SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

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99 cerlo á los que lucharon por implantarlo. Yo recuerdo haber leído un discurso del general Serrano, en el que, sintiéndose por un instante erudito, decía para justificar la revolución de Septiembre: «Si en el mundo no hubieran exis- tido revolucionarios, estaríamos aún adorando el caballo de Calígula.>> Y yo pensé entonces que la afirmación era un poco aventurada, por- que los Cah'gulas tienen la vida corta y los ca-i ballos la tienen más corta aún, y el gobierno de una nación pasa prontamente de las manos de un Galígula ó de un Nerón á las de un Trajano, un Tito ó un Marco Aurelio. Para los que no se aturden ante el éxito; para los que no someten su juicio á la brutalidad del hecho consumado, sino que miden las cosas por la fuerza ideal que en sí contienen, la revolución de Septiembre es un pronunciamiento afortunado; y la mayor parte de las revolucionas son engendros de la ambición ó de la vanidad de los hombres, que no contentos con seguir la evolución natural de las cosas, se precipitan á dirigirlas, para cargar con la gloria de haber salvado á la humanidad. El verdadero revolucionario no es el hombre de acción: es el que tiene ideas más nobles y más justas que los otros, y las arroja en medio de la sociedad para que germinen y echen fruto, y las defiende, si el caso llega, no con la violencia, sino con el sacrificio.

Pero volvamos al Landtdag finlandés, un po- co olvidado con estas divagaciones. Aunque ya ft.

roo he dicho que satisface admirablemente las ne- cesidades de este país, no basta la afirmación sin pruebas. El hecho es evidente, y el que dude no tiene más que venirse por acá para conven- cerse de que no le engaño. Pero no estará de más apoyarlo con algunos razonamientos, ya que en España se suele dar más importancia á los ra- zonamientos que á la realidad. La primera ven- taja de la Dieta finlandesa es la de reunirse sólo cada tres años. Si un comerciante de medio pelo hace su inventario una vez al año, una nación no pierde nada con fijar un período de tres ó de cinco años para deliberar acerca de la marcha de sus negocios, formar su balance general, y ver si conviene introducir algún cambio en el rumbo que hasta entonces se ha seguido. Una nación no debe de vivir al día, y las instituciones no deben funcionar sin descanso, porque el des- gaste puede ser excesivo. Cuando nos habitua- mos á ver las cosas, les perdemos el respeto y concluímos por menospreciarlas; viéndolas de tarde en tarde, nos interesan más, nos aparecen con más prestigio y nos inspiran más confianza. Un parlamento que funciona constantemente, ha de dar por fuerza algunos tropezones y hasta puede caer en descrédito; y si se presenta una ocasión en que tenga que resolver un asunto, grave, se acude á él con incertidumbre y hasta con temor. En fuerza de trabajar en asuntos pequeños, se incapacita para resolver cuestiones grandes. Si el poder legislativo, que por su fun- • < lOI clon es más alto, está á un andar con los otros» pierde su principal carácter, que es el de ser un refugio supremo en las grande crisis por que pueda pasar un país. Podría, pues, formularse un axioma político, diciendo que «la bondad de una Asamblea deliberativa está en razón directa del tiempo que media entre sus reuniones.* Cuanto más de tarde en tarde, tanto mejor; y si no tuviera que reunirse nunca, se habría llega- do á la perfección, porque el hecho indicaría que ya no hacía ninguna falta.

El segundo carácter del Landtdag finlandés es el de ser elegido por clases y no por sufragio universal; y sólo la consideración de los buenos resultados prácticos que da aquí el sistema, me retiene y me impide manifestar mi disconformi- dad. En nuestro tiempo comienza á estar de moda hablar mal del sufragio, y los espíritus más distinguidos hablan de él con grandísimo desdén. Ibsen, en su Enemigo del pueblo^ ha lanzado el gracioso apotegma de que «siendo la mayoría de los hombres una caterva de imbéci- les, la minoría es la que lleva la razón.» Idea que ya había yo leído en el Teatro critico del P. Feijóo, quien pensaba que todas las piedras del mundo reunidas no pueden formar una es- tatua, y que un águila ve mucho más que una bandada de gorriones. Por su parte Taine, que era un profundo político, se negó á ser elegido por sufragio universal, sin duda porque creía que la acumulación de varios millares de votos 102 sobre su nombre no había de añadir nada á la gloria que él por su solo esfuerzo había con- quistado.

Yo no estoy conforme con estas ideas: yo veo en el sufragio un pequeño reflejo de la Divini- dad, un medio que la Providencia ha puesto en manos del hombre para que cree en el sentida estricto de la palabra crear, es decir, sacando las cosas de la nada. Hay una porción de gentes sin una idea en la cabeza ni en otra parte del cuerpo, que se morirían sin haber sido nada real y concreto en el mundo, si no existiese el sufragio. Con el sufragio, á un «quídam» de esos se le echa encima una pila de papeles, y se le transforma en todo lo que sea menester. Reco^ nozcamos que esto, como diría el ilustre D. Juan Valera en su estilo acicalado, no deja de ser muy bonito. Yo soy ardiente partidario del su- fragio universal, con una limitación: la de que no vote nadie. Y no se crea que mi afirmación es una broma de mal gusto: es otro axioma de política transcendental, como demostraré ahora mismo, ya que en nuestros días hay que demos- trar hasta los axibmas. Todos los argumentos expuestos en contra del sufragio se reducen á éste: la verdad no surge del concurso de muchos hombres, sino del esfuerzo de las inteligencias; si entregamos los intereses de la sociedad en ma- nos de la mayoría de sus miejnbros, no contamos con un criterio verdadero, ni juslp, ni pru- dente, ni constante. Todo marchará al azar. Sin 103 embargo, este razonamiento no ataca á la esen- cia del sufragio: va sólo contra su aplicación, y si á eso fuéramos, no existiría nada en el mun- do. Para ser padre de familia se necesita, creo yo, más inteligencia que para depositar un voto en las urnas, si el padre de familia ha de cum- plir á conciencia sus deberes. ^Cuántos hay que los cumplen.'^ Uno de cada mil, ^Y vamos por eso á suprimir la familia.'^ Aunque quisiéramos, no podríamos. No nos queda más recurso que resignarnos, y á lo sumo, cuando vemos que un hombrees decididamente incapaz para cons- tituirse en familia, aconsejarle que no lo haga y esforzarnos por persuadirle. Este es mi criterio en la cuestión del sufragio: á mi juicio, todos los hombres que viven en sociedad tienen derecho estricto á intervenir en el arreglo de los asun- tos de interés común. Antes que reconocerles á unos el derecho y á otros no, sería preferible volver al derecho divino, y resumir todos los derechos parciales en el derecho de un autócra- ta. Si después notamos que la mayoría no sabe hacer uso de su derecho, cabe aconsejarla y per- suadirla á que no use de él. Y en España no ha- brá que molestarse mucho, porque el pueblo, reconociéndose sin inteligencia bastante para intervenir, no vota sino cuando le espolean.

Pero no se piense que es lo mismo no votar porque no se puede, que no votar porque no se quiere. Yo salgo á la calle con cinco duros en el bolsillo y vuelvo á casa sin haber gastado un 104 céntimo, y vuelvo alegre porque he ido por to- das partes con la seguridad que da el llevar cin- co duros para lo que pueda ocurrir; en cambio, salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor, porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido viendo, y he temido verme en un compro- miso que me obligara á declarar mi precaria situación. Así, pues, el Landtdag finlandés, que sin duda alguna supera á las Asambleas elegi- das por sufragio universal, sería teóricamente más perfecto si existiese el voto universal y no votasen más que los que hasta aquí vienen vo- tando. En este punto reconozco de buen grado que nosotros, teóricamente también, estamos á mayor altura que los finlandeses.

Queda aún un tercer extremo: la delibera- ción por brazos, como natural consecuencia de la elección por clases. Los acuerdos del Landt- dag exigen el concurso de tres «stander» por lo menos, y de los cuatro para ciertos asuntos de gran interés, como las modificaciones de ca- rácter constitucional, el servicio y cualesquiera reformas que afecten á los derechos de clase, las que no podrán ser admitidas sin el concurso de la clase interesada. También este sistema de de- liberar por separado está hoy muy en baja, y se considera más perfecto el puramente parla- mentario. Y es seguro que si una Asamblea íjjese representación íntegra de una nación, se habría dado un gran paso hacia el ideal políti- co: la fusión de los diversos grupos sociales; io5 io5 pero bien á las claras vemos que en nuestros días vuelven á levantar la cabeza nuevos par- tidos de clase, que con razón ó sin razón no se consideran representados suficientemente en los Parlamentos del sufragio universal; y más cla- ro se ve todavía que esos Parlamentos no pue- den andar solos, que hay que ponerlos detrás, á modo de niñera, un Senado que los vigile y que les dé unos cuantos azotes cuando sus tra- vesuras pasan más allá de lo que permite la prudencia. La Dieta finlandesa es á la vez Con- greso y Senado, y sus varias representaciones se corrigen mutuamente, cuando el caso así lo exige: es un organismo basado sobre la realidad de los intereses colectivos, no en una concep- ción arbitraria; su composición no es homogé- nea, pero tiene el gran mérito de ser franca y de no cubrir la diversidad real de los intereses bajo la etiqueta de una unidad artificiosa.

En resumen: yo acepto todos los progresos políticos de «mi siglo,» y me enorgullezco de ha- ber nacido en un país donde la democracia ha llegado á encarnar con tanta pureza y perfec- ción; pero reconozco que el país mejor gober- nado que he visto hasta el día es éste de Finlan- dia, donde todos esos progresos han sido hasta aquí letra muerta. Y ya que nosotros no poda- mos sacar otra enseñanza de esta observación, convenzámonos al fin de que nuestras luchas por cuestiones fantásticas deben de cesar; que con un sistema ú otro se va donde se quiere ir,' io6 si no falta inteligencia ni buenos propósitos. Los que desean aún derramar su sangre generosa por introducir un cambio en las exterioridades del Gobierno, que tengan la bondad de reser- varla para empresas más nobles, en las que se ventile el interés de «toda la nación;» y si la sangre les bulle tanto que no pueden aguantar más, que llamen á un sangrador y que se san- gren y dejen en paz á sus conciudadanos.

V Reflexiohes psicológicas que le sugiere al corresponsal la lectura de la Guia de la ciudad de Helsingfors.

El que quiera hacer descubrimientos notables^ que no se gaste el dinero en comprar telesco- pios, ni pierda el tiempo en revolver archivos y bibliotecas: que se vaya á lo ancho de la calle, y allí donde note un movimiento espontáneo de muchas gentes en una misma dirección, esté seguro de hallar el principio de una investiga- ción transcendental para la ciencia. El verda- dero y profundo saber brota de las muchedum- bres inconscientes: un pueblo que acude á vo- tar á los comicios, no da ninguna luz sobre sus propias aspiraciones, porque ha pensado de an- temano lo que va á hacer y acaso ha formado • artificialmente su criterio oyendo ó leyendo dis- parates ilustrados; ese mismo pueblo se congre- ga en la plaza pública para oir á un ciego can- tar romances, y es seguro que hará ó dirá alga io8, por donde vengamos á descubrir sus ideas ín- timas, tradicionales.

Oigamos al ciego entonar el romance de los nombres de las mujeres, donde se declaran los méritos y defectos, vicios y virtudes délas Jua- nas y las Petras, Jas Marías, las Tomasas y Jas Manuelas. Para los perezosos, para los que se contentan con juzgar sumariamente por impre- sión rápida y superficial, el ciego es un mendi- go que dice unas cuantas tonterías á cambio de tinos cuantos ochavos; yo creo que es un artista útilísimo, un cultivador del arte más fecundo, el que se desarrolla al aire libre y sirve de pasto ideal á las clases pobres, que no tienen medios ni capacidad para conocer otras formas artísti- cas más cultas; y creo también que lo que el cie- go dice son tonterías con un gran fondo de ver- dad.— Ya ve usted— se dirá: — asegura que las Marías son muy frías, y yo conozco precisamen- te cuatro, de las cuales una, es cierto, es fría como agua de aljibe; pero de las otras tres una es más que templada, otra es como un brasero y •otra arde en un candil. Ese ciego no debía tocar Ja guitarra, sino el violón. Sin embargo, si la ¿ente lo oye y le compra los romances, no de- jemos en este punto nuestras observaciones: ahí hay, como suele decirse, gato encerrado.

Es innegable que los nombres tienen una fiso- nomía propia adquirida por el uso, aparte de la que algunos poseen ya por su significación. Don Juan es un conquistador de corazones, don José 109 un señor muy patriarcal y don Pedro un hom- bre adusto. La religión, la historia ó el arte dan á los nombres ese carácter sugestivo, que no- puede ser desvirtuado por los hechos: si un hom- bre se conduce de un modo incongruente con el nombre que lleva, no por eso variamos nuestra concepto sobre el nombre, sino que decimos que éste está mal empleado. Jamás convendremos en que á un tunante le encaje bien el nombre de Ho- mobono, ó á un hombre discreto el de don Her- mógenes. Mas para que un nombre tenga.fuerza expresiva, es necesario que se le agregue algún rasgo que determine el estado social de la per- sona: si don Juan es el Tenorio, el tío Juan no es más qiie un buen hombre, rudo y tosco, y Juan á secas es un infeliz; y por otra parte, los nom- bres de los dos sexos no son iguales en este pun- to, porque los de mujer están menos usados que los de hombre. El papel de las mujeres ha sido yes principalmente dome'stico, y, por lo tanto, sus nombres sólo tienen expresión en la vida íntima y familiar, salvo contadas excepciones; son advocaciones de la Virgen; nombres poéti- cos, y en algunos casos formas femeninas de nombres de santos, las cuales no pueden con- servar su significación originaria: doña Juana no puede echar sobre sí las glorias de don Juan. El error del ciego procede, pues, deque, obli- gado á componer para su clientela, formada principalmente por mujeres pobres, tiene que concretarse á los nombres femeninos que son lio los menos característicos, y á emplearlos sin añadidura, tales como los usan las mujeres del pueblo; pero esto no debe de impedir que reco- nozcamos la verdad de la idea generadora del romance, de la cual se deducen después conse- cuencias de mucha mayor importancia, puesto que así como existen nombres característicos de las personas, con estos nombres se forman des- pués nombres característicos de las naciones.

Este preámbulo viene aquí á cuento, porque, •como creo haber dicho ya, el único libro de que dispongo para escribir estas cartas es el Adess- bok och Yrkeskalender, ó Guía de la ciudad, y á fuerza de mirarlo me ha venido la idea de sa- carle el jugo que contiene, que no es poco; voy, pues, á hablar de los nombres de los finlandeses y á deducir de ellos algunos rasgos psicológicos muy interesantes del pueblo finlandés.

Recorriendo las listas de apellidos, nótase la variedad de procedencias de la heterogénea po- blación de Finlandia, particularmente de las ciudades del litoral. Hay algunos apellidos ru- sos, cuya desinencia más común, y conopida es en off: Matrosoff, Baranoff, Pletschikoff, y bas- tantes polacos en sky: Doubitsky, Galetsky, Baltschefsky. Vienen después los suecos, cuya estructura es análoga á la de los alemanes ó á la de los ingleses, como Lindberg, Bergstroem, Eklund, Ekholm, Lindfors, Nyholm, Suellman, Wasenius, Oesterman, Johansson, Carlsson, Thomasson, Danielsson, etc. Y los más típicos III y extraños para nuestra vista son los finlande- ses: Tuominen, Saastamoinen, Haemaelainen, Raatikalnen, Pikkarainen, Niinimaeki, Nikki- lae, Aeyraepaeae, Jaeaeskelaeinen, Kokkonen, Kaekikoski, Kaeraejaemies, etc. — Estos nom- bres tan extraños, como ya lo indica la abun- dancia de vocales, se pronuncian con gran dul- zura.

Los apellidos finlandeses son, por regla gene- ral, largos; hay también algunos breves, pero menos corrientes, como Erkóo, Aho, que perte- necen á dos distinguidos periodistas de la loca- lidad; el finlandeses tan armonioso como el ita- liano; mucho más que el sueco, bien que éste posea la soltura y elegancia de la lengua fran- cesa, y en muchas palabras la plenitud y sono- ridad de la española.

En relación con los apellidos, los nombres pertenecen á diversos santorales ó se escriben de distinto modo: hay John, Johan, Juhani, Karl, Kaárl6; un nombre que me gustó la primera vez que lo leí en la Princesse Meleine, de Maeter- linck, tijalmar, es aquí corriente, así como Axel, Arvid, Eoro, Jaako, Uno, Ano, Edvin, Gunnar, Sigrid, P>ithiof, Haral, Erik. En nom- bres de mujeres los hay preciosos, y no dejaré tampoco de dar varios de los que más me agra- dan, por si alguna de mis lectoras se halla en es- tado interesante y preocupada por el nombre que le ha de poner «á lo que nazca:» Olga, Dag- níar, Hilda, Ida, Lida, Gerda, Lidya, Aína, 112 112 Selma,Sainaa, Sanny, Mia, Alma, Thyra, Ada, Dina, Aini, Huida, Edla, Ebba, Elsa. Algunos nohibres de mujer tienen estructura masculina: por ejemplo, Aino, nombre de una heroína del Kalevala, que andando el tiempo será dado á conocer en Europa y en España por una distin- guida cantante de aquí, que ahora empieza su carrera: Aino Achté. Sin embargo, los nom- bres más usados son los de la antigua Iglesia ca- tólica, los cuales se escriben exactamente igual que en España: aquí, pues, abundan las Ame- lias, Natalias, Rosas, Olivias, Amandas, Pauli- nas, Carolinas, Cristinas, Gustavas, Elviras, Junias, Julias, Emilias, Augustas, Sofías, Auro- ras, Paulas, Ineses, Josefinas, Jacobinas y cien por el estilo.

Ya que estamos en posesión de los nombres, vamos á lo más importante: al modo de usar- los. Aquí el nombre propio tiene muy poco uso: los hombres y las mujeres firman con su ini- cial y el apellido, y á veces con sólo el apelli- do. Si en España recibimos una carta firmada J. Petersson, ó su equivalente J. Pérez, pensamos que quien escribe e^ un hombre, y nos extraña que no haya firmado con su nombre entero; aquí ese nombre puede ser de una señorita jo- ven y guapa, y hasta si se quiere íntimamente conocida. Como la mujer trabaja como el hom- bre, ha perdido el calor sentimental y se ha convertido en una entidad útil: así, pues, el nombre propio, que es el afectivo, va camino de 413 413 desaparecer. En España sería ridículo decir á una señorita: «Buenos días, Rodríguez;» aunque no se tenga confianza, se emplea el nombre pro- pio, porque á la idea de mujer acompaña siem- pre la de amor ó delicadeza. Aquí me ofrece su tarjeta una señorita que se llama H. Lindroos: después de tratada mucho tiempo como Froe- ken Lindroos, preguntaré por curiosidad qué significa la H., y se me dirá que Hanna; y este nombre ¿qué es? ¿Es lo mismo que Anna, Ana? No. Es una forma abreviada de Johanna, Jua- na; pero después seguiré diciendo Lindroos á secas, pues el empleo del nombre propio sería una gran inconveniencia, por estar reservado para las expansiones íntimas. En toda Europa se observa que conforme avanza, la idea de emancipación de la mujer, decae la importan- cia del nombre propio; pero al menos las mu- chachas gustan de lucir sus nombres, en par- ticular si son bonitas; aquí es donde he notado mayor desprecio por el nombre personal y sen- timental.

En Finlandia los dos sexos usan el nombre de igual manera, porque su función social es también análoga, y el empleo predominante del apellido marca asimismo el carácter de esta so- ciedad. El nombre de una nación está repre- sentado por la forma usual del nombre de sus individuos: N. Koskinen es un finlandés (va- rón ó hembra); Louis Dupont es un francés; José Pérez y Gómez es un español; y no se crea 8 114 que la diferencia está en la significación de las palabras, puesto que lo mismo diríamos que es francés Félix Martin y que es español Félix Martin Martin (sin acento). Donde los france- ses dan un golpe, nosotros damos dos. Aquí hay un apellido español. Riego, cuyos usufructua- rios no sé si descenderán del general que dio su nombre al himno de la libertad: si así fuera, ha- bría que convenir en que el oficio de procla- mador de Constituciones es un tanto azaroso. Pues bien: T. Riego será finlandés y Rafael del ^Riego español, y aún recuerdo haber leído al- gunas veces el nombre de Riego con su segun- do apellido, no obstante ser tan celebrado y po- pular.

El nombre propio es el que marca la indivi- dualidad; el apellido las relaciones sociales. Así, pues, el nombre típico, usual de una nación, re- vela su carácter predominante. Hay nombre individualista y socialista, aristocrático y de- mocrático. Los nombres griegos son individua- listas y democráticos, porque se componen de un solo elemento: Solón, Sócrates, Platón, Aristó- teles, Pericles; en España hay también nombres de expresión análoga, los únicos que acaso existen en el mundo, los de nuestros toreros: la exterioridad ofrece algo chocante; pero vistas las cosas de cerca, Costillai^es, Cuchares, el Tato, Pepe fíillo, Frascuelo y Lagartijo, son nombres esencialmente helénicos y expresan el fondo de individualismo -que aún conserva núesii5 tra raza, bien que no se muestre en obras maes- tras de ciencia y art^/sino en formas artísticas rudimentarias, como tienen que ser siempre los juegos públicos.