ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.
Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y atropellados remolinos.
Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar que el piano se tocaba solo.
El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de sonar y la Condesa dió un grito.
En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí violentamente y desperté.
V En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.
--¡Aaah! usted..._sleeping_...molestar..._mi_--dijo con avinagrado mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus rodillas.
--Señora...es verdad...me dormí--contesté turbado al ver que todos los viajeros se reían de aquella escena.
en su jerga ininteligible.--_¡Oooh!_ usted creer..._my body_ es...su cama _for usted_..._to sleep. ¡Oooh! gentleman you are a stupid ass_.
Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había.
Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! ¡cuál sería mi sorpresa cuando vi frente a mí, ¿a quién creerás? Al joven de la escena soñada, al mismo don Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme de que no dormía, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como ahora.
Era él, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención y escuché con toda mi alma.
--¿Pero tú no sospechaste nada?--le decía el otro.
--Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dió un grito. Entonces su marido sacó un puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago; fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin sentido.
--Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?--le preguntó el otro.
--Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.
--Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?
Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.
--¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael.
¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.
--Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir.
El joven se detuvo y me miró.
--¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?--pregunté con mucho afán.
Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros diciendo: VI El coche seguía y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.
Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno.
¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas!
Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté: --¿Es de usted ese perro tan bonito?
--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted?
Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó: --¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la nueva explosión colérica de la mujer británica.--¿Se puede saber?
--Era de mi señorita.
--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.
usté?_ --¡Oh! excelente...Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?
--De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...--Sí, señora...He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te...pues. Y diga usted, ¿murió la señora?
--¡Ah! Sí, señor: está en la gloria.
--¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto.
--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dijo con expresión burlona.--Usted no está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues...y le hizo daño...Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.
--Bah--pensé yo--ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno, o no quiere darse por entendida.
Después dije en alta voz: --¿Con que fué de indigestión?
--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted esos mariscos»; pero no me hizo caso.
--Con que mariscos, ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha ocurrido.
--¿No lo cree usted?
--Sí...sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde, su marido, el que sacó el puñal cuando tocaba el piano?
La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias barbas.
--¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente son. Ya se ve: como habrá causa criminal...--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.
--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo Mudarra...La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté, diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y, naturalmente, ocultará todo lo que pueda.
--Usted está loco--añadió la desconocida.
--Si lo sé todo; vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la señora Condesa.
--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Dios!--exclamó la mujer, riendo con más fuerza.
--¡Si cree usted que me engaña a mí con sus risitas!--contesté.--La Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.
En esto llegó el coche al barrio de Pozas y yo al término de mi viaje.
Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los había pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso, esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.
No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.
Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio a su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como la grana, exclamando: --_¡Ooooh!_...usted...mi quejarse al _coachman_...usted reventar _mi fort it_.
Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le contesté: --Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada.
Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.
Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros.
Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí.
Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto.
No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a los otros dos y dijo: --¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.
--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Conque fué de un tiro? ¿No murió de una puñalada?
Los tres se miraron con sorpresa.
--De un tiro, sí, señor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y huesoso.
--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión--dije, interesándome más cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, ¿y cómo fué?
--¿Y a usted qué le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto.
--Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No es verdad que parece cosa de novela?
--¿Qué novela ni que niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de nosotros.
--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.
--¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa murió de un pistoletazo.
--¡Válgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra, a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.
--Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad--manifesté, juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas, convirtiendo en perra a la desdichada señora.
Ya preparaba el otro su contestación, sin duda más enérgica de lo que el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como para indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.
Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera a explicar el enigma. Sentía yo una sobrexcitación cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo que no se ve todos los días.
VII Aun faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras.
Al poco rato de estar allí dijo en voz baja a la que parecía ser su mujer: Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir don Mateo. ¡Desdichada mujer!
--¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte. De tales cafres ¿qué se podía esperar?
--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.
Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja: --Sí, señor; hubo envenenamiento. Me consta.
--¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía?--dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.
--Sí, señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran hacernos creer que fué indigestión.
--Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?
--Lo sé, lo sé--repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.
--Luego usted irá a declarar al Juzgado; porque ya se está formando la sumaria.
--Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a declarar, sí, señor.
A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de aquel suceso, mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo.
--Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a los autores del crimen. Yo declararé. Fué envenenada con una taza de te, lo mismo que el joven.
--Oye, Petronila--dijo a su esposa el de las antiparras--; con una taza de te.
--Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que fueron a inventar esos malditos!
-Sí, señor; con una taza de te.
--La Condesa tocaba el piano.
--¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre, interrumpiéndome.
--La Condesa, la envenenada.
--Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios.
--Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.
--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte.
--¿Lavandera, eh?--dije en tono de picardía.--¡Si también me querrá usted hacer tragar que es lavandera!
El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la señora comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé, contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi entendimiento, empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.
Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que frente a mí tenía, miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias.--Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:--¡A ese, a ese, al asesino!
Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico barrio.
Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó el veneno para la Condesa, el que asesinó a la Condesa!
Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance fué el de haber despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva.
Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna.
Pero aun por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía exclamar:--«Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a mano de tu iracundo esposo...»
Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico ahora, ¿a quién creeréis? A mi compañera de viaje en aquella angustiosa expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto mayordomo.
El criado de Don Juan.
(J. BENAVENTE) EL CRIADO DE DON JUAN DRAMA EN UN ACTO PERSONAJES LA DUQUESA ISABELA--CELIA--DON JUAN EN ITALIA--SIGLO XV ACTO UNICO Calle. A un lado la fachada de un palacio señorial.
ESCENA PRIMERA FABIO Y LEONELO (_Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta los ojos en una capa roja_.)
LEONELO (_saliendo_.)
¡Señor! ¡Don Juan!
FABIO No es Don Juan.
LEONELO ¡Fabio!
FABIO A tiempo llegas. Desde esta mañana sin probar bocado...¿Cómo tardaste tanto?
LEONELO Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas...¿Pero Don Juan?...FABIO La ciudad, toda, que no media, correrá de seguro llevando y trayendo su persona. ¡En mal hora entramos a su servicio!
LEONELO ¿Y qué haces aquí disfrazado de esa suerte?
FABIO Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las rejas de la duquesa Isabel.
LEONELO Nuestro Don Juan está loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama virtuosa y no cederá por más que él se obstine.
FABIO Ha jurado no apartarse ni de día ni de noche de este sitio, hasta que ella consienta en oirle...y ya ves cómo cumple su juramento.
LEONELO ¡Con una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de la duquesa no te han echado a palos de la calle.
FABIO No tardarán en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto...el suyo quiero decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el palacio, y tomarás la capa y demás señales, que han de presentarte hasta la hora de la paliza prometida...como al propio Don Juan.
LEONELO ¡Dura servidumbre!
FABIO ¡Dura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (_Salen_.)
CUADRO SEGUNDO ESCENA II Sala en el palacio de la duquesa Isabela.
LA DUQUESA Y CELIA CELIA (_Mirando por una ventana_.)
¡Es increíble, señora! Dos días con dos noches lleva ese caballero delante de nuestras ventanas.
DUQUESA ¡Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de mujeres bien fáciles habrá sido lograda...¿Y ese es Don Juan, el que cuenta sus conquistas amorosas por los días del año? Allá en su tierra, en esa España feroz, de moros, de judíos y de fanáticos cristianos, de sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones supersticiosas y severidad hipócrita, podrá parecer terrible como demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los príncipes de la Iglesia romana nos envían de continuo indulgencias rimadas en dulces sonetos a lo Petrarca.
CELIA Pero confesad que el caballero es obstinado...y fuerte.
DUQUESA Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fábula de la ciudad. Lleva recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi estancia están francas para él. Aquí le aguardo, sola...La duquesa Isabela no ha nacido para figurar como un número en la lista de Don Juan.
CELIA Señora, ved...DUQUESA Conduce a Don Juan hasta aquí. No tardes. (_Sale Celia_.)
ESCENA III LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO.
(_La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan_.)
LEONELO ¡Señora!
DUQUESA ¿Quién? ¿No es Don Juan?...¿No érais vos el que rondaba mi palacio?
LEONELO Sí, yo era.
DUQUESA Dos días con dos noches.
LEONELO Algunas horas del día y algunas de noche.
DUQUESA ¡Ah! ¡Extremada burla! ¿Sois uno de los rufianes que acompañan a Don Juan?
LEONELO Soy criado suyo, señora. Le sirvo a mi pesar.
DUQUESA Mal empleáis vuestra juventud.
LEONELO ¡Dichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueños!
DUQUESA Camino muy bajo habéis emprendido. Salid.
LEONELO ¿Sin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan?
DUQUESA ¡Insolente!
LEONELO Supuesto que le habéis llamado...DUQUESA Sí, le llamé para que por vez primera en su vida se hallare frente a frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama como yo no tuvo más defensa contra él que evitar su vista.
LEONELO Así, como a vos ahora, oí a muchas mujeres responder a Don Juan, y muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron altivas...DUQUESA ¿Y Don Juan no escarmienta?
DUQUESA ¡Y no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la desolación son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un mensajero seductor, hermoso, juvenil...el peligro, eterno enamorador de las mujeres...Evitad el peligro, creedme; no oigáis a Don Juan...DUQUESA Me confundís con el vulgo de las mujeres. No en vano andáis al servicio de ese caballero de fortuna.
LEONELO No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles criaturas amantes de Don Juan. ¡Cuánto lloré por ellas! Mi corazón fué recogiendo los amores destrozados en su locura por mi señor y en mis sueños terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto...¡Un solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida!...¡Todo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus enamoradas!...¡Riquísimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto a mí, pobre mendigo de amor!...DUQUESA ¿Sois poeta? Sólo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el pensamiento y la conciencia en desacuerdo.
LEONELO Sabéis de los poetas, señora; no sabéis de los necesitados...DUQUESA Sé...que no me pesa del engaño de Don Juan...al oíros...Ya me interesa saber de vuestra vida...Decidme qué os trajo a tan dura necesidad...No habrá peligro en escucharos como en escuchar a Don Juan...aunque seáis mensajero suyo, como vos decís que el peligro es mensajero de la muerte...Hablad sin temor.
LEONELO ¡Señora!
ESCENA IV DICHOS, DON JUAN (_con la espada desenvainada, entra con violencia_.)
DUQUESA ¿Cómo llegáis hasta mí de esa manera? ¿Y mi gente?...¡Hola!
DON JUAN Perdonad. Pero comprenderéis que no he de permitir que mi criado me sustituya tanto tiempo.
DUQUESA ¡Con ventaja!
DON JUAN No podéis apreciarlo todavía.
DUQUESA ¡Oh! ¡Basta ya!...(_A Leonelo_.) ¿No dices que la necesidad te llevó al indigno oficio de servir a este hombre? ¿Te pesa la servidumbre? ¿Ves cómo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres ¿Le tomáis a vuestro servicio?
DUQUESA Quiero humillaros cuanto pueda...(_A Leonelo_.) Mi amor, imposible para Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo...LEONELO ¡Vuestro amor!
DON JUAN A mí te iguala. Eres noble por él.
LEONELO ¡Señora!
DUQUESA ¡Fuera la espada! Mi amor es tuyo...Lucha sin miedo. (_Don Juan y Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo_.)
LEONELO ¡Ay de mí!
DUQUESA ¡Dios mío!
DON JUAN ¡Noble señora! Ved lo que cuesta una porfía...DUQUESA ¡Muerto! Por mí...¡Favor!...¡Dejadme salir! Tengo miedo, mucho miedo...DON JUAN Estáis conmigo...DUQUESA Se agolpa la gente ante las ventanas...¡Una muerte en mi casa!
DON JUAN ¡No tembléis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron...A mi cargo corre sacar de aquí el cadáver sin que nadie sospeche...DUQUESA ¡Oh! Sí, salvad mi honor...¡Si supieran!
DON JUAN No saldré de aquí sin dejaros tranquila...DUQUESA ¡Oh! No puedo miraros, me dáis espanto. ¡Dejadme salir!
DON JUAN No, aquí a mi lado...Yo también tengo miedo...de no veros...Por vos he dado muerte a un desdichado...No me dejéis o saldré de aquí para siempre y suceda lo que suceda...vos explicaréis como podáis el lance...DUQUESA ¡Oh, no me dejéis! Pero lejos de mí, no habléis, no os acerquéis a mí...(_Queda en el mayor abatimiento_.)
DON JUAN (_contemplándola aparte_.)
Leonelo!
Viernes Santo.
(LA CONDESA DE PARDO BAZÁN) VIERNES SANTO Fué el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entrañas excelentes, quien me refirió el atroz sucedido, o, por mejor decir, la cadena de sucedidos atroces, que apenas creería yo a no coincidir y explicarse perfectamente por el relato del párroco las veladas indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el país. Respetaré la forma de la narración, sintiendo no poder reproducir la expresión de la fisonomía ingenua y jovial del que narraba.
«Ya sabe usted--dijo--que, así como en Andalucía crece la flor de la canela, en este rincón de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor de los caciques. No sé cómo serán los de otras partes; pero vamos, que los de por acá son de patente. Bien se acordará usted de aquel _Trampeta_ y aquel _Barbacana_, que traían a Cebre convertido en un infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes, porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que está que no puede con los calzones, como se la tenían jurada unos cuantos y salvó milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, según conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como él. ¡Ja, ja...!
Faltando o poco menos esos dos pejes, quedó el país en manos de otro, que usted bien habrá oído de él: Lobeiro, que en confianza le llamábamos _Lobo_, y ¡a fe que le caía! Yo, si usted me pregunta cómo consiguió Lobeiro apoderarse de esta región y tenerla así, en un puño, que ni la hierba crecía sin su permiso, le contestaré que no lo entiendo; porque me parece increíble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad, se pueda vivir más sujeto a un señor que en tiempos del conde Pedro Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun más que la piel, la tranquilidad, si a mano viene.
A veces me ponía a discurrir, y decía para mi sotana: este rayo de hombre, ¿en qué consiste que se nos ha montado a todos encima, y por fuerza hemos de vivir súbditos de él, haciendo cuanto se le antoja, pidiéndole permiso hasta para respirar? ¿Quién le instituyó dueño de nuestras vidas y haciendas? ¿No hay leyes? ¿No hay Tribunales de justicia?--Pero mire usted: todo eso de leyes es nada más que conversación. Los magistrados están lejos y el cacique cerca. El Gobierno necesita tener asegurada la mecánica de las elecciones, y al que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A los señores que se pasean allá por el Prado y por la Castellana, sin cuidado les tiene que aquí nos am...¡Ay! Tente, lengua, que ya iba a soltar un disparate.
Pues volviendo al caso, Lobeiro, así para el trato de la conversación, ya era un hombre antipático, de pocas palabras, que cuando se veía comprometido, se reía regañando los dientes, muy callado, mirando de través. No se fíe usted nunca del que no ríe franco ni mira derecho: muy mala señal. La cara suya parecía el Pico Medelo, que siempre anda embozado en _brétemas_. Lo único a que ponía un semblante como las demás personas, era a su chiquilla, su hija única, que por cierto no se ha visto cosa más linda en todo este país. La madre fué en tiempos una buena moza; pero la rapaza...¡qué comparación! Un pelo como el oro, un cutis que parecía raso, un par de ojos azules como dos estrellas...¡Micaeliña! ¡Lo que corrí con ella el día del patrón de Boán! Porque a la criatura la rebosaba la alegría, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba de aspecto: se volvía otro hombre.
Sólo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en que tenía cerca a la criatura. El resto del año, Lobeiro se dedicaba a perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redaño a éste y echar a presidio a aquél. ¿Usted no ha leído el _Catecismo del labriego_, compuesto por el tío Marcos da Portela, doctor en teología campestre?
Pues el tipo del secretario que allí pinta, el de Lobeiro clavadito: criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor, único alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo que sucedía con Lobeiro; hoy hace una picardía, y le obedecen como uno; mañana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro día un millón, y como un millón se impone. Empezara por chanchullos pequeñitos, de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas, recargos de contribución, repartos _ad líbitum_, y lo demás de rúbrica.
Poco a poco, la gente aguantando y él apretando más, llega el caso de que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando de la cuerda su mejor ternero.--Andrés, ¿adónde vas con el cuxo? Feria hoy no la hay.--¿Qué feria, ni feria, señor abad?--¿Pues entónces--señor abad, por el alma de quien le parió no diga nada. Es para ese condenado de Lobeiro, que me lo mandó a pedir, y si no lo entrego me arruina, acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la cárcel.--Y el pobre hombre, cuando me lo decía, tenía los ojos como dos tomates, encarnizados de llorar. ¡Ya comprende usted lo que es para el labriego su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazón.
Sólo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satélites, en cambio, bien se desquitaban. ¿Que si tenía satélites? ¡Madre querida!
Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejará de recordar que cuando apareció en un monte el mayordomo del marqués de Ulloa, hace ya algunos años, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo había mandado matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo más del tiempo se lo pasaba en Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la heredó Lobeiro, sólo que mejoró el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo, reclutó una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y seña, sus consignas, su secreto, sus estratagemas y su táctica, para verificar sus sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros teníamos esperanzas de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles, mejoraría el estado del país y se afianzaría la seguridad personal.
¡Busca seguridad! ¡Busca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas desde la restauración de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: _¡Viva esto!_ los otros: _¡Viva aquéllo!_ que república, que don Carlos...Eran ideas generales, y parece que se tomaban con menos saña entre unos y otros. Hoy estamos a quién gana las elecciones, a quién se hace árbitro de esta tierra...y todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos aquí: salgo de un soto y métome en otro...pero más obscuro.
Como íbamos contando, la pandilla de Lobeiro empezó a ser el terror del país. Tan pronto veíamos llamas...¿qué ocurre? Pues que le queman el pajar, y el alpendre, y el hórreo, y la casa misma al Antón de Morlás o al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de más allá...y cuando le preguntan quién le puso así, responde una mentira: que rodó de un vallado o se cayó de una higuera cogiendo higos...señal de que si revela la verdad, sentenciado está a pena más grave. Por último, un día se nota la desaparición de cierto sujeto, un tal Castañeda, alguacil; ni visto ni oído, como si se evaporase. La voz pública (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se le había opuesto en un amaño muy gordo. Se espera una semana, dos, tres, que parezca el cadáver, o el vivo, si vivo está aún; nada. La viuda hace registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los puentes, recorre los montes...Ni rastro. Igual que si se lo hubiese tragado la tierra. Y probablemente así sería. ¡Un hoyo es tan fácil de abrir!
Este Castañeda tenía un sobrino, muchacho templado, como que allá en sus mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita, prefirió quedarse en el país y vivir cuidando unos bienecillos que le correspondían de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era un medio señor y medio labrador, y en el país, como todo el mundo tiene su apodo, le conocían por el de _Cristo_. ¿Dice usted que un novelista de Francia llama así a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo inventará: yo no; tan cierto es, como que usted está ahí sentada y yo refiriéndole este caso. En el apodo--atienda usted bien--está mucha parte del intríngulis de mi historia. ¿Que por qué le pusieron ese alias? No lo sé a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy grande y muy devoto que se venera en el santuario de Boán.
De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desaparición de su tío Castañeda, no se calló como los demás, como la misma infeliz viuda, que temblaba que después de suprimirle al marido le pegasen fuego a la casita y la echasen en sus últimos años a pedir limosna. En las ferias y en las romerías, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el muchacho alzó la voz cuanto pudo, clamando contra la tiranía de Lobeiro y diciendo que el país tenía que hacer un ejemplo con él; cazarlo lo