Guillermo de Ockham
Fraile franciscano, filósofo y teólogo escolástico inglés (c. 1287–1347), nacido probablemente en el pueblo de Ockham, en Surrey, formado en Oxford, donde enseñó teología sin llegar nunca a obtener formalmente la cátedra magisterial debido a una acusación de herejía que lo llevó a comparecer ante la corte papal en Aviñón, donde permaneció casi cuatro años bajo investigación sin llegar a ser condenado formalmente. Figura central de la escolástica tardía y considerado el máximo exponente del nominalismo medieval, Ockham desarrolló una crítica radical del realismo platónico y aristotélico dominante, sosteniendo que los universales —conceptos generales como «humanidad» o «blancura»— no tienen existencia real independiente, ni en la mente divina ni en el mundo, sino que son simples nombres (nomina) o construcciones mentales que utilizamos para referirnos a similitudes entre cosas individuales, siendo estas últimas las únicas realidades efectivamente existentes. Esta postura nominalista se fundamenta en el principio metodológico por el que es universalmente conocido, la «navaja de Ockham», formulado de diversas maneras en su obra pero resumido tradicionalmente como «no se han de multiplicar las entidades sin necesidad» (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem): ante explicaciones rivales de un fenómeno, hay que preferir siempre la más sencilla, la que postule el menor número de entidades o supuestos, principio que, aunque no fue originalmente invención suya, él aplicó con tal sistematicidad que acabó siendo asociado indeleblemente a su nombre, y que sigue siendo hoy un principio metodológico básico de la ciencia y la filosofía. Ockham defendió también con firmeza la separación estricta entre fe y razón, sosteniendo que las verdades teológicas fundamentales —como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma— no podían ser demostradas por la razón natural sino únicamente aceptadas por fe, postura que, al debilitar las pretensiones racionalistas de la teología natural, contribuyó paradójicamente a liberar la investigación filosófica y científica de constricciones teológicas. Comprometido también en debates políticos de la época sobre la relación entre poder papal y poder secular, defendiendo una limitación de la autoridad papal, murió probablemente de peste negra en Múnich, donde se había refugiado bajo la protección del emperador Luis de Baviera tras haber sido excomulgado por el papa.