caminos libres, único terreno propio de tu heroísmo? Allí, en Barcelona, le sacaron al balcón de una de las calles más principales de la ciudad _a vista de las gentes y de los muchachos que como a mona le miraban_, allí le pasearon por las calles, sobre un gran macho de paso llano, con un balandrán y a las espaldas un pergamino en que se leía: _éste es Don Quijote de la Mancha_, lo que traía consigo, con grande admiración del Caballero, que todos los muchachos, sin haberle jamás visto, le conocieran.
¡Pobre Don Quijote, paseado por la ciudad, con tu _ecce homo_ a espaldas! Ya estás convertido en curiosidad ciudadana. Y no faltó, un castellano por cierto, quien te llamase loco y te reprendiese tu locura. Y luego, en casa de D. Antonio Moreno, que le hospedaba, hubo sarao y le hicieron bailar hasta que tuvo que sentarse _en mitad de la sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio_.
Esto supera ya en tristeza a cuanto desde el día malaventurado en que topó con los Duques le está ocurriendo. Le pasean por las calles, convertido en mona de los muchachos, y luego le hacen bailar. Tómanle de juguete, de trompo, de perinola y zarandillo. Ahora, ahora es, mi señor, cuando cuesta seguirte, ahora es cuando tus fieles han de poner su fe a prueba. «¡Que baile! ¡Que baile!»--es uno de los gritos de irrisión y burla con que escarnecen a los hombres las muchedumbres españolas. Y a ti, mi señor Don Quijote, te hicieron bailar en Barcelona, hasta molerte y quebrantarte.
Ser blanco de la ociosa curiosidad de las muchedumbres; oir que al pasar dicen junto a uno a media voz «¡ése! ¡ése!»; aguantas las miradas de los necios que le miran a uno porque se le trae y se le lleva en los papeles públicos y luego persuadirte de que no conoce tu obra esa gente como no conocían las hazañas de Don Quijote y menos aún su espíritu heroico los chicuelos que por las calles de Barcelona le aclamaban, y de que no eres sino un nombre para ellos; ¿sabéis lo que es esto? ¿Sabéis lo que es eso de que se conozca sólo vuestro nombre y de que os conozcan en dondequiera mientras en dondequiera no saben lo que habéis hecho? Pudiera muy bien suceder que estos mis comentarios a la vida de mi señor Don Quijote provocaran en esta nuestra España, como han provocado algunos otros trabajos míos, discusiones y vocerío; pues bien; os aseguro desde ahora que los más furiosos en vocear por ellos no los habrán leído. Y sin embargo, es tan miserable el hombre, que prefiere el nombre sin la obra a la obra sin el nombre, quiere más dejar su efigie acuñada en cobre a dejar oro puro de su espíritu, pero de donde se borren la efigie y la leyenda.
Allí, en la industriosa ciudad de Barcelona, le enseñaron, ¿qué sino curiosidades de industria? Allí vió y oyó a la cabeza encantada; allí visitó el taller de imprimir. _Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos Don Quijote y vió escrito sobre una puerta con letras muy grandes_: AQUÍ SE IMPRIMEN LIBROS; _de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo fuese_. Curiosidad naturalísima en quien buscó en libros bálsamo al demasiado amor y fué por libros llevado a meterse en las azarosas andanzas de su carrera de gloria. Figuraos al hidalgo cincuentón que allá, en su lugarejo manchego, había alimentado con lecturas su soledad, para quien más que para otro cualquiera fueron los libros fieles amigos, y comprenderéis con qué ánimo entraría en la imprenta.
En la cual se portó como discreto, y manifestó que sabía algún tanto del toscano y se preciaba de cantar algunas estancias del Ariosto. Y hasta allí dejó asomar ciertas puntas y ribetes de ironía a cuenta de los traductores y las traducciones.
Este y otros pasajes especialmente literarios de nuestra historia, son de los que más suelen citar esos que se llaman a sí mismos cervantistas, pero la verdad es que ello apenas lo merece. Son tiquismiquis y minucias de los del oficio, que a los demás les debe tener sin cuidado. Bien está que los escritores nos cuidemos de la hechura de nuestros trabajos y le demos vueltas y más vueltas al lenguaje y al estilo, pero de esto nada se le da al que nos lee.
Bien está el que un escritor teja sus párrafos, y luego los desmote, perche, lustre, tunda y prense para cortarlos y coserlos luego y hacer así traje a su pensamiento, mas sea para provecho del que le haya de leer. Yo mismo, en estas páginas, confieso que a las veces he zuñido y bruñido mi discurso, mas en lo que todo sobre todo he puesto ahinco es en sacar a ras de lengua escrita voces de la lengua corrientemente hablada, en desentoñar y desentrañar palabras que chorrean vida según corren frescas y rozagantes de boca en oído y de oído en boca de los buenos lugareños de tierras de Castilla y de León. Hay que flexibilizar y enriquecer el rígido y escueto castellano, dicen allende los mares.
Sin duda hay que darle más soltura y más riqueza, pero es a la lengua enteca y enclavijada de los periódicos y de los cafés. Mas para ello no es menester acudir fuera y tomar de prestado voces y giros de otros idiomas; basta remejerle los entresijos al mismo romance castellano.
Cada uno ha de engordar de sí mismo.
Otros vienen y nos dicen que no, sino que lo necesario y apremiante es podar nuestra lengua y recortarla y darla precisión y fijeza. Dicen los tales que padece de maraña y de braveza montesina nuestra lengua, que por dondequiera le asoman y apuntan ramas viciosas, y nos la quieren dejar como arbolito de jardín, como boje enjaulado. Así, añaden, ganará en claridad y en lógica. ¿Pero es que vamos a escribir algún _Discurso del método_ con ella? ¡Al demonio la lógica y la claridad ésas! Quédense los tales recortes y podas y redondeos para lenguas en que haya de encarnar la lógica del raciocinio raciocinante, pero la nuestra ¿no debe ser acaso ante todo y sobre todo instrumento de pasión y envoltura de quijotescos anhelos conquistadores?
Y en eso mismo de claridad habría que entenderse, pues hay quien aspira a que le den las ideas mascadas, ensalivadas y hechas bolo engullible para no tener que pasar otro trabajo sino el de tragarlas, o mejor aún que se las empapicen.
CAPÍTULO LXIV Que trata de la aventura que más pesadumbre dió a Don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido.
Y allí, en Barcelona, dieron fin las malandanzas caballerescas de nuestro Don Quijote; allí fué vencido por el Caballero de la Blanca Luna. Hízose éste el encontradizo, le buscó quimera por precedencia de hermosura de sus respectivas damas, le derribó y le pidió confesase las condiciones del desafío. Y el gran Don Quijote, el inquebrantable Caballero de la Fe, el heroico loco, molido y aturdido y _como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado Caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad; aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra_.
Ved aquí cómo cuando es vencido el invicto Caballero de la Fe, es el amor lo que en él vence. Esas sublimes palabras del vencimiento de Don Quijote son el grito sublime de la victoria del Amor. Él se había entregado a Dulcinea, mas sin pretender que por eso se le entregase Dulcinea, y así su derrota en nada empañaba la hermosura de la dama. Él la había hecho, cierto es, él la había hecho en puro fe, él la había creado con el fuego de su pasión; pero una vez creada, ella era ella y de ella recibía su vida él. Yo forjo con mi fe, y contra todos, mi verdad, pero luego de así forjada ella, mi verdad se valdrá y sostendrá sola y me sobrevivirá y viviré yo de ella.
¡Oh, mi Don Quijote, y cuán a dos dedos de tu salvación eterna estás, pues curado ya de la presunción, no hablas de la fortaleza de tu brazo, sino que confiesas tu flaqueza! Y ¡cómo se te viene encima la luz purificadora de la muerte próxima! ¡Como de dentro de una tumba hablas; como de dentro de la tumba del mundo que se burla de los héroes y los pasea por las calles con su pergamino a la espalda! Y vencido y maltrecho y triste y afligido y conociendo tu flaqueza, aún proclamas a Dulcinea del Toboso la más hermosa mujer del mundo. ¡Oh generoso Caballero! Tú no eres como esos que buscando la Gloria cuando se ven por ella desdeñados, la niegan y la denigran y la motejan de vana y aun dañosa; tú no eres de los que culpan a la Gloria de sus propias flaquezas y de no haber podido conquistarla; tú vencido y maltrecho prefieres la muerte a renegar de la que te metió en tu carrera de heroísmo.
Y es porque tienes fe en ella, en tu Dulcinea, sientes que cuando pareciendo abandonarte, deja que te venzan, es para luego ceñirte entre sus temblorosos brazos con hambriento cariño, y apretarte a su pecho encendido hasta que sean un parejo golpear el de su corazón y el del tuyo, y pegar a tu boca su boca, respirando de tu aliento y de su aliento tú y quedar así las dos bocas prendidas para siempre en un beso inacabable de gloria y de amor eternos. Te deja ser vencido para que comprendas que no a la fortaleza de tu brazo, sino al amor que la tuviste debes tu vida eterna. Tú la amaste, invicto Caballero de la Fe, con el amor más esmerado y grande, con amor que se alimentaba de sus desdenes y rechazos. No por haberle visto trasformada en zafia labradora se te amenguó el denodado ánimo ni pregonaste el vanidad de vanidades y todo vanidad, del sabio rey podrido por los hartazgos. Al ser vencido tu grito de triunfo, invicto Caballero, fué proclamar la hermosura sin par de Dulcinea.
Así a nosotros, tus fieles, cuando más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, Caballero, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Que yo muero en mi demanda? Pues así se hará ésta más grande con mi muerte. ¿Que peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! No importa, pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino yo de ella.
No es éste mi yo deleznable y caduco; no es éste mi yo que come de la tierra y al que la tierra comerá un día, el que tiene que vencer; no es éste sino que es mi verdad, mi yo eterno, mi padrón y modelo desde antes de antes y hasta después de después; es la idea que de mí tiene Dios, Conciencia del Universo. Y esta mi divina idea, esta mi Dulcinea, se engrandece y se sobrehermosea con mi vencimiento y muerte. Todo tu problema es éste: si has de empañar esa tu idea y borrarla y hacer que Dios te olvide, o si has de sacrificarte a ella y hacer que ella sobrenade y viva para siempre en la eterna e infinita Conciencia del Universo. O Dios o el olvido.
Si por guardar tu mecha apagas tu luz; si por ahorrar tu vida malgastas tu idea. Dios no se acordará de ti, anegándote en su olvido como en perdón supremo. Y no hay otro infierno que éste; el que nos olvide Dios, y volvamos a la in conciencia de que surgimos. «¡Señor, acuérdate de mí!» digamos con el bandolero que moría junto a Jesús (Luc., XXIII, 42). Señor, acuérdate de mí y que mi vida toda sea una vivificación de mi idea divina, y si la empañare, si la sepultara en mi carne, si la deshiciera en este mi yo caduco y terreno, entonces ¡ay de mí, Señor, porque me perdonarías olvidándome! Si aspiro a Ti, viviré en Ti; si de Ti me aparto, iré a dar en lo que no es tuyo, en lo único que fuera de Ti cabe: en la nada.
Y el vencedor de Don Quijote, el de la Blanca Luna, a quien también sacó del sosiego aldeano el amor a Dulcinea, no mata al Caballero, sino que exclama: _¡viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso!_ y se contenta con pedirle al vencido que se retire a su lugar mientras él le mande...¡que se retire a bien morir! Sansón Carrasco, el bachiller por Salamanca, que no era otro el de la Blanca Luna, fué también en busca de gloria y para que la fama lleve su nombre con el de Don Quijote. ¿Y no fué acaso también para merecer a los ojos de aquella andaluza Casilda, de que se enamoró en las callejas de la dorada ciudad del Tormes.
Y Sancho, el fiel Sancho, _todo triste, todo apesarado, no sabía qué hacerse ni decirse; parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas oscurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas como se deshace el humo con el viento._ Parémonos a considerar este fin de la gloriosa carrera de Don Quijote y cómo fué en Barcelona vencido, y vencido por su convecino el bachiller Sansón Carrasco. Y aquí, mi señor Don Quijote, he de confesarte una mi pasada bellaquería.
Hace algunos años que en un semanario que en esta nuestra España alcanzó autoridad y renombre, lancé contra ti, generoso hidalgo, este grito de guerra: ¡Muera Don Quijote! Resonó el grito, sobre todo en esa Barcelona donde fuiste vencido, y donde me lo tradujeron al catalán, resonó el grito y tuvo eco y me lo corearon y aplaudieron muchos. Pedí que murieras para que resucitara en ti Alonso el Bueno, el enamorado de Aldonza, como si su bondad se hubiera nunca mostrado más espléndida que en tus locas hazañas. Y hoy te confieso, señor mío, que aquel mi grito que tanto gusto dió en esa Barcelona donde fuiste vencido y donde me lo tradujeron al catalán, fué un grito que me lo inspiró tu vencedor Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca. Porque si es en esa Barcelona, faro y como centro de la nueva vida industrial de España, si es en esa ciudad donde más se grita contra el quijotismo, es el espíritu bachilleresco, espíritu de socarronería y de envidia el que lo anima. Fuiste, sí, vencido en Barcelona, pero lo fuiste por un manchego bachiller por Salamanca. Es, sí, en Barcelona donde más se denigra tu espíritu, pero es lo bajo del espíritu bachilleresco manchego y salmantino lo que a esas denigraciones les lleva. Porque allí, en Barcelona, es donde vence el bachiller Sansón Carrasco.
Y cuando éste declaró a D. Antonio Moreno quién era: _Oh, señor--dijo D. Antonio--, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él. ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de Don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?_ Y por este hilo siguió ensartando sus pareceres. ¡Triste modo de pensar, pues no quiere que sane, por parecerle loco _gracioso_ y por tomar gusto de sus desvaríos! No se sabe qué deplorar más, si la pequeñez de alma de Sansón Carrasco o la de D. Antonio Moreno.
Quieren a Don Quijote para reirle las gracias y tomar gusto de sus desvaríos, y por haberlas reído antaño tienen ogaño que llorar, y por haber tomado de sus desvaríos gusto les tiene que disgustar la vida hoy.
Yo lancé contra ti, mi señor Don Quijote, aquel muera. Perdónamelo; perdónamelo porque lo lancé lleno de sana y buena, aunque equivocada intención, y por amor a ti, pero los espíritus menguados, a los que su mengua les pervierte las entendederas, me lo tomaron al revés de como yo lo tomaba, y queriendo servirte te ofendí acaso. Triste caso éste de que no nos hayan de entender cosa alguna a derechas, y no más por defecto de cabeza que por vicio de corazón. Perdóname, pues, Don Quijote mío, el daño que pude hacerte queriendo hacerte bien; tú me has convencido de cuán peligroso es predicar cordura entre estos espíritus alcornoqueños; tú me has enseñado el mal que se sigue de amonestar a que sean prácticos a hombres que propenden al más grosero materialismo, aunque se disfrace de espiritualismo cristiano.
Pégame tu locura, Don Quijote mío, pégamela por entero. Y luego que me llamen soberbio o lo que quieran. No quiero buscar el provecho que ellos buscan. Que digan: ¿qué querrá? ¿qué busca? y conjeturando por los suyos, no encuentren mis caminos. Ellos buscan el provecho de esta vida perecedera y se aduermen en la rutinera creencia de la otra; a mí, mi Don Quijote, déjame luchar conmigo mismo, ¡déjame sufrir! Guárdense para sí aspiraciones de diputado provincial; a mí dame tu Clavileño y aunque no me mueva del suelo, sueñe en él subir a los cielos del aire y del fuego imperecederos. ¡Alma de mi alma, corazón de mi vida, insaciable sed de eternidad e infinitud! sé mi pan de cada día. ¡Hábil?
No, hábil, no; no, no quiero ser hábil. No quiero ser razonable según esa miserable razón que da de comer a los vividores; ¡enloquéceme, mi Don Quijote!
¡Viva Don Quijote! ¡viva Don Quijote vencido y maltrecho! ¡viva Don Quijote muerto! ¡viva Don Quijote! ¡Regálanos tu locura, eterno Don Quijote nuestro! Regálame tu locura y deja que en tu regazo me desahogue. Si supieras lo que sufro, Don Quijote mío, entre estos tus paisanos cuyo repuesto todo de locura heroica te llevaste tú, dejándoles tan sólo la petulante presunción que te perdía. ¡Si supieras cómo desdeñan desde su estúpida e insultante sanidad todo hervor de espíritu y todo anhelo de vida íntima! ¡Si supieras con qué asnal gravedad ríen las gracias de la que creen locura y toman gusto de lo que estiman desvaríos! ¡Oh Don Quijote mío, qué soberbia, qué estúpida soberbia la soberbia silenciosa de estos brutos que llaman paradoja a lo que no estaba etiquetado en su mollera y afán de originalidad a todo revuelo del espíritu! Para ellos no hay quemantes lágrimas vertidas en silencio, en el silencio del misterio, porque estos bárbaros se lo creen tener todo resuelto; para ellos no hay inquietud del alma, pues se creen nacidos en posesión de la verdad absoluta; para ellos no hay sino dogmas y fórmulas y recetas. Todos ellos tienen alma de bachilleres. Y aunque odian a Barcelona, van a Barcelona y allí te vencen.
_Seis días estuvo Don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento_, sin que le sirviesen los consuelos de su fiel Sancho. El cual veía bien que era él allí el más perdidoso, aunque su amo el más malparado. Y pocos días después emprendieron su regreso a la aldea, _Don Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas_. Así es desde que vencieron a Don Quijote; son rucios los que llevan sus armas.
En el camino encontró a Tosilos, el lacayo, que le contó cómo los Duques le hicieron apalear, y Doña Rodríguez se volvió a Castilla y su hija entró monja. Así había acabado una de las aventuras a que dió mejor remate Don Quijote.
CAPÍTULO LXVII De la resolución que tomó Don Quijote de hacerse pastor y de seguir la vida del campo en tanto que pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos.
Caminando, caminando, llegaron al lugar en que habían topado a _las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia_. Y al reconocerlo, dijo Don Quijote: _si es que te parece bien, querría, oh Sancho, que nos convirtiésemos en pastores siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos.
Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos._ ¡Válgame Dios y con qué tino se dijo aquello de «cada loco con su tema» y cuán bien conocía a su tío la sobrina de Don Quijote cuando al encontrarse el cura y el barbero, en el escrutinio que de su librería hicieron, con LA DIANA de Jorge de Montemayor y querer perdonarla exclamó: _¡Ay, señor! bien puede vuestra merced mandar quemar como a los demás; porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo_.
Parece, al volver Don Quijote de Barcelona, ir en camino de curarse de su heroica locura y de prepararse a bien morir, mas en viendo el prado de otrora, sueña de nuevo con hacerse eterno y famoso, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. Porque ésta era su radical locura, éste su resorte de acción, ésta, como vimos al principio de su historia, la causa que le movió a hacerse caballero andante. El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestiglos y enderezando entuertos, cobraráselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes; ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir! Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida; ansia de vida eterna es la que te dió vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fué y es sueño de no morir.
Con tal de no morir cambiabas tu profesión de caballero andante por la de pastor endechante. Así tu España, mi Don Quijote, al tener que recogerse a su aldea, vencida y maltrecha, piensa en dedicarse al pastoreo y habla de colonización interior, de pantanos, de riegos y de granjas.
Y por debajo de esa ansia de no morir ¿no andaba, mi pobre Alonso, tu soberano amor? _Las pastoras de quien hemos de ser amantes_--dijiste--_como entre peras podemos escocer sus nombres, y pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarse en buscar otro que mejor le venga_. Sí, siempre era Dulcinea, la Gloria, y por debajo de ella siempre era Aldonza Lorenzo, la suspirada doce años. ¡Y cómo suspirarías ahora por ella!
¡cómo la llamarías! ¡cómo grabarías un día y otro su nombre en las cortezas de los árboles y hasta alguna vez en tu corazón! ¿Y si así llegaba ello a su noticia y se daba cata y venía a ti, desencantada?
¡Hacerse pastor! Es también, mi Don Quijote, lo que se le ha ocurrido a tu pueblo luego que ha vuelto de América derrotado en su encontronazo con el de Robinsón. Ahora habla de dedicarse a cuidar y cultivar su hacienda, a alumbrar pozos y trazar canales para regar sus resecas tierras; ahora habla de política hidráulica. ¿No será que siente el remordimiento de sus atrocidades pasadas por tierras de Italia, Flandes y América?
Leed PATRIA, el hermoso poema de Guerra Junqueiro, el poeta de nuestro pueblo hermano, el pueblo portugués. Leed esa amarga sátira y llegad al fin de ella, cuando aparece vestido de monje carmelita el espectro del condestable Nunalvares, el vencedor de Aljubarrota, que luego entró en religión. Oídle hablar, oídle hablar del dolor que purifica y redime, del dolor que Como no ar o vento sobre o vento Como no mar o vaga sobre o vaga Só na dôr tem a dôr socegamento y llegad a cuando en un éxtasis descuelga la vieja espada de Aljubarrota, tinta en sangre fraternal, y exclama: Porém, se a patria, ja na derradeira Angustia e mingoa onde a lençou mac dano, Terra d'escravos é, terra estrangeira.
Rutila espada, que brandí ufano!
Antes un velho lavrador mendigo Te erga a custo do chão, piadoso e humano!
Volte a bigorna o duro ago antigo!
E acabes, afinal, relha de arado.
Pelos campos de Deos, a lavrar trigo y arroja su espada al abismo de la noche, exclamando: Deos te acompanhe! Seja Deos louvado!
Y luego entra en escena «el loco»--o _doido_--el pobre pueblo portugués, nuestro hermano, y echa de menos los tiempos en que fué campesino.
Fosse eu ainda o camponez adusto, Lavrador matinal, risonho e grave, D'alma de pomba e coração de justo!
Sentime eu ainda a musica suave Da candura feliz no peito agreste, Qual em rorida brenha um trino d'ave!
Em vez do mundo (fome, guerra e peste!)
Conquistasse, por unica vitoria, Os thesoiros sen fim do amor celeste.
Nunca de feitos meus cantasse a Historia; Ignorasse o meu nome a voz da Fama E a minha sombra humilde a luz da Gloria.
Vivesse obscuro e triste, herva da lama; Nas alturas, porém, fosse contado Entre os que Deos aceita, os que Deos ama.
Es todo lo contrario de Don Quijote y Sancho. Busca nuestro Caballero en la vida pastoril hacerse eterno y famoso; busca en ella este pobre loco portugués ser olvidado, expiar sus culpas y redimirse en el dolor, Dôr temerosa, Dôr idolatrada O Dôr, filha de Deos, mãe do Universo!
¿No buscan, en el fondo, una misma cosa? ¿No buscaba lo mismo Don Quijote echándose al mundo a deshacer entuertos y proponiéndose dedicarse al ejercicio pastoril? ¿No busca nuestro pueblo ahora, con los pantanos y canales y la política hidráulica, lo mismo que buscó con sus atrocidades en América?
El pobre loco portugués, _o doido_, luego de confesar sus culpas, sus glorias Minhas glorias!...infamias e vergonhas De ladrão, de pirata e de assasino!
pide la cruz, pide el dolor, y muere en la cruz, en cuya cabecera «desenhada a sangue, esta ironía:--_Portugal, rei do Oriente!_» muere bendiciendo el llanto que brota de sus ojos porque és o mar de pranto que os meus crimes verteram pelo mundo...
bendiciendo la sangre que corre de sus heridas porque es o mar de sangue do meu orgulho e minha iniquidade...¿Es esto lo que pide y busca nuestro loco, nuestro pueblo español? No, no es esto precisamente. No es que no cante sus hechos la Historia, que ignore su nombre la voz de la Fama, y su nombre humilde la luz de la gloria; no, no es esto.
Se retira a la vida pastoril, derrotado en la de caballero andante, para poder hacerse eterno y famoso no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. Cambia de camino pero no de estrella que le guíe.
¿Ha de renunciar el pueblo a toda acción quijotesca y encerrarse en su natal dehesa a purgar sus antiguas culpas, cuidando de su ganado o labrando su tierra y sin poner su mira mas que en el cielo? ¿Ha de pensar tan sólo en ser allá en las alturas contado entre los que Dios ama? ¿Ha de volver a su apacible vida de antes de lanzarse a sus aventureras empresas? ¿Tuvimos esta vida nunca? ¿Tuvimos paz?
No basta como ideal de vida de un pueblo el de mantener la vida misma en el mayor bienestar y holgura, ni aun basta la felicidad. Menos aún abrazarse al dolor. No puede ser ideal de un pueblo el ideal ascético, destructor de la vida.
¿Aspirar al cielo? No; ¡al reino de Dios! Y a todas horas, día tras día, alza por miles de bocas nuestro pueblo esta plegaria a nuestro Padre que está en los cielos: ¡venga a nos el tu reino! «¡Venga a nos el tu reino!» y no «llévanos a tu reino»; es el reino de Dios el que ha de bajar a la tierra, y no ir la tierra al reino de Dios, pues este reino ha de ser reino de vivos y no de muertos. Y ese reino cuyo advenimiento pedimos a diario, tenemos que crearlo, y no con oraciones sólo; con lucha.
Pudesse eu, d'alma libre e resoluta, Olhos no fogo da manha nascente, Erguer ainda os braços para a luta!
Não, como outr'ora, para a luta ardente Da riqueza e grandeza, é vaidade...Da fortuna, que é sombra que nos mente...Seja a hora do prelio a eternidade!
E o globo estreito a arena, onde ñao cança A batalha do Amor e da Verdade!
¡Esta, la batalla del Amor y de la verdad! Y en tal pelea ha de ser el pueblo todo un Don Quijote, un pastor Quijotiz más bien.
Cavalleiro de Deos, ergue-te e avança!
Põe na bigorna os cravos de Jesus; Bate-os cantando...E o ferro da tua lança!
Faz a hastea de lança d'una cruz; Vae, cavalleiro de viseira erguida; Dá lançadas magnánimas de luz!...¡Hay que pelear, sí, a lanzadas de luz!
Encerrémonos, bien está, en la natal dehesa, pero a cobrar fama pastoreando y cantando. Es un derivativo de la acción heroica; es otra nueva empresa. Vayamos a manejar el cayado con mano movida por el corazón mismo que nos hizo manejar la espada. Es el ejercicio pastoril ahora gobierno, que «no consiste--dice el Maestro Fray Luis de León en los NOMBRES DE CRISTO, libro I, cap. VI--en dar leyes, ni en poner mandamientos, sino en apacentar y alimentar a los que gobierna».
¿Apacentarlos y alimentarlos con qué? Con amor y verdad.
Pueblo moribundo se ha llamado a tu pueblo, Don Quijote mío, por los que embriagados con el triunfo pasajero olvidan que la fortuna da más vueltas que la tierra y que aquello mismo que nos hace menos aptos para el tipo de civilización que hoy priva en el mundo, acaso eso mismo nos haga más aptos para la civilización de mañana. El mundo da muchas vueltas y la fortuna más.
Hay que aspirar, de todos modos, a hacerse eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos; no puede subsistir como pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su conciencia, no se lo representen con una misión histórica, con un ideal propio que realizar en la tierra. Estos pastores han de aspirar a cobrar fama pastoreándolo y cantando, y así, cobrando fama, llevarle a su destino. ¿Es que no hay en la Conciencia eterna e infinita una eterna idea de tu pueblo, Don Quijote mío? ¿Es que no hay una España celestial, de que esta España terrena no es sino trasunto y reflejo en los pobres siglos de los hombres? ¿Es que no hay un alma de España tan inmortal como el alma de cada uno de sus hijos?
Cruzando el mar en quebradizas cara velas fueron nuestros abuelos a descubrir el Nuevo Mundo que dormía bajo estrellas antes desconocidas; ¿no hay algún nuevo mundo del espíritu cuyo descubrimiento nos reserve Dios cuando osemos como los héroes de Camões lanzarnos a «mares d'antes nunca navegados» en espirituales carabelas labradas con madera de los bosques de nuestro pueblo?
Dicen en mi tierra vasca que los abuelos de mis abuelos, los denodados pescadores del golfo de mi Vizcaya, se iban tras de la ballena hasta los bancos de Terranova siglos antes de que Colón llamara a las puertas de la Rábida. Soberbiamente lo dice el escudo de Lequeitio: _Reges debelavit, horrenda cete subiecit, terra marique potens, Lequeitio_. Y para someter a horrendas ballenas fueron, dicen, los balleneros de mi casta, hasta las entonces desconocidas costas de la remota América. Y aun dicen más, y es que corre la leyenda de que fué un marino vasco, por nombre Andialotza, es decir Gran Vergüenza, quien primero dió a Colón noticias del Nuevo Mundo, por no atreverse, sin duda, el gran vergonzoso a descubrirlo. Temía a la gloria. ¿Será esto profético? Y si el buen Andialotza, mi paisano, pierde su ingénita vergüenza, ¿habrá que esperar al Colón del Nuevo Espíritu de España?
¿Hay una filosofía española? Sí; la de Don Quijote. Y conviene que éste, nuestro Caballero de la Fe, el Caballero de nuestra Fe, deje en el astillero su lanza y en la cuadra a Rocinante y cuelgue la espada, y convertido en el pastor Quijotiz empuñe el cayado con mano firme, y lleve consigo el caramillo, y a la sombra de las sombrosas encinas de dulcísimo fruto, mientras pacen cabizbajas sus ovejas, cante inspirado por Dulcinea, su visión del mundo y de la vida, para cobrar, cantándola, eterno nombre y fama. Y no ya su visión, sino más bien su encorazonamiento de ellos. Y para cobrar fama, pues se nos dió la gloria como norte de la vida.
El Nunalvares del poeta os dirá de la fama que Fama grande do mundo tão mezquino Dando as trombetas com ardor, não vôa Onde vôa cantando, un passarinho.
Mas no os fiéis demasiado de tales voces de desaliento, pues sí, la fama vuela, vuela más allá del mundo, y vuela aún más la canción del amor y la verdad.
Tal vez a los ecos de esa canción de amores del pastor Quijotiz caigan vencidos los gigantes que fingen ser molinos, y se amansen los galeotes y licencie Roque Guinart a sus huestes, y enmudezcan los canónigos y los graves eclesiásticos, y reconozcan los cuadrilleros que las bacías en manos del hidalgo milagrero son yelmos, y renuncien los Maese Pedros a sus titereras, y se nos abran las entrañas de la cueva de Montesinos, y se enderece todo entuerto y se deshaga todo agravio, y se adoncellen las mozas del partido y venga a nosotros el reino de Dios realizándose en la tierra aquel siglo de oro con cuya visión embobó y suspendió Don Quijote el ánimo a los cabreros.
Hay que dar «lanzadas magnánimas de luz», o mejor, hay que lanzar la verdad al mundo, mientras se pastorea el ganado, al son de pastoril caramillo, la santa palabra que ha de hacer el milagro. Hay que pedir a Apolo versos, al amor conceptos. Sobre todo conceptos al amor.
¿Hay una filosofía española, mi Don Quijote? Sí, la tuya, la filosofía de Dulcinea, la de no morir, la de creer, la de crear la verdad. Y esta filosofía ni se aprende en cátedras ni se expone por lógica inductiva ni deductiva, ni surge de silogismos, ni de laboratorios, sino surge del corazón.
Pensabas, mi Don Quijote, en hacerte pastor Quijotiz y que te diera el amor conceptos. Todos los conceptos de vida, todos los conceptos eternos, manan del amor. Es Aldonza, mi pastor Quijotiz, es siempre Aldonza la fuente de sabiduría. A través de ella, a través de tu Aldonza, a través de la mujer, o es el Universo todo.
¿No ves a este pueblo endiosando cada día más el ideal de la mujer, a la mujer por excelencia, a la Virgen Madre? ¿No le ves rendido a ese culto y hasta casi olvidando por él el culto al Hijo? ¿No ves que no hace sino ensalzarla más y más alto, pujando por ponerla al lado del Padre mismo, a su igual, en el seno de la Trinidad, que pasaría a ser Cuaternidad si no es ya que la identificaran con el Espíritu como con el Verbo se identificó al Hijo? ¿No la han declarado Corredentora? Y esto ¿por qué es?
La concepción de Dios que se nos ha venido trasmitiendo ha sido una concepción no ya antropomórfica, sino andromórfica; nos lo representamos no ya como a persona humana--_homo_--, sino como a varón--_vir_--; Dios era y es en nuestras mentes masculino. Su modo de juzgar y condenar a los hombres, modo de varón, no de persona humana por encima de sexo; modo de Padre. Y para compensarlo hacía falta la Madre, la Madre que perdona siempre, la Madre que abre siempre los brazos al hijo cuando huye éste de la mano levantada o del ceño fruncido del irritado Padre, la Madre en cuyo regazo se busca como consuelo una oscura remembranza de aquella tibia paz de la inconsciencia que dentro de él fué el alba que precedió a nuestro nacimiento, y un dejo de aquella dulce leche que embalsamó nuestros sueños de inocencia, la Madre que no conoce más justicia que el perdón ni más ley que el amor. Las lágrimas maternales borran las tablas del Decálogo. Nuestra pobre e imperfecta concepción de un Dios varón, de un