SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

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Roma es un pueblo de organizadores, cons- tituido aristocráticamente sobre un patriciado; y el nombre romano es complejo, porque tiene que expresar, no sólo la personalidad, sino también el abolengo.^ Comparando estos dos nombres, Demóstenes y Marco Tulio Cicerón, se tiene la clave de dos historias y de dos civi- lizaciones. Los pueblos modernos conservan en gran parte el espíritu romano; pero el equili- brio, representado hoy por el uso simultáneo del nombre y del apellido, es inestable. Ingla- terra es quizás la nación que se aproxima más á la. organización romana; en. Francia el nom- bfe propio pierde mucho terreno, lo cual indica muy á las claras que las tendencias colectivis- tas lo van ganando.

En Finlandia encontramos el nombre típico de una nación democrática y socialista, cuyo individuo ideal no tendría nombre propio, sino el apellido, es decir, el rótulo social. Un pueblo donde se diga D. José, D. Manuel, D. Antonio, no puede ser socialista jamás; el hombre del colectivismo tiene que' ser Fernández, Martí- nez, Rodríguez, García; y así se llaman aquí, cambiados sus nombres por otros. No faltan aristócratas sueltos, pero son la excep9ión: para convencerse de que este' país es democrático, ii6 basta fijarse en que un apellido vulgar, por ejemplo, Johansson, Juánez, es usado por todos como si fuera el más distinguido, sin buscar medios de diferenciación. Se desean diplomas, cruces y todo cuanto sea distinción personal y proporcione ventajas materiales, pero sin sacar nunca á relucir los pergaminos. En España un hombre no querría llamarse J. Fernández, y acudiría á mil artificios para tener su nombre bien marcado, ya poniéndose un nombre pro- pio muy raro, ya colocando tras el Fernández uno ó dos apellidos más. Los finlandeses, antes que hombres, son miembros del organismo so- cial, y tienen, como veremos en mil detalles, aptitudes sobresalientes para vivir libres dentro de organizaciones y reglamentaciones en lasque nosotros no podríamos movernos siquiera.

Entonces, se dirá, ^España no es una nación democrática? De ningún modo; somos el pue- blo más aristocrático de Europa: así como en otros pueblos se ha debilitado el nombre pro- pio, nosQtros lo conservamos porque conserva- mos nuestro amor al individualismo; pero he- mos agregado un apellido más para señalar nuestro entronque, nuestra ascendencia. Yo soy el único que tiene aquí dos apellidos; y varias personas me han preguntado ya qué significa el segundo, y muchas más son las que han pega- do los dos y los han transformado en uno solo; yo contesto siempre que en España la mujer, socialmente, es menos que aquí, pero que en 117 117 casa lo es todo; que hasta conserva su nombre de familia y los transmite á sus hijos con el del padre. Lo cierto es que ¿n España Juan Fer- nández y García firma con más humos que Don Juan Fernández de Córdoba y García de Zúñi- ga. Hemos llegado á la igualdad, haciéndonos todos hidalgos, esto es, siendo todos aristócra- tas. Por eso, hablar de democracia en España es música celestial; no podemos ser demócratas, porque queremos demasiado á nuestra familia. En la actualidad vivimos en plena democracia, y estamos asistiendo al espectáculo interesante de la formación de un nuevo patriciado, de una aristocracia política, constituida por la aglo- meración en los cargos públicos de gentes en- lazadas por vínculos familiares. No gritemos contra los yernos, los sobrinos, los cuñados y * los primos, porque ahí está nuestra salvación^ en ese plantel de aristócratas de nuevo cuño, que en el porvenir han de dar muchos días de gloria á la patria, ó por lo menos á sus respec- tivas familias.

VI Donde se descubre el amor de los finlandeses al progreso, y se explica la causa de este amor.

La pereza intelectual que á todos nos domina, nos induce á inventar fórmulas convencionales que nos ahorren el trabajo de estudiar á fondo las cosas. Así, para dar idea del carácter general de una nación, hay etiquetas ó muletillas muy usadas que dejan completamente satisfecha nues- tra curiosidad: «ese país es refractario á la cul- tura;» «éste es amante del progreso,» y «aquél avanza de un modo visible por la senda de la civilización.» Con arreglo á esta fraseología, es lícito decir que Finlandia es un país que ama el progreso y avanza á galope tendido por todas las sendas que á él conducen. Ahora lo que fal- ta saberes lo principal, es decir, lo que aquí entienden por progreso; porque si interpretaran lá palabra al revés que nosotros, caminando hacia el progreso, irían á dar en donde nosotros menos pudiéramos figurarnos.

I20 La idea corriente hoy por hoy sobre el pro- greso es, por desgracia, demasiado material: no se da apenas importancia á lo que es en cada pueblo la vida de familia, las relaciones amo- rosas, el trato entre amigos, la unión de las di- versas clases sociales, y en particular de amos y criados; se atiende principal y casi exclusiva- mente á la extensión de la red de ferrocarriles, estado de las carreteras, servicio^ de correos, telégrafos, estadística comercial y cotización de los fondos públicos. Un pueblo cuyos valores se cotizan á la par, puede sin reparo degradarse y vivir en la corrupción más escandalosa; siempre será más culto que aquel otro cuyas cotizacio- nes anden entre el 70 y el 8o por 100. Como la familia existe desde el origen del mundo, y los adelantos mecánicos son cosa fresca, estamos aún en el período de la novedad, y no queremos convencernos de que los tan celebrados adelan- tos sólo traen servicios útiles para la vida, y que lo esencial continúa siendo la vida en sí: una vez que la familia se desorganiza, que las relaciones sociales se resquebrajan, que la vida colectiva se corrompe, el progreso material no sirve más que para cubrir las apariencias y para engañar á las gentes superficiales; es un progreso hipócrita y menguado, que sirve sólo para prolongar indefinidamente la existencia infructuosa, y á veces nociva, de los pueblos que á él se acogen.

En punto á progreso material, aquí en Fin- landia existe cuanto puede apetecer el más des- 121 contentadizo; más que progreso, hay ensaña- miento por el progreso y por muchas cosas que no lo son. Tienen, por ejemplo, la manía de ra- par los jardines, y no dejan que la hierba levante una pulgada del suelo: concepción democrática mala. En cuanto un tallo verde asoma, tímido, entre dos piedras, viene una mujer con un gan- cho y lo arranca, como si se temiera que con el tiempo interceptara las atarjeas ó la vía pública. Y lo mismo pudiera decirse del adoquinado, del arrecifado y de los demás servicios de urbani- zación. A mí no me gustan estos excesos; y si por mí fuera, la hierba crecería á sus anchas hasta que le llegara la hora de agostarse, y las vías públicas tendrían muchos altibajos. En Atenas no fué conocido el entarugado, y anda- ban por las calles personas de más viso que las que hoy se echa uno á la cara: quizás si allí se hubieran dedicado á afeitar jardines y á adoqui- nar calles, hubieran desaparecido sin dejar rastro.

La psicología tiene sus misterios, y no es fácil ver así, de golpe, la influencia que en nuestro espíritu ejercen las formas exteriores que habi- tualmente nos rodean y nos moldean, sin que nos demos cuenta de su sorda labor. Nuestro orgullo nos hace creer que estamos sólo someti- dos al influjo de los objetos en que voluntaria- mente fijamos nuestra atención; pero acaso sea más enérgico el influjo de lo imperceptible y de lo despreciable. Un hombre que habita en una 122 122 ciudad desigual, con calles quebradas, con jar- dines semisalvajes, circundado por la belleza natural que la tierra da de balde, es un hombre apto (si se decide á trabajar, justo es decirlo) para la creación de obras originales: por lo me - nos es un hombre llano, natural, sin artificio; ese mismo hombre habita en otra ciudad muy bien entarugada, alineada, arrecifada, barrida y fregada, é insensiblemente comienza á perder los rasgos más salientes de su personalidad: co- mienza él también á alinearse, á recortarse, á pelarse, á afeitarse y á engomarse, en una pa- labra, á estropearse por fuera y por dentro, y quizás al encontrar un amigo en la calle no sepa ya saludarle familiarmente, sino haciendo varios movimientos mecánicos, y ofreciendo en vez de toda la mano, como antes se hacía, el dedo ín- dice, que parece apuntar como cañón de revól- ver. Estas y otras bellezas nos trae el progreso mal entendido, y nos las trae por nuestra igno- rancia, porque no vemos el enlace que las cosas entre sí, á la callada, mantienen.

Una señora finlandesa me preguntaba cierto día: — ¿Es verdad que en España, cuando pasa una mujer bonita, los hombresla echan álos pies la capa y el sombrero? — Sí, señora: es verdad — contesté yo; — pero desgraciadamente la costum- bre se va perdiendo. — ¿ Ycómo explica usted ese cambio? ¿Es que se vuelven ustedes más calmo- sos, menos enamorados y galantes? — No es eso, señora mía; es que ha decaído mucho la capa: 123 hoy se usa con preferencia el gabán, y la nueva prenda no sirve para el caso. La capa va suelta sobre los hombros, y en menos que se piensa, en un abrir y cerrar de ojos, está extendida en el suelo: el movimiento es elegante y artístico. En cambio, el gabán es una prenda sin gracia: no hay modo de quitárselo en medio de la calle, pues parecería que se iba uno á desnudar; si se le ex- tiende sobre el suelo, tomará mil figuras y todas ellas serán antiestéticas, y hasta sería posible que la beldad á quien se pretendía rendir home- naje tropezara y cayera por nuestra culpa. Y en cuanto al sombrero, como ahora se gastan de casco duro, al tirarlo al suelo iría botando como una pelota y se llenaría de bollos y pique- tes. Los españoles somos, pues, como éramos; pero el traje ha cambiado y no nos deja hacer lo que antes hacíamos.

Hechas estas salvedades, para que conste ai menos que á mí los adelantos no me turban has- ta el punto de cegarme y entontecerme poi" com- pleto, no tengo inconveniente en reconocer las ventajas del progreso material y en guiarme por éste, como signo exterior, para descubrir el pro- greso efectivo de las naciones; pero tengo que separarme de nuevo de la corriente general y decir que no me bastan los hechos; que yo doy más importancia que á los hechos, á la forma en que se presentan.

Lo característico de Finlandia es el entusias- mo con que se aceptan todas las innovaciones de utilidad práctica, la rapidez y perfección con que todo el mundo se las asimila. En España te- nemos ferrocarriles; pero no sólo los tenemos de mala manera, sino que en algunos casos he- mos llevado nuestra mala voluntad hasta el ex- tremo de que el tren sea derrotado por la dili- gencia. En nuestra provincia existe ese raro fe- nómeno. Aquí los ferrocarriles son del Estado finlandés, y á pesar de lo escaso de la población dan ingresos muy lucidos; en cuanto al servicio, casi compite con el alemán, que es el más per- fecto de Europa. --El teléfono es aquí tan usual •como los trastos de cocina; es una persona más «n cualquier conversación. Muchas veces ocu- rre una duda que puede ser resuelta por alguien •que está ausente: al minuto se tiene la respuesta, «casi como si el consultado se hallara en la reu- nión.— No conozco ciudad donde existan, pro- porcionalmente al número de almas, más ca- rruajes que en ésta: están distribuidos por toda la población y en constante movimiento; son muy ligeros y muy baratos, y los usan hasta las •clases pobres. — Por el velocípedo hay verdadero delirio, y las mujeres le han aceptado como ins- trumento de emancipación; no se da un paso sin topar con una señorita inontada en su Bici- •cleta: si os fijáis por detrás, veréis que de esa par- te del organismo que sirve, entre' otras cosas, para sentarse, pende en forma humorística un cartelito, donde se lee un número, que quizás pase del cuatro mil: ese número, que es el del 1^5 « registro velocipédico, indica á las claras el abu- so que se hace del pedal. Porque aquí no se fijan más que en el ahorro de fuerzas, y en cuanto una novedad es útil, todo el mundo la acepta en masa, sin que á nadie se le ocurra criticar ni dárselas de refractario.

Yo hice un día ciertos reparos al hecho de que una señora vieja y horriblemente volumi- nosa, fuese también dando tumbos en una an- gustiada bicicleta (por cierto que ese día sentf ' por primera vez algo nuevo: la compasión por un aparato mecánico), y la persona á quien me dirigía sólo me contestó: «Yo lo encuentro bien; es útil.»— Finlandia es el país de los lagos: casi todas las ciudades y pueblos del interior es- tán unidos por vías navegables, surcadas conti^ nuamente por vapores; y no es extraño el caso de que un campesino se encargue durante una travesía de dirigir una embarcación con la se- guridad de un marino práctico. Y como éstos hay mil hechos curiosos que revelan la satisfac- ción rústica con que son aquí acogidos todos los adelantos,'y la prontitud y perfección con que se los introduce en la vida vulgar y corriente.

Mas no se crea que tan ardiente amor al pro- greso es signo de energía espiritual; es todo lo contrario. La opinión irreflexiva ve en la acti- vidad febril de un hombre que se pasa la vida rodando por los trenes, dando órdenes por te- légrafo y por teléfono ó yendo como una cente- lla en velocípedo^ una prueba de robustez cere- 126 bral extraordinaria; cuandp en realidad lo que debe de verse en todo eso es un desequilibrio or- gánico: la exaltación de la fuerza muscular y la atrofia del sistema nervioso. He aquí la causa de que los pueblos meridionales sean por tempera- mento refractarios álas'innovaci'ones mecánicas e incapaces de resistir el ajetreo excesivo de los novísimos medios de locomoción.

El tipo perfecto del hombre activo es el nor- te-americano; hoy es ya popular en Europa* la idea del yankee á lo Bourget: un hombre vul- gar de alma y cuerpo, poseído por la manía de reunir muchos millones; posee alguna línea de ferrocarriles, y si llega el caso alguna ciudad en- tera que fundó por su cuenta y riesgo ó que ganó en una jugada de Bolsa; trabaja día y noche en su bufete, con un aparato telefónico en cada ore- ja, el telégrafo enfrente y un exprés de propiedad particular silbando á la puerta, por si los nego- cios exigen de repente un viaje de cuatro ó seis mil kilómetros; y por último, el pobre hombre cae un día muerto sobre su escritorio á conse- cuencia de un ataque cerebral, mientras su mu- jer da un baile en París ó en Cannes, ó juega fuerte en Monte Cario. Hay sin duda en estos rasgos exageraciones de tipo novelesco; mas lo novelesco difiere poco de lo real: en el estudio de Bourget, -Owfremer, aparecen figuras seme- jantes á la que yo he indicado en cuatro líneas, y Outremer no es un libro humorístico, aunque á ratos lo parezca.

127 127 Tan extraordinario derroche de actividad no podría prolongarse mucho tiempo si estuviera alimentado por la inteligencia: yo he visto fun- cionar grandes empresas comerciales, y he com- prendido sin gran molestia la marcha de los negocios; y una vez dominada esta primera di- ficultad, he visto qué todo se reduce á una ru- tina para la que sólo se requieren facultades de resistencia. La gente profana, que no ve más que la complicación aparente de las operaciones, piensa que el que las dirige es un hombre de genio: una vez en el secreto, se convencería de que aquel trabajo está al alcance de cualquier burro de carga. Yo encuentro un gasto mucho más grande de energía en el que crea una obra de arte; y si se quiere un ejemplo de actividad material, diré que más fortaleza física se requie- re para ser matador de toros que para ser mi- llonario al estilo yankee. No hay que ir á Amé- rica para hallar hombres fuertes; para lo que hay que ir es para encontrar temperamentos que resistan la tensión pasiva á que nos conde- na el progreso mecánico.

A un amigo mío, lagartijista entusiasta, le oí referir una anécdota muy significativa sobre el insigne maestro cordobés. Se hablaba de lo malo y de lo bueno que tienen las profesiones y ofi- cios, y se llegó á tocar al toreo; y alguien le pre- guntó á Lagartijo qué era lo que más le dis- gustaba de su profesión, á lo cual el interpela- do, con una concisión digna de Tácito, contes- 128 tó: «Er tren.»— En estas dos palabras, mejor ó peor dichas, hay más substancia psicológica que en todos los tratados de Psicología que sirven de texto en los Institutos. Un torero de raza se halla en su elemento mientras lucha, mientras su actividad libre é inteligente está, enfrente del toro, y se fatiga de ir incrustado en un vagón, prueba evidente de que para resistir el traque- teo de los innumerables vehículos de nuestra época, la energía natural del temperamento es más bien un obstáculo; lo que él vulgo toma por actividad es inercia: ese hombre que va cincuen- ta horas en tren, no va, sino que lo llevan; él no hace más que aguantarse.

He presentado estos dos tipos de actividad para hacer ver, por medio de ejemplos conoci- dos, lo que son los finlandeses. El finlandés se aproxima al tipo yankee: no tiene campo de ac- ción para ejercitarse en empresas de alto vuelo; pero en su esfera funciona como un organismo libre, adaptado á una función mecánica; es calmoso hasta un extremo desesperante, pero tiene una constancia á prueba de bomba; su entusiasmo progresista nace, propiamente ha- blando, de su pereza, del deseo de economizar tiempo y de molestarse lo menos posible. La primera advertencia que me hicieron á mí al llegar, cuando di mi ropa blanca á la lavande- ra, fué que tardarían en lavarla, según es cos- tumbre, de dos á tres semanas; y como con el lavado ocurre con muchas cosas más. Aquí no 129 quieren trabajo extraordinario ni apresura- mientos; gustan de la regularidad, y dan á cada obra su plazo marcado é inflexible. Yo hace ya muchos años que no tengo reloj, y lo suprimí después de tenerlo otra porción de años parado. En España esto sería una dificultad, y fuera de España también he caído en faltas graves por no saber nunca la hora; aquí he resuelto el pro- blema, porque cada ciudadano es un aparato de relojería: la muchacha que enciende las estu- fas, las ocho; la mujer de la leche, las ocho y media; mi staederska, las nueve; el correo de la mañana, las diez; el almuerzo, las once; la jo- ven que viene del kontor, las doce; segundo co- rreo, la una; la chica que vuelve de sus clases, las dos; mi vecina, una joven pintora, va á co- mer, las tres; la doktorinna pasa en bicicleta, las cuatro. De aquí en adelante ya no se distin- guen los bultos; hay un intervalo hasta las nue- ve, en que mi criada viene á hacerme la cama. Porque aquí, dicho sea de paso, las camas son duras como piedras y las hacen cuando se va á dormir.

vil El corresponsal traza un inesperado y curioso paralelo entre la manteca finlandesa y los jamones de Trevelez.

En una de las innumerables revueltas estu- diantiles que agitaron la vida escolar de mi tiempo, no recuerdo en cuál, en una que sería provocada, como de costumbre, por las reaccio- nes gubernativas en vísperas de Nochebuena, se reveló, salió á luz un nuevo orador, que des- de lo alto de una reja nos arengó, nos entusias- mó y nos inflamó á los incipientes revolucio - narios: era el joven tribuno un prodigio en el arte de escalar rejas y de enardecer á sus seme- jantes. En la reunión se hallaban dos señores viejos atraídos por la curiosidad, y tengo muy presente que el uno dijo: — Ese muchacho llega- rá á Ministro; me lo da el corazón.— ¿En qué te fundas? — repuso el otro, — porque yo creo que lo que está diciendo es una sarta de dispara- tes.— No importa: dice disparates; pero los dice bien, y además tiene una agilidad sorprendente 132 para encaramarse en sitios altos; repito que Mi- nistro tenemos.

Muchas veces he recordado la profecía (que se reah'zará, po cabe la menor duda), y he pensada que aquel flamante tribuno tenía una cualidad muy rcomendable: la de ser siquiera hombre franco. Aspiraba á salvar el país, y lo decía para que nos enterásemos. ¡Cuan diferente es Fer- nández! Fernández ha publicado un tomo de poesías con el título de Rugidos de un loco: las ha dedicado á un personaje influyente de la si- tuación, y ha recibido una credencial de ocho mil reales en el Ministerio de Hacienda; ya es poeta distinguido, y cuando ascienda á doce mil será poeta inspirado; si llegase á jefe de sección^ sería eminente; y genial, si consiguiera el nom- bramiento de Consejero de Estado: aún le que- da que rugir para que sea verdad tanta belleza. — Gómez es un autor dramático. Ha compuesto un drama en que figura un genio falto de recur- sos, y lo que es peor, enamorado de una señorita de buena casa; pero el genio lucha y logra un acta de diputado y se casa á seguida, sin dificul- tad; y al caer el telón, el público piensa que el genio es el mismo Gómez, y que el drama es una indirecta; y el público está en lo firme. — Pérez ha llegado á concejal. Pérez es un joven de pro- vecho que desea ser útil ásus conciudadanos: ha estudiado á fondo todas las «cuestiones vitales» de la vida municipal, y tiene en cartera un plan completo de reformas: ocho grandes vías cruza* Í33 das, y en los cruces plazas muy grandes con monumentos muy pequeños para que no haya ■estorbos, y una red de tranvías que circularán con gran rapidez. Y algunas personas respeta- bles que conocen el pie de que cojea la humani- dad en general, y Pérez en particular, piensan que á Pérez, como á Gómez, habrá que darle un acta para que vaya á desahogarse al Parlamen- to, porque si no es capaz de. echar la ciudad abajo. Si fuéramos á multiplicar los ejemplos, tendríamos un volumen de caracteres como los de Labruyére: hasta tal punto nuestra sociedad abunda en tipos de nuevo cuño, forjados todos en el yunque de las necias y vulgares ambicio-, nes. Pero no puedo olvidar un tipo que rebosa interés por los cuatro costados; un amigo y an- tiguo condiscípulo: González. González es un alpujarreño, de familia bien acomodada, y aspi- ra á ser el representante de su distrito natural; ha creído descubrir la causa de los males que afligen á sus electores, y ha comenzado una campaña de propaganda enérgica; lleva pronun- ciados más de doscientos discursos, cuya sín- tesis se halla en el siguiente silogismo: «Todos nuestros males provienen de no tener medios fá- ciles de comunicación; para tenerlos hace falta un hombre que se mueva donde hay que moverse; pues bien: yo me ofrezco á ser ese hombre.)^ El argumento, como se ve, no admite réplica. Yo, sin embargo, creí que no estarían de más algunas aclaraciones, y apoyado en la antigua «34 amistad que me une con González, le escribí la siguiente carta: «Estimado amigo: Leo con sumo interés las- noticias que da la prensa sobre tu brillante cam- paña política, y encuentro en ellas un buen agarradero para reanudar nuestras viejas y un tanto olvidadas relaciones. El mundo es dema- siado grande, y cuando dos amigos se separan no saben cuándo ni cómo se volverán á encontrar: lo más que puede hacerse es tener confianza en la firmeza de la amistad y en el servicio de co- rreos. Así, pues, me daré por contentísimo si esta carta que te escribo desde las cercanías del Polo Norte llega á tu poder, y te suena á conse- jo de amigo verdadero y desinteresado. Y ahora empieza mi cuento.

»No hallo nada que censurar en tus aficiones políticas; sé que dispones de recursos sobrados para vivir, y que sola te espolea el picaro deseo de colocarte en un sitio visible y en el que te sea fácil trabajar por el bien común. Tú no vas á ensuciarte, estoy seguro de ello, y eres una «fuerza sana» de nuestra política. Pero á mi ver equivocas el camino, y porque creo que te equi- vocas es por lo que molesto tu atención.

»Desdfc que llegué á este país, habré leído hasta cuatrocientos artículos referentes á la manteca; yo, que soy poco amigo de grasas, estoy, sólo de leer, empachado. Todos los días traen los pe- riódicos algo sobre la manteca; «smoerfragan» «s el epígrafe general de los trabajos que se pu-r 135 blican sobre «la cuestión de la manteca;)» debe de haber redactores especiales que conozcan á fondo tan substanciosa materia, y luego hay otros epígrafes como «smoerexport,» exporta- ción de mantecas; «smoerrnoteringar,» notas de precios del artículo; «smosrprofningarna,» 6 sean ensayos y análisis, etc., etc.

»Es decir, que aquí hay una porción de per- sonas distinguidas qué se consagran principal y acaso exclusivamente al estudio de las mil cues- tiones que afectan á la preparación y exporta- ción de manteca. Después de la madera en bruto ó labrada, artículo que ocupa el primer lugar en la exportación, viene la manteca, que compite en calidad y precio con la más celebrada de Ho- landa ó Dinamarca; y como es necesario aumen- tar constantemente la exportación para adqui- rir otros muchos artículos indispensables para la vida, los trabajos de quienes en estos asuntos se ocupan son patrióticos y celebrados con igual título que los de la política, las ciencias ó las artes.

»Viendo lo que aquí ocurre y leyendo lo que tú dices sobre la necesidad urgente de construir carreteras en tu distrito, se me ha ocurrido pen- sar que tienes un medio más seguro de extender tu influencia y de conseguir el triunfo de tu candidatura. Si mal no recuerdo, tu abuelo amasó la fortuna de que tú ahora disfrutas ne- gociando en jamones alpujarreños, en los jamo- nes famosos y celebrados urbi et orbi bajo la ad- 136