SigPhi · Angel Ganivet

El escultor de su alma (drama mistico)

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Angel Ganitfet -t - - • — - EL ESCULTOR DE SU ALMA DRAMA MÍSTICO en tres autos.

GRANADA imprenta de El Defensor de Granada. 1904 ITALIA-ESPAÑA EX-LIBRIS M. A. BUCHANAN El escultor de su alma DRAMA MÍSTICO COMPUESTO POR Angel Ganivet precedido de un. prólogo por FRANCISCO SECO DE LUCENA 491722 GRANADA Imprenta de El Defensor de Granaba. 1904 L Rngel Qanivet Dibujo tomado del natural por José Ruiz de Almodóvar, en Granada, el mes de Julio de 1894 Archive in 2013 Alp acerca Je Ganivet.

El 1.° de Marzo ele 1899 se estrenó en el teatro <de Isabel la Católica de Granada, un drama místico, original de Angel Ganivet y titulado El escultor de sa alma.

El público, deslumhrado por la brillantez y ar- monía de una versificación sonora y rotunda, herma- na gemela de la que subyuga en las obras de Calde- rón y Lope, fascinado por la sublimidad de los con- ceptos que surgían de boca de los actores, cayendo sobre la sala como manantial inagotable de belleza que hería la imaginación y sacudía fuertemente el espíritu, quedó cautivo del poeta desde el principio del drama, y tributó á la obra y al autor una ova- ción tan entusiasta como no se ha oido otra en el coliseo granadino.

Nadie pidió el nombre del autor, porque era de antemano emocido, ni se pidió tampoco su salida á la escena, porque quien concibió y dio forma á aque- lla soberana producción dramática, no pertenecía ya al mundo de los vivos.

La sensación que produjo aquella obra genial,, inspirando en el ánimo de los amigos y admiradores de Ganivet y en general de los granadinos, vivísimo deseo de conservarla impresa, me han inducido á pu- blicarla, con lo que juzgo cumplir un deber; pues ha- biendo tenido la fortuna de que el autor me confiara su obra, enviándome desde Riga para su representa- ción en Granada, el manuscrito original de El escul- tor de su alma, considero que la obra de que se trata merece ser difundida por.medio déla imprenta, á fin de que no permanezca escondida esta valiente y ge- nial tentativa de reconstitución de nuestro teatro, iniciada por un granadino que honra con su nombre el de esta ciudad y el de la patria española.

El escultor' de su alma es la única obra de An- gel Ganivet que permanece inédita. Sus demás li- bros, aunque reducidos á un escaso círculo por lo corto de las ediciones, están ya impresos. Algunos, como Granada la bella, Carlas finlandesas y Hom- bres del Norte, los publicó en artículos El Defen- sor de Granada, y son muchos los lectores granadi- nos que los conservan cuidadosamente. No se halla en el mismo caso la producción dramática, y á satis- facer un deseo general, así como á rendir el debido tributo de admiración al ilustre y malogrado litera- < to, se encamina la publicación de este libro.

Pero quien lo lanza á la publicidad no puede sus- traerse al impulso, tan natural como explicable, de hacer algunas indicaciones sobre la producción de Ganivet, escribiendo estas deshilvanadas líneas, para dar á conocer al lector los rasgos más salientes de aquella insigne personalidad literaria.

* * Corta y gloriosa fué la vida del escritor granadi- no: no llegó á alcanzar los 33 años, entre el naci- miento ocurrido el 13 de Diciembre de 1865 y la muerte que tuvo lugar en Riga, el 29 de Noviembre de 1898.

El que tanto habia de honrar con sus obras el nombre de Granada, no mostró de niño esas preten- siones impropias de la edad que tanto celebra el vulgo en los niños precoces y que, como son una desviación de la naturaleza, un desarrollo prematuro de las facultades intelectuales, concluyen casi siem- pre por hacer de los niños célebres, vulgares media- nías, cuando no solemnes majaderos.

Comenzó el bachillerato á los quince años de edad, en 1880, y en el Instituto de Granada le conocí yo aquel año, también el primero de mis estudios.

Tal vez porque ni él ni yo habíamos hecho las primeras letras en la escuela, sino en nuestras ca- sas, carecíamos de la acometividad de los demás muchachos del primer año de latín, y un tanto apar- tados de la general algazara, pronto nos conocimos, congeniamos, y se estableció entre nosotros el vín- culo de la amistad más sincera que sin interrupciones ha durado hasta la muerte de Angel.

La vida escolar de mi amigo fué desde el primer •dia un triunfo continuado y brillante; era siempre el primero en las clases, pero sin esfuerzo y sobre todo sin pedantería: desde entonces se pudieron apreciar en él dos condiciones sobresalientes en que se hallaba la fuerza de su producción futura: la inde- pendencia del juicio con el horror á las preocupacio- nes que hacen del hombre moderno un esclavo de las fórmulas, y su buena voluntad para propagar entre los condiscípulos cuanto él sabía y los demás no al- canzábamos.

Como detalle curioso de nuestra vida escolar en el Instituto, recuerdo que por aquel tiempo el autor- de los magníficos versos que hacen de El escultor de su alma una de las obras de forma más brillante de nuestro teatro, sentía un profundo desdén por la rima y el metro. El profesor de Retorica quiso un día conocer las facultades poéticas de todos sus alumnos y, quizá con la esperanza de encontrar entre nosotros la crisálida de algún Zorrilla, escri- bió sobre el encerado, con clara letra, diez palabras que, formadas en columna una debajo de otra, cons- tituían las terminaciones de los versos de una dé- cima.

■ — Para mañana,— nos dijo el catedrático — deben ustedes traer á clase una décima, y para ahorrarles el trabajo de los consonantes, ahí los tienen ustedes en el encerado. Todo se reduce á un trabajo de re- lleno que no puede ser más fácil.

Al día siguiente, no se reveló ningún poeta; pero se vió á cuanto alcanza la resistencia de una casa ruinosa, porque apesar del diluvio de ripios que cayó aquella mañana sobre la clase de Retórica, el Insti- tuto no se hundió.

Solo un pequeño grupo de estudiantes no tomó parte en el concurso. Entre ellos figuraba Ganivet, que nos sorprendió con su retraimiento, y lo explicó en estas sustanciosas palabras: —Para decir tonterías en verso, mejor es escribir prosa, ó no escribir ni en prosa ni en verso, que es lo que yo hago.

Bachiller por oposición en 1885, estudiante pen- sionado luego en las facultades de Filosofía y Letras y Derecho, Angel Ganivet se fué formando una vasta y sólida cultura, cuyo fondo eran los clásicos griegos y latinos. Cuando salió de nuestra Univer- sidad en 1890 con sus títulos por oposición en las dos facultades, Ganivet era un perfecto humanista, y como al mismo tiempo había vivido en continuo contacto con la naturaleza y con la gente del pueblo en su casa molino de las afueras de la ciudad, el humanista era un hombre completo, tan apto para ganarse la vida en clase de maestro de molinería, co- mo para presentarse á disputar los cargos académicos en pública oposición.

Como á casi toda la juventud de nuestro tiempo, la Corte atrajo á Ganivet, quien levantó el vuelo apenas terminó sus estudios de Facultad. En este periodo, pierde mi memoria el rastro de Ganivet, de quien sé que pasó en Madrid trabajos que quizás hubieran dado en la sepultura con otra naturaleza menos fuerte, y en la degradación con otro espíritu menos templado que el suyo; que ganó en la Central, mediante oposición lucidísima el título de Doctor en Filosofía; luego y también por oposición, una plaza del Cuerpo de Archiveros, y por último, su ingreso en la carrera consular, en Febrero de 1892 en cuya fecha salió para Amberes, terminando con esto lo que pudiéramos llamar periodo preparatorio del in- signe escritor y filósofo, que desde París envió su primer artículo á El Defensor de Granada, al que consagró desde entonces todas sus obras magistrales que eran susceptibles de publicación en esta forma periódica.

Cuando su nombre era ya conocido como el de un literato genial é insigne, muchos diarios españoles y extranjeros solicitaron su colaboración con ver- dadero empeño; pero él rechazó todas las proposicio- nes fiel á su propósito de dedicar á Granada los fru- tos de su ingenio y mostrarlos á sus paisanos desde las columnas de El Defensor, que consideraba co- mo su propia casa.

De la estancia de Ganivet en Madrid, otros ami- gos que por aquel tiempo vivían en la Corte, cuen- tan detalles un tanto extraños que yo no he podido ni quiero poner en claro. Tal vez en alguno de esos detalles, convertido después por la fuerza de las circunstancias, y sobre todo por la nobleza nativa de nuestro insigne compatriota, en eje de su vida misma y preocupación constante de su espíritu, se encuentre el origen y la explicación de su trágica muerte..

* * * * A partir de 1892 el horizonte intelectual de An- gel Ganivet se ensancha de una manera prodigiosa; su estancia en Amberes, donde residió por espacio de cuatro años., con frecuentísimos viajes á París, le puso en comunicación directa con Europa. Dotado de asombrosas aptitudes para el estudio de los idio- mas, dominó de tal modo el francés, que según él mismo decía llegó á habituarse á lo más difícil para un hombre: á pensar en un idioma que no es el pro- pio. Ganivet se acostumbró á pensar en francés, y quizás en tan extraordinaria habilidad, se halle el secreto de una de sus más notables cualidades litera- rias, que es la sutilidad con que desdobla las ideas y las presenta bajo sus más diferentes aspectos con sencillez y desenfado admirables. Además del idio- ma de Eacine en el cual escribió sus más íntimos des- ahogos pasionales en sonoros y castizos versos fran- ceses, todos inéditos, Ganivet llegó á dominar casi todas las lenguas del Norte, y poseedor de este gran instrumento científico, pudo estudiar sin interme- diarios, directamente, una inmensa variedad de au- tores que para la generalidad de los españoles son perfectamente desconocidos, ó lo que quizás es peor, se conocen á través de las traducciones y los comen- tarios franceses, casi siempre tan acertados por lo que se refiere á las cosas del norte, como las famo- sísimas invenciones de manólas de navaja, torea- dores, etc., etc. con que nuestros vecinos traspire- náicos han desfigurado á España para presentarla vestida de máscara á los ojos de Europa. Así nuestro autor pudo hacerse cargo de costumbres, hombres y producción literaria con verdadera serenidad de jui- cio, llegando por sí mismo al fondo de las cosas, y presentándolas tal como él las observaba: embellecidas por su temperamento de artista, realzadas por la comparación con las análogas de su patria, con la sencillez y amenidad que tanto cautivan en Granada la bella y Cartas finlandesas.

Supo Ganivet* amoldarse al medio á que le llevó su carrera con facilidad maravillosa; pero al mismo tiempo que perfeccionaba su espíritu con inmenso caudal de observaciones y de estudios, supo hacer la obra, verdaderamente difícil, de adaptarlos á su = 10 = propio temperamento, en tal forma que debajo de todos sus conocimientos, constituyendo su fondo doc- trinal, se percibe siempre la filosofía y la moral de Séneca, que es su verdadero maestro; y bajo toda la balumba de escritores contemporáneos franceses, ingleses, alemanes, suecos, rusos, etc., siempre quedan intersticios por donde suben á la superficie, eternamente lozanas y frescas las flores peregrinas de las literaturas clásicas, y las soberanas creaciones del genio español.

La originalidad, el encanto de las obras de Gani- vet, se hallan precisamente en ese don maravilloso de su espíritu que le permitió asimilarse tan variada cultura sin menoscabo de su personalidad. Fué eu- ropeo, sin dejar de ser español; antes bien, fortifi- cando más y más su españolismo á cada bocanada de viento de fuera que recibía en pleno rostro.

Los viajes, las observaciones directas hechas sin prejuicio alguno, y su actividad incansable para el estudio, fecundado, claro es, todo ello por un talento extraordinario y por una fuerza de asimilación inte- lectual inmensa, formaron en poco tiempo la perso- nalidad literaria de Angel Ganivet; y cuando el escritor granadino hace sus primeras asomadas al palenque artístico, adviértese bien que sus armas tienen un temple excelente, que bajo ellas hay un espíritu de extraordinario vigor, que el nuevo combatiente lleva el bastón de mariscal, no en la mochila, como los soldados de Napoleón, sino muy á la mano; y que si nó lo empuña desde luego en la diestra, débese más á desprecio de las jerarquías, por lo que tienen de formalismo vano, que á falta de alientos para blandirlo.

= 11 == Cuando Ganivet vino de Amberes á Granada en el verano de 1895, fué á dar con sus huesos, casi acaba- do de bajar del tren, en el Centro Artístico, de grata memoria, que ya entonces empezaba á dar las bo- queadas recluido en un entresuelo insignificante de la Plaza Nueva. Allí nos vimos, al cabo de seis años de ausencia, una noche de las próximas al Corpus. Angel Ganivet estaba ya entonces completamente formado: su saber se desbordaba en una conversa- ción atrayente, curiosísima, que dejaba embobados á los oyentes. Por aquellos días, en el Centro, en la redacción de El Defensor, en cuantos sitios se ins- talaba la inolvidable tertulia, el cónsul de España en Amberes llevaba todo el peso de la conversación y se veía y se deseaba para contestar con la premura que exigía la impaciente curiosidad de sus amigos, el diluvio de preguntas con que le acosábamos. Cues- tiones de arte, de política, de filosofía, costumbres exóticas, literaturas extranjeras, á todo se le pasaba revista como en un cinematógrafo, y tengo para mí que ante otro espíritu menos benévolo, pacienzudo y eminentemente pedagógico que el de Angel Gani- vet, hubiéramos parecido sus interlocutores bandada de chiquillos sin seso, ó grupo de salvajes, por nues- tra insaciable curiosidad, que se mostraba con inconscientes saltos de mono desde una á otra de las más distantes ramas del frondoso árbol de la sa- biduría.

Desde entonces Ganivet, fué para sus amigos de Granada, lo más parecido á un oráculo, y surgió en todos el deseo de ver traducido en obras tan vasto saber y tan curiosas noticias; y como al mismo tiem- po su inteligencia estaba ya en sazón para producir, = 12 = nuestros deseos no cayeron en saco roto y aquel mismo año empezó á figurar en El Defensor la fir- ma del genial escritor, cuya colaboración asidua á partir de tal fecha, constituye para dicho periódico, preciado timbre de gloria.

El 4 de Octubre de 1895 apareció el primer artí- culo de Ganivet fechado en París y en el que se daba noticia crítica de dos libros famosos: Lourdes de Zola y jerusalem de Pierre Loti; al mes siguiente envió desde Amberes otros dos sobre Arte gótico uno, y el otro titulado Socialismo y música, que produjeron entre los intelectuales granadinos un mo- vimiento general de curiosidad hacia la nueva firma, sentimiento que se convertía al año siguiente, al publicarse la primorosa colección de artículos Gra- nada la bella, en sincera admiración y legítimo or- gullo. Granada contaba con un literato insigne, y .genuinamente granadino, como lo proclamaba aque- lla obra, que muchos consideran la mejor de nues- tro paisano, y que desde luego es la más expontánea y más fresca de cuantas hacen imperecedero su nombre.

* * * * * * En todas las obras de Ganivet, salvo las ele índole meramente crítica, hay un pensamiento fundamental que el autor nos vá mostrando bajo aspectos diferen- tes y siempre bellos; pensamiento de honda y tras- cendental filosofía del cual nunca se separa el espí- ritu del escritor, ávido de inculcarlo á los lectores: el alma humana posee una fuerza creadora casi om- nipotente y su verdadera misión no es otra sino la de obrar sobre sí misma para su propio perfecciona- miento.

= 13 = Esta labor interna de auto-creación y de robuste- cimiento moral, puede decirse que constituye el leit- motiv de las obras de Ganivet, y alcanza su mayor- desarrollo en Los trabajos de Pío Cid, obra origina- lísima de la que solo se han publicado dos tomos, que- dando sin escribir lo más interesante de ella.

Ese pensamiento de la creación espiritual que en Los trabajos toma formas prácticas, y se nos mues- tra reducido al círculo familiar y de relaciones ínti- mas del infatigable creador, como se le denomina en la portada del libro, alcanza extraordinarios vuelos y formas estéticas valiosísimas en El escultor de su alma, donde ya el círculo se estrecha más y el crea- dor, que en esta otra obra es Pedro Mártir, actúa sobre su propio espíritu en un anhelo infinito de per- fección que nunca alcanza, hasta que purificado por el dolor, que es para Ganivet (y en esto tiene nuestro autor parentesco muy próximo con los místicos del Siglo de Oro), el verdadero crisol de la vida, fuego, yunque y martillo con que Pedro Mártir quiere forjar su alma ideal, logra la dicha de morir esculpido en forma eterna, de obtener el reposo después de una vida de lucha constante, abismándose en la con- templación del ideal de Belleza, que simboliza su hija Alma.

Del propio modo que en Los trabajos y El escul- tor, muéstrase el mismo pensamiento fundamental en las demás obras de Ganivet, si bien bajo otros as- pectos más interesantes si cabe que en las obras citadas. Así, en La conquista del Reino de Maga, Pío Cid construye un estado social aprovechando la ma- teria prima que le ofrece un pueblo joven y Cándido.

En Idearium español, obra importantísima de filo- = 14 = sofía política en la que el autor se eleva á prodigio- sas alturas en una admirable concepción sintética de la Historia, el trabajo de auto- creación se encomien- da á las energías propias de la raza española, y en la restauración del espíritu español que hace cua- tro siglos se escapó de España, es donde encuen- tra el insigne hijo de Granada la única forma de redención posible para este desventurado pueblo que hoy se agota por no encontrar nuevos ideales con que sustituir los que ya cumplió hace siglos en la Historia de la Humanidad. Por último, en la obra más expontánea y más fresca de Ganivet, en Grana- da la bella, la idea fundamental se desdobla en otro aspecto no menos interesante, sugestivo y amable, que el autor expresa en el primer capítulo de lo que pudiéramos llamar Estética de las ciudades, diciendo que va á exponer los principios «de una ciencia ó arte desconocidos hasta el día, y que este arte nonnato puede ser definido provisionalmente como un ' arte que se propone el embellecimiento de las ciudades por medio de la vida bella, culta y noble de los se- res que las habitan.»

Como fácilmente se alcanza por esta enumeración, las obras de Ganivet, dejando aparte las meramente literarias, como son Hombres del Norte y Cartas finlandesas, tienen entre sí estrecha conexión; unas á otras se complementan y es necesario leerlas todas para atisbar cual es el verdadero alcance y signifi- cación de muchas afirmaciones que, aisladas, pueden resultar extravagantes y aún incomprensibles para un lector frivolo. De la grandeza de la idea funda- mental en que participan todas, nace la necesidad de leerlas despacio, con detenimiento y atención.

=15= Dióse en ellas Ganivet todo entero á sus lectores, y sus libros hacen meditar mucho y hondo.

De aquí nace la atracción irresistible que ejercen sobre el espíritu: la curiosidad se despierta hábil- mente y después se satisface con un raudal inagota- ble de ideas; á veces, cuando ya se llega á tocar casi la solución del problema que embebe nuestro áni- mo, Ganivet no concluye el cuadro ó lo termina con una pincelada de misterio, que nos deja entre nieblas y vaguedades, y nos hace experimentar una sensa- ción penosa, como la del viajero que después de fati- gosa ascensión á elevadísima cumbre, no encontrase ante sus ojos el panorama abierto que esperaba, sino otro monte más agrio, más vertical y más sombrío que limitara á pocos metros el horizonte.

En obras tan profundas, el misterio es inevitable: la razón, como los pulmones, solo puede ejercitarse libremente hasta ciertas alturas; excedidas estas, el organismo muere, y la razón se extravía.

* * * Ganivet no era un teórico ni un sofista; era un hombre que cuando se convencía de la verdad de un principio, sobre prestarle su adhesión intelectual, hacía todo lo posible por llevarlo á la práctica.

Hé aquí un hecho que demuestra plenamente la verdad de esta afirmación.

Como la mayoría de los pensadores modernos que se apartan de la vulgaridad, el autor del Idearium entró en la gran corriente de protesta contra la ac- tual organización de la propiedad, corriente que hoy conmueve al mundo. Mostrábase decidido adversario de ella, y á diferencia de la turba-multa de reforma- = 16 = dores que predican la liquidación y el reparto, á re- serva y sin perjuicio, como dice la conocida fórmula curialesca, de barrer hacia adentro todo lo posible, Ganivet, sin predicar nada, con la tranquilidad sene- quista que formaba su idiosincracia intelectual y mo- ral, se vino á Granada, buscó á un notario, pagó los derechos correspondientes á la Hacienda, y donó cuanto le correspondía de la herencia de sus padres á sus hermanas. El se daba por suficientemente he- redado con la educación superior que había recibido.

Easgos de esta índole, de perfecta ecuación entre los principios morales que profesaba y su conducta, hay muchos en su vida. Por esto á la generalidad de las gentes, esclavas del formulismo, parecía Gani- vet un extravagante, y era preciso conocerlo á fon- do para apreciar en todo su valor la valentía de su proceder, y la habilidad suma con que, sin ceder un ápice de sus convicciones, supo no molestar jamás á los que no participaban ele ellas; antes bien entre los adversarios jurados de sus teorías, encontró en- trañables amigos y fervientes admiradores. • La pasión por el trabajo, la incansable actividad para la producción literaria y filosófica, fueron la for- ma práctica con que se tradujo en la vida del autor el pensamiento fundamental de sus obras, la auto- ^creación á que me refería poco antes; y ya que vuelvo sobre el tema, pareceme oportuno decir que aquel principio tan fielmente observado en la práctica, no condujo al llorado amigo ni á las arrogancias del su- perhombre preconizadas por el filósofo que ha trastor- nado más cabezas en estos tiempos, ni al aislamiento y la concentración en su propio espíritu. Aunque no muy devoto de la ley de las mayorías, aunque con la =17= =17= •energía moral suficiente para quedarse solo en la profesión de un principio sin experimentar terrores, la frase de Ibsen el hombre es más grande cuando está más solo, no se ha escrito para Ganivet. Bus- caba su espíritu la comunicación activa con otros es- píritus, gustaba de la contradicción y de la propa- ' ganda, y siendo por extremo tolerante huía de im- poner á nadie sus criterios, limitándose á despertar en todos el afán del trabajo, del perfeccionamiento •espiritual, que cada uno debía emprender desde sus priva jivos puntos de vista, y sin abdicar de las con- vicciones sinceramente profesadas.

La tendencia expansiva de aquella inteligencia superior, espoleó en Granada á no pocos, que pose- yendo brillantes cualidades para las letras y las ciencias, necesitaban un impulso extraño para salir de sus ensueños y vaguedades. Este impulso., vence- dor de la crónica abulia granadina, lo dió Ganivet, y •de sus conversaciones al aire libre ante la Cofradía del Avellano mientras estuvo en Granada, y de la •correspondencia que constantemente sostenía con tocios desde el extranjero, surgió en nuestra capital una especie de renacimiento que murió en flor, y se deshizo en lamentaciones al morir Ganivet. ¡Quién puede calcular la pérdida enorme que para el movi- miento literario granadino representó su muerte!

En el periodo de- tres años desde 1896 á 1898, las letras granadinas adquirieron considerable impulso de que dan claro testimonio las colecciones de El Defensor de aquella época, cuyas páginas contienen infinidad de trabajos, muchos de singular mérito, debidos al estímulo de Ganivet sobre sus paisanos y .amigos.

2 2 De entonces acá, hemos vuelto á la afición plató- nica, y los escritores que tanto se estimularon en- tonces, parece que cayeron á los profundos abismos del prosaísmo cuotidiano: á la lucha por el pan los que viven de su trabajo en profesiones tan opuestas al arte como la burocracia, los registros, las nota- rías, la medicina ó el foro; á la bonhomie contempla- tiva é infecunda los que tienen asegurado el garban- zo por sus medios de fortuna. El afán de leer, y más todavía el de escribir, han menguado desde en- tonces de una manera inverosímil.

La primera obra que publicó Ganivet fué Grana- da la bella, cuyo capítulo inicial apareció en El De- fensor el 23 de Febrero de 1896.

Partiendo de aquel principio fundamental que ya expuse en otro párrafo, Ganivet censura con desen- fado y valentía poco comunes la serie de manías que han convertido á las ciudades en campo experimen- tal de los mayores absurdos y truena contra la epi- demia de reformas que han pasado casi todas las gran- des urbes de Europa y que tarde y con daño ha ve- nido á apoderarse de este humilde rincón granadino.

Las demoliciones y los ensanches, destruyendo á capricho barriadas enteras, tal vez, las más intere- santes desde el punto de vista del arte y la arqueo- logía, han quitado á las poblaciones el sello espiri- tual que supieron imprimirlas sus habitantes, han destruido la fisonomía ele cada una para convertirlas á tocias en ridicula alineación de casas, manzanas y calles que nada inspiran al sentimiento y á la ima- ginación, como no sea la idea desconsoladora de la vulgaridad.

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