SigPhi · Pi i Margall

Las nacionalidades

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Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Al Señor Don Enrique Pérez de Guzmán el Bueno En el seno de la intimidad y la confianza me ha manifestado usted repetidas veces el deseo de ver explanadas en un libro mis ideas políticas, con las que estuvo usted siempre conforme. Ahí tiene usted el libro. Aunque humilde en la forma y en el fondo, se lo dedico a usted como testimonio de la antigua amistad que nos une. Desea que estas páginas llenen las esperanzas de usted, su afectísimo, F. Pi y Margall Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Prólogo Este libro es el desarrollo de ideas indicadas en otros escritos. Busco hace tiempo en la federación el organismo interior y exterior de las naciones, y no abandono una empresa que considero todos los días más grande y fecunda. Está, en mi juicio, perturbada Europa principalmente por no reconocer que cada orden de intereses polítícos presupone y reclama la existencia de un poder autónomo que lo dirija y gobierne.

Si defiendo un error, culpa será, no de mi voluntad, sino de mi entendimiento. Digo lo que pienso y creo justo, sin modificarlo ni velarlo por mi propia conveniencia ni la de mi partido; y pues trato de convencer, no de seducir, lo digo en el lenguaje sencillo y claro que a la verdad corresponde. Nadie busque aquí, por lo tanto, ni párrafos estudiados ni artificiosas teorías. Deseoso de estar lo más posible en la realidad, hasta he seguido el método opuesto al que generalmente se emplea. En vez de partir de hipótesis más o menos admitidas, he observado atentamente los hechos, y por el exámen de las leyes a que obedecen he llegadoa las doctrinas que sostengo.

Quizá no sea éste el método más acomodado a la viva imaginación del pueblo. Es sin duda alguna el que más le importa. Tiempo es ya de que aprendamos en la Historia la verdadera causa de nuestros males y el régimen político a que nos llaman las circunstancias con que se han ido reuniendo los diversos elementos de la nacionalidad española. La razón puede engañarnos; no ya fácilmente, si resisten sus afirmaciones a la experiencia, que es su piedra de toque.

Porque aquí la razón y la tradición están de acuerdo, tengo la esperanza de que se realice mi idea. ¿No lo estarán tal vez? Lea el que dude, y falle.

Madrid, 14 de noviembre de 1876.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo I Los grandes y los pequeños pueblos Confieso que no estoy mucho por las grandes naciones, y estoy menos por las unitarias. Los vastos imperios de Oriente han sido todos regidos por déspotas. Asia no conoce aún la libertad de que gozan ha tiempo Europa y América. Sus pueblos están atrasadísimos. Necesitan para salir de su estado que otros pueblos los dominen.

Quiso en otro tiempo uno de los grandes imperios de Oriente, el de los persas, extender su acción a Europa; y, a pesar de sus innumerables ejércitos, se vió detenido por unos pocos hombres en las Termópilas, vencido y humillado en Salamina y Platea. En cambio, un siglo después, un pequeño reino, el de Macedonia, no sólo ponía la Persia a los pies de los caballos de Alejandro, sino que también llevaba sus armas vencedoras hasta las márgenes del Indo.

El empuje, el movimiento y la propagación de las ideas han venido siempre de los pequeños pueblos. A las puertas mismas del Asia, en las costas orientales del Mediterráneo, en lo que es hoy Siria, había antiguamente multitud de reinos y repúblicas que no eran sino ciudades. A treinta y un reyes nos dice la Biblia que venció y mató Josué en el solo espacio que media de las faldas del Seir al pie del Líbano. Entre los habitantes de aquellas reducidas naciones, los fenicios, a quienes se dice inventores del alfabeto y la escritura, quince siglos antes de Jesucristo, colonizaron ya el Occidente y llamaron a la vida culta a los pueblos de Europa y Africa. Intrépidos navegantes y codiciosos mercaderes, atravesaron osadamente el Estrecho, y costeando el Océano, llegaron a los mares del Norte. Ellos fueron los que pusieron en relación las costas del antiguo continente.

En la misma Asia y en el extremo oriental de Europa había otra multitud de naciones constituidas también por ciudades rodeadas de pequeñas villas. Allí florecieron por primera vez la libertad y el derecho. Allí nació la filosofía, y se emancipó del dogma la ciencia. Allí tuvo la belleza sus más espléndidas manifestaciones y se elevaron a su más alta expresión formal la poesía y el arte. Allí encontró su barrera el despotismo asiático. Allí tomó su mayor vuelo y se cernió sobre el mundo el espíritu del hombre.

No se limitaron tampoco aquellos Estados a vivir dentro de sí mismos. Colonizadores los griegos, como los fenicios, se establecieron a lo largo de las costas septentrionales del Mediterráneo y en las orientales del Atlántico. Llevaron sus armas al corazón del Asia. Influyeron en la marcha del pueblo de Israel y en la suerte de Egipto. Vencidos, se impusieron a sus vencedores, y aun hoy contribuyen por sus filósofos y sus poetas a regir los destinos de gentes que no conocieron.

¿Quién los venció y los sojuzgó? Roma, otra ciudad, otra pequeña república. Esta sola ciudad ha puesto en relación más gentes y ha hecho más por la unidad del mundo que las más grandes naciones. Ha sido la cabeza de un imperio más dilatado y más sólido que los constituídos en la antigüedad por Alejandro, en la Edad Media por Carlomagno, en los tiempos modernos por Carlos V y Bonaparte. A la muerte de Diocleciano dominaba en Asia toda la tierra al Mediodía del mar Negro con Siria, Fenicia, Palestina y la Arabia de Occidente; en Africa, toda la de Egipto y todas las playas del Norte; en Europa, todos los pueblos entre el Mediterráneo y las márgenes del Rin y el Danubio, más las islas de la Gran Bretaña. Sostuvo durante siglos su dominio sobre tan diversas y apartadas provincias; y a todas comunicó sus leyes y sus costumbres, cuando no su lengua.

Halló Roma en su camino un pueblo que le disputó el imperio de Occidente, y aun vencido en Sicilia y España, le derrotó en Italia y llevó a los mismo pies del Capitolio el rumor de sus armas. ¿Quién era también ese rival temible? Otra ciudad, otra pequeña república, Cartago, unos mercaderes fenicios establecidos de antiguo en las costas septentrionales de Africa. Tuvieron estas dos solas ciudades por más de cien años removido el suelo de Africa y Europa, levantados en todas partes los espíritus, en expectación el mundo.

Véase ahora dónde encontró Roma mayor y más prolongada resistencia. Más de tres siglos hubo de luchar por la conquista de Italia; cerca de dos, para uncir al yugo a la indomable España; más de ochenta años para hacer suya a Grecia, desgarrada ya por la discordia. Italia estaba dividida en multitud de Estados; España, en cincuenta naciones, que no unía ningún vínculo político; Grecia, en pequeñas repúblicas, la mayor, entonces, la de los aqueos. Peleó en vano Roma siglos y siglos por reducir el NOrte de Europa, ocupado también por muchedumbre de pueblos; tuvo allí primero una tumba para sus legiones; más tarde su propio sepulcro.

Cayeron esos muchos pueblos sobre el imperio romano independientes unos de otros; ni siquiera se concertaron para destruirlo. Bajó cada cual como y por donde pudo; y, lejos de prestarse ayuda, se empujaron y se arrojaron de los puntos que habían escogido por asiento, dando las más sangrientas batallas que recuerda la Historia.

Constituyéronse entonces grandes naciones bajo el régimen de la monarquía, pero con gérmenes de mal que no tardaron en desarrollarse. Por la consolidación de la propiedad y la autoridad fueron todas, cuál más, cuál menos, y cuál más lenta, cuál más rápidamente, al feudalismo. Los pueblos quedaron separados unos de otros, no por la independencia, sino por la división del poder; y como antes iban por la disgración a la libertad, caían ahora en la servidumbre. Cada terrateniente era, dentro de su propiedad, un verdadero monarca; los hombres que en ella habitaban, unos vasallos, otros siervos, formaban un verdadero pueblo. Era general la esclavitud y general la tiranía, sin que bastasen a destruirla, ni aun a moderarla, los reyes, vana sombra de lo que al principio fueron.

¿Cómo salió Europa de tan triste estado? Precisamente por la reconstitución de pequeñas naciones, ya dentro, ya fuera de las grandes monarquías. Las de Alemania, Francia e Inglaterra, al amparo del poder real, se erigieron, para todo lo que se refería a su vida interior, en Estados autónomos. En España, merced a la reconquista del suelo contra los árabes, lo que fueron por las cartas-pueblas y los fueros, no sólo las ciudades, sino también muchas villas. Las ciudades tenían en todas estas naciones su Gobierno, sus leyes, sus tribunales, su fuerza pública. Sucedió pronto a la inacción el movimiento; al statu quo, el progreso. La industria volvió a tomar vuelo; el comercio, a poner en contacto los más apartados pueblos.

A fines de la Edad Media surgió de nuevo en Europa la idea de los grandes Estados. Con ella nació al punto el absolutismo, que ha pesado por más de tres siglos sobre los pueblos de nuestra raza.

¿Dónde halló entonces la libertad un refugio? En los pueblos de origen germánico, donde el espíritu de independencia de los pequeños Estados, sostenido y aun favorecido por el de la Reforma, prevaleció sobre el de la unidad, que dominaba en los pueblos latinos, alentados por el Catolicismo; en Alemania, dividida, como durante la Edad Media, en multitud de ducados y reinos, que sólo para la dirección de sus comunes intereses reconocían un emperador y tenían una Dieta; en Holanda, que nunca fué nación unitaria, y, al salir de las garras de Felipe II, constituyó la República de las Siete Provincias; en Inglaterra, donde aun hoy el condado y el municipio son casi autónomos. Cuando teníamos aquí más esclavo el pensamiento y se lo condenaba a vivir encerrado en las páginas del Evangelio, volaba allí libre por las regiones de la ciencia, y abría un período filosófico sólo comparable con el que en la antigua Grecia empezó por Tales y Pitágoras y acabó por la escuela de Alejandría.

Hoy mismo están más respetados los fueros de la humanidad en las pequeñas que en las grandes naciones, en las naciones federales que en las unitarias. Rusia, la más vasta del mundo, es la más autocrática. El zar reúne allí en su mano todos los poderes: es a la vez emperador y pontífice. Ningún derecho político para los súbditos, ninguna garantía. No hace diez años, once millones de rusos eran todavía siervos. Turquía, Estado aún de mucha extensión, es otra autocracia. También allí es el sultán monarca y pontífice; tampoco allí tiene el vasallo asegurados su libertad ni sus derechos. La misma Francia, con haber sido el nuevo Sinaí de la Humanidad, no ha llegado todavía a un orden de cosas permanente. En menos de un siglo ha pasado por tres repúblicas, tres monarquías y dos imperios. Bajo ninguna forma de gobierno ha gozado de la verdadera libertad ni del orden que nace del solo respeto de las leyes. Sufre, si no tan frecuentes, más hondas perturbaciones que nosotros. No creo necesario hablar de España. De las grandes naciones unitarias, Italia es sin disputa la más ordenada y libre; pero sólo por causas accidentales y pasajeras. Se formó, por decirlo así, ayer, contra reyes déspotas como el de Nápoles, autoridades como la del Papa, dominadores extranjeros como el Austria. Está, como vulgarmente se dice, prendida con alfileres: la pueden desgarrar, o cuando menos poner en peligro, la cuestión religiosa, un cambio de situación en Europa, la restauración de los Borbones. El sentimiento de la unidad y el temor de caer de nuevo bajo el yugo, ya del absolutismo, ya de la Iglesia, ya del extranjero, contienen a los partidos. ¿Qué sucederá cuando ese temor desaparezca?

No hablaré de las naciones de Asia. Vuelvo los ojos a las pequeñas de Europa y a las que, aun siendo grandes, no son unas en el sentido de las hasta aquí nombradas. Portugal tiene cien veces más asegurada la libertad y el orden que nuestra desventajada patria. Bélgica vive, desde que es nación, la vida de la democracia, y en cincuenta años no ha visto un solo día turbada por las revoluciones la paz de que goza; no ha participado jamás de los sacudimientos políticos que tanto han hecho estremecer a la vecina Francia. Suiza ha llegado, después de la guerra de Sonderbund, a los extremos límites de la libertad y el derecho; y desde entonces, desde el año 1846, tampoco ha visto jamás violadas sus leyes ni por sublevaciones militares ni por tumultuosas muchedumbres. Holanda vive constitucionalmente y con la más amplia libertad religiosa; Suecia y Dinamarca, bajo monarquías templadas por Dietas. Alemania, cuna de la Reforma y patria del libre examen, marcha con paso firme a la democracia y a la justicia sin recurrir a las armas, ni aun puesto el rey en lucha con el Parlamento. Inglaterra es el modelo de las naciones libres dentro de la monarquía, los Estados Unidos, el de las naciones libres dentro de la república. Por el solo ejercicio de los derechos individuales, caen allí seculares abusos y se verifican las más trascendentales reformas. La opinión domina a los reyes y las asambleas; el pueblo es verdaderamente soberano.

No difieren bajo el solo punto de vista político estos dos grupos de neciones. Alemania va a la cabeza de Europa; los Estados Unidos, a la de América; aquélla más por su pensamiento que por su acción; éstos por su actividad sin límites. Es Alemania la reina del mundo de la filosofía, en ciencias, en artes; y los Estados Unidos, en la aplicación de los progresos del entendimiento a las necesidades de la vida. Si se escapa a la una o a la otra nación el cetro, se lo verá, de seguro, en manos de Inglaterra. Inglaterra participa de la actividad de los norteamericanos, que son sus hijos, y de la fuerza intelectual de los germanos, que son sus padres, sin ser ni tan realista como los unos, ni tan inclinada como los otros a la abstracción y al idealismo. No se crea, sin embargo, que Alemania deje de estar adelantada en la industria. Aun en esto se la ha reconocido superior a muchos pueblos de Europa en las Exposiciones de Parín y Viena. Pero en la industria y el comercio los dos grandes rivales de hoy son los Estados Unidos e Inglaterra, que están en todos los mares y en todos los mercados. Son aún grandes por su comercio, Holanda; por su industria, Bélgica; notable por el general bienestar y por la casi universal instrucción de sus habitantes, Suiza. El movimiento de la primera enseñanza ha llegado en Suiza, como en Alemania y los Estados Unidos, a la más apartada aldea y a las últimas clases del pueblo. Francia, con ser una de las primeras naciones, está en los material por debajo de Inglaterra, en lo intelectual por debajo de Alemania. Desenvuelve con brillantez y difunde las ideas ajenas; no abunda en las propias. Quiso dominar y ha dominado en Europa por su influencia y sus armas; y perdió ya ese predominio.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo II Idea de la formación de grandes naciones. Esfuerzos por la unidad de Italia y Alemania ¿Querrá decir esto que yo desee la reconstitución de las pequeñas repúblicas? Responderé más tarde. Declaro, por de pronto, que soy decidido adversario de la formación de grandes naciones por los distintos criterios que hoy prevalecen en Europa.

La revolución de 1848, que tanto agitó y conmovió a los pueblos, dio vida y cuerpo a la teoría de las nacionalidades, hasta entonces aspiración algún tanto vaga, y la hizo bandera de guerra. Carlos Alberto, rey de Cerdeña, se propuso dar unidad a Italia, y no vaciló en proteger abiertamente a Lombardía y Venecia, sublevadas contra el Austria, ni en prestar su auxilio a Parma y Módena, que se habían levantado contra los Borbones. Batió a los austriacos en diversos campos de batalla y les tomó a Pescara y Pizzighettona; pero, derrotado a su vez, primero en San Donato y después en Novara, no sólo tuvo que desistir de su empresa, sino que también abandonó su reino, abdicando la corona en favor de su hijo.

Federico Guillermo de Prusia tuvo también el pensamiento de dar unidad a Alemania, no la misma decisión ni el mismo arrojo. Quiso convocar un Parlamento nacional, y se dejó ganar la mano por una reunión en Heidelberga de representantes de diversos Estados germánicos. Codiciaba la corona del Imperio; y cuando se la ofrecieron, vaciló en tomarla. Se negó a recibirla, y más, al saber que Rusia terciaba en las contiendas de Austria con Hungría. El Parlamento alemán se había abierto, sin embargo, en Francfort y redactado una Constitución alemana: la idea de la unidad había entrado en las vías de hecho. Fracasó aquí la empresa merced a la cobardía del rey de Prusia, a la resistencia de los demás soberanos a respetar la obra del Parlamento, a la reacción que se verificó en Europa al caer de los italianos y los hurgaros. Se encargó el mismo Federico Gusilermo de ahogar en sangre las protestas armadas que con esta ocasión se hicieron dentro y fuera de su reino.

No se volvió a hablar en mucho tiempo de la reconstítución de las dos naciones. La idea, con todo, iba ganando el ánimo de uno y otro pueblos, y halló al fin hombres de Estado capaces, por su habilidad y su energía, de irla realizando: al conde de Cavour, en Italia; al de Bismarck, en Alemania. El de Cavour interesó a Francia en favor de su pensamiento, y le debió sus primeras victorias contra el Austria; el de Bismarck logró adormecerla. Hoy es ya un hecho Italia; otro hecho, Alemania.

Mas ¡qué de sangre y lágrimas para llegar a este resultado! Tres guerras con Austria costó la unidad de Italia: mas sin fruto, la del año 48; otra para ganar a Lombardía, la del año 59; otra para libertar a Venecia, la del año 66, en que venció Víctor Manuel perdiendo en dos combates. En la primera lucharon los italianos solos; en la segunda, unidos con los franceses, dieron las tremendas batallas de Magenta y Solferino; en la última, favorecidos por los prusianos, lucharon en Lissa y Custozza. Y hubo de invadir Garibaldi con sus voluntarios las Dos Sicilias y llamar en su auxilio los ejércitos del rey para arrojar de Gaeta a Francisco de Nápoles. Y hubo de echar por la fuerza de las armas a los duques de Parma y Módena y ocupar los Estados del Papa.

No fue menos costosa la unidad de Alemania. En 1848 intervino ya Prusia en las cuestiones de los ducados del Schleswig-Holstein con Dinamarca, tomando por motivo el principio de las nacionalidades y peleando como instrumento y brazo de la Confederación Germánica. Si fué afortunada por tierra, sufrió por mar grandes reveses; por tierra distó de alcanzar victoria en la batalla de Flensburgo, que fué la postrera. Hubo de retirarse, al fin, ante la actitud amenazadora de Suecia y la mediación de Inglaterra y Rusia, sin obtener más que el derecho de nombrar a dos de los cinco comisarios que habían de constituir en adelante el Gobierno de los ducados.

En 1863 se renovó la guerra. La Dieta de Alemania se decidió por la independencia del Schleswig-Holstein, y Prusia se lanzó otra vez a la lucha. Fue a los ducados con Austria, que la temía; y aun así, hubo de pelear recia y bravamente por arrancarlos a Dinamarca. Se los arrancó; y si al principio los compartió con su aliada, los poseyó después exclusivamente por el tratado de Gastein en 1865.

Un año después, el 66, estallaba la guerra entre Prusia y Austria: guerra sangrienta y feroz, en que Prusia, unida con Italia, tenía a su enemiga entre dos fuegos. En la sola batalla de Sadowa perdieron los austriacos, entre muertos y heridos, hasta 42.000 hombres; no menos de 12.000 los prusianos. No hablaré de los soldados que sumbieron en los combates de Podol, Nachod, Trentenau, Buguersdorf, Skalitz, Munchengraetz, Sarornirz y Gitschin, ni de los que perecieron en la campaña del Mein, donde luchaba Prusia con otros Estados de Alemania. Austria, en todas partes vencida y con el enemigo a las puertas de Viena, hubo de capitular con el rey Guillermo, sin salvar más que sus propios Estados. Declaró disuelta la Confederación Germánica, se adhirió a la reorganización que se hiciera de Alemania, se excluyó de la nueva nación y se reservó el solo derecho de ser consultada sobre los lazos que pudieran establecerse entre la Confedecación del Sur y la del Norte. De la del Norte hizo, desde luego, árbitra a la vencedora Prusia.

Fué, sin embargo, necesaria otra guerra más larga y más costosa para asegurar la unidad de Alemania. Francia empezaba a espantarse de las consecuencias de su impremeditada política para con Italia: veía ya, no sin inquietud, la formarión en torno suyo de tan poderosas naciones. Se preocupó, sobre todo, cuando vió desvanecida la esperanza y tal vez eludida la promesa de llevar a las márgenes del Rin sus fronteras del Nordeste. Supo luego que, merced a tratados especiales, componían indistintamente el ejército alemín las tropas de los Estados del Mediodía y las del Norte, y no podía ya reprimir ni su despecho ni sus iras. Necesitaba sólo un pretexto para lanzarse a la guerra. Dejó pasar el de la cuestión del Luxemburgo, y aprovechó el de haberse tratado de poner a un Hohenzollern en el trono de España. Grande y terrible fué esta lucha. Tantas batallas para Francia, perdidas como empeñadas; rendiciones en masa de ejércitos formidables; Napoleón, después del desastre del Sedan, corriendo a los brazos del rey Guillermo; Metz, capitulando con una guarnición de 100.000 hombres; París, sitiado, bombardeado y ganado por hambre; la paz obtenida por los franceses con la condición de entregar las provincias de Alsacia y Lorena y tener al enemigo en sus plazas fuertes ínterin no le diesen cinco mil millones de francos. Calcúlese ahora los sacrificios de Alemania para alcanzar tan brillantes triunfos: la nación, toda en armas; las riquezas de la nación, puestas al servicio de los ejércilos; la sangre de la nación, vertida a torrentes.

¡Si con esto se hubiese cerrado siquiera el período de las guerras hijas de la reconstitución de Alemania e Italia! No permiten creerlo así ni la actitud ni el carácter de Francia. Francia espía la ocasión de vengarse. Repara sus fuerzas, rehace sus ejércitos, aprovisiona sus arsenales y sus parques y se apresta a la lucha. No es fácil que se resigne ni a verse burlada ni a perder el predominio que venía ejerciendo en Europa. Por no perderlo se deshizo de Luis Felipe y derribó el segundo Imperio. Se hará, si asi le conviene, brazo del Catolicismo para herir a las dos nuevas naciones, cosa de no extrañar, atendidos su tradición y sus hábitos. ¡Y qué! ¿Valía la pena de tantas y tan calamitosas guerras la unidad de Italia y de Alemania?

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo III Criterios para la formación de grandes naciones. La identidad de lenguas. Las fronteras naturales Busco el motivo de las nacionalidades, y no sé encontrarlo racional ni legítimo. Presentan muchos como tal la identidad de lengua. Por la identidad de lengua definen, efectivamente, los alemanes los límites de su patria en uno de los cantos modernos que más los apasionan. No circunscriben para ellos la patria, las montañas, ni los ríos: se extiende la patria a toda la tierra en que se habla alemán.

Resultan así incompletas las dos naciones. Le faltan a Italia parte del Tirol, la costa de Dalmacia y el cantón del Tesino. Le faltan a Alemania los cantones de Berna, Basilea, Zurich y todo el oriente de Suiza; el Austria propiamente dicha; los ducados de Salzburgo, Estiria, Carintia, Friul y Carniola; el litoral alemán del territorio de Trieste; parte del Tirol con Voralberga; el margraviato de Moravia y parte de Silesia; algo de Rusia. ¿Como cuántas guerras serán necesarias para que Italia y Alemania se completen? Suiza va a quedar hecha pedazos. Austria estará reducida a Hungría, Bohemia y Polonia.

Ya en el Parlamento de Francfort de 1848 se habló estensamente de si Austria debía o no formar parte de Alemania. Estuvieron unos por que se la incluyese en la nueva nación; otros por que se la excluyese. Prevalecieron los últimos, a quienes se calificaba desdeñosamente de partidarios de la pequeña Alemania: pero ¿quién duda que hoy sueñan todos con la incorporación del archiducado de Austria? Siguen cantando que toda tierra en que se habla la lengua alemana, ésa es la patria del alemán.

¡La identidad de lengua! ¿Podrá nunca ser ésta un principio para determinar la formación ni la reorganización de los pueblos? ¡A qué contrasentidos no nos conduciría! Portugal estaría justamente separado de España; Cataluña, Valencia, las islas Baleares debeian constituir naciones independientes. Entre las lenguas de estas provincias y la de Castilla no hay, de seguro, menos distancia que entre la alemana y la holandesa, por ejemplo, o entre la castellana y la de Francia. Habrían de vivir aparte, sobre todo los vascos, cuya lengua no tiene afinidad alguna ni con las de la Península ni con las del resto de Europa. En cambio, deberían venir a ser miembros de la nación española la mitad de la América del Mediodía, casi toda la del Centro y gran parte de la del Norte. Habrían de formar éstas, cuando menos, una sola república. Irlanda y Escocia habrían de ser otras tantas naciones; Rusia, Austria, Turquía, descomponerse en multitud de pueblos. ¡Qué de perturbaciones para el mundo! ¡Qué semillero de guerras!

Buscan otros el criterio para la formación de las naciones en lo que llaman las fronteras naturales. Pretenden que los pueblos tienen lindes marcadas por la misma tierra: aquí una cordillera allí un río, más allá las aguas de los mares. No llegan por este criterio a menos contrasentidos que los otros. Les sería por de pronto difícil explicar cómo, siendo naturales, no está determinada ninguna nación por esas pretendidas fronteras. Las nuestras son, según ellos, el mar y los Pirineos. Casi nunca ha habido un solo pueblo dentro de estos límites. Tampoco lo hay ahora. Y, nótese bien, en muchos y largos períodos nos hemos derramado por la otra vertiente de los montes Galibéricos. El Rosellón ha formado durante siglos parte de España.

Si, por otra parte, son los Pirineos la frontera natural de la Península, ¿por qué no había de poderla dividir en dos naciones, una a Oriente, otra a Occidente, la cordillera Ibérica? ¿Por qué no dividir la de Occidente en otras la cordillera Pirenaica, la Carpeto-Vetónica, la Oretana, la Mariánica, la Penibética? Fronteras naturales son también los ríos. Las cuencas del Ebro, del Júcar, del Segura, podrían constituir dentro de la España Oriental hasta tres naciones; cinco en la España Occidental, las cuencas del Miño, del Duero, del Tajo, del Guadiana, del antiguo Betis. Dado este principio, Portugal es, a no dudarlo, una de las naciones de formación más lógica. El Miño es su curso de Este a Oeste, el Duero y el Guadiana en su marcha de Norte a Sur y el Océano Atlántico son, en parte, y podrían ser del todo, las naturales fronteras de Lusitania. ¿Se habrá olvidado en Europa que más de una vez se ha tratado de extender el territorio de Francia hasta las márgenes del Ebro? Después de la batalla de Leipzig, del Rin al Ebro concedían las potencias a Napoleón, si renunciaba a lo demás de su Imperio.

Podría hacer observaciones análogas sobre Francia, sobre Italia, sobre Alemania, sobre los demás pueblos. He preferido fijar la atención del lector en España, tanto porque la conoce más, como porque es la nación que más parecetener fronteras naturales. No alcanzo, a la verdad, por qué han de vivir sólo dos pueblos en las faldas de una cordillera, ni por qué no ha de ocupar uno solo las dos vertientes. Alcanzo menos por qué no se han de establecer aunque sea veinte naciones en la misma orilla de un río. Es tan arbitrario ese principio de las fronteras naturales, que, por él, lo mismo cabría dividir a Europa en pequeñas repúblicas que reducirla a dos o tres grandes imperios. Sin contar sus inmensas posesiones de Asia, Rusia ocupa hoy más de la mitad de Europa. Es una perpetua amenaza para las demás naciones del Continente, un peligro tal, que para conjurarlo fortificó Luis Felipe a París y promovió Luis Napoleón la guerra de Crimea. En Europa no puede tener, sin embargo, fronteras mejor marcadas por la naturaleza: al Norte, el Océano Glaciar Artico; al Oriente, los montes Urales, el río Ural y el mar Caspio; al Mediodía, el Cáucaso y el mar Negro; al Occidente, el mar Báltico, el golfo de Botnia y el río Tornea, que la separa de Suecia. No son convencionales sus fronteras sino en la parte Sudoeste, en sus lindes con Prusia, Austria y Turquía; y podría muy bien, prevaliéndose de este mismo criterio que combato, avanzar hasta los montes Cárpatos y los Balcanes y apoderarse de Constantinopla. Obsérvese ahora, como de paso, que no podría la nación francesa tener por frontera el Rin desde el punto en que le falta la cordillera de los Alpes, sin tomar buena parte de Alemania, toda Bélgica y la mitad de Holanda.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo IV El criterio histórico. Las naciones en general. España. Francia. Inglaterra No yerran menos los que buscan en la Historia el principio de las nacionalidades. Nada hubo tan movedizo como las naciones de Europa. Fueron casi en todos tiempos obra de la violencia: por la violencia nacieron, por la violencia se conservaron y por la violencia perecieron. Ni Grecia, ni Italia, ni Francia, ni Inglaterra formaron un solo cuerpo mientras no cayeron bajo el yugo de Roma. No fueron entonces naciones, sino provincias: primero colonias de la gran República; después, miembros del grande Imperio. Aun después de haber invadido los bárbaros el Mediodía de Europa, distaron las provincias romanas de constituir naciones. Las espantosas luchas de los unos con los otros y la resistencia que a todos oponían los restos del moribundo Imperio trajeron revueltos y confusos por más de dos siglos a los pueblos de Europa.

El feudalismo y los árabes volvieron pronto a dividir las naciones. Sabemos todos lo que sucedió en España. En España se fueron organizando pequeños Estados a medida que se reconquistaba el suelo contra los musulmanes. Los musulmanes mismos desgarraron el califato de Córdoba y lo dividieron en emiratos independientes. No hubo aquí una sola nación hasta el año 1580; sesenta años después había ya las de ahora: Portugal y España.

Francia sufrió aún más dilaceraciones. Bajo los monarcas merovingios estuvo distribuída en cuatro reinos: Austrasia, Neustria, Borgoña y Aquitania; bajo los carlovingios, en ochenta condados, que fueron poco a poco emancipándose de la Corona; al subir los Capetos, en sesenta y un feudos, que sólo nominalmente dependian del monarca; bajo el gobierno de Luis VI, en Estados del dominio real y Estados autónomos. Los Estados del rey se hallaban reducidos, al caer los carlovingios, a los territorios de Laons, de Reims y de Compieña; Hugo Capeto les añadió, el año 987, el ducado de Francia. Hasta el último tercio del siglo XVIII no ganó la Corona el último de los Estados independientes. ¿Los reunió todos el pacto? Los más, la conquista. Francia, durante la Edad Media y aun durante los tres primeros siglos de la Moderna, no constituyó una sola nación sino en dos brevísimos períodos: en los cuatro últimos años del reinado de Clodoveo, y del año 771 a 1817.

La nación inglesa es antigua; pero la Gran Bretaña es también moderna. No estuvo definitivamente unida Escocia a Inglaterra hasta el año 1603, en que Jacobo VI, que la mandaba, se ciñó por derecho de sucesión la corona de los Tudores. Conservó otros cien años su administración, su Parlamento y sus leyes; no los perdió hasta 1707. Hasta el siglo XII no se apoderó de parte de Irlanda Enrique II de Inglaterra; los irlandeses que permanecieron libres resistieron durante siglos. Lucharon hasta el año 1603, hasta el siglo XVII. Vencidos ya, ¡qué de veces no han intentado sacudir el yugo! Han sido constante motivo de perturbación para Inglaterra, e Inglaterra para ellos un verdadero azote. Es proverbial la miseria de Irlanda.

Cada uno de los tres reinos de la Gran Bretaña estuvo, por otra parte, dividido en los primeros siglos de la Edad Media. Cuatro establecieron los sajones en Inglaterra a mediados del siglo V; tres, en el siglo VI, los anglos. Dos había desde la expulsión de los romanos en Escocia; cinco, por lo menos, en Irlanda. Los siete reinos de Inglaterra no se fundieron en uno hasta el siglo XI, en que los acercó el valor y las altas dotes del rey sajón Egberto. Refundiéronse en el mismo siglo los de Escocia por haberse reunido las dos coronas en la cabeza de Kenneth II. Tardaron algo más en formar un solo cuerpo los de Irlanda: como seis siglos.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones)