su biógrafo, no pusiera coro en la Compañía, y de ésta no tenerlo hemos de deducir las imperfecciones que la acompañan y la esterilidad poética que sobre ella pesa. Jamás pudo albergarse a sus anchas cigarra en ese hormiguero de clérigos regulares. Y no se diga que no nacimos todos para cantar, que no se trata aquí de «para» alguno, sino que todo el que de veras ha nacido en espíritu y no sólo en carne, sólo por ello canta, canta, porque ha nacido, y si no canta es que no nació sino en carne. Y si fundamos la Compañía de Dulcinea del Toboso, no nos olvidemos del coro, y sea el canto en ella florecimiento de afectos heroicos y de encumbrados anhelos.
Cantando estaba Don Quijote cuando echaron sobre él, en torpísima burla, un saco de gatos, y al defenderse de ellos le saltó uno al rostro y _le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor Don Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo_, y costó quitársele.
¡Pobre mi señor! Se avergüenzan ante ti leones y se te agarran a las narices gatos. De gatos que huyen y no de leones que se ven libres, es de lo que debe apartarse el héroe. «Con pulgas y con mosquitos puede Dios hacer guerra a todos los emperadores y monarcas del mundo» dice el P. Alonso Rodríguez (EJERCICIO DE PERFECCIÓN, Parte tercera, Tratado primero, capítulo XV). ¡líbrenos Dios de pulgas, de mosquitos y de gatos en huida, y mándenos en cambio leones a los que se abre la jaula!
Mas aun así y con todo y con ser temibles enemigos las pulgas y los mosquitos, no debe dejarse de hacerles la guerra, y para que se la hagamos nos los manda Dios. Podía alguno haberle dicho a Don Quijote, para disuadirle de perseguir a pulgas y mosquitos humanos, lo de que el águila no caza moscas--_aquila non capit muscas_--pero le diría mal.
Las moscas, y sobre todo las ponzoñozas, son un excelente digestivo para el águila, un activísimo fermento para la cocción de sus alimentos.
Y es que, en efecto, el veneno mismo que inyectado con aguijón en los canalillos del torrente circulatorio de la sangre nos escuece, molesta y daña o nos levanta un bubón y acaso puede llegar a matarnos, ese mismo veneno tomado por la boca no sólo es inofensivo, sino que puede ayudarnos a hacer una pronta y acabada digestión. Y es gracias a lo digestivo de la ponzoña de esas moscas venenosas que con aguijón y todo traga, luego de cazadas, el águila, como puede ésta, una vez descansado su estómago, mirar cara a cara al sol.
¿Creéis acaso que puede ponerse alma y vida en un trabajo que se emprende por amor a Dulcinea y para que nos haga famosos no sólo en los presentes sino en los venideros siglos, si no nos espolean a él las miseriucas del lugarejo o lugarón en que comemos, dormimos y vivimos?
El mejor libro de Historia Universal, el más duradero y extendido y el de historia más verdaderamente universal sería el de quien acertase a contar con toda su vida y su hondura las rencillas, los chismes, las intrigas y los cabildeos que se traen en Carbajosa de la Sierra, lugar de trescientos vecinos, el alcalde y la alcaldesa, el maestro y la maestra, el secretario y su novia, de una parte, y de la otra el cura y su ama, el tío Roque y la tía Mezuca, asistidos unos y otros por coro de ambos sexos. ¿Qué fué la guerra de Troya a que debemos la ILÍADA?
Y las moscas, pulgas y mosquitos deben quedar muy satisfechos, porque vamos a ver: a algún sujeto que intrigue, cabildee y se revuelva en esta ciudad en que escribo ¿qué otra probabilidad puede quedarle de pasar, de un modo o de otro y bajo uno u otro nombre a la posteridad, sino el que acierte yo, o acierte otro que como yo ame a Dulcinea, a pintarle con sus rasgos universales y eternos?
Miles de veces se ha dicho y repetido que lo más grande y más duradero en arte y literatura se construyó con reducidos materiales, y todo el mundo sabe que cuanto se pierde en extensión se gana en intensidad.
Pero es que al ganarse en intensidad se gana en extensión también, por paradójico que os parezca; y se gana en duración. El átomo es eterno, si existe el átomo. Lo que es de cada uno de los hombres, lo es de todos; lo más individual es lo más general. Y por mi parte prefiero ser átomo eterno a ser momento fugitivo de todo el Universo.
Lo absolutamente individual es lo absolutamente universal, pues hasta en lógica se identifica a las proposiciones individuales con las universales. Por vía de remoción se llega, en el hombre, al contratante social de Juan Jacobo, al bípedo implume de Platón, al _homo sapiens_ de Linneo, o al mamífero vertical de la ciencia moderna, al hombre por definición, que como no es de aquí ni de allí, ni de ahora ni de antes, no es de ninguna parte ni de tiempo alguno, resultando ser, por lo tanto, un _homo insipidus_. Y así cuanto más se estrecha y constriñe la acción a lugar y tiempo limitados, tanto más universal y más secular se hace, siempre que se ponga alma de eternidad y de infinitud, soplo divino en ella. La mentira más grande en historia es la llamada historia universal.
Ved a Don Quijote; Don Quijote no fué a Flandes, ni se embarcó para América, ni intentó tomar parte en ninguna de las grandes empresas históricas de su tiempo, sino que anduvo por los polvorientos caminos de su Mancha a socorrer a los menesterosos que en ellos topase y a enderezar los tuertos de allí y de entonces. Su corazón le decía que vencidos los molinos de viento de la Mancha quedaban vencidos en ellos todos los demás molinos y castigado Juan Haldudo el rico quedaban castigados todos los amos ricos despiadados y avariciosos. Porque no os quepa duda de que el día en que sea vencido del todo y por entero un malicioso, la malicia empezará a desaparecer de la tierra y desaparecerá pronto de ella.
Don Quijote fué, queda ya dicho, fiel discípulo del Cristo, y Jesús de Nazaret hizo de su vida enseñanza eterna en los campos y caminos de la pequeña Galilea. Ni subió a más ciudad que a Jerusalén, ni Don Quijote a otra que a Barcelona, la Jerusalén de nuestro Caballero.
Nada hay menos universal que lo llamado cosmopolita, o mundial como ahora han dado en decir; nada menos eterno que lo que pretendemos poner fuera de tiempo. En las entrañas de las cosas, y no fuera de ellas, están lo eterno y lo infinito. La eternidad es la sustancia del momento que pasa, y no la envolvente del pasado, el presente y el futuro de las duraciones todas, la infinitud es la sustancia del punto que miro, y no la envolvente de la anchura, largura y altura de las extensiones todas.
La eternidad y la infinitud son las sustancias del tiempo y del espacio respectivamente, y éstos sus formas, estando aquéllas virtualmente todas enteras, en cada momento de una duración la una, en cada punto de una extensión la otra.
Cacemos, pues, y traguémonos a las moscas ponzoñosas que zumbando y esgrimiendo su aguijón, revolotean en torno nuestro, y Dulcinea nos dé el poder convertir esta caza en combate épico que se cante en la duración de los siglos por el ámbito de la tierra toda.
CAPÍTULOS XLVII, XLIX, LI, LIII Y LV Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza.
Deja aquí el historiador a Don Quijote, y salteando los capítulos entre las cosas de éste y las de su escudero, pasa a contarnos cómo gobernó Sancho la ínsula, gobernamiento a que sólo cabe poner de comentario aquellas palabras de Pablo de Tarso en el versillo 18 del capítulo III de su segunda epístola a los Corintios, donde dice: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros parece ser sabio en este siglo, hágase simple para ser de veras sabio».
Con razón dijo el mayordomo oyendo a Sancho: _cada día se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados_. ¿Y cómo no?
Sancho, el gobernador por burlas, _ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar y se nombran: las Constituciones del Gran Gobernador Sancho Panza_. Y no nos extrañe esto, pues los más de los grandes legisladores no pasan de Sancho Panzas, que a no serlo mal podrían legislar.
Y llegó, por fin, el fin del gobierno de Sancho y con este fin se sumergió Panza en las honduras de su heroísmo. Dejando el gobierno de la ínsula, por el que tanto había suspirado, acabó de conocerse Sancho, y pudiera haber dicho a sus burladores lo que Don Quijote dijo a Pedro Alonso cuando éste le recogió en su primera salida, y es aquello de: _yo sé quién soy_. Dije que sólo el héroe puede decir _yo sé quién soy_ y ahora añado que todo el que puede decir _yo sé quién soy_, es héroe, por humilde y oscura que su vida se nos aparezca. Y Sancho, al dejar la ínsula, supo quién era.
Luego que le molieron y quebrantaron en el burlesco asalto a la ínsula, vuelto en sí del desmayo que el temor y el sobresalto le produjeron, preguntó qué hora era, calló, vistióse, se fué a la caballeriza, _siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dió un beso de paz en la frente y no sin lágrimas en los ojos, le dijo: venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y miserias; cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos_. Y luego de enalbardar el rucio, añadió otras no menos bien concertadas razones pidiendo le dejaran volver a su _antigua libertad_.
_Yo no nací_--dijo--_para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas que dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fué nacido._ Y tú, Sancho, no naciste para mandar sino para ser mandado, y el que para ser mandado nació halla su libertad en que le manden y su esclavitud en mandar; naciste no para guiar a otros, sino para seguir a tu amo Don Quijote, y en seguirle está tu ínsula. ¡Ser señor! ¡Y qué de congojas y miserias trae consigo! Bien decía Teresa de Jesús, cuando en el cap. XXXIV de su VIDA nos habla de aquella señora que había de ayudarle en fundar el monasterio de San José, que viéndola vivir aborreció del todo el desear ser señora, porque «ello es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo, es llamar señores a las personas semejantes, que no me parece son sino esclavos de mil cosas».
Creíste, Sancho, salir de casa de tu mujer y tus hijos y los dejaste por buscar para ti y para ellos el gobierno de la ínsula, pero en realidad saliste llevado del heroico espíritu de tu amo y fuiste conocido, aunque sin darte de ello clara cuenta, que el seguirle y servirle y vivir con él era tu ínsula. ¿Qué vas a hacer sin tu amo y señor? ¿De qué te ha servido el gobierno de tu ínsula si no tenías allí a tu Don Quijote y no podías mirarte en él y servirle y admirarle y quererle? Porque ojos que no ven, corazón que no siente.
_Quédense en esta caballeriza_--añadió Sancho--_las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvamos a andar por el mundo con pie llano_...Habrás oído muchas veces, buen Sancho, que hay que ser ambicioso y esforzarse por volar para que nos broten alas, y yo te lo he dicho muchas veces y te lo repito, pero tu ambición debe cifrarse en buscar a Don Quijote; la ambición del que nació para ser mandado debe ser buscar quien bien le mande y que pueda de él decirse lo que del Cid decían los burgaleses según el viejo ROMANCE DE MYO CID Dios, qué buen vassalo si ouiesse buen señor!
Al dejar ese gobierno por el que tanto tiempo suspiraste y que te parecía ser la razón y el fin de todos tus andantes trabajos, al dejarlo y volverte a tu amo, llegas al meollo de ti mismo y puedes hombrearte con tu Don Quijote y decir como él y con él: _¡yo sé quién soy! Eres héroe_ como él, tan héroe como él. Y es, Sancho, que el heroísmo se pega cuando nos acercamos al héroe con el corazón puro.
Admirar y querer al héroe con desinterés y sin malicia es ya participar de su heroísmo; es como el que sabe gozar de la obra del poeta, que es a su vez poeta por saber gozarla.
Teníante por interesado y codicioso, Sancho, y al salir de tu ínsula pudiste exclamar: _saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel_. Y así era la verdad, y así lo reconoció el Dr. Recio. Ofreciéronle compañía para el camino y _todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje_. Pero _Sancho dijo que no quería más que un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él_. No se olvidaba de su amigo y compañero el rucio, del sufrido y noble animal que le ligaba a la tierra. _Abrazáronle todos y él, llorando, abrazó a todos y los dejó admirados así de sus razones como de su determinación tan resoluta y discreta._ Y quedóse solo en los caminos del mundo, lejos de su casa, sin la ínsula y sin Don Quijote, abandonado a sí mismo, dueño de sí. ¿Dueño? _Le tomó la noche algo escura y cerrada_ y solo, sin su amo, fuera de su lugar, ¿qué iba a sucederle? _Cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima._ Mira, Sancho, es lo que tiene que sucederte en cuanto te encuentres lejos de tu lugar, del lugar de los tuyos, sin ínsula y sin amo: caerte en sima. Pero no te vino mal esa caída, porque allí, en lo hondo de la sima, pudiste ver mejor lo hondo de la sima de tu vida y cómo el que se vió ayer gobernador de una ínsula, _mandando a sus sirvientes y sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima sin haber persona alguna que le remediase, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro_.
Y allí, en el fondo de la sima, comprendiste que no habrías de tener en ella la ventura que tu amo Don Quijote tuvo en la cueva de Montesinos, pues _allí vió él visiones hermosas y apacibles_--te decías--_y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras_. Sí, hermano Sancho; no son las visiones para todos ni es el mundo de las simas más que una proyección del mundo de la sima de nuestro espíritu; tú hubieras visto en la cueva de Montesinos sapos y culebras como en esa cueva en que caíste los viste, y tu amo hubiera visto en esa tu sima visiones hermosas y apacibles como las vió en la cueva de Montesinos. Para ti no ha de haber más visiones que las de tu amo; él ve el mundo de las visiones y tú lo ves en él; él lo ve por su fe en Dios y en sí mismo y tú lo ves por tu fe en Dios y en tu amo. Y no es menos grande tu fe que la fe de Don Quijote, ni son menos propias de ti las visiones que ves por tu amo que son propias de él las que él ve por sí mismo. El mismo Dios se las suscita y te las suscita, a él en él mismo, y a ti en él. No es menos héroe el que cree en el héroe que el héroe mismo creído por él.
Mas el pobre Sancho dió en lamentarse en el fondo de la sima y en llorar su desgracia, viendo ya que sacaría de allí sus huesos _mondos, blancos y raídos_ y los de su buen rucio con ellos; viéndose morir lejos de su patria y de los suyos, sin que nadie le cierre los ojos ni se duela de su muerte al tiempo de morir, que es morir dos veces y quedarse solo con la muerte. Y así le llegó el día; y ¿qué iba a hacer el pobre Sancho, solo con su rucio, sino dar voces y pedir socorro?
Y explorar su sima, pues para algo había servido a Don Quijote. Y entonces es cuando exclamó aquellas tan preñadas sentencias: _¡Válame Dios todopoderoso! ésta que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo Don Quijote. Él sí que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir desta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme._ Sí, hermano Sancho, sí; el menoscabo de tu ánimo te impide y te impedirá encontrar jardines floridos y palacios de Galiana en las profundas simas a que caigas. Pero mira, ahora en que en el fondo de la sima de tu desgracia reconoces lo mucho que de tu amo te separa, ahora es cuando estás más cerca de él, pues cuanto más sientas tu distancia de él, más a él te acercas. Te pasa con tu amo, aunque en finito y relativo, lo que en infinito y absoluto nos pasa a tu amo, a ti, a mí y a todos los mortales, con Dios, y es que cuanto más sentimos el infinito que de Él nos separa, más cerca de Él estamos, y cuanto menos acertamos a definirle y representárnoslo, mejor le conocemos y queremos más.
Y yendo así con el rucio y con sus pensamientos por aquellas profundidades Sancho, dando voces, las oyó...¿quién había de oirlas?
¿quién otro sino el mismísimo Don Quijote? El cual habiendo salido una mañana a imponerse y ensayarse en lo que había de hacer en el trance de la honra de la hija de Doña Rodríguez, fué llevado por Dios a la boca de la sima, donde oyó las voces que Sancho daba. Y Don Quijote le creía alma en pena, y le ofrecía sufragios para sacarle del purgatorio, que pues su profesión era de favorecer y acorrer a los necesitados de este mundo, también lo sería para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro.
Mira, Sancho, cómo tu amo al oirte en la sima y en la sima no verte, tiénete por muerto y te ofrece sus sufragios. Y entonces, al oir tú la voz de tu amo, exclamaste lleno de júbilo: _¡nunca me he muerto en todos los días de mi vida!_ Ya no piensas en que recojan tus huesos mondos, blancos y roídos, ni en que has de morir solo con la muerte; oíste a tu amo y olvidando que has de morir, recuerdas tan sólo que no te has muerto nunca todavía. Y rebuznó el rucio, y al oirlo comprendió Don Quijote que no se trataba de alma en pena, sino de su escudero, que le acompañaba. Y es la señal muy cierta, pues cuando de las cosas que nos parecen del otro mundo salen rebuznos, es que no se trata sino de cosas del mundo éste. Y Don Quijote hizo que le sacaran de la sima.
Y así fué sacado Sancho de la sima en que cayera al salir del gobierno de su ínsula y encontrarse solo, de aquella sima por la que caminó llevando tras de sí y guiando a su rucio. Que esta diferencia entre otras había entre amo y escudero, y es que aquél se dejaba guiar de su caballo y el escudero guiaba a su rucio. Y así sucede que en la marcha por el bajo mundo se deja el Quijote llevar por su animal, y el Sancho lo lleva.
CAPÍTULO LVI De lo que sucedió a Don Quijote con Doña Rodríguez, la dueña de la Duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna.
En la melancólica aventura de la dueña Doña Rodríguez sólo hay que advertir la encantadora simplicidad de esta buena mujer, que entre tantos burladores, acudió en veras a Don Quijote. Y entonces se preparó el singular duelo del caballero con Tosilos para obligar al seductor de la hija de Doña Rodríguez a que tomase a ésta por suegra, y el inesperado desenlace de él merced al súbito enamorarse Tosilos de la ex doncella y declarar cómo la quería por mujer. Y he aquí cómo entre tantos burladores la simple, la boba, la sincera Doña Rodríguez logró poner a su desdoncellada hija a punto de casarse, gracias a Don Quijote. Pues siempre ocurre que quien con pureza de intención y de veras y no en burlas, acude a Don Quijote, sin burlarse de él, consigue su propósito. Difícil es esta fe en un mundo de burladores, pero ¿no creéis que quien tomase a Don Quijote tan en serio como Doña Rodríguez y su hija le tomaron lograría sus propósitos, a no atravesársele aviesos burladores, como se les atravesaron a ellas?
Cierto es que al descubrirse que el caballero que se dió por vencido no era el seductor sino Tosilos, se llamaron a engaño la seducida y su señora madre, pero bien dijo Don Quijote a la ex doncella al encontrarse con aquel nuevo caso de encantamiento: _tomad mi consejo y apesar de la malicia de mis enemigos casaos con él, que sin duda es el mismo que vos deseáis alcanzar por esposo_. ¡Y tan el mismo! Como que lo aceptó, pues más quería ser mujer legítima de un lacayo, que no amiga y burlada de un caballero. De mano de Don Quijote tomó inesperado esposo, y ésta es la aventura a que por el pronto dió más feliz remate nuestro caballero. Y le dió tal por haberse encontrado con gentes sencillas y humildes, de las que toman el mundo en serio y acuden en serio a Don Quijote; por haberse encontrado con burlada moza que anhelaba esposo, contentándose con el que Don Quijote le diera.
¡Hermosa conformidad! Y tal es la condición para que pueda el héroe hacer en nosotros su beneficio y es que nos hallemos dispuestos a recibir de su mano lo que nos diere, siempre que remedie nuestra necesidad. ¿Eres, lectora, una burlada doncella y quieres remediar tu desgracia? ¿necesitas marido que cubra tu vergüenza? pues no pretendas que haya él de ser éste o aquél, y menos tu burlador; conténtate con el que te depare Don Quijote, que es buen casamentero.
Y al concluir de contar esta tan afortunada aventura, añade el historiador estas terribles palabras: _Aclamaron todos la victoria por Don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos de ver que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes_. ¡Oh, y qué terrible es en sus burlas el hombre! Más de temer es la burla del hombre que no la seria acometividad de una fiera salvaje, que os ataca por hambre. Puestos los hombres en el despeñadero de las burlas no paran hasta bajar a crímenes y villanías; por burlas comenzaron muchos de los más horrendos delitos; por buscar deleite y regocijo se ha llevado a muchos a trabarse de manos homicidas.
¡Cosa terrible la burla! Dicen que por burla, señor mío Don Quijote, se escribió tu historia, para curarnos de la locura del heroísmo, y añaden que el burlador logró su objeto. Tu nombre ha llegado a ser para muchos cifra y resumen de burlas y sirve de conjuro para exorcizar heroísmos y achicar grandezas. Y no recobraremos más nuestro aliento de antaño mientras no volvamos la burla en veras y hagamos el Quijote muy en serio y no por compromiso y sin creer en ti.
Ríense los más de los que leen tu historia, loco sublime, y no pueden aprovecharse de su meollo espiritual mientras no la lloren. ¡Pobre de aquel a quien tu historia, Ingenioso Hidalgo, no arranque lágrimas, lágrimas del corazón, no ya de los ojos!
En una obra de burlas se condensó el fruto de nuestro heroísmo; en una obra de burlas se eternizó la pasajera grandeza de nuestra España; en una obra de burlas se cifra y compendia nuestra filosofía española, la única verdadera y hondamente tal; con una obra de burlas llegó el alma de nuestro pueblo, encarnada en hombre, a los abismos del misterio de la vida. Y esa obra de burlas es la más triste historia que jamás se ha escrito; la más triste, sí, pero también la más consoladora para cuantos saben gustar en las lágrimas de la risa la redención de la miserable cordura a que la esclavitud de la vida presente nos condena.
Yo no sé si esa obra, mal entendida y peor sentida, puede tener en ello parte, mas es el caso que se cierne sobre nuestra pobre patria una atmósfera abochornada de gravedad abrumadora. Por dondequiera hombres graves; enormemente graves, graves hasta la estupidez. Enseñan con gravedad, predican con gravedad, mienten con gravedad, engañan con gravedad, disputan con gravedad, juegan y ríen con gravedad, faltan con gravedad a su palabra, y hasta eso que llaman informalidad y ligereza son la ligereza e informalidad más graves que se conoce.
Ni aun a solas dan unos tumbos y zapatetas en el aire, en seco y sin motivo alguno, y de tal modo pareció agotarse en la historia de Don Quijote el repuesto todo de heroísmo que en España hubiera, que no es fácil se encuentre hoy en el mundo pueblo más incapaz que el español de comprender y sentir el humor. Aquí se toma por donaires y se ríe las más chocarreras torpezas de cualquier ingenio afrailado; hay asnos en figura humana que celebran como agudo chiste el que se le diga a alguien que se le ven las orejas de burro. Después que tú, Don Quijote, te fuiste de este mundo se ha llegado a reir como gracias las insípidas sandeces de un tal Fray Gerundio de Campazas y luego que Sancho dejó de luchar en la conquista de su fe, se nos vino un Bertoldo italiano y está bertoldizando a nuestro pueblo. Mentira parece que en el pueblo en que Don Quijote elevó a heroicas hazañas las más miserables burlas, se rieran los retorcidos chistes de aquel fúnebre Quevedo, hombre grave y tieso si los ha habido, y fuesen reídas las pretendidas gracias, puramente de corteza, cuando no de pellejo de corteza, es decir, de vocablo, de su Gran Tacaño.
CAPÍTULO LVII Que trata de cómo Don Quijote se despidió del Duque, y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la Duquesa.
Harto Don Quijote de su ociosidad en casa de los Duques y dolido allá, por muy dentro de sí, aunque su historiador no nos lo apunte, de las burlas que se le hacían, decidió marcharse. Y no nos quepa duda de que las tales burlas ni se le pasaban inadvertidas ni dejaban de dolerle, pues aunque su locura las tomara por buenas y las aprovechase en heroísmo, no dejaba de trabajar por debajo de ella su cordura, a oscuras, y tal vez sin que él mismo se percatara de ello.
Y así _pidió un día licencia a los Duques para partirse_ y se la dieron _con muestras de que en gran manera les pesaba de que los dejase_. A Sancho le dieron, a escondidas de su amo, _un bolsico con doscientos escudos de oro_, el triste precio de las burlas, el salario de los juglares. Y después de sufrir una vez más los burlescos requiebros de Altisidora, se salió Don Quijote del castillo, _enderezando su camino a Zaragoza_.
Toma ya libre huelgo el Caballero de la Fe; respiremos con él.
CAPÍTULO LVIII Que trata de cómo menudearon sobre Don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras.
_Cuando Don Quijote se vió en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho, le dijo: la libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los siglos_...con todo lo que se sigue.
Sí, ya estás libre de burlas y chacotas, ya estás libre de Duques y doncellas y lacayos, ya estás libre de la vergüenza de aparecer pobre.
Se comprende bien que _en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve_ te pareciera _estar metido entre las estrechezas de la hambre_. Bien decías: _Venturoso aquel a quien el cielo dió un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo_. ¿Y quién es ése?
_En estos y otros razonamientos iban los andantes caballero y escudero_ y ocupado el corazón de Don Quijote por los dejos de su esclavitud en casa de los Duques y el recuerdo de su soledad y su pobreza, cuando se encontró con una docena de labradores que llevaban, cubiertas con unos lienzos, unas imágenes de relieve y entalladura para el retablo de su aldea. Pidió Don Quijote cortésmente que se las mostrasen y le enseñaron las de San Jorge, San Martín, San Diego Matamoros y San Pablo, caballeros andantes del cristianismo los cuatro y que pelearon a lo divino. Y Don Quijote al verlos dijo: _Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo._ ¡Hondísimo pasaje! Aquí la temporal locura del caballero Don Quijote se derrite en la eterna bondad de la cordura del hidalgo Alonso el Bueno, y no hay acaso en toda la tristísima epopeya de su vida pasaje que nos labre más honda pesadumbre en el corazón. Aquí Don Quijote se adentra y entraña en la cordura de Alonso Quijano el Bueno, zahonda en sí mismo, torna a ser niño y a mamar, según aquello de Teresa de Jesús (VIDA, XIII, II) de que lo «del conocimiento propio jamás se ha de dejar ni hay alma en este camino tan gigante que no haya menester muchas veces tornar a ser niño y a mamar». Sí, Don Quijote se vuelve aquí a su niñez espiritual, a la niñez cuyo recuerdo es el alivio de nuestra alma, pues es el niño que llevamos todos dentro quien ha de justificarnos algún día. Hay que hacerse como niños para entrar en el reino de los cielos. Aquí se le agolpaban en la cabeza y en el corazón a Don Quijote aquellos años de sus remotas mocedades de que nada nos dice su historia, todos aquellos misteriosos años en que libre todavía del encanto de los libros de caballerías había contemplado con paz, en serenas tardes, la mansedumbre de la reposada Mancha.
¿Y no había, pobre Caballero, en el poso de este tu desencanto un recuerdo de aquella garrida Aldonza por la que suspirabas doce años ya sin más que haberla visto cuatro veces? _Si mi Dulcinea del Toboso saliese de los_ (trabajos) _que padece_...decías, mi pobre Don Quijote, y en tanto pensaba dentro de ti Alonso Quijano: ¡oh, si el imposible por ser imposible se cumpliese merced a mi locura, si Aldonza movida a compasión y encantada por la locura de mis proezas, viniese a romper mi vergüenza, esta vergüenza de pobre hidalgo entrado en años y henchido de amor, ¡oh, entonces, _mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio_, encaminaría mis pasos a una vida de amor dichoso! ¡Oh mi Aldonza, mi Aldonza, tu pudiste llevarme por mejor camino del que llevo! ¡pero...es ya tarde! ¡Te encontré muy tarde en mi vida! ¡Oh misterios del tiempo! ¡Contigo habría yo sido héroe, pero un héroe sin locura; contigo este mi esfuerzo heroico habríase enderezado a hazañas de otra laya y otro alcance; contigo en vez de estas burlas, habría derramado fecundas veras por los campos de mi patria!
Y ahora, dejando a Alonso el Bueno, volvamos a Don Quijote para oir al caballero empeñado en la hazañosa empresa de enderezar los tuertos del mundo a fin de alcanzar merced a ello eternidad de nombre y fama, oirle cómo confiesa no saber lo que conquista a fuerza de sus trabajos, y verle volver su mirada a la salvación de su alma y a la conquista del cielo, que padece fuerza.
«¿De qué aprovecha al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma?»--dice el Evangelio (Mat., XVI, 26).
Esas palabras de descorazonamiento en su obra, de Don Quijote, esa su bajada a la cordura de Alonso el Bueno, es lo que más a las claras pone su hermandad espiritual con los místicos de su propia tierra castellana, con aquellas almas llenas de la sed de los secos parameros sobre que moraban y de la serena limpieza del terso cielo bajo el cual penaban. Son a la vez la queja del alma al encontrarse sola.
¿Por qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y lo purificaremos. La mirada limpia, limpia cuanto mira; los oídos castos castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra lo que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el Demonio carga con las culpas de los que le temen...Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo; purifiquemos nuestra conciencia y puro saldrá el ambiente. «La caridad cubre multitud de pecados»--dice la primera de las dos epístolas atribuidas al apóstol Pedro (IV, 8). Los limpios de corazón ven a Dios en todo, y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y sólo en la intención está el mal.
Y sobre todo, en esos tus actos heroicos ¿qué buscas? ¿Enderezar entuertos por amor a la justicia, o cobrar eterno nombre y fama por enderezarlos? La verdad es, pobres mortales, que no sabemos lo que conquistamos a fuerza de trabajos. Mejóresenos la ventura, adóbesenos el juicio y enderezaremos nuestros pasos por mejor camino del que llevamos, por otro camino que no el de la vanagloria.
¡Buscar renombre y fama! Ya lo dijo Segismundo, hermano de Don Quijote: ¿Quién por vanagloria humana pierde una divina gloria?
¿qué pasado bien no es sueño?
¿quién tuvo dichas heroicas que entre sí no diga, cuando las revuelve en su memoria: sin duda que fué soñando cuanto vi? Pues si esto toca mi desengaño, si sé que es el gusto llama hermosa que la convierte en cenizas cualquiera viento que sopla, acudamos a lo eterno, que es la fama vividora donde ni duermen las dichas ni las grandezas reposan.
(LA VIDA ES SUEÑO, III, 10.)
Acudamos a lo eterno, sí, y así mejorada nuestra ventura y adobado nuestro juicio, encaminemos nuestros pasos por mejor camino del que llevamos, encaminémonos a conquistar el cielo, que padece fuerza, la fama vividora donde ni duermen las dichas, ni las grandezas reposan.
Ya antes, mucho antes que el Segismundo calderoniano, el grave Jorge Manrique, al cantar la muerte de su padre, Don Rodrigo, Maestre de Santiago, nos dijo de las tres vidas: la vida de la carne, la vida del nombre y la vida del alma. Cuando después de tanta hazaña descansaba Don Rodrigo en la su villa de Ocaña, vino la muerte a llamar a su puerta, diciendo: buen Caballero, dexad el mundo engañoso, y su halago, muestre su esfuerzo famoso vuestro corazón de acero en este trago.
Y pues de vida y salud hicisteis tan poco cuenta por la fama, esfuércese la virtud para sufrir esta afrenta que os llama.
No se os haga tan amarga la batalla temerosa que esperáis, pues otra vida más larga de fama tan gloriosa acá dexáis.
Aunque esta vida de honor tampoco no es eternal, ni verdadera; mas con todo muy mejor