SigPhi · Angel Ganivet

Granada la bella

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En las casas antiguas una mujer es una galería de mujeres: cuando está en las salas bajas, recuerda los tiempos en que la reja era reina y señora de nues— tras costumbres; en los patios, mecién— dose en el balancín, toma matices orieno O A A , O, IA DAA XA A o uy O eno; tales; en los salones grandes y destar— talados, parece una figura arrancada de un viejo tapiz; asomada á lo alto de una torre, trae á la memoria la época de los castillos y las castellanas. Y nosotros, que tenemos en las venas sangre de ára— bes, de polígamos, nos forjamos la ilu— sión de que una mujer es un harén, y vivimos, si no felices, muy cerca de la felicidad. | Mediten las mujeres.

y XI - MONUMENTOS Por todas partes por donde he ido he notado que las iglesias muy chicas están empotradas entre edificios muy altos, y que las iglesias muy altas surgen en me- dio de casas muy chicas. ¿Cómo es que lo grande engendra lo pequeño, y lo pe- queño lo grande? La catedral de Ambe- res, que es de las mayores y de las me-— jores, está rodeada de un cinturón de casas pobres, de fachada puntiaguda, de esas que llaman de piñón ó españolas, porque recuerdan nuestra época; por un lado tiene una plaza muy espaciosa, donde está la estatua de Rubens, y por otro una plazoleta, donde está el pozo del herrero-pintor Quintín Matsys: si se la mira desde la estatua de Rubens, pa- rece bella y grandiosa; y si se la mira desde el pozo de Matsys, parece infinita, asusta. Los monumentos góticos hay que mirarlos desde muy cercá de la ba— 108 se, porque sus líneas se unen siempre en un punto ideal del espacio, y los del Re- nacimiento á gran distancia, para abar— car toda la amplitud de sus proporcio— nes. Así, nuestra catedral, mirada de frente, exige que nos pongamos á dis- tancia, y pierde gran parte de su majes- tad porque su ángulo más macizo está enclavado en. la parte más estrecha: el Pie de la Torre; en cambio la fachada ' de la Capilla Real, cuyo estilo es más delicado y de remates más finos, está fa- vorecida por lo estrecho y umbroso del paraje. La idea de dar vista por medio de los ensanches á los grandes monu- mentos debe, pues, subordinarse al co nocimiento de la perspectiva, porque á veces lo pequeño es punto de apoyo pa— ra apreciar lo grande: de apoyo mate- rial si se compara la desproporción de los tamaños, y de apoyo moral cuando se piensa que en casas miserables, donde los hombres tenían que encogerse para no tocar en el techo, se fraguó la idea de construcciones que aun hoy nos asom- bran por lo audaces. Y digo esto, por— que he visto funcionar empresas que se proponían librar iglesias y catedrales de la vecindad de casas pobres, con fines aparentemente piadosos y en el fondo utilitarios; que cuando un negociante se TA A p_OE0R——_—_ A 109 disfraza con el manto de la piedad, es más temible que un cañón Krupp. ' ' Otra cosa he notado: que de los monu- mentos antiguos, algunos quedaban sin acabar, y que los modernos todos están acabados: se nota la influencia de la Eco- nomía, de la Hacienda y del arte de fra- guar presupuestos. ¿Qué es mejor? ¿Que el idéal marche libre y desembarazado y se quede á veces á mitad, de camino, Ó que se subordine á un presupuesto rigu- roso? Yo he resuelto la cuestión de la siguiente manera. Acompañando un día á un artista que visitaba Bruselas, nos detuvimos ante la iglesia de Santa Guu- dula y nos lamentamos de que tan bella obra hubiese quedado sin concluir,"sin torres, desmochada; yo, sin embargo, hice la salvedad de que, habiendo tantas obras concluídas en el mundo, una sin acabar tenía ya, por esto solo, cierta gracia, aparte del mérito de revelarnos cómo se puede pecar por exceso de fe en las propias fuerzas, en vez de pecar, co- mo hoy pecamos, por no acometer más que trabajos menudos, reservando siem- pre nuestras mejores energías para algo indefinido que no acaba nunca de llegar. Algún tiempo después, en un día de es-. pesísima niebla, pasé por el mismo sitio y ví ahora la iglesia acabada, como sin Y 110 Y 110 duda la idearon, con sus agujas invisi— bles en el aire, envueltas en un manto gris, que con naturalísima delicadeza cubría los desmoches y desvanecía aque- llas líneas duras en que la obra material declaraba su impotencia para subir más alto. ¿Qué importa lo material, que al fin ha de morir? Basta que por un fragmen- to nos dejen adivinar toda la obra. La esencia del verdadero arte se afirma con: más fuerza cuando subsiste en las ruinas de la obra y se agarra desesperadamen— te al último sillar que formó parte del monumento; á la última estrofa, muti- lada, que se salvó al perecer el poema; á un pedazo de lienzo que se libró al destruirse el cuadro. ¡Cuán diferente el arte de nuestros días, arte de coleccio- nistas y de baratilleros! ¿Veis ese pala— cio que dicen es un prodigio de arte? Sacad de él los tapices, los bronces y los cuadros; levantad cuatro tabiques, y tenéis una casa de huéspedes.

He notado también que de los edifi- cios monumentales, los antiguos son: una iglesia, un convento, una casa co- munal ó una lúgubre prisión, donde se conservan piadosamente viejos instru - mentos de tortura; y los modernos son: un banco, una cárcel modelo, un cuartel 6 un tribunal de justicia. La lucha si— e A - — cio ca ala — ANA rr 111 gue; pero el centro de gravedad de la especie humana se ha bajado desde la cabeza hasta el vientre.

Por todas partes se nota que los pue— blos estiman á sus hombres, no por lo que han sido, sino por lo que han repre- sentado; de donde resulta que las esta- tuas de hombres contemporáneos repre- sentan héroes de la organización y de la fuerza, mientras que las estatuas de hombres antiguos representan héroes de la ciencia ó del arte. Las ideas vienen: antes que la fuerza; pero la fuerza se deja ver antes que las ideas. Para que un pueblo conozca lo que un organizador ó un guerrero han representado, no se ne- cesita que transcurra mucho tiempo; y para que aprecie lo que representaron los hombres de ideas, han de pasar va— rios siglos. Existe, pues, una perspecti— va para la ejecución técnica de las obras de arte, y otra perspectiva para su com- posición; y esta última no está en los libros ni en la percepción, sino que es obra del tiempo, en el cual la fuerza va hundiéngose y la idea levantándose. En la histofia de Alemania, para poner un ejemplo, hay dos períodos idealmente distintos: el primero, el de la Reforma, fué el que constituyó el reino de Prusia; el segundo, el de la filosofía, que arran- 112 ca de Kant, y el del arte, coronado por - Goethe, es el que ha traído el Imperio. Y mientras en este segundo período no se ha pasado aún de la glorificación de la fuerza, de los monumentos á las victo— rias, en el primero, ya definitivamente cerrado, todo aparece fundido y forman- do un cuerpo armónico. El monumento que más me ha interesado, entre tantos como hay en Berlín, es el consagrado á la Reforma, en Neuer Markt: es de pro- “porciones modestas, y siendo obra ex-— clusivamente alemana por su concep- ción, tiene más alcance que el aparatoso cuadro de Kaulbach, La Reforma, donde la figura de Lutero se sale de quicio. En el arte, lo lógico es siempre muy supe-— rior á-lo alegórico. El monumento de Neuer Markt es lógico; es la evolución natural de una idea, y pudiera decirse de todas las ideas, en el pueblo alemán, donde nada se improvisa, donde todo tiene su origen inmediato ó lejano en la Escuela: en primer término, á ambos lados de la escalinata, los paladines Ul- rich de Hutten y Franz de Sickingen; en las gradas bajas del pedestal, los teólogos Jonas y Krugigen, Spalatin y Reuchlin, apechugados sobre sus libros, con caras de viejas comadres que se co- munican sus secretos; luego, á ambos 113 113 lados, de pie, Melanchton y Bogenha- gen, la idea levantándose, la exégesis tomando vuelos imaginativos; y en lo alto, del pedestal, la figura arrogante, orgullosa, de Lutero. Nuestras ideas no evolucionan así; nuestros héroes deben estar siempre en lo alto de una columna con los ojos vendados.

Yo creo que no debían erigirse monu- mentos más qué para conmemorar lo que los siglos nos muestran como digno de conmemoración; las improvisaciones son funestas en la estatuaria, y en Es- paña lo son mucho más, porque somos poco aficionados á rendir homenaje á nuestros hombres; y cuando nos decidi- mos á hacerlo, elegimos, por falta de costumbre, lo primero que cae á mano. Hace algún tiempo nuestro crítico Ba- lart se quejaba de que mientras Madrid no había dedicado una estatua á Queve- do ó á Lope, tuviese la suya un gene - ral, autor de un proyecto de reformas. Y por todas partes la historia se repite. En Francia, donde son muy dados al abuso de las estatuas, ha nacido el re- medio de esta grave dolencia. En vez de decidir sobre el cadáver aún caliente de un hombre ilustre, si éste debe pasar ó no á la posteridad, confían el juicio de- finitivo á las generaciones venideras, y 8 8 114 - se limitan á erigirle un sencillo busto, que sea, si así es de justicia, el germen de la estatua futura. He aquí algo digno de imitación. Si en nuestras plazas y jardines públicos consagráramos estos humildes recuerdos á los hombres que en la política, la administración, el arte, la enseñanza ó la industria han trabajado en bien de Granada, contribuiríamos ' mucho á desarrollar los sentimientos de gratitud y solidaridad que tan desmedrados viven en nosotros. La misma ' modestia del homenaje permitiría tributarlo á los hombres más útiles para la.

prosperidad de las ciudades, á los que trabajan sin ruido y sin aparato y tienen más mérito que fama.

El embellecimiento de Granada no exige muchos monumentos, porque te- nemos ya un gran renombre-adquirido en todo el mundo con nuestra Alham- bra; lo que sí pide es que se rompa la monotonía de la ciudad moderna, y se procure que haya diversos núcleos, cada uno con su carácter. Así como los hombres nos esforzamos por crearnos una ' personalidad para no parecer todos cor— tados por la misma tijera, así las plazas, calles Ó paseos de una ciudad deben ad- quirir un aire propio dentro de la uni- dad del espíritu local y para dar á éste 115 niás fuerza. Y esto sólo se consigue com los pequeños medios: la concesión de primas á los que. construyan edificios de estilo local, que hay reconocido interés porque no desaparezca; los concursos de. ventanas y balcones en «tiempo de festejos, para hermosear las fachadas y para despertar la afición á la floricultu— ra; la conservación de las fiestas popu—. lares; las reproducciones en tamaño na— tural de edificios notables con motivo de exposiciones ó ferias, como las nuestras del Corpus. Son innumerables los me— dios á que recurren todas las ciudades de Europa, que tienen tradiciones artís- ticas, para embellecerse y para no caer en la.monotonía y apocamiento de los pueblos adocenados, donde la vida, que ya es de por sí bastante triste, se hace angustiosa, insoportable é infecunda. En cuanto á nuestro carácter monu— mental, dudo que pueda ser nunca otro que el arábigo, no porque sea nuestro, sino porque está encima de nosotros y fuera de nosotros. De la Alhambra pu— diera decirse que está en toda Europa y fuera de Europa. Son muchas las ciudades, y entre ellas alyunas de las que se acercan al Polo Norte, donde existe algo que lleva el nombre y es imitación mejor ó peor entendida de la 116 Alhambra; y este algo es un teatro de género ligero, una sociedad coreográ- fica, un café cantante, cosa artística desde luego, pero en que lo esencial son . Jos descotes y las pantorrillas. La idea universal es que la Alhambra es un edén, un Alcázar vaporoso, donde se vive en fiesta perpetua. ¿Cómo hacer ver que ese Alcázar recibió su primer impulso de la fe, siempre respetable, aunque no se co- mulgue en ella, y fué teatro de grandes amarguras, de las amarguras de una dominación agonizante? El destino de lo grande es ser mal comprendido: todavía hay quien al visitar la Alhambra cree sentir los halagos y arrullos de la sen sualidad, y no siente la profunda triste za que emana de un palacio desierto, abandonado de sus moradores, aprisio- nado en los hilos impalpables que teje el espíritu de la destrucción, esa araña invisible cuyas patas son sueños.

XII - “LO ETERNO FEMENINO Para terminar esta conversación ex— cesivamente larga que he sostenido con -mis lectores, y considerando que hasta aquí todo ha sido retazos y cabos suel— tos, y que no estará de más defender al- guna tesis substanciosa, voy á sentar una que formularé al modo escolástico en los términos siguientes: «Supuesto que somos pobres y que no podemos adornár nuestra ciudad con monumen— tos de gran valor artístico, y supuesto que tenemos unas mujeres que son mo- mumentos vivos, cuya construcción nos sale casi de balde, ¿no habría medio de dar suelta á estas mujeres, de desparra- «marlas por toda la población, -para que £llas, con su presencia, nos la engala— .naran y embellecieran?»

Caminando hacia el Norte se nota un fenómeno curioso: las ciudades cada vez van siendo más tristes y cada vez van 118 - - pareciendo más alegres. ¿Cómo se ex plica que aquí en el extremo Norte, en— tre nieves y nieblas, con vegetación cash moribunda, la ciudad parezca más ani-— - mada que ahí en Andalucía, donde la luz entra á raudales, los árboles alegran y los pájaros cantan? Es que aquí hay mu- jeres, es decir, están en todas partes las | mujeres; no ya en el café ó el restau— rant, ó en el comercio de poca importan- cia, haciendo asomadas y sin atreverse á tomar posesión definitiva de su puesto: en la sociedad, sino en todas partes, por derecho propio, como los hombres. A cualquier hora del día ó de la noche en— tran y salen, van y vienen solas ó con compañía. En la Universidad hay ma- triculadas más alumnas que alumnos, y por calles y paseos se ven bandadas de | muchachas con sus libros bajo el'brazo, | que en unión de sus compañeros vaná - | sus clases ó vienen de ellas; hay licen— ciadas y doctoras en todas las profesio— | _ nes; todo el comercio de mostrador está | en poder de las mujeres; están en Co- rreos, Aduanas, Bancos y escritorios; | hay barberías femeninas. En suma, el | sexo es un accidente que no influye más a que en el vestir y en la elección de al- gunos oficios que por su naturaleza exl- gen, ya la delicadeza de la mujer, ya la 119 fuerza del hombre. Hasta tal punto lle-. ga la despreocupación en esta materia, que existen tipos sociales para nosotros -inconcebibles. En España un hombre - soltero que quiere establecerse en casa propia, tiene que casarse; aquí puede ' encontrar fácilmente una mujer Joven, entre los quince y veinte años, si así lo desea, de educación esmerada, que le dirija la casa, y viva en ella bajo el mis- mo pie que una vieja ama de llaves, sin escándalo de la moral ni mucho menos. —Cuando yo llegué á Helsingfors des— pués de un largo viaje, lo primero que se me ocurrió fué tomar un baño. Fuí á un establecimiento, que resultó estar servido por muchachas muy puestas de uniforme. Una de ellas me cogió por su - cuenta: me desnudó, me llevó á una pila - de mármol, y como si fuera un niño recién “nacido, en el estado más natural que puedan concebir mis lectores, me enjabonó, lavó y fregó de pies á cabeza, sin omitir detalle; luego me hizo pasar por una serie de duchas frías y calien- tes; me frotó y me hizo entrar en reac- ción, y me ayudó á vestir. No se podía pedir más. ¿Que esto es inmoral y hasta indecoroso? Yo digo que no me lo pare- ce, visto de cerca. Estas jóvenes lavan á un hombre como las de ahí lavan unos 120 120 calzoncillos, sólo con un poco de más tiento. Es un oficio como otro cualquie- ra, que por ser propio de mujeres, por exigir más minuciosidad y delicadeza, se ha reservado al sexo femenino. En subs- tancia, que muchas mujeres ganan en él el pan de cada día, y que la gente anda muy aseada.

Desde luego me hago cargo de la di- ferencia de climas; de que aquí nieva durante ocho meses, y se suele disfrutar hasta de 30 grados bajo cero. No he de proponer que se adopte tan interesante sistema. También las amas de llaves ó «hushállerskas» demasiado jóvenes, me parecen peligrosas para nuestras Cos tumbres, en las que el respeto'á la mu- - jer está aún en mantillas. Aquí la mis- ma libertad, la facilidad de la seducción, impide que haya seductores; y si los hay, la sociedad se ceba en ellos con furia, no los aplaude ni «les ríe la gracia.» Donde no hay cerrojos que quebrantar, ni bal- . cones que escalar, ni terceras personas que sobornar, ni vigilancia que burlar, no puede vivir D. Juan Tenorio.

Si he de ser franco, como me gusta serlo, he de confesar que ninguna faena de las que corren á cargo de las muje- res me entusiasma en cuanto á la ejecución, hasta el punto de pedir la supre- 121 sión absoluta del hombre: poca más ó menos, las cosas resultan hechas igual, Lo que á mí-me gusta y me interesa es que las mujeres se muestren, bullan por las tiendas y por toda la ciudad, sirvan de contrapeso al hombre y contribuyan á formar la vida íntegramente humana, tan diferente de la vida de cuartel, pa— ra hombres solos, que nosotros sin per- cibirlo arrastramos. Porque no basta que la mujer salga á paseo, y se mueva como quien no va á hacer nada, como ' quien no tiene el hábito de andar si- quiera; la mujer debe también andar por algo é ir á alguna parte, como los hom- bres. Los andares de una sola mujer son bellos, aunque carezcan de sentido utilitario; en particular los andares de nuestras mujeres, que tienen fama uni-— versal. Aparte los términos taurinos, las dos palabras españolas que yo he encon- trado sin traducir en diversas lenguas son «pronunciamiento» y «meneo,» que no tienen equivalente, y que quizás en el fondo sean una sola. Pero el movi- miento de una ciudad en conjunto no es bello, sino á condición de que vaya en— cáminado en direcciones finales. Por esto un desfile de «paseantes que par sean» es aburridísimo.

Al llegar á este punto, algún estadista 1) 122 serio me interrumpirá exclamando: «¡Pe- - yo usted se ha propuesto divertirse á costa de los problemas “sotiales! ¿Con que un asunto tan grave y transcenden— tal como el de los derechos de la mujer, á su juicio se reduce á que haya movi- miento, y á que éste sea más ó menos animado? ¿No le ha interesado que los derechos civiles de la mujer sean igua-— les á los del hombre, hallarla dignifica- da por el saber y emancipada por un ré- gimen liberal y justo? Estas cuestiones hay que «plantearlas en el terreno de los - principios,» y no tomarlas á chacota. Sin duda parecerá que mi serio inte- rruptor, que por la traza es «hombre de conocimientos generales,» está en lo fir- me. Pero no olvidemos que ese estadis- ta y otros de su calaña, discutiendo todo lo discutible, han mantenido á España lo que vá de siglo en período constitu— yente, y aún no han constituido nada que inspire un saludable y definitivo res- peto. En España 'no se debe plantear nada en el terreno de los principios, por- que el arte oratorio está muy desarro- llado, y no se acaba nunca de hablar. Hay que irse al bulto. Si se plantea la cuestión de los derechos de la mujer, pasaremos un siglo discutiendo; se me» terá la cizaña en la familia, y no se sa— PA 123 PA 123 cará nada en limpio. Y las pobres mu-— chachas, que seducidas por el ruido so- noro de las palabras «emancipación, » «dignificación,» «igualdad de derechos, » se declaren oradoras y propagandistas, no conseguirán más que ponerse en rl— dículo éincapacitarse para contraer ma- trimonio.

Con mi sistema no hay discusión po- sible. Existe un hecho evidente para to- do el que tenga ojos en la cara: que la vida de las ciudades es más bella cuan- do la mujer acompaña al hombre en to- dos sus quehaceres, que cuando las mu- jeres están encerradas en casa y los hombres solos en las oficinas ó comer— cios Ó industrias ó en la calle. Falta sólo buscar el medio de que las mujeres se muestren, entren y salgan, vayan y ven- gan, puesto que no basta hacer las co- sas por capricho, sino que hay que ha— cerlas por alguna razón que justifique este cambio en las costumbres y arran- que poco á poco al hombre la llave con que aprisiona á la mujer y á la sociedad la ligereza con que le mancha la repu- tación, por apariencias engañosas Ó por hacerle pagar cara su libertad.

En primer término, deben separarse en grupo distinto las mujeres casadas, que no deben disfrutar de las libertades 124 generales sino en“cuanto lo consienta la conservación de la familia, de la vieja familia. Esta no debe ser tan mala, cuando todas las mujeres aspiran á for— mar una; y yo opino que si por ministe- rio de la ley se asegurara á todas las jó- venes un esposo medianamente trabaja- dor y no excesivamente feo, ninguna hubiera pensado en la emancipación. Donde, como aquí, la mujer tiene como el hombre medios públicos y legítimos de vivir independiente, la soltera, cuan- do llega la hora de casarse, abandona el puesto á otra y se constituye en familia, en iguales condiciones que si hubiera es» tado encerrada siempre en su casa. Las mujeres que no se han casado todavía y las que no quieren ó no pueden ya ca—_ sarse, son las que necesitan moverse con entera libertad para vivir honestamente de su trabajo. El centro de la vida de la mujer, no debe ser la esperanza del ma-— trimonio; no debe pasar su juventud con esa sola idea, y el resto de la vida, si no se casa, en la inacción. El sentimiento cris- tiano es que tenga su fin en sí misma, y que lo cumpla sola ó acompañada. Otras veces el convento era un competidor «de los enamorados, y había aquello de Quedarse para vestir imágenes; pero hoy ereo que no hay ya bastantes imágenes.

125 Lo difícil es dar el primer paso. En casi todas las naciones latinas se ha co- menzado por colocar á las mujeres en lugares equívocos, allí donde la desmo- ralización es más probable y el descré- dito cosa segura. Esto es peor que no hacer nada. La fortaleza inexpugnable de estas mujeres del Norte, es el mostrador: todo comercio, de cualquier ar- tículo de que se trate, que exija tienda abierta, está en manos femeninas, y en manos no mucho más hábiles que las de nuestras mujeres. Hay más instrucción, sin duda; pero es más de superficie que de fondo. Á primera vista, se“cretría que unx muchacha que por seteríta y cinco ó cien pesetas al mes dirige la venta de un mostrador y lleva la contabilidad y la correspondencia en varios idiomas, re-= vela dotes poco comunes en las españo- las; pero el estudio más penoso, el de las lenguas, es aquí cosa muy al alcance de todo el mundo, por hablarse muchas co- rrientemente: el sueco, el finlandés y el ruso, tienen carácter oficial; aquí todo es trilingúe, y el alemán y el francés es- tán muy generalizados. Así, pues, sepa- rada la cultura que da de sí el medio so- cial, todo se reduce á ciertas nociones técnicas que no exigen grandes desvelos, y á la práctica que da la misma profe- 126 > 126 > sión. Sin necesidad de someterse á una instrucción artificial é inútil, inspirán— dose más en la voluntad que en los li— bros, nuestras mujeres podrían abrirse ancho campo en el comercio y conse- guir su positiva independencia.

- Todo esto sonará á prosa en muchos oídos que oyen todavía con agrado las alabanzas del amor caballeresco; pero no se olvide que ese amor ha pasado á la historia, y que ya no hay caballeros andantes y casi podría decirse que ni ca- balleros parados. El hombre de nuestro tiempo no merece, ni por sus cualidades ni por sus acciones, que la mujer conti— núe en el encantamiento en que vive, en el cual, á falta de pensamientos altos, se convierte en ridículo muñeco. No se ha- ble de la poesía, del recogimiento y del recato, ni se intente entonar la eterna canción de que nuestra proverbial galan- tería se opone á que el idolo se manche en vulgares faenas: en el fondo de esos lugares comunes, lo que se oculta es el desprecio de la mujer, es la desconfian- za en su honestidad. Donde la mujer es dueña de su destino, cuando ocurre que es víctima de un engaño, se considera el hecho como un accidente, y se conti— núa respetándola; mientras que nosotros creeríamos que eso era lo natural, y da- 127 127 ríamos una vuelta más á la llave. Pro- sájco nos parecerá que las jóvenes hagan su aprendizaje en un oficio ó en una pro- fesión, y se preparen á vivir por cuenta propia, sin esperarlo todo del hombre; pero hay en ese movimiento uña pro- mesa de poesía futura: la de la mujer con voluntad, con experiencia, con ini— ciativa, con espíritu personal, suyo, for- mado por su legítimo esfuerzo.

Helsingfors, 14. 4 27 de Febrero de 1896.

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