Últimos votos de mi corazón y los ruegos fervorosos que a nombre del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un gobierno eminentemente popular, eminente- mente justo, eminentemente moral, que enca- dene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad.
Señor: empezad vuestras funciones; yo he terminado las mías.
DISCURSO DIRIGIDO A LOS LEGISLADORES DE BOLIVIA Legisladores: L ofreceros el proyecto de constitu- ción para Bolivia, me siento so- brecogido de confusión y timidez, porque estoy persuadido de mi inca- pacidad para hacer leyes. Cuando yo considero que la sabiduría de todos los siglos no es suficiente para componer una ley fundamental que sea perfecta y que el más esclarecido legislador es la causa inmediata de la infeli- cidad humana, y la burla, por decirlo así, de su ministerio divino, ¿qué deberé deciros del soldado que, nacido entre esclavos y sepultado en los desiertos de su patria, no ha visto más que cautivos con cadenas y compañeros con armas para romperlas? ¡Yo, legisladores...! Vuestro engaño y mi compromiso se arreba- tan la preferencia: no sé quien padezca más en este horrible conflicto; si vosotros por los males que debéis temer de las leyes que me habéis pedido o yo del oprobio a que me condenáis por vuestra confianza.
lio BOLÍVAR lio BOLÍVAR He recogido todas mis fuerzas para expo- neros mis opiniones sobre el modo de manejar hombres libres, por los principios adoptados entre los pueblos cultos, aunque las lecciones de la experiencia sólo muestran largos pe- ríodos de desastres, interrumpidos por re- lámpagos de ventura. ¿Qué guías podremos seguir a la sombra de tan tenebrosos ejemplos?
Legisladores: Vuestro deber os llama a re- sistir el choque de dos monstruosos enemigos que recíprocamente se combaten, y ambos os atacarán a la vez: la tiranía y la anarquía forman un inmenso océano de opresión, que rodea a una pequeña isla de libertad, comba- tida perpetuamente por la violencia de las olas y de los huracanes que la arrastran sin cesar a sumergirla. Mirad el mar que vais a surcar con una frágil barca, cuyo piloto es tan inexperto.
El proyecto de constitución para Bolivia está dividido en cuatro poderes políticos; ha- biendo añadido uno más, sin complicar por esto la división clásica de cada uno de los otros. El electoral ha recibido facultades que no le estaban señaladas en otros gobiernos que se estiman entre los más liberales. Estas atribuciones se acercan en gran manera a las DISCURSO 111 DISCURSO 111 del sistema federal. Me ha parecido no sólo conveniente y útil, sino también fácil, conce- der a los representantes inmediatos del pueblo, los privilegios que más pueden desear los ciudadanos de cada departamento, provincia y cantón. Ningún objeto es más importante para un ciudadano que la elección de sus le- gisladores, magistrados, jueces y pastores. Los colegios electorales de cada provincia repre- sentan las necesidades y los intereses de ellas, y sirven para quejarse de las infracciones de las leyes y de los abusos de los magistrados. Me atrevería a decir con alguna exactitud que esta representación participa de los derechos de que gozan los gobiernos particulares de los estados federados. De este modo se ha puesto nuevo peso a la balanza contra el Ejecutivo; y el Gobierno ha adquirido más garantías, más popularidad y nuevos títulos, para que sobre- salga entre los más democráticos.
Cada diez ciudadanos nombran un elector; con lo que se encuentra la nación representada por el décimo de sus ciudadanos. No se exigen sino capacidades, ni se necesita de poseer bienes, para representar la augusta función del soberano; mas debe saber escribir sus votaciones, firmar su nombre y leer las leyes.
112 BOLÍVAR 112 BOLÍVAR Ha de profesar una ciencia o un arte que le asegure un alimento honesto. No se le ponen otras exclusiones que las del vicio, de la ocio- sidad y de la ignorancia absoluta. Saber y honradez, no dinero, requiere el ejercicio del poder público.
El Cuerpo Legislativo tiene una composi- ción que lo hace necesariamente armonioso entre sus partes: no se hallará siempre divi- dido por falta de un juez arbitro, como su- cede donde no hay más que dos cámaras. Habiendo aquí tres, la discordia entre dos queda resuelta por la tercera; y la cuestión examinada por dos partes contendientes y un imparcial que la juzga: de este modo ninguna ley útil queda sin efecto, o por lo menos, la habrán visto una, dos o tres veces antes de sufrir la negativa. En todos los negocios entre dos contrarios se nombra un tercero para decidir, ¿y no sería absurdo que en los inte- reses más graves de la sociedad se desdeñara esta providencia dictada por una necesidad imperiosa? Así las cámaras guardarán entre sí aquellas consideraciones que son indispen- sables para conservar la unión del todo, que debe deliberar en el silencio de las pasiones y con la calma de la sabiduría. Los congresos DISCURSO 113 DISCURSO 113 modernos, me dirán, se han compuesto de solas dos secciones. Es porque en Inglaterra, que ha servido de modelo, la nobleza y el pueblo debían representarse en dos cámaras; y si en Norte América se hizo lo mismo sin haber nobleza, puede suponerse que la cos- tumbre de estar bajo el Gobierno inglés le inspiró esta imitación. El hecho es, pues, que dos cuerpos deliberantes deben combatir per- petuamente; y por esto Sieyes no quería más que uno. Clásico absurdo.
La primera cámara es de tribunos y goza de la atribución de iniciar las leyes relativas a hacienda, paz y guerra. Ella tiene la ins- pección inmediata de los ramos que el Eje- cutivo administra con menos intervención del Legislativo.
Los senadores forman los códigos y regla- mentos eclesiásticos y velan sobre los tribu- nales y el culto. Toca al Senado escoger los prefectos, los jueces del distrito, gobernadores, corregidores y todos los subalternos del de- partamento de justicia. Propone a la cámara de censores los miembros del tribunal supremo, los arzobispos, obispos, dignidades y canónigos. Del resorte del Senado es cuanto pertenece a la religión y a las leyes.
114 BOLÍVAR 114 BOLÍVAR Los censores ejercen una potestad política y moral que tiene alguna semejanza con la del areópago de Atenas y de los censores de Roma. Serán ellos los fiscales contra el Go- bierno para celar si la constitución y los tratados públicos se observan con religión. He puesto bajo su égida el juicio nacional que debe decidir de la buena o mala admi- nistración del Ejecutivo.
Son los censores los que protegen la moral, las ciencias, las artes, la instrucción y la im- prenta. La más terrible como la más augusta función pertenece a los censores. Condenan a oprobio eterno a los usurpadores de la au- toridad soberana y a los insignes criminales. Conceden honores públicos a los servicios y a las virtudes de los ciudadanos ilustres. El fiel de la gloria se ha puesto en sus manos; por lo mismo, los censores deben gozar de una inocencia intacta y de una vida sin man- cha. Si delinquen, serán acusados por faltas leves. A estos sacerdotes de las leyes he confiado la conservación de nuestras sagradas tablas, porque son ellos los que deben clamar contra sus profanadores.
El presidente de la república viene a ser en nuestra constitución, como el sol que, firme DISCURSO 115 en su centro, da vida al universo. Esta su- prema autoridad debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquía, se necesita, más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos, los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un antiguo, y moveré el mundo. Para Bolivia este punto es el presidente vitalicio. En él estriba todo nuestro orden, sin tener por esto acción. Le han cortado la cabeza para que nadie tema sus intenciones, y le han li- gado las m^nos para que a nadie dañe.
El presidente de Bolivia participa de las facultades del Ejecutivo americano, pero con restricciones favorables al pueblo. Su duración es la de los presidentes de Haití. Yo he to- mado para Bolivia el Ejecutivo de la repú- blica más democrática del mundo.
La isla de Haití (permítaseme esta digresión) se hallaba en insurrección permanente; des- pués de haber experimentado el imperio, el reino, la república, todos los gobiernos cono- cidos y algunos más, se vio forzada a ocurrir al ilustre Petión para que la salvara. Confiaron en él, y los destinos de Haití no vacilaron más. Nombrado Petión presidente vitalicio con facultades para elegir el sucesor, ni la 116 BOLÍVAR muerte de este grande hombre, ni la sucesión del nuevo presidente, han causado el menor peligro en el estado; todo ha marchado bajo el digno Boyer en la calma de un reino le- gítimo. Prueba triunfante de que un Presi- dente vitalicio, con derecho para elegir el sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano.
El presidente de Bolivia será menos peli- groso que el de Haití, por el modo de sucesión que es más seguro para el bien del Estado. Además, el presidente de Bolivia está privado de todas las influencias: no nombra los magis- trados, los jueces, ni las dignidades eclesiás- ticas, por pequeñas que sean. Esta disminución de poder no la ha sufrido todavía ningún gobierno bien constituido; ella añade trabas sobre trabas a la autoridad de un jefe que hallará siempre a todo el pueblo dominado por los que ejercen las funciones más impor- tantes de la sociedad. Los sacerdotes mandan en las conciencias, los jueces en la propiedad, el honor y la vida, y los magistrados en todos los actos públicos. No debiendo éstos sino al pueblo sus dignidades, su gloria y su fortuna, no puede el presidente esperar complicarlos en sus miras ambiciosas. Si a esta conside- DISCURSO 117 DISCURSO 117 ración se agregan las que naturalmente nacen de las oposiciones generales que encuentra un gobierno democrático en todos los mo- mentos de su administración, parece que hay derecho para estar cierto de que la usurpa- ción del poder público dista más de este gobierno que de los otros.
Legisladores: La libertad de hoy más será indestructible en América. Véase la naturaleza salvaje de este continente, que expele por sí sola el orden monárquico; los desiertos con- vidan a la independencia. Aquí no hay gran- des nobles, grandes eclesiásticos; nuestras riquezas eran casi nulas, y en el día lo son todavía más. Aunque la iglesia goza de in- fluencia, está lejos de aspirar al dominio, satisfecha con su conservación. Sin estos apoyos los tiranos no son permanentes; y si algunos ambiciosos se empeñan en levantar imperios. Dessalines, Cristóbal, Itúrbide, les dicen lo que deben esperar. No hay poder más difícil de mantener que el de un prín- cipe nuevo. Bonaparte, vencedor de todos los ejércitos, no logró triunfar de esta regla, más fuerte que los imperios. Y si el gran Napoleón no consiguió mantenerse contra la liga de los republicanos y de los aristócratas, ¿quién al- 118 BOLÍVAR 118 BOLÍVAR canzará, en América, fundar monarquías, en un suelo encendido con las brillantes llamas de la libertad y que devora las tablas que se le ponen para elevar esos cadalsos regios? No, legisladores, no temáis a los pretendien- tes a coronas; ellas serán para sus cabezas la espada pendiente sobre Dionisio. Los prín- cipes flamantes que se obcequen hasta cons- truir tronos encima de los escombros de la libertad, erigirán túmulos a sus cenizas, que digan a los siglos futuros cómo prefirieron su fatua ambición a la libertad y a la gloria.
Los límites constitucionales del presidente de Bolivia, son los más estrechos que se co- nocen; apenas nombra los empleados de ha- cienda, en paz y guerra manda el ejército. He aquí sus funciones. La administración pertenece toda al ministerio responsable de los censores y sujeta' a la vigilancia celosa de todos los legisladores, jueces y ciudadanos. Los aduanistas y los soldados, agentes únicos de este ministerio, no son a la verdad los más adecuados para captarle el aura popular; por consiguiente su influencia será casi nula.
El vicepresidente es el magistrado más en- cadenado que ha servido el mando: obedece juntamente al Legislativo y al Ejecutivo de DISCURSO 119 un gobierno republicano. Del primero recibe las leyes; del segundo las órdenes; y entre estas dos barreras ha de marchar por un camino angosto y flanqueado de precipicios. A pesar de tantos inconvenientes, es prefe- rible gobernar de este modo, que con imperio absoluto. Las trabas constitucionales ensan- chan una conciencia política y le dan firme esperanza de encontrar el fanal que la guíe entre los escollos que la rodean; ellas sirven de apoyo contra los empujes de nuestras pa- siones, concertadas con los intereses ajenos.
En el gobierno de los Estados Unidos se ha observado últimamente la práctica de nombrar al primer ministro para suceder al presidente. Nada es tan conveniente, en una república, como este método: reúne la ventaja de poner a la cabeza de la administración un sujeto ex- perimentado en el manejo del Estado. Cuando entra a ejercer sus funciones, va formado, y lleva consigo, la aureola de la popularidad, y una práctica consumada. Me he apoderado de esta idea y la he establecido como ley.
El presidente de la república nombra al vicepresidente, para que administre el Estado, y le suceda en el mando. Por esta providen- cia se evitan las elecciones, que producen el 120 BOLÍVAR grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de la tiranía y el peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares. Ved de qué modo sucede como en los reinos legítimos, la tremenda crisis de las repúblicas.
El vicepresidente debe ser el hombre más puro: la razón es, que si el primer magis- trado no elige un ciudadano muy recto, debe temerle como a enemigo encarnizado y sos- pechar hasta de sus secretas ambiciones. Este vicepresidente ha de esforzarse a merecer por sus buenos servicios el crédito que ne- cesita para desempeñarlas más altas funciones y esperar la gran recompensa nacional: el mando supremo. El Cuerpo Legislativo y el pueblo exigirán capacidades y talentos de parte de este magistrado y le pedirán una ciega obediencia a las leyes de la libertad.
Siendo la herencia la que perpetúa el ré- gimen monárquico, y lo hace casi general en el mundo ¡cuánto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión del vicepresidente! Que fueran los príncipes he- reditarios elegidos por el mérito y no por la suerte, y que en lugar de quedarse en la inacción y en la ignorancia se pusiesen a la DISCURSO 121 cabeza de la administración, serían sin duda monarcas más esclarecidos que harían la dicha de los pueblos. Sí, legisladores, la monarquía que gobierna la tierra, ha obtenido sus títulos de aprobación de la herencia que la hace estable, y de la unidad que la hace fuerte. Por esto, aunque un príncipe soberano es un niño mimado, enclaustrado en su palacio, edu- cado por la adulación y conducido por todas las pasiones, este príncipe, que me atrevería a llamar la ironía del hombre, manda al gé- nero humano, porque conserva el orden de las cosas y la subordinación entre los ciuda- danos, con un poder firme y una acción constante. Considerad, legisladores, que estas grandes ventajas se reúnen en el presidente vitalicio y vicepresidente hereditario.
El poder judicial que propongo goza de una independencia absoluta: en ninguna parte tiene tanta. El pueblo presenta los candidatos, y el Legislativo escoge los individuos que han de componer los tribunales. Si el poder judicial no emana de este origen, es imposible que conserve en toda su pureza la salvaguardia de los derechos individuales. Estos derechos, legisladores, son los que constituyen la liber- tad, la igualdad, la seguridad, todas las garan- 122 BOLÍVAR tías del orden social. La verdadera constitución liberal está en los códigos civiles y criminales y la más terrible tiranía la ejercen los tribu- nales por el tremendo instrumento de las leyes. De ordinario el Ejecutivo no es más que el depositario de la cosa pública; pero los tribunales son los arbitros de las cosas propias, de las cosas de los individuos. El poder judicial contiene la medida del bien o del mal de los ciudadanos, y si hay libertad, si hay justicia en la república, son distribuidos por este poder. Poco importa a veces la or- ganización política, con tal que la civil sea perfecta; que las leyes se cumplan religiosa- mente y se tengan por inexorables como el destino.
Era de esperarse, conforme a las ideas del día, que prohibiésemos el uso del tormento, de las confesiones, y que cortásemos la pro- longación de los pleitos en el intrincado la- berinto de las apelaciones.
El territorio de la república se gobierna por prefectos, gobernadores, corregidores, jueces de paz y alcaldes. No he podido entrar en el régimen interior y facultades de estas jurisdic- ciones; es de mi deber, sin embargo, recomen- dar al Congreso los reglamentos concernientes DISCURSO 123 al servicio de los departamentos y provincias. Tened presente, legisladores, que las naciones se componen de ciudades y de aldeas, y que del bienestar de éstas se forma la felicidad del Estado. Nunca prestaréis demasiado vues- tra atención al buen régimen de los depar- tamentos. Este punto es de predilección en la ciencia legislativa y no obstante es harto desdeñado.
He dividido la fuerza armada en cuatro par- tes: ejércitos de línea, escuadra, milicia na- cional y resguardo militar. El destino del ejército es guarnecer la frontera. ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos! Basta la milicia nacional para conservar el orden interno. Bolivia no posee grandes costas, y por lo mismo es inútil la marina; debemos, a pesar de esto, obtener algún día uno y otro. El resguardo militar es preferible por todos respectos al de guardas; un servicio semejante es más inmoral que superfino; por lo tanto interesa a la república guarnecer sus fronteras con tropas de líneas y tropas de resguardo contra la guerra del fraude.
He pensado que la constitución de Bolivia debiera reformarse por períodos, según lo 124 BOLÍVAR exige el movimiento del mundo moral. Los trámites de la reforma se han señalado en los términos que he juzgado propios del caso.
La responsabilidad de los empleados se or- dena en la constitución boliviana del modo más efectivo. Sin responsabilidad, sin repre- sión, el Estado es un caos. Me atrevo a instar con encarecimiento a los legisladores, para que dicten leyes fuertes y terminantes sobre esta importante materia. Todos hablan de res- ponsabilidad; pero ella se queda en los labios. No hay responsabilidad, legisladores: los ma- gistrados, jueces y empleados abusan de sus facultades, porque no se contiene con rigor a los agentes de la administración, siendo en- tretanto los ciudadanos víctimas de este abuso. Recomendara yo una ley que prescribiera un método de responsabilidad anual para cada empleado.
Las garantías más perfectas se han estable- cido: la libertad civil es la verdadera libertad; las demás son nominales o de poca influencia con respecto a los ciudadanos. Se ha escu- dado la seguridad personal, que es el fin de la sociedad y de la cual emanan las demás. En cuanto a la propiedad, ella depende del código civil que vuestra sabiduría deberá com- DISCURSO 125 DISCURSO 125 poner luego, para la dicha de vuestros con- ciudadanos. He conservado intacta la ley de las leyes: la igualdad; sin ella perecen todas las libertades, todos los derechos. A ella de- bemos hacer los sacrificios. A sus pies he puesto, cubierta de humillación, a la infame esclavitud.
Legisladores: la infracción de todas las le- yes es la esclavitud: la que la consagrara sería la más sacrilega. ¿Qué derechos se ale- garía para su conservación? Mírese este delito por todos aspectos, y no me persuado que haya un solo boliviano tan depravado que pretenda legitimar la más insigne violación de la dignidad humana. ¡Un hombre poseído por otro! ¡Un hombre propiedad! ¡Una imagen de Dios puesta al yugo como el bruto! Dígasenos, ¿dónde están los títulos de los usurpadores del hombre? La Guinea nos los ha mandado, pues el África devastada por el fratricidio, no ofrece más que crímenes. Trasplantadas aquí las reliquias de aquellas tribus africanas, ¿qué ley o potestad será capaz de sancionar el domi- nio sobre estas víctimas? Trasmitir, prorrogar, eternizar este crimen mezclado de suplicios, es el ultraje más chocante. Fundar un prin- cipio de posesión sobre la más feroz delin- 126 BOLÍVAR 126 BOLÍVAR cuencia no podría concebirse sin el trastorno de los elementos del derecho, y sin la per- versión más absoluta de las nociones del deber. Nadie puede romper el santo dogma de la igualdad. Y ¿habrá esclavitud donde reina la igualdad? Tales contradicciones formarían más bien el vituperio de nuestra razón que el de nuestra justicia: seríamos reputados por más dementes que usurpadores. Si no hubiera un Dios protector de la libertad y de la inocencia, prefiriera la suerte de un león generoso, domi- nando en los desiertos y en los bosques, a la de un cautivo al servicio de un infame tirano que, cómplice de sus crímenes, provocara la cólera del cielo. Pero no: Dios ha destinado al hombre a la libertad; él lo protege para que ejerza la celeste función del albedrío.
Legisladores: Haré mención de un artículo qué, según mi conciencia, he debido omitir. En una constitución política no debe prescri- birse una profesión religiosa; porque según las mejores doctrinas sobre las leyes funda- mentales, éstas son las garantías de los dere- chos políticos y civiles: y como la religión no toca ninguno de estos derechos, es de natura- leza indefinible en el orden social y pertenece a la moral intelectual. La religión gobierna al DISCURSO 127 DISCURSO 127 hombre en la casa, en el gabinete, dentro de sí mismo: sólo ella tiene derecho de examinar su conciencia íntima. Las leyes, por el con- trario, miran la superficie de las cosas; no gobiernan sino fuera de la casa del ciudadano. Aplicando estas consideraciones, ¿podrá un Es- tado regir la conciencia de los subditos, velar sobre el cumplimiento de las leyes religiosas y dar el premio o el castigo, cuando los tri- bunales están en el cielo, y cuando Dios es el juez? La inquisición solamente sería capaz de reemplazarlos en este mundo. ¿Volverá la inquisición con sus teas incendiarias?
La religión es la ley de la conciencia. Toda ley sobre ella la anula, porque imponiendo la necesidad al deber, quita el mérito a la fe, que es la base de la religión. Los preceptos y los dogmas sagrados son útiles, luminosos y de evidencia metafísica; todos debemos pro- fesarlos, mas este deber es moral, no político. Por otro lado, ¿cuáles son los derechos del hombre hacia la religión? Estos están en el cielo; allá el tribunal recompensa el mérito y hace justicia según el código que ha dictado el Legislador. Siendo todo esto de jurisdicción divina, me parece a primera vista sacrilego y profano mezclar nuestras ordenanzas con los 128 BOLÍVAR 128 BOLÍVAR mandamientos del Señor. Prescribir, pues la religión no toca al legislador; porque éste debe señalar penas a las infracciones de las leyes, para que no sean meros consejos. No ha- biendo castigos temporales, ni jueces que los apliquen, la ley deja de ser ley.
El desarrollo moral del hombre es la pri- mera intención del legislador: luego que este desarrollo llega a lograrse, el hombre apoya su moral en las verdades reveladas, y profesa de hecho la religión, que es tanto más eficaz, cuanto que la ha adquirido por investigaciones propias. Además, los padres de familia no pueden descuidar el deber religioso hacia sus hijos. Los pastores espirituales están obligados a enseñar la ciencia del cielo: el ejemplo de los verdaderos discípulos de Jesús es el maes- tro más elocuente de su divina moral; pero la moral no se manda, ni el que manda es maestro, ni la fuerza debe emplearse en dar consejos. Dios y sus ministros son las autori- dades de la religión que obra por medios y órganos exclusivamente espirituales; pero de ningún modo el cuerpo nacional, que dirige el poder público a objetos puramente temporales.
Legisladores: al ver ya proclamada la nueva nación boliviana, ¡cuan generosas y sublimes DISCURSO 129 consideraciones no deberán elevar vuestras almas! La entrada de un nuevo estado en la sociedad de los demás es un motivo de jú- bilo para el género humano, porque se au- menta la gran familia de los pueblos. ¡Cuál, pues, debe ser el de sus fundadores!, y el mío!, viéndome igualado con el más célebre de los antiguos, el padre de la ciudad eterna! Esta gloria pertenece de derecho a los crea- dores de las naciones, que, siendo sus primeros bienhechores, han debido recibir recompensas inmortales; mas la mía además de inmortal, tiene el mérito de gratuita por no merecida. ¿Dónde está la república, dónde la ciudad que yo he fundado? Vuestra munificencia, dedicándome una nación, se ha adelantado a todos mis servicios y es infinitamente supe- rior a cuantos bienes pueden haceros los hombres. Mi desesperación se aumenta al contemplar la inmensidad de vuestro premio, porque después de haber agotado los talentos, las virtudes, el genio mismo del más grande de los héroes, todavía sería yo indigno de merecer el nombre que habéis querido tomar ¡el mío!!! ¡Hablaré yo de gratitud, cuando ella no alcanzará jamás ni débilmente lo que ex- perimento por vuestra bondad que, como la 10 130 BOLÍVAR 10 130 BOLÍVAR de Dios, pasa todos los límites! Sí: sólo Dios tenía potestad para llamar esta tierra Bolivia...¿Qué quiere decir Bolivia? Un amor desen- frenado de libertad que, al recibirla vuestro arrojo, no vio nada que fuera igual a su valor. No hallando vuestra embriaguez una demos- tración adecuada a la vehemencia de sus senti- mientos, arrancó vuestro nombre y dio el mío a todas vuestras generaciones. Esto, que es inaudito en la historia de los siglos, lo es aún más en la de los desprendimientos sublimes. Tal rasgo mostrará a los tiempos que están en el pensamiento del Eterno, lo que anhelabais la posesión de vuestros derechos, que es la posesión de ejercer las virtudes políticas, de adquirir los talentos luminosos, y el goce de ser hombre. Este rasgo, repito, probará que vosotros erais acreedores a obtener la gran bendición del cielo, la soberanía del pueblo, única autoridad legitítima de las naciones.
Legisladores: felices vosotros que presidís los destinos de una república que ha nacido coronada con los laureles de Ayacucho, y que debe perpetuar su existencia dichosa bajo las leyes que dicte vuestra sabiduría, en la calma que ha dejado la tempestad de la guerra.