el español es la de que es uíi hombre orgulloso; acaso la palabra española más conocida y usa- da sea «grandeza,» para indicar Ja elevación. un tanto ampulosa. Después de los franceses, que son más y mejor conocidos, venimos los italianos y españoles como tipos análogos, bien que los italianos sean más dados al arte y nosotros á la guerra. Cuando se habla de viajes, se da siempre la preferencia á Italia, y he oído decir á algunas señoras que á España es peligroso ir, sobre todo señoras solas, porque es «un país sin ley.» Aun- que no lo digan por lo claro, nos tienen por muy valientes; pero al mismo tiempo por muy duros de corazón y semi-bárbaros ó semi-primitivos. / A las primeras palabras, en una conversación, / sale á relucir nuestro catolicismo como signo de 1 atraso intelectual, y las corridas de toros como \ signo de barbarie. Creo que en materia tauromá- quica se podría llegar á una avenencia, pues mis argumentos en pro de las corridas han hecho al- guna mella en mis discípulas y amigas, las cua- les creían, como tantos otros detractores de la fiesta española, que ésta no era artística, sino una especie de espectáculo de matadero; pero en la cuestión religiosa todo cuanto se hable es inútil, porque las ideas contrarias al catolicismo son inculcadas desde la primera enseñanza. Yo he repasado por curiosidad los libros de texto de una de mis discípulas, y en el de Historia he visto que la parte dedicada á España era exac- tísima hasta llegar á la Reforma; desde este 1 69 punto se nos mira ya con ojos más que turbios: Felipe II es considerado seriamente como un «asesino.»
Existe una rara mezcla de ideas exactas y erróneas sobre nosotros, según que unas ú otras provienen de los libros formales ó de las fábu- las que en Europa, y particularmente en Fran- cia, forjan á nuestras expensas los escritores del género pintoresco. Una señorita me preguntó ^de qué región de España era. Soy de Andalu- cía—le contesté. — ¿De la alta ó de la baja?— -me volvió á preguntar. Y al saber que era de Gra- nada, me dio cuantas noticias tenía sobre nues- tra ciudad para comprobar si eran exactas. Todo esto sacando un promontorio de libros y ma- pas que mi interlocutora manejaba con extra- ordinaria desenvoltura. Porque uno de los li- bros decía que los catalanes son industriosos, los castellanos arrogantes y los andaluces vivos, fa- miliares y muy dados á la broma, me he visto y me he deseado para inspirar confianza; y hoy mismo, á pesar de repetidos ejemplos de cordu- ra y seriedad, «mi procedencia andaluza» me perjudica notablemente. Sin necesidad de ser andaluz, sólo con ser español, le miran á uno con prevención en las relaciones familiares, á causa del malísimo concepto en que, como suje- tos sentimentales, se nos tiene. Nos consideran capaces de pasión, pero no de verdadero amor, es decir, de un sentimiento apacible y durable que se traduzca en «soluciones prácticas:» de I70 aquí, piensan, la facilidad con que, creyendo de- cir verdad, mentimos al hablar de nuestros sen- timientos, y la poca conciencia con que nos burlamos de las mujeres que no saben resistir.
Les parecerá á algunos qqe estas opiniones no tienen gran transcendencia, que son conceptos superficiales de esos que sirven de tema soco- rrido en cualquier conversación; sin embargo, esos rasgos que se atribuyen á nuestro carácter: la dureza, la tiranía con la mujer, el desprecia de las leyes y otros de este tenor, son el estribi- llo siempre que se habla de España sobre asun- tos más serios. Con motivo de las guerras que ahora tenemos pendientes, la prensa de aquí es- cribe enormidades contra España: no hay ab- surdo de los que se fabrican á destajo por los enemigos de nuestra nación que no tenga segu- ra acogida; se nos cree capaces de todo género de horrores. Sin duda nuestro papel histórico nos enajena las simpatías de un país como éste, adepto de la religión luterana; pero no se lle- garía hasta la animadversión si no fuera porque la idea absurda que corre como válida acerca de nuestro carácter, sirve de plataforma para fun- dar fábulas odiosas que exciten la compasión en muchas almas sensibles é incautas.
Con ser tan poco favorable la opinión respec- to del español, merece aplauso si se la compara con la que se tiene sobre la española. Algunas señoras creen de buena fe que el mayor mal que puede ocurrir á una mujer es nacer en nuestro 171 país; la consideran como una esclava, casi co- mo una mujer de harén. Reconocen que es be- lla, y acaso de este reconocimiento arranque la severidad con que la juzgan; pero piensan que esa belleza habla sólo á* los sentidos, que no es-* la belleza de un ser inteligente. Con decir que aquí se habla con desprecio de la mujer alema- na, por creerla excesivamente casera, se com- prenderá lo mal parada que ha de salir la espa- ñola, sobre la que se cuentan los más desafora- dos desatinos. — ¿Es cierto que las andaluzas son tan bellas como se dice? — A esta pregunta he contestado yo siempre entonando un himno 6 poco menos en loor de mis paisanas. — Pero ¿es^ verdad también — agregan, — que son tan igno- rantes que no saben siquiera escribir con orto- grafía?— Eso ocurría antes — respondo yo; — pero ahora se ha progresado mucho en esa ma- teria. Las españolas tienen gran talento natural y aprenden todo lo que quieren. El detalle ese que aquí choca de las faltas de ortografía no» tiene importancia en nuestro país, porque nos- otros sabemos que procede del exceso de pasión que turba á las mujeres hasta el punto de ha- cerles cambiar unas letras por otras. La espa- ñola posee la ortografía del lenguaje espiritual,, mucho más necesaria que la de la escritura. Yo,, por mi parte, opino que la ortografía, coma otras muchas cosas, debieran constituir un ofi- cio, el de ortografista ó corrector, y que la ge- neralidad de las gentes debía prescindir de ese y 171 otros estudios que ocupan en el cerebro un es- pacio que hace gran falta para albergar ideas de más transcendencia. Aquí he encontrado ya va- rias personas que hablan y escriben correcta- mente media docena dé lenguas y que no saben decir nada en ninguna: de ellas se puede decir lo de aquel que poseía una grao' colección de instrumentos musicales, pero que no sabía to- carlos.
Pero el punto en que se insiste con verdade- ra saña es el de la libertad. Estas mujeres tienen la manía de la libertad: pueden hacer lo que quieren, y, sin embargo, acusan al hom- bre de déspota; y como creen que las españo- las viven encarceladas y contentas, las juzgan -como seres infelices, sin conciencia de su dig- nidad personal. Una de mis contertulias pre- tendía convencerme de que los hombres meri- dionales tenemos odio instintivo contra las mu- jeres del Norte, porque tememos que «nuestras •esclavas» se nos subleven, siguiendo el ejemplo de las que ya consigliieron sacudir el yugo. — Están ustedes en un grande error si tal pien- san—he dicho yo con gran seriedad: — lo que ustedes inspiran es lástima, y los españoles que las incitan lo hacen á disgusto, sólo porque el matrimonio es cada día más difícil y se ven for- zadas á vivir solas; pero no porque tomen en serio las ideas de emancipación, pues su buen juicio les permite ver que salen perdiendo mu- cho en el cambio. Usted es aficionada á la filo- 173, sofía; quizás haya leído alguna de las geniales paradojas de un filósofo alemán, hoy en boga,. Federico Nietzsche: creo que es en su Mensch- liches, all¡{umenschliches (humano, demasia- do humano), donde expone su opinión sobre la superioridad intelectual de la mujer respecta del hombre, y la razón principal en que la fun- ■da es de sentido común. Prescindiendo de pa- labras vanas, de hecho resulta que la mujer ha dejado en manos del hombre todos los atribu- tos de la autoridad, y con ellos todas las respon- sabilidades y malos ratos que proporcionan. A. más, la obligación moral de sostener á la fami- lia. A cambio de algunas satisfacciones irriso- rias, el hombre se ha resignado á ser el verda- dero esclavo; la mujer ha conseguido vivir á costa del hombre, manejarlo á su antojo en to- dos aquellos asuntos en que le va algún interés,,^ y por añadidura representar el papel simpático^ el de «víctima.» No existe en la creación un ser que supere á la mujer en inteligencia verdade- ra, es decir, en inteligencia práctica: sólo se le aproxima el gato, que en opinión de un escri- tor español, Selgas, es el más listo de todos los» animales, no sólo por haber resuelto el proble- ma de vivir sin trabajar, sino por haberlo re- suelto con achaque de cazar los ratones, diversión ó sport que para él tiene grandes atrac- tivos.
Vistas, pues, las cosas con calma, se pone en evidencia que la mujer española, refractaria á.
la emancipación á causa de su «atraso intelec- tual,» es niucho más sabia que las que necia- mente, se declaran autónomas y cargan con el pesado fardo de obligaciones que los hombres hemos llevado solos hasta ahora. A eso le lla- man los franceses laisser laproiepour rombre, •que podríamos traducir «perder la tajada por roer el hueso.» Una mujer excepcional puede encontrar en la ciencia ó en el arte satisfaccio- íies acaso superiores á las de la vida de familia; pero las mujeres vulgares, que lian de conten- tarse con desempeñar una función rutinaria y poco agradable, no deben de aceptar este me- .clio de vida, sólo porque les deja más liber- tad, como superior al matrimonio. Los que tal •hacen, cuando llegan á la vejez y forman el in- ventario de los goces que les ha proporcionado , la libertad, sentirán envidia de la mujer del pueblo, que, guiada sólo por el instinto, ha sa- bido enamorarse de cualquier ganapán, crear una numerosa prole, y mal que bien salir ade- lante con ella, experimentar las alegrías y pe- nas que la vida va dando de sí; en suma, vivir una vida natural é íntegramente humana.
H XI cEn malares anteckningar» af Egren Lundgren.— Italien och Spanien.
Tredje upplagan. — P. A. Nerstedt Soener.
Stockholm.-1882.
Muchas personas he encontrado en Finlandia que tienen ideas más ó menos disparatadas so- bre la vida interior española, sobre nuestros tipos, costumbres y tradiciones, y la ciudad más conocida es precisamente la nuestra. Como .son contados los finlandeses que han viajado por España, se me ha ocurrido preguntar por qué conducto se tienen todas esas noticias, y siempre se me ha contestado: eso lo he leído en el libro de Lundgren. Nada más natural, pues, que mi idea de comprar el libro del conocido pintor sueco, las Impresiones de un pintor, que figuran en el epígrafe. Y ni estará de más añadir á los detalles que doy, por si algún lec- tor desea comprobarlos, que la obra cuesta seis kronor, ó sea nueve pesetas próximamente, y que va por la tercera edición; porque aquí, en todo el Norte, se compran libros, aunque sean 176 caros. Si á un español se le ocurriera escribir unas Impresiones escandinavas, y venderlas á nueve pesetas el volumen^ tengo la seguridad de que se quedaría con sus impresiones dentro del.cuerpo.
El libro de Lundgren comprende Italia y Es- paña; pero de las 364 páginas de que consta, hay consagradas á Italia sólo 116; el resto está de- dicado á España, y de él cerca de la mitad á Granada, á la que el autor vino dos veces. No. sé si la obra es conocida de algunos españoles, y aseguro que merece serlo; porque si bien el autor es hombre que observa muy superficial- mente, tiene, en cambio, el mérito de ver muy bien, como artista, y de darnos lo que nos ofre- ce: impresiones pictóricas, las cuales interesan por su, exuberancia de color y por referirse á una época relativamente lejana. Lundgren nos visitó en 1849, y su obra, que para los escandi- navos es un descubrimiento, para nosotros es una curiosa y á ratos graciosa exhumación. No será tiempo completamente perdido- el que dedique á reseñar las idas y venidas del celebra- do Lundgren por España.
Procedente de Roma, llegó en Marzo del 49 á Barcelona, de paso: todas sus noticias se redu- cen á hablar muy por encima de la Rambla y de la Seo; de un paseo llamado el «Jardín del Ex- planado;» del Liceo, al que coloca entre los grandes teatros de ópera de Europa, al nivel de la Scala de Milán; del teatro Principal, en el 177 que asistió á la representación de El desdén con \ el desdén, cuyos entreactos eran amenizados • por bailes con castañuelas; y por último, de al- gunas particularidades que le llamaron la aten- ción en las ceremonias religiosas de las iglesias. Al mismo tiempo, como hombre aprovechado, se ponía en relaciones con un Profesor francés, M. Rambert, para aprender la lengua españo- la, en la que no llegó nunca á ser muy docto, á juzgar por los disparates de que está sembrado todo el libro.
En Valencia la estancia fué más larga, y las impresiones recogidas más abundantes: habla del Grao y de la tartana «en que vino» á Va- lencia, y de la fonda del Cid, donde se hospedó, diciendo incidentalmente que las calles no esta- ban empedradas; de la Catedral, y en particular de la torre llamada «El Micaleta;» de la belleza de las valencianas y de algunas prendas de ves- tir, como la «media valenciana» y la «alparga- ta;» de la Academia de Pintura, donde copió un retrato de Velázquez, y de la Galería de Pintu- ras, en la que le llamó la atención la «Comu- i nión de María Magdalena,» de Espinosa, y el [ San Francisco, de Ribalta; de la iglesia de los Mártires y de la Biblioteca de la Universidad,, sin olvidar la excursión reglamentaria á Mur- viedro, la antigua Sagunto. Sus relaciones per- sonales le debieron de dar escasa luz sobre nues- tro país, pues á excepción del bibliotecario de la Universidad, todos sus tratos fueron con ex- 12 178 12 178 tranjeros, en primer lugar con artistas de una compañía de ópera italiana, que daban, como él dice, la Ga^^a Ladra y Lucia, mezcladas con zarzuelas, fandango y jaleo. Sin embargo, tuvo ocasión de aprender á perder el tiempo en el cafe Suizo; de conocer á una Carmen, á una Dolores y á una Mariquita, y de tomar nota de una coplilla que le llamó mucho la atención: De la raíz de la palma Hicieron las Isabeles Delgaditas de cintura y de Corazón crueles.
No creo necesario advertir que la manera de partir los versos de la copla es invención de Hr. Lundgren.
De Valencia pasó á Málaga, tocando breve- mente en Alicante, Cartagena y Almería, de las que no dice nada interesante. Sólo al hablar del escaso movimiento que notó en Alicante, aprovecha la ocasión para dar á conocer, estro- peado, un modismo español, pues dice que no habia «más que cuatro gatas,» en vez de cuatro gatos.
En Málaga un amigo siciliano le llevó á una casa de pupilos con «patio y corredores,» don- de por primera vez se encontró nuestro viajero «verdaderamente en España.» Describe el trato que Catalinita, la pupilera, le daba por diez y seis reales, y exclama al fin: «¡Hvilket Eldora- 179 179 do!» No obstante, los días que permaneció en Málaga fueron muy pocos, y sólo tuvo ti^npo para conocer á un pintor, Cortés, que le descu- brió los «misterios artísticos» de la ciudad, sía olvidar las figuritas de barro, y á un ex-militar, Quesada, que le entusiasmó cantando las 4<se- í^uidillas de los enamorados.» Con esto, y con describir cómo se pela la pava y citar la frase «se mi busca la ley, á Málaga mi voy,» da re- mate á sus estudios malagueños, y emprende en diligencia (pues entonces no había tren) el via|e á Granada. A media noche salió de Málaga, á las once llegó á Loja, y á las seis de la tarde es- taba hospedado en la «Fonda de la Minerva,» en una habitación semejante á la «celda de una cárcel,» y puesto de acuerdo con el excelente guía Arabal para subir á la Alhambra al día si- {íuiente, á las cuatro de la mañana, antes de la salida del sol. Esto ocurría en Mayo de 1849.
Hago gracia al lector de la descripción deta- llada de la Alhambra que trae el libro de Lund- gren. La impresión primera del pintor fué que todo era más pequeño que él se lo había imagi- nado; pero sin que esto rebajara el valor artís- tico del monumento. En el Generalife lo más notable que encontró, según parece, fué una chica de diez y siete años, parienta del jardine- ro, de laque habla como de una beldad maravi-r llosa. Y su primera impresión sobre nuestra ciudad es entusiasta: aunque el autor ha reco- rrido casi todo el mundo, no ha encontrado nada i8o que tenga conexión con Granada, «tipo original é incomparable, de extraordinario valor para un artista.» «Durante el día todo está inundado de colores de extraordinaria riqueza y magnifi- cencia, y por la noche, bajo el cielo de azul in- tenso, la ciudad está como revestida de espíritu romántico...» «El aire es puro, claro y cargada de aromas y de fuego; una mansión que ni so- ñada para el amor.»
La visita á la Catedral ocupa dos largas pági- nas, y contiene varios detalles que hay que omi- tir por ofensivos al espíritu religioso de mis lec- tores. Al autor le choca el excesivo lujo con que están vestidas las imágenes y adornadas las ca- pillas, y se permite algunos rasgos humorísticos de gusto más que dudoso. Para concluir su pri- mer capítulo, habla de la Cartuja en sentido bas- tante desfavorable, y refiere cómo, llevado de su deseo de estar más cerca de las bellas salas de «Linda Raja,» dejó la «Minerva» y se hospedó en la Alhambra, en casa de la «corpulenta per- sonalidad» de Carmen.
Sigue inmediatamente un cuadro curioso y hasta histórico: la descripción de la corrida de toros dada en honor de los Duques de Montpen- sier. El entusiasmo era tal, que nuestro artista tuvo que tomar el billete con anticipación, cui- dando de que fuera de sombra, porque al sol el calor es insoportable. Fué á la plaza á las cua- tro, y le llamó la atención la algazara del públi- co, así como la procesión de los toreros («tjuri8i faektareprocessionen») al toque de la marcha real; describe á los banderilleros y chulos, que «ran seis; al espada ó «doedaren;»á los picadores ó «caballeros que van armados de largas picas^ y á las muías con sus sonoras campanillas y banderas. Los toreros se arrodillan y rezan ante la imagen de la Virgen; después cada cual se va á su puesto; el «matador» saluda gravemente á la Princesa, é hinca una rodilla en tierra hasta tanto que se le permita comenzar el «juego,^ porque — dice el cronista— á esto le llaman jue- go (<<lek»). La Infanta arroja la llave á la arena como signo de su graciosa concesión, y empieza la lucha. Suenan las trompetas y sale el primer toro, que es negro, brillante, la sangre y los ojos llenos de furor; va adornado con una moña azul y blanca, sujetai con un gancho de hierro. Sigue en los términos más complicadois la descripción -de las correrías del toro, encuentro con el pica- dor y caída de éste, así como su salvamento por los banderilleros; segundo y más terrible cho- que, en que el caballo cae muerto, redondo, «no obstante la grave herida que el toro recibe en el lomo.» Siguen los banderilleros, con sus pin- chos delgados y cortos adornados de papel, que hacen al toro bramar de coraje, y por fin el matador, con su «muleta» ó «bandera roja» y espada de Toledo («toledovaerja»), se dirige ante el pal- co de la Infanta con la misma seguridad que si no hubiera toro en el redondel; cae de rodi- llas con la «montera» en la mano, dice algunas ;^:: > -j 1 82 / palabras y va luego contra el toro; con la ban- dera roja le lleva de izquierda á derecha, hasta marearlo, y luego, firme y seguro, le clava ef estoque en medio del corazón. El toro muerer bravos de las masas populares; lluvia de ciga- rros y «petillos,» y hasta de bolsas con dinera sonante; sombreros y chaquetas, que los chulos- devuelven á sus propietarios, mientras el ma- tador, con gestos graciosos no exentos de ma- jestad, y con la sonrisa en los labios, va salu- dando á los qué le aplauden. A todo esto, un mozo había clavado al toro un cuchillo ó puñal,. y las muías galopaban arrastrando los despojos mortales.
Vuelven á sonar las trompetas y sale otra toro, que «era castaño y más salvaje si cabe que el anterior.» Varios caballos fueron destroza- dos, y un picador fué arrojado tan alto, que cayó sin sentido y hubo que sacarlo fuera del redondel. El tercer toro no quería pelear y hubo que echarle perros de presa. El cogió á dos con- los cuernos, y los tiró por alto mientras pisotea- ba á un tercero; le echaron nuevos perros, y,. por último, un mozo, con una cuchilla, le cor- tó una nalga; y cuando estaba en tierra el infe- liz animal con los perros colgados, le clavaroiv la puntilla. Esto era tan despiadado y misera- ble, que se puede dudar de si intervenían seres. humanos. Cinco toros fueron muertos, poco- más ó menos de igual modo, y muchos caba- llos destrozados (total, 23). Uno de los toros sal- * - ' • 18 j * - ' • 18 j tó la plancha que separa el redondel del públi- co, y era de ver cómo corrían los mozos, poli- , zontes y aguadores. Un chico fué retirado casi muerto. El espectáculo terminó mucho después de ponerse el sol; y el público, tanto señoras como caballeros, estaban contentísimos por el buen rato que habían disfrutado; «y yo— agrega para terminar el revistero sueco — hubiera sido considerado como hombre sin pizca de gusto si me hubiera atrevido á decir que el combate de toros («tjurfaektning») no me había proporcio- nado ningún placer.»
Si se tiene en cuenta que hace medio siglo las corridas no eran tan populares en Europa como hoy lo son, y que no hay medio humano de ex- presar en sueco ningún término taurino, la re- vista de Lundgren es una obra maestra de exac- titud y colorido. El cronista no sabe distinguir el mérito artístico de los toreros, ni nota las diferencias que hay en las lidias de cada toro, porque no hay posibilidad de que un europeo, que no sea español, comprenda un espectáculo romano y moro y á la vez creación de dos ci- vilizaciones comprendidas ep Europa sólo por la lectura de libros, es decir, teóricamente. Yo he asistido á la representación de un drama chi- no, y si me viera obligado á relatar mis impre- siones, no podría hacer otra cosa que describir el escenario y agregar que salían actores muy semejantes entre sí, articulaban sonidos al mo- do de los papagayos, recorrían la escena seguii84 dos de numerosa comitiva y se retiraban para dejar el sitio á otros que hacían casi lo mismo, y así sucesivamente.
Se dirá que esto me ocurrió por no conocer el chino, y yo replicaré que la dificultad no es- taba en no entender el idioma, sino más bien en no comprender el arte dramático de la raza amarilla. Anoche asistí al estreno del último drama de Ibsen, representado aquí antes que en ningún teatro de Europa: John Gabriel Bork- man i y por mi falta de costumbre de oir el lenguaje teatral sueco, muchas frases se me es- capaban; y esto no me impidió comprender exac- tamente toda la obra y apreciar en su integri- dad la fuerza del gran^ tipo trágico concebido por el dramaturgo noruego. Un caso más de- mostrativo aún: son contadas las palabras que conozco del finés, y, sin embargo, he ido al tea- tro finlandés á ver la tragedia Kullervo; no sa- qué en limpio más que dos palabras: veitsi, cu- chillo, Y pacivae, día, y, sin embargo, me inte- resé vivamente por las desventuras del Edipo finlandés.
Aunque pierda mucho, el arte teatral puede subsistir sin el auxilio de la palabra, siempre que sean conocidas las reglas generales de la ac- ción dramática. Los dramas chinos son excesi- vamente largos: suelen durar varios días; la ac- ción es muy lenta y complicada; casi todos los personajes que yo vi salían seguidos por nume- rosas comparsas que, por lo visto, deben reprei85