SigPhi · Miguel de Unamuno

La voz de la conseja, t.1 (Spanish)

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de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábalo con arrebato y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos, murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado.

--¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu papá? Di, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que por ti, quisiera ser algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti, trabajo y trabajaré hasta morir! ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me haces, criatura!

El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía, finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre, esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara de su padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un soplo: --Papá, voy a decirte una cosa...Te quiero más que a mamá...No se lo digas, ¿eh?

Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.

Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al río.

--Chucho, ¿vienes conmigo al baño?

¡Cielo santo, qué felicidad!

Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre le causaba algunas lágrimas porque no podía llevarle consigo a causa de la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.

El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la sombrilla.

El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este manto, desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro y profundo de los robles y negrillos.

Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarlo a todo. Gozaba al verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo tropezóse nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo, caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo que estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y lo volcó. ¡Cristo Padre, qué grito! Allá acudió Fresnedo corriendo, y lo levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros, porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la cara.

Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente.

Aunque con gran sentimiento, renunció a aquella caza difícil y se dedicó a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles: _Anita, anita de Dios, abra las alas y vete con Dios_, precioso conjuro que la había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de conocimientos.

Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas, orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.

Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.

Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban pasar los rayos del sol, que aún lucía vivo y ardiente. Allí gozaba Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un zagalillo a quien su padres recomendaban el cuidado del ganado en el monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura! Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres, deliciosos.

Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped «reposando el calor», y al fin se decidió aquel a ir despojándose poco a poco de la ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela de las que llegaban a sus oídos de Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo: --¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?

Chucho se contentaba con reir, como diciendo: ¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo cada vez que intentan meterme en el agua!

Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad retratados en la cara de su «Chipilín», le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la sábana. Pero Chucho no estaba conforme y empezó a gorjear, mientras tiraba de la sábana con sus manecitas, «que su papá tenía pelo en el cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...»

--Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se habla de eso. Los niños no hablan de eso.

--¿Y por qué no hablan los niños de eso? Fresnedo no contestó.

--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.

El comerciante quiso distraerle hablándole de otras cosas, pero Chucho no acudió al engaño.

--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de curiosidad.

--Porque no está bien--respondió.

--¿Y por qué no está bien?

--¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.

Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.

--Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta que yo salga, ¿verdad?...Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al agua. Mira bien. A la una..., a las dos...Mira bien, Chucho...¡A las tres!

Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto de cabeza al pozo con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.

Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.

--Mira, mira ahora.

Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.

--Verás ahora: voy a nadar como los perros.

Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.

¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades aprendidas en la niñez!

Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía uno solo de sus movimientos.

embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos inocentes de su hijo le producían.

El niño guardaba silencio completamente absorto y atento a los juegos natatorios de su padre.

--Vamos, di, Chipilín, ¿quién te quiere?

--Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de contemplarle atentamente.

Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y dárselo a sí mismo.

--Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha...¿Quieres?

¡Ya lo creo que quería!

¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los animales acuáticos que a los terrestres!

Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.

Como le faltase el aliento, subió a respirar.

--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.

--¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño que no dejaba escapar un modismo sin hacer que se lo explicasen.

--Quiero decir que ya la cogeré.

Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando paraba un instante; pero al acercar su manecita la trucha daba un salto, y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un tiempo mismo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente contemplándole.

--¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!...¡Por la cola, tonto!...¿Quieres que te pesque otra más grande?

--Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.

El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes había visto. La muerte feroz y traidora aguardaba dentro. Metió el brazo en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el infeliz.

Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente naturalidad: --¡Papá, sal!

El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más energía: --¡Papá, sal!

Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar.

Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación: --¡Sal, papá, sal!

Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes, hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada instante se figuraba ver salir a su padre.

Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente.

Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él.

La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la cola y suspenderla. Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría.

Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a gritar, llorando: --¡Sal, papá! ¡Sal, papá!...¡No quero trucha, papá! ¡Sal!

El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.

--Teno miedo, papá...¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura bebiendo lágrimas.

Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del ganado o algún mujido lejano. El río seguía murmurando suavemente su eterna queja.

Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita: --Tata, quero agua.

Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la obscuridad que reinaba.

--¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces...La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella, Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar: --¡Sal, papá; sal, mi papá!...¡Teno miedo!

La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa.

¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allá en el fondo del pozo, hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el brazo para acudir a su llamamiento.

No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, destrozado por el cansancio, cayó otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.

El Rey Burgués.

(RUBÉN DARÍO) EL REY BURGUES ¡Amigo!, el cielo está opaco; el aire, frío; el día, triste. Un cuento alegre..., así como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí.

* * * * * Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras; caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.

* * * * * Era muy aficionado a las artes el soberano y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.

Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza, atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas.

Los perros, de patas elásticas, iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos, y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.

* * * * * El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravilloso. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí, defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime amante de la lija y de la ortografía.

Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!

Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.

* * * * * Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.

--Señor, es un poeta.

El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.

--Dejadle aquí.

Y el poeta: --Señor, no he comido.

Y el rey: --Habla, y comerás.

Comenzó: * * * * * --Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.

He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.

¡Señor!, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor!, el arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. El es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas, o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid al Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.

¡Oh, la poesía!

¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!...El ideal, el ideal...El rey interrumpió: --Ya habéis oído. ¿Qué hacer?

Y un filósofo al uso: --Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.

--Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id.

Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al poeta hambriento, que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín..., ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago?

¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a beber rocío en las lilas floridas, entre el zumbido de las abejas que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas..., ¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!

Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡tiririrín!

Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial, que le mordía las carnes y le azotaba el rostro.

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el Champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal..., y en que el arte no vestiría pantalones, sino manto de llamas de oro...Hasta que al día siguiente lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.

* * * * * ¡Oh, mi amigo!, el cielo está opaco; el aire frío; el día, triste.

Flotan brumosas y grises melancolías...Pero, ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!

Hasta la vista!

Elizabide el Vagabundo.

(BAROJA) ELIZABIDE EL VAGABUNDO ¿Cer zala usté cenuben enamoratzia?

Sillau is hira eta guitarra jotzia.

(CANTO POPULAR) Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia: --¿Qué pensará?--¿Vivirá satisfecha? ¡La vida de Maintoni le parecía tan extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la buena de Dios rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel rincón, ¿no sentiría deseos de asistir a teatros, a fiestas, a diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa? Y como Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía removiendo la tierra con su azadón filosóficamente.

--Es una mujer fuerte--pensaba después;--su alma es tan serena, tan clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo científica, eso claro. Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su casa.

Era un tipo curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las cualidades y defectos del vascongado de la costa: era audaz, irónico, perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su temperamento: no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado, allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que si nadie los recoge se pierden al fin en el mar.

Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma huía de él muchas veces: le bastaba mirar al agua corriente, contemplar una nube o una estrella para olvidar el proyecto más importante de su vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier otra cosa, sin saber por qué muchas veces.

Ultimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto, aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea que estaba en amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de boda; montó a caballo, luego en el tren; llegó a la capital, se embarcó en un transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra hospitalaria de América, se volvió a España.

Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fué a ver a su nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de insubstancial y de vagabundo.

El no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba.

Elizabide el Vagabundo creía que su hermano Ignacio, la mujer y los hijos de éste le desdeñaban, y por eso no iba a visitarles más que de cuando en cuando; pero pronto vió que su hermano y su cuñada le estimaban y le hacían reproches porque no iba a verlos. Elizabide comenzó a acudir a casa de su hermano con más frecuencia.

La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente aislada; por la parte que miraba al camino tenía un jardín rodeado de una tapia, y por encima de ella salían ramas de laurel de un verde obscuro que protegían algo la fachada del viento del Norte. Pasando el jardín estaba la botica.

La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y éstas abiertas en la pared sin simetría alguna; quizás esto era debido a que algunas de ellas estaban tapiadas.

Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, ¿no habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia?

Parece que allá dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila, sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac.

La casa del boticario era de éstas: en el jardín se veían jacintos, heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en vascuence se llaman _choruas_ (locas) por lo frívolas que son y por lo pronto que se marchitan y se caen.

Cuando Elizabide el Vagabundo fué a casa de su hermano, ya con más confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le enseñaron la casa, limpia, clara y bien oliente; después fueron a ver la huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vió por primera vez a Maintoni, que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron fríamente.

--Vamos hacia el río--le dijo a su hermana la mujer del boticario.--Diles a las chicas que lleven el chocolate allí.

Maintoni se fué hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel largo formado por perales que tenían las ramas extendidas como las varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río, entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río y se veían las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad admirable; el cielo azul, puro y tranquilo.

Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras, y tuvo suspensos de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse gran cosa con aquellas narraciones.

--Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad?--le decían los chicos.

--Sí, vendré.

Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó con ella. La veía en su imaginación tal cual era: chiquitilla, esbelta, con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le abrazaban y le besuqueaban.

Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a estas lecciones se agregó Maintoni.

Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñado, tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de niña sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El vagabundo la solía mirar absorto.--¿Qué pensará?--se preguntaba. Una vez se sintió atrevido, y la dijo: --¿Y usted no piensa casarse, Maintoni?

--¡Yo! ¡casarme!

--¿Por qué no?

--¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy _nesca-zarra_ (solterona)--contestó ella riéndose.

--¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud.

Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreir.

Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba Maintoni.

--¿Qué clase de mujer es ésta?--se decía.--De orgullosa no tiene nada, de romántica tampoco, y sin embargo...En la orilla del río, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una fuente que tenía un estanque profundísimo; el agua parecía allí de cristal por lo inmóvil. Así era quizás el alma de Maintoni--se decía Elizabide--y sin embargo...--Sin embargo, a pesar de sus definiciones, la preocupación no se desvanecía; al revés, iba haciéndose mayor.

Llegó el verano; en el jardín de la casa del boticario reuníanse toda la familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fué éste tan exacto como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado al mismo tiempo. Al anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz pálida de Júpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacían más íntimas, más familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se mostraba más expansiva, más locuaz.

A las nueve de la noche, cuando se oía el sonar de los cascabeles de la diligencia que pasaba por el pueblo con un gran farol sobre la capota del pescante, se disolvía la reunión y Elizabide se marchaba a su casa haciendo proyectos para el día de mañana, que giraban siempre alrededor de Maintoni.

A veces, desalentado, se preguntaba:--¿No es imbécil haber recorrido el mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una señorita de aldea? ¡Y quién se atrevía a decirle nada a aquella mujer, tan serena, tan impasible!

Fué pasando el verano, llegó la época de las fiestas, y el boticario y su familia se dispusieron a celebrar la romería de Arnazabal como todos los años.

--¿Tú también vendrás con nosotros?--le preguntó el boticario a su hermano.

--Yo no.

--¿Por qué no?

--No tengo ganas.

--Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta las muchachas vendrán con nosotros.

--¿Y usted también?--dijo Elizabide a Maintoni.

--Sí. ¡Ya lo creo! A mí me gustan mucho las romerías.

--No hagas caso, que no es por eso--replicó el boticario.--Va a ver al médico de Arnazabal, que es un muchacho joven que el año pasado le hizo el amor.

--¿Y por qué no?--exclamó Maintoni sonriendo.

Elizabide el Vagabundo palideció, enrojeció; pero no dijo nada.

La víspera de la romería el boticario le volvió a preguntar a su hermano: --¿Conque vienes o no?

--Bueno, iré--murmuró el vagabundo.

Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron