SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

Page 9 of 13

Lluch, el santuario, es el Montserrat de Mallorca. Allí, en el corazón espiritual de la isla, y que es como el centro del espinazo rocoso de ella, forma el ceñidor de las montañas, con sus picachos por almenas, como otra isla, un reposadero de calma y de ensueño. No cabe espaciarse sino hacia el cielo, pero se barrunta el mar tras las montañas. El cielo mismo refleja el esplendor del mar encendido. ¡Y aquel valle profundo de Aubarca, mirando al cual siente uno que se le anega todo recuerdo de la historia!

De Lluch emprendimos una caminata a pie, a Pollensa, por senderos pedregosos franqueando la sierra. Y era el placer de embarcarse entre los árboles hijos de la roca y de beber agua de roca, labios al cauce, y de sentirse lejos de la mentira. Pero los kilómetros se nos alargaban bajo los pies. Consuelo y premio grandes al columbrar allá a lo lejos el mar dibujando montañas. Bajábamos al espléndido valle de March, un jardín donde nos saludaban naranjos y albaricoqueros, y más cerca, a nuestro lado, en un seto, un mirto florido con sus modestas florecillas payesas, blancas, de cinco pétalos--como otros rebosillos que es el tocado de las campesinas--y su plumerillo de estambres a modo de trenza. Y granados en flor.

Ya tarde pusimos pie en Pollensa, donde pernoctamos. No sin que algún viajante insomne o nocherniego nos diese la tabarra cantando, mientras aporreaba el piano, esa infame cancioncilla del: ¡bacalao! ¡bacalao!

¡bacalao! ¿Por qué, Dios santo, se extenderán y arraigarán tan pronto esas cancioncillas absurdas? En Mallorca misma, donde apenas se oye música popular indígena, con su letra mallorquina, óyese alguna vez disparatadas coplas castellanas. ¡Y tan disparatadas! Sirvan dos de ejemplo. Una: Disen que no ma queres porque no llevo quelsones, mañana me empondré unos que se disen pantalones.

Y otra: Que es de dichosa una madre que tiene un hijo soldado, que si muere en el servisio tiene el entierro pagado.

Mas pasó la noche con su bacalao a la pollensina y subimos al calvario, cuyos cipreses se esmaltan sobre el cielo esplendoroso, uno de estos calvarios de levante donde el recuerdo mismo de la muerte canta vida o más bien inmortalidad, uno de estos calvarios en que se siente la comunión de los vivos con los muertos en el estremecimiento luminoso de la tierra que comulga con el cielo. Y la vista de que se goza desde el calvario de Pollensa, estupendo mirador--o «miranda», como por allí se dice--es una hostia de comunión con la naturaleza.

Entra por los ojos la vida universal. En el fondo, colindando con el cielo o meciéndose con él en nacaradas lontananzas, las bahías de Pollensa y de Alcudia, y ciñéndolas un intrincamiento de oscuros peñascos, de promontorios, al modo de islotes o de una tropa de enormes cetáceos fosilizados. El cabo Formentor hiende el mar. Y se ve cómo la isla de oro es una perla entre las dos conchas azules del cielo y del mar.

Alcudia, la ciudad de abolengo romano, duerme o más bien sueña entre las dos bahías. De sus calles silenciosas se exhala paz. La llena un silencio que parece oprimido por el cielo. El mar mismo es allí silencioso. Y sus aguas parecen metálicas. A la distancia finge el mar ése latino una barrera de zafiro, un cercado del cielo. El color del agua es increíble; a trechos casi negro, pero negro de luz.

De Alcudia volvimos a Manacor pasando por la Puebla--o mejor la Pobla--, la parte más fértil de la isla, aunque no la más pintoresca.

Hay allí una albufera y el mar empapa a la tierra. Un ejército de molinos de viento le sacan a ésta su agua; pero de estos molinos modernos, de rueda y pequeñas aspas de madera. Aunque no son esos familiares viejos molinos de viento, los de velas, los de Don Quijote, los que os saludan como con la mano, estos otros molinos en tan gran tropa no dejan de animar al paisaje con una nueva vida. Se ve a la tierra trabajando.

Mi segunda excursión fué a Sóller, en donde hay un ferrocarril desde Palma hecho por los sollerines. Cierto es que en esa isla afortunada todo es de sus propios hijos.

Sóller es como otra isla dentro de la isla. Pósase el pueblo en un valle hondo abierto hacia el mar, sedimentado de naranjos y sobre el cual se alzan imponentes picachos y presidiéndolos el primer gigante pétreo de Mallorca, el Puig Mayor de Torrellas, que sepulta su cresta en el cielo. Es difícil el rebaño de casas de Sóller, asentadas entre la verdura al abrigo de los peñascales. Y luego aquel puertecito apacible y soñador, al que apechugan las montañas, que desde lo más alto de sus márgenes parece cerrada a la vista su entrada, un lago.

Los barcos allí deben olvidarse que tienen que salir, pues es como un retiro.

Cerrado Sóller al resto de la isla por su ceñidor de rocas y abierto al mar, los sollerines buscaron más allá de éste sus destinos. Se fueron más allá, sobre todo al Mediodía de Francia, a toda Europa, a vender sus naranjas, después las de otros, a comerciar en fruta. Y así se enriquecieron. Aspírase un aliento de bienestar por dondequiera. La _aurea mediocritas_, la discreta fortuna, se ha ido colando por entre aquellos naranjales. Es un pueblo donde la gente se retira a paladear lentamente el fruto del trabajo.

Y en el mismo valle de Sóller hay al pie mismo del Puig Mayor, otra isla dentro de esta isla de la isla de Mallorca. Es Fornalutx.

Fornalutx, un pueblecito colgado en la falda del gran peñasco, con sus calles en cuesta, de gradería las más de ellas, escondido del mundo todo. Desde él no se ve ni aun Sóller, sino tan sólo rocas revestidas de fronda y el cielo sostenido sobre las cuchillas de las cumbres rocosas, y una inmensa sensación de anacoresis.

Llegamos a Fornalutx fatigados y sudorosos, y en busca de reposo y de frescura entramos en la iglesia. ¿Dónde más calma y más fresco?

Y estando allí sentados salieron unas monjitas a arreglar y orear y limpiar unos velludos. Eran como camareras del Señor o su Virgen Madre, sencillas payesas sacristanas. Acompañábanles unas niñas. Y allí, sin cuidarse de nuestra importuna presencia, extendían sus paños, los medía una de ellas, a palmos, con su mano bien abierta, y atendían a su pausado menester doméstico. La iglesita era su casa.

Mallorca está llena de estas monjas de una orden diocesana, isleña y aislada, dicen por decir algo que franciscana; pero dicen bien, porque da la más profunda impresión de franciscanismo. Son las maestras de estos pueblecillos rodeados de masías, son también las enfermeras.

Ingenuas payesas de la casta de aquella beata Catalina Tomás, la valldemosina que hablaba con los ángeles del cielo mallorquín, con los espíritus cristianos de las rocas, de los árboles, de las calas, de las cuevas de Mallorca. Porque allí los genios tutelares de la naturaleza se dejaron bautizar. Y el cristianismo mallorquín y franciscano, campesino, tiene a la vez algo del encendido orientalismo de Ramón Lull.

Al volver de Fornalutx, en Beniaratx, al vernos detenidos, nos dijo una viejecita que había desde allí _una mirada molt maca_, una vista muy bonita. Y acaso la viejecita de Beniaratx ha llegado serena y contenta, henchida del infinito de su propia limitación, hasta su edad--podría tener más de ochenta años--apacentándose del aire puro de aquel cielo y de vistas hermosas. Acaso no ha salido nunca, no ya de la isla de oro, mas ni del valle de Sóller y toda la pureza del universo ha pasado por su alma. ¿Es que no ha visto en las noches serenas como su alma palpitar en el cielo las estrellas y otras noches a la luna que remoloneaba contemplando la roqueta? Y allá en sus mocedades se estremecería esta viejecita de hoy como se estremecen cantando al sol las cigarras.

Al retirarnos de Sóller, al volver al llano, miraba con mordiente avidez, con mirada de presa, a aquel Fornalutx agazapado en un repliegue de la falda del mayor gigante pétreo de la isla de oro, queriendo llevarme para siempre en el alma su visión. Vendrán días en que necesite del recuerdo de la paz del rincón de Sóller, de su puertecito retirado.

Allí debe experimentar el que viva un profundo sentimiento de seguridad, de que nada ni nadie le amenaza, de que el mar que le comunica con el mundo todo a la vez le protege de él. Antaño, en los siglos en que aún duraba la lucha entre el moro y el cristiano, hasta no hace aún siglo y medio los corsarios berberiscos asolaban de tiempo en tiempo las costas de Mallorca. Iban a la caza de cautivos a que hubiese luego que rescatar. Y estaban las costas llenas de atalayas y de torres de defensa contra la piratería del moro. Hoy esas torres son miradores. Y en la isla toda se percibe la tranquilidad de la seguridad.

Es espléndido el camino de Sóller a Palma, sembrado de esas hermosas masías mallorquinas que os llaman al pasar y os hablan, con sus ventanas y sus galerías, de la vanidad de correr el mundo. ¿Pero podría uno ya vivir en un Sóller, en una de aquellas casitas que miran al torrente seco, junto a un naranjal, viendo pasar los días y quedarse la vida y apacentando la vista ya con la cumbre que se sepulta en el cielo, ya con el mar que lo sepulta?

Antes de que los sollerines hubiesen hecho--y con sus propios capitales--el ferrocarril de Palma a Sóller, íbase de una a otra población por una carretera que es un cinematógrafo de paisaje y con más de cincuenta rápidas revueltas para bajar al valle de Sóller. El tren lleva más pronto, es claro, pero en cambio tiene aquel túnel, uno de los más largos de España, con todo su cortejo de humo.

He escrito de España y así es, porque Sóller, como toda Mallorca, es desde luego tierra española, ni quiere ser otra cosa. Pero yo no sé qué sutil sugestión se le infiltra a uno en el ánimo haciéndole pensar que cuando allí se halla está lejos de todas las patrias oficiales, de los hombres que luchan y de los que contemplan interesadamente la lucha buscando el modo de aprovecharse de ella.

En la isla dorada sentíame más que extranjero de todas las tierras ciudadano del mundo, pero del mundo de la naturaleza y de la paz.

Creo que mientras estuve en la iglesia de Fornalutx, viendo a las monjas--llámanlas, me parece, las de la Pureza--arreglar los paños de la casa de Nuestra Señora, camareras de la Virgen, se me desvaneció hasta lo subconsciente de la obsesión de la guerra.

Allí, al lado de Sóller, posa junto al mar un pueblecillo que vi en otra excursión y que es Deyá. Hase de él dicho que es como uno de esos pueblecillos de nacimiento de cartón, y cabría pensar que lo ha ideado y ejecutado a posta una sociedad para el fomento del turismo.

Es en su género, el pintoresco, un modelo. No comprendo cómo no se ha popularizado ya como esos otros pueblecillos de los bordes de los lagos suizos o italianos o de la cornisa francesa o de los alrededores de Nápoles, cuyos retratos, más o menos fantaseados y con una romántica luna entre nubes no pocas veces, figuran en tantos comedores de posadas. Porque Deyá está pidiendo el cromo, así como sus calas piden el cuadro fuerte que haga presa en la naturaleza.

En Deyá, lo mismo que en Sóller, vese un pueblo de encendido mediterráneo, al pie de unas rocas que parecen alpinas. No es métricamente ninguna gran cumbre la del Puig Mayor, no llega a los 1.500 metros y, sin embargo, nos hace la impresión de un gran gigante alpino. Es, en parte, que le vemos elevarse desde el nivel del mar cuando a otras grandes montañas las contemplamos desde llanos a una grande altura; mas es también que el ámbito fulgurante de luz parece que los sublima. Y todo, a la vez, es moderado y todo definido y claro.

Todo es clásico.

Roqueta de Mallorca, isla dorada donde cantan, ebrias de sol, las cigarras de oro, invitas a vivir en ti una vida de cigarra, alimentándose de aire purísimo cernido por los pinos, olivos, almendros y algarrobos, de luz del cielo y de canto y a dejar a las hormigas el cuidado de atesorar briznas. Allí hay el derecho a la holganza. Pero aquellos hombres, lentos y calmosos, trabajan y trabajan bien. Trabajan lenta y calmosamente, pero con toda la perfección posible, recreándose en su trabajo, en su obra. Los artífices o artesanos son excelentes.

Y es que acaso toda obra es para ellos obra de arte. No es el hacer que se hace y como para salir del paso. Lo hacen todo bien, hasta los versos, los que los hacen. Tendrán más o menos poesía, les faltará acaso brío y hondura o emoción, pero estarán mimosamente cincelados, con una ferviente devoción a la forma. Me enseñaron cerca de Santa María un almendral que era un modelo. Todos los almendros en perfecta formación y todos perfectamente uniformados y equipados. La ordenanza era modelo. Y así el sol les penetraba por entero. Apenas había en ninguno de ellos hoja a que no le diese el sol.

Es Mallorca una tierra bendita para vivir despacio y moderadamente y para trabajar también despacio y moderadamente. Hay quien les llama a los mallorquines holgazanes, mas es sin duda porque no padecen la febril ansia del trabajo que podríamos llamar económico, del que es castigo, del de concurrencia, del padre de las guerras, pero basta ver sus campos y las obras de sus artífices para percatarse de que trabajan, y trabajan bien. Trabajan con un trabajo que se podría decir estético. Más que trabajadores son artesanos, en el más noble y puro sentido de esta palabra, que empieza a desusarse. En aquel espléndido escenario ese bárbaro trabajo que tiende a producir al más bajo precio, ese trabajo servil que está embruteciendo a nuestras generaciones, no puede prender. Creo que los mallorquines sean más industriosos que industriales. Grandes industrias, de ésas de fábrica, de las que encierran como en un redil a grandes masas de trabajadores, no las hay. No hay esas chimeneas que en otras tierras ensucian de trecho en trecho el cielo y la tierra. Una de las industrias más desarrolladas en la isla es la de la zapatería de calzado fino, de obra prima y hacen labores primorosas en calzado de señoras. Pero eso lo hacen artesanos más que obreros o si se quiere artistas, y lo hacen individualmente, cada uno en su casa. Y por cierto que la guerra ha venido a trastornar un poco este sano régimen. En Alaró, pueblo de zapateros, al pie del castillo, último baluarte de la independencia del fugaz reino de Mallorca, me dijeron que esos artistas emigraban a Francia, a hacer de prisa y al desbarate calzado de munición para los combatientes. ¡Dios quiera que no vuelvan maleados para su arte!

De vuelta de Sóller me preparé a ir a Valldemosa.

II Valldemosa es lo más célebre que como paisaje y lugar de retiro y de goce apacible de la naturaleza tiene Mallorca. Tiene ya su tradición y hasta su leyenda literarias. Le prestigió la Jorge Sand, que pasó allí un invierno con el pobre Chopin enfermo de tisis y enfermo de la Sand y de música, que fué a buscar alivio y recreación en aquel aire alimenticio y aquella luz vivificante. La maternal escritora que no logró allí chocar como quisiera, aunque chocó de otro modo, se desahogó en su libro _Un hiver à Majorque_. La _menagère_ se encontró fuera de su centro. Acaso el enfermo mismo le estorbaba, visto que no apreciaban allí su literaria abnegación. Y es curioso leer que se quejaba de falta de caminos en un país que está hoy entretejido de ellos. Pues será difícil encontrar otra región con más y mejores medios de comunicación.

También Rubén Darío pasó en Valldemosa una temporada en sus últimos tristes y torturados años, acaso la última temporada en que gozó de alguna paz. La pasó en la casa misma en que yo estuve alojado diez días, en casa de D. Juan Sureda, cuya mallorquina hospitalidad es una honra para la isla. Con D. Juan Sureda y con su mujer, Pilar, excelente y emocionada pintora, las horas parece que se van sin sentir y es que se quedan dentro de uno. Habita Sureda en lo que fué morada del prior de los cartujos en la cartuja de Valldemosa y es un espléndido mirador. Allí el pobre Rubén se refugió, maltrecho y ya definitivamente vencido por el diablo amarillo, a emprender la última lucha, la desesperada. Allí escribió algunos de sus últimos cantos, entre ellos el de la cartuja, después de haber leído una vida de san Bruno. Allí tuvo sin duda la última ilusión de poder vencer al nepente, al licor que haciéndonos olvidar el fondo de la vida nos precipita por él hasta la muerte. Allí pidió, en una de sus crisis, que le llevasen un teólogo, un confesor, o muy sabio o muy sencillo. Allí visitó a un viejo ermitaño que desde un hospital de Palma se fué a la ermita de la Trinidad de Valldemosa a acostarse a morir entre la fronda que vive de brisa marina perfumada. Al arrancarse Rubén de Valldemosa, cuando le llamaban el mundo y la muerte, llegó por la carretera de Palma a un punto en que describió la airosa fábrica de la catedral y entonces hizo parar el carretón, descubrióse, pidió a su cordial amigo Sureda que le rezase un padrenuestro, contestóle devotamente, se santiguó e hizo luego un gesto de trágica resignación que era una despedida y como el último saludo de quien se dispone a arrojarse al abismo. La cartuja de Valldemosa está henchida de recuerdos del pobre Rubén y yo sentía el remordimiento de lo que pude haberle dicho y esperó él que le dijese--me consta--y no le dije, cuando cada día, mañana y noche, pasaba por el cuarto en que el pobre forcejeó espiritualmente contra la nube que le iba ciñendo y ahogando el alma.

Allí abajo, en la Foradada, junto al mar vimos la señal que aún queda del humo de cuando Rubén, ataviado de cocinero, preparó un arroz haciendo fuego entre unas piedras.

Allí, en Valldemosa, brotó aquella espiritual flor campesina que fué la payesita Catalina Tomás, que debía ser la patrona de las criadas de servicio, la santa mucama. Vivía como una criatura inocente entre ángeles y demonios y éstos le hacían víctima, no de sus tentaciones, sino de sus travesuras. Porque los demonios de la pobre payesita valldemosina no pasaban de ser unos mozuelos mal educados que se divertían a costa de la pobrecilla. Ella no supo lo que eran tentaciones. Y es que acaso los demonios en Valldemosa no tientan, sino que fastidian con bromas carnavalescas. Tal vez por ello fué Rubén a buscarlos, huyendo de los otros, de los demonios serios y formales, de los demonios burgueses y de honorabilidad y peso.

La maravilla máxima que para los ojos del alma y para el alma de los ojos ofrece Mallorca está aquí, en Valldemosa, y es la soberbia cornisa de Miramar. Figuraos--si es que estas cosas cabe figurárselas--una abrupta pendiente que baja desde cerca de mil metros hasta el mar, toda ella revestida de fronda, de pinos y olivos y encinas y algarrobos y matas, con salientes por dondequiera para mejor avizorar el mar, con repliegues amorosos, con escotaduras que viste la yedra y abajo, en la costa, acantilados deslumbrantes de luz a cuyo pie duermen aguas de esmeralda, de topacio, de zafiro, y luego el mar nacarado espejando al cielo. Siempre creéis tener el mar a la mano y que bastará dar un salto para bañarse en él y vais bajando y parece que el mar baja también.

El archiduque de Austria Luis Salvador, hijo del último duque reinante en Toscana y hermano de aquel Juan Orth de quien no volvió a saberse luego que se hizo al mar, llegó a Mallorca, empezó a comprar fincas en Miramar y allí se afincó propiamente. Llenó aquella espléndida cornisa de caminos y de miradores y de reposaderos y en las alturas de las cumbres hizo refugios. Prohibía que se derribase ni un solo árbol y así el bosque tiende a trechos a convertirse en manigua. Cerca de Deyá hay junto a la carretera un magnífico pino de parasol y lo compró nada más que para que no lo derribaran. Y el buen archiduque, una especie de Diógenes aristocrático, vivía allí, entre los payeses y los pescadores, sin cuidarse mucho del aliño de su persona, lejos del mundo de la etiqueta, matando acaso la última enfermedad espiritual de su linaje.

Cuentan que cuando fué a visitar Miramar la emperatriz de Austria, la de la trágica muerte, el archiduque estaba preocupado e inquieto porque nada le decía de la hermosura de aquellos predios, hasta que después de despedirla se volvió alborozado diciendo: «Me ha dicho que ya no le gustará Corfú».

Su amor a los árboles y a los animales era acaso excesivo. No permitía que se les tocase. Cuando se pensó hacer el ferrocarril de Palma a Sóller por la costa, dando un rodeo, de manera que pasase por Valldemosa y Deyá--una línea de turismo--se le pidieron los terrenos suyos por donde había de pasar, y él, que era generosísimo y que cuanto compraba era para que de ello disfrutasen todos, dijo que los daría gratis, pero que por cada árbol que derribasen habrían de darle dos pesetas y media. «Así--decía--harán la línea derribando el menor número posible de árboles».

Con las cosas que allí, en Valldemosa, se cuentan del archiduque podría hacerse un libro, pero no quiero omitir una. Y es que una vez que iba por uno de aquellos vericuetos, a pie y en la traza y atavío en que solía andar, se encontró con un payés a quien se le había caído una carga de un carro. El payés al verle creyóle algún vagabundo, acaso un buhonero, y le pidió que le ayudase a volver a cargar el carro, a lo que el archiduque accedió de muy buen grado. Al concluir la faena, el carretero, no pudiendo acompañarle a echar un trago allí cerca, le dió una pieza de diez céntimos, para que con ella, como propina, se echase la copa, y el archiduque se la tomó y la puso luego en un cuadro, mostrando al cual solía decir: «Es el único dinero que me he ganado con mi trabajo personal».

Pues este hombre generoso ha salvado para los piadosos peregrinos de la belleza las maravillas de Miramar; y no sólo las ha salvado, sino que las ha realzado. A su archiducal despego del gran mundo se debe la obra que ha puesto a Miramar al alcance de los más flacos de arrestos, de los que no quieren fatigarse para gozar de la naturaleza. Sin molestias, cómodamente pueden disfrutar de un espectáculo como hay muy pocos. Y hasta para los más arrestados y arriesgados, para los que no se arredran de trepar a las cumbres, les ha facilitado la tarea.

Subí con Sureda un día caluroso del mes de julio a las crestas del Teix, a poco más de mil metros, pero que se alzan escarpadamente sobre el mar y desde donde se domina un doble espléndido panorama. El mar, visto desde allí arriba, parece colgado del cielo. Según se sube, trabajosamente, ziszagueando por la serpentina vereda pedregosa, bajo las copas de los olivos, oíamos a la cigarra, que nos animaba con su chirrido. Y yo, pensando en la mala fama que el malicioso fabulista le ha dado al insecto que tanto amaron los griegos, pensé si su chirrido, que parece un estremecimiento de la luz en el follaje, no será un trabajo o si no ayudará a que las aceitunas maduren antes y mejor.

¿Quién sabe de estas cosas?

Cuando se sale de las barbas de la montañas y se entra en su rocosa calva cambia el tono de la vida. Allí ya la flora de otras regiones.

La romaguera parece un erizo submarino que ha trepado a la cima. Las plantas son pinchudas. Y en los vallecitos de las cumbres, pequeños campos de trigo o de centeno que me recordaban a Castilla. Son aquellas pequeñas, diminutas mesetas trasunto de las mesetas castellanas y a la misma altura que éstas. Y luego en la cresta, entre los canchales, se alivia uno de ropas el cuerpo y pone brazos, pechos y espaldas a que se atecen al sol. Parece como que el sol os penetra en los pulmones, y es un sol desbordante de luz, pero en aquellas alturas fresco. Y luego para la vista a un lado la congregación de los calvos gigantes de Mallorca, el consistorio de sus picos, presididos por los Puigs mayores de Torrellas y de la Massanella, en el fondo Sóller y en un rinconcito, asomando las cabezas de sus casas por un repliegue, Fornalutx, más cerca Deyá y el abismo del mar dormido, que parece otro cielo posado, y de la otra parte la espléndida bahía de Palma y la llanura mallorquina, como un mar de esmeralda. En el fondo, a nuestros pies, la Foradada parecía un negro dragón que se metiese, serpenteando, en el mar. El agujero que atraviesa la roca de parte a parte, y a que debe su nombre el promontorio, lucía como el ojo tímido de un dragón que huye vencido a sepultarse en el mar.

Esto de ascender a las cimas de las montañas, y más si son rocosas, es un placer que tiene tanto de sensual como de estético, es una voluptuosidad de la fatiga. Y cada cumbre tiene su sabor, tiene su gusto. No cabe decir en qué tal cima es distinta de la otra, como no cabe expresar en qué se diferencia el gusto de un manjar del de otro manjar cualquiera. Pero así como cada manjar debe de dar, a través de la economía animal, un tono distinto a nuestro espíritu y sugerirle por tal modo distintas formas de ideas, así cada cumbre es como otra música que nos pide otra distinta letra. Y yo espero que con el tiempo me brote en la fantasía la planta de la semilla que me dejó en ella el haber puesto el pie en la cumbre del Teix y el haber respirado en ella el aire que como entre sus dos manos batió el Señor entre el cielo y el mar henchidos de luz de aquella isla de oro.

Y la bajada del Teix, ya de noche, a través de la luna que se filtraba por las copas de los olivos y algarrobos, viendo en el fondo, como rojas estrellas, las luces humanas de Valldemosa. Rompí a cantar, aunque sin arte alguno. Y esto de cantar lo hago en rarísimos momentos de mi vida y en la soledad. Sobre todo para que no me lo oigan.

Al día siguiente de la ascensión al Teix fuimos a visitar la ermita de la Trinidad. Los ermitaños es una de las cosas más típicas de Mallorca.

Ellos pretenden conservar la más pura tradición de los primitivos ermitaños. Dijéronme que eran de la orden de San Antonio Abad, orden que no sé que hoy exista, reconocida como tal. Son legos y hacen votos perpetuos, pero simples. Tienen en Mallorca una organización, si tal puede llamarse, puramente insular. Carecen de todo lazo ordenancista con los ermitaños de Córdoba, por ejemplo, de cuya existencia han oído.

Son gente sencillísima, payeses o campesinos los más, que se retiran a orar y a vivir una vida de extrema pobreza, pero en medio de una naturaleza espléndida que por sí sola enriquece. Allí, en la Trinidad de Valldemosa, se puede muy bien vivir con unas sopas escaldadas y aceitunas, pues el aire cernido por la fronda y la visión del mar que allí abajo tapiza el cielo basta para alimentar no ya sólo el espíritu, sino también el cuerpo. No son más que cinco ermitaños.

A la puerta de cada una de sus celdas hay una pequeña inscripción que dice entre otras cosas que: «el consuelo de morir sin pena--bien vale la pena de vivir sin consuelo». Mas esto de que vivan sin consuelo me parece que no pasa allí de ser un tópico retórico. De todo tenía aire y traza menos de desconsolado el ermitaño que nos atendió, un joven moreno, de cerrada barba negra, con aspecto de «sufí» moro.

Al verle, algo remangadas las anchas mangas del hábito, tirar de la cadena del pozo para sacar el balde de agua, en medio de aquel soberbio escenario, de todo menos de desconsuelo y de tristeza. ¡Y aquel pequeño cementerio, colgado sobre el bosque que cuelga sobre el mar, donde duermen, bajo un cielo todo luz y al arrullo de las olas los ermitaños que fueron! Allí la anacoresis, el retiro, es una voluptuosidad; es acaso la manera que tienen de satisfacer una vocación estética los pobres payeses. ¿Quién sabe si en el fondo aquella vida ermitaña no es la más sutil bohemia para aquellos hombres sin literatura?

Blanquerna, el personaje de la novela ascética de Ramón Lull, el filósofo iluminado, el más alto espíritu de Mallorca a quien allí le llaman el beato Ramón Lull, aunque la Iglesia no lo haya beatificado, Blanquerna, después de haber sido papa, renuncia al papado para hacerse ermitaño. Es la vida suprema. Y concibió aquella novela Lull en el retiro de Miramar. Aquel hombre de alma encendida, loco de Dios según él mismo se llamaba, especie de cigarra espiritual ebria del sol de las almas--para él Dios era ante todo luz--cantaba estremecido y la larga oración de sus obras místicas y filosóficas, rosarios de aspiraciones, son como el canto de la cigarra de Miramar. Y fué merced a él la lengua catalana la primera lengua vulgar en que habló la especulación filosófica, a principios del XIV, como hizo notar Menéndez y Pelayo.

Blanquerna, el hijo de Aloma y Evast, después de recorrer estados, viene a quedar como en supremo grado en ermitaño, en cigarra de Dios.

Va a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias, y en rigor no hace más penitencia que los árboles, los pájaros y las bestias. ¿Qué le importa a la cigarra ayunar y que el sol la escalde si tiene el canto? Quería estar y contemplar al Dios de gloria. «Una fuente y muy bella, una capilla antigua y una celda muy bella», nos dice Lull. Y hasta la calavera que hay allí, en la celda, en su caja--nos la mostró el ermitaño y sabía quién era--resulta un objeto bello; debe resplandecer al sol como una joya el hueso desnudo. Pierde allí su horror la muerte. «De noche abría Blanquerna--nos dice Lull--las ventanas de la celda para ver el cielo y las estrellas y comenzaba su oración como más devotamente podía para que toda su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros».

Pero no lágrimas ni lloros de dolor, sino de derretimiento, de devoción y amor y de gratitud al ver la obra de Dios. Esto no lo dice Lull, pero lo digo yo. El texto litúrgico que allí, en Miramar, mejor encaja es aquél que dice en el _Gloria in excelsis_ lo de: _gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam_: te damos gracias, Señor, por la grandeza de tu gloria. Es lo que hay que cantar en toda Mallorca y singularmente en el Miramar de Valldemosa. Allí hay que dar gracias a Dios por su obra, sin pedirle nada más. Y se comprende que allí donde los cielos y los montes y los mares narran la gloria del Señor pretendiera Lull racionalizar toda teología, porque allí el arte se hace razón y la razón arte. La fantasía ha tomado cuerpo terrestre y visible, ha cuajado en la roqueta florecida de Mallorca.

Termina el Blanquerna con el encendido _Libro del amigo y del amado_, que son jaculatorias místicas para cada día del año. Libro, dice el mismo Lull, compuesto al modo de los de los «sufíes», que tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción. Se ve el abolengo más que oriental, africano, líbico, del encendido chirrido de la cigarra espiritual mallorquina. La inspiración se la trajo viento del mediodía o leveche--_'lleveitx_--, esto es, líbico, acaso el encendido _xaloc_, el viento del suroeste. «Tú que llenas el sol de resplandores, llena mi corazón de amor», le dice el amigo al amado, le dice la cigarra espiritual de Miramar al sol de las almas que bruñe el mar nacarado. Le decía el amigo al pájaro que cantaba en el vergel del amado: «Si no nos entendemos por lenguaje entendámonos por amor, porque en tu canto se representa a mis ojos a mi amado». El vergel del amado en que canta el pájaro es Mallorca, una gran ermita ceñida por el mar de Cristo.

Para digerir y asimilarse el divino regalo de la visión de la isla de oro donde todo narra la gloria del sol, no creo que haya mejor que recogerse en la ermita de la Trinidad de Valldemosa, a vivir unos días nutriéndose de los frutos de la tierra que se pisa y del aire del cielo y el mar cernido por los olivos y leer el Blanquerna mientras se oye el febril chirrido de las cigarras. Y pasearse luego, no caminar, sino pasearse, entre aquellos olivos centenarios de contorsionados troncos que fingen monstruos y vestiglos. Es el árbol que aspira a vida animal, acaso para poder cobrar una voz cualquiera con que decir, aunque inarticuladamente, la gloria del Señor. Aquellos olivos, como aquellas rocas, parecen aspirar a otra vida más alta. Son olivos ermitaños, y tal vez hacen, a su modo, penitencia. Son olivos que tienen fisonomía, personalidad, porque tienen historia, esto es: alma. ¿Quién sabe si no oyeron los suspiros de gracias de Blanquerna? Sólo conociendo algo la obra encendida de Ramón Lull, del juglar de Mallorca, del loco de Dios, de la cigarra del Cristo latino, se puede penetrar en la belleza espiritual de la isla de oro, en lo que quiere decir aquella fantasía divina encarnada en roca florecida y ceñida por el mar de zafiro y de esmeraldas y de topacios y de nácares irisados; pero sólo conociendo la isla de oro y habiendo sorbido con los ojos su esplendor fulgurante y habiendo visto sus rocas y sus olivos, que aspiren a más alta vida, se puede comprender la obra de aquel singular espíritu iluminado que peregrinó en el puente del siglo XIII al XIV, «siglo epiléptico en que todas las pasiones buenas y malas llegaron a su mayor grado de furia y extremosidad, hirviendo toda sangre y toda carne en sed de deleites o en sed de maceraciones infinitas». (Menéndez y Pelayo).

Al volverme de la isla de oro a esta Barcelona venía en el buque diciéndome: «_Gratias ago tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam!_»: ¡Gracias, Señor, por haber dado a España esa ermita abrazada por tu cielo y tu mar latinos!

Barcelona, octubre de 1916.

LOS OLIVOS DE VALLDEMOSA RECUERDO DE MALLORCA _A Pilar Montaner de Sureda._ Esa montaña costera de Mallorca, esa brava sierra florecida con que se yergue la roqueta para mirarse en el mar en que parece mezclarse su sangre, sangre de zafiro, con la sangre nacarada del cielo, es como una ermita en que rocas y árboles hacen la sabrosa penitencia de aspirar, retorciéndose, a Dios. Las cigarras, ebrias de sol, estremecen el cielo y la tierra con su chirrido, brezando la siesta ensoñadora del mar.

Blanquerna renunció el pasado para ir ahí, a Miramar de Valldemosa, a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias, contemplando la gloria de Dios junto a una capilla antigua y a una bella fuente en una celda bella. De noche abría las ventanas de ésta--así nos lo dice el iluminado Ramón Lull, la cigarra loca del dios del Mediterráneo--para ver el cielo y las estrellas, y comenzaba su oración como más devotamente podía para que su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros. Lágrimas que le brotaban con la pureza con que brota de la roca el agua de manantial; lágrimas que eran lluvia del cielo, del alma. Y Blanquerna entonó allí, al modo de los sufíes que tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción, el canto del _Amigo y del Amado_. Y le pedía a Dios que, así como llena al sol de resplandores, le llenase de amor el corazón.

Los penitentes olivos de Valldemosa, los olivos ermitaños de Miramar, se acuerdan de Blanquerna, cuyos suspiros cernieron con su follaje antes de que fuesen a acostarse y anegarse en el mar de zafiro. Y si alguna vez, vencidos por la pesadumbre de los años, los olvidan, recuérdanselos las cigarras, que narran la gloria del Señor. Las cigarras chirrían estremecidas en la ermita de Mallorca, diciendo: _Gratias agimus tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam._