdad entre los hom- bres. Siendo esto así, lo que en buena lógica procede es la disolución de la familia; de tal manera procede esta disolución del conjunto de los princi- pios y de las teorías liberales, que sin ella aquellos principios no pueden realizarse en las asociaciones políticas. En vano proclamaréis la idea de la igualdad; esa idea no tomará cuerpo mientras la familia esté en pie, La familia es un árbol de este nombre, que en su fecundidad prodigiosa produce perpetuamente la idea nobiliaria.

192 JUAN DONOSO CORTÍ: ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 193 Pero la supresión de la familia lleva consigo la supresión de la propie mada por el liberalismo en tumulto, traerá consigo en un tiempo más O dad como consecuencia forzosa. El hombre, considerado en sí, no pued menos próximo, pero no muy lejano si atendemos al paso que llevan las ser propietario de la tierra, y no puede serlo por una razón muy sencilla: ] cosas, la expropiación universal. Entonces sabrá lo que ahora ignora: que propiedad de una cosa no se concibe sin que haya cierta manera de pro la propiedad no tiene razón de existir, sino estando en manos muertas, como porción entre el propietario y su cosa; y entre la tierra y el hombre no hay quiera que la tierra, perpetua de suyo, no pudo ser matena de APrOoprcón proporción de ninguna especie. Para demostrarlo cumplidamente, bastará para los vivos que pasan, sino para esos muertos que siempre viven. observar que el hombre es un ser transitorio, y la tierra una cosa que nun: Cuando los socialistas, después de haber negado la familia como con- ca muere y nunca pasa. Siendo esto así, es una cosa contraria a la razón secuencia implícita de los principios de la escuela liberal, y la facultad de que la tierra caiga en la propiedad de los hombres, considerados individual: adquirir en la Iglesia, principio reconocido así por los liberales COnAo Paz mente. La institución de la propiedad es absurda sin la institución de la los socialistas, niegan la propiedad como consecuencia última de todos esfamilia; en ella o en otra que se la asemeje, como los institutos religiosos, tos principios, no hacen otra cosa sino poner término dci a la obra está la razón de su existencia. La tierra, cosa que nunca muere, no puede comenzada cándidamente por los doctores liberales. Por último, cuando caer sino en la propiedad de una asociación religiosa o familiar, que nunc después de haber suprimido la pr opiedad individual, el AN po pasa: luego suprimida implícitamente la asociación doméstica, y clama al Estado propietario universal y absoluto de todas las Heras, aun- explícitamente la asociación religiosa, a lo menos la monástica, por la es: que es evidentemente absurdo por otros conceptos, no lo es si se le consi- cuela liberal, procede la supresión de la propiedad de la tierra, como cons dera desde nuestro actual punto de vista. Para E de ello, basta secuencia lógica de sus principios. Esta supresión de tal manera va embebi- considerar que, una vez consumada la disolución de la familia $ nombre da en los principios de la escuela liberal, que ha comenzado siempre el pe- de los principios de la escuela liberal, la cuestión de la propiedad MBE ríodo de su dominación por apoderarse de los bienes de la Iglesia, por la tándose entre los individuos y el Estado únicamente. Ahora bien; plantea- supresión de los institutos religiosos y por la de los mayorazgos, sin adver- da la cuestión en estos términos, es una cosa puesta fuera de toda duda tir que apoderándose de los unos y suprimiendo los otros, desde el punto que los títulos del Estado son superiores a los de los individuos, como quie- de vista de sus principios, hacía poco; desde el punto de vista de sus intere- ra que el primero es por su naturaleza perpetuo, y que los segundos no ses, en calidad de propietaria, hacía demasiado. La escuela liberal, que de pueden perpetuarse fuera de la familia. NE todo tiene menos de docta, no ha comprendido jamás que siendo necesa- 6. De la perfecta igualdad de todos los pueblos, deducida lógicamente rio, para que la tierra sea susceptible de apropiación, que caiga en manos de los principios de la escuela liberal, sacan los socialistas, o saco yo en nom- de quien pueda conservar su propiedad perpetuamente, la supresión de bre suyo, las siguientes consecuencias: así como de la perfecta igualdad de los mayorazgos y la expropiación de la Iglesia con la cláusula de que no todas las familias que componen el Estado, saca la escuela liberal por con: pueda adquirir, es lo mismo que condenar la propiedad con una condena- secuencia lógica la no existencia de la solidaridad en la sociedad domésti- ción irrevocable. Esa escuela no ha comprendido jamás que la tierra, ha-= ca, del mismo modo, y por la misma razón, de la perfecta igualdad de to- blando en rigor lógico, no puede ser objeto de apropiación individual, sino. dos los pueblos en el seno de la humanidad, resulta la negación de la soli- social, y que no puede serlo, por lo mismo sino bajo la forma monástica o daridad política. No siendo solidaria la nación, €s fuerza negarle todo aque- bajo la forma familiar del mayorazgo; las cuales desde el punto de vista de llo que se niega lógicamente de la familia, en la suposición de que no es la perpetuidad, vienen a ser una misma forma, como quiera que una y otra solidaria. De la familia no solidaria se niega: lo primero, aquel vínculo subsisten perpetuamente *. La desamortización eclesiástica y civil, procla- * León XUL ha explicado el derecho de propiedad en su última Encíclica De conditione cuente, harto viva y extremada, contra las doctrinas y las obras del liberalismo acerca del deopificum. Siempre, empero, parecerán las palabras de Donoso Cortés como una protesta elo- recho de propiedad.

194 JUAN DONOSO CORTÉS secretísimo y misterioso que la enlaza en el tiempo con los tiempos pasa: dos y con los tiempos futuros; y como consecuencia de esta negación, se niega de ella; lo segundo, que tenga un derecho imprescriptible a partici par de las glorias de sus ascendientes, y la virtud de comunicar a sus des- cendientes algún reflejo de su gloria. Arguyendo por identidad de razón, es fuerza negar de una nación no solidaria lo que no siendo solidaria se niega de la familia; de donde se sigue que es fuerza negar de ella, por una parte, que tenga nada que ver con el tiempo pasado y con el venidero; y por otra, que tenga el derecho de reivindicar una parte de las glorias pasa= sn da e pe Wes e pa En MOIAS gr Aa es pu la CAPÍTULO CUARTO amuilla, da por resultado lógico la destrucción en el hombre de aquel ape- go al as constituye la dicha de la asociación doméstica, be ¡denál CONTINUAGIÓN DEL-MISMO ASUNTO: dad de razón, lo que se niega de la nación da por resultado forzoso la des- CONTRADICCIONES SOCIALISTAS trucción radical de aquel amor a su patria, que levantando al hombre so- bre sí mismo, le impulsa a acometer con intrépido arrojo las empresas más e a heroicas. SUMARIO. -1. El socialismo sólo es relativamente lógico; en absoluto, está Por donde se ve que de estas negaciones se sacan para la sociedad do- sm ne ar A mE qe 2 E ee q aiii ' " da sie méstica y para la política estas consecuencias: la solución de continuidad Med eN Pp dl Sa Lic na A a . AE pe eS bre de la Patria, que es su expresión; consecuencia grotesca, pero lógica. - de la gloria; la ep reñon del pá de la familia, y del Parobsmo, nl es el 3. Negada la solidaridad familiar, política y religiosa, es absurdo proclamar amor de la patria; y por último, la disolución de la sociedad doméstica y del la solidaridad humana con el lema de «libertad, igualdad, fraternidad». Ni la sociedad política, las cuales ni pueden existir, ni pueden concebirse sin los hechos históricos ni los principios socialistas permiten deducir seme- ese enlace de los tiempos, sin la comunión de la gloria y sin estar asentadas jante fórmula que en boca del socialismo son palabras vacías. -4. Esas pala- en aquellos grandes amores.

bras son funestas porque no son palabras racionalistas, sino palabras cató- Las escuelas socialistas, que si bien son más lógicas que la escuela libe- licas, divinas. Las palabras divinas pronunciadas por los enemigos de Dios ral, no lo son tanto como a primera vista parece, no van de consecuencia son mortales: ahí está la fuerza satánica de las revoluciones desde Lutero. - en consecuencia hasta nuestra última conclusión, que es, sin embargo, su- 5. Nueva contradicción. Afirmar la solidaridad humana y negar la de los puestas sus premisas, no sólo procedente, sino de todo punto necesaria; la pueblos y familias que constituyen la humanidad es renunciar al imperio - xi: Lo Sei estra las contradicciones del comunismo. Con- prueba de que lo es, está en que los socialistas, apremiados por la lógica, lo delalágias Eemálion deme 9 , ea. ais a tradicciones de Proudhon. Su sistema. Es la encarnación de los absurdos que no quieren ser en teórica, eso mismo son en la práctica. En la teórica cal na | d: A ed Las, | de tres siglos racionalistas. Síntesis imposibles. Habla como un demonio. son todavía franceses, italianos, alemanes; en la práctica son ciudadanos del mundo, y como el mundo, su patria no tiene fronteras. ¡Insensatos! Ellos ignoran que donde no hay fronteras no hay patria, y que donde no hay patria no hay hombres, aunque haya por ventura socialistas. Entre los partidos que contienden por la dominación, al más lógico le corresponde de derecho la victoria: éste, que es un principio verdadero, es a un mismo tiempo un hecho universal y constante. Humanamente hablan- do, el catolicismo debe sus triunfos a su lógica; si Dios no le llevara por la mano, su lógica le bastaría para caminar triunfante hasta los últimos rema- tes de la tierra. Esto aparecerá más claro en el capítulo siguiente.

Si hay una verdad demostrada en nuestro último capítulo, esa verdad consiste en afirmar que la escuela liberal no ha hecho otra cosa sino asen- tar las premisas que van a parar a las consecuencias socialistas, y que las escuelas socialistas no han hecho otra cosa sino sacar las consecuencias que están contenidas en las premisas liberales: estas dos escuelas no se distin- guen entre sí por las ideas, sino por el arrojo. Viniendo planteada de esa 196 JUAN DONOSO CORTÉS manera entre ellas la cuestión, es claro que la victoria toca de derecho a la más arrojada; y la más arrojada es, sin ningún género de duda, la que, no parándose en la mitad del camino, acepta con los principios sus consecuen= cias. Siendo esto así, dicho se está, y en nuestro anterior capítulo aparece suficientemente demostrado, que el socialismo lleva lo mejor de la batalla, y que en definitiva suyas son las palmas de este combate. | 1. De la fuerza de lógica, de que ha hecho muestra y parada en sus contiendas con la escuela liberal, se ha seguido para la escuela socialista cierto renombre de lógica y consecuente, que si bien está hasta cierto pun- to justificado, está lejos de estarlo suficientemente. En ser más lógica que la más ilógica y contradictoria de todas las escuelas, la socialista no hace mucho, y aun apenas hace algo; para ser merecedora de su renombre, está obligada a más: por una parte, está obligada a demostrar que no sólo es lógica y consecuente de una manera relativa, sino de una manera absoluta; y después, que es lógica y consecuente de una manera absoluta en la ver- dad; porque si sólo lo fuera en el error, la lógica y la consecuencia en el error no es más que una manera especial de ser ilógica e inconsecuente. No hay consecuencia ni lógica verdadera sino en la verdad absoluta.

Ahora bien: el socialismo falta a estas dos condiciones: por una parte, es contradictorio, porque no es uno, como se demuestra por la variedad de sus escuelas, símbolo de la variedad de sus doctrinas; por otra parte, no es consecuente negándose a aceptar, a semejanza de la escuela liberal, aun- que no en el mismo grado, todas las consecuencias de sus propios princi- pios; y por último, sus principios son falsos y sus consecuencias absurdas.

2. Que no acepta todas las consecuencias de sus propios principios, lo vimos en el capítulo anterior, cuando observamos que, siendo una conse- cuencia lógica de su negación de toda solidaridad la disolución de la socie- dad política, se contentaba con aceptar la disolución de la sociedad domés- tica. Hay quien cree que el socialismo se perderá, porque pide e invoca mucho; yo soy de sentir que sucederá al revés, y que le vendrá su pérdida, porque pide e invoca muy poco. En efecto; lo que procedía en buena lógi- ca, en el caso presente, era comenzar por pedir que los pueblos a cada ge- neración mudasen de nombre. En el sistema solidario concibo muy bien que sea uno el nombre nacional, siendo una la nación en toda la prolonga- ción de la historia. Que se llame Francia la nación gobernada por Luis Fe- lipe y por Clodoveo, es cosa concebible, y no sólo concebible, sino natural, y no sólo natural, sino necesaria, supuesto el sistema que sostiene la solida- ridad francesa, y la comunión de glorias y de desastres entre las generacio- nes presentes y las futuras. Pero eso mismo, que en el sistema de la solida- ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 197 ridad es concebible, natural y necesario, es absurdo, inconcebible y contra- rio a la naturaleza de las cosas mismas en el sistema que a cada generación corta el raudal de la gloria y el hilo del tiempo. En este sistema hay tantas familias y tantos pueblos como generaciones, y la lógica exige en este caso, que, siguiendo los nombres representativos las vicisitudes de las cosas re- presentadas, a cada mudanza de generación corresponda una mudanza idén- tica en los nombres de pueblos y de familias. Que lo absurdo compite aquí con lo grotesco, no habrá nadie que lo niegue, pero que lo grotesco y lo absurdo sean rigurosamente lógicos, no habrá nadie que pueda ponerlo en duda: y cabalmente esas son las dos cosas que nos convenía demostrar con una demostración invencible. Es necesario que el socialismo escoja li- bremente la muerte de que ha de morir, escogiendo entre lo ilógico y no absurdo.

3. Las escuelas socialistas demostraron sin grande esfuerzo, contra la escuela liberal, que una vez negada la solidaridad familiar, la política y la religiosa, no cabía aceptar la solidaridad nacional ni la monárquica; y que al revés, era de todo punto necesario suprimir en el derecho público na- cional la institución de la Monarquía, y en el derecho público internacional las diferencias constitutivas de los pueblos. Pero esas mismas escuelas so- cialistas, por una contradicción de que la escuela liberal, contradictoria y absurda como es, no ha dado ejemplo, reconocen en seguida la más alta, la más universal y las más inconcebible, humanamente hablando, de todas las solidaridades, es decir, la solidaridad humana. La divisa de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, como patrimonio común de todos los hombres, o no significa nada, o significa que todos los hombres son solida- rios. El reconocimiento de esa solidaridad, separada de las otras y del dog- ma religioso que nos la enseña y nos la explica, es un acto de fe tan sobre- natural y robusto, que yo mismo no le concibo, acostumbrado como estoy a creer lo que no comprende, siendo católico.

Creer en la igualdad de todos los hombres, viéndolos a todos desigua- les; creer en la libertad, viendo instituida en todas partes la servidumbre; creer que todos los hombres son hermanos, enseñándome la historia que todos son enemigos; creer que hay un acervo común de infortunios y de glorias para todos los nacidos, cuando no acierto a ver sino glorias e infortunios individuales; creer que yo me refiero a la humanidad, cuando sé que refiero la humanidad a mí; creer que esa misma humanidad es mi centro, cuando yo me hago centro de todo; y por último, creer que debo creer estas cosas, cuando se me afirma, por los que me las proponen como objeto de mi fe, que no debo creer sino a mi razón, que contradice todas 198 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 199 su mano airada contra todas las cosas. La primera brisa que le toca, y el primer rayo de luz que le hiere, es la primera declaración de guerra de las cosas exteriores. Todas sus fuerzas vitales se rebelan contra la presión dolo- rosa, y su existencia toda se concentra en un gemido: los más no pasan de ahí, porque en ese punto y hora les toma la muerte; los pocos que por ven- tura resisten, comienzan a andar el camino de su dolorosa pasión, y des- pués de guerras continuas y de varios sucesos, van a parar a la última catás- trofe, desfallecidos con esfuerzos y quebrantados con dolores. La tierra se les muestra avara y dura, les pide su sudor, que es la vida, y en cambio de la vida que les toma, apenas saca una gota de agua de sus fuentes para tem- plar su sed, y algún manjar de sus cuevas para aplacar su hambre. No les prolonga la vida para que vivan, sino para que vuelvan a sudar. Los tiranos no prolongan la vida de sus siervos sino porque la vida es necesaria para prolongar su servicio. Dondequiera que los hombres se juntan, los flacos caen en la tiranía de las fuertes.

Una mujer, insigne por su ingenio, queriendo dar muestra de ingenio- sa, se puso un día a pensar sobre cuál sería por su extrañeza la paradoja más grande, y ninguna otra encontró mayor, entre las paradojas posibles, que la de afirmar con aplomo que la esclavitud era cosa moderna, y la li- bertad cosa antigua. Si ella llegó a creérsela a fuerza de repetírsela, no lo sabré yo decir: en lo que no cabe ningún género de duda es en que el mun- do se la creyó; y lo que es más, en que era muy digno de creérsela. Por lo que hace a la igualdad, no se sabe, aunque esto es posible (¿qué cosa no es posible a un filósofo racionalista”), si esta idea trae su filiación histórica y filosófica de la división del género humano en castas, de las cuales las unas tienen por oficio propio mandar y las otras servir, y todas romper en gue- rras y rebeliones. La idea de la fraternidad procede sin duda ninguna de esos larguísimos períodos de paz y de bonanza que forman la trama de oro de la historia; y en cuanto a la idea de la solidaridad, ¿quién no ve su pro- cedencia? ¿Hay quien ignore, por ventura, que los romanos en quienes vie- ne a resumirse toda la antigúedad, llamaban a los extranjeros y a los ene- migos con un mismo nombre, que era sin duda simbólico de la solidaridad esas cosas que me son propuestas * es un despropósito tan estupendo, una aberración tan inconcebible, que a su presencia quedo como desfallecido y atónito.

Mi asombro crece de punto cuando observo que los mismos, que afir- man la solidaridad humana, niegan la familiar, lo cual es afirmar que los enemigos son hermanos, y que los hermanos no deben serlo; que los mis- mos que afirman la solidaridad humana, son los que poco antes negaron la política, lo cual es afirmar que nada tengo de común con los propios, y que todo me es común con los extraños; que los mismos que afirman la solidaridad humana, niegan la Religión, siendo así que la primera no pue- de ser explicada sin la segunda; y de todo deduzco, por legítima consecuen- cia, que las escuelas socialistas son a un tiempo mismo ilógicas y absurdas: ilógicas, porque después de haber demostrado contra la escuela liberal, que no valía aceptar unas solidaridades y dejar otras, vienen a caer en el mismo error, aceptando una sola entre todas, y desechándolas todas menos una; absurdas, porque cabalmente la única que me proponen no es punto de razón, sino de fe, y porque esta propuesta me viene de los que niegan la fe y proclaman el derecho imprescriptible de la razón al imperio y a la sobe- ranía.

Las escuelas socialistas caerían en asombro y estupor si, poniendo sus dogmas en tela de juicio, nos viniese la idea de exigirles una respuesta ca- tegórica a esta categórica pregunta: ¿De dónde sacáis que los hombres son solidarios entre sí, hermanos, iguales y libres? Y sin embargo, esta pregun- ta, que procede aun contra * el catolicismo, que está obligado a responder a todo lo que se le pregunta, procede, sobre todo, contra la más racionalis- ta de todas las escuelas. Esas fórmulas abstractas no han sido sacadas cierta- mente de la historia. Si la historia viene en apoyo de algún sistema filosófi- co, no es ciertamente en apoyo del que proclama la solidaridad, la libertad, la igualdad y la fraternidad del género humano, sino más bien de aquel articulado virilmente por Hobes, según el cual la guerra universal, incesan- te, simultánea, es el estado natural y primitivo del hombre.

El hombre nace apenas, y no parece sino que viene al mundo por la virtud misteriosa de un conjuro maléfico, y cargado con el peso de una con- denación inexorable. Todas las cosas ponen sus manos en él, y él revuelve humana?

Si esas ideas no pueden venirnos de la historia, que las condena y las desmiente en todas sus páginas, llenas de lamentos y escritas con sangre, nos han de venir, o de sucesos acaecidos en aquella época primitiva, que precede a todos los tiempos históricos, o derechamente de la razón pura. En cuanto a esta última procedencia, me contentaré con afirmar, sin te- ' Entiéndase a mi razón extraviada o no recta. mor de ser contradicho, que la razón pura no se ejercita sino en cosas de 2 Contra por respecto de.

200 JUAN DONOSO CORTÉS pura razón; y que tratándose aquí de averiguar cuáles son los elementos constitutivos de la naturaleza humana, no se trata de un negocio de pura razón, sino de un hecho que, existiendo con respecto a nosotros en cali- dad de hecho oscuro, debe ser mejor observado para que, bañado de luz, mude lo que tiene de oscuro en lo que debe tener de esclarecido. Por lo que hace a esa época primitiva que precede a todos los tiempos históricos, es claro que no podemos conocerla si no nos es revelada. Esto supuesto, yo me creo autorizado a formular de esta manera mi pregunta: Si lo que afir- máis no lo tenéis de la razón, que lo ignora, ni de la historia que conocéis, que lo contradice; ni de una época anterior a los tiempos históricos, que os es desconocida, porque camináis en el supuesto de que no ha sido revela- da, ¿de dónde lo tenéis? Y si no lo tenéis de nadie, ¿por qué lo afirmáis? Shakespeare ha dicho lo que son vuestras teorías: son ¿palabras, palabras, y nada más que palabras...». Pero palabras -anado yo- que dan la muerte al que las dice y al que las escucha.

4. Esta poderosa virtud les viene de que no son palabras racionalistas, las cuales no tienen en sí ninguna virtud, sino palabras católicas, las cuáles tienen el privilegio de dar la vida y quitarla, de matar a los vivos y de resuci- tar a los muertos. Esas palabras no se pronuncian nunca vanamente, y siem- pre infunden terror; porque ninguno sabe si van a dar la muerte o la vida, aunque saben todos cuán grande es su omnipotencia. Un día, cuando las últimas sombras de la tarde se dilataban por las aguas serenas y apacibles, entró el Señor en una barca frágil, seguido de sus discípulos; y como el Se- ñor hubiera cerrado sus ojos, vencidos del sueño, un torbellino impetuoso levantó las ondas; y viéndose a punto de zozobrar lo discípulos, oraron; y el Senor abrió los ojos, y pronunció algunas palabras, que escucharon con reverencia la mar y los vientos: la mar quedó quieta, y el viento callado; volviéndose entonces a sus discípulos, puso en sus oídos otras palabras, y sus discípulos se llenaron de súbito y grande terror: Et timuerunt timore magno. La tempestad les había sido menos terrífica e imponente que la palabra salvadora. Otro día, como se presentaron al Señor dos hombres atormen- tados de los demonios, y como implorasen su gracia, el Señor dijo a los de- monios: Salid; y los demonios, obedeciendo a su voz, dejaron libres a los hombres y buscaron asilo en unos animales inmundos, los cuales se arroja- ron a la mar, que los sepultó en sus aguas. Los que pastoreaban el ganado, llenos de pavor por la virtud de la palabra divina, huyeron; y comunicado el terror a las gentes de aquellos contornos, fueron todas al Señor y le ro- garon que se alejara de sus términos. Pastores autem fugerunt, et venientes in civitalem, nuntiaverunt omnia, et de eis, qui daemonia habuerant; el ecce tota civilas ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 201 exiit obviam Jesu; el viso eo rogaverund ut transiret a finibus eorum (San Math,. VIII, 33, 34). La omnipotencia de la palabra divina era más temible para las gentes que los maleficios de los espíritus infernales.

Y Cuando oigo pronunciar una palabras divina, es decir, católica, luego al punto vuelvo los ojos alrededor para ver lo que sucede, cierto como es- toy de que ha de suceder algo, y de que eso que ha de suceder, ha de ser forzosamente un milagro de la divina justicia, o un prodigio de la divina misericordia. Si es la Iglesia la que pronuncia, aguardo la salvación; si el que la pronuncia es otro, aguardo la muerte. Preguntad al mundo por qué está lleno de terror y de espanto; por qué los aires están llenos de lúgubres y siniestros rumores; por qué las sociedades están todas turbadas y suspen- sas, como quien sueña que le va a faltar el pie, y que allí donde le va a fal- tar está un abismo. Preguntar al mundo esto, es lo mismo que preguntar por qué tiembla el que ve entrar a un malvado o a un demente con una vela encendida en un almacén de pólvora sin conocer el uno, y conocien- do el otro demasiado la virtud de la pólvora y la virtud de la llama. Lo que ha salvado al mundo hasta aquí, es que la Iglesia fue en los tiempos anti- guos bastante poderosa para extirpar las herejías, las cuales, consistiendo principalmente en enseñar una doctrina diferente de la Iglesia con las pa- labras de que la Iglesia se sirve, hubieran llevado al mundo mucho tiempo ha a su última catástrofe, si no hubieran sido extirpadas. El verdadero peli- gro para las sociedades humanas comenzó en el día en que la herejía del siglo XVI obtuvo el derecho de ciudadanía en Europa. Desde entonces no hay revolución ninguna que no lleve consigo para la sociedad un peligro de muerte. Consiste esto en que, fundadas todas ellas en la herejía protes- tante, son fundamentalmente heréticas; véase, si no, cómo todas vienen dan- do razón de sí y legitimándose a sí propias con palabras y máximas toma- das del Evangelio: el sanculotismo de la primera revolución de Francia bus- caba en la desnudez humilde del manso Cordero su antecedente histórico y sus títulos de nobleza; ni faltó quien reconociese al Mesías en Marat, ni quien llamara a Robespierre su Apóstol. De la revolución de 1830 brotó la doctrina sansimoniana, cuyas extravagancias místicas componía no sé qué Evangelio corregido y depurado. De la revolución de 1848 brotaron con ímpetu en copioso raudal, expresadas en palabras evangélicas, todas las doc- trinas socialistas. Nada de esto habían visto las hombres antes del Siglo XVI. No quiero decir con esto que el mundo católico no hubiera padecido ya grandes dolencias, ni que las sociedades antiguas no hubieran padecido grandes vaivenes y mudanzas; lo único que quiero decir es que ni estos val- venes bastaban para derribar a la sociedad por el suelo, ni aquellas dolen- 202 JUAN DONOSO CORTÉS cias para quitada la vida. Hoy todo sucede al revés: una batalla perdida por la sociedad en las calles de París, basta por sí sola para derribar por el sue- lo a la sociedad europea como herida súbitamente de un rayo: é cadde come corpo morto cadde.

$ ¿Quién no ven las revoluciones modernas, comparadas con las antiguas, una fuerza de destrucción invencible, que no siendo divina, es forzosamen- te satánica? Antes de dejar este asunto, me parece cosa oportuna hacer aquí una observación importante, que abandonaré a la meditación de mis lecto- res. De dos pláticas del ángel de las tinieblas tenemos noticia exacta: la pri- mera la tuvo con Eva en el paraíso, la segunda con el Señor en el desierto. En la primera habló palabras de Dios, desfiguradas a su modo; en la segun- da citó la Escritura, interpretada a su manera. ¿Sería temerario creer que así como la palabra de Dios, tomada en su sentido verdadero, es la única que tiene el poder de dar la vida, es la única también que, siendo desfigu- rada, tiene el poder de dar la muerte? Si esto fuera así, quedaría suficiente- mente explicado por qué las revoluciones modernas, en las que se desfigu- ra más o menos la palabra de Dios, tienen esa virtud destructora.

5. Volviendo ahora a las contradicciones socialistas, diré que no basta haber negado, una después de otra, la solidaridad religiosa, la doméstica y la política, si, como acabo de demostrar, no se niega también la humana, y con ella la libertad, la igualdad y la fraternidad, principios todos que sólo en ella tienen a un mismo tiempo su razón y su origen: como negados es- tos fundamentos de todas las doctrinas socialistas, el edificio todo viene aba- jo, síguese de aquí que el socialismo no puede ser consecuente si, comen- zando por la negación del catolicismo, no concluye por la negación de sí propio. Yo sé que al profesar los socialistas el dogma de la solidaridad hu- mana, no por eso profesan en este punto la doctrina católica. Sé que entre el uno y el otro dogma hay una diferencia esencial, velada apenas con la identidad del nombre. La humanidad, que para los católicos no existe sino en los individuos que la constituyen, existe para los socialistas individual y concretamente: de donde resulta que, cuando socialistas y católicos afirman que la humanidad es solidaria, aunque parece que afirman una misma cosa, afirman en realidad dos cosas diferentes. Esto no obstante, la contradicción socialista salta a los ojos y es una cosa puesta fuera de toda duda. Aunque la humanidad sea la inteligencia universal, servida por grupos especiales, que llevan el nombre de pueblos y de familias, la lógica exige que todos