SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

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79 ha sido aceptada. No hay sólo dos lenguas; hay dos vidas diferentes: la una, la de los finlandeses ^casuecados,» si me es lícito inventar tan fea pa- labra; y la otra, la de los finlandeses tradiciona- les. Los primeros ocupan lugar preeminente en la sociedad; los segundos ya dije que vivían en los sótanos y buhardillas, puesto que ó están en el interior del país ó forman «las clases bajas» en las ciudades, bien que en estos últimos tiempos se note una tendencia social muy marcada á le- vantar el espíritu finlandés y á hablar en el idio- ma patrio. Comparando estas vidas, digo yo, pues, que los que están en lo firme son los que hasta aquí figuran debajo, los cuales están des- tinados á quedarse encima como amos y seño- res absolutos de la situación. La autoridad rusa es conveniente; la lengua sueca podrá quedar como medio supletorio de comunicación inte- lectual; pero el espíritu del país sólo puede lle- gar á su máxima altura recogiéndose sobre sí mismo y «pensando en su natural idioma,» fija- do ya y ennoblecido por creaciones de tan su- bido valor como el «Kalevala,» según podrá verse más adelante cuando explique el asunto y dé idea de las bellezas de este poema épico, y ea cierto sentido, étnico.

III Donde se aplican al Gran Ducado de Finlandia las diversas teorías inventadas acerca de la constitución de las nacionalidades^ y se demuestra que todas esas teorias son completamente inútiles.

Los disturbios y guerras que perturban la paz interior de las naciones y ponen en armas á las unas contra las otras,' nacen cpi siempre de la cuestión tan debatida de las nacionalidades, por- que no ha habido medio de organizar las nacio- nes de tal suerte, que cada una comprenda sólo una nacionalidad, es decir, un núcleo perfecta- mente caracterizado por rasgos propios: raza,, lengua, religión, tradiciones y costumbres. Cada nación tiene el problema planteado dentro de casa, y si sus fronteras no están muy bien mar- cadas, en las fronteras, y si tiene colonias, en las colonias, las cuales, en sus relaciones con la me- trópoli, se inspiran en ideas y sentimientos poca diferentes de los que rigen la acción de las na- cionalidades en la lucha contra el poder unifí- \ 6 82 cador que se empeña en anularlas. Juzgúese, pues, si sería útil tener reglas fijas para arreglar pacíficamente estas cuestiones, y si hay que estar agradecidos á los hombres generosos qye se ca- lientan los cascos en idear teorías enderezadas hacia tan humanitarios fines.

Yo he estudiado muchas de esas teorías, por no decir todas, y no contento con analizar los argumentos con que sus autores las sostienen, he hecho una aplicación práctica de ellas — prácti- ca sólo en hipótesis — para resolver la gravísima cuestión de la nacionalidad finlandesa; he su- puesto que las naciones habían cerrado y hasta tapiado sus cuarteles; que había llegado la hora de pensar y de hablar sin temor, y que cada na- cionalidad podía adoptar la postura que lé pa- reciese más cómoda. Veamos lo que en esa si- tuación paradisiaca podría hacerse en bien del país en que habito, aplicando una á una las di- • versas teorías inventadas, defendidas y reco- mendadas por los doctores del derecho interna- cional.

Se trata de ventilar si hemos de ser suecos ó rusos; y me incluyo, como se ve, entre los fin- landeses, no porque piense abandonar la nacio- nalidad española, sino porque en un sentido ge- neral, yo me considero indígena de todos los te- rritorios que piso; y si llegara el caso de que estas gentes abandonasen á Rusia para hacerse suecos, yo me haría también el sueco. Y el pri- mer punto de apoyo que encontramos, la pri- 8a 8a nierp^ twría^ es la que se funda en la situación geográfica. Echamos una ojeada sobre un mapa de Europa, y vemos á la derecha el «Coloso del Norte,)> como llaman á Rusia los estadistas a&-> cionados á poner motes; y á la izquierda^ allá en lo alto, la Península escandinávica, á la que ciertos geógrafos, que deben de ser parientes de los citados estadistas, comparan con un león abalanzándose sobre las naciones que están de- bajo, y entre el coloso y el león está metida Fin- landia sin saber á qué carta quedarse. Porque como quiera que la Escandinavia no es una Pe- nínsula bien definida; como no tiene un istmo que la separe del continente, ni siquiera una mu • ralla natural como los Pirineos, sus límites son arbitrarios: pueden ser los que son, quedando excluida Finlandia; pueden ser tres líneas que corten los tres istmos formados entre el golfo de Finlandia y el Ladoga, entre el Ladoga y el One- ga y entre éste y el mar Blanco, y pueden ser otros intermedios que partan á Finlandia por la mitad, como quien dice por el eje. La Geografía, pues, triste es confesarlo, no sirve en este caso para nada.

La segunda teoría se va á fijar en la raza; y sin necesidad de averiguaciones, se sabe que la raza finlandesa no tiene conexión especial ni con la eslava ni con la escandinávica. Como de- rivada de esta teoría, la que se funda en el idio- ma no será tampoco aplicable, puesto que si el speco está muy extendido y es la lengua corrien-.

\ 84 \ 84 te en el litoral, es al fín lengua importada como el ruso, que hoy se estudia forzosamente en las escuelas, y llegará á ser otra lengua «de rela^ ción> Enfrente de una y otra está la lengua na- cional, la indígena, absolutamente distinta de todas las de Europa, excepto la magyar, que,, aunque adulterada bajo la dominación turca^ conserva aún, según me asegura quien las ha comparado, todo el aire de familia. Y en cuanto á la teoría histórica, su suerte no será mucho mejor, porque si la dominación sueca pudo crear intereses históricos, la rusa lleva ya cerca de un siglct y también los ha creado. El renacimiento de la literatura ñnlandesa, la constitución polí- tica de Finlandia, la formación del partido na- cionalista ó finlandés, son obra de la dominación rusa, la cual, no pudiendo aspirar á una asimi- lación rápida de este país á la metrópoli, se man- tiene neutral entre las dos fuerzas constitutivas, la nacional y la sueca, y permite así que la pri- mera se haga dueña de la situación.

No es cosa de apurar todas las teorías, por- que sería el cuento de nunca acabar. Dése por averiguado que si las fundamentales no dan juego, con las secundarias no avanzaríamos una Itnea en el peliagudo problema que estudiamos. No obstante, queda una solución que no sólo es fundamental, sino que es en nuestro tiempo la que está más en boga: el sufragio, el referendum. Póngase á votación el asunto; que decida lá mayoría absoluta ó relativa, y no habrá más 85 ^ue hablar. ¿Quién mejor que los interesados para saber si han de ir hacia la derecha ó hacia la izquierda, hacia el coloso ó hacia el león?

No quiero ahora discutir la bondad del siste- ma, y lo acepto como si fuera lógico y sensato; y concedo además que la votación se haga con limpieza, para lo cual no estaría de más que hi- iiieran venir con alguna anticipación varios profesores españoles que instruyeran á los fun- cionarios encargados de dirigirla. Se pensará seguramente que las fuerzas opuestas lucharían con encarnizamiento para adherirse á ésta ó aquélla de las dos naciones que tienen intereses creados en el país: si así fuera, no habría mo- tivo sino para alegrarse. Lo peor es que es¡as fuerzas se unirían por el momento y que es pro^ bable que saliera de las urnas la independencia nacional. No hay pueblo, por muy incapaz que sea de gobernarse, que no aspire á ser amo de su casa, y con más razón querrían ser amos de la suya los finlandeses, que son gobernantes habilísimos, como quizás no haya otros en Eu- ropa.

Pero estos gobernantes no pueden cambiar la naturaleza de su país. Finlandia tiene muy po- ca población: es un país pobre. Faltan medios naturales de vida, y no es fácil crearlos artifi- jcialmente por la industria, como en Bélgica ó Suiza, por la gran distancia á que se encuen- .tran los centros de consumo. Las naciones si- * ■ tuadas en el centro de Europa tienen á su favor 86 álgó que es decisivo éh lá lucha económica' lá rapidez y baratura de los transportes. Así, pues; Finlandia se encuentra en el mismo caso que si España tuviese sólo tres ó cuatro millones de habitantes. ¿Cómo va á hacer frente con sus solas fuerzas al sostenimiento de ejército, ma-t riiía de guerra para proiteger su extenso litoral y defender su marina mercante, representación en el extranjero y demás organismos que exige la vida independiente de una nación? Y luego, lá misma extensión del territorio es causa de que los dos grupos antagónicos que constituyen la nacionalidad no puedan fundirse por el con-^ tacto, como ocurre en Suiza ó Bélgica (para hablar sólo de naciones pequeñas y neutrales),, y sería ocasionada á mantener en el país una división irreductible y peligrosa, una vez que faltara el poder moderador que ahora conserva el equilibrio. En suma, la vida de Finlandia in- dependiente no sería tan ordenada ni tan prós- pera como lo es hoy, regida autonómicamente é incorporada á Rusia para cuanto atañe á si» vida exterior. La solución lógica es la actual, á la que se llegó por medio de la guerra y de la que no se puede salir con auxilio de ninguna ^ría. Por esta vez, y no será la última, las^ armas han valido más que las letras.

^ 'Si algún federal ilustrado lee esto que acabo- de escribir, pensará: «Este es de los míos: sin querer ó queriendo, este buen señor ha llegado á donde llegó en su libro dé Las Nacionalidad 87 1 des mi filustre jefe» D. Francisco, quien, des^ pues de echar abajo todas las teorías, estableció como regla general para la organización de las nacionalidades el sistema federativo. Finlandia no es miembro de una federación; pero en el fondo, si disfruta de su autonomía y está supe- ditada á Rusia sólo en aquellos asuntos que son superiores al interés regional ó que afectan á todo el Imperio, el resultado práctico viene á ser el mismo que en el régimen federal.»

Sin embargo, nada hay más opuesto á mis deducciones que la teoría federalista del Sr. Pí y Margall. Este reputado escritor está en lo fir- me cuando destruye lo» sistemas caprichosos, arbitrarios, de gabinete, los cuales hemos visto que carecen de valor en el caso de Finlandia — y quizás en los otros también; — pero cae en el error de fundar él otro sistefna. Porque en po- lítica «todo sistema es falso:>^ la realidad es de- masiado grande y bella para que se deje apri- sionar en un molde salido de la estrechez de un cerebro. Lo profundo en política es conocer el espíritu de cada nación y desembarazarle el camino para que avance con mayor seguridad; es trabajar como servidores y no empeñarse en ejercer de «amos de la situación.» Yo veo que en todo el mundo las nacionalidades fuertes lu- chan por asimilarse las débiles; Inglaterra en Irlanda; Rusia en Polonia ó Finlandia; los aus- triacos contra los húngaros, y los húngaros contra los rumanos, etc., etc. Y en vez de pro* 88 testar sin reflexión, pienso: es posible que esa tendencia al predominio sea algo tan natural como el amor del hombre á la mujer; quizás este amor no sea más que una condición de existencia de las especies — quizás sea verdadera la idea de Schopenhauer de que en los más pu- ros arrebatos de amor hay siempre en lonta- nanza un bebé que se rfe de los amantes;— qui- zás, por último, las luchas entre el espíritu de unas y otras nacionalidades sean una condición de la existencia de ese espíritu, y en el término de las luchas que nos espantan haya un nuevo y más brillante florecimiento espiritual. " Para mí, la federación no debe de ser una or- ganización estática, sino dinámica; no propia de un cementerio, sino hecha para que podamos vivir y movernos; no inmutable, sino «transi- toria y encaminada hacia la unidad.» Cierta- mente que yo no voy á justificar los medios violentos empleados para imponerse: para que no haya violencia es para lo que yo acepto la federación. ¿Qué culpa tiene la sociedad deque haya individuos vanos y pretenciosos que pre- tendan forzar la máquina para conseguir la unificación en breve plazo y llevarse la gloria y los honores? Las ideas tienen la vida larga y necesitan del concurso de muchas generaciones; pero lo largo de la obra no importa: lo esencial es que exista la acción del fuerte sobre el débil (y á veces el fuerte es el que parece débil, y el dominador queda dominado). Si las varias na- Ik ' ^9 cionalidades que coexisten en una nación viven en perfecto equilibrio, sin mirarse las unas á las otras, ó la máquina social está parada y es in- útil, ó está parándose y la disolución se aproxi- ma. La acción debe encaminarse, pues, á ta unidad, y una vez allí, unificadas todas las ener- gías, habrá llegado el momento de realizar otras funciones más elevadas, reflexivas pudiera de- cirse, á las que no puede atenderse mientras la nación no esté unificada, mientras hay que con- sagrar á la unificación los esfuerzos que más tarde podrán ser dirigidos á establecer un régi- men social más justo y benéfico. Mi federación va á la unidad, mientras que la federación sis- temática y permanente no va á ninguna parte, puesto que si las nacionalidades llegaran á fun- dirse contra la voluntad de los partidarios de )a federación, habría que separarlas á cañonazos para que la confederación no desapareciera. Y no se piense que esto es exagerado, pues unida está ya Francia y casi lo está España, y hay quien pretende volver á la Edad Media para an- dar el camino dos veces.

En Madrid tenía yo un amigo, cuyo solo de- fecto era la manía de adornarse con etiquetas y rótulos de los más llamativos y chillones; li- brepensador, federal sinalagmático, propagan- dista revolucionario, ex-emigrado por delitos políticos y qué sé yo qué más; y aparte de esto excelente persona, y por añadidura cargado de familia. Alguna vez, en broma, le dije yo: «¿Sa- 90 be usted lo que pienso cuando le veo venir de lejos? Pues pienso que no es usted un hombre^ sino un kiosko de anuncios que ha echado á an- dar.)^ Este amigo trataba siempre de convencer- me de la bondad del federalismo; y le ocurrió que vino f)or lana y salió trasquilado, como se va á ver- — Yo no comprendo— me decía — por qué us-^ ted acepta la libertad individual y la de las ciuda^ des, hasta acercarse á la autonomía administra- tiva, y se niega á reconocer la autonomía de las regiones.— A lo cual le contestaba yo: — La ra^ ±ón es muysencilla: un hombrey una ciudad son algo que existe siempre y por separado; tienen vida propia, y si saben usar medianamente de su libertad, marcharán mejor que sometidos á tutela; pero las regiones son organismos acci* dentales que cambian con el tiempo Si usted quiere reconstruir, por ejemplo, á Cataluña, Aragón, Valencia, Murcia y Andalucía alta y baja, yo pediré que se vaya más lejos y que ten- , gamos Tarraconense, Cartaginense y Bética; y así en las demás. Y si se me dice que esto es ab- surdo, yo demostraré que mi plan es absurdo como cuatro y el de usted como dos; pero tan absurdo el uno como el otro, porque en ambos se da un salto atrás, siendo así que lo que inte^ resa es dejar que las cosas sigan su camino, y tener fe en que no nos llevarán á nada peor que lo que tenemos. Lo que usted y los suyos se pro- ponen es lo mismo que si en un banquete.

91 91 cuando todo el mundo está sentado á la mesa y se dispone á comer con mejor ó peor apetito^ la cocinera, con pretexto de que los garbanzos han salido un poco duros, vuelca la olla por la ventana y deja á los invitados sin comer.

Mentirá parecerá; pero á mi amigo le im- presionó tanto el ejemplo de los garbanzos, que algún tiempo después vino á decirme que cam- biaba de política. — ¿Y qué piensa usted hacer ahora? — le pregunté yo. — Lo mejor sería que se declarase usted de mi bando, que es el de los neutrales ó neutros, que se contentan con ser españoles á secas, y no dicen nunca esta boca es mía. — No sé, no sé— me dijo mi amigo: — esta- mos reunidos vafios correligionarios disidentes y quizás formemos un partido nuevo, cuyo principio fundamental será la unidad ibérica,, realizada por medio de un sistema federal or- gánico, cuyas bases están en período de gesta- ción. Ya le pondré á usted al corriente, para ver si al fin se decide á entrar en política. — Y ya no le contesté nada; pero pensé: — Estos no se contentan ya con tirar los garbanzos; quierca tirar hasta la olla.

IV En la que el corresponsal, ¿in saber ^ran cosa de política, da una lecctón^ de política finlandesa, y si se quiere, de política general y española.

Estamos en pleno período electoral. — ¿Cómo es eso — exclamará el lector; — pues no escribe usted desde Rusia, donde todas las clases socia- les «gimen bajo el ominoso poder de un autó- crata?»— En efecto, escribo desde Rusia; pero Rusia, como ya sabemos, es un coloso: com- prende muchas provincias y estados vasallos y autónomos; y uno de éstos es Finlandia, donde puedo decir que, no obstante tener mis orejas en estado completamente normal, no he oído hasta ahora ningunos gemidos; antes me parece que todo el mundo vive muy contento, en cuan- to cabe vivir contento en este riguroso y despia- dado clima. Hay, pues, elecciones, y hay un po- der ejecutivo que gobierna muy bien, y hay un podtT legislativo, representado por un Landt-: 94 dag ó Dieta, que se reúne cada tres años y que comenzará á funcionar en el próximo mes de Enero.— ¿Y cómo se ha llegado á tan despejada situación? ¿Han degollado ahí á algún rey, ó al menos, ya que reyes no los hay, á algún gran duque; ha habido revoluciones, motines ó pro- nunciamientos?— Aquí no ha pasado nada, mis queridos discípulos. Hubo largas guerras entre Suecia y Rusia, motivadas por la posesión de Finlandia. El emperador Alejandro I, despue's de vencer en toda la línea á Gustavo Adolfo, no el Grande, otro que lleva el número IV, se alzó con el dominio de este país; y comprendiendo . que no era posible tratarlo como á las demás provincias de su Imperio, porque aquí había una nacionalidad muy bien definida y muy capaz de ;gobernarse,le concedió unacarta constitucional que después ha sufrido modificaciones, pero sin tocar á lo esencial el régimen autonómico y dis- tinto de el del Imperio ruso. Se ha llegado á conceder que el Arancel de Aduanas de Finlan- dia sea distinto; que se acuñe moneda finlande- sa; hasta que sean distintos los sellos de Co-. rreos. Porque los Emperadores del género auto- crático son hombres tan discretos como los Reyes constitucionales y saben someterse á la autoridad del sentido común, que, tengo para mí, es una constitución que rige con más efica- cia que todas las demás constituciones.

En San Petersburgo existe una Secretaría de Estado, Ministerio ó Delegación para los asun- 95 tos de Finlandia; y en Helsingfors reside un Go- bernador general, que tiene el mando supremo de las tropas y preside el Gobierno finlandés 6 Senado, constituido por funcionarios nombra-^ dos por el Emperador. Este Senado consta de dos Ministerios ó departamentos, de Justicia y de Hacienda, los cuales deliberan y deciden en pleno en los asuntos de gran interés, y por se- parado bajo la dirección de su vicepresidente ó ^viceordfoerande,» en los de su exclusiva com- petencia; y los departamentos tienen varias ex- pediciones ó Direcciones generales para asuntos judiciales, civiles, militares, económicos, ecle- siásticos, agrícolas, etc. El Senado es un Gabi- nete sin ministros, esto es, un Ministerio ideal: así es que todo marcha como una seda. No fal- tará quien extrañe que haya sólo dos departa- mentos, y no ocho ó diez como en los demás paí- ses. Se comprende que no haya departamentos de Estado ni de Marina, porque estos asuntos corren á cargo dellmperio; y más fácilmente aún que no lo haya de Ultramar, por no haber colonias; pero ¿y los otros? Si no hay Gober- nación, ¿quién gobierna? Y si no hay Fomento, ^quién fomenta/^ Yo creo que estas dificultades se resuelven con buena voluntad. Así como nosotros tenemos agrupados en un centro la instrucción pública, los ferrocarriles y carreteras, aquí han ido un poco más lejos y todas las fun- ciones gubernamentales las han fundido en dos grandes grupos, por vía de simplificación, y no 96 seré yo quien ponga reparos á tan excelente acuerdo.

El Landtdag, he dicho, se reúne de tres en tres años. El Emperador lo convoca con lá de- bida anticipación, y los distritos ó agrupaciones que tienen derecho á elegir representantes, íos eligen cuando á bien lo tienen. No hay dfa ni hora fijos, y, por lo tanto, la elección carece del saborcillo teatral que le presta entre nosotros el acudir la nación en masa á las urnas electo- rales, ó en caso de que los electores no concu- rran, el abrirse todos los colegios á una hora convenida, salvo en aquellos casos en que el me- ridiano local se trastorna un poco por alguna de las causas que las leyes no pueden prever ni evitar. Pero en uno y otro sistema, lo esencial es que los diputados, ya sea con actas limpias como aquí, ya con actas limpias y sucias como en España, quedan elegidos é investidos de la augusta representación nacional.

Y ahora empiezan las diferencias capitales. En Finlandia no funciona el Landtdag como un parlamento á la moderna; el Landtdag tiene cuatro brazos ó estados llamados «Stander:» el clero, la nobleza, la burguesía y el estado llano ó campesino. De estos cuatro brazos, el de la no- bleza tiene su pala(!io propio, y los otros tres se reúnen en un mismo edificio: el palacio de la Dieta. Los acuerdos son sometidos luego á la aprobación del Emperador y promulgados con el refrendo senatorial. Tiene, por lo tanto, el 97 Landtdag tres caracteres que lo diferencian de los parlamentos: se reúne trienalmente; no es elegido por sufragio universal, y no delibera en masa, sino por estados; es, por lo tanto, una asamblea representativa, calcada sobre el mo- delo de las Cortes medioevales. Y el país disfruta de tanta libertad práctica, como si existiera el parlamentarismo puro, y está perfectamente go- bernado.

No quiere esto decir que yo aconseje á los paí- ses de sistema parlamentario, que vuelvan á la organización de la Edad Media. Así como de las uvas sale el vino, pero del vino no pueden salir uvas, así también de las antiguas Cortes se ha venido á dar en las modernas, pero de las mo- dernas no se puede volver á las antiguas. Lo que yo pienso es que hay muchos modos de servir á Dios, y que debemos desechar el concepto ridícu- lo de que el buen Gobierno esté vinculado en ésta ó aquella forma, en éste ó en aquel régimen. Lo que yo pienso es que nosotros, y como nosotros muchos otros, no hemos querido caminar por lo llano, sino por las trochas, ni pasar el río por la puente, sino tirándonos á él de cabeza, y que cuando llegamos al fin de la jornada con la ropa hecha una lástima y calados hasta los huesos, nos encontramos que otros han llegado al mis- mo punto caminando muy á gusto por el cami- no real.

La transformación de los sistemas políticos no depende de los cambios exteriores, sino del 7 98 estado social: un pueblo culto es un pueblo li- bre; un pueblo salvaje es un pueblo esclavo, y un pueblo instruido á la ligera, á paso de carga, es un pueblo ingobernable. Las libertades las tenemos dentro de nosotros mismos: no son gra- ciosas concesiones de las leyes. ^íQué importa* que la ley nos declare libres si estamos poseídos por vulgares ambiciones, y sacrificamos nuestra libertad y aun nuestra dignidad por satisfacer- las? Hemos adquirido el derecho de insultar las más respetables instituciones, y hemos perdido el derecho de usar una faja que, aparte de servir- nos para meter en ella todos los objetos que lle- vamos diseminados por innumerables bolsillos, nos serviría también para conservar bien abri- gado el estómago. A cambio de la libertad de las ideas, nos dejamos despojar de una libertad más bella y más noble, la de la forma; y nues- tra aspiración parece hoy por hoy cifrarse en que todos los hombres, unidos en coro inmenso y fraternal, entonen un himno á la libertad, puestos previamente de frac y corbata blanca. Hay muchos que creen que si en la actualidad todos los pueblos de Europa, ó casi todos, dis- frutan de un régimen político liberal, hay que buscar la explicación en las revoluciones. Si no hubiera habido pueblos que sacudieran el yugo y comenzaran la obra de liberación, no habría- mos adelantado un paso. Esos otros pueblos que disfrutan hoy del nuevo régimen sin necesidad de haber acudido á la violencia, deben agrade-