SigPhi · Miguel de Unamuno

La voz de la conseja, t.1 (Spanish)

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dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz, sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia, escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal recibido.

Fingíase en aquel paso que todas las damas habían movido una cruzada contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los consideraban suficientemente rendidos a su albedrío, y valiéndose de armas para su intento, habían usado primero de la tiranía de la soberbia con que sólo consiguieron un desdén uniforme. Buscaron luego mejor general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego sirvióles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas haciéndolas a la postre esclavas de aquéllos a quienes intentaron rendir. Era bella la traza y hábilmente parlada, que bien mostrado lo sutil del ingenio que la había compuesto y debía de ser un poeta que no cediera en elegancia al mismo Fracastor.

Trasládase aquí un retazo de escena, porque el interés que movió en el senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan.

Hallábanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era príncipe de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y así decían sus decires: RICARDO ¿Seréis esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas.

LUCRECIA Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardín, menos una.

Sabedla ganar y serán sus hojas labios para vuestros labios. Vos os llamáis Ricardo. Así se llamaba vuestro rey Corazón de León.

RICARDO ¿Queréis, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescataré el sepulcro de Cristo, y traeré para que adornen vuestros chapines las gemas que adornan el turbante del señor soldán de Babilonia.

LUCRECIA ¿Vos no sabéis la historia de la Tabla Redonda?

RICARDO El rey Artús era mi abuelo.

LUCRECIA Aún me parece a mí poco linaje el vuestro. No vayáis a Tierra Santa, pero traedme la copa donde bebió Nuestro Señor en su última cena. Está tallada en una piedra que saltó de la diadema del demonio. Guardóla el rey Titurel de Anjous con unos bravos caballeros, y otro caído en liviandades la perdió. Rescatóla el príncipe Parcival, padre del caballero Lanzarote del Lago. Ricardo, la noche de nuestras bodas, quiero que bebamos licor de la vida en ese cáliz. Ricardo, id al Monsalvato y traedme al Santo Grial.

RICARDO Rebosante de sangre de emperadores adversos, y de vino de las vides de Chipre. Inerme acudiré. Rendiros he mi espada.

(Aquí desceñíase la espada del tahalí, la cual era recibida por Lucrecia, que besaba su pomo.)

LUCRECIA Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor.

(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.)

¡Mal cuitada de mí! Aspid, escorpión o saeta. No era espada, que era dardo de amor. No os partáis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo, todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temáis que el viento os aparte la rosa de la rama.

RICARDO ¡Ay, el viento de la muerte!...LUCRECIA No le temáis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores.

Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa.

Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la arrastren deshojada los vendavales.

(Y se oía tras el boscaje una suave música, y se corría un rico tapiz sobre el estrado.)

Pareció notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron sobremanera. Sólo D. Diego padecía después de haber visto en una escena, juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fué más, para aumentar su enojo, cuando vió a Lisarda, la dueña, que cautelosamente se le llegaba y ponía en sus manos un billete, diciéndole en él Renata que si quería platicar con ella, la vieja le daría la llave de una puerta secreta de su casa, por donde sin ser notado, podía con toda seguridad llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido; pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de manos de la dueña la llave prometida. Terminóse la fiesta con grande algazara de pífanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines mostraban señal de que la fiesta había dado fin. Y fué de ver el brillante aparato con que Renata, como correspondía a su alcurnia, retiróse a su casa en la carroza con su padre, acompañados por dos jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas.

TERCERA PARTE DASE FIN Y CABO A TAN EXTRAORDINARIA HISTORIA Habló D. Diego con Marcos al salir del vergel de los duques, y éste aconsejóle que pusiese cuanto antes término a tan enojosa aventura. Pero no bien habían andado algunos pasos, cuando Lisarda entregó a D. Diego un billete en que Renata pedía el hablarle sin falta aquella misma noche y con grande urgencia. Determinóse don Diego a acudir al llamamiento con la presteza demandada, y despidiendo a su escudero, siguió a la dueña, hasta la puerta oculta y la escala secreta. Vióse de pronto en una estancia suntuosísima con tapices de tan raro gusto y lujo por las paredes, y muelles escabeles y blandas acitaras que más llevaban a la pereza que a la diligencia. Un braserillo donde se quemaba canela y ámbar, hacía oficio de pebetero y aromaba el agradable ambiente.

Levantóse uno de los tapices y apareció Renata ataviada con el mismo vestido carmesí y la gorguera de batista finísima, y las mismas preseas que en la fiesta, pues tocábase con la _lenza_, que es como llaman en Toscana a la diadema que llevan las damas próceres, y traía sobre su pecho un primoroso cintillo de topacios y de diamantes. Estaba cubierto el pavimento con una pérsica alcatifa de tal modo, que los perlados chapines de Renata no movieron ruido ninguno y el absorto D. Diego no advirtió su presencia hasta tenerla junto a sí. Y fué notable su maravilla cuando la vió caer de rodillas ante él y con mil protestas y juramentos solicitarle que sin pérdida de tiempo mostrara a su padre la calidad de su persona y cómo podía ser digno esposo de su hija, para que la pidiera en matrimonio. Llegó la desventurada en su desvarío a pedirle que la llevara consigo a su posada, con lo que por evitar que se siguiera el escándalo, el mismo padre acudiría con el clérigo para los desposorios. Y esto decía aquella niña criada con tal cuidado y esmero en el santo temor de Dios por el más severo y amante de los padres. Que a tan notables extremos de locura lleva a las criaturas humanas el ciego amor, ministro del infierno y arma de Satanás.

--Hicierais mejor--le repuso serenamente D. Diego--en amar de lejos, que las almas que son mariposas de la llama de amor mueren abrasadas en ella cuando se acercan demasiado.

Arrojóse Renata a sus brazos, y en poco estuvo que el disfrazado Zúñiga no la mostrara la gravedad de su disparate; pero conteniéndose y dejando el fin de todo para el siguiente día, desprendiéndose de ella y con la promesa de volver a la otra noche ganó la secreta escalera y se puso en salvo.

Apenas tornóse a la posada donde le esperaba D. Miguel, refirióle punto por punto lo acaecido, haciendo grandes esfuerzos por no declararse a él como Renata, pues la dama española consideraba todo aquello como una prueba a que el Señor Rey de cielos y de tierra había sido servido de someterla en su alta sabiduría. Pero fué grande su espanto cuando supo que D. Miguel había recibido también un billete de Renata para verla a la siguiente noche, a hora diversa de la concedida a D. Diego.--¡Ah, pérfida y malvada mujer--decía el de Guzmán--que así haces aprecio de las canas de ese noble varón, que es tu padre, y crees que el amor de los caballeros y el recato de las damas son prendas para juego!--Y luego continuó más sereno:--Yo te juro que esta vez tu saber ha sido errado, y que no ha de valerte que sepas tanto de amor como de ciencia doña Oliva Sabuco, y que has de olvidarla toda muy pronto, así tengas más memoria que Mitrídates y Scalígero, y en seguida concertóse con D. Diego para ir juntos a la siguiente noche y confundirla con la lición de la presencia de ambos a la vez.

Marchóse D. Diego a su aposento, y fuera necio advertir, que no sólo no pudo conciliar el sueño, sino que ni lo intentó siquiera. Tenía una grande turbación, que era ese inmenso desasosiego de la mujer fuertemente enamorada, que lucha porque la color de su rostro y la frase de su labio no traicionen a su alma.

¡Grande cosa es el amor, decía el escudero Marcos, que él vuelve agudos a los tontos y torna necios a los discretos! Doña Mencía en tanto deshacíase querellando sus cuitas. Salíase a un muy apacible retiro formado de olmos muy añosos, y allí se lamentaba:--Que así hemos de ser las mujeres--, decía--que así cambiamos amores con desdenes, y nos perecemos por amar a quien no nos ama, y somos esquivas para los que nos quieren bien--. Era aquel lugar muy sujeto a melancolías en su sombra nocturna, y servíala de consuelo. ¡Oh noche, divina noche, hermana del misterio y madre de la bendita poesía, tú eres la puerta encantada de los placeres, y la piedra filosofal de los dolores, maravilla de los amantes, arpa de las canciones, princesa del secreto, y alcázar universal del amor.

Ya pensaba la piadosa Mencía en el exorcismo, creyéndose posesa, malhayan la caldereta y el hisopo para tales hechizos y para tal demonio. Buscó después el halago en la piedad, y cogiendo un libro eucológico que D. Miguel habíala emprestado, y se llamaba _Ruta de la montaña de Sión_, hubo de toparse entre sus páginas con unos versos manuscritos, que sin duda alguien habíalos dado traslado a aquel papel, habiéndole placido el donaire de un poeta que debía de ser, a no dudar, algún preclaro ingenio de la corte de Madrid, y eran estos que aquí se copian para mayor deleite: LETRILLA A DOÑA BELISA Amor, que es niño y travieso, me mata con sus mercedes.

Hame tendido sus redes, y hame preso.

Pedisme dueña y amiga, que os diga mis bienandanzas de bella, y la cuitada cantiga sólo oiréis de mi querella.

Ya no rúo, ya no canto, del arca en el fondo están basquiña de veludillo, pañizuelos y tontillo, y la prenda de mi encanto, aquel primoroso manto de bordado tafetán.

Que amor que es niño y travieso me mata con sus mercedes, hame tendido sus redes, y hame preso.

Y sabréis Doña Belisa, que sólo salgo a la misa de las madres Recoletas, y ya no me regodeo, ni bullo, ni me paseo por San Blas, ni por el Prado, que amo pláticas secretas tenidas en el estrado, y triste cilicio ciño por la culpa de un doncel.

Que amor me llevó al cariño de uno que es travieso y niño como él.

Como él gracioso y avieso, con perfil de Ganimedes.

Hame tendido sus redes y hame preso, el que sin mal ni dolor el seso roba al discreto, y enturbia el sabio conceto al letrado y al dotor.

El amor, que no obliga con premáticas, ni otras leyes mayestáticas, el señor corregidor.

Y a quien no rinden los reyes, ni con él hay valimiento, ni rigen con él las leyes que llenan el aposento de mi tío el oidor.

Se trata, doña Belisa, de un rapaz más que donoso que en los diez y siete frisa.

¡Quién me viera!

Yo, aquella dama que fuera la del gesto desdeñoso, castigo de los galanes que desprecié los afanes postreramente de tres.

Don Gil que ahora en Indias loco padece por sus desmanes.

Un mayorazgo por poco, y por harto un ginovés.

No juguéis con el cariño.

Mirad quien así os lo avisa.

No sabéis, Doña Belisa cómo me tiene ese niño.

Dejadme, dueña y amiga, que no siga con tan plañidero son.

A vos os digo el secreto a que me obliga el afeto de nuestra vieja afición.

Pero no es bien que mi lengua al viento diga mi mengua, que no es bien que la publique y mi escándalo predique mi canción.

Y pues mi mal conoscedes, si halláis afrenta en mi exceso no preguntéis por mi seso, que la deidad que sabedes, hame tendido sus redes y hame preso.

Leyólos y releyólos doña Mencía con atento cuidado, como si fuese aquella dulce poesía espejo de sus propias penas. Muy luego tomólos en su memoria, que era clarísima, y casi de continuo los recitaba.

Tan luego como amaneció, sacó del cofrecillo que había traído Marcos a las ancas de su mula los atavíos femeniles que la correspondían, y eran sencillísimos y de una gran honestidad. Un vestido de estameña y un tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua, por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del camino. Y cuando don Miguel envió a su amigo los buenos días, el que ya no era don Diego, después de tomar licencia para entrar en el aposento del de Guzmán, presentóse en el umbral de la puerta, mostrando tan gentil presencia de mujer, que don Miguel quedó todo turbado y confuso ante la inesperada aparición.

--No fué soñación vuestra sin duda, señor don Miguel--comenzó diciendo la dama,--ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego.

Pero en pocas palabras os diré la verdad de mi historia. Soy nacida en Toledo, de muy nobles padres y llámome doña Mencía de Carvajal. Más cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espíritu, dábanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada valieron mis protestas, y entonces determinéme a tomar por esposo al que es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fué de gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y pensé venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me habéis visto, y acompañándome de Marcos, escudero de mi casa, que fué compañero de armas de mi abuelo y tiéneme más afición que mi propio padre, y así tomé el camino destas tierras donde había de unirme con la que se llamó en el siglo doña Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es en religión sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don Miguel, que de hoy más no me veréis. He sido fuerte hasta ahora, seré un momento débil para haceros una confesión, que el corazón se me saltará del pecho si no os la hago y puedo hacérosla, porque sois hidalgo y noble como un hijo de rey, y luego volveré a mi prístina fortaleza para daros un adiós que lleve quizás pedazos de mi alma.

El asombro de don Miguel creció de punto al escuchar tales palabras y de tan linda boca, que la gravedad del continente de doña Mencía y toda la honestidad que ponía en el hablar, que lo hacía con los ojos fijos en el suelo, habíanle llegado a lo hondo de su ánima.

--No acierto--prosiguió la dama--a deciros lo que deciros no quisiera, pero deciros he. Diréos, don Miguel, que os amo, que sois el primer caballero a quien puedo decirlo, y único, pues que dentro de breve tiempo el mundo habrá concluído para mí. Considero vuestro amor como una rosa encantada, de aroma fragantísimo que debo aspirar a distancia, porque si tocarla quiero, cien espinas buídas me castigarán de mi osadía. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua mía decíroslo, y que soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel, que perdonéis como discreto a la que os ama como loca.

Quiso arrodillarse ante él; pero Guzmán la detuvo, y cogiéndola una de sus blanquísimas manos besósela con unción respetuosa.

Aquella noche, como habían convenido, acudió doña Mencía con su traje viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el mismo aposento que la otra noche, y no bien fué verle entrar, que se arrojó a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase con el redondo seno de doña Mencía, extrañándose de hallar tal obstáculo en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus manos por el misterioso lugar: --¿Qué os abulta aquí, caballero?

--Esto es lo único que me abulta, señora--respondióla don Diego con modo socarrón.

Y entonces, desabrochándose el juboncillo con gran presteza y abatiendo su camisa, mostró a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su blanco cuerpo, su finísimo talle y la turgencia de sus admirables senos, cuya vista pusiera en notable desasosiego al más austero y frío de los varones.

--Me gustan más los míos--dijo Renata, que al comprender la situación había tomado una gran seriedad.

Fué en este momento cuando don Miguel apareció en la puerta de la estancia, lo cual terminó de turbar a la infeliz Renata. Y subió de punto su burla cuando el caballero recién llegado dijo a doña Mencía: --Venid, mi esposa.

Y después de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogióla de la mano, y sin dirigir palabra a Renata salieron ambos.

Fué inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su hija por boca del mismo don Miguel, que ya se había descubierto como quien era; y habiendo el de Guzmán declarado que doña Mencía de Carvajal había de ser su legítima esposa ante Dios y ante los hombres, quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua la misma celda que esperaba a la dama española.

No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doña Mencía, quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tomé de su ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fué ésta a la que no asistió don Lucas Leví Escobedo, hombre frío y desabrido como las gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente, y hay quien dice que no acudió al santo sacrificio, porque descendiendo de los Levíes, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin duda, más viejo como avaro que como cristiano, y que hacía al tocino los ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho.

Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doña Mencía, las cuales recordaron con piedad y lástima el engaño de la infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el afecto imposible del fingido don Diego, vióse tan justamente castigada.

Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y venturosa casada ha sido doña Mencía, que pocos años ha murió en su palacio de Sevilla, mirándose en los ojos de su esposo.

Y vese aquí que hasta los más extraños sucesos son caminos por los que la sabiduría del Altísimo lleva a las criaturas adonde más les conviene para la salvación de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o escucharen leer la presente verídica historia, la Misericordia de Nuestra Señora la Madre de Dios, como así deséales y para él pide también el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de algunos y regalo de todos. Vale.

Cosas de hombre.

(A. REYES) COSAS DE HOMBRE Cuando el tío _Pizarroso_ llegó a su casa, las sombras empezaban a invadir el a modo de embudo formado por los montes, en cuyo fondo blanqueaba el edificio, al borde de una cañada llena de piedras enormes y espesos macizos de adelfas.

--Pos di tú que te has dormío en un _cajorro_--exclamó la tía Tomasa al ver llegar al legítimo dueño de su orondísima persona.

--Pos no me he dormío, ni tan siquier he estao a dormivela.

--Pos entonces habrás estao de picos pardos en algún abrevaero del monte.

--¡No ha sío malo el abrevaero!

--Pos entonces, ¿aónde te has metió, alma condená?

--Pos en ninguna parte: una miaja que me entretuve en la encrucijá del entro, _Pimentona_, arza pa entro!

Y esto lo dijo asestando una cariñosa palmada en una de las poderosas ancas a la mula, a la cual habíale quitado el aparejo mientras hablaba.

La cabalgadura, a la cariñosa insinuación, tomó lentamente el camino de la cuadra, mientras el _Pizarroso_ sentábase sobre un capacho, junto a su hermano el _Totovías_, un viejo enjuto y grave que entreteníase en hacer tomizas para los usos domésticos, mientras el porquero, un rapaz greñudo y andrajoso, contemplaba con famélica expresión, desde la puerta, la gran olla que hervía sobre las enormes trébedes de hierro en la chimenea.

--Y ¿qué es lo que dicen el _Rumboso_ y el _Pastañeta_? ¿Tantas cosas teníais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja más volvéis tóos a vuestras casas con barbas corrías?

--Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entretenío ha sío por decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con tó mi metal de voz: «¡Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley!» ¡Vaya si es una prenda el viejo! ¡Y con un corazón más grande que una cantera!

--Y eso ¿poiqué? ¿Te ha regalao alguna vestiura pa el _Corpus_?

--No, señora, que lo que ha jechito vale más que tó eso; el _Rumboso_ ha puesto esta tarde su bandera en lo más artico del monte.

--No es una noveá en él; ¡ese es de los que siempre se la han traío!--exclamó con voz gutural el _Totovías_--pero, a la fin y a la postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera gruñe que te gruñe.

--Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figúrense ostedes que Rosalía, la del cortijo de la _Embocaura_, que es un pasmo de bonita y que tié un cuerpo que es una parma...--¡Una parma! Un parmito, ¡más ropa que carne!--dijo con tono desdeñoso la tía Tomasa.

--¡Eso ya sus lo dirá el _Pastañeta_ cuando se case con ella!

--¡Pos no estás tú mu atrasao de noticias! Rosalía ya no se casa con el _Pastañeta_, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices tú que es una prenda.

--A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verdá que el _Rumboso_ se le cruzó en el camino, y que, como el hombre tié más fanegas de tierra que nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosalía, que es un agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogió a su hija y le dijo que como gorviera a mirar a _Toñico_ les iban a caer cataratas en los ojos a dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha no entendió de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el _Rumboso_ se le echó a llorar, y le dijo que lo que quería jacer con ella era una picardía; que ella no podía peinarse ni despeinarse en el mundo más que pa su _Toño_; y tan y mientras ella le decía esto al señor Juan, el otro andaba diciéndole a grito pelao a tó el que lo quería oir que no había de parar hasta sembrarle al viejo una almáciga de plomo en el corazón, o el jierro de su cuchillo en la mismísima boca del estómago.

--Y eso era lo que se merecía por dir a meter la pata en unos güenos quereles, valiéndose de que el padre de Rosalía es un «tó pa mí» de cuerpo entero y _Toño_ es un probetico desmamparao.

--Tú no estás bien enterá, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa verles el fondo. Cuando el hombre se prendó de Rosalía, cuasi naide estaba enterao de esos quereles, poique se querían de contrabando; y lo que pasó fué que el _Rumboso_, que jacía ya cinco años que no veía a la muchacha, se la topó una tarde en el pueblo, y al hombre se le reverdeció la sangre, y el hombre está más solo que una esparraguera, y la zagala es güena y es bonita, y el hombre no sabía na de sus amoríos; y cuando el hombre se enteró, ya él le había hablao al de la _Embocaura_, y ya el _Pastañeta_ andaba de atajo en atajo aconsejándole que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento.

--¿Pero es que no vas a acabar nunca? ¡No ves que se va a pegar la olla!

--Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el _Rumboso_, que iba pa el lagarillo del _Zegrí_ montao en su _Ceniciento_, que es un jaco que vale un millón, al dir a dar la vuelta al olivar del _Tardío_, se topó manos a boca con el _Toño_, que estaba acechándolo entre las pitas de la linde.

--Naturalmente, al echárselo a la cara, el señor Juan se comió la partía, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocanás del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino, con la escopetá montá en la mano, diciéndole que se apeara pa hablar de la Rosalía.

--Y miá tú lo que son las casolidades; en aquel mesmísimo momento desemboqué yo en la encrucijá, poique esto que yo sus he contao, esto lo sé yo por boca del _Rumboso_.

--Y no acabarás, y la olla gruñe que te gruñe.

--Ya acabo, jambrón, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, miré por si encontraba un boquete por donde colarme, pero el señor Juan, al verme llegar, me gritó riéndose: --No te vayas, _Pizarroso_, no te vayas, que me conviene que veas la corría.

Y diciendo esto, saltó en tierra con la misma agiliá con que yo saltaba en mis moceáes, y endispués de jecharle las riendas sobre las crines al _Ceniciento_, le dijo a _Toño_ al mesmo tiempo que se iba pa él: --A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y güelo la pólvora, no vas a volver a estornuar en toa tu vía.

--Coja osté la suya, mostramo, cójala osté, poique esta tarde me queo con osté, u osté se quea conmigo.

Y esto se lo decía el _Pastañeta_ reculando, jaciéndole puntería, con la cara del color de la gayomba y con los ojos espaventáos.

--¡Yo qué he de quearme contigo! Yo no mato volantones.

--No se acerque osté, y coja osté su escopeta; mire osté, mostramo, que hoy le jago yo a osté yesca el pecho.

Y entoavía no había arrematao de icirlo, cuando le dió gusto al deo, y ¡pum! ¡vaya un berrío que dió la vizcaína!

--¿Y qué, encarnó?

--Un plomo en un brazo na más, un plomo perdiguero; pero, camará, yo no he visto hombre más vivo ni más bravo que el _Rumboso_; entoavía no se había arrematao el estampío, cuando la escopeta de _Toño_ y el cuchillo que éste había sacao estaban en la cuneta, y _Toño_ en el suelo, sin poer mover un remo, tan y mientras el señor Juan le dicía con acento enfureció: --Eso que tú has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios manda; ¿y si yo ahora te diera lo que te mereces?

--Démelo osté; máteme osté, mostramo; máteme osté, poique si hoy me ha faltao la puntería otro día me pué no faltar...--Anda y alevántate y vete, y otra vez no jechas tanta pólvora, poique con tanta pólvora no se le da un tiro a un cerro.

Y diciendo esto, él mesmito alevantó al _Toño_, y le volvió las espaldas, tan tranquilo como si detrás tuviera una pareja de la benemérita.

--Pos el _Pastañeta_ se queó mirándolo y mirándome como atontao; endispués recogió la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el _Rumboso_ iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamúo: --Mostramo, perdóneme osté; pero yo estoy loco, yo estoy desesperaíto; yo soy un probe, yo no tengo más calor en el mundo que mi Rosalía, y quitarme a mí mi Rosalía es sacarme el corazón del pecho, y es darme garrote vil, y es...Y al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas como puños; y miren ustedes, a mí también se me mojaron las parpagueras, poique la verdá es que aquello lo dijo el mozo de un móo...Ya ven ostedes cómo lo diría, que el _Rumboso_ le tendió la mano y le dijo: --Pedazo e bruto que eres, ¿poiqué no has hablao asín antes? ¿No comprendes tú que desde el punto y hora en que tú quisiste que me fuera a rumbo de valentía, yo no podía dirme, y que necesitaba antes de dirme probarte a ti y a tó el mundo que me iba poique me daba la gana, poique yo no le hago a naide estorsiones, y además que yo no estoy tan loco que quiera casarme con una jembra prendá de otro hombre? ¿Tú no comprendías eso, peazo de bruto que eres, tú no lo comprendías?

Y ná, que se dieron las manos, y que se fué _Toño_ y que yo acompañé un ratico al _Rumboso_ y que me he venío tó el camino diciendo: «Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley», y lo he venío diciendo con tó el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma.

Y momentos después humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme barreño donde la hubo de volcar la tía Tomasa, y sentábanse todos alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpísimos peroles.

Fuerte como la muerte.

(PEDRO MATA) FUERTE COMO LA MUERTE De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate, estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de decidirse. Se decidió por fin.

--A ver, ese collar...¿Me hace usted el favor?

Un dependiente le sacó del escaparate y le extendió en el mostrador sobre un retal de terciopelo azul. El le examinó detenida y minuciosamente.

--Sí, está bien...es bonito. Me gusta; ¿qué vale?

--Para usted 1.200 pesetas.

--¿Precio fijo?

El dueño de la tienda intervino.

--A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y con arreglo a la tasación me da usted lo que guste.

--Es que, además, no las llevo encima.

--Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna.

Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir: --¿Cómo está la señorita?

--Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida.

Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos.

--Creí que dormías.

--No.

--¿Cómo estás?

--Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.

--Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito de buena voluntad.

--¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!

--Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.--Dió luz al globo de cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la cama.--Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te gusta?

--Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé!

--Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.--Sacó el estuche del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de contento y lo cogió con sus manos febriles.--¡Ay, qué lindo! ¡Qué bonito!...¡Qué cosa más preciosa!--Mas en seguida, con una brusca transición, cambió de tono:--Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir!

--¿Que no? En cuantito que te pongas buena.

Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:--Tontina, si no creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a poner. Verás qué lindo.--Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.--¡Eh! ¿Qué tal?

--Muy lindo.

Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios exangües y descoloridos.

--¡Qué pálida estoy!

--Es la luz, nena.

--Por Dios, no digas...Estoy horrible. Parezco una muerta.--Dió un gran suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.--Estoy muy mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo estoy muy mala.

El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto: --Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra un momento el balcón?

--Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad?

--No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para fumar un cigarro.

Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar, unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la distancia, sonaba la canción melancólica y triste: --¿Dónde vas, Alfonso doce, dónde vas, triste de ti?

--Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi.

La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido.

También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!...¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la vida...Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada, tan feliz!...Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la serenidad del crepúsculo.--¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué te complaces en segar las vidas en flor?

Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía.

El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.

Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella se negaba a aceptar.--No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho más mala de lo que creéis.

Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba.

Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.

--¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?

--Sí, ángel mío.