¿Qué pueblos son, por fin, los que se han acercado? De los de Alemania podrá decirse que han estrechado los vínculos que los unían, no que los han establecido, como hice notar en otro párrafo, existía antes del 66, y más vasta que ahora, la Confederación Germánica. Se ha reconstituído Italia: ésta es toda la tendencia a la unidad que se ha revelado por hechos en este siglo. Y ¿basta esto para decir pomposamente que marcha a la unidad el mundo? Ved las naciones todas: de la más pequeña a la más grande están celosas de su independencia, y las unas para con las otras llenas de rivalidades y desconfianzas. El patriotismo es todavía lo que hace vibrar con más fuerza las fibras del corazón del hombre, lo que más nos lleva al heroísmo y al sacrificio. Acá en nuestra misma Península, en los confines de España y Francia, en las vertientes de los Pirineos Orientales, hay una diminuta República que no llega a contar de mucho mil kilómetros cuadrados de territorio. Puesta entre dos grandes naciones, se ve frecuentemente amenazada de muerte. Hace prodigios de habilidad por no caer en manos de sus vecinos. No le habléis de incorporarse a Francia ni a España; la subleva la idea de perder su autonomía.
¿Es, además, un bien toda agregación de pueblos? Si lo es, debemos aplaudir la conducta de Rusia, que se va sin cesar derramando por los pueblos de sus fronteras; debemos alentar a los zares a que realicen la monarquía universal y pongan bajo su cetro a todas las naciones de Europa. No pretendemos, se dirá, que se las reúna por la espada; mas si no quieren renunciar a su independencia, ¿queda otro medio que el de la federación? La admitimos, se contestará quizá, para reunir las naciones; pero antes del 59 ¿no eran aún naciones muchos de los pueblos que hoy forman parte de Italia? ¿No lo eran Nápoles, Parma, Módena, Toscana, Cerdeña? Se suele convenir en que el principio federativo era aplicable a la reconstitución de Italia; mas ¿cómo no se ve que las provincias de Inglaterra, de Francia, de España, de Austria, de Rusia, fueron naciones como lo eran hace quince años Cerdeña y Nápoles? El hecho, ¿mata el derecho? Todas esas provincias fueron incorporadas a sus respectivas naciones, o por la fuerza, o dándoles la seguridad de que seguirían gobernadas en su vida interior por sus instituciones y leyes. ¿Por qué la federación para las unas y no para las otras?
Yo estoy porque el mundo, si no marcha, debe marchar a la unidad; no a esa unidad absurda que consiste en la destrucción de toda variedad; pero sí a esa unidad en la variedad que descubrimos en la Naturaleza. Y bien: precisamente porque quiero esa unidad, soy partidario acérrimo de la federación. En política no se me presentará, a buen seguro, un sistema de más general aplicación ni más flexible. Lo mismo sirve para reunir ciudades que para enlazar naciones. Lo mismo se adapta a las monarquías que a las Repúblicas. Lo mismo lo podemos emplear para la organización social que para la política. Dentro de cada federación política pueden, por ejemplo, confederarse sin dificultad las diversas categorías del trabajo: la agricultura, la industria, el comercio, la ciencia, las artes. La unidad se va formando de abajo arriba por la escala gradual de los intereses; intereses locales, provinciales, nacionales, europeos, continentales, humanos. Y se realiza sin violencia y sin esfuerzo, porque dentro de sus particulares intereses conserva cada grupo su independencia.
¡Los intereses!, exclamará tal vez alguno. Comprendo en primer lugar bajo este nombre lo mismo los morales que los materiales. Sólo ellos caen, además, bajo la acción de los Gobiernos. ¿Se ignora acaso cual ha sido el origen de los pueblos? El de la tribu, los vínculos de la sangre; el de las ciudades, el cambio. El cambio agrupó las familias en pueblos. ¿Cuál fue el objeto de la autoridad que con ellos nació más tarde? Primeramente regular las condiciones de este mismo cambio; después extenderlo a otros servicios. La autoridad se encargó de los que eran comunes a todos los vecinos, y éstos de pagárselo con parte de sus productos. De aquí los servicios públicos, de aquí las contribuciones. De aquí el gobierno; de aquí la justicia. Esto y no otra cosa son en mayor escala las provincias y las naciones; esto sería mañana la confederación europea.
Obsérvese ahora qué es lo que allana el camino a la futura unión de los pueblos. Son principalmente los intereses. Abate el comercio las fronteras y une el ferrocarril lo que separan los odios de nación a nación y las prevenciones de raza. Ponen en contacto el correo y el telégrafo las más apartadas gentes. Llaman las Exposiciones universales a una sola capital los productos de la industria del mundo. Nadie es ya extranjero para beneficiar la riqueza de otros pueblos. Se celebran sin cesar tratados de navegación y de cambio. Se conciertan las naciones para los semáforos. Quedan muchas vallas por destruir y reclaman mucho más los intereses; pero ¿quién no ve ya, en lo que se está haciendo y en lo mismo que está por hacer, la necesidad de crear un gobierno superior al de cada una de las naciones? Unen los intereses hasta lo que la guerra desune; y tengo para mí que más o menos tarde han de lograr que prevalezca la diplomacia sobre la espada, el derecho sobre la fuerza, los fallos de los Tribunales sobre los juicios de Dios.
No olvido que los intereses han sido una de las principales y más poderosas causas de la guerra; no por esto dejaré de creer que puedan impedir mañana lo que ayer promovieron y fomentaron. En el fondo de todas las guerras de la antigüedad se ve realmente la codicia. Se combate por acumular riquezas, hacer esclavos, ganar tierras que aumenten, ya el patrimonio de la ciudad, ya la fortuna de los que la habitan. Cuando un Estado, leo en Platón, ha crecido de manera que no le bastan ya sus tierras para la vida de los ciudadanos, hay que robarlas a los vecinos; tal es —añade— el origen de ese funesto azote que llamamos guerra (libro II de La República). En la Edad Media no solía ésta presentar otro aspecto. Los bárbaros bajaban simplemente a buscar tierras en que establecerse. Ya antes de Jesucristo habían invadido el Mediodía de Europa los cimbrios, que venían del corazón de Dinamarca. Ofrecían la paz a Roma, en quien llegaron a poner espanto, bajo la condición de que les diesen tierras en Italia. Tierras y sólo tierras pedían cinco siglos después esa multitud de pueblos que, como ellos, abandonaron en busca de mejores climas los bosques y las montañas del Norte. Con el mismo fin entraron más tarde, primero los mogoles y los tártaros, luego los turcos. Vinieron los árabes movidos por el sentimiento religioso, pero no menos aguijoneados por la sed de goces y el afán de lucro. No hay por qué hablar de las guerras feudales, verdaderas guerras de pillaje.
En la Edad Moderna empezaron a prevalecer sobre los intereses materiales los políticos. Para satisfacer el espíritu de dominación y de codicia, se fue a buscar en otros continentes los campos de batalla. La guerra tuvo aquí principalmente por objeto, ya la preponderancia o la independencia de un pueblo, ya el triunfo de un principio. La Reforma, las rivalidades entre las naciones y la Revolución francesa han sido ios semilleros de casi todas las guerras de la edad presente. El interés particular ha entrado cada día por menos en esas deplorables luchas. Véase si no cuál ha sido el carácter y el fin de las que han ocurrido después de la muerte de Napoleón Bonaparte. Algo han ganado con ellas los intereses, pero más los generales que los de los pueblos vencedores. Citaré dos ejemplos. Rusia, por servicios prestados a Turquía cuando la insurrección de Egipto, había obtenido del sultán, según hemos visto, que cerrara el mar Negro a las demás naciones. La guerra de Crimea dió por resultado el libre paso del Bósforo y los Dardanelos, no sólo para los aliados, sino también para todos los pueblos. China, como es sabido, se incomunicó con el resto del mundo; tenía cerrados sus puertos a nuestros buques. Inglaterra y Francia los abrieron por dos veces a cañonazos, y abiertos están para todos los europeos.
Ese decaimiento de las guerras de interés particular y ese predominio de los intereses generales, unidos a la mayor y más clara conciencia que de ellos se va teniendo, me hacen esperar que acá, en Europa, los intereses mismos pongan término a la guerra. ¿Qué falta para que tal suceda? Lo he dicho y lo repito: que tengan un poder político que los represente y los defienda; que haya una confederación de naciones, además de la confederación de las provincias y de los pueblos.
Enhorabuena, se me podrá decir, por fin, que busquéis la unidad por la organización de los intereses; enhorabuena que deseéis la unidad en la variedad, y no esa unidad por la que se pretende vaciarlo todo en un solo molde. ¿Podréis querer que continúe la anarquía de hoy en la moneda, en las pesas y las medidas, y sobre todo en el derecho? Si ahora, bajo el sistema unitario, se resisten las provincias a que desaparezca, ¿qué no harán cuando estén unidas por los solos vínculos de la federación? El error está en creer que la federación sea una dificultad para que los pueblos o las provincias lleguen a un mismo derecho, a un mismo sistema métrico y a un mismo sistema monetario. En Grecia, junto al Golfo de Corinto, hubo antiguamente una confederación que llevaba el nombre de Liga Aquea. Componíase en un principio de doce ciudades, pero se fue poco a poco extendiendo a todo el Peloponeso. En tiempo del historiador Polibio, que pertenecía a la Liga, se habían ya confundido de tal modo los confederados, que no sólo tenían unas mismas leyes, unas mismas medidas, unos mismos pesos y una misma moneda, sino también unos mismos magistrados, unos mismos senadores y unos mismos jueces. Para que el Peloponeso se parezca a una sola ciudad, apenas le falta, decía aquel escritor, sino una muralla que lo circunvale. (Historia General, libro II, capítulo XXXVII.) Vuélvase ahora los ojos a España. Cerca de cuatro siglos hace ya que las provincias todas, a excepción de Portugal, forman un solo reino. Hay todavía quince que no se rigen por el derecho de Castilla. La unidad monetaria es un hecho reciente. La de pesas y medidas no ha bajado de las regiones oficiales.
No; la dificultad de estas reformas no está en el federalismo; está en la índole de las reformas mismas. Son y serán siempre difíciles las que afecten la propiedad o el cambio. Hieren la vida intima de los pueblos, modifican más o menos los intereses generales, alteran los hábitos y las costumbres; y la sociedad, conmovida como no lo será nunca por las más trascendentales reformas políticas, les opone una tan vigorosa como obstinada resistencia. Id a decir al aragonés o al navarro que renuncien a su libertad de testar y se sometan al régimen de la sucesión forzosa; os contestarán que no lo consienten ni su autoridad como jefes de casa, ni sus derechos de ciudadano. Id y decidles que sus viudas no podrán, en adelante, gozar del usufructo de sus bienes; os contestarán que disolvéis la familia, rompiendo los lazos que la pueden mantener unida a la muerte del padre. Id y decidles que, en cambio, sus viudas harán suya la mitad de los bienes que hayan ganado durante el matrimonio; lo creerán injusto y hasta lo considerarán como una usurpación a los hijos. Id y decid ahora a la generalidad de los españoles que cuenten por kilogramos y no por libras, por metros y no por varas, por hectáreas y no por fanegas, por céntimos y no por cuartos. Pasarán años y años sin que lleguen a comprender la relación entre los nuevos y los antiguos sistemas, y en medio siglo no dejarán de contar por los antiguos. Hace más de ochenta años que el sistema métrico decimal es ley en Francia; el pueblo, sobre todo en los departamentos, sigue fiel a las antiguas prácticas.
¿Qué se requiere principalmente para que estas reformas se acepten? Que se convenzan de que son justas y útiles los que hayan de recibirlas, que sean hijas de la espontaneidad social, que las leyes y sistemas que se trate de derogar hayan sido entre los mismos a quienes rijan materia de discusión y controversia; que entre ellos haya por lo menos un partido que sostenga la necesidad del cambio. Bajo el régimen unitario es imposible que esto suceda en nuestras provincias aforadas. Como no tienen la facultad de alterar sus códigos, ni la nación de corregírselos sino por leyes generales, no hay ni puede haber en ellas movimiento jurídico. Se piensa en conservar el fuero, no en reformarlo, y la legislación está, por decirlo así, petrificada. Sólo por la federación se la puede volver a la vida y hacerla entrar en vías de progreso. Arbitras, entonces, aquellas provincias, de acomodar sus leyes a las ideas y las necesidades del siglo, no tardarán en querer enmendarlas, y darán margen a la contradicción y al debate. Resonarán sus deliberaciones y sus reformas en toda España, y algo más se ha de hacer en años por la unidad de derecho, que no se hizo en siglos de unitarismo. No hablo yo de la métrica ni de la monetaria, porque ley de la nación, es sólo obra del tiempo que vayan bajando a las últimas capas del pueblo.
Ei principio federal, lejos de dificultar la resolución de ningún problema, la facilita. He hablado en otro párrafo de la tendencia general de los jornaleros a sobreponerse a las clases medias y apoderarse del gobierno. Yerran cuando creen que de un golpe cabe refundir las sociedades como en una turquesa; pero es indudable que, al denunciar las injusticias de que son victimas, han levantado pavorosas cuestiones que urge decidir, si se quieren evitar grandes peligros y tal vez próximos conflictos. Estas cuestiones, aunque en todas partes las mismas, presentan distinto aspecto, no sólo en las distintas naciones del mundo, sino también en sus distintas provincias. Aquí, por ejemplo, la cuestión de la propiedad de la tierra, una de las más arduas que, como acabo de indicar, puedan tocarse, dista de tener los mismos términos en el Norte que en el Mediodía, en el Oriente que en Occidente. No depende esto de que se rijan las provincias por la ley común o por el fuero; depende de causas, unas naturales, otras históricas. Aquí está la tierra excesivamente aglomerada y allí extremadamente dividida. Aquí domina el principio individualista y allí lucha con el comunista. Aquí se conserva íntegro el dominio y allí está dirimido por el foro y la enfiteusis. Aquí está la tierra en poder de colonos y allí en el de los propietarios. Aquí se la ha repartido con justicia y allí ha sido objeto de usurpaciones que sublevan el alma. Aqui basta, por fin, media hectárea para la vida de una familia y allí no bastan dos hectáreas. ¿Quién podrá con más acierto resolver el problema: la nación o las provincias? ¿Es aquí posible dictar reglas generales? ¿No exige el mal, según sus diversas causas, distintos remedios?
La federación es, pues, el mejor medio no sólo para determinar y constituir las nacionalidades, sino también para asegurar en cada una la libertad y el orden y levantar sobre todas las provincias un poder que, sin menoscabarles en nada autonomía, corte las diferencias que podrían llevarlas a la guerra y conozca de los intereses que les sean comunes. No comprendo, a la verdad, ni por qué la han abandonado tan fácilmente muchos que ayer la enaltecieron, ni por qué la presentan otros como un monstruo que amenaza devorar la patria. Extrañábase el girondino Buzot de que la considerasen los montañeses una herejía política; ¿qué diría si oyese hoy el concierto de imprecaciones que sobre ella arrojan aun los que blasonan de liberales y de sensatos? Si una causa pudiera desacreditarse por los desórdenes y aun los crímenes que a su sombra se cometiesen, lo más santo merecería el general anatema. Es una verdadera puerilidad condenar la federación por hechos que soy el primero en lamentar; pero han distado de ser tan graves como los que precedieron al triunfo de ideas menos fecundas.
No se crea, sin embargo, que dé aquí por acabada la defensa de mi principio. Lo desarrollaré y sistematizaré en la segunda parte de este mismo libro, y de ahí resultará su mejor defensa. Voy ahora a contestar a una pregunta que me hice al emprender el examen de la teoría de las nacionalidades. ¿Debemos estar por la reconstitución de los pueblos en pequeñas Repúblicas?
Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo XIV ¿Son preferibles las grandes o las pequeñas naciones?
Después de lo escrito comprenderá fácilmente el lector que esta cuestión es casi ociosa. Diré algo sobre ella, tanto para completar este pequeño trabajo como para desvanecer prevenciones e ideas que sólo existen ya en las viejas naciones de Europa.
Los escritores de la antigüedad estaban generalmente por las ciudades, Aristóteles creía que en las naciones era casi imposible el gobierno. Veía de todo punto insostenible el orden hasta en las ciudades muy populosas. Donde los cíudadanos, decía, no se conocen, no pueden los magistrados juzgar con acierto ni repartir bien los destinos del Estado; las decisiones y las sentencias son necesariamente malas. Tenía por la mejor ciudad la que contenía el suficiente número de artesanos para abastarla y los hombres necesarios para defenderla. (Política, libro IV, cap. III.) Platón opinaba en el fondo lo mismo. Para verlo no hay más que leer el libro segundo de su República y el quinto de sus Leyes, donde llega a decir que no debe pasar de 5.040 el número de ciudadanos.
Estas doctrinas, muy propias de los tiempos en que se escribieron, no han dejado de encontrar eco en los nuestros, aun después de establecidas las actuales naciones. Montesquieu se mostraba partidario de la federación precisamente porque entendía que, si las pequeñas Repúblicas perecían a impulsos de extrañas fuerzas, morían corroídas las grandes por un vicio interior, sin que pudieran impedirlo ni las mejores aristocracias ni las mejores democracias. (Espíritu de las Leyes, libro IX, cap, I.) Encontraba bien las monarquías de Francia y España, pero desde el punto de vista de la defensa. (Cap. VI.)
Rousseau estaba aún más decidido que Montesquieu por los pequeños Estados. "Si yo —decía en uno de sus mejores libros— hubiese debido elegir el punto de mi nacimiento, habría escogido una sociedad acomodada a la extensión de las facultades humanas, donde, bastándose cada cual para su empleo, no se hubiese visto nunca obligado a confiar a otros ias funciones de que estuviese investido; una sociedad donde por conocerse todos los ciudadanos no hubiesen podido sustraerse a las miradas ni al juicio del público ni la modesta virtud ni los oscuros manejos del vicio; una sociedad donde ese dulce hábito de verse y tratarse hiciese del amor a la patria el amor a mis semejantes, más bien que el amor a la tierra." (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Dedicatoria a la República de Ginebra.)
Repetía Buzot esta última idea de Rousseau, y la robustecía añadiendo que, sin esto, no se hubiesen prestado los atenienses a dejar su ciudad y embarcarse a las órdenes de Temístocles, que no se podía amar bien sino lo que se conocía, y no era posible que el entusiasmo de hombres separados por doscientas leguas fuese común, uniforme y vivo como el de los habitantes de un pequeño territorio. (Memorias de Madame Roland, tomo I.)
Estas sencillas ideas, aunque nada dicen contra las grandes naciones, son, a no dudarlo, exactas. Hemos visto al principio de este libro cuán poderosa fue en todos los tiempos la iniciativa de las ciudades, cuánto contribuyeron a la civilización general y cuán difíciles empresas llevaron a término. Esto debe reconocer alguna causa, y la causa es, para mí, la siguiente: En los pueblos de poca extensión, sobre todo si están democráticamente regidos, el Estado y la sociedad se compenetran en todas sus partes y casi se confunden. No recibe el Estado una herida que la sociedad no sienta, ni un ultraje que la sociedad no tome por suyo, ni un beneficio que la sociedad no comparta. El Estado vive de la vida de la sociedad y la sociedad de la del Estado. Asi, la sociedad está siempre dispuesta a sacar al Estado de todo compromiso y a sacrificar por él su oro y su sangre. Suele acontecer lo contrario en las grandes naciones, donde el Estado parece algo ajeno a la nación misma. Es verdad que en las crisis de estas naciones se han visto también actos de abnegación que admiran; pero conviene observar que están casi siempre circunscritos a las capitales, que son las que, por tenerlo más cerca, participan más de la vida del Estado. En los pueblos reducidos, lo repetiré para que mejor se me comprenda, el Estado es para todos los ciudadanos un ser real que a todas horas ven y palpan; en los grandes, una abstracción que apenas se les hace tangible más que en el pago de los tributos.
Añádase a esto que en las pequeñas naciones todo talento tiene ocasión de manifestarse y facilidad de abrirse camino a las más altas regiones del Gobierno; no hay allí hombre de genio que no pase por el Estado y no arroje luz sobre la sociedad entera; no hay aptitud administrativa o política que no encuentre más o menos tarde aplicación y empleo. Esa misma facilidad de darse a conocer aviva y estimula los espíritus; y no faltan nunca hombres ni para la paz ni para la guerra, ni para los días de tempestad ni para los tiempos de bonanza. ¡Qué de grandes e ilustres varones en los pueblos de la antigua Grecia, en las ciudades de Cartago y Roma! La República de Roma halló en todas sus crisis un hombre que la salvara y la levantara del abismo al cielo; y aun en los días de su decadencia contaba entre sus hijos a las Gracos, a Mario, a Sila, a Cicerón, a Pompeyo y a César. Así el Estado tenia en todas aquellas sociedades algo de deslumbrador que las arrastraba a lo que para otros habría sido o parecido imposible.
A consecuencia del íntimo enlace entre la sociedad y el Estado, la política de los pueblos reducidos es, por otra parte, firme y constante. El personal del Estado cambia; el Estado continúa el mismo. Recuérdese con qué tenacidad siguieron su ideal Roma y Cartago. El cambio de la monarquía por la República, las luchas entre el patriciado y la plebe, las brillantes victorias de Aníbal en Italia, las guerras civiles, el mismo establecimiento del Imperio, nada bastó a distraer a Roma de la política iniciada por sus primeros reyes. Cartago permaneció fiel a sus principios aun después de vencida por Escipión el Africano. Ni dieron las ciudades helénicas menos pruebas de lo que estoy diciendo. Atenas y Esparta, agitadas por cien revoluciones, no abandonaron nunca el pensamiento de predominar en Grecia. Corinto, o por mejor decír, la Liga Aquea, tuvo sus dudas y sus contiendaa subre si debía buscar o no la alianza de los reyes de Macedonia; la buscó al fin llevada de su perenne idea de hacer suyo el Peloponeso.
A esto principalmente se deben las grandes cosas que hicieron aquellas Repúblicas. Otras, aunque ya de orden inferior, son todavía las ventajas de las pequeñas naciones. Lo que han dicho Aristóteles y Rousseau es innegable. En una nación pequeña se conocen y se aman los hombres; el amor a los ciudadanos constituye el amor a la patria. En las grandes, la patria es el suelo. Que masas de españoles abandonen aquí nuestras costas por las de África; que numerosas familias levanten sus hogares y vayan a establecerlos en las orillas del Mississipí, del Plata o del Amazonas; que familias extranjeras pueblen nuestras ciudades o nuestros campos, ni nos preocupa ni nos importa; un pie de tierra que nos arrancaran nos haría poner el grito en el cielo. Y, la verdad sea dicha, si de algún modo hemos de dar cuerpo a la idea de la patria, no se lo pueden dar sino en la tierra los pueblos que, como el nuestro y los más de Europa, están compuestos de tantas y tan diversas gentes. Prescíndase, si no, por un momento, de que andaluces y vascos, catalanes y extremeños, ocupan una misma tierra. ¿Por qué se han de amar los unos a los otros más que un español a un francés o a un ruso?
En las pequeñas naciones, por el mismo hecho de estar más en contacto las ciudades, tardan más en corromperse las costumbres. El hombre, en sus extravíos, no tiene mayor freno, después del de su conciencia, que las miradas de los que le conocen. Vive en las naciones pequeñas bajo la constante inspección, no sólo de la autoridad, sino también de todos sus compatricios, y es fácil que se contenga. Si súbdito, cela a los magistrados; si magistrado, es a la vez agente y objeto de vigilancia para los subditos; y con dificultad se pueden cometer injusticias que no se hagan públicas ni malversaciones de caudales que no se manifiesten. No es allí el Tesoro un mar sin fondo, como en las grandes naciones, ni está la contabilidad del Estado fuera del alcance de la muchedumbre. Todos los ciudadanos saben y ven en qué se invierten sus tributos, y pueden sin trabajo fiscalizar la gestión de sus administradores. Suele haber así en la sociedad y el Estado moralidad y economía.
En las pequeñas naciones, por fin, todo se presenta más fácil: la organización de los servicios, la resolución de las cuestiones que surgen en el terreno de la economía y la política, el progreso, la realización de las ideas. La sociedad es menos compleja, más compacta; y asi el Estado como el individuo encuentra menos resistencia, tanto para decidir a la acción como para difundir los nuevos principios. El orador, bien sea un general que la quiera llevar a la paz o a la guerra, bien un tribuno que pretenda lanzarla por no trilladas sendas, tiene ocasión de hacerse oír de todas las clases y llevar su palabra al más apartado rincón de la República. Es rápida la discusión, rápido el acuerdo; la ejecución, rápida.
No me propongo hacer ahora una detenida crítica de las grandes naciones. El destino de las unitarias es ser o turbulentas o despóticas. Dista en ellas la cultura de ser uniforme, los intereses de ser iguales, la opinión de moverse al mismo compás y con la misma medida. Si no las lleva del freno una autoridad absoluta, marchan estimuladas por contrarias fuerzas y viven casi siempre gobernadas por minorías. Hoy avanzan y mañana retroceden, experimentan los más bruscos y repentinos cambios y son teatro de incesantes luchas. Cuando llega el mal a su apogeo, no tienen más recurso que echarse en brazos de los dictadores. En la absoluta imposibilidad de concordar las voluntades y aquietar los ánimos, han de acudir a la fuerza y no logran sino una paz efímera. Estallan a la larga las pasiones comprimidas y retoña la guerra.
La vida, la actividad política, está principalmente en las capitales; alli acuden y se mueven todas las ambiciones. No prevalecen de ordinario los ciudadanos más aptos, sino los más audaces. Los hombres llenos de vicios escalan no pocas veces los primeros destinos del Estado, y algunos por el apoyo de los mismos pueblos, que les confieren, porque no los conocen, el derecho de representarlos. No es raro que, aun a sabiendas, los antepongan las provincias a ciudadanos modestos, de indisputable mérito. Como para todo necesitan del poder supremo, y en todo le están sometidas, prefieren a los osados, porque les procuran más el favor oficial y las escudan mejor contra las iras del Gobierno. Aumentan los que codician el mando, se multiplican los partidos, y se va, por fin, a la política del pandillaje.
Por todos estos motivos me inclino más a las pequeñas que a las grandes naciones. Si el lector ha recorrido las anteriores páginas, fácilmente comprenderá, sin embargo, que ni las he de querer absorbentes y conquistadoras, como las de Cartago y Roma, ni aisladas y rivales como las de la antigua Grecia y las que hubo en la Italia de la Edad Media. No hay que buscar la unidad por la violenta agregación de los pueblos, pero tampoco imposibilitarla por la sola y exclusiva organización de los intereses locales. Debemos organizarlos todos y crear una representación y un poder para cada uno de sus grados, si deseamos que la humanidad llegue a ser algo real en el mundo. Organizarlos, lo he dicho ya, es para mí confederarlos.
Y que dentro de la federación pierde mucho de su importancia la cuestión de si han de ser pequeñas o grandes las naciones, ¿quién ha de ponerlo en duda? Por la federación, lo mismo pueden subsistir en paz imperios tan grandes como el de Rusia, que repúblicas tan pequeñas como la de Suiza. Por la federación, lo mismo pueden estas naciones dividirse en doce que en veinte Estados. ¿Son sus provincias más que grupos de pueblos que vivieron antes independientes y conservan todavía un carácter y una fisonomía propios? Lo racional es que haya mañana en cada una tantos Estados como hay provincias. ¿Aconsejan otras razones aun la división de esas provincias? ¿Qué inconveniente ha de haber en que se la verifique, si los nuevos Estados han de vivir unidos por el lazo federal a su antigua patria, si con esto en nada se ha de reducir ni turbar el círculo en que se muevan los poderes centrales?
Trece eran, como llevo dicho, los primitivos Estados de la república de Wáshington. Se dividieron cinco en menos de medio siglo. El de Vermont nació del de Nueva York; el de Tennessee, del de la Carolina del Norte; el de Kentucky, del de Virginia; el del Mississípí y el de Alabama, del de Georgia, el de Maine, del de Massachussetts. De parte del de Luisiana, que no era ya de los primitivos, se formó después el de Missouri. El de Virginia, por fin, del que había salido antes el de Kentucky, se dividió no hace quince años en Virginia de Oriente y Virginia de Occidente. En la terrible guerra de l860 se había declarado la mitad de aquel Estado por el Sur y la otra mitad por el Norte; restabiecida la paz, no se creyó prudente volver a unir lo que habían desunido años de lucha.