i85 sentar el papel del coro.de la tragedia griega; á la hora de espectáculo me fui yo aburrido, y { acaso no habían dicho todayía nada de particu- lar. Los largos intervalos de la acción deben de servir para que el público tenga tiempo de saborear lo que queda dicho; y así ocurre que cuando dicen alguna gracia, hay espectador chi- no que se pasa cinco minutos riendo á carcaja- das sin temor de perder la gracia que viene después. Un conocido mío que ha concurrido á representaciones teatrales en China, me decía que lo que más le interesaba era el reir de los chinos, semejante al cacareo de los gallos, y la extraña costumbre de lavarse durante los in- acabables espectáculos. Cuando el calor es in- soportable, se aprovecha uno de los intervalos para llamar á unos hombres que van por los teatros — comg por los nuestros los vendedores de agua y merengues — con jofainas y toallas: por una cantidad insignificante se lavan las ra- padas cabezas y se quedan frescos como lechu- gas. Y bueno será declarar que con una sola toalla se lavan centenares de personas, con un espíritu de fraternidad que para nosotros lo qui- siéramos los cristianos de Europa.
Pero noto que la digresión es demasiado lar- ga, y lo que es peor, que no tiene nada que ver con el libro que reseño. Mi idea era demostrah lo difícil que es comprender las obras de civi- lizaciones distintas de la nuestra y justificar á Lundgren de los disparates que comete, menos graves que los de muchos europeos que han in- testado dar á conocer nuestra fiesta tauromá- quica. Buena ó mala la descripción de Lund- gren, es la más conocida por estas alturas. Con elia, la ópera Carmen y algún que otro cabo suelto, basta para que se nos tenga por un pue- blo aparte en el «concierto europeo.»
Después de la corrida de toros habla nuestro autor de una juerga en un ventorrillo de la Al- hambra, organizada por varios estudiantes ami- gos de un profesor Cubí, compañero de viaje de Lundgren desde Valencia. El héroe de la fiesta fué un «canónico» llamado D. Pedro, que, invi- tado por uno de los estudiantes, entra diciendo: «Ave María Purísima,» y concluye por gritar *Evviva las mozitas;» «¡Ay de mí!» y aquello «Del cielo luciente estrella, Granada bella.» Aunque el canónigo resulta luego ser cura á se- cas, da un tono demasiado vivo á este cuadro, que termina por algunas frases sobre la proce- sión organizada en honor de la Infanta.
Luego de hablar nuevamente de la Alhambra y de sus inscripciones, y de describir la «Torre de la Cautiva» y la «Puente de las Avellanas» (como él dice), da cuenta de un interesante baile que tuvo lugar en la Alhambra, y que fué or- ganizado por la Maestranza en honor de los Du- ques; y para hacer pendant, de una danza gita- na, con cuya ocasión habla de la ilustre gitane- ría granadina. El capitulo termina con la des- <^r¡pción de la procesión anunciada y con una i87 excursión nocturna interrumpida por un des- templado «¿quién vive?» al que contestó Lund- gren con el alma y con el corazón: «¡España!» Y lo dejaron pasar.
Sigue hablando el autor de los temas más va- riados: del cochero Napoleón y de una subida al «Monte Sacro,» desde donde describe con entu- siasmo nuestra vega, y de su excursión á la Sie- rra Nevada, emprendida con arreglo á los sanos principios de la ciencia alpinista. Refiere sus impresiones de viaje; su vistazo á Granada des- de el sitio que él llama «el último suspiro del moro;» sus paradas en Lanjarón y Orjiva, y su feliz encuentro con unos estudiantes y varias señoras montadas en muías. Bien pronto se or- ganizó una fiesta, de la que fueron héroes una de las señoras, llamada Donna Leonora, y el es- tudiante D. Alfonso. De Doña Leonora conser- vó la siguiente expresiva copla: c<No yo temo á las partidas, Ni tampoco á los caminos; Se va á un lado un mozo tino, Esencia del bien querer.»
Y D. Alfonso le dio á conocer, refiriéndola á todos los reunidos, la Leyenda de Abdul Has- san, que llena ella sola i5 páginas del libro. El 22 de Julio tuvo lugar la ascensión á la Sierra, Los expedicionarios éramos cinco — dice el sueco aprovechando la ocasión para arañar un i88 poco á sus «amigos» los rusos: — Garhardt, Frie- <írich (dos amigos alemanes) y yo; un ruso, Ru- loff, y el mozo ó mulero. Subieron al Picacho para ver la puesta del sol; y encaramado en aquella altura, Lundgren descrjbe el panorama •con tan brillantes colores, que no creo haya si- do superado por ninguno de los infinitos á quie- nes ha inspirado nuestra sierra. Al día siguien- te nueva ascensión para ver la salida del sol, y íiuevo cuadro pictórico, más brillante aún que «el primero; el entusiasmo lleva á nuestro artis- ta á decir: «Aquello era níajestuoso; era süpra- terreno: parece que entonce vi yo el sol por primera vez en mi vida,» De regreso de su excursión, Lundgren decidió dejarnos; serfespidió de la Alhambra y de Car- men y su familia, y tomó asiento en la diligen- cia de Málaga, en el pescante, entre el mayoral y el zagal, entre el «cochero y su primer minis- tro.» La muía que va delante — dice el viajero — se suele llamar «Generala,» «Capitana» ó «Brio- •sa,» y las demás «Carbonera,» «Coloevra,» «Va- lerosa» y «Pastora.» Desde Málaga, por Gibral- tar, Tarifa y Cádiz, á las que dedica muy pocas líneas, se dirigió á Sevilla, donde le chocó en primer término lo estrecho de las calles y la poca altura de las casas; pero agrega: «No co- nozco ninguna ciudad que, como ésta, se haya apoderado de mí desde el primer instante.» Desde el primer día Lundgren se encontró en Sevilla como en su casa; halló entrada en «ter- 189 tulias» y reuniones familiares, y trabó amis- tad i:on muchas personas, de las que nos habla continuamente: el pintor alemán españolizado D. Federico Ludwig; D. Marcos Pereda, que^ sacó á Lundgren de casa de la señora María. Francisca y lo llevó á la de Barrera, en la calle de la Muela; el actor Osorio; los hermanos Bon- tolón; el americano Villamil, y casi todos los. concurrentes al Casino Sevillano. La parte del libro dedicada á Sevilla es la única en que apa- recen cuadros de la vida española. En Granada lo principal son los monumentos y los paisajes; en Sevilla los tipos y costumbres: se habla mu)r someramente de la Catedral, del Alcázar, de la Casa de Pilatos, del Hospital de Caridad; pera abundan los croquis de escenas andaluzas: un baile ejQ casa de Miguelito, donde el autor vió^ bailar «el fandango, la cachucha y la sandunga;»- bailes gitanos, tipos del barrio de Triana; rela- ción de la desventura amorosa de Pepa la Bru- ja; romería á Torrijos; excursiones marítimas; entierros y muchos más, que en conjunto dan una idea aproximada de la vida sevillana á me- diados del siglo. Como es natural, siendo el cro- nista pintor, la parte más extensa es la dedicada á la escuela de pintura y á los artistas sevilla- nos y á los tipos pintorescos andaluces, de los cuales, en particular de mujeres, ofrece al lector una riquísima galería. De algunas bellezas lleg6 hasta á hacer el retrato, y de ellos cita -los de la señorita Encarnación Reyna, hija del boticaria 190 de Algeciras; de Carmen Buzón, famosa bolera que volvía loco á todo el mundo bailando «el ole,» y de la graciosa Jesusita.
Después de una breve estancia en Córdoba, i^donde sólo le llamó la atención el «Arrizife,» las ermitas, una comida en que hubo garbanzos y tomate y buen vino de Valdepeñas y Monti- Ua, y la Mezquita, regresó Lundgren á Sevilla, en la que cpntinuó sus estudios «juerguístico- pictóricos:» encierros, cacerías, escenas tauro- máquicas, historias de bandidos (hay una muy sugestiva con el melodramático título de «Et Chatos doed» — «La muerte de El Chato);» — des- <:ripción de la Feria; bailes en casa de Félix García (el primo de la Malibrán); en fin, e] cuento de nunca acabar. Dú folklore sevillano trae Lundgren sólo estas dos coplas: «Piensan los enamorados. Piensan, y no piensan bien; Piensan que nadie los miran, Y todo el mundo les ven;» aNo mí haga usted cosquillas, Que mi pongo colorada, Que mi gusta á mí la gente Que tiene formalidad. Coa el vito» vito, vito, Con el vilo, vito, va; etc.»
Nótese la perspicacia instintiva con que el sueco caracteriza dos regiones desconocidas pa- IQI ra él con sólo dos coplas: la Andalucía alta es- tá en la copla «De la esencia del bien querer,» que canta Doña Leonor en el camino de la Al- pujarra; la Andalucía baja en la canción del «Vito, vito,» «Sevilla, oh Sevilla— concluye Lundgren, — corona de la primavera, — dulce país de mi morena, — alegría de mi corazón.)^ De Sevilla vuelta á Córdoba, deteniéndose en Carmona, descripción de la Mezquita, y regreso á Granada por Bailen. Guando regresó á Se- villa, entró en la ciudad como quien vuelve á su casa; al regresar á Granada no aparece en su relato más que la Minerva, Arabal, Garmen, el cuarto en la Alhambra y la indispensable gita- nería. Hay que reconocer que éramos muy aris- cos en 1849: entonces no hacíamos caso de quién nos visitaba. Hoy es otra cosa: en iSgS nos vi- sitó uno de los escritores franceses de más nom- bradla entre los jóvenes, Maurice Barres, quien ha escrito y piensa escribir en serio sobre cosas de España; y aunque le ocurrió lo mismo que á Lundgren, tuvo siquiera la satisfacción de protes- tar en letras de molde en una carta publicada en El Defensor. Lo único nuevo de que nos habla el pintor sueco en su segunda visita es de sus pa- seos por Granada, en los que salen á relucir el Zacatín, «La puerta de las Orejas,» llamada tam- bién de «Los cuchillos,» los Mártires y algún de- talle olvidado en la primera.
En comparación con Andalucía, el resto de España le pareció á Lundgren muy prosaico; 192 su estancia en las demás ciudades españolas que visitó fué breve, y sus impresiones muy ligeras. De Madrid sólo le interesó la Puerta del Sol y el Museo; de Toledo, á donde fué recomendado por la «amable señorita Emilia de Gayangos,» da una descripción muy sumaria, pero en la que se aprecia bien en conjunto el carácter his- tórico y artístico de la ciudad; por último, hizo breves visitas á Cuenca, Valencia y Barcelona, desde donde se embarcó para Londres.
Del interesante viaje de Egren Lundgren se destacan con gran relieve sobre los demás las dos ciudades andaluzas, Granada y Sevilla, cada una con su carácter propio. Granada es la ciu- dad que encanta por el color, y Sevilla la que seduce por la gracia: en Granada lo principal es la.luz, el paisaje, los monumentos; en Sevilla, la vida, los tipos, las costumbres. En el relato de Lundgren aparece Granada como adorme - cida y casi muerta; faltan «personas:» sin duda en 1849 todos los «hijos ilustres» de Granada es~ tabaade viaje, y los que no eran ilustres esta- ban metidos en sus casas. El único apellido gra- nadino que cita el autor es al de Marín, á cuya casa fué alguna vez. Si hoy volviera á nuestra ciudad, encontraría menos carácter morisco y romántico y la misma oposición entre la ciudad y los habitantes; en Granada hay dos cosas in- mutables: el ambiente, que por fortuna está fue- ra del alcance de los reformadores, y el filoso- fastro pintado magistralmente por Méndez Ve- 193 193 llido en su artículo Lo inmutable, el hombre telaraña que se sonríe con desprecio de todas las escobas inventadas por la moderna civiliza- ción. Todos nosotros, quién más, quién menos, tenemos algo de telaraña: andamos arrincona- dos para que nos «dejen el alma en paz.» Somos perezosos, y cuando creamos algo, nuestras crea- ciones, hijas de la pereza, se mueren al poca tiempo por no tomarse el trabajo de vivir.
Se trata de crear en Granada algo que sea como un núcleo de vida espiritual: se funda, por ejemplo, un Centro artístico; y este Centro co- mienza á seguida á dar tumbos, y sus papas 6 fundadores lo^ven morirse con una calma digna de los más aplaudidos estoicos. La causa de eso, se dice, es «la falta de espíritu de asociación;» y dicho esto nos quedamos más tranquilos toda- vía. Pues bien: aquí donde yo escribo hay mu- cho espíritu de asociación; y las Sociedades na tienen socios bastantes para cubrir los gastos, por lo mismo que son muchas y la población es pequeña. Ocurre todos los días que ésta ó aque- lla Sociedad no puede seguir adelante, y en- vez de lamentarse de la indiferencia del público, de- cide sacarle los cuartos con la mayor suavidad posible y organiza una «función de auxilio,» co- mo aquí se dice, con el concurso gratuitode los que se interesan por la Sociedad. No-há mucha dio una la Sociedad filarmónica, y he oído decir que sacó más de cuatro mil duros limpios de polvo y paja.
13 19+ Y donde quiera que se aplique el sistema de la forma aquí usada, el resultado es seguro, por- que el público acude siempre que le tocan en el punto sensible. Una función de auxilio es inte- resante, porque no es un espectáculo vulgar, con artistas pagados, sino una obra de la Socie- dad misma: los que hoy asisten como especta- dores, mañana serán los ejecutantes. Un cate- drático da una conferencia; una señorita baila, y la otra canta; las que no tienen habilidad para otra cosa sirven para figurar en cuadros vivos, en los que se reproducen cuadros de artistas cé- lebres; las señoras serias regalan labores, que se venden- en una rifa organizada para llenar los intermedios del espectáculo; hay quien recita poesías, y quienes dan representaciones dramá- ticas de obras escritas con este objeto por escri- tores locales, y hasta suelen terminar estas fies- tas por un baile general. Todas estas cosas hay medios de hacerlas en Granada, salvo en lo to- cante á la intervención de las señoritas, que pondrían reparos para salir á las tablas de un teatro á bailar y á figurar en cuadros vivos; ha- bría que contentarse con que tocaran el piano ó cantaran. Pero por algo se ha de empezar. La di- ficultad mayor es nuestro carácter, nuestro temor á echar á la calle nuestras miserias, nues- tra costumbre de aguantarnos en silencio para no desentonar y de regirnos individuos y socie dades por la sapientísima regla de conducta: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Es- 195 tas prácticas no tienen más inconveniente que •el de impedir que se forme espíritu colectivo. ^Cuatro siglos largos después de la toma de Gra- nada nos hallamos con que nuestra ciudad ha dejado de ser morisca para convertirse en aglo- meración sin carácter. Tenemos todo lo que necesitamos: el paisaje y el hombre filósofo, el pinon udor (lo diré en griego para mayor cla- ridad), el último retoño de Diógenes, el herede- ro del espíritu helénico. Pero este sabio, quizás por ser verdaderamente sabio, es un grandísimo holgazán y no ha querido hasta ahora molestar- se ni siquiera para ponerse donde le vean. Por eso no le han visto ni Lundgren ni ninguno de los viajeros que nos han visitado y estudiado* Y <jranada continúa siendo una ciudad morisca sin moros, porque algo se ha de decir para en- tretener al honrado público.
I» -.
XII Vistas, pais£ge8 y cuadros pintorescos finlandeses.
La única persona á quien yo envidio á ratos en el mundo es un gallego natural de Viana del Bollo y casado con una sevillana graciosísima, Gloria Bermúdez; y no le envidio la mujer, sino la facilidad que Dios le dio para describir todas las cosas. «Ceferino Sanjurjo, poeta descripti- vo,» reza la tarjeta de este hombre feliz, dado á conocer por Armando Palacio Valdés en su no- vela La hermana San ' Sulpicio, y recordado por mí siempre que cojo la pluma para descri- bir algo y la suelto sin haber descrito nada. Sin duda tengo atrofiada la circunvolución cerebral donde habita el genio de las descripciones, por- que de otro modo no me explico que teniendo dos ojos perfectamente sanos, una memoria fiel y una voluntad decidida, no me sea posible dar <cuenta de lo que veo.
Un amigo mío, que me trata con mucha con- fianza, me ha llamado seriamente la atención acerca de esta debilidad de mis facultades des— 198 criptivas: — Casi siempre empiezas bien — me di - ce; — pero á las pocas lineas te tuerces, y en lu- gar de decirnos lo que ves, nos dices lo que pien- sas sobre lo que ves; lo que tú nos envías no son impresiones, sino opiniones: las impresiones te las guardas para mejor ocasión. Los lectores que hayan tenido la paciencia de leerte han perdido el tiempo y no tienen idea de lo que es ese país: tienen ideas teóricas sobre los habitantes; pero desconocen la manera de vivir exteriormente; cuándo, por ejemplo, la temperatura es de 20 ó 3o grados bajo cero, cuándo el sol no alum- bra ó cuándo nieva varios meses seguidos. Allí debe ocurrir algo curioso y digno de mención, algo más interesante para un meridional que todo lo que llevas escrito hasta ahora.» Ante quejas tan fundadas, he tenido que someterme é hilvanar esta carta, que será descriptiva hasta el pumo que mis fuerzas la consientan.
El frío. Voy á sorprender á mis lectores di- cténdoles que aquí no hace frío. Deatro de las casas se vive en perpetua primavera, y en la calle, envuelto en pieles, suda uno más que en verano. Sólo la cara, que tiene que ir al descu- bierto, se resiente de las caricias un tanto bru- tales de la nieve y el viento. De 10 grados para abajo, la barba se hiela y la cara se adorna con un marco de estalactitas; cuando se vuelve á casa después de pasear un rato, de cada pelo cuelga un carámbano, y al sacudirse suena uno como una araña de cristal. A los 20 grados lio- 199 ran hasta las personas menos sensibles, y hay que tomar precauciones contra la congelación. En el interior, y al Norte del país, donde los fríos son más intensos y persistentes, ocurren desgracias todos los años. En los casos de con- gelación, si no se acude á tiempo con frotacio- nes de nieve y ^e presenta la gangrena, hay que amputar las partes congeladas: las narices y las manos son las que corren mayor peligro.
En las ciudades, con los medios de que se dis- pone para luchar contra el frío, los inviernos son agradables. Los días de frío fuerte son con- tados y pasan antes de que se los sienta: la tem- peratura corriente, de lo á 12 grados bajo cero, convida á pasear y á hacer excursiones en tri- neo por los campos cubiertos de nieve ó por los mares helados. Un finlandés me decía que no sabía lo que era pasar frío hasta que se fué un invierno á Niza, á lo cual le contesté yo que los únicos inviernos en que yo no había sentido ningún. frío eran los dos pasados en Finlandia. Aquí tienen termómetro hasta los pobres de so- lemnidad, y se sabe que hace frío porque el ter- mómetro lo dice; la gente se abriga más ó me- nos, según baja ó sube la temperatura. Aún no he visto tiritar á nadie.
A mí me sirve de termómetro mi «staederska,»> mi pasante; cada día se presenta de un modo diferente: con pañuelo en la cabeza; con pañue- lo y mantón; con chaquetón de cuero, ó con ca- potón de pieles y gorro que le tapa hasta las 200 orejas: son cuatro ó cinco gradaciones termo- métrico-indumentarias. A veces llega con un brazado de leña para prepararme el baño, y casi cubierto de sudor me dice: — Hoy hace mucho frío: 12 grados bajo cero.
Lo que angustia más no es el frío, es la falta de sol: más luz da el suelo nevado que el cielo gris, triste como el rostro de un mudo; á veces una mancha rojiza marca el sitio por donde el sol quiere asomarle; algún día el sol luce al fin; pero sus rayos no calientan ni dan vida al pai- saje, siempre silencioso, solemne.
La primera impresión que me produjo este país fué de tristeza. Llegué en invierno, y los campos, como los lagos, como el mar, estaban sepultados bajo la nieve; acá y acullá residen- cias veraniegas cerradas y viviendas de labra- dores, casas de madera pintadas de rojo muy obscuro; de tarde en tarde, grupos de casas, al- f deas de aspecto pobre, y en algunas, no en to- das, iglesias tan sencillas como las casas. El hombre pasa sin dejar apenas rastro. Se le ve caminar pesadamente con los brazos caídos, y á lo lejos parece, más que un ser humano, un topo que sale un momento de su topera; sus pi- sadas forman en la nieve sendas tan tristes y solitarias como las que van por entre los sepul- cros en los cementerios.
En las ciudades, el poder nivelador y destruc- tor de la nieve se halla hasta cierto punto con- trabalanceado por otro poder muy prosaico, i 20I pero muy benéfico: el de los barrenderos in- numerables que barren las calles continuamen- te, y las tienen más aseadas que las de aquellas otras poblaciones donde cae agua en vez de nie- ve, y;no se puede dar un paso sin llenarse de ba- rro hasta las rodillas. Pero noto que empiezo á torcerme, y que en lugar de describir estoy alu- diendo á la mayoría de los Ayuntamientos de España.
La primavera es un período de combate. La naturaleza no se va despertando poco á poco, sin esfuerzo ni violencia, sino quede la muerte renace á la vida con maravillosa pujanza. Antes que el sol derrita por completó la nieve, ya está el labrador labrando sus campos; todo crece co- mo por arte de encantamiento: las hojas, las flores y los frutos se atropellan por salir en bus- ca de sol, como si temiesen no llegar á tiempo; y en medio de esta orgía, de este despliegue de fuerzas acumuladas durante largos meses de le- targo, sigue flotando en el aire la serenidad, la calhia, el silencio de los días invernales.
En un libro de extremada delicadeza, en el Trésor des Humbles, ha descrito Maeterlinck en frases sutiles, casi vaporosas, el alma de los niños predestinados á morir en los primeros años de la vida. Él los distingue de los demás en cierto aire de tristeza, que les nubla el sem- blante; cree ver en ellos signos misteriosos de esa ineluctable predestinación. Finlandia es co- mo esos niños: el espíritu del país es siempre 202 triste; en invierno vaga solitario sobre planicies blancas, inacabables, sin hallar donde acoger- se; en verano lleva consigo el presentimiento de un próximo fin. Hay un período de muerte y otro período de vida; y en la lucha entre am- bos, la muerte es la que triunfa, es la que im- prime carácter al territorio, porque ella es lo substancial, lo permanente, lo verdaderamente eterno. Cuando empieza á caer la nieve, la atro- pellada vida estival, disparada como castillo de fuegos artificiales, se desvanece, dejando tras de sí, por testigos, los árboles convertidos en esqueletos.
Cuando la nieve se va, queda el agua. Finlan- dia es un país que va naciendo conforme se va retirando el mar: aún no ha acabado de nacer. El suelo muy quebrado, rocoso, y la vegetación desigual, que de él brota, despiertan á veces, como en los casos de atavismo, el recuerdo de una vida submarina. Lo característico del pai- saje es la alianza de la tierra y del agua: el lito- ral no es recortado, sino que al concluir la tie- rra firme hace aún asomadas en el mar; todas las costas están sembradas de archipiélagos. En el interior hay también pequeños mares con sus grupos de islas. Finlandia es el país de los mil lagos: muchos de ellos forman á modo de siste- mas ácueos con sus núcleos centrales, y son vías de excelente comunicación entre las diversas partes del territorio. Son innumerables los rápi- dos canales y cataratas, algunos muy visitados^ 203 como los de Imatra y Vallinkoski, ó los diques naturales, como el celebrado de Punkaharju, que separa los lagos de Saima y Puruvesi.
Sometido á la influencia de este medio semi- líquido^ el finlandés es el hombre más acuoso de Europa: su color es algo aguanoso; su cabello es por lo general rubio húmedo (si se me per- mite inventar este matiz); sus ojos serenos y po- co expresivos, tienen algún parentesco con los- de los peces; y por su afición á remojarse el cuerpo merece ya, francamente, ser clasificada como un bimano del orden de los anfibios. Hay baños que duran tres y cuatro horas, y en los. que se saturan de agua hasta las partes más re- cónditas del organismo; en el campo se bañan las familias en masas: el abuelo y la abuela; el padre y la madre; los hijos y las hijas, y si los hay, los nietos y biznietos, sin distinción de se- xo ni edad, todos en cueros vivos, formando cuadros candorosos paradisiacos. En las ciuda- des no es esto posible; pero queda aún la respe- table institución del baño para hombres, servi- do por señoritas bañeras, y en el campo se ha perdido también la pureza de las costumbres- patriarcales y ha caído en desuso una práctica muy loable: al llegar á una casa un huésped, el primer agasajo que recibía era el baño: la seño- ra de la casa cogía por su cuenta al recién lle- gado, le conducía al cuarto donde el baño estaba dispuesto, le desnudaba y le escamondaba hasta dejarle más limpio que una patena. Yo .204 encuentro la usanza filantrópic.a y filosófica en alto grado. Cristiano es «dar de comer al ham- briento» y «dar de beber al sediento;» ¿porque iio ha de serlo también «limpiar al que está su- cio,» sobre todo estando el aguatan á mano, co- mo aquí está por todas partes?
Finlandia es triste; pero su tristeza engaña al hombre y le hace creer que vive contento. El período de las nieves es propicio para soñar ale- targado, como reptil que hace su laboriosa di- gestión, y al salir del letargo se cae en la em- briaguez de los días interminables, en que el sol apenas se ausenta, en que desde el lecho, por las ventanas de par en par, ve uno desvanecerse las luces del crepúsculo vespertino, cuando surgen por Oriente las de la aurora. Entre el letargo y la borrachera corre veloz el tiempo y vive uno feliz: sólo turba e^ta tranquilidad la idea vaga <ie una vida más ene'rgica. La gente del país tie- ne acaso el presentimiento de esa vida; pero el •meridional tiene fijo el recuerdo, que á veces asalta violentísimo, y produce la incurable nos- talgia. A mí me asaltó en la primavera, que es la época de las invasiones: los mercaderes am- bulantes, muchos de ellos tártaros, llegan con sus telas orientales, árabes y persas; yo compré •un tapiz tártaro, fabricado en...Silesia. Los alemanes se pintan solos para estas bromas de la industria. Luego vienen los italianos.
Un vendedor de estatuas de yeso se mete por las puertas diciendo: — lo sonó toscano, signore.
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