del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro.
En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan.
¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.
Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco, no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo cubrían—pues era otoño—, jugaban allí cerca, como de ordinario, unos chiquillos. Y uno de ellos, poniéndole a otro junto al tronco de uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: «Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones...» «Es que yo...»—empezó malhumorado el otro, y el primero le replicó: «No, tú no eras tú...»
Augusto no quiso oir más; levantóse y se fué a otro banco. Y se dijo: «Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú! ¡yo no soy yo! Y estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica! ¡Qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica! ¡Y aquí que las brisas no los mecen...! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes!
Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: “¡Tú no eres tú!”, y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica...para que no se duerman...¡Pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros!»
Levantóse y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.
XX Emprendería el viaje, ¿sí o no? Ya lo había anunciado, primero a Rosarito, sin saber bien lo que se decía, por decir algo, o más bien como un pretexto para preguntarle si le acompañaría en él, y luego a doña Ermelinda, para probarle...¿qué? ¿qué es lo que pretendió probarle con aquello de que iba a emprender un viaje? ¡Lo que fuese!
Mas era el caso que había soltado por dos veces prenda, que había dicho que iba a emprender un viaje largo y lejano y él era hombre de carácter, él era él; ¿tenía que ser hombre de palabra?
Los hombres de palabra primero dicen una cosa y después la piensan, y por último la hacen, resulte bien o mal luego de pensada; los hombres de palabra no se rectifican ni se vuelven atrás de lo que una vez han dicho. Y él dijo que iba a emprender un viaje largo y lejano.
Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?»
«La misma.» Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por la mente la idea de despacharla, de que la dijeran que no estaba en casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco—se dijo—, a que la haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!»
—Dile que ahora voy.
Le tenía absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo!
¡vaya una resolución! ¡vaya unos ojos!; pero ¡no, no, no, no me doblega! ¡no me conquista!»
Cuando entró Augusto en la sala Eugenia estaba de pie. Hízole una seña de que se sentara, mas ella, antes de hacerlo, exclamó: «¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mí!» Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio.
—Pues sí, lo dicho, don Augusto, a usted le han engañado respecto a mí y a mí me han engañado respecto a usted; esto es todo.
—Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia!
—No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pasado!
—Sí, siempre es lo pasado pasado, ni puede ser de otra manera.
—Usted me entiende. Y yo quiero que no dé a mi aceptación de su generoso donativo otro sentido que el que tiene.
—Como yo deseo, señorita, que no dé a mi donativo otra significación que la que tiene.
—Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos de hablar claro, he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no podría yo, aunque quisiera, pretender pagarle esa generosa donación de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted por su parte, creo...—En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pasado, de lo que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó su señora tía y de lo que adivino no podría, aunque lo deseara, pretender cotizar mi generosidad...—¿Estamos, pues, de acuerdo?
—De perfecto acuerdo, señorita.
—Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos amigos?
—Podremos.
Le tendió a Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya, que en aquel momento temblaba.
—Seremos, pues, amigo don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad a mí...—¿Qué?
—Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he renunciado ya a ciertas cosas...—Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias.
—Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones?
«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto y bajó la cabeza mirando al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.
—¡Eugenia!—exclamó, y le temblaba la voz.
—¡Augusto!—susurró rendidamente ella.
—Pero ¿y qué quieres que hagamos?
—Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete de ella. ¡Es una desgracia!
Augusto fué dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia.
—¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues así conmigo! La fatalidad eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú que me traes y me llevas y me haces dar vueltas como un argandillo; eres tú que me vuelves loco; eres tú que me haces quebrantar mis más firmes propósitos; eres tú que haces que yo no sea yo...Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sí y la apretó contra su seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero.
—Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni...ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos; ni tú puedes aparecer queriéndome comprar como yo en un momento de ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto, un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tía le dijiste, y queriendo no más que premiar tu generosidad...—Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, el aparecer de un modo o de otro? ¿a qué ojos?
—¡A los mismos nuestros!
—Y qué, Eugenia mía...Volvió a apretarla a sí y empezó a llenarle de besos la frente y los ojos. Se oía la respiración de ambos.
—¡Déjame! ¡déjame!—dijo ella, mientras se arreglaba y componía el pelo.
—No, tú...tú...tú...Eugenia...tú...—No, yo no, no puede ser...—¿Es que no me quieres?
—Eso de querer...¿quién sabe lo que es querer? No sé...no sé...no estoy segura de ello...—¿Y esto entonces?
—¡Esto es una...una fatalidad del momento! producto de arrepentimiento...qué sé yo...estas cosas hay que ponerlas a prueba...Y además, ¿no habíamos quedado, Augusto, en que seríamos amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos?
—Sí, pero...¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mía, no va ya a haber quien te pretenda?
—¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución!
—¿Acaso después de aquella ruptura...?
En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso, encendido de rostro, exclamó con voz seca: ¿qué hay?
—¡La Rosario que espera!—dijo la voz de Liduvina.
Augusto cambió de color poniéndose lívido.
—¡Ah!—exclamó Eugenia—, aquí estorbo ya. Es la...Rosario que le espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos amigos, muy buenos amigos?
—Pero Eugenia...—Que espera la Rosario...—Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te quería comprar y en rigor porque tenías otro, ¿qué iba a hacer yo luego que al verte aprendí a querer? ¿No sabes acaso lo que es el despecho, lo que es el cariño desnidado?
—Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que lo pasado, pasado.
—No, no, lo pasado pasado ¡no! ¡no! ¡no!
—Bien, bien, que espera la Rosario...—Por Dios, Eugenia...—No, si nada de extraño tiene; también a mí me esperaba en un tiempo el...Mauricio. Volveremos a vernos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos.
Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, cojiéndosela se la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándole él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y con pie firme. Desde un descansillo de abajo alzó ella sus ojos y le saludó con la mirada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha, le dijo bruscamente: —¿Qué hay?
—Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted...—Y a ti, ¿qué te importa?
—Me importa todo lo de usted.
—Lo que quieres decir es que te estoy engañando...—Eso es lo que no me importa.
—¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho concebir no estás celosa?
—Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia, comprendería que aunque soy una chiquilla estoy ya fuera de esas cosas de celos. Nosotras, las de mi posición...—¡Cállate!
—Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto, ¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella?
—Pero ¿dices todo eso de verdad?
—De verdad.
—¿Cuántos años tienes?
—Diez y nueve.
—Ven acá—y cojiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso cara a cara consigo y se le quedó mirando a los ojos.
Y fué Augusto quien se demudó de color, no ella.
—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.
—Lo creo.
—Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz perversidad...—Esto no es más que cariño.
—¿Cariño? ¿y por qué?
—¿Quiere usted saber por qué? ¿no se ofenderá si se lo digo? ¿me promete no ofenderse?
—Anda, dímelo.
—Pues bien, por...por...porque es usted un infeliz, un pobre hombre...—¿También tú?
—Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de...la Rosario. Más leal a usted...¡ni Orfeo!
—¿Siempre?
—¡Siempre!
—¿Pase lo que pase?
—Sí, pase lo que pase.
—Tú, tú eres la verdadera...—y fué a cojerla.
—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...—Basta, te entiendo.
Y se despidieron.
Y al quedarse solo se decía Augusto: «entre una y otra me van a volver loco de atar...yo ya no soy yo...»
—Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así por el estilo—le dijo Liduvina mientras le servía la comida—; eso le distraería.
—¿Y como se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?
—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y...¡ya ve usted!
—Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de comer, y dile que quiero echar con él una partida de tute...que me distraiga.
Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó: —Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?
—¡Según y conforme!
—¿Cómo según y conforme?
—¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas casarse con todas ellas, y si no, no casarse con ninguna.
—Pero ¡hombre, eso primero no es posible!
—¡En teniendo mucho dinero todo es posible!
—¿Y si ellas se enteran?
—Eso a ellas no les importa.
—¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite parte del cariño de su marido?
—Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre le ponga a ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, del lujo; pero si le deja gastar lo que quiera...Ahora, si tiene hijos de él...—Si tiene hijos, ¿qué?
—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así molestias...Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le produce encima...si lleva a una mujer dinero que de otra saca, —Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay Otelas...—Ni Desdémonos.
—¡Puede ser...!
—Pero qué cosas dices...—Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa del señorito había servido yo en muchas casas de señorones...me han salido los dientes en ellas...—¿Y en vuestra clase?
—¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permitimos ciertos lujos...—¿Y a qué llamas lujos?
—A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas...—¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por celos, se ven en vuestra clase...!
—¡Bah!, eso es porque esos...chulos van al teatro y leen novelas, que si no.
—Si no, ¿qué?
—Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás.
—Filósofo estás...
—Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.
XXI —Sí, tiene usted razón—le decía don Antonio a Augusto aquella tarde, en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito—, tiene usted razón, hay un misterio doloroso, dolorosísimo en mi vida. Usted ha adivinado algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar...¿hogar?, pero habrá notado...—Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a él...—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, usted le habrá parecido un hogar sin hijos, acaso sin esposos...—No sé...no sé...—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van siempre con uno, que le rodean y envuelven como un ámbito misterioso.
Mi pobre mujer...—Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de...—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted ha sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.
—Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted vive como su mujer, lo es.
—No, yo tengo otra mujer...legítima, según se la llama. Estoy casado, pero no con la que usted conoce. Y ésta, la madre de mis hijos, está casada también, pero no conmigo.
—Ah, un doble...—No, un cuádruple, como va usted a verlo. Yo me casé loco, pero enteramente loco de amor, con una mujercita reservada y callandrona, que hablaba poco y parecía querer decir siempre mucho más de lo que decía, con unos ojos garzos dulces, dulces, dulces, que parecían dormidos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces para chispear fuego. Y ella era toda así. Su corazón, su alma toda, todo su cuerpo, que parecían de ordinario dormidos, despertaban de pronto como en sobresalto, pero era para volver a dormirse muy pronto, pasado el relámpago de vida, ¡y de qué vida!, y luego como si nada hubiese sido, como si se hubiese olvidado de todo lo que pasó. Era como si estuviésemos siempre recomenzando la vida, como si la estuviese reconquistando de continuo. Me admitió de novio como en un ataque epiléptico y creo que en otro ataque me dio el sí ante el altar. Y nunca pude conseguir que me dijese si me quería o no.
Cuantas veces se lo pregunté, antes y después de casarnos, siempre me contestó: eso no se pregunta; es una tontería. Otras veces decía que el verbo amar ya no se usa sino en el teatro y los libros, y que si yo le hubiese escrito: ¡te amo!, me habría despedido al punto.
Vivimos más de dos años de casados de una extraña manera, reanudando yo cada día la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un día faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por todas partes, y al siguiente día supe por una carta muy seca y muy breve que se había ido lejos, muy lejos, con otro hombre...—Y no sospechó usted nada antes, no lo barruntó...—¡Nada! Mi mujer salía sola de casa con bastante frecuencia, a casa de su madre, de unas amigas, y su misma extraña frialdad la defendía ante mí de toda sospecha. ¡Y nada adiviné nunca en aquella esfinge!
El hombre con quien huyó era un hombre casado, que no sólo dejó a su mujer y a una pequeña niña para irse con la mía, sino que se llevó la fortuna toda de la suya, que era regular, después de haberla manejado a su antojo. Es decir, que no sólo abandonó a su esposa, sino que la arruinó robándole lo suyo. Y en aquella seca y breve y fría carta que recibí se hacía alusión al estado en que la pobre mujer del raptor de la mía se quedaba. ¡Raptor o raptado...no lo sé! En unos días ni dormí, ni comí, ni descansé; no hacía sino pasear por los más apartados barrios de mi ciudad. Y estuve a punto de dar en los vicios más bajos y más viles. Y cuando empezó a asentárseme el dolor, a convertírseme en pensamiento, me acordé de aquella otra pobre víctima, de aquella mujer que se quedaba sin amparo, robada de su cariño y de su fortuna. Creí un caso de conciencia, pues que mi mujer era la causa de su desgracia, ir a ofrecerla mi ayuda pecuniaria, ya que Dios me dio fortuna.
—Adivino el resto, don Antonio.
—No importa. La fuí a ver. Figúrese usted aquella nuestra primera entrevista. Lloramos nuestras sendas desgracias, que eran una desgracia común. Yo me decía: «¿y es por mi mujer por la que ha dejado a ésta ese hombre?», y sentía, ¿por qué no he de confesarle la verdad?, una cierta íntima satisfacción, algo inexplicable, como si yo hubiese sabido escojer mejor que él y él lo reconociese. Y ella, su mujer, se hacía una reflexión análoga, aunque invertida, según después me ha declarado. Le ofrecí mi ayuda pecuniaria, lo que de mi fortuna necesitase, y empezó rechazándomelo. «Trabajaré para vivir y mantener a mi hija», me dijo. Pero insistí y tanto insistí que acabó aceptándomelo. La ofrecí hacerla mi ama de llaves, que se viniese a vivir conmigo, claro que viniéndonos muy lejos de nuestra patria, y después de mucho pensarlo lo aceptó también.
—Y es claro, al irse a vivir juntos...—No, eso tardó, tardó algo. Fué cosa de la convivencia, de un cierto sentimiento de venganza, de despecho, de qué sé yo...Me prendé no ya de ella, sino de su hija, de la desdichada hija del amante de mi mujer; la cobré un amor de padre, un violento amor de padre, como el que hoy se lo tengo, pues la quiero tanto, tanto, sí, cuando no más, que a mis propios hijos. La cojía en mis brazos, la apretaba a mi pecho, la envolvía en besos, y lloraba, lloraba sobre ella. Y la pobre niña me decía: «¿por qué lloras, papá?», pues le hacía que me llamase así y por tal me tuviera. Y su pobre madre al verme llorar así lloraba también y alguna vez mezclamos nuestras lágrimas sobre la rubia cabecita de la hija del amante de mi mujer, del ladrón de mi dicha.
Un día supe—prosiguió—que mi mujer había tenido un hijo de su amante y aquel día todas mis entrañas se sublevaron, sufrí como nunca había sufrido y creí volverme loco y quitarme la vida. Los celos, lo más brutal de los celos, no lo sentí hasta entonces. La herida de mi alma, que parecía cicatrizada, se abrió y sangraba...¡sangraba fuego! Más de dos años había vivido con mi mujer, con mi propia mujer, y ¡nada! ¡y ahora aquel ladrón...! Me imaginé que mi mujer habría despertado del todo y que vivía en pura brasa. La otra, la que vivía conmigo, conoció algo y me preguntó: «¿qué te pasa?» Habíamos convenido en tutearnos, por la niña. «¡Déjame!», le contesté. Pero acabé confesándoselo todo, y ella al oírmelo temblaba. Y creo que le contagié de mis furiosos celos...—Y claro, después de eso...—No, vino algo después y por otro camino. Y fué que un día estando los dos con la niña, la tenía yo sobre mis rodillas y estaba contándola cuentos y besándola y diciéndole bobadas, se acercó su madre y empezó a acariciarla también. Y entonces ella, ¡pobrecilla!, me puso una de sus manitas sobre el hombro y la otra sobre el de su madre, y nos dijo: «papaíto...mamaíta...¿por qué no me traéis un hermanito para que juegue conmigo, como le tienen otras niñas, y no que estoy sola...?» Nos pusimos lívidos, nos miramos a los ojos con una de esas miradas que desnudan las almas, nos vimos éstas al desnudo, y luego, para no avergonzarnos, nos pusimos a besuquear a la niña, y alguno de estos besos cambió de rumbo. Aquella noche, entre lágrimas y furores de celos, engendramos al primer hermanito de la hija del ladrón de mi dicha.
—¡Extraña historia!
—Y fueron nuestros amores, si es que así quiere usted llamarlos, unos amores secos y mudos, hechos de fuego y rabia, sin ternezas de palabra. Mi mujer, la madre de mis hijos quiero decir, porque ésta y no otra es mi mujer, mi mujer es, como usted habrá visto, una mujer agraciada, tal vez hermosa, pero a mí nunca me inspiró ardor de deseos, y esto a pesar de la convivencia. Y aun después que acabamos en lo que le digo me figuré no estar en exceso enamorado de ella, hasta que pude convencerme de lo contrario. Y es que una vez, después de uno de sus partos, después del nacimiento del cuarto de nuestros hijos, se me puso tan mal, tan mal, que creí que se me moría. Perdió la más de la sangre de sus venas, se quedó como la cera de blanca, se le cerraban los párpados...Creí perderla. Y me puse como loco, blanco yo también como la cera, la sangre se me helaba. Y fuí a un rincón de la casa, donde nadie me viese y me arrodillé y pedí a Dios que me matara antes que dejase morir a aquella santa mujer. Y lloré y me pellizqué y me arañé el pecho hasta sacarme sangre. Y comprendí con cuán fuerte atadura estaba mi corazón atado al corazón de la madre de mis hijos. Y cuando ésta se repuso algo y recobró conocimiento y salió de peligro, acerqué mi boca a su oído, según ella sonreía a la vida renaciente tendida en la cama, y le dije lo que nunca le había dicho y nunca la he vuelto, de la misma manera, a decir. Y allí sonreía, sonreía, sonreía mirando al techo. Y puse mi boca sobre su boca, y me enlacé con sus desnudos brazos el cuello, y acabé llorando de mis ojos sobre sus ojos. Y me dijo: «gracias, Antonio, gracias, por mí, por nuestros hijos, por nuestros hijos todos...todos...todos...por ella, por Rita...» Rita es nuestra hija mayor, la hija del ladrón...no, no, nuestra hija, mi hija. La del ladrón es la otra, es la de que se llamó mi mujer en un tiempo.
¿Lo comprende usted ahora todo?
—Sí, y mucho más, don Antonio.
—¿Mucho más?
—¡Más, sí! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.
—No, no, no tengo más que una, una sola, la madre de mis hijos. La otra no es mi mujer, no sé si lo es del padre de su hija.
—Y esa tristeza...—La ley es siempre triste, don Augusto. Y es más triste un amor que nace y se cría sobre la tumba de otro y como una planta que se alimenta, como de mantillo, de la podredumbre de otra planta.
Crímenes, sí, crímenes ajenos nos han juntado, ¿y es nuestra unión acaso crimen? Ellos rompieron lo que no debe romperse, ¿por qué no habíamos nosotros de anudar los cabos sueltos?
—Y no han vuelto a saber...—No hemos querido volver a saber. Y luego nuestra Rita es una mujercita ya; el mejor día se nos casa...Con mi nombre, por supuesto, con mi nombre, y haga luego la ley lo que quiera. Es mi hija y no del ladrón; yo la he criado.
XXII —Y bien, ¿qué?—le preguntaba Augusto a Víctor—¿cómo habéis recibido al intruso?
—¡Ah, nunca lo hubiese creído, nunca! Todavía la víspera de nacer nuestra irritación era grandísima. Y mientras estaba pugnando por venir al mundo no sabes bien los insultos que me lanzaba mi Elena.
«¡Tú, tú tienes la culpa, tú!», me decía. Y otras veces: «¡quítate de delante, quítate de mi vista! ¿no te da vergüenza de estar aquí? Si me muero, tuya será la culpa». Y otras veces: «¡ésta y no más, ésta y no más!» Pero nació y todo ha cambiado. Parece como si hubiésemos despertado de un sueño y como si acabáramos de casarnos.
Yo me he quedado ciego, talmente ciego; ese chiquillo me ha cegado.
Tan ciego estoy, que todos dicen que mi Elena ha quedado con la preñez y el parto desfiguradísima, que está hecha un esqueleto y que ha envejecido lo menos diez años, y a mí me parece más fresca, más lozana, más joven y hasta más metida en carnes que nunca.
—Eso me recuerda, Víctor, la leyenda del _fogueteiro_ que tengo oída en Portugal.
—Venga.
—Tú sabes que en Portugal eso de los fuegos artificiales, de la pirotecnia, es una verdadera bella arte. El que no ha visto fuegos artificiales en Portugal no sabe todo lo que se puede hacer con eso.
¡Y qué nomenclatura, Dios mío!
—Pero venga la leyenda.
—Allá voy. Pues el caso es que había en un pueblo portugués un pirotécnico o _fogueteiro_ que tenía una mujer hermosísima, que era su consuelo, su encanto y su orgullo. Estaba locamente enamorado de ella, pero aún más era orgullo. Complacíase en dar dentera, por así decirlo, a los demás mortales, y la paseaba consigo como diciéndoles: ¿veis esta mujer? ¿os gusta? ¿sí, eh?, ¡pues es la mía, mía sola! ¡y fastidiarse!
No hacía sino ponderar las excelencias de la hermosura de su mujer y hasta pretendía que era la inspiradora de sus más bellas producciones pirotécnicas, la musa de sus fuegos artificiales. Y hete que una vez preparando unos de éstos, mientras estaba, como de costumbre, su hermosa mujer a su lado para inspirarle, se le prende fuego la pólvora, hay una explosión y tienen que sacar a marido y mujer desvanecidos y con gravísimas quemaduras. A la mujer se le quemó buena parte de la cara y del busto, de tal manera que se quedó horriblemente desfigurada, pero él, el _fogueteiro_, tuvo la fortuna de quedarse ciego y no ver el desfiguramiento de su mujer. Y después de esto seguía orgulloso de la hermosura de su mujer y ponderándola a todos y caminando al lado de ella, convertida ahora en su lazarilla, con el mismo aire y talle de arrogante desafío que antes. «¿Han visto ustedes mujer más hermosa?», preguntaba, y todos, sabedores de su historia, se compadecían del pobre _fogueteiro_ y le ponderaban la hermosura de su mujer.
—Y bien, ¿no seguía siendo hermosa para él?
—Acaso más que antes, como para ti tu mujer después que te ha dado al intruso.
—¡No le llames así!
—Fué cosa tuya.
—Sí, pero no quiero oírsela a otro.
—Eso pasa mucho; el mote mismo que damos a alguien nos suena muy de otro modo cuando se lo oímos a otro.
—Sí, dicen que nadie conoce su voz...—Ni su cara. Yo por lo menos sé de mí decirte que una de las cosas que me da más pavor es quedarme mirándome al espejo, a solas, cuando nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia e imaginarme, viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción...—Pues no te mires así...—No puedo remediarlo. Tengo la manía de la introspección.
—Pues acabarás como los faquires, que dicen se contemplan el propio ombligo.
—Y creo que si uno no conoce su voz ni su cara, tampoco conoce nada que sea suyo, muy suyo, como si fuera parte de él...—Su mujer, por ejemplo.
—En efecto; se me antoja que debe de ser imposible conocer a aquella mujer con quien se convive y que acaba de formar parte nuestra.
¿No has oído aquello que decía uno de nuestros más grandes poetas, Campoamor?
—No; ¿qué es ello?
—Pues decía que cuando uno se casa, si lo hace enamorado de veras, al principio no puede tocar al cuerpo de su mujer sin emberrenchinarse y encenderse en deseo carnal, pero que pasa tiempo, se acostumbra, y llega un día en que lo mismo le es tocar con la mano al muslo desnudo de su mujer que al propio muslo suyo, pero también entonces, si tuvieran que cortarle a su mujer el muslo, le dolería como si le cortasen el propio.
—Y así es, en verdad. ¡No sabes cómo sufrí en el parto!
—Ella más.
—¡Quién sabe...! Y ahora como es ya algo mío, parte de mi ser, me he dado tan poco cuenta de eso que dicen de que se ha desfigurado y afeado, como no se da uno cuenta de que se desfigure, se envejece y se afea.
—Pero ¿crees de veras que uno no se da cuenta de que se envejece y afea?
—No, aunque lo diga. Si la cosa es continua y lenta. Ahora, si de repente le ocurre a uno algo...Pero eso de que se sienta uno envejecer, ¡quia!; lo que siente uno es que envejecen las cosas en derredor de él o que rejuvenecen. Y eso es lo único que siento ahora al tener un hijo. Porque ya sabes lo que suelen decir los padres señalando a sus hijos: «¡Estos, éstos son los que nos hacen viejos!»
Ver crecer al hijo es lo más dulce y lo más terrible creo. No te cases, pues, Augusto, no te cases, si quieres gozar de la ilusión de una juventud eterna.
—Y ¿qué voy a hacer si no me caso? ¿en qué voy a pasar el tiempo?
—Y ¿no es acaso el matrimonio la mejor, tal vez la única escuela de filosofía?
—¡No, hombre, no! Pues ¿no has visto cuántos y cuán grandes filósofos ha habido solteros? Que ahora recuerde, aparte de los que han sido frailes, tienes a Descartes, a Pascal, a Spinoza, a Kant...—¡No me hables de los filósofos solteros!
—Y de Sócrates, ¿no recuerdas cómo despachó de su lado a su mujer Jantipa, el día en que había de morirse, para que no le perturbase?
—No me hables tampoco de eso. No me resuelvo a creer sino que eso que nos cuenta Platón no es sino una novela...—O una _nivola_...—Como quieras.
Y rompiendo bruscamente la voluptuosidad de la conversación se salió.
En la calle acercósele un mendigo diciéndole: «¡Una limosna, por Dios, señorito, que tengo siete hijos...!» «¡No haberlos hecho!»—le contestó malhumorado Augusto. «Ya quisiera yo haberle visto a usted en mi caso—replicó el mendigo, añadiendo: y ¿qué quiere usted que hagamos los pobres si no hacemos hijos...para los ricos?» «Tienes una peseta, que el buen hombre se fué al punto a gastar a la taberna próxima.
XXIII El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase, como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale en medro. Y llegó a descubrir cosas fatales.
—¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡vete, déjame solo! ¡Anda, vete!—le decía una vez a su criada.
Y apenas ella se fué, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible, verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello me voy enamorando...hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda.
Ella, a pesar de sus cincuenta años, aún está de buen ver, y sobre todo bien metida en carnes; y cuando alguna vez sale de la cocina con los brazos remangados y tan redondos...¡vamos, que esto es una locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...»
«Ven acá, Orfeo—prosiguió, cojiendo al perro—, ¿qué crees tú que debo yo hacer? ¿Cómo voy a defenderme de esto hasta, que al fin me decida y me case? ¡Ah, ya! ¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirtamos a la mujer, que así se me persigue, en materia de estudio. ¿Qué te parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré dos monografías, pues ahora se lleva mucho las monografías; una se titulará: _Eugenia_ y la otra: _Rosario_, añadiendo: _estudio de mujer_. ¿Qué te parece de mi idea, Orfeo?»
Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. —o sea Sánchez— Paparrigópulos, que por entonces se dedicaba a estudios de mujeres, aunque más en los libros que no en la vida.
Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un erudito, un joven que había de dar a la patria días de gloria dilucidando sus más ignoradas glorias. Y si el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún entre los de aquella juventud bulliciosa que a fuerza de ruido quería atraer sobre sí la atención pública, era porque poseía la verdadera cualidad íntima de la fuerza: la paciencia, y porque era tal su respeto al público y a sí mismo que dilataba la hora de su presentación hasta que, suficientemente preparado, se sintiera seguro en el suelo que pisaba.
Muy lejos de buscar con cualquier novedad arlequinesca un efímero renombre de relumbrón cimentado sobre la ignorancia ajena, aspiraba en cuantos trabajos literarios tenía en proyecto a la perfección que en lo humano cabe y a no salirse, sobre todo, de los linderos de la sensatez y del buen gusto. No quería desafinar para hacerse oir, sino reforzar con su voz, debidamente disciplinada, la hermosa sinfonía genuinamente nacional y castiza.
La inteligencia de S. Paparrigópulos era clara, sobre todo clara, de una transparencia maravillosa, sin nebulosidades ni embolismos de ninguna especie. Pensaba en castellano neto, sin asomo alguno de hórridas brumas septentrionales ni dejos de decadentismos de bulevar parisiense, en limpio castellano, y así era cómo pensaba sólido y hondo, porque lo hacía con el alma del pueblo que lo sustentaba y a que debía su espíritu. Las nieblas hiperbóreas le parecían bien entre los bebedores de cerveza encabezada, pero no en esta clarísima España de esplendente cielo y de sano Valdepeñas enyesado. Su filosofía era la del malogrado Becerro de Bengoa, que después de llamar tío raro a Schopenhauer aseguraba que no se le habrían ocurrido a éste las cosas que se le ocurrieron, ni habría sido pesimista, de haber bebido