No creo necesario hablar de otro criterio, por mucho tiempo en boga, y hoy casi en olvido: el del equilibrio europeo. Sin la disgregación de Rusia, este equilibrio es de todo punto imposible: la prueba está en que no mueve aquel Omperio el pie que no hayan de concertarse dos o más naciones para detenerlo y conseguir la neutralidad de las otras. Si para alcanzar este equilibrio hubiéramos de partir la Rusia en distintos pueblos, ¿qué razón habría para no proceder a la reorganización general de Europa? Este criterio, que ni de tal merece el nombre, sería tan arbitrario como el de las fronteras naturales. Por él podríamos también llegar lo mismo a la formación de naciones como Francia y Alemania, que a la de las repúblicas en que, tomando por norma la extensión de Holanda, pretende dividir a Europa la escuela de Augusto Comte. Este equilibrio, por otra parte, se destruiría, no diré de siglo a siglo, sino de decenio a decenio. Lo alteraría frecuentemente la desigualdad con que se desarrollan en los pueblos la población y la riqueza, y, por lo tanto, el poder político. Mantenerlo sería, por lo menos, tan difícil como establecer y conservar entre los hombres bajo el principio individualista la igualdad de fortunas.
No falta quien diga que, si por ninguno de los referidos criterios es posible definir las naciones, lo es combinándolos todos. Esto, sobre no ser científico, no es tampoco cierto.
La Gran Bretaña ¿es una verdadera nacionalidad? No habrá, de seguro, quien eche los ojos sobre el mapa de Europa y esté por las grandes naciones, que no considere las islas Británicas dignas de formar grupo. Inglaterra y Escocia son una sola isla. Irlanda dista de ella muchísimo menos que de España las Baleares. Las Hébridas están, por decirlo asi, pegadas a. Escocia. De Escocia a las Hébridas e Irlanda hay menos distancia que de Ibiza a Mallorca. De Mallorca a Ibiza hay cincuenta kilómetros; de Escocia a Irlanda, treinta y cinco; de las Hébridas a Escocia, veinticinco escasos. ¿A quién habrá de parecer violento que las islas Británicas formen un solo cuerpo? Tres siglos hace ya que lo forman Escocia, Inglaterra e Irlanda. Las Hébridas vienen de mucho antes siendo escocesas. Rígese Escocia, además, por las instituciones de Inglaterra desde el año 1707; Irlanda, desde 1800. La lengua oficial es en todas partes la misma, la inglesa.
¿Bastará esto para condenar la separación de Irlanda? Irlanda es una isla de considerable extensión, que mide 450 kilómetros de Norte a Mediodía, y 280 de Oriente a Occidente. Contiene cerca de seis millones de habitantes. Ha vivido autónoma durante siglos, y sólo durante siglos de combate sucumbió, como hemos visto, a las armas de Inglaterra. Tasca aún con impaciencia el freno, odia a los vencedores y arde en deseos de emanciparse. Suyos son esos terribles fenianos que en nuestros mismos días han llevado tantas veces el espanto al corazón de Inglaterra. La separan de ella mares de sangre, agravios que no olvida ni perdona, la lengua, la religión, la raza. Los irlandeses son de origen, no germanos, sino celtas; y como todos los antiguos druidas, fervientes católicos. Hablan todavía una lengua céltica: el erse. Combínense como se quiera los distintos criterios de que hablé, ¿por qué nos resolveremos por que continúe unida Irlanda a la Gran Bretaña, o por que forme nación aparte?
En Francia tenemos un pueblo parecido, el de la península que forman el canal de la Mancha y el golfo de Vizcaya: los bretones, una de las más conocidas ramas de la familia de los celtas, que aun hoy hablan una lengua céltica. Aunque incorporados a Francia desde 1515, conservan todavía sus antiguos hábitos, sus costumbres, sus trajes, su fisonomía. No odian a los franceses, pero tampoco los siguen de buen grado. En 1793 y 1799 sostuvieron junto con sus circunvecinos esas largas guerras de la Vendée, que tantos conflictos crearon a la República; guerras que estuvieron por retoñar a la caída del Imperio y retoñaron y habrían dado quehacer al advenimiento de los Orleanes, si no las hubiera cortado la tan oportuna como inesperada prisión de la duquesa de Berry.
Al otro extremo de Francia, en la vertiente septentrional de los Pirineos, hay otro pueblo aun menos partícipe de la vida general de la nación, los vascos, procedentes de los de España. He dicho ya que se los considera como una de las cuatro razas del hombre mediterráneo. Son, efectivamente, un tipo distinto de los demás de Europa, cuya filiación es hoy más que nunca objeto de serios estudios y rudas controversias. Más aún que por su tipo, se distinguen por sus costumbres. Vivieron también independientes de Francia hasta los últimos años del siglo XVI, en que Enrique IV los incorporó a la Corona.
¿Qué deberemos hacer de los dos pueblos? No son franceses ni por la lengua, ni por la raza, ni por las costumbres, ni por las ideas, ni por los sentimientos. Lo son por las instituciones y las leyes, y están dentro de las que llamamos fronteras naturales de Francia. Fronteras naturales podría decirse que tienen también los dos pueblos: entre las márgenes del Adour y los Pirineos, los vascos; entre el canal de la Mancha y el golfo de Vizcaya, los bretones. La Historia, por otra parte, si los presenta unidos a Francia durante siglos, durante muchos más les da con vida propia. ¿Cómo resolver el confíicto?
Es todavía más difícil el de las provincias de Alsacia y Lorena. Francia las perdió hace cinco años, vencida por Prusia. Quién las considera alemanas, y quién francesas. Son, a no dudarlo, francesas, si el Rin ha de ser la frontera de la vecina república. Por el Este, Alsacia tenía en las orillas del Rin su término; por el Norte, Lorena se extendía desde Alsacia a las riberas del Mosa. Pero si está Francia por el criterio de las frontenas naturales, Prusia, que está por el de la unidad de lengua y el de la Historia, sostiene que deben ser alemanas las dos provincias. Alsacia perteneció, efectivamente, a Germania bajo el yugo de Roma. Después de la invasión de los bárbaros formó parte del imperio de Alemania, no del de los francos. Fue de los francos sólo desde Carlomagno a Otón el Grande, que la tomó el año 955. No dejó de ser alemana hasta el 1648, en que pasó a poder de Luis XIV. Luis XIV no pudo, con todo, entrar en Estrasburgo ni otras ciudades sino treinta años después, cuando la paz de Nimega. Tardó más Lorena todavía en ser francesa; no lo fue definitivamente hasta el año 1766, a la muerte del rey de Polonia, Estanislao Leczinski, suegro de Luis XV. Tuvo también, allá en los siglos IX y X, su período franco, pero no de más duración que Alsacia. Así, lo mismo en Alsacia que en Lorena prevalecía la lengua alemana cuando la guerra entre Francia y Prusia. ¿Qué criterio ha de predominar aquí? Alsacia y Lorena eran ya francesas por más que no lo fuesen ni su historia ni su lengua. Vivían bajo la legislación y el régimen político de Francia; y por Francia habían peleado heroicamente en las guerras de la República y del Imperio. Estaban identificados con ella cien veces más que los bretones.
En España la cuestión de los vascos es mucho más grave que en Francia. No los une a los demás pueblos de la Península ni la raza, ni la lengua, ni el carácter, ni las costumbres, ni las leyes. Forman hace siglos parte de España; pero conservando hasta el ano 1876 su autonomía, rigiéndose por instituciones administrativas propias y sin contribuir a los gastos generales del Estado. Navarra, desde 1841, daba al Tesoro nacional millón y medio de reales, y en hombres o en dinero su contingente para el Ejército; las provincias Vascongadas ni un soldado ni un céntimo. No estaban obligadas a tomar las armas sino en las guerras internacionales. ¿Por qué criterio pertenecen los vascos a España? Sólo porque viven entre el mar y los Pirineos. Mas ellos tienen también sus fronteras naturales: al Norte, los Pirineos y el golfo de Vizcaya; al Mediodía, el Ebro.
Téngase ahora en cuenta que los vascos son para España lo que para Francia los bretones. No siguen el movimiento político del resto de la nación; están por el antiguo régimen. En lo que va de siglo, dos guerras han sostenido ya por don Carlos, que representa el absolutismo y la unidad religiosa. Duró la primera nada menos que siete años: del 33 al 40; ha durado la segunda cuatro: desde el 72 al año en que escribí este libro. Vencidos, se les ha arrebatado con los fueros la exención del servicio militar y de los tributos. ¿Son por eso más españoles? ¿Participan más de nuestras ideas y sentimientos? Es indudablemente resultado natural de la diversidad de razas ese antagonismo que entre ellos y nosotros existe. A poco que se combinen aquí los distintos criterios para la teoría de las nacionalidades, tengo para mi que se habrá de estar por la independencia de los vascos. ¿La consentiría España?
El problema de Portugal comprenderá fácilmente el lector, por lo que de este pueblo he dicho, que presenta muy otro aspecto. Portugal tiene con España afinidad de raza, de lengua, de instituciones, de ideas, de tendencias. Está dentro de la Península y en su territorio van a morir nuestras cordilleras centrales, y en sus mares a desaguar nuestros caudalosos ríos el Tajo y el Duero. ¿Será esto bastante para declararlo miembro integrante de España? Habla una lengua, aunque parecida, diferente de la nuestra, y ha escrito en ella libros inmortales. Tiene, como he dicho, fronteras marcadas por la Naturaleza. Dejando aparte los sesenta años de dominación por los Felipes de España, vive independiente hace siete siglos. Aunque siempre en extensión pequeño, ha sido por sus hechos grande. Ha dejado como nación alguna del mundo páginas brillantísimas en la historia de la navegación y del comercio. Aun hoy, decaído como está, ¡qué de importantes posesiones no conserva en diversos mares y continentes! En ese mismo Atlántico, las islas Azores, las de Madera y las de Cabo Verde; en las costas occidentales de África, sus factorías del Congo, la isla de Santo Tomás y la capitanía genera de Mozambique; en Asia, Díu, Daman, Goa, Macao, parte de la isla de Timor y una de las de la Sonda. Tuvo al Brasil hasta el año 1822, y aun hoy lo ve gobernado por emperadores de la familia de sus propios reyes.
¿Qué criterio habrá de prevalecer aquí? ¿Cómo resolveremos el problema? España desea unirse a Portugal, pero no Portugal a España. Tiene Portugal, como he dicho, cien veces más asegurados que nosotros la libertad y el orden; y no olvidará nunca que precisamente cuando lo mandaron los Felipes entró en su período de decadencia. Recordará siempre que entonces fué cuando lo arrojaron del Japón y perdió las Molucas y otros dominios de Asía, y estuvo a punto de ver caer el Brasil en manos de los holandeses.
En todos los pueblos hay problemas análogos. La combinación de criterios distintos, no sólo no los resuelve, sino que los complica. Lo acabamos de ver en las naciones que parecen mejor determinadas y más firmemente constituídas; lo entrevimos en Rusia, en Turquía, en Austria; lo podríamos ver en todas. Quiero, no obstante, suponer que esa combinación fuese posible; quiero suponer, y es más, que pudiera llegarse a establecer una regla para la formación o la reorganización de las naciones. ¿Quién había de establecerla? ¿Qué autoridad imponerla sin recurrir a las armas? ¿Donde estaría el Tribunal para decidir las cuestiones que sobre la aplicación de la regla surgiesen? ¿Dónde los medios coercitivos para la ejecución de los fallos?
Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo XI Estado de fuerza en que vive aún Europa. Polonia Recorro la historia de Europa y no veo más que una larga y no interrumpida serie de mutuas invasiones. Ningún pueblo desperdicia jamás ocasión de ensanchar su territorio. No le importa que al efecto deba agregarse gentes de otra lengua, de otra raza, de otra religión, de otras leyes, de otras costas, de otros continentes. Inglaterra ocupa sin rubor parte de Francia; Francia, Alemania y España, parte de Italia; España, los Países Bajos; Rusia no halla ni en rios ni en mares ni en montañas fronteras que la detengan. Se disputan a veces dos o más naciones el territorio de otra; y allá, sobre el cuerpo de la víctima, se baten y se despedazan. Hay siempre en Europa uno o dos pueblos que pretenden ejercer sobre los demás cierto predominio, una como hegemonía parecida a la que sobre las ciudades de los antiguos griegos procuraron tener hoy Atenas, mañana Esparta, al otro día Tebas: de ordinario antojadizos y soberbios, dan margen a frecuentes usurpaciones y guerras. Cuando no las promueven ellos, las suscita ya el temor de los amenazados, ya el furor de los oprimidos, ya el general deseo de atajar la creciente tiranía.
Creerá tal vez el lector que todo esto, si acontecía en los pasados tiempos, no sucede ya en los presentes, donde más seguras las nociones de derecho, se respeta más la autonomía y la independencia de las naciones. Pero en este mismo siglo hemos visto invadidas y ocupadas por Francia, no sólo España, sino también otros pueblos del Continente; a casi toda Europa, hecha jirones al capricho de Bonaparte; a los reyes del Norte, coligándose contra el imperio napoleónico y rasgándole con ira dentro de los muros de Vienaí a Rusia, avanzando sobre el Cáucaso y el mar Báltico y unciendo al yugo viejas naciones; a Inglaterra y Francia, deponiendo sus odios y uniendo sus enemigas banderas para atajar el paso de los zares a Constantinopla; a Alemania, arrancando a Dinamarca los ducados de Elba; a Francia y Prusia, disputándose las orillas del Rin y la prepotencia en Europa. Hoy, como ayer, existen naciones que pretenden tener a las otras como en tutela; y hoy como ayer, las hay que son para las demás un constante peligro. ¿Qué hemos adelantado con formar grandes pueblos? Reemplazar las pequeñas por las grandes guerras; entregar la mitad de Europa a una sola familia; y, para mayor riesgo, permitir que Rusia extienda sus dominios al Sur y al Norte de Asia, y corra por el estrecho de Behring, a darse la mano con América. ¿Quién detendrá al coloso?
Se reproduce hoy la teoría de las nacionalidades; y, ¡ay!, no se ve que sólo se busca en ella medios de superioridad y de engrandecimiento. Obsérvese la conducta de Prusia en la reconstitución de Alemania. Alemania era ya, bien o mal organizada, una confederación, un pueblo. Tenía, si no un emperador, una Dieta que le servía de núcleo. Pero estaban en la confederación Prusia y Austria, y quería cada cual que su voto pesara más en la balanza de los negocios. Prusia pensó, ante todo, en deshacerse de su rival, y por ahí comenzó su obra. Vencedora en Sadowa, se apresuró a declarar disuelta la antigua confederación y excluir de la nueva al Austria.
No limitó aquí su ambición el rey de Prusia. Con el propósito de asegurar para más adelante su decisiva influencia sobre Alemania, no perdonó medio para engrandecer sus propios Estados. Hizo completamente suyo el Schleswig-Holstein; se apoderó de la ciudad libre de Francfort, del ducado de Nassau, de la Hessse-Electoral, de todo el reino de Hannover, y ganó de un golpe 1.300 millas cuadradas de terreno, 4.000.000 de súbditos. Si quería de buena fe la nueva confederación, si pensaba unirla con vínculos más fuertes de los que nunca tuvo, si ya ningún alemán había de ser extranjero en tierra alemana, ¿a qué esas inicuas usurpaciones y violentos despojos?
Quiso Prusia ser la nación preponderante de Alemania para hacer después de Alemania la nación preponderante de Europa. ¿Quién se lo había de estorbar? ¿Francia, que estaba entonces realmente a la cabeza de las demás naciones? Se aprestó cautelosamente a luchar con Francia, y luego que pudo, fué a humillarla en los campos de batalla. La tenía vencida en Sedán y habría podido imponerle humillantes condiciones; pero quiso abatirla más presentándola a los ojos del mundo rota y destrozada por los píes de sus caballos, y continuó la guerra. ¡Siempre la misma lucha! ¡Siempre el mismo afán por levantarse unas sobre otras las naciones!
Italia, no lo dude ei lector, abriga los mismos pensamientos. No los descubre porque siente aún vacilar el suelo bajo sus plantas. Sí no los tuviera, se los harían concebir por otra parte los recelos de las demás naciones de su raza. Napoleón III, en un momento de entusiasmo, quizá más para quebrantar al Austria que para favorecer los intentos de los reyes de Cerdeña, pasó con sus soldados los Alpes, resuelto a emancipar a Italia. De repente, vencida el Austria en Solferino, firmó, contra lo que esperaba Europa, la paz de Villafranca, y se limitó a enlazar con la corona de los sardos la de Lombardía. ¿Qué le asustó? ¿Qué le detuvo? ¡Oh! No fueron ni la revolución ni el catolicismo: fue, sí, el temor de levantar una nación que pudiera ser un día rival de Francia. Se encontró ya Napoleón sin fuerza para contener el movimiento a que, poco previsor, habia dado impulso; pero le suscitó uno tras otro obstáculos. El fué quien detuvo a la casa de Saboya cuando, ya señora de Parma, de Módena, de parte de los Estados Pontificios, de Nápoles, de Venecia, quería marchar sobre Roma y restablecer el Capitolio. No pudo Victor Manuel entrar en la ciudad del Tíber sino después de rotos en Sedán los ejércitos de Francia.
No era sólo Napoleón el que temía en Francia la unidad de Italia. Porque la temía la combatió Proudhon; y porque la temía la miraba Thiers con malos ojos. Roma ha sido en la antigüedad la domadora de los pueblos y la cabeza del imperio de Occidente: dadas las ideas de predominio que agitan aún el mundo, no sería de extrañar que pretendiese llevar como a remolque las gentes de su raza. No ha mucho tenia sentado en el trono de España a un hijo de sus reyes; hoy tiene aún en el de Portugal a una de las hijas. Y no perdona medio ni pierde coyuntura para terciar en las cuestiones y hacerse oír en los Consejos de Europa.
Si Italia y Prusia estuvieran con sinceridad por la reconstitución de las naciones, si lo estuviera sobre todo Prusia, ¿habíamos de ver aún sin reparación y sin castigo uno de los más grandes crímenes que registra la historia de los pueblos? Hace un siglo que está descuartizada Polonia y repartida entre las naciones del Norte. Por tres veces se la dividieron Rusia, Austria y Prusia con escándalo del orbe. Vanas fueron las protestas de los infelices polacos: Europa los abandonó y se hizo sorda a la voz del derecho y la justicia. No les tendió la mano ni cuando les vió alzarse en armas contra los opresores y pelear como héroes a la sombra de Poniatowski o de Kosciusko.
Creó Napoleón el gran ducado de Varsovia; pero ni con esto organizó a Polonia ni dio fuerzas a los polacos para que reconquistasen y mantuviesen íntegro el suelo de la patria. El ducado fue distribuido de nuevo entre Rusia y Prusia por el Congreso de Viena.
Siquiera aquel Congreso exigió de Rusia que conservara la autonomía de Polonia, es decir, de la parte de Polonia que se le entregaba. Obedecieron los zares y concedieron a sus polacos hasta el derecho de votar en una Dieta las contribuciones y discutir las leyes; pero ¿cómo no habían de sobreponer su autoridad a la de la Asamblea monarcas que no la tenian limitada en lo demás de su imperio? La sobrepusieron, provocaron otra rebelión, y al sofocarla, borraron hasta los últimos vestigios de la nacionalidad polaca. Callaron las potencias todas de Europa, como si no vieran rotos los tratados de Viena: ni una voz tuvieron para condenar el brutal furor con que se había tratado a los insurrectos. Callaron en 1831 y callaron en 1863, postrer esfuerzo de los polacos por su independencia.
¡Y qué! ¿No era Polonia una nación tanto o más respetable que las mejores del mundo? Databa, cuando menos, del siglo VIII. Ya bajo la corona ducal, ya bajo la monarquía hereditaria, ya bajo la electiva, llevaba diez siglos de existencia. Tenía límites bastante bien definidos: ocupaba el territorio comprendido de Mediodía a Norte entre el mar Negro y el Báltico; de Oriente a Occidente, entre el Dniéper y el Oder. Su población era eslava, de la rama de los letones; su lengua, especial; especiales su constitución, sus leyes y sus costumbres. No se había formado tan vasto reino de un golpe, había tenido sus anexiones y sus desmembramientos, pero siempre la misma base. Había ganado en el siglo XIV a la Lituania y no había dejado de poseerla. Poseía también desde el siglo XV la parte occidental de Prusia.
Prusia, que es hoy la primera en invocar la teoría de las nacionalidades, ¿por qué no empieza por desprenderse del ducado de Posen? Posen, ¿es acaso alemán? ¿Hablan alemán sus hijos? Ya que no le sea posible arrancar el resto de Polonia a Rusia y Austria, ¿no podría por lo menos Prusia entablar en el terreno diplomático la cuestión de reorganizar aquel pueblo, y, en tanto que se la resolviese, declarar autónomo a Posen? ¡Ah! No lo hará, que harto dejó conocer su ambición y su pensamiento. No renunciará ni a Posen, ni a Lituania, ni a metro alguno de tierra que haya bien o mal adquirido, y usurpará en cambio lo que pueda.
Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo XII Solución del problema. Cómo cabe reconstituir las naciones Se extrañará tal vez que abogue tan calurosamente en favor de Polonia. Esto me lleva como por la mano a decir lo que sobre las nacionalidades pienso. Los pueblos deben ser dueños de sí mismos. Contra los extraños que los dominan entiendo yo, como los antiguos romanos, que tienen constante derecho: Adversus hostem aeterna auctoritas esto. Debe, en mi opinión, ser así, y así es: hallo sobre este punto de acuerdo la razón y la historia. Por esto he dicho antes que los turcos están destinados a desaparecer de Europa. Por la misma razón sostengo ahora que deben abandonar la tierra de Polonia austríacos, prusianos y rusos.
A veces, sin embargo, los pueblos renuncian a este derecho contra sus dominadores: pudiendo rechazarlos, no los rechazan. Veamos cuándo sucede. Sucede cuando, asimilables dominadores y dominados por la identidad o la afinidad de raza, llegan a la larga a fundirse. Sucede cuando esta fuerza de asimilación, lejos de venir contrariada, viene favorecida por la política de los Gobiernos; cuando los Gobiernos establecen igualdad de condiciones y de derechos para dominados y dominadores. Sucede principalmente cuando los dominadores respetan la autonomía de los pueblos vencidos y no la menoscaban sino para la dirección y el régimen de los intereses comunes. Desaparecen entonces los signos de la dominación, se acepta de buen grado lo que por la violencia se impuso; y sí no cesa el derecho contra los conquistadores, cesa por lo menos la razón de ejercerlo.
Por esto italianos, franceses, españoles y griegos fuimos al fin romanos; por esto nosotros más tarde nos identificamos con los godos; por esto hoy pueblos agregados de ayer a la República de Wáshington viven con ella voluntariamente, a pesar de la diversidad de raza y de lengua.
La fuerza de asimilación de los romanos para con los europeos nadie se atreverá a negarla. Establecieron entre ellos y los italianos igualdad de condiciones y derechos ya antes de caer la República; entre ellos y los demás pueblos sometidos a sus armas, sólo en los tiempos de Caracalla, pero después de haber concedido tan profusamente, sobre todo desde Julio César, el titulo de ciudadano de Roma, que ya bajo el imperio de Claudio, en el primer siglo de la Iglesia, lo disfrutaban, según Tácito, más de 5.600.000 hombres; según Eusebio, cerca de 7.000.000. Otorgaban con facilidad a los vencidos las prerrogativas de la ciudadanía y no les imponían jamás ni su religión ni su lengua. No solían imponerles ni siquiera sus leyes: a los Municipios les dejaban la libertad de regirse por las propias hasta en lo político. Yerra grandemente el que crea que, llevados de la unidad, no bien conquistaban una nación, la sometían, ya que no a un solo culto, a un solo derecho: aun dentro de cada nación toleraban y hasta reconocían variedad de fueros. Acá, en España, Itálica era uno de tantos Municipios. Quiso en tiempo de Adriano entrar en el derecho general de las colonias, in jus coloniarum y lo solicitó en forma. Adriano, lejos de aplaudirlo, manifestó en el Senado la extrañeza que le causaba ver a su ciudad natal desprendiéndose de la autonomía. Aun bajo el imperio, había aquí pueblos que no eran sino confederados de Roma, La unidad que más tarde consiguieron la dejaron aquellos conquistadores a la acción del tiempo, a la excelencia de sus instituciones y su idioma, a la autoridad judicial de sus pretores, al aumento de relaciones con los indígenas, a la mezcla cada dia mayor de vencedores y vencidos, a la circunstancia de estar abiertos para los hombres de todas las provincias el Senado, las magistraturas y hasta el trono de los Césares. Los pueblos sojuzgados, considerándose de día en dia latinos, aceptaron al fin un yugo que algunos, como el nuestro, habían rechazado durante siglos.
La conducta de los godos era aún más eficaz que la de los romanos para la fusión de vencidos y vencedores. Al invadir los godos a España reservaron a los vencidos la tercera parte de la tierra. Escribieron a poco el Código de Eurico y declararon que era sólo para los vencedores. A los vencidos no sólo les dejaron las antiguas leyes, sino que también se las resumieron en el Breviario de Aniano. Fueron de cada día acomodándose al Derecho de Roma, que era el de los vencidos, e hicieron así posible la sumisión de los dos pueblos a un solo código; hecho que se verificó en tiempo de Chindasvinto. Tomaron de Roma hasta las instituciones políticas y la lengua, nuevo medio de confundirse con los indígenas. Habían prohibido en un principio el matrimonio entre personas de las dos razas; lo autorizaron en tiempo de Recesvinto.
Aceleró otro hecho la fusión de los españoles y los godos. Cuando vinieron los godos a España, habían abrazado ya el cristianismo, pero eran arrianos. Católicos los españoles, los miraban como herejes y tenían un motivo más para no quererlos. Leovigildo, abjurando el arrianismo al borde del sepulcro, decidió a los suyos en favor del catolicismo, y acercó por la unidad religiosa los corazones de entrambos pueblos. Recaredo, su hijo, llevó a más las cosas: dió grande importancia a los concilios y los hizo un verdadero poder político. Ahora bien: los obispos eran españoles; los españoles llegaron por ahí a compartir con los grandes, que eran godos, la gobernación del reino. Derribadas así una por una las vallas que separaban a dominadores y dominados, apenas formábamos ya más que un pueblo al venir los árabes.
Todos estos recursos eran, sin embargo, lentísimos al lado del que hoy emplea la República de Wáshington. No contaba esta República federativa, al constituirse, más que trece Estados; hoy cuenta treinta y cinco. Entre los nuevos, proceden algunos ds haberse dividido en dos los antiguos; otros, de colonias establecidas en tierras incultas que han ido creciendo, extendiéndose y formando pequeñas naciones. Los hay, empero, adquiridos ya por compra, ya por la guerra. En 1803 compró la República, a Francia, la Luisiana; en 1820 compró a España la Florida, Por la guerra tomó, en 1796, Michigán, a los ingleses, y los obligó, en 1848, a cederle del Oregón todo lo que hoy forma el Estado del mismo nombre; por la guerra tomó, en 1848, a Méjico, la Nueva California. Dos años antes se había hecho con Tejas por la libre voluntad de los que la habitaban.
Fuera de los treinta y cinco Estados, posee la República inmensas comarcas que adquirió asimismo ya por contrato, ya por la fuerza. En 1848 no se satisfizo con arrancar a los mejicanos la Nueva California; les arrebató Nueva Méjico y toda la tierra al Oriente del rio Norte. Ahora, recientemente, ha comprado la América rusa.
Calcúlese la diversidad de razas, de lenguas, de religiones, de costumbres, que ha de haber en aquella República. Auméntala aún la constante emigración de gentes de todas las naciones de Europa que van a buscar allí un alivio al pauperismo que nos aflige. No hay, con todo, un pueblo que suspire por su independencia; todos aceptan pronto el yugo de la Metrópoli. El procedimiento de que se vale la República para obtener este resultado nace del principio que la constituye; es sencillísimo. Que se trate de pueblos comprados, que de pueblos vencidos, la nación no les priva un solo momento ni de la religión que profesan, ni de la lengua que hablan, ni de las leyes por que se rigen. Les impone, y sólo temporalmente, autoridades que los gobiernen y los mantengan en la obediencia. Los eleva pronto a la categoría de territorios, con lo que les da el derecho de enviar al Congreso Central delegados con voz en todos los negocios que a ellos se refieran, y la facultad de elegirse un cuerpo legislativo, cuyos acuerdos son válidos mediante la aprobación de aquella Asamblea. Los erige más tarde en Estados y los pone a nivel de los demás de la República. Tienen ya desde entonces completa autonomía en lo que no ha reservado la Constitución a los poderes federales; tienen Gobierno propio.
Así las cosas, ¿qué podría encender en aquellas gentes el deseo de separarse de la República? En nada sienten menoscabada su autonomía, y tienen más segura la existencia, más protegido el orden y el comercio, más fácil la contratación, más extensos los mercados, más vida, más sombra, más grandeza. Como, por otra parte, es democrática la República, gozan, de amplia libertad de pensamiento y de conciencia, don que sólo pueden estimar los que lo disfrutaron y perdieron. No rinden tributo a sus antiguos señores; contribuyen sólo en la proporción que ellos a las cargas generales del Estado; pagan, como todos los pueblos libres, los servicios que del Estado reciben.
Sólo pudo serles penoso el tiempo que tardaron en ser Estados, y éste no le prolonga la República como cuenten más de 6.000 habítantes. Michigán, adquirido, como he dicho, en 1796, era, en 1805, territorio; en 1836, Estado. La Luisiana, comprada en 1803, era Estado en 1812. La Florida lo era en 1845. California, tomada en 1848, lo era en 1850. El Oregón, cedido en 1846, era territorio en 1850. Estado en 1858. Quizá no tarden mucho en ser Estados los nueve territorios que hoy existen, ni en ser territorio la América rusa. No hablo de territorio indio, porque éste, como destinado a refugio de las tribus indígenas que se arroja de los Estados, está fuera del sistema de la República. Viven y se gobiernan allí las tribus a su albedrío.
Se me dirá que intentaron, en 1861, separarse de la nación no uno, sino muchos Estados. Pero éstos, en primer lugar, no se alzaron cada uno por su independencia, sino para formar la Confederación del Sur, enfrente de la del Norte. Tratábase de la cuestión de la esclavitud, que afectaba mucho menos los intereses del Septentrión que los del Mediodía; y los Estados del Mediodía, viendo amenazadas sus fortunas, prefirieron romper los vínculos de la federación a ver abolida de improviso la servidumbre. ¿Se sublevaron porque contra su voluntad hubiesen pasado a formar parte de la República? Figuraban entre los separatistas las dos Carolinas, Georgia y parte de Virginia, que pertenecían al grupo de los Estados primitivos; entre los federales, Oregón y Michigán, unidos a la nación más tarde. En el hecho de seguir todos los Estados del Norte una bandera y otra los del Mediodía, está la prueba inequívoca de que para nada influía en la actitud de unos y otros su respectivo origen.
Todo esto es, a no dudarlo, significativo. Si los pueblos pueden aceptar aun lo que más instintivamente rechazan, su violenta agregación a otro pueblo; si para que la acepten basta que se les respete su género de vida y se los ponga en igualdad de condiciones y derechos con los vencedores; si aun sin fusión de ninguna clase pueden, por el sistema norteamericano, vivir en buena paz y armonia con usurpadores de que los separe la raza, la lengua, la religión y las leyes, es evidente que no está la base y el criterio de las nacionalidades ni en la identidad de leyes, ni en la de lengua, ni en la de raza; tanto menos cuando, según hemos visto, aquí pueblos de igual familia, allí pueblos que hablan un mismo idioma, más allá pueblos que adoran a un mismo Dios y se rigen por los mismos códigos, viven separados, no sólo por las fronteras, sino también, con harta frecuencia, por la rivalidad y el odio.