aunque el puntualísimo historiador de Don Quijote no nos lo diga, que éste era también de frente ancha, espaciosa y desarrugada, y además calvo.
Era Don Quijote amigo de la caza, en cuyo ejercicio se aprende astucias y engaños de guerra, y así es cómo tras las liebres y perdices corrió y recorrió los aledaños de su lugar, y debió de recorrerlos solitario y escotero bajo la tersura sin mancha del cielo manchego.
Era pobre y ocioso; ocioso estaba los más ratos del año. Y nada hay en el mundo más ingenioso que la pobreza en la ociosidad. La pobreza le hacía amar la vida, apartándole de todo hartazgo y nutriéndole de esperanzas, y la ociosidad debió de hacerle pensar en la vida inacabable, en la vida perpetuadora. ¡Cuántas veces no soñó en sus mañaneras cacerías, con que su nombre se desparramara en redondo por aquellas abiertas llanuras y rodara ciñendo a los hogares todos y resonase en la anchura de la tierra y de los siglos! De sueños de ambición apacentó su ociosidad a su pobreza, y despegado del regalo de la vida, anheló inmortalidad no acabadera.
En aquellos cuarenta y tantos años de su oscura vida, pues frisaba ésta en los cincuenta cuando entró en obra de inmortalidad nuestro hidalgo, en aquellos cuarenta y tantos años ¿qué había hecho fuera de cazar y administrar su hacienda? En las largas horas de su lenta vida ¿de qué contemplaciones nutrió su alma? Porque era un contemplativo, ya que sólo los contemplativos se aprestan a una obra como la suya.
Adviértase que no se dió al mundo y a su obra redentora hasta frisar en los cincuenta, en bien sazonada madurez de vida. No floreció, pues, su locura hasta que su cordura y su bondad hubieron sazonado bien.
No fué un muchacho que se lanza a tontas y a locas a una carrera mal conocida, sino un hombre sesudo y cuerdo que enloquece de pura madurez de espíritu.
La ociosidad y un amor desgraciado de que hablaré más adelante, le llevaron a darse a leer libros de caballerías _con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda_ y hasta _vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías_, pues no sólo de pan vive el hombre. Y apacentó su corazón con las hazañas y proezas de aquellos esforzados caballeros que, desprendidos de la vida que pasa, aspiraron a la gloria que queda. El deseo de la gloria fué su resorte de acción.
_Y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio._ En cuanto a lo de secársele el cerebro, el Dr. Huarte, de quien dije, nos dice en el capítulo I de su obra que el entendimiento pide «que el celebro sea seco y compuesto de partes sutiles y muy delicadas», y por lo que hace a la pérdida del juicio nos habla de Demócrito Abderita, «el cual vino a tanta pujanza de entendimiento, allá en la vejez, que se le perdió la imaginativa, por la cual razón comenzó a hacer y decir dichos y sentencias tan fuera de término, que toda la ciudad de Abdera le tuvo por loco», mas al ir a verle y curarle Hipócrates se encontró con que era «el hombre más sabio que había en el mundo», y los locos y desatinados los que le hicieron ir a curarle. Y fué la ventura de Demócrito--agrega el doctor Huarte--que todo cuanto razonó con Hipócrates «en aquel breve tiempo fueron discursos de entendimiento, y no de la imaginativa, donde tenía la lesión». Y así se ve también en la vida de Don Quijote que en oyéndole discursos de entendimiento, teníanle todos por hombre discretísimo y muy cuerdo, mas en llegando a los de imaginativa, donde tenía la lesión, admirábanse todos de su locura, locura verdaderamente admirable.
_Vino a perder el juicio._ Por nuestro bien lo perdió; para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual. Con juicio ¿hubiera sido tan heroico? Hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio: el de su juicio. Llenósele la fantasía de hermosos desatinos, y creyó ser verdad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con fe tan viva, con fe engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo hízolo verdad. _En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dió loco en el mundo, y fué que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos cobrase eterno nombre y fama._ En esto de cobrar eterno nombre y fama estribaba lo más de su negocio; en ello el aumento de su honra primero y el servicio de su república después. Y su honra ¿qué era? ¿Qué era eso de la honra de que andaba entonces tan llena nuestra España? ¿Qué es sino un ensancharse en espacio y prolongarse en tiempo la personalidad?
¿Qué es sino darnos a la tradición para vivir en ella y así no morir del todo? Podrá ello parecer egoísta, y más noble y puro buscar el servicio de la república primero, si no únicamente, por lo de buscad el reino de Dios y su justicia, buscarlo por amor al bien mismo, pero ni los cuerpos pueden menos que caer a tierra, pues tal es su ley, ni las almas menos que obrar por ley de gravitación espiritual, por ley de amor propio y deseo de honra. Dicen los físicos que la ley de la caída es ley de atracción mutua, atrayéndose una a otra la piedra que cae sobre la tierra y la tierra sobre que aquélla cae, en razón inversa a su respectiva masa, y así entre Dios y el hombre es también mutua la atracción. Y si Él nos tira a Sí con infinito tirón, también nosotros tiramos de Él. Su cielo padece fuerza. Y es Él para nosotros, ante todo y sobre todo, el eterno productor de inmortalidad.
El pobre e ingenioso hidalgo no buscó provecho pasajero ni regalo de cuerpo, sino eterno nombre y fama, poniendo así su nombre sobre sí mismo. Sometióse a su propia idea, al Don Quijote eterno, a la memoria que de él quedase. «Quien pierda su alma la ganará»--dijo Jesús--, es decir, ganará su alma perdida y no otra cosa. Perdió Alonso Quijano el juicio, para ganarlo en Don Quijote; un juicio glorificado.
_Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda, y se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba._ No fué un contemplativo tan sólo, sino que pasó del soñar a poner por obra lo soñado. _Y lo primero que hizo fué limpiar unas armas que habían sido de sus bisagüelos_, pues salía a luchar a un mundo para él desconocido, con armas heredadas que _luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón_. Mas antes limpió las armas _que el orín de la paz gastado había_ (Camões: OS LUSIADAS, IV, 22.)
y se arregló una celada de encaje con cartones, y todo lo demás que sabéis de cómo lo probó, sin querer repetir la probatura, en lo que mostró lo cuerda que su locura era. Y _fué luego a ver a su rocín_ y engrandeciólo con los ojos de la fe y le puso nombre. Y luego se lo puso a sí mismo, nombre nuevo, como convenía a su renovación interior, y se llamó Don Quijote y con este nombre ha cobrado eternidad de fama.
E hizo bien en mudar de nombre, pues con el nuevo llegó a ser de veras hidalgo, si nos atenemos a la doctrina del dicho Dr. Huarte, que en la ya citada obra nos dice así: «El español que inventó este nombre, hijodalgo, dió bien a entender...que tienen los hombres dos géneros de nacimiento. El uno es natural, en el cual todos son iguales, y el otro espiritual. Cuando el hombre hace algún hecho heroico o alguna extraña virtud y hazaña, entonces nace de nuevo y cobra otros mejores padres, y pierde el ser que antes tenía. Ayer se llamaba hijo de Pedro y nieto de Sancho; ahora se llama hijo de sus obras. De donde tuvo origen el refrán castellano que dice: cada uno es hijo de sus obras, y porque las buenas y virtuosas llama la Divina Escritura algo, y los vicios y pecados nada, compuso este nombre, hijodalgo, que quiere decir ahora descendiente del que hizo alguna extraña virtud...» Y así Don Quijote, descendiente de sí mismo, nació en espíritu al decidirse a salir en busca de aventuras, y se puso nuevo nombre a cuenta de las hazañas que pensaba llevar a cabo.
Y después de esto buscó dama de quien enamorarse. Y en la imagen de Aldonza Lorenzo, _moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende ella jamás lo supo ni se dió cata de ello_, encarnó la Gloria y la llamó Dulcinea del Toboso.
NOTAS: [1] Le llamo P., es decir, Padre, por acomodarme al uso, o sea abuso, común en casos tales, y aunque sé que Cristo Jesús dijo: «No os llaméis Padre en la tierra; pues uno solo es vuestro padre: que está en los cielos». (Mat., XXIII, 9.)
CAPÍTULO II Que trata de la primera salida que de su tierra hizo Don Quijote.
_Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana antes del día se armó de todas sus armas, subió sobre su Rocinante...y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo._ Así, solo, sin ser visto, por puerta falsa de corral, como quien va a hacer algo vedado, se echó al mundo.
¡Singular ejemplo de humildad! El caso es que por cualquier puerta se sale al mundo, y cuando uno se apresta a una hazaña no debe pararse en por qué puerta ha de salir.
Mas pronto cayó en la cuenta de que no era armado caballero, y él, sumiso a la tradición siempre, _propuso de hacerse armar caballero del primero que topase_. Porque no iba al mundo a derogar ley alguna, sino a hacer que se cumplieran las de la caballerosidad y la justicia.
¿No os recuerda esta salida la de aquel otro caballero, de la Milicia de Cristo, Íñigo de Loyola, que después de haber procurado en sus mocedades «de aventajarse sobre todos sus iguales y de alcanzar fama de hombre valeroso, y honra y gloria militar», y aun en los comienzos de su conversión, cuando se disponía a ir a Italia, siendo «muy atormentado de la tentación de la vanagloria», y habiendo sido, antes de convertirse, «muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías», cuando después de herido en Pamplona leyó la vida de Cristo, y las de los Santos, comenzó a «trocársele el corazón y a querer imitar y obrar lo que leía»? Y así, una mañana, sin hacer caso de los consejos de sus hermanos, «púsose en camino acompañado de dos criados» y emprendió su vida de aventuras en Cristo, poniendo en un principio «todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas...y esto no por otra razón sino porque los Santos que él había tomado por su dechado y ejemplo, habían echado por este camino».
Así nos lo cuenta el P. Pedro de Rivadeneira en los capítulos I, III y X del libro I de su VIDA DEL BIENAVENTURADO PADRE IGNACIO DE LOYOLA, obra que apareció en romance castellano el año 1583, y era una de las que figuraban en la librería de Don Quijote, que la leyó, y una de las que en el escrutinio que de la tal librería hicieron el cura y el barbero, fué indebidamente al fuego del corral, por no haber ellos reparado en ella, que a haberla descubierto habríala el cura respetado y puesto sobre su cabeza. Y de que no reparó en ella, es buena prueba el que Cervantes no la cita.
Resuelto Don Quijote a hacerse armar caballero del primero que topase, _se quietó y prosiguió su camino sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras_. Y creyendo muy bien al creer así. Su heroico espíritu igual habría de ejercerse en una que otra aventura; en la que Dios tuviese a bien depararle. Como Cristo Jesús, de quien fué siempre Don Quijote un fiel discípulo, estaba a lo que la aventura de los caminos le trajese.
El divino Maestro, yendo a despertar de su mortal sueño a la hija de Jairo, se detuvo con la mujer de la hemorragia. Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud.
Se dejaba llevar de su caballo el caballero, al azar de los senderos de la vida. ¿Qué menos daba esto si era siempre la misma y siempre fija su alma heroica? Salía al mundo a enderezar los entuertos que al encuentro le salieran, mas sin plan previo, sin programa alguno reformatorio. No salía a él a aplicar ordenamientos de antemano trazados, sino a vivir conforme a como los caballeros andantes habían vivido; su dechado eran vidas creadas y narradas por el arte, no sistemas armados y explicados por ciencia alguna. A lo que conviene añadir, además, que por aquel entonces no había aún esta cosa que llamamos ahora sociología por llamarla de algún modo.
Y conviene veamos también en esto de dejarse llevar del caballo uno de los actos de más profunda humildad y obediencia a los designios de Dios. No escojía, como soberbio, las aventuras, ni iba a hacer esto o lo otro, sino lo que el azar de los caminos le deparase, y como el instinto de las bestias depende de la voluntad divina más directamente que nuestro libre albedrío, de su caballo se dejaba guiar. También Íñigo de Loyola, en famosa aventura, de que hablaremos, se dejó guiar de la inspiración de su cabalgadura.
Esto de la obediencia de Don Quijote a los designios de Dios es una de las cosas que más debemos observar y admirar en su vida. Su obediencia fué de la perfecta, de la que es ciega, pues jamás se le ocurrió pararse a pensar si era o no acomodada a él la aventura que se le presentase; se dejó llevar, como, según Loyola, debe dejarse llevar el perfecto obediente, como un báculo en mano de un viejo, o «como un pequeño crucifijo que se deja volver de una parte a otra sin dificultad alguna».
_Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo: ¿quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos._.. y todo lo demás que, según nos cuenta Cervantes, iba diciéndose Don Quijote. Cuya locura tira siempre a su centro, a buscar eterno nombre y fama, a que se escriba su historia en los venideros tiempos. Fué el fondo de pecado, es decir, la raíz hondamente humana, de su generosa empresa; la de buscar nombre y fama en ella, la de emprenderla por la gloria. Pero ese mismo fondo de pecado la hizo, ¡es natural!, entrañadamente humana. Toda vida heroica o santa corrió siempre en pos de gloria, temporal o eterna, terrena o celestial. No creáis a quienes os digan que buscan el bien por el bien mismo, sin esperanza de recompensa; de ser ello verdad, serían sus almas como cuerpos sin peso, puramente aparenciales. Para conservar y acrecentar la especie humana se nos dió el instinto y sentimiento del amor entre mujer y hombre, para enriquecerla con grandes obras se nos dió la ambición de gloria. Lo sobrehumano de la perfección toca en lo inhumano, y en ello se hunde.
Y entre los disparates que en este acto de su primer salida iba nuestro caballero ensartando, fué de lo primero acordarse de la princesa Dulcinea, de la Gloria, que le hizo el agravio de despedirle y reprocharle con el riguroso afincamiento de mandarle no parecer ante la su fermosura. La gloria es conquistadera, mas con harto trabajo, y el buen hidalgo, impaciente como novicio, se desesperaba de haber caminado todo aquel día _sin acontecerle cosa que de contar fuese_. No te desespere eso, buen caballero: lo heroico es abrirse a la gracia de los sucesos que nos sobrevengan, sin pretender forzarlos a venir.
Mas al caer de este primer día de su carrera de gloria _vió no lejos del camino por donde iba, una venta_, llegando a ella _a tiempo que anochecía_. Y las primeras personas con que topó en el mundo fueron _dos mujeres mozas, destas que llaman del partido_; encuentro con dos pobres rameras fué su primer encuentro en su ministerio heroico. Mas a él le parecieron _dos hermosas doncellas o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo_--pues por tal tuvo a la venta--_se estaban solazando_. ¡Oh poder redentor de la locura! A los ojos del héroe las mozas del partido aparecieron como hermosas doncellas; su castidad se proyecta a ellas y las castiga y depura. La limpieza de Dulcinea las cubre y limpia a los ojos de Don Quijote.
Y en esto un porquero tocó un cuerno para recoger sus puercos, y lo tomó Don Quijote por señal de algún enano, y se llegó a la venta y a las trasfiguradas mozas. Llenas éstas de miedo--¿y qué sino miedo ha de criar en ellas su desventurado oficio?--se iban a entrar en la venta, cuando el Caballero, alzada la visera de papelón y descubierto el seco y polvoroso rostro, les habló _con gentil talante y voz reposada_ llamándolas doncellas. ¡Doncellas! ¡Santa limosna de la palabra! Pero ellas, al oirse llamar cosa _tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fué de manera que Don Quijote vino a correrse_.
He aquí la primera aventura del hidalgo, cuando responde la risa a su cándida inocencia, cuando al verter sobre el mundo su corazón la pureza de que estaba henchido, recibe de rechazo la risa, matadora de todo generoso anhelo. Y ved que las desgraciadas se ríen precisamente del mayor honor que pudiera hacérseles. Y él, corrido, les reprendió su sandez, y arreciaron a reir ellas, y él a enojarse, y salió el ventero, _hombre que por ser muy gordo era muy pacífico_, y le ofreció posada.
Y ante la humildad del ventero, humillose Don Quijote y se apeó. Y las mozas, reconciliadas con él, pusiéronse a desarmarle. Dos mozas del partido hechas por Don Quijote doncellas, ¡oh poder de su locura redentora!, fueron las primeras en servirle con desinteresado cariño.
_Nunca fuera caballero de damas tan bien servido._ Recordad a María de Magdala lavando y ungiendo los pies del Señor y enjugándoselos con su cabellera acariciada tantas veces en el pecado; a aquella gloriosa Magdalena de que tan devota era Teresa de Jesús, según ella misma nos lo cuenta en el capítulo IX de su VIDA, y a la que se encomendaba para que le alcanzase perdón.
El Caballero manifestó sus deseos de cumplir hazañas en servicio de aquellas pobres mozas, que aún aguardan el Don Quijote que enderece su entuerto. _Pero tiempo vendrá_--les dijo--_en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca. Y las mozas, que no estaban hechas a oir semejantes retóricas_ y sí soeces groserías, _no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa_. Cesó la risa; sintiéronse mujeres las adoncelladas mozas del partido, y le preguntaron si quería comer. _Si quería comer_...Hay todo un misterio de la más sencilla ternura en este rasgo que Cervantes nos ha trasmitido. Las pobres mozas comprendieron al Caballero calando hasta el fondo su niñez de espíritu, su inocencia heroica, y le preguntaron si quería comer. Fueron dos pobres pecadoras de por fuerza las primeras que se cuidaron de mantener la vida del heroico loco. Las adoncelladas mozas, al ver a tan extraño Caballero, debieron de sentirse conmovidas en lo más hondo de sus injuriadas entrañas, en sus entrañas de maternidad, y al sentirse madres, viendo en Don Quijote al niño, como las madres a sus hijos le preguntaron materialmente si quería comer.
Toda caridad de mujer, todo beneficio, toda limosna que rinde, lo hace por sentirse madre. Con alma de madres preguntaron las mozas del partido a Don Quijote si quería comer. Ved, pues, si las adoncelló con su locura, pues que toda mujer, cuando se siente madre, se adoncella.
Si quería comer..._A lo que entiendo me haría mucho al caso_--respondió Don Quijote--, _pues el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas_. Y comió, y al oir, mientras comía, el silbato de cañas de un castrador de puercos, acabóse de confirmar _que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas, el pan candial y las rameras damas, y el ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida_. Con razón se dijo que nada hay imposible para el creyente, ni nada como la fe sazona y ablanda el pan más áspero y duro.
_Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería._ Y decidió hacerlo.
CAPÍTULO III Donde se comenta la graciosa manera que tuvo Don Quijote en armarse caballero.
Va Alonso Quijano a recibir su caballeresco bautismo como Don Quijote.
Y así, hincó ambos hinojos ante el ventero pidiéndole un don, que le fué otorgado, cual fué el de que le armara caballero, y prometiendo velar aquella noche las armas en la capilla del castillo. Y el ventero _por tener que reir aquella noche, determinó de seguirle el humor_, por donde se ve que era uno de éstos que toman al mundo en espectáculo, cosa natural en quien estaba hecho a tanto trajín y trasiego de yentes y vinientes. ¿Cómo no tomar en espectáculo el mundo quien vive en él de una posada en donde nadie posa de veras? El tener que separarse de uno apenas conocido y tratado nos lleva a buscar que reir.
Era el ventero un hombre que había corrido mundo sembrando fechorías y cosechando prudencia. Y tan claveteada ésta, que al responder Don Quijote a una pregunta suya _que no traía blanca porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído_, le dijo se engañaba, que puesto caso _que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse, como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron; y así tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes llevaban herradas las bolsas por lo que pudiese sucederles_. A lo cual _prometió Don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba_, pues era un loco muy razonable y ante la intimación de los dineros no hay locura que no se quiebre.
Pero ¿no vive el sacerdote del altar?, se dirá. Y ¿no es bien que de sus hazañas viva el hazañoso? ¡Dineros y camisas limpias! ¡Impurezas de la realidad! Impurezas de la realidad, sí, pero a las que tienen que acomodarse los héroes. También Íñigo de Loyola se esforzaba por vivir en verdadero caballero andante a lo divino, tornando, apenas salía de enfermedades, a sus acostumbradas asperezas de vida, «pero al fin la larga experiencia y un grave dolor de estómago que a menudo le saltaba--nos cuenta su historiador, lib. I, cap. IX--y la aspereza del tiempo, que era en medio del invierno, le ablandaron un poco para que obedeciese a los consejos de sus devotos y amigos; los cuales le hicieron tomar dos ropillas cortas, de un paño grosero y pardillo, para abrigar su cuerpo y del mismo paño una media caperuza para cubrir la cabeza».
Púsose luego Don Quijote a velar las armas en el patio de la venta, a la luz de la luna y espiado por los curiosos. Y entró un arriero a dar agua a su recua y quitó las armas que estaban sobre la pila, pues cuando hay que dar de beber a nuestra hacienda arrancamos cuanto nos estorbe llegar al manantial. Mas recibió su pago en un fuerte astazo de lanza que le derribó aturdido. Y a otro, que iba a lo mismo, acaecióle igual. Y a poco empezaron los demás arrieros a apedrear al Caballero, y él a dar voces llamándoles _soez y baja canalla_ y los llamó _con tanto brío y denuedo_, que logró atemorizarlos. Poned, pues, alma en vuestras voces, llamad con denuedo y brío canalla a los arrieros que arrancan de su reposadero las armas del ideal para poder abrevar sus recuas, y conseguiréis atemorizarlos.
El ventero, temeroso de otros males, abrevió la ceremonia, llevó un libro _donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros y con un cabo de vela que traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas_, hizo ponerse de rodillas a Don Quijote y leyendo una devota oración le dió un golpe y el espaldarazo. El libro en que asentaba la paja y cebada sirvió de evangelio ritual, y cuando el Evangelio se convierte en puro rito es lo mismo. Una de las mozas, la Tolosa, toledana, le _ciñó_ la espada deseándole ventura en lides y él le rogó se pusiese Don y se llamase Doña Tolosa, y la otra moza, la Molinera, antequerana, le calzó la espuela _y le pasó casi el mismo coloquio_ con ella. Y luego se salió sin que le pidieran la costa.
Ya le tenemos armado caballero por un bellaco, que harto de hurtar la vida a salto de mata, la asegura desvalijando a mansalva a los viandantes, y por dos rameras adoncelladas. Tales le entraron en el mundo de la inmortalidad, en que habían de reprenderle canónigos y graves eclesiásticos. Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuelas mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas. Fué el primer entuerto del mundo enderezado por nuestro Caballero, y como todos los demás que enderezó, torcido queda. ¡Pobres mujeres que sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan, se resignan a la infamia!
¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.
Y aquella vela de armas ¿no os recuerda la del caballero andante de Cristo, la de Íñigo de Loyola? También Íñigo, la víspera de la Navidad de 1522, veló sus armas ante el altar de Nuestra Señora de Monserrate.
Oigámoslo al P. Rivadeneira (lib. I, cap. IV): «Como hubiese leído en sus libros de caballerías que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él, como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y al parecer pobres y flacas armas, mas en hecho de verdad muy ricas y fuertes, que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de Nuestra Señora, encomendándose de todo corazón a ella, llorando amargamente sus pecados y proponiendo la enmienda de la vida para en adelante».
CAPÍTULO IV De lo que sucedió a nuestro Caballero cuando salió de la venta.
Salió de la venta Don Quijote y, acordándose de los consejos del sesudo ventero, determinó volverse a casa a proveerse de lo necesario y a tomar escudero. No era un necio que fuese a tiro hecho, sino un loco que admitía las lecciones de la realidad.
Y al volver a casa, _a acomodarse de todo_, oyó voces salientes de la espesura de un bosque, y se entró por él y vió a un labrador que azotaba a un muchacho _desnudo de medio cuerpo arriba_, reprendiéndole a cada golpe. Y al ver un castigo se sublevó el espíritu de justicia del caballero e increpó al labrador que se tomaba con quien no podía defenderse, e invitóle a luchar con él, por ser de cobardes lo que hacía. _Es un mi criado_--respondió con buenas palabras el castigador--, contando después cómo le perdía ovejas de la manada, y que al castigarle decía el criado lo hacía su amo por miserable, en lo que mentía según el amo. _¿Miente delante de mí, ruin villano?--dijo Don Quijote--; por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza; pagalde luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto; desatadlo luego._ ¿Mentir? ¿Mentir delante de Don Quijote? Ante él sólo miente quien reprocha de mentira a otro, siempre que el reprochador sea el más fuerte. En el bajo y triste mundo no les queda de ordinario a los débiles otra defensa que la mentira contra la fortaleza de los fuertes, y así éstos, los leones, han declarado nobles sus armas, las recias quijadas y las robustas garras, y viles el veneno de la víbora, las patas veloces de la liebre, la astucia del zorro y la tinta del calamar, y vilísima la mentira, arma de quien no tiene otra a que acogerse. Pero ¿mentir ante Don Quijote, o mejor dicho, mentir a solas con quien sabe la verdad? Quien miente es el fuerte, que teniendo atado y azotando al débil, le echa en cara su mentira. ¿Miente? ¿Y por qué él, Juan Haldudo el rico, al ser cogido en flagrante delito, va a aumentarlo ejerciendo de acusador, de diablo? Todo amo que se toma la justicia por su mano, tiene que hacer de diablo para poder tomársela e inventar imputaciones. Siempre el fuerte busca razones con que cohonestar sus violencias, cuando en rigor basta la violencia, que es razón de sí misma, y sobran las razones. Es preferible un pisotón a secas, cuando nos lo dan adrede, que no con un «usted dispense» de añadidura.
Bajó el rico labrador la cabeza--¿y qué iba a hacer ante la verdad, que armada de lanzón, le hablaba amenazadora?--, bajó la cabeza sin responder, desató al criado y ofreció, so pena de muerte, pagarle sesenta y tres reales cuando llegaran a casa, pues no tenía allí dinero. Resistióse el mozo a ir, por miedo a nueva paliza, mas Don Quijote replicó: _no hará tal, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto, y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga_. Protestó el criado, diciendo no ser caballero su amo, sino Juan Haldudo el rico, vecino del Quintanar, a lo que respondió Don Quijote que puede haber Haldudos caballeros _y cada uno es hijo de sus obras_. Lo de haberle tomado por caballero Don Quijote vino de que vió _tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua_, y ¿quiénes sino los caballeros usan lanza?, ni ¿cómo sino por ella va a conocérseles?
Notemos aquel _no hará tal, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto_, sentencia probadora de la honda fe del caballero en sí mismo, fe en que se ensalzaba, pues no teniendo aún obras, creíase hijo de las que pensaba acometer y por las que cobraría eterno nombre y fama. Poco cristiano a primera vista lo de tener a un hijo de Dios por hijo de sus obras, mas es que el cristianismo de Don Quijote estaba más adentro, mucho más adentro, por debajo de gracia de fe y de mérito de obras, en la raíz común a la naturaleza y a la gracia.
Prometido, pues, por Juan Haldudo el rico, el pagar a su criado un real sobre otro y aun sahumados, sahumerio de que le hizo gracia Don Quijote, encomendándole cumpliera como juró, pues de otro modo juraba él volver a buscarlo y castigarle, pues tendría que hallarlo aunque se escondiese más que una lagartija; prometido así por Juan Haldudo, se apartó Don Quijote. Y cuando hubo traspuesto el bosque y ya no parecía, volvióse el rico Haldudo a su criado, tornó a atarle a la encina y le hizo pagar cara la justicia de Don Quijote. Y con esto el criado _se partió llorando y su amo se quedó riendo; y de esta manera deshizo el agravio el valeroso Don Quijote_--agrega Cervantes maliciosamente. Y con él maliciarán cuantos hablan de lo contraproducente del ideal. Mas ahora, ¿ahora quién ríe y quién llora ahora? El caballero se fué su camino, lleno de fe, ponderando su hazaña y cómo quitó el látigo de la mano _a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante_. Al cual le fué sin duda de mayor premio la segunda tanda de azotes con que le dejó por muerto su amo, que no la primera y sin duda muy merecida en justicia humana. Más le valieron y más le enseñaron aquellos segundos furiosos azotes, que le hubieran valido y enseñado los sesenta y tres reales sahumados. Aparte de lo cual, tienen las aventuras todas de nuestro Caballero su flor en el tiempo y en la tierra, pero sus raíces en la eternidad, y en la eternidad y en los profundos, el entuerto del criado de Juan Haldudo el rico, quedó muy bien y para siempre enderezado.
Siguió Don Quijote el camino que a Rocinante le placía, pues todos ellos llevan a la eternidad de la fama cuando el pecho alberga esforzado empeño. También Íñigo de Loyola, cuando camino de Monserrate, se separó del moro con quien había disputado, determinó dejar a la cabalgadura en que iba la elección de camino y de porvenir. Y yendo así Don Quijote, es cuando dió con aquel tropel de mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Y vió nueva aventura y se plantó ante ellos como Cervantes nos lo cuenta, y quiso hacerlos confesar, ¡a los mercaderes!, que _no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso_.
Los corazones mezquinos que sólo miden la grandeza de las acciones humanas por el bajo provecho de la carne o el sosiego de la vida externa, alaban el intento de Don Quijote al querer hacer pagar a Haldudo el rico o al socorrer a menesterosos, pero no ven sino mera locura en esto de querer que los mercaderes confesasen, sin haberla nunca visto, la sin par hermosura de Dulcinea del Toboso. Y ésta es, sin embargo, una de las más quijotescas aventuras de Don Quijote, es decir, una de las que más levantan el corazón de los redimidos por su locura. Aquí Don Quijote no se dispone a pelear por favorecer a menesteroso, ni por enderezar entuerto, ni por reparar injusticia, sino por la conquista del reino espiritual de la fe. Quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones amonedados sólo veían el reino material de las riquezas, que hay un reino espiritual y redimirlos así, a pesar de ellos mismos.
Los mercaderes no se rindieron a primeras, y duros de pelar, acostumbrados a la sisa y al regateo, regatearon la confesión, disculpándose con no conocer a Dulcinea. Y aquí Don Quijote monta en quijotería y exclama: _Si os la mostrara ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender._ ¡Admirable caballero de la fe! ¡Y cuán hondo su sentido de ésta! Era de su pueblo, que fué también tizona en la diestra y en la siniestra el Cristo, a hacer confesar a remotas gentes un credo que no conocían. Sólo que alguna vez cambió de manos y erigió en alto la espada y golpeó con el crucifijo. _Gente descomunal y soberbia_ llamó con razón Don Quijote a los mercaderes toledanos, pues ¿cuál mayor soberbia que negarse a confesar, afirmar, jurar y defender la hermosura de Dulcinea, sin haberla visto? Mas ellos, retusos en la fe, insistieron, y como los contumaces judíos, que pedían al Señor señales, pidieron al Caballero les mostrase algún retrato de aquella señora, aunque fuera _tamaño como un grano de trigo_, y añadiendo a la contumacia protervia, blasfemaron.
Blasfemaron, suponiendo a la sin par Dulcinea, lucero de nuestras andanzas por los senderos de esta baja vida, consuelo en las adversidades, manadero de acometedores bríos, doncella engendradora de altas empresas, por quien es llevadera la vida y vividera la muerte; supusieron a la sin par Dulcinea _tuerta de un ojo y que