SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

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el de la tumba vacía. Y recordé también--¿por qué no ha de serme permitido citarme a mí mismo?--aquel final de uno de mis sonetos: ¡Hasta los muertos morirán un día!

Parecía aquel cementerio abandonado en las ruinas de un castillo una colmena sin abejas. Los nichos abiertos nos miraban.

La ciudad misma todo recuerda menos la muerte. El tópico ése de lo sombrío de los pueblos de Castilla es un embuste. Anchas y muy despejadas plazuelas en que niños, ancianos y adultos toman el sol, la gran plaza del mercado con sus soportales, mucho cielo arriba y mucha luz en el cielo. Y en derredor una vasta campiña de pan llevar, con acá y allá las manchas verdinegras de los pinares, y en el fondo, uniendo la tierra al cielo, la sierra coronada de nieve. Y sube de la tierra una gran serenidad a juntarse con la serenidad grandísima que baja del cielo.

Y vive en estos pueblos una casta a la que se le está calumniando de continuo, una casta serena y cauta que no avanza un pie hasta que tiene bien asentado el otro, una casta sin impaciencias, que progresa paso a paso, sin fiebre progresista, porque no quiere tener que dar pasos atrás, recelosa si queréis, pero segura. Una casta que ha sido víctima de la leyenda y de la contra-leyenda, cuya historia de hoy, de lo que hace, piensa y siente, está tan por rectificar como la historia de su antes de ayer, de lo que hizo, pensó y sintió.

No tenéis, en efecto, sino ver cómo las preocupaciones políticas del pasado siglo, enturbiaron la clara visión de la lucha de los comuneros, empeñándose en ver en estos nobles turbulentos y sus secuaces a los precursores de los liberales y demócratas de hoy, y en el emperador, que era acaso el verdadero demócrata, una especie de tirano que iba a ahogar libertades populares. Y así ha sido casi toda la historia que se hizo en España bajo la preocupación de las luchas políticas del momento: una traducción, las más de las veces infiel, del pasado al presente del historiador. Y luego fueron los historiadores protestantes los que lograron imponernos en gran parte su tendenciosa y falsificada interpretación de la contra-reforma española, que era una reforma también.

Recorriendo estos viejos pueblos castellanos, tan abiertos, tan espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esta tierra serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios, es como el espíritu se siente atraído por sus raíces a lo eterno de la casta.

Salamanca, abril de 1912.

EN EL ESCORIAL Llegamos a El Escorial el día de Viernes Santo por la tarde y a punto aún de ver, puesto el día, la entrada de la procesión en la soberbia iglesia del Real Monasterio. Iglesia en que he entrado por vez primera al recordarse en ella la muerte de Cristo.

Porque aunque a alguien pueda parecerle mentira habiendo pasado tantas y tan largas temporadas en Madrid, jamás me había llegado antes a esa llamada octava maravilla, a ese monasterio que no debería haber español alguno españolizante--esto es, dotado de conciencia histórica de su españolidad--que no visitase alguna vez en su vida, como los piadosos musulmanes la Meca, y ello, aparte de sus ideas, ya sea para bendecirlo, ya para execrarlo.

Pues lo cierto es que apenas hay quien se llegue a visitar El Escorial con ánimo desprevenido y sereno, a recibir la impresión de una obra de arte, a gozar con el goce más refinado y más raro, cual es el de la contemplación del desnudo arquitectónico. Casi todos los que a ver El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos o religiosos, ya en un sentido, ya en el contrario; van, más que como peregrinos del arte, como progresistas o como tradicionalistas, como católicos o como librepensadores. Van a buscar la sombra de Felipe II, mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran, se la fingen.

En el tomo de las guías Baedeker dedicado a España y Portugal--y sabido es hasta qué punto estos tomos representan la ortodoxia del turismo--o como si dijésemos su escritor alemán Justi--tan conocido por su obra sobre Velázquez--hay un pasaje en que al hablar de El Escorial nos dice que es un ejemplo de lo que puede la voluntad y de lo que no puede. «La voluntad es todopoderosa, se dice--añade--; lo es en ciertos terrenos de la realidad, pero es incapaz de crear una sola obra de genio. Y es esta chispa divina lo que faltó a la empresa de Felipe II.

Tuvo la desgracia de pertenecer a una época que no brillaba ni por la fuerza creadora ni por el gusto. No era, sobre todo, a propósito para crear un monumento del más elevado arte religioso. Se le impuso, pues, al conjunto, un dibujo geométrico riguroso y a la ejecución un estilo, del que exaltaron sus contemporáneos la noble sencillez y sus admiradores la majestad, pero al cual no se le reconoce hoy sino una aridez repulsiva. El procedimiento seguido por el regio director que lo prescribía todo, hasta el último detalle, su disposición sombría a quitar de los proyectos las formas que le parecían demasiado ricas o demasiado presuntuosas; todo esto y muchas otras circunstancias debieron paralizar el entusiasmo creador...Sin libertad, no hay ni belleza ni verdad.

«El espíritu de severa etiqueta que Felipe impuso a la corte de España y que tan deplorablemente obró sobre las fuerzas mentales de sus sucesores, revélase en su obra que parece mirarnos con un poder de fascinación casi petrificante. El único encanto de El Escorial es formar como una parte integrante del paisaje de que está rodeado, lo cual no había sido previsto por sus constructores».

Este tan típico pasaje de Justi, en que se calumnia al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, no menos que a su fundador, al prudente rey Don Felipe II, se le ha calumniado, es un modelo de juicio que quiere ser estético y no es sino político.

He dicho ya que nada hay tan difícil como gustar el encanto del desnudo arquitectónico. El desnudo escultórico y el pictórico, como suelen ser desnudo humano, están mucho más al alcance que el desnudo arquitectónico, y más si éste es de un templo. A mí por mi parte me ocurre que cuando veo en un edificio un adorno cuya función arquitectónica no comprendo, se me antoja que está allí para tapar una grieta o un defecto de construcción. Y al llegar a El Escorial, desde esta plateresca y en gran medida churrigueresca Salamanca, la mayor parte de cuyos edificios no pecan, ciertamente, por su sencillez y severidad, sino que están recargados de follaje, mi vista descansaba en las líneas puras y severísimas del monasterio de El Escorial, en aquella imponente masa todo proporción y todo grandeza sin afanosidad.

Cree Justi que la época de Felipe II no fué una época de gusto, mas habría que preguntarle de qué gusto. Ciertamente que no del suyo. Pero esto del gusto es de lo más superfluo y variable que hay. Añade que no fué una época a propósito para crear un monumento del más elevado arte religioso, mas aquí habría que conocer no tanto el sentimiento estético cuanto el sentimiento religioso de Justi y de los que como él o detrás de él piensan. Lo de la aridez repulsiva merece un párrafo aparte.

Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos. Áridas son las pirámides de Egipto, árido es el desierto, mas yo no sé que pueda negarse inmensa hermosura a las unas y al otro. El desierto es, a su modo, tan hermoso como un bosque.

Es como cuando se habla del campo de Castilla, de los solemnes páramos de la Mancha y se dice que son áridos y tristes, queriendo decir con eso que son feos. Y debo confesar que a mí me produce una más honda y más fuerte impresión estética la contemplación del páramo, sobre todo a la hora de la puesta del sol, cuando lo enciende el ocaso, que uno de esos vallecitos verdes que parecen de Nacimiento de cartón. Pero en el paisaje ocurre lo que en la arquitectura: el desnudo es lo último de que se llega a gozar. Hay quien prefiere una colinita verde, llena de arbolitos de jardín, a la imponente masa de uno de los grandes gigantes rocosos de la tierra.

Saca en seguida a relucir Justi lo del carácter sombrío de Felipe II--este ya tradicional lugar común--y lo de que proscribiera lo demasiado rico y presuntuoso. Y luego viene lo consabido: lo de la libertad, la severa etiqueta de la corte de España, etc. Todo lo cual delata que en vez de un juicio estético se trata de un juicio político.

Y no se olvide que Justi pertenece a la nación de Lutero, a aquellas tierras en que se llegó a llamar a Felipe II el Demonio del Mediodía.

Tomad, en cambio, la estupenda _Historia de la Orden de San Jerónimo_, del P. F. José de Sigüenza, que la escribió en El Escorial y mientras éste se construía, y que asistió a los últimos momentos de Felipe II. Los libros tercero y cuarto de la tercera parte de esta obra están dedicados a describir El Escorial. Y a fe que apenas se encontrará en castellano estilo que mejor convenga al del monasterio que el estilo literario de la obra del P. Sigüenza, obra que es una especie de Escorial de nuestra literatura clásica--modelo de sencillez, de sobriedad, de majestad y de limpieza. También la obra del P. Sigüenza puede a primera vista producir un cierto efecto de monotonía y desnudez, ya que en ella se suceden los relatos de las vidas de aquellos recogidos varones jerónimos, no de otro modo que en el monasterio se suceden las ventanas de sus celdas, todas unas a otras iguales. Pero ¡qué descanso en la lectura de esas vidas! Soy de los que han leído las 1.240 páginas en folio y de apretada letra de los dos tomos de esa historia en su edición de la _Nueva biblioteca de autores españoles_, que bajo la dirección de D. Marcelino Menéndez y Pelayo publica la casa Bailly Baillière, y es continuación del Rivadeneyra, y aseguro que esa prolija lectura fué para mi espíritu un descanso tan grande como el de contemplar la masa del monasterio desde un prado de la Herrería en que tendí mi cuerpo. ¡Raro placer en tiempos de agitación febril! Porque ni la obra del P. Sigüenza es para hojeada de prisa o leída de viaje, acaso en un tren, ni El Escorial para contemplado de ligero y de paso. El desnudo necesita siempre tiempo, mientras que la hojarasca impresiona desde luego, aunque luego esa impresión vaya amortiguándose.

Hay que leer en el P. Sigüenza el breve relato de la batalla de San Quintín, ganada a Felipe II por el duque de Saboya contra el duque de Guisa y los franceses el día de San Lorenzo de 1554, y que fué el motivo de fundarse para la Orden de San Jerónimo el real monasterio de El Escorial. «El hazimiento de gracias de Filipo por todos estos favores--dice el historiador jerónimo--no fué para que se rematase en un día ni siete, ni parasse en solo el hombre; propuso con mucha resolución edificar un illustrísimo templo al martyr español, que fuesse tan famoso en todo el mundo como su glorioso nombre, donde de día y de noche se celebrasse su memoria y se hiziessen y diessen a Dios para siempre bendición y gracias». Y sigue la descripción del monasterio, la única que haya digna de él, y acaba con su comparación con otros edificios famosos, principalmente con el templo de Salomón, que ni el P. Sigüenza ni ninguno de su tiempo ni de muchos siglos antes vió.

¡Y qué bien entendía el buen jerónimo, el del estilo severo y desnudo, la severidad y desnudez del edificio en que trabajaba! Era el estilo de la verdad, porque «la verdad--nos dice en otra parte--ama mucho la claridad y la desnudez, y la que no es assi, no es verdad». Y él, el buen monje, gustaba de la casta desnudez, pues al hablarnos de un cuadro del Ticiano que representaba a Santa Margarita, nos dice que era «valiente figura, aunque algo corrompida una singular parte della, por el zelo indiscreto de la honestidad; echáronle una ropa falsa en un desnudo de una pierna, que fué grosera consideración». Y cosa grosera debía de parecerle echar falsos adornos sobre el desnudo de los edificios, ya que «no consiste la architectura en que sea deste orden o aquél--nos dice en otro lugar--sino que sea un cuerpo bien proporcionado, que sus partes se ayuden y respondan, aunque no sea sino unas piedras cortadas de la cantera, assentadas con arte, una encima o enfrente de otra, que vengan a hacer un todo de buenas medidas y partes que se respondan».

Alguien se ha atrevido a llamar el Escorial portugués a aquel monasterio, también de jerónimos, de Belén, cercano a Lisboa, prototipo del más hojarascoso estilo manuelino. Fué el mismo rey D. Manuel el que ha dado nombre al estilo, el que a fines del siglo XV fundó esa casa con las riquezas que del extremo oriente afluían a Portugal. Y no cabe, en verdad, oposición mayor al arte escorialense. ¡Eso sí que no es árido! Pero es hojarascoso y no de más fruto estético. Pues en arte como en naturaleza no da más fruto de permanente belleza lo que más hoja cría.

Hablando del cual monasterio de Belén el P. Sigüenza en otra parte de su obra nos dice así: «Y como la arquitectura moderna está siempre adornada de follajes y de figuras y molduras y mil visajes impertinentes, y la materia era tan fuerte, labrávase mal y costaría infinito tiempo y dinero: lo que agora está hecho muestra bien lo que digo. Tiene esta fachada del medio día mucho desto ansí en la iglesia como en el antecoro y dormitorio, que es todo mármol, y lleno de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos que no sé cómo se llaman ni el que los hazía tampoco». Y él, el buen jerónimo, acostumbrado a cantar dentro de aquel templo del Escorial, todo robustez maciza, al hablar del templo de los Jerónimos de Belén nos dice que «es de una sola nave...y el cruzero es admirable de mucha grandeza, sustentado sobre unos pilares muy flacos y delgados puestos por gentileza más que por necesidad: cosa que a cualquier hombre de buen juyzio en esto ha de ofender en viéndolo». Y añade el siguiente razonamiento de una gran profundidad en estética arquitectónica diciendo así: «Fióse el arquitecto en la fortaleza de las paredes que avían de ser poderosas a sufrir y sustentar el peso y la fuerça de la bóbeda. Y quiso espantar a los que entrassen viendo como en el ayre una máquina tan grande: locura e indiscreción en buena arquitectura, porque el edificio es para asegurarme, y no que viva en él con miedo de si se me viene encima». ¡Y que a seguro y sin miedo de que se le viniese el templo encima, cantaría en el coro de aquel formidable templo de su Escorial, que siendo tan grande parece se nos achica y ciñe por gracia de sus proporciones!

Es como aquellas «pieças de mucho desenfado de que el mismo P.

Sigüenza nos habla--alegres, claras y de grandeza que aunque algunos se les ensangosta, a otros se les ensancha el alma viéndose en ellas».

Y el alma se ensancha al entrar en aquella iglesia, de columnas como torres, donde nos sentimos a seguro, y donde está la grandeza tan templada y como humanizada por la proporción, que sin perderla parece la fábrica ensangostarse para ceñirse a nuestra seguridad y abrigo.

Grandeza proporcionada y desnudez, y nada de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos, cuyos nombres ni los que los hacen saben, pues no son cosas definidas y con función propia, tal es el carácter de ese edificio que repugna por su aridez a los que no se detienen lo bastante a dejarse empapar de su austero encanto.

Entra por mucho en juicios como el de Justi, lo repito, la preocupación política o religiosa. Porque no son muchos los que piensen como pensaren y aun siendo muy progresistas y muy literatos, saben ver todo lo que de intensa pasión, puesta al servicio de su causa, había en aquel Don Quijote de covachuela que fué Felipe II. Este hombre singular, preocupado de la salvación de las almas de sus súbditos, fué, como dice muy bien Martin A. S. Hume en su excelente historia de España (_The Spanish people, their origin, growth, and influence_) en su sombrío orgullo, su mística devoción, su poderosa individualidad, la personificación del espíritu de su pueblo», fué «el primer rey verdaderamente español de toda España», identificóse con la obsesión nacional que era «una creencia en la misión especial de los españoles para extirpar la herejía». Llegaron a constituir nuestros abuelos--añade Hume--«una nación de místicos, en que cada persona sentía su propia comunión con Dios y era capaz, en consecuencia, de cualquier sacrificio, de cualquier heroísmo, de cualquier sufrimiento por esta causa». Y ese espíritu severo, desnudo y fuerte habla en las piedras de El Escorial a quien quiere oirlo, piense éste como pensare.

Leed en el mismo P. Sigüenza el relato de la última enfermedad y muerte de aquel Don Quijote de despacho u oficina, cuya arma fué la pluma de mandar. Oídle cuando al recibir el sacramento quédase luego con su hijo a solas y le dice: «He querido que os halléis presente a este acto, para que veáis en qué pára todo. Como en todo fué tan rey y de tan alto ánimo este príncipe parece que aun quiso reynar y enseñorearse sobre la muerte», nos dice el jerónimo. Murió con el crucifijo mismo que su padre el emperador entre las manos. Mandó al arzobispo le leyese la pasión de San Juan. Cerca de la una de la noche fué a hablarle su confesor, y él dijo a los jerónimos que le rodeaban: «Padres, decidme más que quanto más se allegava a la fuente tanto crecía más la sed». Cuando D. Fernando de Toledo fué a darle una de las velas de nuestra señora de Monserrat, el rey le dijo: «Guardadla, que aun no es tiempo», y a las tres de la mañana, al presentársela de nuevo «le miró riéndosele y tomándosela de la mano dixo: Dadla acá, que ya es hora».

«Las últimas palabras que pronunció y con que partió deste mundo, fué dezir como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa iglesia romana; y besando mil vezes su crucifixo (teníale en la una mano y en la otra la candela y delante la reliquia de San Albano por la indulgencia), se fué acabando poco a poco, de suerte que con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fué, según lo dizen tantas pruevas, a gozar del reyno soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe segundo, hijo del emperador Carlos quinto, en la misma casa y templo de San Lorenzo, que avía edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, quando el alva rompía por el Oriente trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz; y estando cantando la missa del alva los niños del seminario, la postrera que se dixo por su vida y la primera de su muerte, a treze de setiembre, en las octavas de la Natividad de nuestra señora Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año MDXCVIII, en el mismo día que catorce años antes avía puesto la postrera piedra de todo el quadro y fábrica de esta casa». Allí fué escrita en el real monasterio de San Lorenzo del Escorial la muerte de su fundador, por el padre fray José de Sigüenza, de la Orden de San Jerónimo, hoy extinguida, que fué de esa muerte testigo.

Salamanca, mayo de 1912.

SANTIAGO DE COMPOSTELA Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia, donde en los siglos de más ingenua y más sencilla fe cristiana se creía estaba el cuerpo del apóstol Santiago el Mayor, el Hijo del Trueno, fué en aquellos siglos un lugar de romerías casi al igual de Roma y de Jerusalén. En cartas geográficas alemanas de la Edad Media se le llama a España «Jacobsland», la tierra de Santiago.

Los piadosos peregrinos que venían del centro de Europa a ese corazón de Galicia traían consigo leyendas, relatos, cuentos y cantares, y fueron sus romerías uno de los vehículos de la cultura europea de entonces. La poesía trovadoresca galaico-portuguesa, la primera manifestación culta del lirismo en lengua romance en la Península, prendió al contacto de chispas traídas de Provenza por los devotos romeros de Santiago.

Camino de Santiago se le llamó a la vía láctea, nebulosa de estrellas que guiaba a los peregrinos al término de sus anhelos, como a los magos su estrella, y la ruta toda hallábase sembrada de santuarios y hospederías.

Está por escribir la historia de la influencia que esas romerías tuvieron en el desarrollo cultural de España, en literatura y en arte, y hasta en su historia política, pues no poco influyeron en el nacimiento del reino de Portugal.

Y hoy, quien desee conocer bien España y respirar lo que aún queda de su viejo ambiente tradicional, no puede dispensarse de una piadosa romería artística a Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia.

Allá me fuí, pues, desde Pontevedra.

Bordea el tren la espléndida ría de Arosa y pasa luego junto a Padrón, la antigua Iria Flavia, donde dicen que moró más tiempo el apóstol. Y hasta llegan a asegurar--bienaventurados los que así creen--que una piedra que se conserva en la iglesia de Santiago fué la piedra a que se amarró la barca que conducía el cuerpo del apóstol. Pero Padrón, que se alza a orillas del Sar, en una riente vega, nos trae otros recuerdos; recuerdos de poesía. De Padrón fué aquel Juan Rodríguez de la Cámara o del Padrón, poeta cortesano de mediados del siglo XV, que escribió en castellano prosa y versos, y sobre todo _El siervo libre de amor_. «Su prosa vale más que sus versos y su biografía y su leyenda, todavía muy obscuras, interesan más que sus versos y su prosa», escribe Menéndez y Pelayo, el cual añade que la novela de Juan Rodríguez está llena de recuerdos de su tierra natal, notados con toda precisión topográfica. La novela es el relato de unos desgraciados amores de aquel paisano del doncel Macías el enamorado, gallego también.

Y en Padrón vivió, sufrió y murió también Rosalía de Castro y su viudo, Manuel Murguía, llega a afirmar que fué en la casa solariega de los Castro donde nació Juan Rodríguez, el siervo de amor. Al paso del tren se ve la modesta casita llena de recuerdos, con su balconcillo cubierto por enredaderas, con su huertecito delante. Y no lejos de allí corre sumiso y humilde el Sar, casi un arroyo, escondiéndose entre dos filas de árboles, recatándose a miradas indiscretas y como huyendo toda ostentación. En sus orillas escribió Rosalía lo más de aquel libro peregrino, al que apenas si se empieza a hacer justicia, en rimas castellanas, que se titula _En las orillas del Sar_. «¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!--mas el calor, la vida juvenil y la savia--que extraje de tu seno--como el sediento niño el dulce jugo extrae--del pecho blanco y lleno--de mi existencia oscura en el torrente amargo--pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,--una visión de armiño, una ilusión querida,--un suspiro de En estas palabras que parecen baladíes, en este mero nombrar lugares queridos, ¡cuánta ternura! Y su saludo al cementerio de Adina, con sus olivos oscuros y el suelo de hierbas y flores, con sus canónigos viejos que en él se sientan al sol, y los niños que allí juegan bulliciosos, y las losas blancas, y los húmedos montones de tierra, donde al amanecer se enterró a algún pobre. Pero ella, la pobre Rosalía, no duerme su eterno sueño en el cementerio de Adina, de Padrón, en aquel cementerio encantador que tanto quiso; duerme en un mausoleo, a mano izquierda, o sea al lado del Evangelio del altar mayor de la iglesia de Santo Domingo, en Santiago, que se quiere hacer panteón de gallegos ilustres. Por cierto que al otro lado, al de la Epístola, descansa en otro mausoleo el más frágil ídolo de un día, producto de veleidades regionalistas, y sobre su estatua una leyenda en un gallego presuntuoso, artificioso y falso, que denuncia la pueril preocupación de distanciarlo lo más posible, con arcaísmos y aun barbarismos, del romance castellano.

Cuando pasada ya la vega de Padrón se me presentaron a la vista las torres de Santiago me acordé de esta mi Salamanca, pues son, sin duda, las dos ciudades españolas, episcopales y universitarias ambas, que más parecido guardan entre sí. Sólo que esta Salamanca es más abierta, más alegre, más soleada, y peor empedrada también. La arenisca de esta plateresca Salamanca se dora al sol y admite una profusión de follajes ornamentales difíciles de labrar en el duro granito de Santiago, que bajo aquel cielo plúmbeo y lluvioso se ennegrece pronto, dando a la ciudad compostelana el aire austero y hasta sombrío que la distingue.

Pero cuenta que lo sombrío no es feo; es más bien hermosísimo. Aquellas rúas compostelanas, llenas de soportales, por donde pasean estudiantes y canónigos, nos hablan de una ciudad hecha para el estudio y el rezo, pero donde hallan también campo las lides del amor. Y no sé por qué me acordaba de Brujas la muerta y de tantas otras muertas ciudades, y pensaba en amores furtivos, en tragedias ocultas, en dramas de misterio entre amantes de negro bajo la negrura lluviosa de la ciudad, en citas que alguien creería sacrílegas, en las oscuras naves románicas de la catedral.

La catedral lo corona y como que lo absorbe todo. Alza su fachada principal, la del poniente o la del Obradoiro, en la mayor y más abierta caja de piedra de Santiago, quiero decir en su gran plaza flanqueada por cuatro solemnes edificios: la catedral misma, el gran hospital real que los Reyes Católicos mandaron construir para los peregrinos--y que recuerda nuestro actual colegio de irlandeses salmantino--, el seminario de confesores--algo muy parecido al colegio viejo de San Bartolomé de Salamanca--y el antiguo colegio de San Jerónimo.

Detrás de la fachada del Obradoiro se abre, al entrar por ella en la catedral, el estupendo pórtico de la Gloria, la maravilla icónica de España, que mereció ser vaciado para figurar en el museo de Kensington de Londres. Cuanto se diga de ese poema en piedra en que se respiran el arte y la piedad medioevales, será poco. La eterna juventud de la piedra nos habla allí de una fe juvenil, virgen madre de las más consoladoras visiones. En torno a la figura de Nuestro Señor, que nos muestra sus llagas, escoltado por los cuatro evangelistas, los ancianos apocalípticos, con sus instrumentos músicos en las manos, están absortos en un éxtasis que nunca acaba. Los profetas y los apóstoles sonríen más abajo. Y la piedra, policromada, habla o más bien canta. Al pie del pórtico, de hinojos y mirando al altar donde está el sepulcro del apóstol, el maestro Mateo, el autor de semejante maravilla arquitectónica, ora en piedra. El pueblo le llama el santo _dos croques_, el santo de los cosques o pescozones; y dícese que algunas madres van a dar a sus hijos de cabeza contra aquella cabeza de piedra para que se les despierte la inteligencia.

Digna entrada de nuestra gran catedral románica aquel pórtico de la Gloria. El románico, severo y sobrio, resiste la cursilería en que fácilmente cae el gótico. La religiosa gravedad del románico no se presta a las sentimentalerías literarias del gótico. No se comprende a Chateaubriand en las naves severas de un templo románico. El de Santiago sugiere, desde luego, la idea de un sepulcro, casi de una catacumba. Estamos muy lejos del pintoresco irisado de la catedral de León. Allí, en la catedral de Santiago, hay que rezar de un modo o de otro; no cabe hacer literatura. Su galería alta nos habla de las bandadas de anhelantes romeros que en ellas dormían. Y fué para sahumar la catedral, matando el hedor que aquellos peregrinos allí dejaban, para lo que se hizo el famoso «botafumeiro», el gran incensario que, pendiente del cimborrio, recorre las naves del crucero.

La catedral domina con sus torres a Santiago, pero en torno de ellas se levantan otras muchas, y vista la ciudad desde el paseo de la Herradura semeja un gran bosque oscuro de piedra destacándose sobre la verdura riente de la campiña. Cerca de la basílica se alza San Martín Pinario, hoy seminario pontificio, antiguo monasterio de benedictinos, solemne y espacioso y desnudo. Su templo da una singular sensación de reposo y de sobriedad que habría encantado a aquel nuestro ya conocido jerónimo P. Sigüenza, el que sintió tan hondamente lo desnudo arquitectónico. Y desnudo y sencillo como vivió el pobrecito de Asís, se alza también el templo de San Francisco. El austero granítico compostelano rechaza los floreos de la arenisca salmantina.

Bajamos a la Colegiata del Sar, con sus torcidas columnas y el resto que de su viejo claustro románico queda.

Y a vagar luego por aquellas rúas santiaguesas, por sus recodos y esguinces, entre las pétreas plazas, por donde un tiempo llenarían los soportales rezos de romeros, y hoy, en noches tibias, volarán susurros de enamorados. Porque, más que en las alegres ciudades abiertas al sol, más que en las campiñas libres, se piensa en el amor, siquiera como un recurso y un consuelo, en estas viejas ciudades sombrías, levíticas y académicas, sobre que gravita la pesadumbre de los siglos. En el largo invierno de largas noches, bajo la llovizna terca, al son pastoso de las campanas, ¿qué se va a hacer?

Oíd a Rosalía en su poema _Santa Escolástica_, de la que hay una magnífica escultura en Santiago. Dice: "Una tarde de abril en que la tenue--llovizna triste humedecía en silencio--de las desiertas calles las baldosas,--mientras en los espacios resonaban--las campanas con lentas vibraciones,--dime a marchar, huyendo de mi sombra...--Soplo mortal creyérase que había dejado al mundo sin piedad desierto,--convirtiendo en sepulcro a Compostela;--que en la santa ciudad, grave y vetusta--no hay rumores que turben importunos--la paz ansiada en la apacible siesta.--¡Cementerio de vivos! murmuraba--yo al cruzar por las plazas silenciosas--que otros días de gloria nos recuerdan...--Después la catedral, palacio místico--de atrevidas románicas arcadas,--y con su gloria de bellezas llena,--me pareció al mirarla que quería--sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,--de sus torres la mole gigantesca...--Atrás quedaba aquella calle adusta,--camino de los frailes y los muertos,--siempre vacía y misteriosa siempre,--con sus manchas de sombras gigantescas--y sus claros de luz, que hacen más triste--su soledad y que los ojos hieren.--Y en tanto la llovizna, como todo--lo manso, terca, sin cesar regaba--campos y plazas, calles y conventos--que iluminaba el sol con rayo oblicuo--a través de los húmedos vapores--blanquecinos a veces, otras negros".

¿Podría yo, con mi prosa seca y dura, daros una más viva impresión de Santiago que esas estrofas sombrías de Rosalía? ¡Cementerio de vivos! exclamó la pobre y atormentada poetisa que cantara al riente cementerio de muertos de Adina, a orillas del Sar. Aquella pobre aldeana--pues siempre lo fué Rosalía--llevando la vega de Padrón en el alma, sentíase entenebrecer en las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, bajo la llovizna, terca como todo lo manso, y bajo una llovizna que no caía sobre verde y mullida hierba, sobre lozanos maíces, sino que "humedecía en silencio de las desiertas calles las baldosas" estériles. Y la pobre exclama: "Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo,--a un tiempo apetecida y detestada,--cual ser que nos atrae y nos desdeña,--algo hay en ti que apaga el entusiasmo,--y del mundo feliz de los ensueños--a la aridez de la verdad nos lleva". Y luego grita: "¡Y yo quería morir!". Y sólo encuentra refugio y consuelo en el templo. "Majestad de los templos, mi alma femenina--te siente, como siente las maternas dulzuras--las inquietudes vagas, las ternuras secretas--y el temor a lo oculto tras la inmensa altura". Y corre la pobre aldeana al templo, se postra ante la imagen de Santa Escolástica, dobla la rodilla, inclina la frente y exclama: "¡Hay arte!...¡Hay poesía!...Debe de haber cielo: ¡hay Dios!".

A la aldeana de Padrón, enamorada de su vega, le repugnaban por igual las llanuras castellanas--¡llanura, siempre llanura! decía--y las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, cuyas baldosas humedecía en silencio la llovizna terca. Hermosa y fea a un tiempo declaraba a la ciudad compostelana, apetecida y detestada. De haber vivido algún tiempo en comunión con la llanura castellana, ¿no habría llegado también a sentirla hermosa y fea a la vez, apetecida y detestada? Su pobre alma temblaba de frío, de miedo, lo mismo en la adusta y grave meseta de Castilla que en las adustas y graves calles de Santiago de Compostela. Y es que hay una estrecha hermandad entre una y otras. Santiago es lo más castellano que hay en Galicia; es, en rigor, una ciudad profundamente castellana, de una Castilla de cielo plúmbeo y lluvioso. En las rúas compostelanas siéntese uno lejos, muy lejos, de las rientes islas bajas de Pontevedra, lejos, muy lejos de las vegas del Miño. Santiago, corazón de Galicia, es uno de los corazones de España; lo específico y diferencial galaico parece se borra en él y resurge el alma común española, base castellana, e alma nacional.

No en vano fué Santiago durante siglos centro de romerías internacionales. Lo internacional ahoga todos los regionalismos estrechos y robustece lo nacional. Los devotos peregrinos venían, al venir a Santiago, a España, y cruzando España, y no a Galicia; venían a visitar el sepulcro del patrón de España y no de Galicia sólo. "¡Santiago, y cierra España!" fué nuestra divisa medioeval española; pero al cerrar Santiago a España abría y rompía sus barreras interiores, fundía a sus pueblos todos en la lucha común contra la morisma.

El sepulcro de Santiago es un sepulcro de España toda. El sepulcro de Galicia acaso sea el de Prisciliano, el gnóstico gallego, obispo de Ávila, que en el siglo IV mezcló el paganismo galaico con las doctrinas cristianas. Así, bautizando las supersticiones célticas, trató de cristianizar a su pueblo. Fué decapitado en Tréveris, parece que su cuerpo fué traído a Galicia, su patria, y acaso su sepulcro fué lugar de piadosas romerías. ¿No se aprovecharía esto más tarde y, así como él bautizó las supersticiones célticas, se trató acaso de hacer ortodoxas esas romerías con una leyenda nueva? Porque un hombre moderno, de espíritu critico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo de Santiago el Mayor esté en Compostela. ¿Qué cuerpo es, pues, el que allí se venera y cómo y por qué se inició ese culto?

Salamanca, agosto 1912.

JUNTO A LAS RÍAS BAJAS DE GALICIA Desde que hace ocho años visité una parte de Galicia--Orense y Coruña--ansiaba conocer el resto, y sobre todo la encantadora comarca de las rías bajas, de que se hacen lenguas cuantos la visitan. Y allá he tenido ocasión de ir en romería este verano.

Fué atravesando mi bien conocido Portugal, por las orillas del Duero asceta que corre en lecho de rocas y yendo a buscar luego las del Miño manso, que como una caricia lenta baja al mar, restregándose en la verdura de sus vegas.

La tierra toda del Miño, de un lado y otro de la ría, por España y por Portugal, se abre a los ojos como una visión de ensueño que nos ata a la tierra. La he visto entre llovizna, recibiendo resignada el jugo fecundante de las nubes, y es como mejor sentimos su significación