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* * * * * ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS OBRAS DEL AUTOR PAZ EN LA GUERRA (novela).--Madrid. Fernando Fé, 1897. (Agotada.)
AMOR Y PEDAGOGÍA (novela).--Madrid. Fernando Fé.--Barcelona.
Antonio López, 1902.
DE MI PAÍS.--Descripciones, relatos y artículos de costumbres.
Madrid. Fernando Fé, 1903.
POESÍAS.--Fernando Fé, Victoriano Suárez. Madrid, 1907.
RECUERDOS DE NIÑEZ Y DE MOCEDAD.--Fernando Fé, V. Suárez 1908.
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS--«Biblioteca Renacimiento».
V. Prieto y Compañía. Madrid, 1911. (Agotada.)
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y DE ESPAÑA.--«Biblioteca ROSARIO DE SONETOS LÍRICOS.--Madrid. Fernando Fé, Victoriano Suárez, 1911.
Prieto y Compañía. Madrid, 1912.
V. Prieto y Compañía. Madrid, 1912.
EL ESPEJO DE LA MUERTE (cuentos).--«Biblioteca Renacimiento».
V. Prieto y Compañía. Madrid, 1913.
VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO.--«Renacimiento».
Madrid, Buenos Aires, 1914. (Agotada.)
DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA.--«Renacimiento».
Madrid.
NIEBLA (NIVOLA) (novela).--«Renacimiento». Madrid, Buenos Aires, 1914.
ABEL SÁNCHEZ: UNA HISTORIA DE PASIÓN (novela).
(Siete volúmenes.)
LA TÍA TULA (novela).
EL CRISTO DE VELÁZQUEZ (poema).
TRES NOVELAS EJEMPLARES Y UN PRÓLOGO.
ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS.
* * * * * Están traducidas al italiano, al francés y al inglés _Del sentimiento trágico de la vida_, y al italiano la _Vida de Don Quijote y Sancho_ y _El Espejo de la muerte_ y en preparación otras.
MIGUEL DE UNAMUNO ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS [Ilustración] RENACIMIENTO SAN MARCOS, 42 MADRID 1922 Es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Copyright, 1922, by Miguel de Unamuno.
Imp. J. Pueyo. Luna, 29.
Teléf. 14-30.--MADRID _Quiero aquí, a modo de dedicatoria, consagrar un recuerdo a mis compañeros en las excursiones de que hablo, los señores Maurice Legendre, Jacques Chevalier, J. E. Crawford Flitch, Eudoxio de Castro, Francisco Antón, Tomás Elorrieta, Gumersindo y Jesús Solís, Juan Sureda y Pilar M. de Sureda, Gabriel Alomar, Enrique Nogueras, Agustín del Cañizo y Antonio Trías._ ÍNDICE Pág.
PRÓLOGO 7 Recuerdo de la Granja de Moreruela 9 De vuelta de la cumbre 14 El silencio de la cima 22 Ciudad, campo, paisajes y recuerdos 30 Hacia El Escorial 40 En El Escorial 48 Santiago de Compostela 58 Junto a las rías bajas de Galicia 67 León 76 En la quietud de la pequeña vieja ciudad 84 Por capitales de provincia 93 En la Peña de Francia 101 Las Hurdes 107 Salamanca 125 Coimbra 134 Frente a los negrillos 142 De Salamanca a Barcelona 147 En la calma de Mallorca 158 En la isla dorada 172 Los olivos de Valldemosa 194 La torre de Monterrey a la luz de la helada 200 Al pie del Maladeta 207 La frontera lingüística 214 Camino de Yuste 220 En Yuste 225 En Palencia 230 En Aguilar de Campóo 235 Frente a Ávila 239 Una obra de romanos 242 Paisaje teresiano 246 Extramuros de Ávila 252 Visiones rítmicas 256 Las estradas de Albia 259 Al Nervión 262 Galicia 267 En un cementerio de lugar castellano 270 En Gredos 273 Atardecer de estío en Salamanca 278 El Cristo yacente de Santa Clara (iglesia de la Cruz) de Palencia 280 Junto a la vieja Colegiata 284 PRÓLOGO _En 1911 publiqué en esta misma biblioteca_ Renacimiento _un tomo titulado: «Por tierras de Portugal y de España». Constituíanlo veintiséis relatos de excursiones por ciudades y campos de la Península Ibérica y las Islas Canarias. Y ahora recojo, lector amigo--¿pues qué más fina amistad que leerle a uno?--en este volumen que tienes entre manos--o sobre la mesa--y a la vista, relatos de otras nuevas excursiones por ciudades y campos también de España._ _Los he ordenado por orden cronológico, ya que estos relatos fueron apareciendo en diarios de América--en_ La Nación, _de Buenos Aires, casi todos--o de España--en_ El Imparcial, _de Madrid--a medida que hacia las excursiones y recibía las visiones de que en ellos se habla_.
_El que siguiendo mi producción literaria se haya fijado en mis novelas, excepción hecha de la primera de ellas en tiempo, de_ Paz en la guerra, _habrá podido observar que rehuyo en ellas las descripciones de paisajes y hasta el situarlas en época y lugar determinados, en darles color temporal y local. Ni en_ Amor y Pedagogía, _ni en_ Niebla, _ni en_ Abel Sánchez, _ni en mis_ Tres novelas ejemplares, _ni en_ La tía Tula _hay apenas paisajes ni indicaciones geográficas y cronológicas. Y ello obedece al propósito de dar a mis novelas la mayor intensidad y el mayor carácter dramáticos posibles, reduciéndolas, en cuanto quepa, a diálogos y relato de acción y de sentimientos--en forma de monólogos esto--y ahorrando lo que en la dramaturgia se llama acotaciones._ _Fácil me hubiera sido distribuir entre mis novelas las descripciones de tierras y de villas, de montañas, valles y poblados, que aquí recojo, pero no lo he hecho por darles ligereza. El que lee una novela, como el que presencia la representación de un drama, está pendiente del progreso del argumento, del juego de las acciones y pasiones de los personajes y se halla muy propenso a saltar las descripciones de paisajes por muy hermosos que en sí sean, y como no sea que el campo llegue a ser un verdadero personaje de la acción o de la pasión, lo que ocurre pocas veces. Y en cambio el que gusta del paisaje literario, va a buscarlo en sí y por sí. Y a esta demanda de la afición estética es a lo que quiere responder la oferta de este libro, lector amigo._ MIGUEL DE UNAMUNO Salamanca, noviembre de 1920.
RECUERDO DE LA GRANJA DE MORERUELA No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora, resisten acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de Cistercienses en España. Allá me fuí el último Domingo de Resurrección, y allí recordé una vez más el virgiliano _etiam ruinae periere_: ¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.
Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas cubiertas de la blanca floración de las hierbas acuáticas, y al llamar yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: «¡Hasta el agua estancada cría flores!» A lo que pensé calladamente: no; sólo el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente, pero a la poesía le basta la que está quieta.
Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de Cistercienses de la Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro: En una celda solo, como en arca de paz, libre de menester y cargo, el poema escribir largo, muy largo, que cielo y muerte, tierra y vida abarca.
Después, en el verdor de la comarca la vista apacentar; sin el amargo pasto del mundo, a la hora del letargo ver cómo visten la dormida charca en flor las ovas. Lejos del torrente raudo del caz que hace rodar la rueda que muele el trigo, soñar lentamente vida eternal en la que el alma pueda ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente; florece sólo el agua que está queda!
¡Soñar así; lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y apacible _Historia de la Orden de San Jerónimo_, que en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por habérnosla vuelto a dar.) ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando el salmo _Super flumina Babilonis_? «No parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize: _Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena_. Dixolo una vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar del Señor en la tierra de los vivientes». (Libro IV, cap. XXVII.)
¿Encierro el del monasterio? Sí; «encerravase cada uno en su celdilla o covachuela--nos dice el padre Sigüenza--y desde aquel lugar tan estrecho passeava con el alma la anchura de las moradas del cielo». Y yo me digo del que otra vida lleva: Alza al correr tan grande polvareda que le ciega los ojos, ni le cabe pararse en firme hasta que al cabo acabe donde nunca pensara, pues la rueda de la fortuna es la que le envereda, no a ella él; desque perdió la llave del gobierno de sí mismo no sabe a dónde corre a ir a dar de queda.
¡Cuánto mejor desde abrigado encierro libre de polvo y sin temor de yerro irreparable pasëar la cumbre de la alta serranía de los astros a busca en ella de divinos rastros de la increada y creadora lumbre!
Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice que «andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como çabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia». Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan de Carrión, llamado el Simple. Y me digo: Déjame que en tu seno me zambulla donde no hay tempestades; como esponja habrá en Ti de empaparse mi alma, monja que en el cuerpo, su celda, se encapulla.
Mientras Satán sobre esta mar aúlla al husmo de almas con que henchir su lonja, más dulce aquí que jugo de toronja me es tu agua, Señor. Ni me aturulla el vaivén de su mundo, ya que dentro vivo de mí viviendo en tu bautismo; sólo perdido en Ti es como me encuentro; no me poseo sino aquí, en tu abismo, que envolviéndome todo, eres mi centro, pues eres Tú más yo que soy yo mismo.
Sí, Dios es mi yo infinito y eterno, y en Él y por Él soy, vivo y me muevo. Mejor que buscarse a sí es buscar a Dios en sí mismo. Y cuando andamos dentro nuestro a la busca de Dios, ¿no es acaso que nos anda Dios buscando? Pues que le buscas, alma, es que Él te busca y le encontraste.
«Si me buscas es porque me encontraste --mi Dios me dice--. Yo soy tu vacío; mientras no llegue al mar no para el río ni hay otra muerte que a su afán le baste.
Aunque esa busca tu razón desgaste, ni un punto la abandones, hijo mío, pues que soy Yo quien con mi mano guío tus pasos en el coso por que entraste.
Detrás de ti te llevo a darme cara, y eres tú quien te tapas para verme; pero sigue, que el río al cabo para; cuando te vuelvas, ya de vida inerme, hacia lo que antes de ser tú pasara, descubrirás lo que en tu vela hoy duerme».
Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia.
¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a San Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética Edad Media, mocedad del cristianismo!
Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le buscan y le encuentran.
Salamanca-VI-11.
DE VUELTA DE LA CUMBRE Un en un tiempo famoso profesor de Filosofía de cuyo nombre no quiero ahora aquí hacer mención, solía empezar su curso con esta pregunta: ¿qué venimos a hacer? Y acabábase el curso sin que ni él ni sus discípulos supieran lo que habían hecho ni si es que habían hecho algo.
Así yo también, al tomar hoy la pluma, en esta mañana del día primero de agosto, me pregunto filosóficamente: ¿qué vengo a hacer?
La tarea parece fácil. He estado hace pocos días en los altos de la sierra de Gredos, espinazo de Castilla; he acampado dos noches a dos mil quinientos metros de altura, sobre la tierra y bajo el cielo; he trepado el montón de piedras que sustenta al risco de Almanzor, he descansado al pie de un ventisquero contemplando el imponente espectáculo del anfiteatro que ciñe a la laguna grande de Gredos, y viendo el Ameal de Pablo levantarse como el ara gigante de Castilla, he convivido un momento con el pastor de las cimas y he recorrido, al bajar, las tierras teresianas, pasando mi fatiga del viaje por entre los nogales de Becedas, donde durante unos meses trató a la santa--a Santa Teresa de Jesús, ¡claro está!--una curandera. Traigo el alma llena de la visión de las cimas de silencio y de paz y de olvido, y, sin embargo, nada se me ocurre, lector, decirte de ello.
Algunos relatos de viajes y excursiones llevo escritos ya, pero he de dejar tal vez en el silencio en que los recogí los sentimientos más hondos que de esas escapadas a la libertad del campo he logrado. No he escrito ni creo escribiré jamás mis impresiones de Granada, y en Granada pasé una de mis quincenas más repletas de vida. Mientras viva reposará en el lecho de mi alma, por debajo de la corriente de las impresiones huideras, aquella santa caída de tarde que a principios del dulce mes de setiembre gocé en el Albaicín, todo blanco de recuerdos.
Fué un como baño en algo etéreo. Las lágrimas me subían a los ojos y no eran lágrimas de pesar ni de alegría; éranlo de plenitud de vida silenciosa y oculta.
Pero, ¿quién cuenta todo esto? El público, oh lector, quiere cosas concretas, noticias, datos, informaciones. Y yo cada día odio más la información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos allá en las alturas de Gredos, era carecer de diarios, no recibir cartas. Hablábamos a la caída de la tarde, descansando al pie de un ventisquero, de cosas impertinentes a aquella grandiosidad que nos rodeaba, y al mentar uno de nosotros a Maura, un pastor que nos oía hubo de preguntarnos: ¿pero no han matado a ese señor? Sorprendidos por la pregunta y recelando no tuviese noticias más frescas que nosotros, le interrogamos y resultó que se refería al atentado de que dicho señor fué objeto en Barcelona hace más de un año. «Hace tres días que lo he leído en un periódico»--añadió el pastor. Y al despedirnos de él para bajar a los valles en que habitan los hombres con sus mujeres, encontramos la explicación del caso, pues nos pidió los periódicos en que habíamos llevado envuelta nuestra merienda. Era lo que leía, y la noticia del atentado a Maura le llegó por un número de periódico que dejaron allá entre los riscos unos excursionistas. ¡Feliz mortal! Había de estallar una revolución a sus pies sin que él se enterase.
El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas y aumenta el número de glóbulos rojos, según nos dijo un catedrático de Medicina, pero el alma también se limpia y restaura con el silencio de las cumbres. ¡Qué silenciosa oración allá, en la cumbre, al pie del Almanzor, llenando la vista con la visión dantesca del anfiteatro rocoso! Dábamos una voz y el eco la repetía dos veces entre las soledades.
Pero hubo que bajar; hubo que bajar a estos valles y llanuras en que viven los hombres en sus pueblos, alimentándose de sus miserias y, sobre todo, de su incurable ramplonería. Bajé, llegué a mi casa y me encontré con el primer volumen de las obras completas de Gustavo Flaubert, que desde París me envía un amigo, rabioso flaubertiano.
Contiene este primer volumen la correspondencia del gran hombre desde 1830 a 1850, es decir, desde sus nueve hasta sus veintinueve años.
¡Pobre Flaubert! ¡Qué aguda, qué dolorosamente sintió la estupidez humana! ¡Cómo se dolió el burgués, el buen burgués satisfecho de sí mismo, que cada mañana, mientras toma su café con leche y su pan con manteca, se informa de las noticias de la víspera! Él y Máximo Du Camp, bajando el Nilo, divertíanse en representar el viejo señor inepto, rentero, considerado, en buena posición y de cierta edad, y se preguntaban uno a otro si habría sociedad en los pueblos por que pasaban o algún círculo en que se leyese diarios, si se dejaba sentir el movimiento ferroviario, si avanzaban las doctrinas socialistas, si había buen vino, si eran amables las damas, etc., etc. Y este hombre, en cuya alma repercutió más que en la de ningún otro la incurable tontería humana, acabó escribiendo aquel inmenso libro que se llama _Bouvard et Pecuchet_, la más amarga rechifla del progresismo.
¿Hay algo, en efecto, más ridículo que el progresismo? Un buen señor que no puede o no quiere o cree que no quiere creer en otra vida y se consuela pensando--¿pero es que piensa?--que el progreso traerá la felicidad...¿a quién? Y luego es tan vulgar...¡tan vulgar!...¡Oh, en aquellas cumbres de Gredos, viendo la puesta del sol, la última novedad, la verdadera última novedad! «Nada hay nuevo bajo el sol», dijo Salomón, una especie de catedrático coronado y harto de leer libros. Pero el pastor de Gredos, si supiese expresarse, diría: «todo es nuevo bajo el sol». Todo es nuevo, sí, y cada sol es un sol nuevo.
En aquellas cumbres no recibe uno preguntas, quejas, amonestaciones, reproches. ¡Qué lejos allí del buen señor que no quiere que le digan sino lo que él piensa! ¡Qué lejos, lector amigo, de esos lectores irritables y descontentadizos, que burlándose acaso de los dogmas llevan enquistado en su mollera un dogma formidable!
¿Cómo podría uno soportar esta terca lucha de un día tras otro y un mes y otro mes y uno y otro año, si no hiciera de cuando en cuando una escapada a las cumbres libres o a los abiertos campos? ¿Cómo aguantar a todos esos señores que se nos vienen dando consejos o disparándonos insultos, si no se recrease uno charlando con cabreros, mendigos, gañanes y toda laya de gente sencilla y a la buena de Dios?
Y luego en estas ascensiones a las cumbres, en estas escapadas por los campos, se desnuda uno del _decorum_, de ese horrendo y estúpido _decorum_, y se pone uno el alma en mangas de camisa. Hace años ya, en un estudio que me dedicó C. O. Bunge, decía que flaqueo en el sentimiento del _decorum_. Y así es, me carga eso que los antiguos romanos llamaban _decorum_ y que no se traduce del todo por nuestro correspondiente decoro. Nada hay más revolucionario que el ponerse el más alto magistrado de una nación a bailar el bolero tocando las castañuelas. Mi mayor odio es al frac y al sombrero de copa, y no sé cómo Sarmiento, a quien le valió el dictado de loco su poco respeto al decoro convencional, sentía tal superstición por aquella prenda. El decoro es la seriedad de los que están vacíos por dentro.
Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno a hacer y decir chiquilladas! Se cuenta cuentos ambiguos o grotescos o simplemente sin sentido, se chapuza uno en la infancia. ¡Oh, estas sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo ya publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno, el de mis _Recuerdos de niñez y de mocedad_, donde en días de serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el alma de la niñez. Acaso si a su título sencillo le hubiese añadido esto: «ensayo de psicología de la infancia», habría tenido algún mayor éxito ese mi pobre y más desventurado libro. Pero eso era profanarlo.
Nada de psicologiquerías; nada de sociologiquerías, y eso que hay allí hasta asomos de sociología infantil.
¡La sociología! ¿Hay algo más horrendo, más grotesco, más bufo que eso que suelen llamar sociología? Hay en ella «Californias de grotesco», que diría Flaubert. Todas las ramplonerías progreseras, todos los lugares comunes modernos, parece se han refugiado en esa flamante sociología. Desde allí arriba, desde los canchales de la cumbre de Gredos, contemplábamos con unos prismáticos los pueblecillos del valle del Tiétar, Madrigal, Villanueva de la Vera...Unas montañas nos tapaban a Yuste, donde fué a morir, hastiado de los hombres, nuestro emperador. No se veía a los hombres en aquellos pequeños hormigueros.
Y heteme otra vez aquí después de haberme dado cuerda al corazón con el aire libre de las cumbres, heteme otra vez aquí, en la ciudad, en el vaho de la ramplonería humana, teniendo que soportar el que al lado mío se hable de nuestras diferencias con Francia a propósito de lo de Marruecos o de las cogidas de Vicente Pastor. Otra vez a oir comentar durante veinticuatro horas las noticias del día. Me ocurre lo que a Flaubert: «siento un disgusto profundo de lo diario, es decir, de lo efímero, de lo pasajero, de lo que es importante hoy y no lo será ya mañana».
¡Sea usted más objetivo!, me dijo una vez un redomado pedante, y añadió: «¡Exponga usted menos ideas y cuente más cosas!». Y yo me quedé pensando: ¿Qué entenderá por cosas este mentecato, y en qué las distinguirá de las ideas? Sí, ya sé, lo que hace falta es decir algo que pueda luego el lector repetirlo, atribuyéndoselo o no. Es lo que me decía un ingenuo: «Mire usted, yo voy al teatro porque alguna frase, algún pensamiento se me queda y puedo repetirlo luego, y en último caso cabe contar el argumento a los amigos; ¿pero a un concierto?, no se me pega la música...». Y, sin embargo, este ingenuo va al concierto, pero es para que le vean en él y decir que ha estado. Pero tú, lector, me complazco en creer que no me pides noticias. Hay otros que te informarán mejor que yo de lo que pasa por el mundo. Y entretanto, acaso no te enteres de lo que pasa en ti mismo. Por mi parte, si alguna vez he logrado llevarte o siquiera acercarte a ti mismo, me doy por pagado.
Vives acaso, lector mío, en un tráfago mundano, entre negocios o entre diversiones. Escápate cuando puedas a la cumbre, ve a pasar unos días al pie del Aconcagua, donde más alto puedas. Deja de pisar el asfalto de los bulevares. Aprende a desdeñar eso que llamamos civilización, y que rara vez es tal, y a extraer de ella lo que de cultura encierre.
Deja la civilización con el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el _water-closet_ y llévate la cultura en el alma. La civilización no es más que una cáscara para proteger las pulpas, el meollo, que es la cultura. Todo ese formidable aparato de invenciones mecánicas acaba en producir una poesía. Cuando haya surgido el poema de la ingeniería moderna puede muy bien hundirse ésta.
Y otra gran lección nos da la cumbre, y es enseñarnos a pasarnos sin comodidades. Nada denuncia tanto la ordinariez de espíritu, la ramplonería y plebeyez de alma, como el apego a la comodidad. El señor que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los pueblos de casta ibérica. En ninguna parte estalla tan a las claras la ramplonería humana como en la mesa del comedor de un gran hotel.
Allí arriba hay que comer poco y frío, y mojarlo con agua, con agua cristalina del deshielo de los ventisqueros. Si a alguien se le ocurriese allí, en la cumbre, brindar con champaña, se le vendría encima el desprecio silencioso de los riscos. El brindar con champaña es el acto más sociológico, quiero decir, más grotesco que ha podido inventar el hombre enamorado del progreso. Y si el que brinda lo hace estando vestido de frac, ¡qué enormidad de grotesquez! ¿Has visto, lector, nada más bufo que un señor de frac, con su blanca pechera reluciente y acaso un anillo en un dedo, con una copa de champaña en la diestra y brindando?
A eso llaman, creo, vida de sociedad. Y eso pide, claro está, la fotografía para que lo eternice. Y es que hay pocas cosas más sociológicas que la eternización fotográfica. Es lo que llaman ilustración. Porque ilustrar hoy quiere decir añadir fotografías.
Figúrate, lector, que esta divagación fuese ilustrada con vistas de Gredos, la subida por la barranca, un ventisquero, el pico de Almanzor, el Ameal de Pablo, la choza de un pastor, la laguna vista desde arriba, etc. ¡Cuánto no ganaría esto para los que quieren cosas! Y el recurso es excelente. Sé de un cronista a quien no le interesan ni los paisajes ni los monumentos arquitectónicos; llega a una ciudad, compra una colección de vistas de ella, se encierra en el hotel, donde se cuida, ante todo, del menú, y se pone, con una guía al lado, a escribir su viaje. Así es como ha sido tantas veces descubierta esta Salamanca en que vivo, lucho y rabio.
Basta ya. Dentro de unos días me voy con unos amigos franceses a pasar algunos en el Santuario de la Peña de Francia, en la sierra de este nombre, entre esta provincia y la de Cáceres. Allí volveré a vivir vida libre.
Salamanca, agosto 1911.
EL SILENCIO DE LA CIMA Unos días en la cumbre silenciosa, en el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de verdura, los manchones de los encinares, y de otro lado, al sur, las abruptas sierras de las Hurdes, y detrás la sabana de Extremadura.
Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapados entre castañares, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador.
Silencio sobre todo.
He vivido unos días de silencio, de augusto silencio. Ni chirriar de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas, y, sobre todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas muchedumbres humanas. A ratos el canto dulce del armonio que en el coro del santuario tocaba algún dominico de los que allí arriba, en aquel verdadero sanatorio, se reponen del rudo invierno de Salamanca.
Subí y permanecí allí con dos amigos franceses enamorados de esta nuestra inalterable y casi desconocida España: ésta, la de los rincones adonde aún no llegan ni el tren ni el automóvil; ésta, que conserva en el alma toda la recia primitividad del granito sobre que descansa y sueña. ¡Qué sabrosas conversaciones con ellos, allí arriba, en el seno del silencio, tendidos sobre la cumbre! ¿Creéis acaso que dos hombres puedan de veras entenderse, no digo ya comprenderse, cuando se hablan entre el rumor, que de todas partes les llega, de la muchedumbre, entre el zumbido del enjambre humano atareado o alborotado? ¿Creéis que pueden acaso llegar a comunión dos almas cuando las rodea el eco del mar humano? En la ciudad cabe hablar de negocios, de política candente, de sociología, de modas; pero ¿de las cosas eternas? (Ahora, en este momento, mientras escribo esto, me llega al oído el grito de un vendedor ambulante que pregona su mercancía, y no es posible que este grito no se cuele, de un modo o de otro, en lo que voy escribiendo).
¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de ordinario vivimos en el barullo y del barullo! Parecía que oíamos todo lo que la tierra calla, mientras nosotros, sus hijos, damos voces para aturdirnos con ellas y no oir la voz del silencio divino. Porque los hombres gritan para no oirse, para no oirse cada uno a sí mismo, para no oirse los unos a los otros.
Y el silencio casaba con la majestad de la montaña, una montaña desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la tierra, despojadas de su verdor, que dejaron al pie como se deja un vestido, para alzarse hacia el sol desnudo. La verdura al pie, en el llano, como la vestidura de que se despoja un mártir para mejor gozar de su martirio. Y el sol desnudo y silencioso besando con sus rayos a la roca desnuda y silenciosa.
Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón. Había subido, además, con una recogida angustia, con una punzante preocupación de origen familiar; sobre mis esperanzas de padre se cernía una nubecilla que mi aprensión convirtiera en nubarrón.
¿Por qué no había yo de callar una temporada, una larga temporada? ¿Por qué no había de interrumpir mi comunicación con el público hasta que un largo, un muy largo silencio me retemplara la fibra y me hiciera acaso descubrir simpatías que hoy se me escapan? ¿Por qué este hablar--o escribir, que es lo mismo--continuo y precipitado, al correr de la pluma, sin filtrar mis palabras, dejando que salgan todas, así las más limpias como las más turbias? ¿Por qué este pensar escribiendo, y, lo que es peor, este pensar para escribir?
Y no es, no, Dios me libre, no es temor a los puntos flacos que puede uno así mostrar a los despechados o doloridos, a los que buscan por dónde zaherir a quien alguna vez les hirió con sus juicios.
He aprendido a llevar como trofeos, más aún que las simpatías que en algunos haya podido despertar, las antipatías que en otros he provocado. Encuentro justo que haya quienes finjan desdén hacia quien tanto ha desdeñado y desdeña. No olvido--y tampoco pido perdón por la arrogancia--lo que el iracundo florentino Filippo Argenti dijo al Dante cuando le encontró en el infierno, y fué que ciñéndole con los brazos le besó en la cara y le dijo: «Alma sdegnosa, benedetta colei che in te s'incinse»: alma desdeñosa, bendita la que de ti quedó encinta. Y acaso un día, cuando visite yo a mi vez el infierno, me encuentre allí con más de un Filippo Argenti que me bendiga por el desdén.
Recogerse una temporada, sí, y callar, callar, envolviéndose como en mortaja de resurrección en el silencio, pero no por mezquinos móviles de defensa y de ataque, no, sino a busca de alguno de nuestros otros yos, de alguno de aquéllos que he ido dejando en las encrucijadas del camino de la vida. Pues a cada cruce de caminos que en la vida se nos presenta, cuando tenemos que escoger entre una u otra resolución que ha de afectar a nuestro porvenir todo, renunciamos a uno para ser otro. Llevamos cada uno varios hombres posibles, una multiplicidad de destinos, y según realizamos algo perdemos posibilidades. Y luego suspiramos exclamando: «¡Oh, si entonces hubiera hecho otra cosa!».
Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil atracción al claustro y luego, antes de llegar a los veinte, aquella