nidos de antaño no hay pájaros ogaño: yo fuí loco y ya soy cuerdo; fuí Don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno: pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía._ Sanaste, Caballero, para morir; volviste a ser Alonso Quijano el Bueno para morir. Mira, pobre Alonso Quijano, mira a tu pueblo y ve si no sanará de su locura para morirse luego. Molido y maltrecho y después de que allá, en las Américas, acabaron de vencerle, retorna a su aldea, ¿A curar de su locura? ¡Quién sabe!...Tal vez a morir. Tal vez a morir si no quedara Sancho, que te reemplazará lleno de fe. Porque tu fe, Caballero, se atesora en Sancho hoy.
Sancho, que no ha muerto, es el heredero de tu espíritu, buen hidalgo, y esperamos tus fieles en que Sancho sienta un día que se le hincha de quijotismo el alma, que le florecen los viejos recuerdos de su vida escuderil, y vaya a tu casa y se revista de tus armaduras, que hará se las arregle a su talla y cuerpo el herrero del lugar, y saque a Rocinante de su cuadra y monte en él, y embrace tu lanza, la lanza con que diste libertad a los galeotes y derribaste al Caballero de los Espejos, y sin hacer caso de las voces de tu sobrina, salga al campo y vuelva a la vida de aventuras, convertido de escudero en caballero andante. Y entonces, Don Quijote mío, entonces es cuando tu espíritu se asentará en la tierra. Es Sancho, es tu fiel Sancho, es Sancho el bueno, el que enloqueció cuando tú curabas de tu locura en tu lecho de muerte, es Sancho el que ha de asentar para siempre el quijotismo sobre la tierra de los hombres. Cuando tu fiel Sancho, noble Caballero, monte en tu Rocinante, revestido de tus armas y embrazando tu lanza, entonces resucitarás en él, y entonces se realizará tu ensueño. Dulcinea os cogerá a los dos y estrechándoos con sus brazos contra su pecho, os hará uno solo.
_Vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño; disipóse el sueño._ “Y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es, hasta dispertar.
Sueña el rey que es rey y vive con este engaño mandando, (LA VIDA ES SUEÑO, II, 19) Soñó Don Quijote que era caballero andante hasta que todas sus aventuras “en cenizas le convierte (II, 19) ¿Qué fué la vida de Don Quijote?
“¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño y los sueños sueños son.”
(II, 19) _¡Ay, no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años!_ ¿queréis que sueñe grandezas que ha de deshacer el tiempo?
¿Otra vez queréis que vea entre sombras y bosquejos la majestad y la pompa desvanecida del viento?”
(III, 3) _Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño._ "Idos, sombras que fingís hoy a mis sentidos muertos cuerpo y voz, siendo verdad que ni tenéis voz ni cuerpo; que no quiero majestades fingidas, pompas no quiero fantásticas, ilusiones que al soplo menos lijero del aura han de deshacerse, bien como el florido almendro que por madrugar sus flores sin aviso y sin consejo, al primer soplo se apagan, marchitando y desluciendo de los rosados capullos belleza, luz y ornamento.”
(III, 70) Dejadme, que digo con mi hermana Teresa de Jesús: Aquella vida de arriba es la vida verdadera: hasta que esta vida muera no se goza estando viva: muerte, no me seas esquiva: vivo muriendo primero, que muero porque no muero.
_¡Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño!_ O como dijo Íñigo de Loyola cuando al tiempo de ir a despertar del sueño de la vida, ya espirante, querían darle un poco de sustancia: «ya no es tiempo deso» (Rivadeneira, lib. IV, capítulo XVI) y murió Íñigo como había de morir unos cincuenta años más tarde Don Quijote, sencillamente, sin comedia alguna, sin reunir gente en torno de su lecho ni hacer espectáculo de la muerte, como se mueren los verdaderos santos y los verdaderos héroes, casi como los animales se mueren: acostándose a morir.
Siguió dictando el buen Alonso Quijano su testamento y mandó toda su hacienda a puerta cerrada a Antonia Quijana, su sobrina, mas imponiéndola como obligación para el disfrute de ella que _si quiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosa sean libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe y con todo eso mi sobrina quiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad_.
Y ¡qué bien calaba Don Quijote que entre el oficio de marido y de caballero andante hay mutua y fortísima irreductibilidad! Y al dictar esto ¿no pensaría acaso el buen hidalgo en su Aldonza y que de haber él roto el sello de su demasiado amor se habría ahorrado las malandanzas caballerescas, preso junto al fogón del hogar por los brazos de ella?
Tu testamento se cumple, Don Quijote, y los mozos de esta tu patria renuncian a todas las caballerías para poder gozar de las haciendas de tus sobrinas, que son casi todas las españolas, y gozar de las sobrinas mismas. En sus brazos se ahoga todo heroísmo. Tiemblan de que a sus novios y maridos les dé la ventolera por donde le dió a su tío. Es tu sobrina, Don Quijote, es tu sobrina la que hoy reina y gobierna en tu España; es tu sobrina, no Sancho. Es la medrosica, casera y encojada Antonia Quijana, la que temía te diese por dar en poeta, _enfermedad incurable y pegadiza_; la que ayudó con tanto celo al cura y al barbero a quemar tus libros; la que te aconsejaba no te metieses en pendencias ni fueses por el mundo en busca de pan de trastrigo; la que se te atrevió a asegurar en tus barbas que todo eso de los caballeros andantes es fábula y mentira, doncellesco atrevimiento que te obligó a exclamar: _Por el Dios que me sustenta, que si no fueras mi sobrina derechamente como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo_; es ésta, la _rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas_ y se atrevía a poner lengua en las historias de los caballeros andantes y a censurarlas, es ésta la que maneja y zarandea y asenderea como a unos dominguillos a los hijos de tu España. No es Dulcinea del Toboso, no; no es tampoco Aldonza Lorenzo, por la que se suspira doce años sin haberla visto sino sólo cuatro veces y sin haberla confesado amor; es Antonia Quijana, la que apenas sabe menear doce palillos de randas y menea a los hombres de hoy en tu patria.
Es Antonia Quijana la que por mezquindad de espíritu, por creer a su marido pobre, le retiene y le impide lanzarse a heroicas aventuras en que cobre eterno nombre y fama. ¡Si fuese siquiera Dulcinea!...Dulcinea, sí; por extraño que nos parezca, Dulcinea puede moverle a uno a renunciar a toda gloria, a que se dé la gloria de renunciar a ella.
Dulcinea, o mejor dicho, Aldonza. Aldonza, la ideal, puede decirle: «Ven, ven acá a mis brazos y deshaz en lágrimas tus ansias sobre mi pecho, ven acá; ya veo, veo para ti un empinado tormo en los siglos de los hombres, un picacho en que te contemplen tus hermanos todos; te veo aclamado por sus generaciones, pero ven a mí y por mí renuncia a todo eso, serás así más grande, mi Alonso, serás más grande. Toma mi boca entera y hártala de calientes besos en su silencio, y renuncia a que ande en frío tu nombre en bocas de los que no has de conocer nunca.
¿Oirás luego de muerto lo que de ti digan? ¡Sepulta en mi pecho todo tu amor, que si él es grande, mejor es que lo sepultes en mí a no que lo desparrames entre los hombres pasajeros y casquivanos! No merecen admirarte, mi Alonso, no merecen admirarte. Serás para mí sola y así serás mejor para el Universo todo y para Dios. Parecerán así perdidos tu poderío y tu heroísmo, mas no hagas caso, ¿sabes, por ventura, el efluvio inmenso de vida que, sin nadie notarlo, se desprende de un amor heroico y callado y se desparrama luego por más allá de los hombres todos hasta el confín de las últimas estrellas? ¿Sabes la misteriosa energía que irradia a todo un pueblo y a sus generaciones venideras hasta la consumación de los siglos de una feliz pareja donde se asienta el amor triunfante y silencioso? ¿Sabes lo que es conservar el fuego sagrado de la vida y aun encenderlo más y más en un culto callado y recogido? El amor con sólo amar y sin hacer otra cosa cumple una labor heroica. Ven y renuncia a toda acción entre mis brazos, que este tu reposo y tu oscurecimiento en ellos serán fuente de acciones y de claridades para los que nunca sabrán tu nombre. Cuando hasta el eco de tu nombre se disipe en el aire, al disiparse éste, aún el rescoldo de tu amor calentará las ruinas de los orbes. Ven y date a mí, Alonso, que aunque no salgas a los caminos a enderezar entuertos, tu grandeza no habrá de perderse, pues en mi seno nada se pierde. Ven, que yo te llevaré desde el reposo de mi regazo al reposo final e inacabable».
Así podría hablar Aldonza, y sería grande Alonso renunciando en sus brazos a toda gloria; pero tú, Antonia, tú no sabes hablar así. Tú no crees que el amor vale más que la gloria; tú lo que crees es que ni el amor ni la gloria valen el amodorrador sosiego del hogar, que ni el amor ni la gloria valen la seguridad de los garbanzos; tú crees que el Coco se lleva a los que duermen poco, y no sabes que el amor, lo mismo que la gloria, no duerme, sino vela.
Acabó de hacer su testamento Alonso Quijano, recibió los sacramentos, abominó de nuevo de los libros de caballerías, y _entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaban, dió su espíritu; quiero decir que se murió_, agrega el historiador.
_¡Dió su espíritu!_ ¿Y a quién se lo dió? Dónde está hoy? ¿dónde sueña?
¿dónde vive? ¡cuál es el abismo de la cordura en que van a descansar las armas curadas del sueño de la vida, de la locura de no morir? ¡Oh Dios mío; Tú que diste vida y espíritu a Don Quijote en la vida y en el espíritu de su pueblo; Tú que inspiraste a Cervantes esa epopeya profundamente cristiana; Tú, Dios de mi sueño, ¿dónde acoges los espíritus de los que atravesamos este sueño de la vida tocados de la locura de vivir por los siglos de los siglos venideros? Nos diste el ansia de renombre y fama, como sombra de tu gloria; pasará el mundo ¿pasaremos con él también nosotros. Dios mío?
¡La vida es sueño! ¿Será acaso también sueño, Dios mío, este tu Universo de que eres la Conciencia eterna e infinita? ¿será un sueño tuyo? ¿será que nos estás soñando? ¿Seremos sueño, sueño tuyo, nosotros los soñadores de la vida? Y si así fuese ¿qué será del Universo todo, qué será de nosotros, qué será de mí cuando Tú, Dios de mi vida, despiertes? ¡Suéñanos, Señor! Y ¿no será tal vez que despiertas para los buenos cuando a la muerte despiertan ellos del sueño de la vida?
¿Podemos acaso nosotros, pobres sueños soñadores, soñar lo que sea la vela del hombre en tu eterna vela, Dios nuestro? ¿No será la bondad resplandor de la vigilia en las oscuridades del sueño? Mejor que indagar tu sueño y nuestro sueño, escudriñando el Universo y la vida, mejor mil veces obrar el bien, pues no se pierde el hacer bien, ni aun en sueños.
Mejor que investigar si son molinos o gigantes los que se nos muestran dañosos, seguir la voz del corazón y arremeterlos, que toda arremetida generosa trasciende del sueño de la vida. De nuestros actos y no de nuestras contemplaciones sacaremos sabiduría. ¡Suéñanos, Dios de nuestro sueño!
¡Consérvale a Sancho su sueño, su fe, Dios mío, y que crea en su vida perdurable y que sueñe ser pastor allá en los infinitos campos de Tu Seno, endechando sin fin a la Vida inacabable que eres Tú mismo; consérvasela, Dios de mi España! Mira, Señor, que el día en que tu siervo Sancho cure de su locura, se morirá, y al morir él se morirá su España, tu España, Señor. Fundaste este tu pueblo, el pueblo de tus siervos Don Quijote y Sancho, sobre la fe en la inmortalidad personal; mira, Señor, que esa es nuestra razón de vida y es nuestro destino entre los pueblos el de hacer que esa nuestra verdad del corazón alumbre las mentes contra todas las tinieblas de la lógica y del raciocinio y consuele los corazones de los condenados al sueño de la vida.
_Así el vivir nos mata que la muerte nos torna a dar la vida._ Agrega el historiador que pidió el cura al escribano le diese por testimonio _cómo Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente Don Quijote de la Mancha, había pasado de esta presente vida y muerto naturalmente, y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún autor le resucitase falsamente_, y más adelante añade que yace en la huesa _tendido de largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva_.
¿Pero es que creéis que Don Quijote no ha de resucitar? Hay quien cree que no ha muerto; que el muerto, y bien muerto, es Cervantes que quiso matarle, y no Don Quijote. Hay quien cree que resucitó al tercer día, y que volverá a la tierra en carne mortal y a hacer de las suyas. Y volverá cuando Sancho, agobiado hoy por los recuerdos, sienta hervir la sangre que acopió en sus andanzas escuderiles, y monte, como dije, en Rocinante, y revestido de las armas de su amo, embrace el lanzón y se lance a hacer de Don Quijote. Y su amo vendrá entonces y encarnará en él. ¡Ánimo, Sancho heroico, y aviva esa fe que encendió en ti tu amo y que tanto te costó atizar y afirmar! ¡ánimo!
Y no se cuenta milagro que hiciese después de muerto, como se cuenta del Cid que ganó batalla siendo cadáver, y se cuenta de él además que estando muerto también y queriendo un judío tocarle la barba, que en su vida nadie se la tocó, Antes que a la barba llegue, el buen Cid había empuñado a la su espada tizona, y un buen palmo la había sacado; el judío que esto vido, muy gran pavor ha cobrado; tendido cayó de espaldas, amortecido de espanto.
Don Quijote no sé que haya ganado batalla después de muerto y sé que muchos judíos osan tocarle la barba. De Don Quijote no se sabe que haya hecho milagro alguno después de muerto, pero ¿no basta con los que hizo en vida, y no fué perpetuo milagro su carrera toda de aventuras?
Cuanto más que, como recordaba el P. Rivadeneira, en el capítulo final de su tantas veces aquí citada obra al hablarnos de los milagros que Dios hizo por San Ignacio, entre los nacidos de mujer no se había levantado, al decir del Evangelio, otro mayor que San Juan Bautista, y con todo eso dice de él el Evangelio mismo que no hizo milagro alguno.
Y si el piadoso biógrafo de Loyola tiene por el mayor milagro de éste la fundación de la Compañía de Jesús ¿no hemos de tener nosotros por el milagro mayor de Don Quijote el que hubiese hecho escribir la historia de su vida a un hombre que, como Cervantes mostró en sus demás trabajos, la endeblez de su ingenio y cuán por debajo estaba, en el orden natural de las cosas, de lo que para contar las hazañas del Ingenioso Hidalgo y tal cual él las contó, se requería?
No cabe duda sino que en EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA que compuso Miguel de Cervantes Saavedra se mostró éste muy por encima de lo que podríamos esperar de él juzgándole por sus otras obras; se sobrepujó con mucho a sí mismo. Por lo cual es de creer que el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli no es un puro recurso literario, sino que encubre una profunda verdad, cual es la de que esa historia se la dictó a Cervantes otro que llevaba dentro de sí y al que ni antes ni después de haberla escrito, trató una vez más; un espíritu que en las profundidades de su alma habitaba. Y esta inmensa lejanía que hay de la historia de nuestro Caballero a todas las demás obras que Cervantes escribió, este patentísimo y espléndido milagro es la razón principal--si para ellos hiciesen, que no hacen falta razones, miserables siempre--para creer nosotros y confesar que la historia fué real y verdadera, y que el mismo Don Quijote envolviéndose en Cide Hamete Benengeli, se la dictó a Cervantes. Y aun llego a sospechar que mientras he estado explicando y comentando esta vida me han visitado secretamente Don Quijote y Sancho, y aun sin yo saberlo, me han desplegado y descubierto las entretelas de sus corazones.
Y he de añadir aquí que muchas veces tenemos a un escritor por persona real y verdadera e histórica por verle de carne y hueso y a los sujetos que finge en sus ficciones no más sino por de pura fantasía, y sucede al revés, y es que estos sujetos lo son muy de veras y de toda realidad y se sirven de aquel otro que nos parece de carne y hueso para tomar ellos ser y figura ante los hombres. Y cuando despertemos todos del sueño de la vida, se han de ver a este respecto cosas muy peregrinas y se espantarán los sabios al ver qué es la verdad y qué es la mentira y cuán errados andábamos al pensar que esa quisicosa que llamamos lógica tenga valor alguno fuera de este miserable mundo en que nos tienen presos el tiempo y el espacio, tiranos del espíritu.
Cosas muy peregrinas conoceremos allí respecto a la vida y a la muerte, y allí se verá cuán profundo sentido tiene la primera parte del epitafio que en la sepultura de Don Quijote puso Sansón Carrasco y que dice: _Yace aquí el hidalgo fuerte que a tanto extremo llegó de valiente, que te advierte, que la muerte no triunfó de tu vida con la muerte._ Y así es, pues Don Quijote es, merced a su muerte, inmortal; la muerte es nuestra inmortalizadora.
Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecito de fuerza y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda a las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito, en Dios, Conciencia del Universo.
Al acabar la historia colgó el historiador su pluma y le dijo: _aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte_.
Líbreme Dios de meterme a contar sucesos que al puntualísimo historiador de Don Quijote se le hubiesen escapado; nunca me tuve por erudito ni me he metido jamás a escudriñar los archivos caballerescos de la Mancha. Yo sólo he querido explicar y comentar su vida.
_Para mí solo nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir_, hace decir el historiador a su pluma. Y yo digo que para que Cervantes contara su vida y yo la explicara y comentara nacieron Don Quijote y Sancho, Cervantes nació para contarla y explicarla, y para comentarla nací yo...No puede contar tu vida, ni puede explicarla ni comentarla, señor mío Don Quijote, sino quien esté tocado de tu misma locura de no morir. Intercede, pues, en favor mío, oh mi señor y patrón, para que tu Dulcinea del Toboso, ya desencantada merced a los azotes de tu Sancho, me lleve de su mano a la inmortalidad del nombre y de la fama. ¡Y si es la vida sueño, déjame soñarla inacabable!
A reinar, fortuna, vamos.
No me despiertes, si sueño.
(LA VIDA ES SUEÑO, II, 4) καὶ μαχόμην κατ' ἔμ'αὐτὸν ἐγώ ΙΛΙΑΛΟΣ Α' σοα' VOCABULARIO Hay en este libro unas pocas voces, no llegan a treinta, que no se encuentran en la última edición, la décimatercia, del DICCIONARIO DE LA LENGUA CASTELLANA POR LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, que pasa por oficial, y voces que tampoco son de uso corriente entre escritores. Las más de ellas--su casi totalidad--las he tomado de boca del pueblo de esta región salmantina, que las emplea corrientemente, tres de ellas las he formado yo mismo según la analogía del lenguaje castellano, y una (_oíslo_) se halla en el QUIJOTE.
Creo que para enriquecer el idioma mejor que ir a pescar en viejos librotes de antiguos escritores vocablos hoy muertos, es sacar de las entrañas del idioma mismo, del habla popular, voces y giros que en ellas viven, tanto más cuanto que de ordinario los más de los arcaísmos perduran como provincialismos hoy.
He aquí esas voces: _adulciguar._--Ésta la he formado yo siguiendo la analogía que de las etc., nos da santiguar, amortiguar, averiguar, atestiguar, etc., por un proceso fonético que no es de este lugar explicarlo, y de _fructificar_ dió el «afruchiguar» que usan aún hoy los judíos españoles de Oriente.
Así de _dulcificare_ he formado adulciguar, esto es: dulcificar, y es más que posible que esta voz haya sido usada.
_brezar._--El Diccionario de la Academia trae _brizar_, y agrega _ant._, esto es, «anticuado». Será anticuado entre los académicos, pero en esta provincia de Salamanca, por lo menos, es voz viva y bien viva y enteramente moderna. Dicen _brizar o brezar_--más esto que aquello--y significa «cunar, mover la cuna para adormecer a los niños».
_cogolmar._--Colmar, llenar más la medida.
_cogüelmo._--Colmo, lo que pasa de la medida.
_cotena._--Costra de porquería. Se dice, por ejemplo, «el muy marrano tiene dos jemes de cotena a cuestas».
_desfalladero._--Derrumbadero. Se usa en la ribera del Duero, raya de Portugal.
_desenchinarrar._--Lo contrario de enchinarrar; desencachar o desadoquinar.
_desentoñar._--Desatollar algo, sacarlo del barro, de la tierra o de otro sitio en que estuviera entoñado.
_enchinarrar._--Poner chinarros en una calzada o calle; adoquinarla.
_enfusar._--Este bonito verbo, del participial latino _infusare_, el cual a su vez se formó del participio _infusus_, de _infundere_, se usa mucho en esta provincia de Salamanca en el sentido de embutir, tratándose en especial de embutir carnes de cerdo. Yo le extiendo el significado, haciéndolo equivalente del vocablo culto infundir.
Del mismo modo tenemos: ayudar, cantar, olvidar, hartar, hurtar, untar, echar, usar, etc., de los participales _adiutare-adiutus_, _usare-usus_, etc., cuyos verbos simples _adiuvare_, _canere_, no pasaron al castellano o pasaron en voces cultas o semi-cultas, como ungir, verbigracia.
_engurruñido._--Recogido, arrugado, como cuando una fruta se seca, se achica y se arruga. La Academia trae _engurriado, da_, adjetivo ant.
rugoso, y _engurruñarse_, estar triste, melancólico. Recuerdo ahora esta copla que he oído: En el cielo de tu boca quisiera yo estar metido; si no cupiera de pie, cabería engurruñido.
_enroderar._--Meter en roderas o carriles.
_entoñar._--Atollar, meter algo en alguna parte, enterrarlo.
_marzera_ (nieve).--Nieve de Marzo.
_pedernoso._--Esta es la otra voz que he inventado, por analogía con pedernal y empedernido. Equivale a pétreo, que no me gusta, y es muy fácil que haya sido usada.
_perinchir._--Preciosa voz que se usa en algunos pueblos del llamado Abadengo, de esta provincia, y que equivale a colmar, hacer que rebase la medida. Se compone de _per_ y _henchir_.
_remejer._--Revolver, remezclar. Se usa mucho, lo mismo que el simple: _mejer_, en casi todo el Oeste y Noroeste de España (Salamanca, Zamora, León, Galicia). Es el latín _miscere_. La Academia a la voz _mejido_, que es el participio de mejer, que se usa en «huevo mejido», «yema mejida», le llama adjetivo.
_retuso._--Rehacio. Esta voz, enteramente latina, sin quitarle ni ponerle nada, se usa aquí mucho. De ser de origen popular debió decir re_duso_.
_serano._--Esta preciosa voz, usadísima en todos estos lugares salmantinos, es igual al portugués «serão» y significa como el francés _soirée_, una velada nocturna.
_sotorreirse._--Es voz que he formado yo para decir reirse so capa, reirse entre dientes.
_verbenzar._--Este vocablo, también precioso, significa pulular, abundar y además moverse una masa como una gusanera, Equivale a gusanear y deriva de una antigua voz castellana _vierben_, gusano, de _vermine_.
_zuñir._--Operación que hacen los plateros para igualar las desigualdades y asperezas de la filigrana, frotándola contra una pizarra.