SigPhi · Miguel de Unamuno

La Tía Tula (Novela) (Spanish)

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--Ahora lo que importa es que se reponga--dijo el marido sobrecojiéndose bajo aquella mirada.

--¡Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto.

--Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido comadrona.

--Toda mujer nace madre, tío.

Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento. «¿Querré yo a mi mujer como se merece?»--se decía.

--Y ahora, Ramiro--le dijo su cuñada--ya puedes decir que tienes mujer.

Y a partir de entonces no faltó Gertrudis un solo día de casa de su hermana. Ella era quien desnudaba y vestía y cuidaba al niño hasta que su madre pudiera hacerlo.

La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redondeó más. A la vez extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se le mostraba esquivo.

--Temí por tu vida--le dijo su marido--y estaba aterrado. Aterrado y desesperado y lleno de remordimiento.

--¡Si llegas a morirte me pego un tiro!

--¡Quia! ¿a qué? «Cosas de hombres», que diría Tula. Pero eso ya pasó y ya sé lo que es.

--¿Y no has quedado escarmentada, Rosa?

--¿Escarmentada?--y cojiendo a su marido, echándole los brazos al cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento que se lo quemaba:--¡A otra, Ramiro, a otra! ¡Ahora sí que te quiero! ¡Y aunque me mates!

Gertrudis en tanto arrollaba al niño, celosa de que no se percatase--¡inocente!--de los ardores de sus padres.

Era como una preocupación en la tía la de ir sustrayendo al niño, ya desde su más tierna edad de inconciencia, de conocer, ni en las más leves y remotas señales, el amor de que había brotado. Colgóle al cuello desde luego una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con su Niño en brazos.

Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba en acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía: --Dámelo, Rosa, dámelo, y vete a entretener a tu marido...--Pero, Tula...--Sí, tú tienes que atender a los dos y yo sólo a éste.

--Tienes, Tula, una manera de decir las cosas...--No seas niña, ea, que eres ya toda una señora mamá. Y da gracias a Dios que podamos así repartirnos el trabajo.

La madre se amoscaba, pero iba a su marido.

Y así pasaba el tiempo y llegó otra cría, una niña.

V A poco de nacer la niña encontraron un día muerto al bueno de don Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado--quería que fuese limpio a la tumba--con el mismo esmero con que había envuelto en pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo.

«Nunca habría creído que le quisiese tanto--se dijo--; era un bendito; de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era tan sencillo!»

--Fué nuestro padre--le dijo a su hermana--y jamás le oímos una palabra más alta que otra.

--¡Claro!--exclamó Rosa--; como que siempre nos dejó hacer nuestra santísima voluntad.

--Porque sabía, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra voluntad. Fué nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la trasparencia de su vida, tan sencilla, tan clara...--Es verdad, sí--dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas--, como sencillo no he conocido otro.

--Nos habría sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más limpio que éste.

--¿Qué quieres decir con eso, Tula?

--El nos llenó la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra, con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre. ¿Te acuerdas cuando por las noches nos hacía rezar el rosario, cómo le cambiaba la voz al llegar a aquel padrenuestro y avemaría por el eterno descanso del alma de nuestra madre, y luego aquellos otros por el de su madre, nuestra abuela, a las que no conocimos? En aquel rosario nos daba madre y en aquel rosario te enseñó a serlo.

--¡Y a ti, Tula, a ti!--exclamó entre sollozos Rosa.

--¿A mí?

--¡A ti, sí, a ti! ¿Quién, si no, es la verdadera madre de mis hijos?

--Deja ahora eso. Y ahí le tienes, un santo silencioso. Me han dicho que las pobres beatas lloraban algunas veces al oirle predicar sin percibir ni una sola de sus palabras. Y lo comprendo. Su voz sola era un consejo de serenidad amorosa. ¡Y ahora, Rosa, el rosario!

Arrodilláronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su tío y rezaron el mismo rosario que con él habían rezado durante tantos años, con dos padrenuestros y avemarías por el eterno descanso de las almas de su madre y de la del que yacía allí muerto, a que añadieron otro padrenuestro y otra avemaría por el alma del recién bienaventurado. Y las lenguas de manso y dulce fuego de los dos cirios que ardían a un lado y otro del cadáver, haciendo brillar su frente, tan blanca como la cera de ellos, parecían, vibrando al compás del rezo, acompañar en sus oraciones a las dos hermanas. Una paz entrañable irradiaba de aquella muerte. Levantáronse del suelo las dos hermanas, la pareja; besaron, primero Gertrudis y Rosa después, la frente cérea del anciano y abrazáronse luego con los ojos ya enjutos.

--Y ahora--le dijo Gertrudis a su hermana al oído--a querer mucho a tu marido, a hacerle dichoso y...¡a darnos muchos hijos!

--Y ahora--le respondió Rosa--te vendrás a vivir con nosotros, por supuesto.

--¡No, eso no!--exclamó súbitamente la otra.

--¿Cómo que no? Y lo dices de un modo...--Sí, sí, hermana; perdóname la viveza, perdónamela, ¿me la perdonas?--e hizo mención, ante el cadáver, de volver a arrodillarse.

--Vaya, no te pongas así, Tula, que no es para tanto. Tienes unos prontos...--Es verdad, pero me los perdonas, ¿no es verdad, Rosa?, me los perdonas.

--Eso ni se pregunta. Pero te vendrás con nosotros...--No insistas, Rosa, no insistas...--¿Qué? ¿No te vendrás? Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos casi...

--Pero si no los he dejado un día...--¿Te vendrás?

--Lo pensaré, Rosa, lo pensaré...--Bueno, pues no insisto.

Pero a los pocos días insistió, y Gertrudis se defendía.

--No, no; no quiero estorbaros...--¿Estorbarnos? ¿qué dices, Tula?

--Los casados casa quieren.

--¿Y no puede ser la tuya también?

--No, no; aunque tú no lo creas, yo os quitaría libertad. ¿No es así, Ramiro?

--No...no veo...--balbuceó el marido confuso, como casi siempre le ocurría, ante la inesperada interpelación de su cuñada.

--Sí, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio, y más un matrimonio joven como vosotros y en plena producción, necesita estar solo. Yo, la tía, vendré a mis horas a ir enseñando a vuestros hijos todo aquello en que no podáis ocuparos.

Y allá seguía yendo, a las veces desde muy temprano, encontrándose con el niño ya levantado, pero no así sus padres. «Cuando digo que hago yo aquí falta»--se decía.

VI VENÍA ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su fecundidad. «Vamos a cargarnos de hijos»--decía. A lo que su hermana: «¿Pues para qué os habéis casado?»

El embarazo fué molestísimo para la madre y tenía que descuidar más que antes a sus otros hijos, que así quedaban al cuidado de su tía, encantada de que se los dejasen. Y hasta consiguió llevárselos más de un día a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde vivía con la vieja criada que fué de don Primitivo, y donde los retenía. Y los pequeñuelos se apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y grave.

Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más.

--¡Qué pesado y molesto es esto!--decía.

--¿Para ti?--le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o sobrina que de seguro tenía en el regazo.

--Para mí, sí. Vivo en perpetuo sobresalto, temiéndolo todo.

--¡Bah! no será al fin nada. La Naturaleza es sabia.

--Pero tantas veces va el cántaro a la fuente...--¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades!

Ramiro se sobrecojía al oirse llamar hijo por su cuñada, que rehuía darle su nombre, mientras él en cambio se complacía en llamarla por el familiar Tula.

--¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula!

--¿De veras?--y levantando los ojos se los clavó en los suyos.

--De veras, sí. Todo son trabajos y aun peligros...

--¿Y sabes tú acaso si no me he de casar todavía?

--Claro. ¡Lo que es por la edad!

--¿Pues por qué ha de quedar?

--Como no te veo con afición a ello...--¿Afición a casarse? ¿Qué es eso?

--Bueno; es que...--Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso?

--No, no es eso.

--Sí, eso es.

--Si tú los aceptaras, de seguro que no te habrán faltado...--Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser elegida.

--¿Qué es eso de que estáis hablando?--dijo Rosa acercándose y dejándose caer abatida en un sillón.

--Nada, discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del matrimonio.

--¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de eso.

Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros.

--¡Pero, mujer!

--Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a echarme.

Adiós, Tula. Ahí te los dejo.

Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos manos y se incorporó y levantó trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en éste con ella y cojiéndole con la otra mano, con la diestra, de su diestra, se fué lentamente, así apoyada en él y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada uno de sus sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su rodrigón. Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos.

Y el pequeñito, Ramirín, al ver llorar a su tía, a tita Tula, se echó a llorar también.

--Vamos, no llores; vamos a jugar.

De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa.

--Tengo malos presentimientos, Tula.

--No hagas caso de agüeros.

--No es agüero; es que siento que se me va la vida; he quedado sin sangre.

--Ella volverá.

--Por de pronto ya no puedo criar este niño. Y eso de las amas, Tula, ¡eso me aterra!

Y así era, en verdad. En pocos días cambiaron tres. El padre estaba furioso y hablaba de tratarlas a latigazos. Y la madre decaía.

--¡Esto se va!--pronunció un día el médico.

Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraños remordimientos y de furias súbitas. Una tarde llegó a decir a su cuñada: --Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha metido en la cabeza que tiene que morirse y ¡es claro! así se morirá. ¿Por qué no le animas y le convences a que viva?

--Eso tú, hijo, tú, su marido. Si tú no le infundes apetito de vivir, ¿quién va a infundírselo? Porque sí, no es lo peor lo débil y exangüe que está; lo peor es que no piensa sino en morirse. Ya ves, hasta los chicos la cansan pronto. Y apenas si pregunta por las cosas del ama.

Y era que la pobre Rosa vivía como en sueños, en un constante mareo, viéndolo todo como a través de una niebla.

Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un hilito de voz febril, le dijo cojiéndole la mano: --Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ahí te dejo mis hijos, los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro hijo. Créeme que es otro niño, un niño grande y antojadizo, pero bueno, más bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ahí te los dejo, Tula.

--Descuida, Rosa; conozco mis deberes.

--Deberes...deberes...--Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre mientras yo viva.

--Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti.

--Pues no lo dudes.

--¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón no tendrán madrastra!

--¿Qué quieres decir con eso, Rosa?

--Que como Ramiro volverá a pensar en casarse...es lo natural...tan joven...y yo sé que no podrá vivir sin mujer, lo sé...pues que...--¿Qué quieres decir?

--Que serás tú su mujer, Tula.

--Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este momento, no puedo, ni por piedad, mentir. Yo no te he dicho que me casaré con tu marido si tú le faltas; yo te he dicho que a tus hijos no les faltará madre...--No, tú me has dicho que no tendrán madrastra.

--¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra!

--Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo celos, no. ¡Si ha de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso...--¿Y por qué ha de volver a casarse?

--¡Ay, Tula, tú no conoces a los hombres! Tú no conoces a mi marido...--No, no le conozco.

--¡Pues yo sí!

--Quién sabe...La pobre enferma se desvaneció.

Poco después llamaba a su marido. Y al salir éste del cuarto iba desencajado y pálido como un cadáver.

La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas, destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba irle engañando el hambre, sosteniéndole a biberón.

--¿Y esa ama?

--¡Hasta mañana no podrá venir, señorita!

--¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un momento a otro; vete, que allí es tu puesto, y déjame con el niño!

--Pero, Tula...--Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida en tus brazos; ¡vete! ¡Déjame!

Ramiro se fué. Gertrudis tomó a su sobrinito, que no hacía sino gemir; encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus pechos de doncella que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre, le retemblaba por los latidos del corazón--era el derecho--, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo. Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.

--Un milagro, Virgen Santísima--gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas--; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie.

Y apretaba como una loca al niño a su seno.

Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo: --¡Ya acabó!

--Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de éstos.

--¿A cuidar? Tú...tú...porque sin ti...--Bueno, ahora a criarlos te digo.

VII AHORA, ahora que se había quedado viudo era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recojerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.

Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma.

Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.

Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan trasparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendida ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.

Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las escamas de la vista, y purificada ésta vió claro con el corazón. Rosa no era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recojida y mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no un raro manjar de turbadores jugos. Su mirada que sembraba paz, su sonrisa, su aire de vida, eran encarnación de un ánimo sedante, sosegado y doméstico. Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.

¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cojerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole al alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le decía: «¡Calla, déjale que hable!»

Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: «Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo.»

¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más, y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, «¿tendría razón--decíase entonces--Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?» Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía de depender--decíase entonces--de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se carguen de críos. Pero--y esto sí que lo recordaba bien ahora--pero para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y conciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuro de la noche y susurrándola una y otra vez al oído en letanía un rosario de: «¿me quieres, me quieres, Rosa?», mientras a ella se la escapaban síes desfallecidos. Aquello fué una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fué anunciado el hijo. Fué un trasporte loco...¡había vencido! Y entonces fué cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.

El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor--decíase Ramiro ahora--sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el _yo te amo_; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable _¡te quiero!_ y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer y el beber y el pasearse y el jugar y el leer y el escribir y el conversar y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo «¡hágase tu voluntad!» y un incesante «¡venga a nos el tu reino!»

no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó de la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.

Al principio de su matrimonio fué, sí, el imperio del deseo; no podía juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto, tan tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen cortado habríale dolido como si se la cortaran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los dolores de los partos de su Rosa?

Cuando la vió gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte, y domina la discordia de éstas; cómo el amor hace morirse a la vida y vivir la muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en su propia vida. Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios en flor entreabiertos vió al amor hecho carne que vive. Y allí, sobre la cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le decía mostrándole dos dedos de la mano: «¡Otra vez, dos, dos...!» Y ella: «¡No, no, ya no más, uno y no más!» Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha entrado el capricho de que tengamos dos melguizos, una parejita, niño y niña!» Y cuando ella volvió a quedarse encinta, a cada paso y tropezón, él: «¡Qué cargado viene eso! ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con la mía; por lo menos, dos!» «¡Uno, el último, y basta!», replicaba ella riendo.

Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida, cuando descansaba la madre, la besó larga y apretadamente en la boca, como en premio, diciéndose: «¡bien has trabajado, pobrecilla!»; mientras Rosa, vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos apacibles.

¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible del combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la pobrecita niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo medicinas inútiles, componiendo la cama, animando a la enferma, encorazonando a todos. Tendida en el lecho que había sido campo de donde brotaron tres vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cojida de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirábale como el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos, desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse para nunca más volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de acongojado reposo, decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que conmigo has traído al mundo nuevos mortales, tú que me has sacado tres vidas, tú, mi hombre, dime, ¿esto qué es?» Fué una tarde abismática. En momentos de tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de voz: «¡No despertarle, no!, ¡que duerma, pobrecillo!, ¡que duerma...que duerma hasta hartarse, que duerma!» Llególe por último el supremo trance, el del tránsito, y fué como si en el brocal de las eternas tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre, que vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire; luego, con ellos le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en la cama donde había concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los dos; Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el niño. Gertrudis fué quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir y arropar mejor al niño dormido y a trasladarle en un beso la tibieza que con otro recojió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre la frente de la rendida madre.

Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerto viviendo él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la otra mitad de la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que, cuando recojiéndose se ponía a meditar en ella, no se le ocurrieran sino cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cariño de vida, y le escocía que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su espíritu, no se le cuajara más que en abstractas lucubraciones. El dolor se le espiritualizaba, vale decir que se le intelectualizaba, y sólo cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis. Y de todo esto sacábale una de aquellas vocecitas frescas que piaba: «¡Papá!»

Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. Y luego, la misma vocecita: «¡Mamá!» Y la de Gertrudis, gravemente dulce, respondía: «¡Hijo!»

No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible que se le hubiese muerto; la mujer estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en torno; la mujer no podía morir.

VIII GERTRUDIS, que se había instalado en casa de su hermana desde que ésta dió por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día a su cuñado: --Mira, voy a levantar mi casa.

El corazón de Ramiro se puso al galope.

--Sí--añadió ella--, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora del ama.

--Dios te lo pague, Tula.

--Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.

--¿Y qué más da?

--Yo lo sé.

--Mira, Gertrudis...--Bueno, voy a ver qué hace el ama.

A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito delante del padre de éste, y le regañaba por el poco recato y mucha desenvoltura con que se desabrochaba el seno.

--Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en quien hay que ver si tienes o no leche abundante.

Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir.

--¡Pobre Rosa!--decía de continuo.

--Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que pensar...--No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me pesa; las hay que las paso en vela.

--Sal después de cenar, como salías de casado últimamente, y no vuelvas a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño.

--Pero es que siento un vacío...--¿Vacío teniendo hijos?

--Pero ella es insustituíble...--Así lo creo...Aunque vosotros los hombres...--No creí que la quería tanto...--Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y es que queremos a los muertos en los vivos...--¿Y no acaso a los vivos en los muertos...?

--No sutilicemos.

Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «para que se vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante.

Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los juegos de los pequeñuelos.

--Es que yo soy chico y tú no eres más que chica--oyó que le decía un día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita.

--Ramirín, Ramirín--le dijo la tía--, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser bruto, a ser hombre?

Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo: --He sorprendido tu secreto, Gertrudis.

--¿Qué secreto?

--Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.

--Pues bien, sí, es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz y acabó por darme lástima.

--Y tan oculto que lo teníais...--¿Para qué declararlo?

--Y sé más.

--¿Qué es lo que sabes?

--Que le has despedido.

--También es cierto.

--Me ha enseñado él mismo tu carta.

--¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: ¡hombre al fin!

Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que decía así: «Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan malos estoy pasando desde que murió la pobre Rosa. Estos últimos han sido terribles y no he cesado de pedir a la Virgen Santísima y a su Hijo que me diesen fuerzas para ver claro en mi porvenir. No sabes bien con cuánta pena te lo digo, pero no pueden continuar nuestras relaciones; no puedo casarme. Mi hermana me sigue rogando desde el otro mundo que no abandone a sus hijos y que les haga de madre. Y puesto que tengo estos hijos a que cuidar, no debo ya casarme. Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y mira bien por qué lo hago. Me cuesta mucha pena porque sé que habría llegado a quererte y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que sufrirás con esto. Siento en el alma causarte esta pena, pero tú que eres bueno, comprenderás mis deberes y los motivos de mi resolución y encontrarás otra mujer que no tenga mis obligaciones sagradas y que te pueda hacer más feliz que yo habría podido hacerte. Adiós, Ricardo, que seas feliz y hagas felices a otros, y ten por seguro que nunca, nunca te olvidará GERTRUDIS.»

--¿Es que yo me oculto acaso?

--No, pero...--Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa.

--Nuestra casa, Gertrudis, nuestra...--Nuestra, sí, y de nuestros hijos...--Si tú quisieras...

--¡No hablemos de eso!--y se levantó.

Al siguiente día se le presentó Ricardo.

--Pero, por Dios, Tula.

--No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha.

--Pero, por Dios--y se le quebró la voz.

--¡Sé hombre, Ricardo, sé fuerte!

--Pero es que ya tienen padre...--No basta; no tienen madre...es decir, sí la tienen.

--Puede él volver a casarse.

--¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra.

--¿Y si llegases a serlo tú, Tula?

--¿Cómo yo?

--Sí, tú; casándote con él, con Ramiro.

--¡Eso nunca!

--Pues yo sólo así me lo explico.

--Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos míos, es decir, de mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a ésos tengo. ¿Y más hijos, más? Eso nunca. Bastan éstos para bien criarlos.

--Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir aquí por eso.

--Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que yo te lo diga.

Se separaron para siempre.

--¿Y qué?--le preguntó luego Ramiro.

--Que hemos acabado; no podía ser de otro modo.

--Y que has quedado libre...--Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme.

--Gertrudis...Gertrudis--y su voz temblaba a súplica.

--Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los hijos de Rosa...--Y tuyos...¿no dices así?

--¡Y míos, sí!

--Pero si tú quisieras...--No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con otro menos.

--¿Menos?--y se le abrió el pecho.

--Sí, menos.

--¿Y cómo no fuiste monja?

--No me gusta que me manden.

--Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la superiora.

--Menos me gusta mandar. ¿Ramirín?

El niño acudió al reclamo. Y cojiéndole su tía le dijo: «¡vamos a jugar al escondite, rico!»

--Pero Tula...--Te he dicho--y para decirle esto se le acercó, teniendo cojido de la mano al niño, y se lo dijo al oído--que no me llames Tula, y menos delante de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los pequeños.

--¿En qué les falto al respeto?

--En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos...--Pero si no comprenden...--Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y si ahora no lo comprende, lo comprenderá mañana. Cada cosa de estas que ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto. ¡Y basta!

IX Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel hogar. Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse. El, por su parte, extremaba sus caricias a los hijos y no hacía sino hablarles de su madre, de su pobre madre. Cojía a la niña y allí, delante de la tía, se la devoraba a besos.

--No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino molestar a la pobre criatura. Y eso, permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que hagas que me llamen tía y no mamá, pero no tanto; repórtate.

--¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos?

--Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien.

--¿Y así?

--Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que los niños adivinan...--Y qué culpa tengo yo...--¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar mejor que éste? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es un hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un hogar sin misterios. ¿Quieres más?

Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo