DE VENTA EN LA MISMA LIBREaÍA Ganivet (Ángel). — /ie¿in'um español. Un tomo en 8.**, 1, 5o pesetas. * —1 La conquista del Reino de Naya por el último conquistador español Fio Cid, Un tomo, 3 pe- setas.
— Los trabajos del infatigable creador Fio Cid, Dos tomos, 6 pesetas.
— Epistolario. Prólogo de F. Navarro y Ledesma. Un tomo, 3^50 pesetas.
— El escultor de su alma. Drama místico en tres autoSy 2 pesetas.
— Granada la bella. Un tomo en 8.°, 1,50 pesetas.
BN PRENSA Hombres del Norte.
ÁNGEL T. DE GANIYET-EDITOR CARTAS FINLANDESAS POR ÁNGEL GANIVET ■ooCe^o^ MADRID LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUAREZ 4L8. Preolados. 4LS 1906 Est. tip. de la Viuda é hijos de Tello, C. de San Francisco, 4.
i GANIVET Y SUS OBRAS Cuando nuestro paisano y amigo Ángel Ga- ) nivet fué ascendido en la carrera consular á ¿P que pertenece y destinado á prestar sus servi- ^ cios en Helsingforsj capital del antiguo ducado f> de Finlantlia, cerca del Polo Norte y en el pro» pío país de los lapones, sus amigos, á quienes tenía ya acostumbrados á la instructiva é inte- resante información de sus viajes con la publi- cación de Granada la bella y otros artículos y cartas particulares, sentimos viva curiosidad de conocer las costumbres y la vida de aquel re- moto país.
Comprendió nuestro Cónsul que, de contes- tar á todas y cada una de las cartas en que le asaeteábamos á preguntas, hubiera necesitado establecer un negociado especial para sus cu- riosos amigos, y repetir muchas veces las im- presiones que iba recibiendo en aquellas tierras: así es que tuvo la feliz idea de escribirnos á to«' M 8019S i: dos juntos desde las columnas de El Defensor; y como era á principios de curso, abrió cátedra de cosas de Finlandia, para exponernos lo que se le fuera ocurriendo. Este es el origen de las Cartas finlandesas; y como Ganivet no es hom- bre de proyectos, sino de realidades, desde que me anunció la idea hasta la aparición de la primera carta-, no transcurrió más que el tiem- po preciso para que ésta se recibiera y se publi- cara.
Fueron saliendo todas las demás con algunos intervalos, nunca debidos á la pereza del co- rresponsal, sino á las tardanzas del correo ó á las exigencias de la confección del periódico, y nos fuimos recreando con la sabrosa amenidad, nítido estilo, originalísimas observaciones y substanciosos argumentos de estas Cartas, Ca- da día que se publicaba una, nos preguntába- mos: «¿Han leído ustedes la carta de Ganivet?» Y comentábamos las curiosidades que nos con- taba el desterrado de Finlandia. Así se fué aumentando el círculo de los lectores, y aca- bóse por "esperar la Carta finlandesa como el santo advenimiento, despertándose el deseo de guardarlas, como había ocurrido con los ar- tículos de Granada la bella. Y como con éstos 7 tuvo su autor la singular bondad de reun irlos y hacer una preciosa edición privada para regalo de sus amigos, á éstos, en justa corresponden- cia, se les ha ocurrido editar las Cartas finían^ desas para regalárselas al autor, y también por el egoísmo de conservarlas juntas, sin la moles- tia y dificultad de una colección de periódicos. Aparte de que si las cartas se escribieron para los amigos, nada más natural que éstos las edi- ten y saquen del tn pace del olvido, dando á « conocer un trabajo que es, sin duda, de los me- jores— al menos para mi gusto — de los que han salido hasta ahoria de la pluma de nuestro pai- sano.
No voy á hacer aquí de Maese Pedro, anun- ciando la traza y mérito de los cuadros que el lector ha de ver á continuación; pero bueno es hacer constar, prescindiendo de todo afecto ó estimación á la persona del autor, que las Car- tas finlandesas merecen el honor que se les dispensa, pues constituyen una obra interesan- tísima, reveladora de un espíritu de observación profundo, de vigorosa erudición y cultura de altos vuelos.
Con estilo sencillísimo, matizado de gracejos é ironías de gusto delicado, en los que se ve 8 asomar la cara al ingenio granadino, á través de la ilustración cosmopolita que ha ido ateso- rando el autor, expone éste, con ingenioso des- orden y encantadora amenidad, una serie de estudios acerca de las costumbres, ideas, litera- tura, curiosidades y manera de ser de las razas que habitan la pintoresca Península finlandesa, formando el trabajo más completo que acerca de este país se ha escrito, no ya en España, donde apenas de nombre es conocido, sino en Europa entera.
Su forma tampoco tiene parecido con obras análogas: no son crónicas de viaje, cuajadas de descripciones y puntos de vista cogidos al vue- lo, y no porque el autor carezca de aptitud des- criptiva, como pretende demostrar graciosa- mente en una de las cartas, sino porque rehuye lo superficial y pintoresco para penetrar mejor en lo íntimo y verdaderamente característico; mucho menos es una obra de información geo- gráfica, histórica, política ni artística, cons- truida con postes y tarugos de todas estas cien- cias, á manera de guía, como hay tantos libros que, aunque útiles, sólo dan idea del mecanismo y de la cultura exterior de un pueblo, despre- ciando ó no parando mientes en el detalle in- 9 significante, en el pormenor que pasa inadver- tido, en el rasgo curioso y típico, donde muchas veces, por raro azar, se encuentra depositado m el espíritu y la clave de toda una civilización, como en los remansos y filtraciones de un río se hallan las aguas más puras y cristalinas; ni son estas Cartas imaginaciones puramente lite- rarias, apuntes de tourista, ligeros, vagos, pu- ramente subjetivos. Son confidencias en que un entendimiento extremadamente lúcido va razo- nando sobre lo que ve, comparando y dedu- ciendo unas veces; investigando, informando ó reconstruyendo, otras, y todo esto sin esfuerzo, con aparente indiferencia.
Las Cartas finlandesas tienen, desde el pri- mer momento, el tono confidencial de verdade- ras cartas amistosas, animadas, nutridas é in- genuas: el «cosmopolitismo de los granadinos» queda demostrado en la primera, con la gracio- sa escena del sombrerero en el Grao de Valen- cia, y en seguida el autor expone sus propósitos con gran desenfado y naturalidad, declarando, para que los amigos no tengan que agradecerle su trabajo, que, siendo agente de España en el extranjero, se cree obligado á escribirle á sus paisanos, como lo hicieron los agentes políticos lO lO de las Repúblicas italianas, que eran los perio- distas y corresponsales de aquella época; expre- sando su pensamiento con estas palabras: «No trato de hacer un estudio científico; voy senci- llamente á exponer las ideas que se le ocurren á un español que por casualidad habita en Fin- landia.)^ Estas ideas brotan en seguida en raudal abun- dante y cristalino. Y la variedad de pensamien- tos, el desorden armónico, la amenidad profun- day discretísima, son, como en su primera obra Granada la bella, el atractivo poderoso de estas Cartas, y lo que hace que se lean de un tirón. .Algunos creen que estas cualidades de naturali- dad y facilidad en un escritor son dotes que Dios concede á algunos, como el tener buenos ojos ó buena voz, y que el escribir no le cuesta al dichoso mortal que las posee más trabajo que coger la pluma para ir dejando caer toda suerte de primores y agudezas. No negaré yo la faci- lidad que algunos tienen de escribir, que es lo que se llama habilidad en toda operación inte- ligente; mas para producir lo que se llama una obra artística, que tenga valor estético, se ne- cesita un esfuerzo serio y profundo. No sé hasta qué punto Ganivet poseerá aquella facilidad ó II II habilidad, pues no le he sorprendido, nunca en momentos de producción literaria: la única creación intelectual que hizo á mi vista fué un soneto, y en aquello tuvo que sudar el quilo; lo que sí afirmo es que las Cartas finlandesas no son una obra ligera, aunque lo aparenten, y no se producirían jugando ó como quien escribe á su familia, sino con concentraciones y reflecto- res de la inteligencia y de la voluntad; en aque- lla suavidad del discurso, que parece que va di- vagando á su capricho, sin rienda ni dirección; en las transiciones, episodios, notas y observa- ciones múltiples, que fluyen como al azar, en plática confidencial, no ha de ver el lector de las Cartas un acierto casual, sino un arte de- licado y. sutil, el supremo arte de la amenidad, la «difícil facilidad,» que dijo Boileau, creo que el primero; amenidad que, si es siempre delei- tosa, es punto subido en asuntos graves y com- plicados.
Sólo poseye'ndola se comprende que cuestio- nes tan arduas como la etnografía de Europa, y especialmente de Escandinavia y de Finlandia; las teorías acerca de la constitución de las na- cionalidades europeas; la organización política •moderna, y en especial de Finlandia; la reprela la sentación, el parlamentarismo, el cesar ismo, etc., etc., sean servidos en las primeras Cartas de tal modo que trague uno sin sentir, como en pildoras, una dosis científica que quizás no ten- drían tratados voluminosos y macizos.
En la Carta IV habla, especialmente de polí- tica, manifestándose partidario de la evolución por la influencia de las ideas, y de la represen- tación por clases; la forma de Gobierno le tie- ne sin cuidado, dando á entender que el Mo- narca más absoluto puede ser el apto para ha- cer la felicidad de su país si tiene capacidad y buen deseo; del parlamentarismo habla con íjina crítica, y no deja de tener gracia su teoría acer- ca del sufragio. «Yo— dice — soy ardiente parti- dario del sufragio universal, con una limita- ción: la de que no vote nadie.» Y trata de ex- plicar la paradoja de este modo: «Yo salgo á la calle con cinco duros en el bol- sillo y vuelvo á casa sin haber gastado un cén- timo, y vuelvo alegre, porque he ido por todas partes con la seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda ocurrir; en cambio, salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor, por- que se me ha antojado comprar todo lo que he ¡do viendo y he temido verme en un compro- 13 miso, que me obligara á declarar mi precaria situación.»
Son muy curiosas siis observaciones psicoló- gicas sobre el uso de nombres y apellidos, de- duciendo de ellas el carácter de los pueblos (Carta V/. El fondo del carácter finlandés es estudiado con gran profundidad en medio de aparente ligereza en la Carta V/, una de las más substanciosas, que es complemento de la anterior.
Sus noticias acerca de la mujer finlandesa fueron de las que más sorprendieron y se co- mentaron en Granada cuando se publicó uno de los artículos de Granada la bella. Hubo quien después, con la de las Cartas VIII y IX, creyó que aquello era sólo una broma de nues- tro paisano, y ala ma^yor parte no les cabía en la cabeza que señoritas decentes, en Finlandia ni en ninguna parte, hicieran la vida que él nos describía; sin embargo, ésta precisamente es una de sus cartas más serias: habla con forma- lidad, y particularmente ha confirmado cuanto ■en ella dice; es menester tener en cuenta la enorme distancia á que nos encontramos de aquel país, en el mapa y en las costumbres, para no sorprenderse de algunas de éstas, que, des- 14 pues de todo, son lógicas, dado el clima y las ideas dominantes.
Muy interesante es la exposición y comenta- rio de las ideas de los finlandeses acerca de Es- paña, así como el extracto que hace del libro de impresiones de viaje del pintor sueco Lund- gren, desconocido en España, que ha propor- cionado al distinguido bibliógrafo D. Elias Pe- layo una nota más que añadir á su nutrido es- tudio acerca de Sierra Nevada.
En la Carta XII, Vistas, paisajes y cuadros pintorescos finlandeses, á pesar de decir que es incapaz de describir, hace sentir, casi ver, la impresión exacta de la vida en aquel país hela- do. «Finlandia es triste; pero su tristeza engaña al hombre y le hace creer que vive contento. El período de las nieves es propicio para soñar aletargado, como reptil que hace su laboriosa digestión; y al salir del letargo, se cae en la embriaguez de los días interminables, en que el sol apenas se ausenta, en que desde el lecho, por las ventanas de par en par, ve uno desva- necerse las luces del crepúsculo vespertino cuando surgen por Oriente las de la aurora. Entre el letargo y la borrachera corre veloz el tiempo y vive uno feliz: sólo turba esta tran- 15 15 quilidad la idea vaga de una vida más enérgica. La gente del país tiene acaso el presentimiento de esa vida; pero el meridional tiene fijo el re- cuerdo» que á veces asalta violentísimo y pro- duce la incurable nostalgia.»
La entrada de la primavera, la llegada de los vendedores ambulantes, de los organilleros, que por lo visto hacen allí el mismo papel que en- tre nosotros las golondrinas, dan á este cuadro una pincelada de ingenua poesía.
Las costumbres estudiantiles (XIII) ^ el al- ^quiler de las casas (XIV) y la estructura de és- tas (Xy)y la vida doméstica, el arte culinario (XVI), el sistema monetario, los espectáculos teatrales (XIX), las fiestas populares (XVII) ^ el regocijado estudio sobre los borrachos (XVIII), todo, en suma, lo que es curioso, importante ó notable (no en el sentido de admirable, sino dig- no de ser notado), es contado por el autor con la misma amenidad y abundancia de ideas, cuyo vigor intelectual no decae un momento; hasta la última (XXII), dedicada á decirnos cómo mue- ren los finlandeses; siendo la XX la más larga de todas, consagrada al estudio del poema épico finlandés, el Kalevala, un estudio de crítica li- teraria de tanta novedad como importancia.
i6 i6 A este suculento guisado hay que añadir las especias de esa fina ironía que dije antes; ironía profunda, de la que por acá no encontraríamos parecido, á no ir demasiado lejos, tal vez al humorismo inglés. En las notas agridulces de humorismo transcendental del clásico Viaje sentimental por Francia, de Sterne, ó en la • finísima sátira con que se ha ocupado de Ingla- térra en su libro John Bull, nuestro vecino el notable escritor portugués Ramalho Ortigao, quizás encontraríamos rasgos parecidos á aqué- llos con que Ganivet sazona sus Cartas finían* desas. Del estilo no hay que hablar, pues basta leer unos cuantos párrafos para quedar prendado de la sencillez y facilidad con que el autor avanza por los asuntos más complicados, sor- teando todas las dificultades sin artificios retó- ricos, con ingenuidad que tiene algo de infantil.
* * * Y ya que estamos con las manos en la masa, ¿por qué no decir cuatro palabras de las demás obras de nuestro autor?
La primera fué, como hemos dicho. Granada 17 la bella: aunque muy corta — como que no es más que una colección de doce artículos, — bas- tó para acreditarlo de escritor original y pro- fundo. Son páginas éstas vibrantes, saturadas de ideas simpáticas, que se leyeron en Granada con avidez. Tiene artículos magistrales, como los titulados Nuestro arte y Nuestro carácter, que son intensos estudios psicológicos y críticos; el que lleva por título Lu^ y sombra, que es un capítulo de estética de las ciudades, así como Lo viejo y lo nuevo, El constructor espiritual, y todos, en fin. Es difícil en tan pocas páginas haber encerrado tanta substancia en estilo tan vigoroso y bizarro. Puede decirse que Ganivet salió formado escritor del primer golpe.
A pesar de haber publicado después obras de mayor transcendencia y de más empeño, para muchos de sus amigos— yo entre ellos — Gra- nada la bella sigue siendo la obra predilecta.
Su asunto también contribuye á hacerla más sugestiva: la pureza del ideal estético; el cul- to de lo bello, de lo típico y característico de cada pueblo; el atractivo de lo sencillo y sin- cero...«el embellecimiento de las ciudades por medio de la vida bella, culta y noble de los se- res que las habitan,» como dice el autor, es 2 i8 la idea dominante de este librito encantador.
Muy poco después de Granada la bella (cuya edición hecha en Helsingfors es una curiosidad bibliográfica), apareció en nuestra ciudad, im- preso en casa de Sabatel, el Idear ium español. Es obra de muchos vuelos y de muchas preten- siones, tal vez más de lo que á la misma conve- nía; pero hay que reconocer que es un trabajo de mérito, no sólo por su riqueza de pensamien- to, novedad é imparcialidad de algunos juicios, sino por su estilo conciso, enérgico, brillante, como una superficie de acero bien bruñido.
Es un sumario de ideas, un estudio de lo que el autor llama la constitución ideal de España. Sin plan al parecer, en párrafos ó ideas sueltas y disgregadas, sin más jalones que las tres pri- meras letras del alfabeto, se va ocupando: A) del carácter ó espíritu español en sus manifesta- ciones religiosa, filosófica, territorial ó debida á la naturaleza del país, guerrera y militar, jurí- dica y artística; después, B) de la política exte- rior de España en sus distintas épocas, y sus di- versas tendencias y direcciones, hasta el día; y por último, C) trata de la aplicación de las ideas expuestas antes para llegar á la regeneración ó restauración espiritual de España. Téngase en 19 cuenta que esta espacie de índice (que acabo de hacer ahora mismo, pues el libro no lo tiene, ni epígrafe alguno por ninguna parte) es sólo relativo al pensamiento general de la obra, por- que en ella, en párrafos inmediatos, y á veces en un mismo párrafo, se tocan las cuestiones más diversas que puedan imaginarse.
Recuerdo que leí el Idearium muy despacio, á pequeños sorbos como licor fuerte y de mu- chos grados, y siempre sacaba la sensación del vértigo. Marea aquella rapidísima serie de ideas, unas veces brillantes, otras violentas, absurdas, que el autor va arrojando con la habilidad y li- gereza de un juglar que nos deslumhra con vis- tosos juegos.
Las transiciones imprevistas, la sorprenden- te variedad de pensamientos, que en Granada la bella y en las Cartas constituyen un podero- so atractivo, perjudican en el Idearium: en las dos primeras, la idea fundamental está circuns- cfita, y las divagaciones son agradables adornos; pero en el Idearium estas divagaciones no hacen otra cosa sino meter al lector en intrincado la- berinto. Si bien es cierto que el autor no se pro- puso hacer un libro de exposición, sino una co- lección de notas, de ideas sueltas, sugeridas por 20 la meditación después de abundante lectura ^ también lo es que, á fuerza de sintetizar el pen- samiento, éste se disgrega, procede á saltos, y la abundancia de ideas produce confusión.
La ingenuidad con que está escrito, su estilo austero é imperativo, le presta un poder que se impone al lector, el cual sigue deslumhrado aquella abundante vena intelectual, que brota incesantemente hasta la última página; pero apenas el lector medita un poco, encuentra allí muchas afirmaciones indemostradas, capricho- sas; consecuencias extrañas, por no decir ilógi- cas, que si en el pensamiento del autor apare- cieron en serie correlativa, en el del lector pro- vocan sorpresa y desconcierto, toda vez que roto el hilo del raciocinio, y sucediéndose las ideas rapidísimamente, como las imágenes en el cié nematógrafo, resultan contradicciones y para- dojas.
Si este desconcierto, producido por una sin- tetización demasiado rápida, no estuviera expli- cado por la índole de la obra (que el mismo tí- tulo denuncia), y si en muchas de sus partes no tuviera períodos de vigoroso juicio, nos induci- ría á pensar en un estado de honda perturba- ción. En suma: el Idearium parece el epílogo ó 21 21 tesumen de un largo proceso polemista, y es una disertación ó íilosofía sintética acerca de España, principalmente en su política exterior.
Hacer de esta obra un detenido estudio nos opuparía demasiado, pues es mucho lo que ha- bía que puntualizar y discutir, y ahora además sirria inoportuno.
La clave del Idearium está expresada en este párrafo con que termina la parte B del libro, que no podemos sustraernos al deseo de repro- ducir, por su extraordinaria oportunidad en la actual y tremenda crisis nacional: «Una restauración de la vida entera de Espa- ña no puede tener otro punto de arranque que la concentración de todas nuestras energías den- tro de nuestro territorio. Hay que cerrar con cerrojos, llaves y candados todas las puertas por donde el espíritu español se escapó de España para derramarse por los cuatro puntos del ho- rizonte, y por donde hoy espera que ha de venir la salvación; y en cada una de esas puertas no pondremos un rótulo dantesco que diga: Lasciu' teognisperans^a, sino este otro más consolador, más humano, muy profundamente humano, imitado de San Agustín: Noli f oras iré; in in^ ieriore Hispanice habitat peritas.»
22 Así como este otro, que se halla algunas pági- nas más adelante, y que sirve de complemento al anterior: «Puesto que hemos agotado nuestras fuerzas de expansión material, hoy tenemos que cam- biar de táctica y sacar á luz las fuerzas que no se agotan nunca, las de la inteligencia, las cua- les existen latentes en España, y pueden cuan- do se desarrollen levantarnos a grandes crea- ciones que, satisfaciendo nuestras aspiraciones á la vida noble y gloriosa, nos sirvan como ins- trumento político reclamado por la obra que hemos de realizar.»
El Idearium, i pesar de su importancia, pasó desapercibido; nadie (que yo sepa) dijo una pa- labra de él; fuera de Granada, la prensa de Ma- drid, que dedica artículos de fondo, con hiper- bólicos encomios, á los versos chulescos de Ló- pez Silva y otras cosas así, no se fijó siquiera en este libro de tan jugosa labor intelectual. Al año de publicado, una dichosa casualidad, el amor á todo lo granadino del ilustrado Catedrático se- ñor Segura, lo ha llevado á manos del Sr. Una- muno, joven Catedrático de Salamanca, que en •poquísimo tiempo, por su estilo vibrante, inten- ción demoledora y gran ilustración, se ha coló- 23 23 cado, casi por asalto, en la vanguardia de nues- tros escritores; el cual, con el título El porvenir de España, ha publicado acerca del Idearium una curiosa serie de artículos, que dieron lugar á amistosa contestación de Ganivet y á otra ré- plica de Unamuno: estos artículos han venido así á constituir un Apéndice del Idearium. De buena gana echaría mi cuarto á espadas sobre tema tan interesante, sobre todo porque bien lo merecen ciertas atrevidas afirmaciones; pero tengo todavía algo más que decir de Ganivet, y temo abusar de la paciencia del lector. Quédese esto para otra ocasión; que ideas tan transcen- dentales, como las que apunta el Sr. Unamuno, nunca pierden su actualidad. Lo lamentable es que jóvenes que tratan de levantar el espíritu nacional; que se inspiran en tan noble deseo ■como el de ilustrar la conciencia colectiva con ideas puras, pongan el ideal demasiado lejos, en utopias, que reclaman paladinamente en un es- piritualismó de perfección inasequible, en un pseudo-cristianismo que participa de los erro- res de antiguas sectas...Verdad es que estos errores tal vez no ten- gan otra raíz que algunas palabras tomadas en sentido equívoco. El que discurre lo hace siem- 24 24 pre sobre ideas ó núcleo de ideas; y como el dis- currir, ó sea lo que llamamos filosofar, puede ser una afición y hasta un vicio, y como las ideas se representan por palabras, el que discu- rre de prisa las emplea de prisa, sin pararse á de- purar su verdadero significado, atribuyéndoles uno peculiar ó subjetivo; así es que hay filóso- fos que dicen grandes desatinos, y, sin embargo, no los piensan, porque entre sus ideas y sus pa- labras hay una disconformidad completa; y mu- chos sistemas é ideas erróneas proceden de esta falta de conformidad en los términos, como di- ría un escolástico. Si Ganivet, por ejemplo, al definir el misticismo, dice que «no es más que la sensualidad refrenada por la virtud y por la mi- seria,» quiere decir algo exacto y profundo; pero no emplea bien la palabra «sensualidad,» por- que ésta no es más que vicio ó abuso de los sen- tidos en contra de su propia naturaleza; de modo que un hombre no se puede decir que es sensual sino cuando abusa de hecho actualmen- te de sus sentidos, en contra de la ley natural; como no se puede decir de una persona que es ladrón sino cuando roba, aunque toda su vida esté sintiendo un vivo deseo de poseer riquezas que no tiene: puede haber, por consiguiente, una as as grande y exquisita sensibilidad fisiológica y mo- ral, y no llegar á la sensualidad, que es cuestión de hecho y no de capacidad orgánica.
Gon este ejemplo basta para sospechar que al- gunas ideas que aparecen en el Idearium, como -verdaderas paradojas ó herejías, tal vez sean de- bidas á palabras cuyo sentido es incompleto ó inexacto. Líbreme Dios de creerme con autori- dad para corregir á nadie, y menos á quien re- conozco con un entendimiento superior; hay quien cree que. el hacer objeciones es ya un co- nato de coerción del pensamiento, de autorita- rismo, de arrogancias de superioridad, sin pen- sar que precisamente la crítica la ejercen los humildes, los inferiores, y que la ausencia de crítica y el que cada cual se adhiera á su verdad subjetiva, sin contradicción, aparte de que nos llevaría al escepticismo universal, sería la ne- gación de la razón y de la libertad. El que posee una idea tiene que defenderla de las afirmacio- nes contrarias, pues si éstas le fueran indiferen- tes, no tendría aquélla por verdadera. De aquí que la polémica sea ineludible y que el que filo- sofa ó discurre en público, y establece teorías y hace afirmaciones, tenga que aguantarse con las objeciones de todo el que defiende su verdad, y 26 26 -que aun los más humildes tengan derecho de ar- gumentar en contra, y no dejar al filósofo, por elevado y sublime que sea, que levante edificios ásu capricho, desfigurando las ideas comunes á su gusto y haciendo mangas y capirotes de ellas, como si no fueran patrimonio de sus semejan- tes. Hoy la reacción, en el fondo injusta, contra la democracia, ha puesto de moda el encumbra- miento de los genios, creyéndose que éstos tie- nen derecho á romper con todo; habiendo quien defiende en serio — sin ir más lejos, entre nos- otros un hombre de gran ilustración, á pesar de sus atrocidades, como Pompeyo Gener — la ti- ranía de los más inteligentes, lo cual no es más sino volver á la ley de castas. La divulgación extraordinaria de obras como Los Héroes, de Tomás Carlyle, y el entusiasmo fanático de los franceses por Napoleón, prueban que estas ideas de la hegemonía del genio han pasado desde los libros que francamente sostienen la teoría del superhombre, desde Taine hasta el libro titulado Les SurhumainSy á la opinión vulgar, creyén- ' dose que media humanidad debe dejarse arras- trar ciegamente por las ideas de los superhom- bres...Como se comprende, esto no es sino in- dicio del estado de profunda anarquía intelec- 27 27 tual, del espantoso escepticismo de las muche- dumbres que, habiendo perdido las propias ideas, sienten deseos de dejarse arrastrar por cualquier •extraviado, por cualquiera que les habla dema- siado alto ó demasiado rudamente, con ide£ts vibrantes que rompan la sublime monotonía del sentido común...Casi simultáneamente con el Idearium, apa- reció La conquista del reino de Maya por el úl- timo conquistador español Pío Cid, originalísi- ma novela que dejó perplejos y como aturdidos á los admiradores de Ganivet.
Un aventurero español, Pío Cid, por peripe- cias extraordinarias, llega al desconocido reino salvaje de Maya, en el centro de África, y allí, desde el cargo de gran sacerdote y arbitro su- premo de los infelices mayas, se entretiene en ¡ugar con ellos á las reformas, en emplearlos como anima vili para sus caprichosos experi- mentos sociológicos.
Pío Cid es un filósofo de la peor especie; no es un tipo español, pues aunque con éste se avenga bien lo de aventurero y osado, sóbrale en cambio la filosofía pesimista, el cinismo y perversidad incompatibles con nuestra legenda- ria generosidad y nobleza. Barbarie y perfidia 28 28 hay indudablemente en muchas de las empresas de nuestros conquistadores: en los Cortés y Al- varados, en los Pizarros, Almagros y Pedr arias; «ncuéntranse en ellos rasgos de groseras pasio- nes, hijas de la falta de educación, pues Alma- gro fué guardador de puercos, y todos ellos sol- dados indisciplinados y aventureros; pero estas manchas se compensaban con su heroísmo épi- co, con sus ideales soberbios de ambición y grandeza, y, sobre todo, con su entusiasmo por la patria y la religión.
Pío Cid, en cambio, hecho conquistador mo- ral por las circunstancias, es una especie de Schopenhauer andaluz, para el cual la vida es una comedia sin interés, y los hombres anima- les, que no tienen de bueno más que la facilidad con que se dejan engañar por otros más hábiles y bribones; dada la cultura que el lector le su- pone, no se concibe tal cinismo, tal ausencia de sensibilidad: Pío Cid padece la indiferencia, la falta de remordimientos, la jpaj?:^a morale de Lombroso. No hay violencia en suponer que quien ve en el asesinato un pasatiempo, quien toma á juego la muerte de sus hijos, quien cree excusable y útil la falta de honor, quien defiende como mejor política la del embrutecimiento, y 29 29 como instituciones beneficiosas la poligamia y la poliandria, no es sino un loco criminal ó un criminal loco, entretenido en burlarse de aque- llos salvajes, á los que embrutece y engaña, de- jándoles, en vez de una idea moral, las corridas de toros, los escalafones para los empleados, el uso del alcohol...y el himno de Riego. Es claro que todo esto no es sino una finísima sá- tira; pero esta sátira ¿á dónde va á parar? ^Es á poner en ridículo el afán civilizador de los pueblos cristianos? ¿Es contra la idpa humani- taria de la posibilidad del progreso de ciertas razas inferiores? ¿Es, en suma, una burla san* grienta de la misma civilización europea, cu- yas conquistas, vistas así al desnudo en una so-- ciedad virgen que las recibe inconscientemen- te, resultan ridiculas pantomimas?...No está clara la intención del autor: el lector cree, á veces, haber dado en el quid, atribuyendo á ciertas teorías de Pío Cid un sentido simbólico determinado de crítica social; pero ve en se- guida que el mismo Pío Cid se burla de sus teo- rías y de sus obras, y acepta las contrarias. Pu- diera pensarse que Pío Cid era un conquistador, un aventurero español á la moderna, que en vez de las armas lleva reformas é ideas nuevas;.
30 30 pero en vista de la terrible sátira que emplea y de los fines que se propone al plantearlas, ^* quién puede tomar en serio tales creaciones?
Descartado, pues, todo pensamiento ó idea dominante, hay que ver en este libro una rela- ción novelesca originalísima, que sirve de pre- texto para satirizar muchas ideas convenciona- les de la civilización moderna, y otras que, por no ser convencionales, merecían más respeto.
Como obra literaria, es admirable la sencillez de su estilo, que sin levantar el vuelo ni hacer t>stentación del más nimio adorno, tiene el can- dor y la ingenuidad agridulce que caracteriza i las obras clásicas; el maravilloso alarde de inge- nio para llevar adelante una narración en que interviene tanto personaje, de tan raros nombres y extrañas figuras, y en que se van desarrollan- do peripecias innumerables y sucesos complica- dísimos; el profundo estudio que revela de los pueblos salvajes.
El lector se queda atónito á medida que avan- za en la lectura, y comprende que todo aquel reino de Maya, con su rey y sus reyezuelos; con sus ciudades, cuya posición topográfica y ca- rácter local se describen admirablemente; con 4iquella innumerable serie, de uagangas, peda- 3í 3í g(^os, nnanis, etc., etc., y todas aquellas cere- monias, afuiris, uouesus, días muntus, progre- sos, reformas, guerras, revoluciones, reacciones y crímenes, tan gráficamente pintados y minu- ciosamente descritos, no son sino una ficción pura, juego caprichoso, para tomar á broma todo lo existente en África...y en Europa.
De los Trabajos del infatigable creador Pió Cid y cuyo primer tomo está ya impreso, no pue- do decir una palabra porque aún no se ha puesto á la venta, y además es menester esperar el se- gundo para poder apreciar la obra en su con- junto.
* * * Mézclase en las obras de Ganivet, á ese hu- morismo altanero, el gracejo castizo granadino, que no es, como generalmente se cree— sobre todo fuera de Granada, donde nadie nos conoce, — la gracia andaluza, chocarrera y vistosa, sino cierto espíritu malicioso y zumbón; la oportu- nidad para el chiste, que nunca es grosero, y, sobre todo, una espontánea amenidad.
Cualquiera que las lea echará de ver en ellas la dote literaria que constituye el sello especial 3» de los genuínos escritores granadinos, que osten- ta, sobre todo, en Granada la bella, en el Idea- rium y las Cartas, pues sin proponérselo, y aun yo creo que trabajando en contra de ello, posee esa amenidad y transparencia que hallamos en los nuestros, en Martínez de la Rosa, en el Mar- qués de Gerona, en Alarcón, en Castro y Serra- no, y hasta en los del día, como Eguílaz, Afán de Ribera, Méndez Vellido, Gago y Almodóvar.
Pero bueno será, por si este libro va á parar á manos de algún crítico que lo mire de arriba abajo como á un bicho raro, insistir sobre esto, para que no confunda la cualidad de granadino, que reclamo para Ganivet, con apetitos de regio- nalismo, sino que se sepa que es algo real y po- sitivo, que existe.