ellos obedezcan en ella y por ella a su misma ley, y que los grupos sean soli- darios si es ella solidaria. De aquí la necesidad de negar la solidaridad hu- mana, o de afirmarla a un tiempo mismo en los individuos, en la familia y ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 203 en el Estado. Ahora bien: si hay una cosa evidente, es que el socialismo es incompatible con aquella negación radical y con esta afirmación absoluta. Negar la solidaridad humana, es negarle, y afirmar la solidaridad de los gru- pos sociales, es negarle de otra manera. El mundo no puede sujetarse a la ley socialista sin renunciar antes al imperio de la lógica.
Por aquí se verá cuán lejos están de merecer el título de consecuentes sus más afamados doctores, y, sobre todo, el que entre los que componen su apostolado goza de más renombre y mayor fama. M. Proudhon, en sus contiendas con aquellos partidarios del nuevo Evangelio que están por la expropiación de todos los derechos individuales y por la concentración en el Estado de todos los derechos domésticos, civiles, políticos, sociales y reli- giosos, no ha necesitado de gran esfuerzo para demostrar que el comunis- mo, (es decir, el gubernamentalismo elevado a su última potencia, era una cosa extravagante y absurda desde el punto de vista de los principios que son comunes a los nuevos sectarios. En efecto: el comunismo, concibiendo al Estado como una unidad absoluta que concentra en sí todos los dere- chos y absorbe a todos los individuos, viene a concebirle como alta y pode- rosamente solidario; como quiera que unidad y solidaridad son una misma cosa, considerada desde dos puntos de vista diferentes. El catolicismo, de- positario del dogma de la solidaridad, la deriva siempre de la unidad, que la hace posible y necesaria. Ahora bien: como cabalmente el punto de par- tida del socialismo es la negación de ese dogma, es claro que el comunis- mo se contradice a sí propio cuando le niega en la teoría y O le reconoce en la práctica, cuando le niega en sus principios y le afirma en sus aplica: ciones. Si la negación de la solidaridad familiar lleva consigo la negación de la familia, la negación de la solidaridad política lleva consigo la nega- ción de todo gobierno. Esa negación procede igualmente de la noción que los Socialistas se forman de la igualdad y de la libertad, comunes a todos los hombres; como quiera que esa igualdad y esa libertad no pueden ser con- cebidas como limitadas por un gobierno, sino como limitadas, naturalmen- te por la libre acción y reacción de unos individuos en otros. La consecuen- cia está, pues, de parte de M. Proudhon, cuando dice en sus Confesiones de un revolucionario: «Todos los hombres son iguales y libres; la sociedad es, pues, así por su naturaleza como por la función a que está destinada, auto- nómica, que tanto quiere decir como ingobernable. Siendo la esfera de la actividad de cada ciudadano el resultado, por una parte, de la división na- tural del trabajo, y por otra, de la elección que hace de una profesión y estando constituidas las funciones sociales de tal manera que produzcan un efecto armónico, el orden viene a ser el resultado de la libre acción de 204 JUAN DONOSO CORTÉS. ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 205 dad y la solidaridad social: «Sólo la sociedad, es decir, el ser colectivo, pue- de seguir su inclinación y abandonarse a su libre albedrío sin temor de un error absoluto e inmediato. La razón superior que está en ella y que va des- prendiéndose de ella poco a poco por las manifestaciones de la muchedum- bre y la reflexión de los individuos, la pone siempre en definitiva en el buen camino. El filósofo es incapaz de descubrir la verdad por intuición; y si por ventura se propone dirigir la sociedad, corre un gran riesgo deponer sus propias ideas, ineficaces e insuficientes siempre, en lugar de las leyes eter- nas del orden, y de llevar de esta manera la sociedad a los abismos. El filó- sofo necesita algo que le guíe. ¿Cuál puede ser este algo sino la ley del pro- greso, y aquella lógica que reside como en su centro en la misma humani- dad?» (Confessions d'un révolutionaire).
Aquí se suponen tres cosas: la unidad, la solidaridad, y en definitiva la infalibilidad social; cabalmente las mismas tres cosas que el comunismo afir- ma o supone en el Estado, y si se niegan otras: la capacidad y la competen- cia de los individuos para gobernar a las naciones; lo mismo que en ellos niega el comunismo cabalmente. De donde se sigue que entre proudhonianos y comunistas se va a parar a un mismo término por dife- rentes caminos: unos y otros afirman el gobierno, y con él la unidad, la so- lidaridad de las sociedades humanas. El gobierno es para los unos y para los otros infalible, es decir, omnipotente; y siéndolo, excluye toda idea de libertad en los individuos, los cuales, puestos bajo la jurisdicción de un go- bierno omnipotente e infalible, no pueden ser otra cosa sino esclavos. Que el gobierno resida en el Estado, símbolo de la unidad política, o en la so- ciedad, considerada como un ser solidario, siempre resultará que el gobier- no es la condensación de todos los derechos sociales, así en la primera como en la segunda de estas suposiciones, de donde se sigue para el individuo, considerado aisladamente, la más completa servidumbre.
M. Proudhon hace, pues, todo lo contrario de lo que dice, y es todo lo contrario de lo que parece: proclama la libertad y la igualdad, y constituye la tiranía; niega la solidaridad, y la supone; se llama así propio anarquista, y tiene sed y hambre de gobierno. Es tímido, y parece arrojado; el arrojo está en sus frases, la timidez en sus ideas. Parece dogmático, y es escéptico: es escéptico en la sustancia, y dogmático, en la forma. Anuncia solemne- mente que va a proclamar verdades peregrinas y nuevas, y no hace otra cosa sino ser el eco de antiguos y desacreditados errores.
Aquel apotegma suyo de que la propiedad es el robo, ha cautivado a los franceses por su originalidad y por su ingenio. Bueno será que sepan nues- tros vecinos que ese apotegma es antiquísimo de este lado de los Pirineos.
todos; de donde saco la negación absoluta del gobierno; todo el que pone en mí su mano para gobernarme es un tirano y un usurpador; yo le decla- ro mi enemigo».
Pero si M. Proudhon es consecuente negando el gobierno, no les sino a medias cuando señala esta negación como la última de las negaciones que van envueltas en las doctrinas socialistas. Con la familia, está negada la soli- daridad doméstica; con el gobierno, está negada la solidaridad política; pero allí mismo donde niega estas dos solidaridades por una contradicción in- concebible afirma la humana, que las sirve a todas de fundamento. Ya de- mostramos cumplidamente antes que afirmar la igualdad y la libertad, y afir- mar la solidaridad humana, era afirmar una misma cosa. Ni para aquí la contradicción, porque al mismo tiempo que afirma la igualdad y la liber tad en las Confesiones de un revolucionario, niega la fraternidad en el cap. VI de su libro sobre las Contradicciones económicas, por estas palabras: «¿De fra- ternidad me habláis? Seremos hermanos si formáis en ello empeño, con tal, empero, que yo sea el hermano mayor, y que vengáis todos después de mí, y con esta condición: que la sociedad, nuestra madre común, honre mi primogenitura y mis servicios, dándome porción doblada. Me decís que aten- deréis a mis necesidades proporcionalmente a mis recursos, y yo pretendo, al revés, que atendáis a ellas proporcionalmente a mi trabajo de lo contra- rio, dejo de trabajar».
Por donde se ve que la contradicción es doble: porque si por una par- te, hay contradicción en afirmar la solidaridad humana cuando se niega la doméstica y la política, por otra hay contradicción mayor en negar la fra- ternidad cuando se proclama el principio de la libertad y de la igualdad entre los hombres. La igualdad, la libertad y la fraternidad son principios que se suponen mutuamente, y que se resuelven los unos en los otros; así como la solidaridad humana, la política y la doméstica son dogmas que se resuelven los unos en los otros, y que se suponen mutuamente. Tomar unos y dejar otros, es tomar lo que se deja y dejar lo que se toma; es negar lo que se afirma y afirmar lo que se niega a un tiempo mismo.
Por lo que hace a la cuestión relativa al gobierno, la negación de todo gobierno por parte de M. Proudhon no es más que una negación aparen- te. Si la idea del gobierno no es contradictoria con la idea socialista, no había para qué negarla; y si hay contradicción entre esas dos ideas, es una inconsecuencia insigne proclamar en otra forma al gobierno que viene ne- gado. Ahora bien: M. Proudhon, que niega al gobierno, símbolo de la uni- dad y de la solidaridad política, viene a reconocerle de otra manera y en otra forma, cuando reconoce y proclama en las palabras siguientes la unisn 206 JUAN DONOSO CORTÉS Desde Viriato hasta nuestros días, todos los ladrones que salen al camino, al poner la boca de su trabuco en el pecho del caminante, le llaman ladrón, y como a ladrón le quitan lo que tiene. Monsieur Proudhon no ha hecho otra cosa sino robar a los bandoleros españoles su apotegma, como ellos roban al caminante su bolsa. Del mismo modo que se da en espectáculo a las gentes como original cuando es plagiario, siendo el apóstol de lo pasa- do, se llama el profeta de lo futuro. Su principal artificio está en expresar la idea que afirma con la palabra que la contradice. Todos llaman despotismo al despotismo; Monsieur Proudhon le llamará anarquía; y cuando ha puesto a la cosa afirmada su nombre contradictorio, con el nombre hace guerra a sus amigos, y con la cosa a sus contrarios; con la dictadura comu- nista, que está en el fondo de su sistema, infunde espanto al capital; con la palabra anarquía ahuyenta y hace huir a sus amigos los comunistas; y cuan- do, volviendo los ojos por todos lados, ve a los unos sin fuerza para huir y a los otros puestos en vergonzosa fuga, suelta la carcajada. Otro de sus artifi- cios está en tomar de cada sistema lo que, no siendo bastante para confun- dirse con aquellos que le sostienen, basta para excitar la cólera de los que le contradicen; en él hay páginas que pudieran suscribir todos los partida- rios del orden: esas páginas van dirigidas a todos los hombres turbulentos; otras que pudieran suscribir los más fanáticos demócratas: esas van dirigi- das a los amigos del orden; en algunas hace ostentación del ateísmo más inmundo, y al escribirlas tiene presentes a los católicos; otras, por fin, pu- dieran ser aceptadas por el católico más ferviente, y esas son las que desti- na a regalar los oídos de los materialistas y ateos. El bien supremo de ese hombre es obligar a todos a que levanten la mano contra él, y levantar él su mano contra todos. Cuando ha afirmado de sí que tiene por enemigo a todo el que quiere gobernarle, no ha revelado sino la mitad de su secreto; la otra mitad está en afirmar que es enemigo suyo todo el que la siga y todo el que le obedezca. Si el mundo e hiciera proudhoniano alguna vez, por hacer contraste al mundo dejaría de ser proudhoniano; y si dejando de serlo él, dejara de serlo el mundo, se colgaría del primer árbol que encontrara en su camino. Yo no sé si después de la desventura de no poder amar, que es la desventura satánica por excelencia, hay otra mayor que la de no que- rer ser amado, que es la desventura proudhoniana. Y, sin embargo, ese hom- bre, asunto tremendo de la cólera divina, conserva allá, en lo más recóndi- to de su ser oscurecido y tenebroso, algo que es luz y es amor, algo que le distingue todavía de los espíritus infernales; aunque envuelto ya en som- bras que se van rápidamente condensando, no es todo odio y tinieblas. Ene- migo declarado de toda belleza literaria, como de toda belleza moral, sin ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 207 saberlo y sin quererlo es bello, literaria y moralmente, en las pocas páginas que consagra a la suavidad modesta de pudor, a los limpios y castos amo- res, y a las armonías y a las magnificencias católicas. Su estilo entonces, o se levanta hasta su asunto lleno de majestad y de pompa, o toma la forma suave y apacible de los más frescos idílios.
M. Proudhon es inexplicable e inconcebible, considerado en sí aisla- damente. M. Proudhon no es una persona, aunque lo parece; es una per- sonificación. Siendo contradictorio e ilógico, como lo es, el mundo le lla- ma consecuente, porque él es una consecuencia; es la consecuencia de to- das las ideas exóticas, de todos los principios contradictorios, de todas las premisas absurdas que el racionalismo moderno viene planteando de tres siglos a esta parte; y así como la consecuencia contiene a sus premisas y las premisas contienen su consecuencia, estos tres siglos contienen necesaria- mente a M. Proudhon, como M. Proudhon lleva en sí esos tres siglos nece- sariamente. Por esta razón, el examen del uno y el examen de los otros dan un mismo resultado; todas las contradicciones proudhonianas están en los tres siglos últimos, y en M. Proudhon están las contradicciones de los tres últimos siglos: y las unas y las otras están en su estado de concentración en la obra más notable, desde cierto punto de vista, de siglo presente: en el Sistema de las contradicciones económicas. Entra ese libro y su autor, y los siglos racionialistas, hay una identidad absoluta: la diferencia está sólo en los nom- bres y en las formas; la cosa representada en común toma aquí la forma de libro, allí la forma de hombre, y más allá la forma del tiempo. Esto sirve para explicar por qué M. Proudhon está condenado a no ser original nun- ca y a parecerlo siempre. Está condenado a no ser original nunca, porque, supuestas las premisas, ¿qué cosa hay menos original que la consecuencia? Está ¡condenado a parecerlo siempre, porque ¿qué hay que pueda parecer tan original como la concentración de todas las contradicciones de tres si- glos contradictorios en una sola persona?
l Esto no quiere decir que M. Proudhon no vaya en pos de la originali- dad verdadera. M. Proudhon quiere ser verdaderamente original cuando aspira a formular la síntesis de todas las antinomias, y a encontrar la supre- ma ecuación de todas las contradicciones; pero aquí, que es donde está la manifestación de su personalidad individual, es cabalmente donde se des- cubre su impotencia. Su ecuación no es más que el principio de una nueva serie de contradicciones, y su síntesis no es más que el principio de una nueva serie de antinomias. Puesto entre la propiedad, que es la tesis, y el comunismo, que es la antítesis, busca la síntesis en la propiedad no heredi- taria, sin ver que la propiedad no hereditaria no es propiedad, y por consi- 208 JUAN DONOSO CORTÍÍ ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 209 suspenso hasta el punto de no saber si el que habla es hombre o es demo- nio, y si habla de veras o se burla. Por lo que hace a él, si con su voluntad pudiera ordenar las cosas a su antojo, preferiría ser tenido por demonio a ser tenido por hombre. Hombre o demonio, lo que aquí hay de cierto, es que sobre sus hombros pesan con abrumadora pesadumbre tres siglos reprobados *.
probados *.
guiente, que su síntesis no es síntesis, por que no suprime la contradicción sino una nueva manera de negar la tesis vencida y de afirmar la antítesi vencedora. Cuando para formular la síntesis, que ha de comprender po un lado la autoridad, que es la tesis, y por otro la libertad *, que es la antí tesis, niega el gobierno y proclama la anarquía; si con esto quiere decir que no ha de haber gobierno ninguno, su síntesis no es otra cosa sino la neg ción de la tesis, que es la autoridad, y la afirmación de la antítesis, que es la libertad humana; y al revés, si lo que quiere decir es que el gobierno dictas torial y absoluto no ha de estar en el Estado, sino en la sociedad, en ese caso no hace otra cosa sino negar la antítesis y afirmar la tesis, negar la li bertad y afirmar la omnipotencia comunista. En uno y en otro caso, ¿dón- de está la conciliación? ¿Dónde está la síntesis? M. Proudhon no es fuerte sino cuando se contenta con ser la personificación del racionalismo mo- derno, por su naturaleza absurdo y contradictorio: y no es débil sino cuan= do muestra su personalidad individual, cuando deja de ser una personifica- ción para convertirse en una persona.
Si después de haberle examinado bajo varios de sus aspectos, se me preguntara cuál es el rasgo más dominante de su fisonomía espiritual, res- pondería a esta pregunta que es el desprecio de Dios y de los hombres. Ja- más hombre ninguno pecó tan gravemente contra la humanidad y contra el Espíritu Santo. Cuando resuena esa cuerda de su corazón, resuena siem- pre con elocuente y robusta resonancia. No es él el que habla entonces, no: es otro que está en él, que le tiene, que le posee y que le hace caer desfallecido en convulsiones epilépticas; es otro que es más que él y que mantiene con él un diálogo perpetuo. Lo que dice algunas veces es tan ex- traño, y eso que dice lo dice de tan extraña manera, que el ánimo queda / / 1 En la tercera edición (1852) de las Confesiones de un revolucionario, pág. 180, Proudhon cita este pasaje, y no puede resistir a la tentación de protestar que él no está endemoniado: «Tranquilícense -dice- mis lectores, y no teman respirar un infernal hedor al leerme...». Ésto dice siempre el demonio a los que le escuchan. “Tras esto, aquel desdichado se compara con Nuestro Señor Jesucristo, a quien «los Jesuitas de Jerusalén decían que estaba endemoniado, daemonium habet...». Aquí el diablo entrega la carta, y el hedor infernal se percibe con más fuerza. Acusa, en fin, a Donoso de querer achicharrarle: «Aquí hace lo que él puede por en- caminarme y echarme el sambenito, y en el primer auto de fe gritará al verdugo: ¡Atiza!». Si hubiera habido para Proudhon el menor peligro de ser quemado, ya él habría buscado otros medios para meter ruido, pues siempre supo juntar el desenfado con la prudencia. Por lo demás, esto es lo único que le ocurrió contestar al libro de Donoso; era más cómodo hablar de Jesuitas, de encamisados y de autos de fe que refutar esta irrefutable demostración de lo * La libertad liberal se entiende; porque de la libertad verdadera según Donoso no es inconsistente y absurdo de sus teorías.
antítesis, sino escudo y protección, la autoridad.
CAPÍTULO QUINTO CONTINUACIÓN DEL MISMO ASUNTO SUMARIO. -1. Contradicciones de Dover. -2. Contradicciones comunes a todos los socialistas. Todos combaten la solidaridad familiar o nobiliaria, Pero la Revolución que proscribió la nobleza de la virtud proclamó la no- bleza del crimen. Orgullo de partido: de escuelas; su entronque en Platón, en Cristo: Proudhon invoca instituciones mosaicas. Así se revuelve en la contradicción. -3. El ingenio socialista será la proclamación del nihilismo en gobierno, responsabilidad, solidaridad, unidad, humanidad, sociedad, familia e individuo. Los que se separan de Dios van a parar a la nada. 4. Timideces y contradicciones del socialismo actual (1850). Es un semicatolicismo.
1. El más consecuente de los socialistas modernos, desde el punto de vista de la cuestión que venimos ventilando, me parece ser Roberto Owen!?, Roberto Owen, nacido en Newton (1771), Condado de Montgomeri (Inglaterra), en- tró joven en el comercio y se hizo considerablemente rico. Antes de formular su sistema ha- bía tratado de aplicarlo a un establecimiento industrial fundado por él en New-Lanark. En 1812 publicó sus Nuevas perspectivas de la sociedad (New-Views of Society. -Londres; un tomo en 8.). A pesar de lo absurdo y lo inmoral de sus doctrinas, estuvo algún tiempo en boga. El primer ministro lord Liverpool le dispensó protección; algunos Soberanos le dirigieron cartas autógrafas; el Rey de Prusia le envió una medalla de oro, y los Duques de Kent y Sussex, her- manos del Rey, presidieron asambleas celebradas en su honor. Owen, embriagado con tales triunfos, se proclamó favorito del universo, y en 1818, con motivo del Congreso de Aquisgrán, JUAN DONOSO CORTÉS JUAN DONOSO CORTÉS cuando rompiendo en abierta y cínica rebelión contra todas las religiones, depositarias de los dogmas religiosos y morales, negó de un golpe el deber; negando no sólo la responsabilidad colectiva, que constituye el dogma de la solidaridad, sino también la responsabilidad individual, que descansa en el dogma del libre albedrío del hombre. Negado el libre albedrío, Roberto Owen niega la transmisión de la culpa y la culpa misma. Hasta aquí no puede dudarse sino que hay lógica y consecuencia en todas estas deducciones: pero donde comienza la contradicción y la extravagancia, es cuando Owen, ne- gada la culpa y el libre albedrío, afirma y distingue el bien y el mal moral; y cuando, afirmando y distinguiendo estas cosas, niega la pena, que es su con- secuencia necesaria.
El hombre, según Roberto Owen, obra en consecuencia de conviccio- nes invencibles. Esas convicciones le vienen, por una parte, de su organiza- ción especial, y por otra, de las circunstancias que le rodean; y como él no es autor ni de aquella organización ni de estas circunstancias, síguese de aquí que así las primeras como las segundas obran en él fatal y necesaria- mente. Todo esto es lógico y consecuente; pero por lo mismo es ilógico contradictorio y absurdo afirmar el bien y el mal cuando se niega la liber: tad humana. El absurdo llega hasta lo inconcebible y lo monstruoso, cuan- do nuestro autor intenta fundar una sociedad y un gobierno en esta yuxta- posición de seres irresponsables. La idea del gobierno y la idea de la socie- dad son correlativas a la de la libertad humana. Negada la una, procede la negación de las otras juntamente; y cuando no se niegan o se afirman to- das a la vez, mo se hace otra cosa sino afirmar y negar la misma cosa a un mismo tiempo. Yó no sé si hay en las anales humanos testimonio más insig- ne de ceguedad, de inconsecuencia y de locura que el que Owen da de sí cuando, después de haber negado la responsabilidad y la libertad indivipublicó un comunicado a los Soberanos. Pero pronto comenzó su decadencia, viéndose obligado en 1823 a huir de su país y refugiarse en los Estados Unidos: fundó allí pa la Indiana pes especie de colonia formada por todos los que deseaban seguir sus doctrinas, y le dio el pa pre de Nueva Armonia. Este ensayo acabó de arruinarle, obligándole a regresar a Inglaterra en 1827. En 1848 creyendo ser aquella ocasión favorable, se trasladó a París, con esperanzas de que su sistema fuese adoptado por los socialistas, y aun por el mismo Gobierno provisional; pero no obtuvo ningún resultado. Roberto Owen publicó muchos artículos, opúsculos y escri. tos de todas clases. La obra en que principalmente expone su sistema se intitula Revoluciones en la política y en la inteligencia de la raza humana. (Revolutions in the mind and practice of the human ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 215% dual, no satisfecho con la extravagancia de afirmar la sociedad y el gobier- no, pasa todavía más adelante, y da consigo en la extravagancia inconcebi- ble de recomendar la benevolencia, la justicia y el amor a las que, no sien- do ni responsables ni libres, ni pueden amar ni pueden ser justos ni benevolentes.
Los límites que me he impuesto a mí propio al emprender esta obra, me impide pasar aquí tan adelante como fuera menester por el anchísimo campo de las contradicciones socialistas. Las expuestas bastan y aun sobran para dejar puesta fuera de toda duda el hecho incontrovertible de que el socialismo, desde cualquier punto de vista que se le considere, es una tor- pe contradicción, y que de sus escuelas contradictorias ninguna otra cosa puede salir sino el caos.
2. Su contradicción es tan palpable, que no nos será difícil ponerla de bulto y como de relieve, aun en aquellos puntos en los que parece que to- dos estos sectarios andan unidos y conformes. Si hay alguna negación que les sea común, ésta es ciertamente la negación de la solidaridad familiar o nobiliaria. Llegados aquí todos los doctores revolucionarios o socialistas, alzan la voz para negar esa mancomunidad de glorias y de infortunios, de méritos y de deméritos que el género humano ha reconocido como un he- cho entre los ascendientes y sus descendientes, en todas las edades. Pues bien: esos mismos revolucionarios y socialistas afirman de sí en la práctica, sin saberlo, aquello mismo que vienen negando de los otros en la teórica. Cuando la revolución francesa, sangrienta y desmelenada, puso debajo de sus pies todas las glorias nacionales; cuando embriagada con sus triunfos creyó estar cierta de su definitiva victoria, se apoderó de ella no sé qué or- gullo aristocrático y de raza, que estaba en directa oposición con todos sus dogmas. Entonces fue cuando los revolucionarios más insignes, dándose en espectáculo a las gentes como los antiguos Barones feudales, comenzaron a mostrarse escrupulosos y remisos en dar a los extraños carta de naturali- zación en su nobilísima familia. Mis lectores recordarán aquella pregunta famosa dirigida por los doctores de la nueva ley a los que se presentaban a ellos vestidos con el blanco ropaje de la candidatura: -¿Qué crimen habéis cometido?- ¡Desventurado aquel que no había cometido ninguno, porque jamás vería abiertas para él las puertas del Capitolio, en donde relampagueaban con tremenda majestad los semidioses revolucionarios! El género humano había instituido la nobleza de la virtud; la revolución dejó instituida la del crimen.
Cuando después de la revolución de febrero hemos visto a socialistas y republicanos dividirse en categorías, separadas unas de otras por abismos 214 JUAN DONOSO CORTÉS formidables: cuando los unos, con el título de republicanos de la vÍSpera, han derramado el escarnio y el baldón sobre los otros que no habían sido republicanos, sino del día siguiente; cuando más afortunados, y por consi= guiente, más altivos que todos los demás, se han levantado algunos dicien- do: -Toda la arrogancia es nuestra, porque el republicanismo es en noso- tros familiar y nos viene con la sangre-, ¿qué viene a ser esto sino procla- mar, en pleno republicanismo, todas las preocupaciones nobiliarias. Examinad bien una después de otra todas sus escuelas; todas y cada una de por sí pugnan por constituirse en una familia, y por buscar el ascendiente más noble. En este grupo familiar, el ascendiente es Saint-Simón el nobilísimo; en aquel, Fourrier el ilustre; en el otro, Babeuf el patriota: en todos hay un jefe común, un patrimonio común, una gloria común, un encargo común; y todos los grupos y todas las familias, unidas entre sí por una estrecha solidaridad, buscan en las edades pasadas alguna personali- dad tan noble, tan alta, tan excelsa, que pueda servirlas a todas de vínculo y de centro. Los unos ponen los ojos en Platón, personificación gloriosa de la sabiduría antigua; los más, levantando su loca ambición hasta la altura de una blasfemia, los ponen en el Redentor del género humano; quizá le olvidaran por desvalido y por pobre, le desdeñaran por humilde; pero en su insolente orgullo no olvidan que, humilde y pobre y desvalido, era Rey y sentía correr por sus venas la nobilísima sangre de los Reyes. Por lo que hace a M. Proudhon, tipo perfecto del orgullo socialista, el cual es a su vez el tipo perfecto del orgullo humano, remontándose a edades más escondi- das en alas de su soberbia, sube en busca de sus ascendientes hasta aque- llos tiempos vecinos de la creación en que florecieron entre los hebreos las instituciones mosaicas. En ocasión más oportuna demostraré cumplidamente que, por lo que hace a M. Proudhon, su nobleza,es tan antigua y su estirpe tan ilustre, que para encontrar su cepa es necesario subir más todavía, has- ta llegar a unos tiempos puestos fuera del ancho círculo de la historia, ya unos seres, en lo perfectísimos y altísimos, incomparablemente superiores a los hombres. Por ahora basta para mi propósito dejar aquí consignado que las escuelas socialistas están condenadas a la contradicción y al absur- do, de una manera irrevocable; que cada uno de sus principales es contra- dictorio del que le precede y del que le sigue; que su conducta es la conde- nación completa de todas sus teorías, y que sus teorías son la condenación radical de su conducta.