SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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En la recuperación europea de este pensador clásico y lúcido como pocos de su tiempo tuvo un papel importante Carl Schmitt, el cual le dedicó varios ensayos extraordinarios. A su estela se han publicado diversas monografías (que se inclu- yen en el apartado de bibliografía seleccionada). Aunque su nivel nunca fue infe- rior al de los doctrinarios franceses está muy lejos de haber adquirido el reconoci-: miento al cual se hacía merecedor. El uso y abuso instrumental de su teorías es in- evitable dado su grandeza de pensamiento. En todo caso cabría recordar también que el pensamiento político nace en un ambiente, y que precisamente Donoso fue también un intelectual de su época y que estuvo a la altura de los más grandes pen- sadores de la misma!**, El Ensayo fue una obra extraordinariamente influyente en un período de cambios estructurales; fue también una «obra de combate» y, por | ello, un libro eminentemente polémico y controvertido en todos los aspectos; ori- 123 Ortí y Lara, J. M.: La política Cristiana es una, en La Ciencia Cristiana, núm. XVI (1881), págs. 503 a 525, cit., por URIGUEN, B.: Orígenes y evolución de la derecha española: El neo-catolicis-' mo, Cit., pág. 62 y passim. Es una obra de interés para verificar con detalle la influencia de Donoso Cortés dentro del pensamiento conservador y neo-católico. El autor realza que al tiem- po los carlistas y donosianos —alejados del moderantismo- se unirían en 1869, en una unión que duraría casi veinte años, puesto que en 1888 nuevamente donosianos y carlistas marcha- rían separados aunque en busca del mismo fin (Ibid., pág. 63).

1% Hace notar, no sin razón Juan Juretschke (Obras Completas, 11, pág. 396, nota 18) que es lástima que Donoso tuviera por contrincantes a Guizot y Proundhon en vez de Burckhardt, Marx y Kierkegaard, los tres que, como él, se ciñen al problema del siglo XIX en el orden histórico-cultural y políticosocial. El ejercicio del cristianismo, de Kierkegaard, fue publicado un año antes que el Ensayo (1850); el primer tomo de los tres definitivos de El Capital, en 1867, y las Meditaciones sobre la historia universal se exponen por primera vez en 1868. Los cuatro libros coinciden en la vertiente crítica y negativa del siglo XIX. Sin embargo, Donoso desaprovechó la oportunidad para polemizar con las teorías formuladas por Tocqueville, algunas de cuyas obras constituyen una visión reflexiva y crítica respecto del siglo XIX, Es lo cierto que la calidad intelectual de los contrarios permite extraer mejor todas las cualidades de un pensador en «lucha de ideas». Un pensador es, en cierta medida, el mismo en sus contra- rios, críticos u opositores; en confrontación con ellos puede, acaso, dar lo mejor de sí mismo. La crítica externa ayuda a la reflexión y a forjar el propio pensamiento, crítico y autocrítico.

ScHraMM, E.: Donoso Cortés. Su vida y su pensamiento, cit., pág. 242 y págs. 262 y sigs., ihreferencia al debate planteado con el ataque a sus posiciones por Gaduel, vicario general la diócesis de Orleáns, que era el testaferro del entonces obispo de Orleáns y paladín del inlicismo liberal, Dupanlup, adversario decidido de Veuillot; pero con referencia, igualmente, bros impactos de sus tesis críticas en el marco del pensamiento de la Europa de su tiempo, por consiguiente, dentro y fuera de España. En nuestro país los ataques a las concepciones Donoso se produjeron desde distintos campos ideológicos: liberales progresistas y socialis- 2. Incluso un autor como Menéndez y Pelayo, en su obra Historia de los Heterodoxos Españoles, yols,, Madrid, BAC, 1987, le reprocha, entre otras cosas, el menosprecio por la razón y la hertad humana y su falta de conocimiento en materia de teología, aunque admira en él su pacidad de captación de los problemas de carácter político y social.

*" TOCQUEVILLE, A.: Recuerdos sobre la Revolución de 1848, Madrid, Trotta, 1994, pág. 82.

LIBRO PRIMERO [Cuestiones Generales de Teología Católica ]* CAPÍTULO PRIMERO DE CÓMO EN TODA GRAN CUESTIÓN POLÍTICA VA ENVUELTA SIEMPRE UNA GRAN CUESTIÓN TEOLÓGICA SUMARIO, -l. Encontrándose todos los seres en el entendimiento divino como en su eterno ejemplo, el conocimiento de Dios es condición necesaria para conocer profundamente a los seres. -2. Consiguientemente a medida que disminuye la fe (el más cierto, el más vasto conocimiento que de Dios tenemos), disminuyen las grandes verdades de orden superior. Las mayo- res inteligencias, al perder la fe, no pierden su fuerza, pero se desorien- tan. -3. Las ciencias sociales están subordinadas a la teología, puesto que cada una de ellas estudia alguna manifestación de la divina voluntad. -4. Históricamente la idea que de Dios se han formado los pueblos ha marca- do el carácter de su civilización. La unidad panteística de los orientales se refleja en la formación de colosales imperios que viven en la'esclavitud y en perpetua inmovilidad. El politicismo occidental de Grecia divide a sus ciudades en diminutas repúblicas que sucumben por su excesiva movili- dad. Roma, síntesis de Oriente y Occidente, sólo sucumbe cuando la reli- gión desfallece. -5. Nacimiento maravilloso de Cristo. Su vida descrita por la malignidad de sus enemigos. El triunfo del cristianismo implica la des- trucción de Jerusalén con el judaísmo y de Roma con el paganismo.

1. M. Proudhon ha escrito, en sus Confesiones de un revolucionario, estas notables palabras: «Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nues- * Donoso no había puesto título a este Libro Primero.

2 JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO tras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología». Nada hay aquí el Contrato social, libro IV, capítulo VII, observa: «que jamás se fundó que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, istado ninguno sin que la religión le sirviese de fundamento». Voltaire dice por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el Océano que contiene y abarca Tratado de la tolerancia, cap. XX): «que allí donde hay una sociedad, la reli- todas las ciencias, así como Dios es el Océano que contiene y abarca todas | lón es de todo punto necesaria». Todas las legislaciones de los pueblos an- las cosas?. iguos descansan en el temor de los dioses. Polibio declara que ese santo Todas ellas estuvieron antes de que fueran, y están después de creadas mor es todavía más necesario que en los otros en los pueblos libres. Numa, en el entendimiento divino; porque si Dios las hizo de la nada, las ajustó a sara que Roma fuese la ciudad eterna, hizo de ella la ciudad santa. Entre un molde que está en El eternamente. Todas están allí por aquella altísima 1 pueblos de la antigúedad, el romano fue el más grande, cabalmente por- manera con que están los efectos en sus causas, las consecuencias en sus e fue el más religioso. Como César hubiera pronunciado un día en ple- principios, los reflejos en la luz, las formas en sus eternos ejemplares. En in Senado ciertas palabras contra la existencia de los dioses, luego al pun- Él están juntamente la anchura de la mar, la gala de los campos, las armo- y Catón y Cicerón se levantaron de sus sillas, para acusar al mozo irreve- nías de los globos, las pompas de los mundos, el esplendor de los astros, las nte de haber pronunciado una palabra funesta a la República. Cuéntase magnificencias de los cielos. Allí está la medida, el peso y número de todas FP Fabricio, capitán romano, que como oyese al filósofo Cineas mofarse de las cosas; y todas las cosas salieron de allí con número, peso y medida. Allí tlivinidad en presencia de Pirro, pronunció estas palabras memorables: están las leyes inviolables y altísimas de todos los seres, y cada cual está bajo legue a los dioses que nuestros enemigos sigan esta doctrina cuando es- el imperio de la suya. Todo lo que vive, encuentra allí las leyes de la vida; hh en guerra con la República». todo lo que vegeta, las leyes de la vegetación; todo lo que se mueve, las le- La diminución de la fe, que produce la diminución de la verdad, no yes del movimiento; todo lo que tiene sentido, la ley de las sensaciones; todo wa consigo forzosamente la diminución, sino el extravío de la inteligen- el que tiene inteligencia, la ley de los entendimientos; todo el que tiene A humana. Misericordioso y justo a un tiempo mismo, Dios niega a las libertad, la ley de las voluntades. De esta manera puede afirmarse, sin caer eligencias culpables la verdad, pero no les niega la vida; las condena al en el panteísmo, que todas las cosas están en Dios; y que Dios está en todas Hor, más no a la muerte. Por eso todos hemos visto pasar delante de nues- las cosas. ojos, esos siglos de prodigiosa incredulidad y de altísima cultura, que 2, Esto sirve para explicar por qué causa, al compás mismo con que se mM dejado en pos de sí un surco, menos luminoso que inflamado, en la disminuye la fe, se disminuyen las verdades en el mundo; y por qué causa longación de los tiempos, y que han resplandecido con una luz fosfórica la sociedad, que vuelve la espalda a Dios, ve ennegrecerse de súbito, con la historia. Poned, sin embargo, en ellos vuestros ojos; miradlos una vez aterradora obscuridad, todos sus horizontes. Por esta razón, la religión ha ra vez, y veréis que sus resplandores son incendios, y que no iluminan sido considerada por todos los hombres, y en todos los tiempos, como el Y porque relampaguean. Cualquiera diría que su iluminación procede fundamento indestructible de las sociedades humanas: Omnis humanae In explosión súbita de materias de suyo oscuras, pero inflamables, más societatis fundamentum convellit qui religionem convellit, dice Platón en el libro hh que de las purísimas regiones donde se engendra aquella luz apaci- X de sus leyes. Según Jenofonte (sobre Sócrates): «Las ciudades y naciones Hilatada suavemente en las bóvedas del cielo, con soberano pincel, por más piadosas han sido siempre las más duraderas y más sabias». Plutarco intor soberano. afirma (contra Colotés): «que es cosa más fácil fundar una ciudad en el EY lo mismo que aquí se dice de las edades, puede decirse de los hom- aire, que constituir una sociedad sin la creencia de los dioses». Rousseau, 4", Negándoles o concediéndoles la fe, les niega Dios o les quita la verni les da ni les quita la inteligencia. La de los incrédulos puede ser sima, y la de los creyentes humilde: la primera, empero, no es grande Las grandes cuestiones políticas son: origen de la sociedad y sus fines naturales; origen divino de la autoridad; relaciones de la sociedad con la religión; deberes mutuos de los que mandan y los que obedecen, etc., etc. En todas estas grandes cuestiones políticas es evidente que va siempre envuelta una cuestión teológica.., * Describe el autor a las grandes inteligencias que carecen de fe.

4 JUAN DONOSO CORTÉS sino a la manera del abismo; mientras que la segunda es santa, a la manera de un tabernáculo: en la primera habita el error, en la segunda la verdad. En el abismo está, con el error, la muerte; en el tabernáculo, con la verdad, la vida. Por esta razón, para aquellas sociedades que abandonan el culto austero de la verdad por la idolatría del ingenio, no hay esperanza ningu- na. En pos de los sofismas vienen las revoluciones, y en pos de los sofistas los verdugos.

3. Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los Gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí y cree lo mismo que oye. La Teología es la ciencia que tiene por objeto esas afirmaciones. De donde se sigue que toda afirmación relativa a la sociedad o al Gobierno supone una afirmación relativa a Dios, o lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.

Si todo se explica en Dios y por Dios, y la Teología es la ciencia de Dios, en quien y por quien todo se explica, la Teología es la ciencia de todo. Si lo es, no hay nada fuera de esa ciencia, que no tiene plural; porque el todo, que es su asunto, no le tiene. La ciencia política, la ciencia social no exis- ten, sino en calidad de clasificaciones arbitrarias del entendimiento huma- no 3. El hombre distingue en su flaqueza lo que está unido en Dios con una unidad simplicísima. De esta manera distingue las afirmaciones políti- cas de las afirmaciones sociales y de las afirmaciones religiosas; mientras que en Dios no hay sino afirmación, única, indivisible y soberana. Aquel, que cuando habla explícitamente de cualquiera cosa ignora que habla im- plícitamente de Dios, y que cuando habla explícitamente de cualquier cien- cia ignora que habla implícitamente de Teología, puede estar cierto de que 10 ha recibido de Dios sino la inteligencia absolutamente necesaria para ser hombre. La Teología, pues, considerada en su acepción más general, es el asunto perpetuo de todas las ciencias, así como Dios es el asunto perpe- uo de las especulaciones humanas. Toda palabra que sale de los labios del nombre es una afirmación de la divinidad, hasta aquella que la maldice o que la niega. El que revolviéndose contra Dios exclama frenético diciendo: 3 No tome, sin embargo, el lector a la letra la palabra arbitrarias, pues Donoso no pudo 1sarla mi la usó según su propio y riguroso sentido. Tampoto se debe entender literalmente lo demás que añade el ilustre publicista comentando sus propias palabras.

FNSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO ¿Te aborrezco, tú no existes- expone un sistema completo de Teología, de há; misma manera que el que levanta a Él el corazón contrito y le dice: - Señor, hiere a tu siervo que te adora-. El primero arroja a su rostro una blasfemia, el segundo pone a' sus pies una oración; ambos, empero, le afir- man, aunque cada cual a su manera, porque ambos pronuncian su nom- hre incomunicable.

4. En la manera de pronunciar ese nombre está la solución de los más lemerosos enigmas; la vocación de las razas, el encargo providencial de los pueblos, las grandes vicisitudes de la historia, los levantamientos y las caí- das de los Imperios más famosos, las conquistas y las guerras, los diversos lemperamentos de las gentes, la fisonomía de las naciones, y hasta su varia lortuna.

Allí, donde Dios es la infinita sustancia 1' el hombre, entregado a una vontemplación silenciosa, da la muerte a sus sentidos, y pasa la vida como tin sueño, acariciado por brisas olorosas y enervantes. El adorador de la in- finita sustancia está condenado a una esclavitud perpetua y a una indolen- ela infinita: el desierto tendrá para él algo de divino sobre la ciudad, por- fue es más silencioso, más solitario y más grande; y, sin embargo, no le ado- rará como a su dios, porque el desierto no es infinito: el Océano sería su tinica divinidad, porque lo abarca todo, si no tuviera extrañas turbulencias y ruidos extraños: el sol, que todo lo alumbra, sería digno de su culto, si no hbrazara con su vista su disco resplandeciente: el cielo sería su señor, si no hubiera lumbreras; y la noche, si no tuviera rumores: su dios es todas estas Fosas juntas: inmensidad, oscuridad, inmovilidad, silencio. Allí se levanta- rán a lo alto y de repente, por la secreta virtud de una vegetación podero- Ín, imperios colosales y bárbaros, que caerán con estrépito en un día, abru- imados por la inmensa pesadumbre de otros más gigantescos y colosales, hin dejar rastro en la memoria de los hombres, ni de su caída ni de su le- wvintamiento: los ejércitos estarán sin disciplina, como los individuos sin in- leligencia: el ejército será, ante todas cosas y principalmente, muchedum- bre: la guerra tendrá menos por objeto averiguar cuál es la nación más he- Foica, que cuál es el imperio más populoso; la victoria misma no será un título de legitimidad, sino porque es el símbolo de la divinidad, siéndolo We la fuerza. Como se ve, la teología y la historia indostánica son una cosa misma.

' Aquí el autor habla del panteísmo oriental.

6 JUAN DONOSO CORTÉS Volviendo los ojos al Occidente, se ve, como tendida a sus puertas, una región que da entrada a un nuevo mundo, en lo moral, en lo político y en lo teológico. La inmensa divinidad oriental se descompone allí, y pierde lo que tiene de austero y de formidable: su unidad es multitud. La divinidad era allí inmóvil: la multitud bulle aquí sin reposo. Todo era allí silencio; todo es aquí rumores, cadencias y armonías. La divinidad oriental se pro- longaba por todos los tiempos, y rebosaba por todos los espacios: la gran familia divina tiene aquí su árbol genealógico, y cabe toda con anchura en la cumbre de un monte. Una eterna paz reposa en el dios del Oriente: todo es aquí, en el alcázar divino, guerra, confusión y tumulto. La unidad políti- ca pasa por las mismas vicisitudes que la unidad religiosa: aquí es un impe- rio cada ciudad, mientras que allí todas las muchedumbres formaban un imperio. A un dios corresponde un Rey: a una república de dioses, otra de ciudades. En esta multitud de ciudades y de dioses todo está desordenado y confuso: los hombres tendrán un no se qué de heroico y de divino, y los dioses un no se qué de terrenal y humano: los dioses darán a los hombres la comprensión de las grandes cosas y el instinto de las cosas bellas, y los hombres darán, a los dioses sus discordias y sus vicios: habrá hombres de alta fama y virtud, y dioses incestuosos y adúlteros. Impresionable y nervio- so, ese pueblo será grande por sus poetas y famoso por sus artistas, y se dará al mundo en espectáculo, la vida no será bella a sus ojos, sino en cuanto resplandece con los reflejos de la gloria; ni tendrá a la muerte por tremen- da, sino en cuanto le siga el olvido: sensual hasta en la medula de sus hue- sos, no verá en la vida sino los placeres; y tendrá la muerte por dichosa, si muere entre flores. La familiaridad y el parentesco con sus dioses hará a ese pueblo vano, caprichoso, locuaz y petulante: falto de respeto a la divi- nidad, carecerá de gravedad en sus designios, de fijeza en sus propósitos, de consistencia en sus resoluciones. El mundo oriental se presentará a sus ojos como una región llena de sombras, o como un mundo poblado de es- tatuas: el Oriente a su vez, poniendo los ojos en su vida tan efímera, en su muerte tan temprana, en su gloria tan breve, le llamará pueblo de niños. Para el uno la grandeza está en la duración, para el otro en el movimiento. De esta manera la teología griega, y la historia griega y el temperamento griego son una misma cosa.

Este fenómeno es visible sobre todo en la historia del pueblo romano. Sus principales dioses, de familia etrusca, por lo que tenían de dioses, eran griegos; por lo que tenían de etruscos, eran orientales; por lo que tenían de griegos, eran muchos; por lo que tenían de orientales, eran austeros y sombríos. En política, como en religión, Roma es a un mismo tiempo el » ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 7 Oriente y el Occidente. Es una ciudad como la de Teseo, y un Imperio como el de Ciro. Roma figura a Jano: en su cabeza hay dos caras, y en sus dos caras dos semblantes; el uno es el símbolo de la duración oriental, y el otro el del movimiento griego. Tan grande es su movilidad, que llega a los con- fines del mundo, y tan agigantada su duración, que el mundo la llama eter- na. Criada por el consejo divino para preparar las vías a Aquel que había de venir, su encargo providencial fue asimilarse todas las teologías, y domi- nar a todas las gentes. Obedeciendo a un llamamiento misterioso, todos los dioses suben al Capitolio romano: y pasmadas las gentes con un súbito terror, derriban al suelo su cerviz todos los pueblos y todas las naciones. Todas las ciudades, unas después de otras, se ven desamparadas de sus dio- ses; los dioses, unos después de otros, se ven despojados de todos sus tem- plos y de todas sus ciudades. Su gigantesco imperio tiene por suya la legiti- midad oriental, esto es, la muchedumbre, y la fuerza, y la legitimidad del Occidente, esto es, la inteligencia y la disciplina. Por eso todo lo avasalla y nada le resiste; todo lo tritura y nadie se queja. De la misma manera que su teología tiene al mismo tiempo algo de diferente y algo de común con to- das las teologías. Roma tiene algo que le es propio, y mucho que le es co- mún con todas las ciudades vencidas por sus armas, o deslustradas por su gloria: tiene de Esparta la severidad, de Atenas la cultura, de Menfis la pom- pa, y la grandeza de Babilonia y de Nínive. Para decirlo todo de una vez, el Oriente es la tesis, el Occidente su antítesis, Roma, la síntesis; y el romano Imperio no significa otra cosa sino que la tesis oriental y la antítesis occi- dental han ido a perderse y a confundirse en la síntesis romana. Descom- póngase ahora en sus elementos constitutivos esa poderosa síntesis, y se ob- servará que no es síntesis en el orden político y social, sino porque lo es también en el orden religioso. En los pueblos orientales, como en las Repú- blicas griegas, y en el Imperio romano, como en las repúblicas griegas y en los pueblos orientales, los sistemas teológicos sirven para explicar los siste- mas políticos: la Teología es la luz de la historia.

La grandeza romana no podía bajar del Capitolio, sino por los mismos medios que la habían servido para subir a su cumbre. Nadie podía asentar su planta en Roma, sino con el permiso de sus dioses; nadie podía escalar el Capitolio, sino derrocando antes a Júpiter Optimo Máximo. Los antiguos, que tenían una noticia confusa de la fuerza vital que reside en el sistema religioso, creían que ninguna ciudad podía ser vencida si-antes no era aban- donada por los dioses nacionales. Seguíase de aquí, en todas las guerras de ciudad a ciudad, de pueblo a pueblo y de raza a raza, una contienda espiri- hual y religiosa, que seguía los mismos pasos que la material y política. Los la) JUAN DONOSO CORTES 1 ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO sitiados, al mismo tiempo que resistían con el hierro, volvían los ojos a sus Pero véase aquí que, pasados treinta años, la gente descontentadiza y dioses para que no los dejaran en mísero abandono. Los sitiadores, a su ociosa vuelve a buscar, en nuevos y más extraños rumores, un nuevo alien- vez los conjuraban al abandono de la ciudad con misteriosas imprecaciones. to a sus Socios. El Niño se había hecho hombre: al decir de las gentes, al ¡Desventurada la ciudad en donde resonaba tremenda aquella voz que de- recibir en su cabeza las aguas del Jordán, había venido sobre Él un espíritu cía: «¡Vuestros dioses se van, vuestros dioses os abandonan!». El pueblo de en figura de paloma, se habían rasgado los cielos y había resonado una voz Israel no podía ser vencido cuando Moisés levantaba las manos al Senor, y clamando en las alturas: «Este es mi Hijo muy querido». Entretanto el que no podía vencer cuando las derribaba hacia el suelo: Moisés es la figura del le bautizó, hombre austero y sombrío, habitante en los desiertos y género humano, proclamando en todas edades, con diferentes fórmulas y aborrecedor del género humano, clamaba a las gentes sin cesar: «Haced de diferente manera, la omnipotencia de Dios y la dependencia del hom- penitencia»; y, señalando con el dedo al Niño hecho Hombre, daba este bre, el poderío de la Religión y la virtud de las plegarias. testimonio de Él: «Este es el Cordero de Dios, que quita los pecados del Roma sucumbió, porque sus dioses sucumbieron; su imperio acabó, mundo». Que en todo esto había una farsa de mal género representada por porque acabó su Teología. De esta manera, la historia viene a poner como farsantes de mala especie, era cosa que para todos los espíritus fuertes de aque- de relieve el gran principio que está en lo más hondo del abismo de la con- lla edad no ofrecía ningún género de duda. El pueblo judío -decían- fue ciencia humana. ' siempre muy dado a sortilegios y supersticiones: en las edades pasadas, y Roma había dado al mundo sus Césares y sus dioses. Júpiter y César cuando volvía sus ojos oscurecidos con el llanto hacia su abandonado Tem- Augusto se habían dividido entre sí el grande Imperio de las cosas huma- plo y hacia su Patria perdida, esclavo del babilonio, un gran conquistador, nas y divinas. El sol, que había visto levantarse y caer agigantados Imperios, anunciado por sus Profetas, le había redimido del cautiverio y le había deno había visto ninguno, desde el día de su creación, de tan augusta majes- vuelto a un tiempo mismo su Templo y su Patria; no era, pues, cosa extra- tad y de tan extraña grandeza. Todas las gentes habían recibido su yugo; fra, sino antes muy natural, que aguardara una nueva Redención y un nuehasta las más ásperas y agrestes habían doblado sus cervices; el mundo ha- vo Libertador que quebrantara para siempre en su cerviz la dura cadena bía depuesto las armas, la tierra guardaba silencio. de Roma.

3. Por aquel tiempo nació, en humilde establo, de padres humildes, Si no hubiera habido más que esto, las gentes despreocupadas y entendidas un Niño prodigioso en la tierra de los prodigios. Decíase de él que al tiem- le aquella edad hubieran dejado caer probablemente estos rumores, como po de aparecer entre los hombres había brillado una nueva estrella en el hicieron con los pasados, hasta que el tiempo, ese gran ministro de la ra- cielo; que apenas nacido, había sido adorado de pastores y de Reyes; que són humana los hubiera desvanecido por los aires; pero no se qué hado espíritus angélicos habían hablado a los hombres y habían cruzado por los fiinesto dispuso de otra manera las cosas; porque sucedió que Jesús (este aires; que su Nombre incomunicable y misterioso había sido pronunciado era el nombre de la persona de quien se contaban tan grandes prodigios) en el principio del mundo; que los Patriarcas habían aguardado su venida, fomenzó a enseñar una nueva doctrina y a obrar obras espantables. Su au- que los Profetas habían anunciado su Reino, y que hasta las sibilas habían lacia o su locura llegó a punto de llamar hipócritas y soberbios a los sober- cantado sus victorias. Estos extraños rumores habían llegado hasta los oí- bios e hipócritas, y blanqueados sepulcros a los que eran sepulcros blan- dos de los servidores del César, y de aquí un vago terror y sobresalto en sus queados. La dureza de sus entrañas fue tan grande, que aconsejó a los popechos. Ese sobresalto y ese vago terror pasaron, sin embargo, muy pronto, bres la paciencia, y escarneciéndolos después, celebró su buena ventura. cuando vieron que los días y las noches proseguían como siempre en per- Para vengarse de los ricos, que le tuvieron siempre en menos, les dijo: «Sed petua rotación, y que el sol seguía iluminando como antes el horizonte ro- | imisericordios» *. Cendenó la fornicación y el adulterio, y comió el pan de mano, Y dijeron para sí los gobernadores imperiales: el César es inmortal, y los rumores que oímos, fueron rumores de gente asustadiza y ociosa. Y así pasaron treinta años; contra las preocupaciones del vulgo hay un reme- “¿dio eficaz: el desprecio y el olvido. * En las frases que siguen, en que se continúa narrando suscintamente los principales .* hechos de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, expone el autor con mayor amplitud el malig- 10 JUAN DONOSO CORTÉS los fornicadores y adúlteros. Desdeñó, tan grande era su envidia, a los doc- tores y a los sabios; y conversó, tan ruines eran sus pensamientos, con gen- tes rudas y groseras. Fue tan extremado en el orgullo, que se llamó el Se- nor de las tierras, de los mares y de los cielos; y fue tan consumado en las artes de la hipocresía, que lavó los pies a unos pobres pescadores. Á pesar de su austeridad estudiada, dijo que su doctrina era amor; condenó el tra- bajo en Marta y santificó el ocio en María; estuvo en relaciones secretas con los espíritus infernales, y por precio de su alma recibió el don de los mila- gros. Las turbas le seguían, y le adoraban las muchedumbres.

Ll Como se ve, a pesar de su buena voluntad, no podían permanecer por más tiempo impasibles los guardadores de las cosas santas y de las prerro- gativas imperiales, responsables como eran, por razón de sus oficios, de la majestad, de la religión y de la paz del Imperio. Lo que les movió princi- palmente a salir de su reposo, fue el aviso que tuvieron de que, por una parte, una grande multitud de gentes había estado a punto de proclamar a Jesús Rey de los judíos; y por otra, se había llamado a sí mismo Hijo de Dios y había intentado apartar a los pueblos del pago de los tributos.

El que tales cosas había dicho, y el que tales obras había obrado, era necesario que muriera por el pueblo. Faltaba sólo justificar estos cargos y acla- rar debidamente estos puntos. Por lo tocante a lo3 tributos, como fuese pre- guntado sobre el particular, dio aquella célebre respuesta con que descon- certó a los curiosos diciéndoles: «Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César»; que fue tanto como decir: -Os dejo vuestro César, y os quito vuestro Júpiter-. Preguntado por Pilato y por el Gran Sacerdote, rati- ficó su dicho, afirmando de sí que era el Hijo de Dios; pero que no era de este mundo su Reino. Entonces dijo Caifás: «Este hombre es culpable y debe morir». Y Pilato al revés: «Dejad libre a este hombre, porque es inocente».

Caifás, Gran Sacerdote, miraba la cuestión desde el punto de vista reli- gioso; Pilato, hombre lego, miraba la cuestión desde el punto de vista polí- tico. Pilato no podía comprender qué tenía que ver el Estado con la reli- gión, César con Júpiter, la política con la Teología; Caifás, por el contrario, pensaba que una nueva religión trastornaría el Estado, que un nuevo Dios destronaría al César, y que la cuestión política iba envuelta en la cuestión Mo y calumnioso lenguaje que usaban los hipócritas y los impíos de aquel tiempo para contar das obras del Hombre-Dios. » FNSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO e El leológica. La muchedumbre pensaba instintivamente como Caifás, y en sus Foncos bramidos llamaba a Pilato enemigo de Tiberio. La cuestión quedó En este estado por entonces.

Pilato, tipo inmortal de los jueces corrompidos, sacrificó el Justo al mie- lo, y entregó a Jesús a las furias populares, y creyó purificar su conciencia lavándose las manos. El Hijo Dios subió a la Cruz lleno de vilipendios y lu- tlibrios: allí se levantaron contra Él con sus manos y con sus bocas los ricos los pobres, los hipócritas y los soberbios, los sacerdotes y los sabios, las mujeres de mala vida y los hombres de mala conciencia, los adúlteros y los fornicadores. El Hijo expiró en la Cruz pidiendo por sus verdugos y enco- imendando su espíritu a su Padre.