En casa del herrero...En España abundan las mujeres hermosas, y á pocos, quizás á ninguno, se les ha ocurrido disertar sobre un tema tan sabroso como el de la estética femenina: por es- ta razón, al hablar de la belleza de las mujeres finlandesas, voy á decir algo sobre el estado ac- tual de esta cuestión, tan importante, á mi jui- cio, como la de Oriente. Si me dieran á elegir el procedimiento para reformar una nación, ele- giría sin vacilar uno que jamás ha sido puesto en práctica de una manera reflexiva: la trans- formación de las ideas estéticas del hombre res pecto de la mujer, y viceversa. Un cambio de criterio en este punto trae consigo en breve pla- zo la transformación de la familia y la de la sociedad.
Por instinto y por costumbre los hombres en- cuentran bellas á las mujeres; pero ni el instin- to ni la costumbre bastan para fundar uncrite- ,34 rio estético. Yo tengo una casa donde he vivido siempre: para mí no hay otra mejor ni más be - lia, porque la conozco á ojos cerrados, y todo cuanto en ella hay me recuerda momentos ale- gres ó tristes de mi vida; como obra arquitec- tónica, es acaso una monstruosidad: carece de unidad, de proporción, de simetría, y, si se quiere, es una pura gotera; todo el mundo está deseando que la derriben en bien del ornato pú- blico, y, sin embargo, yo me hallo en mi casa como un doctor Pangloss en la mejor de las ca- sas posibles. Lo cual no quita para que si me obligan á ecl^arla abajo, construya otra muy di- ferente. La casa vieja me gustaba por tradición; la nueva quiero que me guste por estar de acuerdo con mis necesidades ó mis ideas.
¿No ocurrirá esto mismo con las mujeres!^ Nos gustan por tradición, porque nuestra vista está ya hecha á verlas; pero si pudiéramos re- construirlas á nuestro gusto, ¿las reconstruiría- mos como hoy son, ó inventaríamos un nuevo modelo? He aquí planteado en forma vulgar el problema metafísico de la estética femenina. Si á fuerza de imaginar ó de cavilar llegamos á concebir una mujer más bella que la que hoy existe, tendremos un tipo de comparación para juzgar las mujeres reales. Y acaso lleguemos á la triste conclusión de que, prescindiendo de de- talles de belleza circunstancial y pasajera, las mujeres que hoy existen en el mundo, las blan- cas y las amarillas y las negras, todas en abso- 155 luto son feas, según los principios fundamenta- les y perennes de la ciencia de lo bello.
En lo antiguo, los hombres eran más galan- tes, mejor educados, creían en la belleza del sexo femenino como en un dogma. Había mu - jeres bonitas y feas, como hoy las hay con arre- glo á los gustos de cada cual; pero todos los- hombres convenían en las palabras sacramen- tales: «bello sexo;» hoy se hila mucho más del- gado, y hay doctores que analizan las mujeres- como substancias químicas, ó las miden coma piezas de tela. Schopenhauer fué'el primero que rompió abiertamente contra la tradición, y se esforzó por convencernos de la fealdad consti- tutiva de la mujer; y lo que el maestro declaró en forma humorística, numerosos discípulos se esfuerzan por comprobarlo con ayuda de todos los instrumentos y aparatos de la civilización. No há mucho, un «sabio alemán,» Rudolphs V. Larisch, publicó un estudio serio y concien- zudo sobre las Imperfecciones estéticas de la mujer — «Schoenheitsfehler,» — cuya conclusión es angustiosa: para Larisch, la mujer es un monstruo ó poco menos; sus defectos son nu- merosos, pero todos se subordinan á una ano- malía capital: la desproporción entre la mitad superior y la inferior del cuerpo. «Si á un apren- diz de encuadernador— dice Larisch— le dais á empastar un libro y le encargáis que coloque en la pasta un medallón con el título de la obra ú otra especie de adorno, estad seguros de que 156 lo coleteará en el centro, porque así lo pide la estética más elemental. Pues bien: la mujer que- branta esa regla: su centro orgánico es el abdo- men, por exigencias fisiológicas inevitables, y este centro cae demasiado bajo y rompe la si- metría del organismo femenino.»
Si la teoría de Larisch fuera fundada, habría que declarar que las finlandesas eran hermosas, al menos teóricamente, puesto que con la liber- tad de que disfrutan, con sus constantes ejerci- cios callejeros, se aligeran mucho de carnes y se quedao bastante escurridas. Mientras los hombres propenden á la gordura y llegan á ad- quirir gran caudal de tejido adiposo, las muje- res son flacas por lo general: hay mujeres volu- minosas; pero las ideas son desfavorables á ese tipo, que es como el símbolo de la fecundidad, á la que estas mujeres tienen horror. Una mu- jer que tiene muchos hijos es una mujer á la antigua, una «vaca,» como dicen aquí; la ma- yoría de las mujeres se dedica á hacer gimna- sia y á todos los géneros de sport para conser- var la soltura y la agilidad. Hay muchas que parecen flautas, y que satisfarían al «mulleri- mensor» Larisch, no por tener el centro de gravedad bien situado, sino por carecer en ab- soluto de centro de gravedad. En lo que se puede adivinar mirando por fuera, se nota que no hay redondeces, que la estructura es esencialmente rectilínea; y de las interioridades casi me atre- vo á pensar lo mismo. No há mucho estuvo aquí i57 i57 una «bailaora,» llamada la «Estrella de Sevi- lla;» una Carmen Juanita, criada en la Maca- rena, que llamó la atención, más que por sus bailes, por la fortaleza de sus cimientos: no se necesita ser muy agudo para inducir de este hecho que estas mujeres son enjutas de extremi- dades; y si yo fuerí^ amante de la observación,, las señoras velocipedistas me darían mil ocasio- nes para conformar esta inducción con el testi- monio de mis sentidos.
Paréceme que es disparatada la tendencia que hoy se nota en la mujer á buscar la perfección estética en la regularidad de las proporciones. Una mujer no es una estatua, y no puede ser juz- gada con la vara de medir: es un ser vivo, cuya belleza nace de la vida misma. Una mujer defor- mada por el exceso de maternidad es más bella que un marimacho, del mismo modo que un hombre inteligente, envejecido prematuramen- te por el exceso de trabajo mental, es más bello- que un barbilindo. La belleza de la mujer está en su aptitud para vivir como mujer, y en la obra que realiza como mujer. La imperfección que señala Larisch es lamentable; pero ocurre pen- sar: si tal como hoy existe la mujer, nos trae á los hombres de cabeza, ^qué ocurriría si el Su- premo Hacedor refórmase su obra, ya acortan- do á la mujer de cintura para arriba, ya alar- gándole las piernas, de suerte que el cuerpo re- sultara más proporcionado y simétrico? Acasa el mundo no podría subsistir veinticuatro horas.
ii>8 Hay que aceptar de mejor ó peor gana la idea de que la mujer que hoy existe es inmejorable; que no es perfecta, porque la perfección sería un gravísimo peligro para el hombre; y luego he- mos de juzgar la belleza relativa de las mujeres de las diversas razas ó naciones, no con arreglo á un tipo convencional, sino por la función que desempeñan. Las más hermosas serán las más femeninas. La belleza intelectual no está en sa- ber mucho: está en saber lo que conviene; la belleza sentimental, no en la violencia de las pasiones, sino en su naturalidad; la belleza plás- tica, no en la perfección exterior, según tipos •escultóricos, sino en la concordancia de la for- ma con los hechos que constituyen la vida pro- pia de la mujer. Según los psicólogos misógi- nos, la mujer es inferior al hombre aun en be- lleza; pero aunque esto fuera verdad (y todas las mujeres creen que lo es), nada se adelanta con que el sexo débil se fortalezca y se adorne -con todos los atributos masculinos: una hembra -con pantalones no es un varón, es un adefesio. La mujer tiene un solo camino para superar en mérito al hombre: ser cada día más mujer. En todo el Norte de Europa se trabaja hoy con ar- dor contra la emancipación: pregúntese á cualquier señorita de por acá cuáles son sus ideas, y dirá que quiere ser libre, pero no emancipada; aunque desee serlo, no lo dará á entender, por- que comprende, por los ensayos hechos, lo ri- dículo de la parodia.
159 A mí no me satisface estéticamente la mujer finlandesa, porque es poco femenina. Hay seño- ritas, no muchas, de las que llaman «dockor,» muñecas. El drama de Ibsen, Ett Dockhem, ó Casa de muñeca, ha popularizado el tipo de la mujer sin carácter, que concluye por emanci- parse, abandonando á sus hijos para mayor di- versión. Pero lo corriente es el tipo varonil, la mujer que imita al hombre. En materia estética, este punto es para mí el más importante, porque las particularidades del tipo podrán tener algún valor para un extranjero hasta que llega á ha- bituarse pero después no significan gran cosa. Lo primero que me llamó la- atención en estas mujeres al llegar, fué su blancura un tanto agua- nosa; aunque predominan las rubias, las hay también morenas como andaluzas, pero más claras; luego me chocó la variedad de tipos: á primera vista se distingue el tipo finlandés del eslavo ó sueco y de los mezclados; la configu- ración del finlandés es algo semejante á la de la raza mongólica: los ojos un poco sesgados, la cara angulosa y los pómulos salientes; el tipo superior en belleza y en aptitudes intelectuales es el mixto, el sueco-finés. Otro detalle que me pareció extraño los primeros días, fué la regu- laridad mecánica de los movimientos: mi primera criada, que era indígena pura, me hizo re- cordar á unos amnanitas que anduvieron años atrás dando representaciones teatrales en varias ciudades de Europa: para saludar por ejemplo.
lOO ó para dar' las gracias, doblan las piernas, como si fueran á ponerse en cuclillas, y dan un salti- to al levantarse; los niños, saludando asi, hacen mucha gracia.
Pero pasados los primeros días y adquirido el hábito de ver caras nuevas, aquí y en todas par- tes las diferencias de tipo se desvanecen; lo que persiste y lo que, por tanto, tiene más fuerza, es lo espiritual, lo que se desprende del interior de cada individuo y se refleja en la vida común: ahí está la raíz del verdadero juicio estético. La mu- jer finlandesa es muy inteligente: no he encon- trado ninguna excepcional; pero todas pasan de medianas; el promedio de cultura es superior al de Alemania, Inglaterra ó Francia, y, sin embar- go, son contadas las mujeres que producen la im- presión de la belleza intelectual, porque la ins- trucción no es completamente apropiada á la naturaleza de la mujer, y las funciones que ésta desempeña en la sociedad son en muchos casos absurdas. En una reunión es uno presentado á varias señoritas; todas tienen su profesión, por- que aquí la mujer trabaja como el hombre: una es gimnasta, otra profesora de lenguas, otra es- cribiente de notario, otra profesora de masaje,. otra cajera de un banco, y así por el estilo. La profesión importa poco; lo esencial es ganar di- nero: decir «esa joven gana mucho dinero,» es el elogio mayor que aquí puede hacerse. La es- cribiente es hija de un magistrado; la lingüista, hija de un conde; la hija de un doctor ó de un i6i diputado está al frente de un despacho de vinos. Todas esas señoritas, que trabajan para tener bolsillo independiente y poder divertirse, van al teatro á butaca, y después van á cenar en pan- dilla, hasta la una ó las dos de la mañana, á los restaurants á la moda. Según las ideas del país, ir al teatro á un sitio de segundo orden es depri- mente; pero no hay reparo en ganar dinero en oficios que para nosotros deslustran. Ocurre, pues, que las mujeres estudian para ganar dine- ro, y después que entran en la vida exterior y mecánica, sufren la presión de la rutina y pier- den las actitudes estéticas, naturales en la mujer que hace cosas femeninas, como leer, coser, bor- dar, cuidar los pájaros, regar las macetas ó pe- lar la pava. Aquí no comprenden cómo se pue- de pelar la pava varios años seguidos: los no- vios salen juntos á paseo, y á los pocos pasos se meten en algún restaurant á comer ó á beber. La pasión gastronómica es tan desordenada, que todos los espectáculos concluyen siempre por ir á comer: si se va de visita por la noche, le dan á uno de cenar; si la reunión dura hasta muy tarde, se hacen hasta cuatro ó cinco comi- das. En cambio, habiendo tantas señoras inteli- gentes, no hay apenas una que sepa dar el tona á una reunión ó sostener una conversación es- piritual; y la causa de todo está en que la ins- trucción no es femenina; en que la mujer estu- dia como el hombre para deshancarlo, y después vive en permanente contradicción, porque su II 1 62 cultura rio está de acuerdo con su naturaleza. Cuantas veces he hablado con una señora ó se- ñorita muy ilustrada, he sacado una impresión penosa; con algo menos de saber y algo más de calor afectivo, ó siquiera con algunas ideas hu- manas, se recibiría un goce muy puro: el que despierta la belleza intelectual; pero como las ideas son secas como espartos, aprendidas en los bancos de los colegios, hay que decir lo que el artista francés Forain al salir de una reunión de norte-americanas sabiondas: «Con qué gusto hablaría yo ahora con una portera.)^ Y lo más sensible es que esas ideas áridas, que poca ó nin- guna belleza añaden al espíritu de la mujer, apa- gan la escasa luz sentimental que en ella hay, y la dejan casi á obscuras. La mujer más natural parece la más artificiosa, porque piensa todo lo que hace; sus acciones son reflexivas y tienen el aire de «estudiadas;» sus coqueterías son emi- nentemente doctrinales.
Mi opinión estética sobre estas mujeres puede condensarse en los siguientes términos, no tan favorables como yo deseara que lo fuesen: en cuanto á la belleza plástica, prescindiendo de bellezas excepcionales ó de la impresión que pueda producir alguna mujer más íntimamente tratada,, así como de los casos de fealdad abusi- va y ofensiva, cabe asegurar sin temor, con la conciencia tranquila, que la finlandesa en esta- do de reposo es bastante deficiente, ó mejor di- cho, poco apetitosa, y que en movimiento gana . i63 mucho, porque si bien carece.de gracia, tiene fuerza y agilidad. La belleza interior supera i la exterior, y suele encontrarse alguna mujer 'Cspiritualmente bella; pero á pesar de la cultu- ra, quizás á causa de ella, el carácter predomi- nante es el práctico, y las propensiones gene- ralmente materialistas. El amor tiene menos importancia que las bebidas alcohólicas, de las -que ambos sexos son fervientes partidarios. La vida social es bella por la intervención extraor- dinaria del sexo femenino, é individualmente las mujeres producen una impresión agrada- ble: la de que son personas capaces de vivir independientes, sin necesidad de consejos ni de tutelas; las holgazanas caen con facilidad; las que saben y quieren trabajar tienen el camino expedito, y aun dado caso de que den un trope- zón, no por eso desmerecen socialmente, pues- to que continúan viviendo decorosamente de su trabajo. La mujer finlandesa aspira á la be- lleza intelectual; pero lo que más la realza es la acción, la voluntad, la constancia; intelec- tualmente es un libro de texto; y en cuanto á la fe que tanto embellece el alma femenina, no le aconsejo á nadie que venga -á buscarla aquí. La fe de estas mujeres está condensada en una frase que pronuncia Nora, la muñeca rebelde, cuando Torvald desea reconquistar su^ afecto: //e/mer.— Nora, ¿seré yo para tí, en adelan- te, siempre un extraño?
164 Nora. — ¡Oh, Torvald! para tener esperanza,, habría de ocurrir el milagro de los milagros.
Helmer. — ¿Cuál es ese milagro de los mila- gros?
Nora* — ¡Oh, Torvald! yo no creo ya en los milagros.
X Ideas que los finlandeses, ó por mejor decir, las finlandesas, tienen acerca de España.
No deja de ser curioso saber lo que de nos- otros se piensa en las demás naciones, y coma corresponsal concienzudo no podía yo pasar por .alto este tema interesante; pero conste que mí propósito, si es que á un corresponsal le está permitido tener propósitos, no es dar gusto al curioso lector, sino completar el cuadro de la psicología finlandesa, porque diciendo lo que es- tas gentes de por acá piensan sobre nosotros, se <lescubre más aún lo que ellos piensan y son. Preguntemos á la generalidad de los españoles qué idea tienen sobre Finlandia y los finlande- ses, y notaremos que no tienen ninguna idea, y al notarlo descubriremos un rasgo de nuestra idiosincrasia; el desdén con que miramos todo lo que ocurre fuera de España, y casi todo lo que ocurre dentro también. Vivimos en estado de «distracción permanente.» En cambio, aquí se nos conoce, aunque por desgracia sea por el lada i66 i66 peor, y he encontrado ya varias señoritas que me han dicho de memoria las cuarenta y nueve provincias de España.
En el asunto sobre que versa esta carta, m¿ información no es ni con mucho completa. Soa contadas las ideas de procedencia masculina^ porque yo confío mis amistades al azar, no las- busco nunca, y el azar ha querido que en Fin- landia mis amigos no sean amigos, sino amigas^ en lo cual creo haber salido ganancioso, puesto- que la mujer es aquí superior al hombre, y aquí ya en todas partes es útilísima como medio de in- formación. Y lo más notable del caso es que ea este país se puede tener amistad sin mezcla de otro sentimiento más peligroso, y que yo me he adaptado tan hábilmente, perdóneseme la inmo- destia, que podría dar lecciones de calma y fle- ma á los mismos finlandeses. Una señorita estu- diante se ofrece á enseñarme el sueco; otra que es pintora, y que encontró en mí una mezcla rara de moro y de sacerdote egipcio, quiso ha- cer mi retrato; otra, profesora, me propuso «ho- ras» de sueco á cambio de francés; otra, emplea- da de Banco, alemán por francés, y así por el estilo. Yo, que soy tan amante de la ciencia como- el que más, acepté todas las proposiciones, aun- que comprendía que estas señoritas me tomaban también como sujeto de observación psicológi- ca; y no sólo he enseñado á varias á hablar en francés, sino que he dado á conocer algo de nuestra literatura, en particular de nuestros no- 167 velistas, empezando por Alarcón, cuyo 5o7n- brero de tres picos— Des Dreispitz — está tradu- cido al alemán, y Valera, cuya Pepita Jimé- nez lo está al sueco. Yo, en cambio, tengo un retrato al óleo, muy parecido en opinión de cuantos lo ven; hablo en sueco con relativa fa- cilidad, y he adquirido algunas noticias no del todo inútiles.
En España esto no sería posible, y menos en la forma en que aquí ocurre. Por ejemplo, esta tarde me encontré á una de las que aprenden francés: una joven guapa, pintora de afición y empleada de Banco, y me preguntó si saldría por la noche. — No salgo: puede usted venir, si gusta, á las seis. — Y, en efecto, á las seis vino con sus labores, pues aquí las mujeres trabajan cuando van de visita que no es de cumplido, y estuvo dos ó tres horas bordando y haciéndome una porción de preguntas en francés sobre las prin- cipales óperas italianas. No estará de más decir, para que no se sonrían los maliciosos, que esta joven tiene su novio formal para casarse en bre- ve, y que al novio no le importa que venga á tomar lecciones, porque tiene confianza en que su prometida no va á decir una cosa por otra. El finlandés cree en la veracidad de la finlande- sa, y la finlandesa considera injurioso que se dude de su proceder.
En este comercio inocente y casi científico, he recogido algunas impresiones sobre la opinión en que se nos tiene. La idea más general sobre 1 68