cursi, desesperado. Escribió unas coplas irónicas, llenas de desdén hacia todo lo humano y lo divino, y leyéndolas un mes más tarde las rompió, diciéndose: «¡Vaya una hiprocresía!, pero si yo no soy así».
Luego escribió otras tiernísimas en que hablaba del hogar, de su familia, de su rincón natal, cosa de arrancar lágrimas a un canto, y las rompió también: «Sosadas, sosadas, ¡esto es música celestial!».
¡Pobre Bonifacio! Cada mañana la luz hacía brotar de su mente un pensamiento nuevo, que moría poco más o menos a la hora en que muere el sol.
Bonifacio era muy alegre entre sus amigos; a solas se empeñaba en ser triste, se tiraba con furia de las orejas; pero, ¡como si no!, siempre tranquila la superficie del pozo y él metido allí.
Había empezado a leer muchos libros para acabar muy pocos; le gustaba más soñar que leer. A todo escritor le reprochaba que aún le faltaba algo, evidentemente, le faltaba algo...se parecía a otros y esto es horrible.
¿Cuál será mi aptitud? Esto era su eterno tormento. Empezó a construir un nuevo sistema filosófico, y ya casi terminado, echó de ver que todo lo que él decía lo habían ya dicho otros, e hizo trizas aquellos pliegos llenos de remiendos, borrones y añadidos.
No hubo ramo del conocimiento humano en que no se ensayase; pero todos, absolutamente todos, ¡habían sido ya tan sobados!...¡Había que trabajar tanto para espigar cosas tan viejas! Luego hay una horrible fatalidad: toda verdad descubierta se hace trivial.
¿Quién demonio daría con una verdad que eternamente chocara a los hombres?
Bonifacio tenía buen fondo; pero él se obstinaba en buscarse en la forma. Se le había puesto en la cabeza que llegaría a ser hombre célebre: la cuestión era dar con el camino. El hogar, la familia, las dichas íntimas...¡Bah!, vulgaridades que acaban por aburrir.
A fuerza de espolear a los nervios conseguía horas nocturnas de tristeza, se entregaba a pensamientos lúgubres que el viento fresco de la calle arrebataba como nubes.
Cuando hablaba, se olvidaba de su papel y sacaba su alma a escena: un alma sencilla y cándida, vulgarísima de puro humana.
Bonifacio amaba, pero con un amor mortificante, nada original.
Cualquier amor de cualquier héroe de cualquier novelucha se parecía al suyo. La mujer es un estorbo; evidentemente corre más quien sólo se lleva a sí mismo a cuestas que quien se lleva con su mujer. Platón, Santo Tomás, Descartes, Kant, fueron solteros; esto le desazonaba al pobre.
Su mayor tormento era tener que trabajar para vivir. Resulta además que el vivir es tan vulgar y rutinario como el trabajar.
Una vez íbamos de paseo a la caída de la tarde; el pobre hombre, desahogándose; yo, mordiendo una hoja de zarza.
--En esta vida no queda tiempo más que para vivir, me decía.
Yo le miraba con extrañeza y temor; instintivamente me aparté un poco de él.
--Mira, seguía, unas veces soy alegre, otras triste; yo no veo las cosas ni claras ni oscuras; pero me falta algo, yo no sé lo que me pasa, pero algo me pasa. Dicen que estoy chiflado, que todas estas cosas no pasan de fantasías, que soy muy raro (al decir esto le brillaban los ojos de gusto). Todos los majaderos me desdeñan, y como soy bueno, me veo obligado a tragar la hiel que destila mi hígado.
¡Pobre Bonifacio! No digo yo que se echó a llorar, porque sería mentir; yo no le vi llorar, pero ignoro si se tragó las lágrimas; se han dado casos de personas que por no entregar algún papelillo secreto se lo han tragado, y digerido, que es peor.
Algunos días estaba tan alegre que, francamente, me parecía que había conseguido sacarse del pozo: una alegría rarísima, extrahumana.
Bonifacio no era pesimista, Bonifacio no era optimista, Bonifacio no era nada, nada quería ser, ni sabía lo que quería. ¡Pobre Bonifacio!
Él quería ser algo que llamara la atención, no sabía bien qué.
¿Para qué continuar un cuento tan viejo?
Cójanle ustedes a Bonifacio, denle unos cuantos martillazos por aquí y por allí, moldéenle hasta que se pliegue a las exigencias de la realidad, y díganme en conciencia si han conocido a Bonifacio.
Me falta hablar del fin de Bonifacio.
Respecto a éste corren dos tradiciones igualmente atendibles.
Según la una, Bonifacio acabó como había empezado, siempre el mismo, siempre buscándose y nunca hallado; acabó como las nubes de verano: mientras vivió hizo sombra, y cuando murió siguió alumbrando el sol su sitio vacío.
Según otra tradición, Bonifacio, golpe aquí, golpe allí, se fué redondeando, se casó, tuvo hijos, y cuando fué padre halló la originalidad tan buscada, que, con ser tan común, es la más rara. Sus últimas palabras fueron: «Conque, ¡adiós hijos míos!».
Aun hay otras tradiciones, porque éstas son como los hongos; pero en todas ellas el fondo de verdad está exornado por mil retazos y añadiduras.
LAS TRIBULACIONES DE SUSÍN A JUAN ARZADUN La fresca hermosura del cielo que envolvía árboles verdes y pájaros cantores alegraba a Susín, entretenido en construir fortificaciones con arcilla, mientras la niñera, haciendo muchos gestos, reía las bromas de un asistente.
Susín se levantó del suelo en que estaba sentado, se limpió en el trajecito nuevo las manos embarradas, y contempló su obra viendo que era buena. Dentro de la trinchera circular quedaba un espacio a modo de barreño que estaba pidiendo algo, y Susín, alzando las sayas, llenó de orina el recinto cercado. Entonces le ocurrió ir a buscar un abejorro o cualquier otro bicho para enseñarle a nadar.
Tendiendo por el campo la vista, vió a lo lejos brillar algo en el suelo, algo que parecía una estrella que se hubiera caído de noche con el rocío. ¡Cosa más bonita! Olvidado del estanquecillo, obra de sus manos y su meada, se fué a la estrella caída. De repente, según a ella se acercaba, desapareció la estrella. O se la había tragado la tierra, o se había derretido, o el Coco se la había llevado. Llegó al árbol junto al cual había brillado la añagaza, y no vió en él más que guijarros, y entre ellos un cachito de vidrio.
¡Qué hermosa mañana! Susín bebía luz con los ojos y aire del cielo azul con el pecho.
¡Allí sí que había árboles! ¡Aquello era mundo y no la calle oscura preñada de peligros, por donde a todas horas discurren caballos, carros, bueyes, perros, chicos malos y alguaciles!
Mudó Susín de pronto de color, le flaquearon las piernecitas y un nudo de angustia le apretó el gaznate. Un perro...un perro sentado que le miraba con sus ojazos abiertos, un perrazo negro, muy negro y muy grande. Si hubiera pasado por su calle, habríale amenazado desde el portal con un palo; pero estaba en medio del campo, que es de los perros y no de los niños.
No le quitaba ojo el perro, que levantándose empezó a acercarse a Susín, a quien el terror no dió tiempo de pensar en la huida. Rehecho un poco echó a correr, mas con tan mala suerte que, tropezando, cayó de bruces. Cayó y no lloró, quedándose pegado al suelo...¿Llorar? ¿Y si le oía el perro, que acaso no era mas que el Coco que se lleva a los niños llorones, disfrazado? Se le acercó un perrazo y le olió. Sin alentar apenas, y con un ojo entreabierto, vió Susín, bailándole el corazoncillo, que el perro se alejaba lentamente y que allá, muy lejos, sacudía con majestad sus negros lomos con la cola negra.
Susín se levantó, y mirando en derredor vióse solo en la inmensa soledad; el sol picaba su cabecita rubia y le saludaban los árboles. Y allí cerca brillaba el agua de un charco al reflejo del sol.
Olvidó al perro, como había olvidado al estanquecillo, obra de sus manos, y a la estrella caída, y se acercó al charco, cuya superficie límpida y clara parecía el rostro sereno, pero triste, de un charco muerto a que había que animar. Cogió una chinita, la arrojó al agua, y entonces el charco se echó a reir, perdiéndose su risa suavemente en el barrizal de las orillas. ¡Qué bonitos círculos! Empezó a subir el légamo del fondo y a enturbiarse el charco, y entonces, cogiendo Susín un palo y agachándose, mejió el agua. ¡Y cómo se enturbiaba!
Levantóse Susín, metió un piececito en el agua y empezó a chapotearla.
¡Qué bonito! ¡Cómo se reía el charco de que se le enfangara y de ensuciar al niño!
Al sentir éste la humedad que, atravesando las botitas, le refrescaba el pie, la conciencia de estar haciendo una cosa fea le hizo volver la cabeza. Dió un grito y se arrimó a un árbol, quedándose en él pegado y sin saber dónde esconder los pies. ¡Oh, si hubiera podido trepar como los chicos grandes y esconderse en las ramas altas, donde se esconden los abejorros! Pero de una cornada podía haber derribado el árbol la vaca.
Era una vaca colosal, cuyo cuerpo casi cubría el cielo y cuya sombra se extendía por la tierra desmesurada y fantástica. Avanzaba lentamente, recreándose en la angustia de su víctima, que se tapó los ojos para que la vaca no le viera, y a punto de arrojarse al suelo y gritar: «¡No, no lo haré más!». La vaca, avanzando, pasó de largo. Susín se despegó del árbol y miró en derredor. ¿Dónde estaba?
Sentía cosquilleo en el estómago, pues es cosa sabida que las impresiones fuertes aceleran la vida y debilitan el cuerpo, y que hasta los grillos recién muertos resucitan entre lechuga.
Entonces Susín se dió cuenta de su situación, miró atónito al largo camino, a los castaños corpulentos, a la tierra solitaria y al sol imperturbable, clavado en el cielo azul. ¿Y la chacha?
De cuando en cuando pasaba algún hombre y casi ningún señor. Hombres, hombres todos, y ¡qué hombres!, todos feos, con mucha barba y ningún parecido a papá. Uno le miró mucho, y esos hombres que miran mucho son los peores, los del saco. Sintió angustia mortal al verse perdido en el mundo, a merced de los chicos malos que llaman «madre» a su mamá, de los perros grandes y de las grandes vacas, y no estaba allí papá para pegarles. El soplo del Coco heló a Susín el alma, que temblaba como las hojas del árbol, sintiendo al Coco presente en todas partes, agazapado tras de los árboles, acurrucado bajo las piedras, oculto bajo tierra, caminando a su espalda. Rompió a llorar, y a través de las lágrimas vió que en el campo deshecho en bruma se le acercaba un hombre.
Un hombre...pero, ¡qué hombre! Miróle con la atención del espanto, recogiéndose su alma helada en un rinconcillo del corazón. ¡No era un hombre, era peor que un hombre, era un alguacil!
El alguacil se le acercaba poco a poco como el perro negro y la vaca grande; pero ni se alejó ni pasó de largo. Abriendo Susín tanto los ojos que apenas veía, sintió que una manaza se posaba en su manecita, y se vió perdido y sin poder llorar.
--No llores, chiquito; no llores, que no te hago nada.
¡Qué malo es el Coco! ¡Qué malo es el Coco cuando usa ironía alguacilesca!
--Ven, ven conmigo; vamos a buscar a papá.
El cielo se le abrió al niño con el milagro, porque lo era, un verdadero milagro, el que un alguacil tuviera voz tan suave, inflexiones en ella tan tiernas, tono tan acariciador. ¡Si parecía un papá aquel alguacil! Su mano no oprimía y su paso se acomodaba al del niño, que se sentía entonces al amparo de un alto personaje, de un Coco bueno.
--Dime, ¿de quién eres?
--De papá.
--Y ¿quién es tu papá?
--Papá.
--Pero, ¿qué papá, hijo mío?
--El de mamá.
El ministro de Justicia se sonrió, porque también él era de su mujer.
Singular pregunta para el niño, ¿quién es tu papá? ¡Como si hubiera más de uno!
--¿Dónde vives?
--En casa.
--¿Y dónde está tu casa?
--En casa de papá.
El alguacil renunció al interrogatorio, quedándose perplejo; porque sin interrogatorio ¿cómo se averiguan las cosas?
Acababan de serenarse los ojos de Susín y le invadía toda la dulzura del aire del cielo cuando vió venir a la niñera amenazadora, peligro patente y claro, nada fantástico. Asió entonces el niño con sus dos manecitas el pantalón del alguacil, ocultando su cabecita rubia entre las piernas de éste. Hubiérase achicado hasta poder entrar en el bolsillo de aquel sagrado pantalón.
La voz del alguacil sonó armoniosísima, diciendo: «No hagas caso, no te harán nada». Y luego, más grave: «Déjele usted, que no tiene él la culpa».
De manos del alguacil pasó a los brazos de la criada, y al alejarse miraba a aquél por si seguía protegiéndole con la mirada. Mas apenas perdieron de vista al Coco bueno, sintió Susín en el trasero la mano de la niñera.
--¡Chiquillo! No te tengo dicho que no te vayas de mi lado...Ya te daré yo...Buen rato me has hecho pasar...Yo, como una loca, busca que te busca, y tú...El niño lloraba de una manera lastimosa; aquello no era el Coco, pero sí una buena azotina. Y lloraba tanto que, impacientada la niñera, empezó a besarle y decirle: --No seas tonto, no ha sido nada, no llores, Susín...Vamos, calla, ya sabes que a papá no le gustan los niños llorones...Cállate...mira, voy a comprarte un caramelo, si callas...Susín calló para chupar el caramelo.
Cuando poco después vió las paredes de su casa y se sintió fuerte al arrimo de su padre, renováronsele las heridas, sintió el diente del perro, el cuerno de la vaca y la mano de la niñera y rompió a llorar.
¡Qué dulce le sonó la voz de papá riñendo a la chacha! Tomóle luego en brazos su padre, apoyó Susín su mejilla ardiente sobre el pecho protector y bajó el sueño a derretir sus penas.
¡Qué hermoso es llegar al puerto empapado en agua de tempestad!
¡COSAS DE FRANCESES!
(UN CUENTO DISPARATADO) Es cosa sabida que nuestros vecinos los franceses son incorregibles cuando en nosotros se ocupan, pues lo mismo es en ellos meterse a hablar de España que meter la pata.
A las innumerables pruebas de este aserto añada el lector el siguiente cuento que da un francés por muy característico de las cosas de España, y que, traducido al pie de la letra, dice así: * * * * * Don Pérez era un hidalgo castellano dedicado en cuerpo y alma a la ciencia y a quien tenían por modestísimo sus compatriotas.
Pasábase las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, enfrascado en el estudio de un importante problema de química, que para provecho y gloria de su España con honra había de conducirle al descubrimiento de un nuevo explosivo que dejara inservibles cuantos hasta hoy se han inventado.
El lector que se figure que nuestro don Pérez no salía del laboratorio manipulando en él retortas, alambiques, reactivos, crisoles y precipitados dará muestras de no conocer las cosas de España.
Un hidalgo español no puede descender a manejos de droguería y entender de tan rastrero modo la excelsitud de la ciencia, que por algo ha sido España plantel de teólogos.
Don Pérez se pasaba las horas muertas, como dicen los españoles, delante de un encerado devanándose los sesos y trazando fórmulas y más fórmulas para dar con la deseada. De ningún modo quería manchar sus investigaciones con las impurezas de la realidad, recordaba el paso aquél en que los villanos galeotes apedrearon a Don Quijote y no quería que hicieran lo mismo con él los hechos. Dejaba a los Sancho Panzas de la ciencia el mandil y el laboratorio, reservándose la exploración de la sima de Montesinos.
Quede el proceder por tanteos para los que viven en tinieblas y no han nacido, como la inmensa mayoría de los españoles, en posesión de la verdad absoluta o la han dejado perder por su soberbia.
Al cabo de tanta brega dió don Pérez con la deseada fórmula y el día en que ésta se hizo pública fué de regocijo en toda España. Hubo colgaduras, cohetes, gigantones, y sobre todo combates de toros. Las charangas alegraban las calles de las ciudades tocando el himno de Riego.
Las Cortes decretaron coronar de laurel en el Capitolio de Madrid a don Pérez, así que hiciera volar el Peñón de Gibraltar con todos sus ingleses o cuando menos la gran montaña del Retiro de Madrid.
Adornando las paredes de zapaterías y barberías de los pueblos y en no pocos hogares aparecía entre números de _La Lidia_ el retrato de don Pérez, junto al de Ruiz Zorrilla unas veces y al del pretendiente don Carlos otras. A un nuevo aguardiente anisado le bautizaron con el nombre de «Anisado explosivo Pérez».
No faltaron, sin embargo, Sanchos y socarrones bachilleres que trataban de echar jarros de agua fría al popular entusiasmo; pero desde que aparecieron en los periódicos escritos del eminente geómetra don López y del no menos eminente teólogo don Rodríguez rompiendo lanzas a favor del nuevo explosivo Pérez, los descontentos se redujeron al silencio público y a la lima sorda.
Llegó el día de la prueba. Todo estaba dispuesto para hacer volar una colinilla, situada en las llanuras de la Mancha, y no faltaron animosos creyentes que se comprometieron a dar fuego a la mecha en compañía de don Pérez.
Cuando la mecha empezó a arder estalló un formidable ¡olé! ¡olé! de la multitud, que desde lejos contemplaba la prueba y algunos palidecieron.
Y cuando el fuego llegó al explosivo se oyó un ruido semejante a un trueno, se levantó una gran polvareda, y al disiparse ésta apareció la figura de don Pérez radiante de esplendor. La multitud le aclamó frenética, dió vivas a su madre y a su gracia, y le llevaron en brazos como sacan a don _Fracuelo_ de la plaza cuando mata un toro según las reglas de la metafísica tauromáquica. Y por todas partes no se oía más que: ¡Olé! ¡Viva España con honra!
Los periódicos hicieron su agosto.
Unos aseguraban que el cerro se había hecho polvo, otros mostraban cicatrices de golpes que recibieron de los pedazos en que se deshizo; pero algunos días después se aseguraba que unos pastores habían visto al cerro en el mismo sitio que antes, y cuando se confirmó esta noticia se levantó la gran polvareda de indignación popular.
Era imposible el caso, el cerro tenía que haber volado, porque eran infalibles las fórmulas del encerado de don Pérez.
Era una mano aleve que había mojado el explosivo, la mano de un maligno-encantador enemigo de don Pérez y envidioso de su fama.
Este encantador, sucediendo el caso en España, ya se sabe cuál tenía que ser, el gobierno.
La opinión pública se pronunció contra éste en los cafés y las tertulias, y los periódicos hicieron resaltar la desatentada conducta del maligno encantador que se empeñaba en vivir divorciado de la opinión pública, tan perita en química como es en España, sobre todo después de ilustrada por el eminente geómetra don López y el no menos eminente teólogo don Rodríguez.
En aquella campaña se recordó a Colón, a Cisneros, a Miguel Servet, a los tercios de Flandes, el Salado, Lepanto, Otumba y Wad-Rás, los teólogos de Trento y el valor de la infantería española, que con él hizo vana la ciencia del gran capitán del siglo. Con tal motivo se insistió una vez más en la falta de patriotismo de aquéllos que no querían más que lo extranjero habiendo mejor en casa y se recordó al pobre don Fernández, arrinconado y desconocido en su ingrata patria y celebradísimo fuera de ella, el pobre don Fernández, cuyos libros en España tenían que tomarlos las corporaciones mientras eran traducidos a todos los idiomas cultos, inclusos el japonés y el bajo bretón.
El pobre don Pérez, perseguido por follones malandrines, trató de vindicar la honra de España, y como se proponía demostrar la eficacia del explosivo, con el que había de volar a Gibraltar y desenmascarar al gobierno, le presentaron candidato a la Diputación a Cortes. Las Cortes son la academia en que se reúnen a discutir todos los sabios de España, asamblea que, siguiendo las gloriosas tradiciones de los Concilios de Toledo, hace a pluma y a pelo, ya de Congreso político, ya de Concilio en que se dilucidan problemas teológicos, como sucedió allá por el 69.
En cuanto los admiradores de don Pérez presentaron su candidatura, el eminente toreador don Señorito, viviente ejemplo del consorcio de las armas con las letras, sintió arder su sangre, y al salir de un combate de toros en que arrebató al público estoqueando seis colombinos con la más castiza filosofía, se fué a un mitin y volvió a arrebatarle con un discurso en favor de la candidatura de don Pérez.
Sólo en la pintoresca España se ven cosas semejantes. Después de brindar por la patria desplegó don Señorito el trapo, dió un pase a España con honra, otro de pecho a Gibraltar y sus ingleses, uno de mérito a don Pérez, sostuvo una lucidísima brega, aunque algo bailada, acerca de la importancia y carácter de la química, y, por fin, remató la suerte dando al gobierno una estocada hasta los gavilanes.
El público gritaba ¡olé, tu salero! y pedía que dieran al tribuno la oreja del bicho, uniendo en sus vítores los nombres de don Pérez y don Señorito.
Allí estaba también el gran organizador de las ovaciones, el Barnum español, el popularísimo empresario don Carrascal, que se proponía llevar en una _tournée_ por España al sabio don Pérez como se había llevado ya al gran poeta nacional.
El buen don Pérez se dejaba hacer traído y llevado por sus admiradores, sin saber en qué había de acabar todo aquello.
Pero ni la elocuencia tribunicia del toreador don Señorito, ni la actividad del popularísimo don Carrascal, ni la protección del gran político don Encinas, movieron al gobierno español, que siguió comiendo el turrón a dos carrillos y sordo a las voces del pueblo, según es su costumbre.
¡Y todavía sigue en pie el peñón de Gibraltar con sus ingleses!
* * * * * Convengamos en que sólo un francés es capaz, después de ensartar tal cúmulo de disparates, sobre todo el de presentarnos un torero de tribuno en favor de la candidatura a diputado de un sabio, sólo un francés, decimos, es capaz de dar tal cuento como característico de las cosas de España. ¡Cosas de franceses!
Pero, señor, ¿cuándo aprenderán a conocernos nuestros vecinos, por lo menos, tanto como nosotros nos conocemos?
EL MISTERIO DE INIQUIDAD O SEA LOS PÉREZ Y LOS LÓPEZ Juan pertenecía a la familia Pérez, rica y liberal desde los tiempos de Álvarez Mendizábal. Desde muy niño había oído hablar de los carlistas con encono mal contenido. Se los imaginaba bichos raros, y tenía de ellos una idea del mismo género a que pertenece la vulgar del judío.
Gente taciturna, de cara torcida, afeitada o con grandes barbas negras y alborotadas, largos chaquetones negros, parcos de palabras y tomadores de rapé. Se reunían de noche en las lonjas húmedas, entre los sacos fantásticos de un almacén lleno de ratas para tramar allí cosas horribles.
Con los años cambiaron de forma en su magín estos fantasmas, y se los imaginó gente taimada, que en paz prepara a la sordina guerras y que sólo se surte de las tiendas de los suyos.
Cuando se hizo hombre se disiparon de su mente estas disparatadas brumas matinales y vió en ellos gente de una opinión opinable, puesto que es opinada, fanáticos que, so capa de religión, etc. Es excusado enjaretar aquí la letanía de sandeces salpicada de epítetos podridos que es de rigor entre anticarlistas.
En la familia Pérez había vieja inquina contra la familia carlista López. Un Pérez y un López habían sido consocios en un tiempo; hubo entre ellos algo de eso cuyo recuerdo se entierra en las familias; este algo engendró chismes, y la sucesión continua de pequeñas injurias diarias, saludos negados, murmuraciones, miradas procaces, chinchorrerías, en fin, engendraron un odio duro.
La familia Pérez, aunque liberal, era tan piadosa como la familia López. Oían misa al día, comulgaban al mes, figuraban en varias congregaciones, gastaban escapularios. Eran irreprochables.
Nuestro Juan Pérez se había nutrido de estos sentimientos, a los que añadía alguna instrucción, ni mucha ni muy variada. Su afición mayor eran las matemáticas.
Así estaban las cosas cuando empezó a sonar en este mundo el famosísimo aforismo «el liberalismo es pecado», frase portentosa. ¡Pecado! La elección de esta palabra es una obra maestra, pues cualquier otra que se empleara, error, herejía, impiedad, crimen, o dicen más o menos, y así o no llegan al blanco o pasan de él.
Nuestro Pérez tomó esto a poca cosa, como un ardid indigno salido de las lonjas húmedas donde se reunían los fantasmas del chaquetón.
Un artículo que la casualidad llevó a sus manos le abrió el apetito.
Leyó el áureo libro del eximio Sardá, se aficionó a los artículos del Hermano Mayor, a las cartas del Martillo de protestantes y liberales, y empezó a preocuparse de esa doctrina nefanda, que bajo nombre de liberalismo infiltra en la sociedad como veneno sus miasmas deletéreos.
Lo nefando y deletéreo sobre todo le producía cosquillas en las sienes.
Estudió la lucha entre mestizos y puros, y se sabía de pe a pa las decisiones del Índice y los viajes de don Celestino. Se dedicó a leer los periódicos puros, y con fruición de espíritu anémico tragaba artículos inacabables, siempre sobre lo mismo, siempre en el mismo estilo y con los epítetos consagrados siempre. Aguzó su espíritu en las argucias imperceptibles, en los juegos malabares de distincionzuelas y en los pequeños logogrifos de conceptillos.
A todo esto llegó la encíclica _Libertas_ y con ella las briosas predicaciones en contra de ese conjunto de todas las herejías y la campaña contra los liberales, imitadores de Lucifer, cuyo es aquel grito: ¡no serviré!
Muchas veces, al anochecer, en la iglesia, quedaba sentado en un banco, meditando. Poco a poco sus ideas perdían los contornos hasta que se convertían en una nube, y, entonces, al oir dar el reloj las nueve, salía de la quietud del templo al bullicio de la calle.
Empezó a sentir desazón en su alma. Una noche volvía del sermón a casa y le zumbaba en la cabeza el famoso aforismo. No podía entrar con que él fuera más pecador que un adúltero o un asesino, y la cosa estaba bien clara, porque pecar contra la fe, directamente contra Dios, no dándole crédito, es peor que pecar por carambola; la soberbia es más satánica que la ira o la lujuria. Aquella noche no pudo pegar ojo, resudando dió mil vueltas en la cama, se levantó a beber agua del jarro de la jofaina, cerraba los ojos con violencia proponiéndose contar hasta 150, ni por ésas; nada, siempre en el campo oscuro bailando la sentencia. Así hubiera pasado toda la noche si a eso de las cuatro, con la fatiga que venció al insomnio, no hubiera iluminado su mente esta idea de paz: salvo los casos de ignorancia y de buena fe. Se durmió diciendo: Dios me perdonará porque no sé lo que me pienso.
Juan Pérez recobró aparente calma, considerándose caso de ignorancia o de buena fe.
Pero...veámoslo: la ignorancia vencible, ¿no es pecado? Empezó a bucear en su alma si era él caso de ignorancia o de buena fe, o era todo ello argucias del enemigo malo. ¡Cuesta tanto crucificar al hombre viejo! Dale que le das le volvieron los insomnios.
Así estaba el pobre. Volvió a leer el áureo libro del eximio Sardá, la encíclica _Libertas_, y empezó a estudiar lo que la maestra de la gente entiende por liberalismo en sus varios grados y matices, y por liberales, imitadores, etc. Una tarde, a la hora en que se acuesta el sol en cama de oro, y cuando volvía Juan Pérez de paseo por una estrada, mordiendo un brote de zarzamora, se le ocurrió preguntarse: ¿soy yo acaso liberal, imitador, etc.? Y descubrió sin asombro, como cosa olvidada de puro sabida, que nunca había sido liberal. Recobró calma; no era liberal, pero tampoco carlista. ¡Carcunda como los López!, ¡jamás! ¡Los del chaquetón! Debajo de sus ideas yacían siempre los espectros de su infancia.
No era liberal, pero le quedaba el nombre. ¡Qué cosa tan terrible es el nombre! Es el pulpo de la inteligencia. A sus padres les llamaron y se llamaron ellos a sí mismos liberales. ¡Perder el apellido porque otros lo hayan difamado! El nombre se aferraba a él porque Satanás sabe que la piel es lo último que se deja, y que por la piel se pierden muchos. Mi liberal cerró ojos y oídos al terrible nombre, a la palabra misteriosa, que es lo que fué en principio.
En la vida interior de Juan Pérez vino otro período de prueba. ¿Basta en el siglo de la lucha verla como mero espectador? ¿Basta desertar de las banderas de Bebial? La timidez, ¿no es pecado?
El resultado fué que Juan Pérez se hizo tradicionalista, carlista no; abjuró en todos sus grados y matices la secta deletérea que jamás había profesado, y se apartó de los liberales, imitadores de Lucifer, cuyo es aquel grito, ¡no serviré! Estudió los errores nefandos que constituyen ese abominable compendio de todas las herejías y aborreció, sobre todo, los infames contubernios de los hijos de la luz con los de las tinieblas; le picó un prurito de ergotista curiosidad por conocer el bien y el mal, y leyó obras de liberales para conocer de cerca el cáncer de nuestra sociedad.
Refresquemos la sequedad de este relato.
Carmencita era una buena muchacha, celebrada por todas las viejas y con los bolsillos sonantes, condiciones que explican por qué Juan Pérez y un López, convencidos ambos de que no está bien que el hombre esté solo y que no es bueno quemarse, la persiguieran con buen fin. Este López, de carlista se había hecho íntegro, íntegro de cabeza, leal de sangre, porque toda otra distinción no pasa de válvula de seguridad en un cerebro henchido de verdad absoluta.
No se sabe cómo fué que López quitó el partido a Pérez y casó con la chica de los cuartos. Juan Pérez pasó malos días y peores noches; pero al cabo bendijo los inescrutables designios de la Divina Providencia y en nada disminuyó su amistad para con López, a quien había sacrificado rencorcillos de familia en aras de la comunidad de doctrinas.
Juan Pérez, cuando se había creído liberal, maldito si sabía lo que es el liberalismo; pero ya purificado estaba al dedillo de los pestilentes errores de la nefanda secta y había leído a los corifeos de la impiedad y a algunos alemanes traducidos. El enemigo malo a las veces le tentaba, el conocimiento del mal le daba vértigos y oía como canto de sirena engañadora el silbo maléfico de la serpiente infernal.
El demonio le tentaba, y cuanto más se hundía su imaginación en el ergotismo laberíntico, su inteligencia, corrompida por el pecado original, más se levantaba en alas de la soberbia. Satanás le levantaba ofreciéndole un mundo nuevo de ideas nuevas si rendido le adoraba.
Empezaba a empacharse de la dulce virtud de humillarse ante la letra y a desconocer que Dios escogió lo necio y lo flaco del mundo para avergonzar a los sabios y a los fuertes. Hay que añadir que por este tiempo Juan Pérez se dedicaba a la gimnasia y bebía los vientos por una muchacha casquivana y pobre.
Llegó el estallido. Sucedió que un día de primavera, en cierta reunión, departían amigablemente, entre otros varios, nuestros Pérez y López, acerca de una carta del Martillo y comentaban el tiroteo entre íntegros y leales. Repetían por centésima vez el mismo chiste, escudriñaban la cuarta intención de cosas sin la primera, repetían argumentos que siempre con los mismos collares se leen empotrados en seis o siete columnas de prosa prensada, cuando trabaron discusión Juan Pérez y Pedro López sobre el mayor o menor grado y matiz de liberalismo de sus opiniones respecto a un punto concreto.
Es de saber que en este desdichado siglo de las luces y de los derechos del hombre, el virus pestilente del liberalismo lo inficiona todo de tal manera con sus miasmas deletéreos que circula hasta en las raíces del integrismo más puro. Es uno de los mayores tormentos del hombre puro examinar despacio cada idea que se le ocurra antes de manifestarla y ponerla en cuarentena hasta ver qué grado y matiz de liberalismo puede tener. ¡Oh siglo infeliz!
Llegó la discusión del Pérez y el López a agriarse a punto que intervenían los amigos, temiendo un mal remate. Pérez ardía, tenía la cara roja, el corazón palpitante, se sofocaba, y la sangre, inficionada del pecado original, le traía los espectros de su niñez, la imagen esfuminada de los chaquetones negros en las lonjas húmedas, el rencor heredado y mamado, frases de sus padres que no entendió al oirlas, miradas de los López, miserias de vecindad con vaho de patio, narraciones de hazañas de cristinos, los ojos de buey de Carmencita que le miraban, y se le removía el légamo del corazón que Dios le había endurecido, se le dislocaba el cerebro, y sobre todo este nubarrón confuso, que como viento de tempestad arrastraba la cólera, veía brillar la fatal sentencia. Sintió un nudo en la garganta y ganas de estrangular a López cuando oyó que éste le gritaba: --¡Quítese usted de ahí, so liberal!
Juan Pérez estalló: --¡Sí, sí y sí! ¡Liberal y a mucha honra! Liberal fuí, soy y seré, liberal en todos sus grados y matices, imitador de Lucifer, cuyo es aquel grito: ¡No serviré! ¡No, no serviré!, ¡y si es pecado...que lo sea!
No sabía lo que se decía, pero ni en el delirio de la cólera olvidó la fraseología.
Salió soplando, y aquella noche se le repitieron los insomnios.
Había roto la cáscara, descendía la pendiente, le faltó la gracia eficaz y empezó en su espíritu un trabajo de demolición. Había probado el fruto y acabó por ser liberal a ciencia y conciencia. ¡Mala cosa es ser sabio en opinión propia; se debe esperar más del necio! ¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos!
La doctrina rompió la ignorancia; el conocimiento del pecado trajo horror a él, y la sangre liberal, pecado original de los Pérez desde los tiempos de Álvarez Mendizábal, entronizó la carne sobre el espíritu. No conoció el pecado, sino por la ley; no hubiera conocido el liberalismo si la ley no le dijera: el liberalismo es pecado. El pecado, tomando ocasión de mandamiento, renovó en él la rebeldía de la sangre, porque sin la ley el pecado estaba muerto. Juan Pérez vivió sin ley en algún tiempo, más cuando vino el mandamiento revivió el pecado; el mandamiento que da la vida le dió muerte, porque el pecado, con ocasión del mandamiento, le engañó y mató. La ley es espiritual, pero nosotros somos carnales.
El misterio de iniquidad se había cumplido: la sangre y Álvarez Mendizábal la habían consumado. ¡Y aún habrá quien se obstine en negar que el liberalismo es pecado y pecado de los mayores, y los liberales imitadores, etc! ¡Miserable y corrompida carne de Adán! ¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte?
EL SEMEJANTE Como todos huían de Celestino el tonto, tomándole cuando más de dominguillo con que divertirse, el pobrecito evitaba a la gente paseándose solo por el campo solitario, sumido en lo que le rodeaba, asistiendo sin conciencia de sí al desfile de cuanto se le ponía por delante. Celestino el tonto sí que vivía _dentro_ del mundo como en útero materno, entretejiendo con realidades frescas sueños infantiles, para él tan reales como aquéllas, en una niñez estancada, apegada al caleidoscopio vivo como a la placenta el feto, y como éste ignorante de sí. Su alma lo abarcaba todo en pura sencillez; todo era estado de su conciencia. Se iba por la mayor soledad de las alamedas del río, riéndose de los chapuzones de los patos, de los vuelos cortos de los pájaros, de los revoloteos trenzados de las parejas de mariposas. Una de sus mayores diversiones era ver dar la vuelta a un escarabajo a quien pusiera patas arriba en el suelo.
Lo único que le inquietaba era la presencia del enemigo, del hombre.
Al acercársele alguno le miraba de vez en vez con una sonrisa en que