SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

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, mtm\ mué Miás M¡rv>. reflexionando sobre el apasiona- miento con queeD España lia sido defendido j proclamado el dogma de la Concepción Inmaculada, se me ha ocurrido pensar que en (-1 fondo de ese dogma debía de haber algún misterio que por ocul- tos caminos se enlazara con el misterio de nuestra alma nacional; que acaso ese dogma era el símbolo ¡símbolo admirable! de nuestra propia vida, en la que tras larga y penosa labor de maternidad venimos á hallarnos á la vejez con el espíritu virgen; como una mujer, que atraída por irresistible vocación á la vida monástica y ascética y rasada contra su voluntad y convertida en madre poT deber, llegara al caito de sus días á descubrir que su espíritu era ajeno á su obra, que entre los hijos de la carne el alma, conti- nuaba sola, abierta como una rosa mística a los idea- les de la virginidad.

Coando se examina la constitución ideal de Es- paña, el elemento moral y en cierto modo reli- gioso más profundo que en ella se descubre, como sirviéndolo do cimiento, es el estoicismo; no el es- toicismo brutal y heroico de Catón, ni el estoicismo sereno y majestuoso de Marco Aurelio, ni el estoi- cismo rígido y extremado do Epicteto; sino el estoi- cismo natural y humano de Séneca. Séneca no es un español, hijo de España por azar, es español por esencia; y no andaluz, porque cuando nació aun no habían Tenido á España los vándalos; que á nacer más tarde en la Edad Media quizás no naciera en Andalucía sino en Castilla. Toda la doctrina de Sé- neca se condensa en esta enseñanza: No te dejes vencer por nada extraño á tu espíritu; piensa, en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de tí una fuerza madre, algo fuerte é indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del dia- rio vivir; y sean cuales fueren los sucesos que sobre tí caigan, sean de los que llamamos prósperos, ó de los que llamamos adversos, ó de los que parecen en- vilecernos con su contacto, mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siem- pre de tí que eres un hombre.

Esto es español; y es tan español, que Séneca no tuvo que inventarlo, porque lo encontró inventado ya; sólo tuvo que recogerlo y darle forma perenne, obrando como obran los verdaderos hombres de ge- nio. El espíritu español, tosco, informe, al desnudo, no cubre su desnudez primitiva con artificiosa ves- timenta; se cubre con la hoja do parra del senequis- mo; y este traje sumario queda adherido para siem- pre y se muestra en cuanto se ahonda un poco en la superficie ó corteza ideal de nuestra nación. Cuando yo, siendo estudiante, loí las obras de Séneca, me quedó aturdido y asombrado, como quien, perdida la vista ó el oído, los recobrara repentina é inesperada- mente y viera los objetos, que con sus colores y so- nidos ideales si> agitaban autos confusos en su inte- rior, salir aluna en tropel y tomar la consistencia de objetos reales y tangibles.

Es inmensa, mejor dicho, inmensurable, la parte (pie al senequismo teca cu la conformación religiosa y moral y aun en el derecho consuetudinario de España; en el arte y cu la ciencia vulgar, en les pro- verbios, máximas y rellanes, y aun cu aquellas íainas de la ciencia culta en que Séneca no paró mientes jamás. A.sí, por haber tenido nuestro filó- sofo la ocurrencia genial y nunca bastante alabada y ponderada de despedirse de esta vida por el suave y tranquilo procedimiento de la sangría suelta, ha influido en nuestras ciencias médicas tanto como Hipócrates ó Galeno. España sola sobrepuja á todas las demás naciones juntas, por el número y exce- lencia de sus sangradores. El supremo doctor ale- mán es el doctor Fausto y el supivmodoctorespari.il es el doctor Sangredo, no obstante haber existido también su rival y famoso congénere, el doctor Tedio Recio de Tirteafuera. Y jamás en la historia de la humanidad se dio un ejemplo tan hermoso de estoicismo perseverante como el que nos ofrece la in- terminable talan je de sangradores impertérritos, quo durante siglos y siglos se han encargado de aligerar el aparato circulatorio de los españoles, enviando á muchos á la fosa, es cierto, pero purgando á los de- más de sus excesos sanguíneos á fin de quo pudicsen vivir en relativa paz y calma. Y quién sabe, si el descubrimiento de la circulación de la sangre por Servet, <j u*1 en definitiva es lo único notable que los españoles han aportado á la ciencia práctica de los hombres, no tendrá también su origen en Séneca y en la turbamulta do sus acólitos.

Sin necesidad de buscar relaciones subterráneas entre las doctrinas do Séneca y la moral del cristianismo, so puede establecer entre ollas una re- lación patento ó innegable, puesto que ambas son como el término de una evolución y el comienzo de otra evolución en sentido contrario; ambas se en- cuentran y se cruzan, como viajeros que vienen en opuestas direcciones y lian de continuar caminando cada uno de ellos por el camino que el otro recorrió ya. El término de una evolución filosófica racional, como la greco-romana, es, cuando están todas las soluciones agotadas: la empírica y la constructiva, la materialista y la idealista, la ecléctica y la sin- crética; la solución negativa ó escéptica; y entonces surge la moral estoica, moral sin base, fundada sido en la virtud ó en la dignidad; pero esa solución es transitoria, porque bien pronto el hombre, menos- preciando las fuerzas de su razón, que no le conducen á nada positivo, cierra los ojos y acepta una creen- cia. El término de una evolución teológica, como la del pueblo hebreo, tiene que ser también, cuando ya están agotadas todas las soluciones históricas, esto es, todos los modos de acción, una solución negativa, anarquista diríamos hoy; tal era la que anunciaban los profetas; y entonces debe de surgir una moral, (pie como la cristiana condene la acción y roa en ella la causa de los sufrimientos humanos y reconstruya la sociedad sobre la quietud, el des- prendimiento, y fl anjor, pero osa moral os transito- ria, poniiio bien pronto el hombre desengañado do la í'ó, que le conduce á producir actos negativos, so acoge á la razón; y comienz) una segunda evolución quo ya no so muestra en actos, sino en ideologías. Por esto la moral cristiana, aunque lógicamente nacida de la religión judaica, era negativa para los judíos; puesto que dando por terminada su evolu- ción religiosa, les (viraba el horizonte de sus espe- ranzas y les condenaba á recluirse dentro de una religión acabada ya, perfecta y por lo tanto inmuta- ble; así cerno la moral estoica, fundada legítima- mente sobre lo único que la filosofía había dejadoen pié. sobre lo que subsiste aún en los peiíodos de mayor decadencia, el instinto de nuestra propia dig- nidad, era negativa tanto para griegos como para romanos, porque derivada del esfuerzo racional, pre- tendía construirlo todo sin el apoyo de la razón, por un acto de adhesión ciega, que andaba tan cerca de la fé, como la moral cristiana andaba cerca de la pura razón. V así. por este encadenamiento natural, el cristianismo encontró el terreno preparado por la moral estoica, la cual había sembrado por el mundo doctrinas nobles, justas y humanitarias; pero carecía do jugo para fertilizarlas. Lo noble, lo justo y lo hu- manitario, sostenido y amparado sólo por la razón, menos que por la razón por el instinto, no puede ni podrá jamás vencer las pasiones bajas, ruines y ani- males do la generalidad de los hombres; para enca- denar la fuerza irresponsable de los grandes, para id id domar la furia concentrada por la impotencia 6Ü los pequeños, para ablandar un poco el refinado egoísmo de los medianos, hay que confundirlos á todos, conmoldearlos por medio de un fuego ardien- te, que venga de muy alto y que destruyendo cons- truya y abrasando purifique.

Los que se maravillan do la rápida y al parecer inexplicable propagación del cristianismo, debían de considerar cómo destruida la religión pagana por la filosofía y la filosofía por los filósofos, no quedaba más salida que una creencia que penetrase, no en forma de símbolos venidos á la sazón muy á menos, sino en forma de rayo ideal, taladrando 6 incen- diando; y los que se espantan ante el sangriento holocausto de los mártires innumerables, debían de pensar que así como la muerte de Jesús era una erudición profótica, esencial, necesaria y comple- mentaria de las doctrinas del Evangelio, así también el martirio de muchos cristianos era el único medio eficaz de propaganda. Sin su sacrificio, Jesús hubiera sido un moralista más; y sin el sacrificio de los már- tires, el cristianismo hubiera sido una moral más, agregada á las muchas que han existido y existen sin ejercer visible influencia.

Todas las religiones y en general todas las ideas, se han propagado y propagan y propagarán en igual forma: son como piedras que, cayendo en un estanque, producen un círculo de ondulaciones de varia amplitud y de mayor ó menor persistencia; el cristianismo cayó desde muy alto, desde el cielo y por esta razón, sus ondulaciones fueron tan amplias y tan duraderas. Pero lo más admirable en la propagación del cristianismo no es ni su rapidez ni su intensidad; porque ¿qué admiración puede causar que en diversos campos simultáneamente labrados, abonados y sembrados de trigo, nazcan simultánea- mente muchas, infinitas matas de trigo? Más admi- rable y extraño es que por medio de hábiles injertos nazcan en unos árboles frutos (pie son propios de otros árboles y que las savias, mezclándose y con- fundiéndose, regalen el paladar con nuevos y delica- dos sabores.

Así fué do la moral cristiana, injertada en el espí- ritu gentil. Mientras que aparentemente no se des- cubre más que una propagación, la del cristianismo, en secreto se efectuaba otra propagación, la de la fi- losofía gentílica, cristianizada; y el punto en que tuvo lugar la conjunción, el injerto, fué la moral estoica. Así en España, dundo ora el asiento del es- toicismo más lógico, no del más perfecto, del más humano, el senequismo se mezcla con el Evangelio de tal suerte, que de nuestro Séneca, si no puede decirse en rigor que -huele á santo, sí puede afir- marse que tiene todo el aire de un Doctor de la Iglesia.

En España, pues, como en todos los paises inva- didos por la idea cristiana, el esfuerzo racional acompaña á la propagación evangélica para expli- carla y completarla; pero ese esfuerzo no fué en un principio, como debió ser, un esfuerzo creador; fué un trabajo de rapsodas; en vez de empezar por teo- rías empíricas en relación con la pureza de la nueva fe, los filósofos cristianos de nuestro mundo, que aunque cristianos, seguían viviendo con la sangre heredada do sus padres gentiles, encontraron más hacedero concordar tfotí el cristianismo las enseñan- zas magistrales do la Escuela lielétiioa, y cumo lo veían todo ya formando un cuadro perfecto, eligieron como tontos (y perdonóse la llaneza) lo mejor que encontraron; las teorías do los dos grandes lumina- res del sabor griego: Platón y Aristóteles.

Esa evolución, sin embargo, no fué igual ni pudo serlo en las diversas provincias del Imperio romano, porque ni la unidad era tal que hubiera destruido el carácter propio Ce cada provincia, ni esa unidad pudo mante ie:Te, después de la predicación evangélica, el tiemp > necesario para dar cohesión á las tenden- cias divergentes, que por todas partes apuntaban. Sin contar las herejías, que atacaban la unidad del dogma y que á la larga produjeron las grandes di- visiones de la Iglesia, aun en aquellos países que conservaron invariable lo fundamental de la religión hubo divergencias, nacidas de la variedad de tem- peramentos, y acentuadas gradualmente, conforme los cambios históricos iban dando vida á nuevos rasgos característicos y d i ferenci adores; y España fué h nación que creó un cristianismo más suyo, más original, en cuanto dentro del cristianismo cabe ser original.

Los historiadores aficionados á las antítesis y á los contrastes, pretenden convencernos de que el cuerpo en quien encarnó el cristianismo, fueron los bárbaros; «á ideas nuevas, hombres nuevos»; el pueblo romano era un viejo decrépito, incapaz de comprender la nueva religión. La verdad es, al con- trario, que esa religión no estaba destinada sola- 13 mente á sacar á los salvajes de su salvajismo y á los bárbaros de su barbarie: valía mucho más; valía para regenerar hombrea cultos; degradados sí, pero civilizados. Si 1 13 bárbaros hubieran podido moverse con libortad, hubieran dislocado en breve el cristia- nismo en numerosas herejías y hubieran concluido por desnaturalizarlo; porque los bárbaros, al entrar en escena se hallaban en un esta lo social análogo al de los griegos, algunos siglos antes de Homero; como arios que eran, aunque rezagados, habían ideado ya su mitología, sus dioses y sus héroes se- midivinos y se disponían á poner en juego la com- plicada tramoya. Nada tan ajeno, pues, á SU espíritu y vocación, como el espíritu del cristianismo, I,a acción de los bárbaros fué material, de disolución política; después do destruir lo que acaso no fué necesario destruir, quedaron sumergidos en las so- ciedades que con la fuerza pretendían gobernar, presos en sus propias redes.

La exaltación de La Iglesia española durante la dominación visigótica, es obra de los bárbaros; pero no es obra de su Voluntad, sino de su impotencia; in- capaces para gobernar á un pueblo más culto se re- signaron á conservar la apariencia del poder, do- jando el peder electivo en manos más liábiles. De suerte que el principal papel que en este punto des- empeñaron losvisigod >s, fué no desempeñar ninguno y d ir c¡m ello involuntariamente ocasión para que la Iglesia se apoderara de les principales resortes de la política y fundase de hecho el Estado religioso. que aúd subsiste en nuestra patria; de donde se ori- ginó la metamorfosis social del cristianismo en catolicismo, esto es, en religión universal, imperante, dominadora, con posesión real de los atributos tem- porales de la soberanía. La ruina del poder godo tiene su explicación en ese artificio gubernativo; la dominación visigótica no fué destruida por los afri- canos, porque éstos no pudieron destruir lo que no existía ya. El poder teocrático, que luego había de sor una fuerza valiosísima en la lucha contra los moros, fué en el período gótico la causa de la diso- lución nacional; porque con los godos era sólo una cabeza, servida por brazos torpes y debilitados; mientras que en la Reconquista fué cabeza y brazo á la vez.

En substancia, el período visigótico, que para los que se fijan sólo en apariencias es trascendental y decisivo en la formación de nuestro espíritu religio- so, es, á mi juicio, importante sólo de una manera externa. Durante él, es cierto, la religión adquiere un formidable poder social; pero se nos muestra demasiado aparatosa y solemne; el sentimiento reli- gioso no se hace más profundo ni más enérgico; la filosofía es un embrión de filosofía escolástica, sin carácter propio y la generalización de la cultura sólo da un resultado pudiera decirse cuantitativo y, por lo tanto, sin relieve; puesto que el influjo social de una Escuela no se mide por el número de sus alumnos ni por la extensión de sus programas, sino por las inteligencias superiores, originales, que produce; así como la grandeza de una nación no se mide por lo intenso de su población ni por lo extenso de su te- rritorio, sino por la grandeza y permanencia de su acción en la Historia.

13 13 La creación más original y fecunda de nuestro espíritu religioso, arranca de la invasión árabe. El espíritu español no enmudece, como algunos pien- san, para dejar el campo libre á la acción; lo que hace es hablar por medio de la acción. El pensa- miento puede ser expresado do muy diversos modos, y el modo más bollo de expresión do os siempre la palabra. Mientras en las Escuelas de Europa la filo- sofía cristiana so desmenuzaba en disensiones esté- riles y á veros ridiculas, en nuestro país so trans- formaba en guerra permanente, y como la verdad no brotaba, entre plumas y tinteros, sino entre el chocar de las armas y el hervir de la sangre, no quedó con- signada en los volúmenes do una Biblioteca, sino en la poesía bélica popular. Nuestra Summa teológica y filosófica, está en nuestro Romancero.

Y lo más original de este modo de expresión fué, que por nacer del choque de dos fuerzas, tenía que ser reflejo de ambas. Los españoles al celebrar sus hazañas lo hacían con espíritu cristiano, pues que con él y por él combatían; pero el ropaje desús concep- tos era en gran parte ajustado á la usanza mora. El espíritu de los árabes Llegaba entonces ¡i su apogeo, y era natural que influyese sobro el de los españo- les, si ya no bastara el contacto de varios siglos y la guerra misma, que suele ser el medio más eficaz que tienen los pueblos para ejercer sus recíprocas influencias. De esa poesía popular, cristiana y ará- biga á la vez, arábiga sin que lo arábigo desvirtúe lo cristiano, antes dándole más brillante entonación, nacieron las tendencias más marcadas en el espíri- tu religioso español: el misticismo, que fué la exali6 tación poética, y el fanatismo, que fué la exaltación de la acción. El misticismo filó como una santifica- ción de la sensualidad africana y el fanatismo fue una reversión contra nosotros mismos, cuando terminó la Reconquista, de la furia acumulada du- rante ocho siglos de combato. Ei mismo espíritu qipfl se elevaba á los más sublimes conceptos, creaba ios tituciones formidables y terroríficas; y cuando (luc- remos mostrar algo que marque con gran relieve nuestro carácter tradicional, tenemos ijiio acudir, con aparento contrasentido, á los autos de fe y los arre batos do amor divino de Santa Teresa. Al lado de estas creaciones tan originales y vigorosas, nuestra filosofía doctrinal, imitada de la Escolástica y prose- guida con mucha constancia, pero con escaso genio, pierde gran parte de su valor; nos aparece como una obra de centralización, si así puede decirse, como algo inferior á nuestro temperamento, como creación de la Iglesia universal, para mantener unidos por la doctrina, complementaria del dogma, los diversos núcleos sociales sometidos á su potestad suprema. No hay oposición; hay sólo desigualdad do fuerza; y lo español sobrepuja á lo extraño, primero por sor nuestro propio y por consiguiente más acomodado á nuestro genio, y segundo por ser más l'gieo, más en congruencia con el espíritu originario del eris- tianisnn.

En movimiento de conciliación filosófica iniciado en Alejandría y continuado hasta la edad pre- sente por los escolásticos, parte de un error que pu- 17 diera llamarse error de perspectiva, que no afectaba á la esencia de la enseñanza, pero que andando el tiempo había de traer grandes trastornos ti loso ticos; en vez de crear lentamente una filosofía propia, los nuevos filósofos retocaron la filosofía griega, cuyo espíritu era antagónico del espíritu cristiano; en vez de volar con las alas que les daba la fe, se arrastra- ron por las bibliotecas; en vez de ser cristianos filó- sofos, fueron filósofos cristianos; en vez de crear con nuevo espíritu una filosofía nueva, comentaron con nuevo espíritu una filosofía vieja.

La figura más grande de la Escolástica, según el comiín sentir, es Santo Tomás de Aquino; y sin embargo, Santo Tomás no es ningún Aristóteles; tie- ne la traza aristotélica; pero no es un Aristóteles; su filosofía es sania, prudente, previsora y aun preca- vida; contiene una legislación minuciosa, útilísima para la vida ordenada de la Iglesia; pero es obra temenina>, carece del arranque viril que marca la verdadera creación. ¿Cuánto más vigorosa no es la tigura de San Agustín, (pie sin pretender edificar una enciclopedia filosófica funda la Ciudad ideal, no co- mo organismo huero de sociólogo á la moderna, si- no como al real que funciona, (pie vive?

El espíritu cristiano no estaba tan necesitado de apoyarse en clasificaciones minuciosas, silogismos, distinciones y sutilezas, como de penetrar en la rea- lidad para iluminarla con nueva luz, para señalar rumbos nuevos. Una Cosmología cristiana no debía de ser una clasificación ni una descripción, sino un cántico donde todos los seres creados se mostrasen con luz divina, viviendo de un mismo soplo de vida 3 i8 y de amor: algo así como la «Introducción al Sím- bolo de la fe de Fr. Luís de Granada. Una Psicolo- gía cristiana no debía de afanarse demasiado por des- cribir tantos órganos, funciones y operaciones como convencionalmente se atribuyen á nuestra pobre al- ma, sino más bien por mostrarnos un alma en acti- vidad, viviendo como no había vivido ninguna otra antes de la predicación evangélica, con alma ilumina- da y purificada, como la de Santa Teresa de Jesús, El poder de la metáfora en el mundo es inmen- so y á veces nocivo. Si mezclamos cierta can- tidad de vino con cierta cantidad de agua, decimos que la mezcla es vino, porque tomamos la parte por el todo; y si la mezcla se echa á perder, no decimos: esta mezcla se ha echado á perder, sino que deci- mos: este vino se ha echado á perder; y de rechazo recae sobre el vino una culpa que debía de recaer sobre el agua, Esto ocurre con la filosofía escolástica; no es sólo cristianismo; hay en ella filosofía tomada de muchos autores; es vino muy aguado que se ha echado á perder, que se ha torcido, porque torcerse las ideas es que pierdan su acción y su influjo en la vida de los hombres. Pero á pesar de este fracaso, no se crea que la filosofía cristiana ha muerto; ha muerto en una forma; pero el principio subsiste y da vida á nuevas formas; como la especie humana muere en unos hombres y nace y se conserva en otros hom- bres. El fundamento de la conciliación está dentro de nosotros; la conciliación la llevamos de hecho en nosotros mismos. Por lo cual todos, sin querer ó queriendo, somos, en cierto sentido, escolásticos. El criticismo ha desligado la razón de la fe; el positivismo ha querido desligar el conocimiento de la razón; el materialismo ha intentado destruirla base misma del conocimiento. Y todos son escolásticos á bu mo- do. Y si hubiese un sistema que negase al hombre la dignidad humana y le recomendase adoptar de nuevo la estación cuadrúpeda, sería tan escolástico como los precedentes. Porque después de rematar su trabajo negativo, destructor, filosófico, los inventores de esos sistemas, ó han do dejar de ser pensadores para convertirse en energúmenos, ó han de construir algo para que subsista al menos el orden social ex- terior; y este acto de afirmación, 6 os un acto de co- bardía, ó es un acto de fe, ó de sumisión al peí miento común, obra de la fe.

Cuando Kant, con su profundo y sutil análisis lle- ga á los últimos confines del nihilismo filosófico, no llega más lejos que habían llegado los astutos sofis- tas de Grecia; no llegó á dejarse atropellar por un carro antes que reconocer la realidad del conocimiento sensible. Lo que diferencia á Kant de los filósofos griegos, es que, además de razón pura ó negativa, tiene razón práctica ó constructiva: y esta razón práctica es la misma razón pura, domada por el cris- tianismo, es la razón pura sometida por la ley de la atracción al pensamiento colectivo; y el imperativo categórico que parece algo íntimo, es sólo un refle- jo, en la intimidad de cada espíritu, de un estado so- cial creado por el espíritu cristiano. No bay, pues, medio (¡^ escape; podemos alejarnos cuanto queran del centro ideal que nos rige; podemos describir ór- bitas inmensas; pero siempre tendremos que girar alrededor del eterno centro.

23 23 Los que desde Bacon hasta nuestros días se lian esforzado por pulimentar «nuevos órganos» de conocimiento, por seguir nuevos métodos y fundar una ciencia puramente realista y práctica, no han conseguido tampoco formar sistema planetario apar- te. Sus trabajos, si realmente han ejercido influencia en los inventos de que se enorgullece nuestro siglo, habrán sido útiles; han proporcionado al hombre ciertas comodidades no del todo desagradables, como el poder viajar de prisa, aunque por desgracia sea para llegar á donde mismo se llegaría viajando des- pacio. Pero su valor ideal es nulo y en vez de des- tronar á la Metafísica, han venido á servirla y hasta quizás á favorecerla; querían ser amos y apenas lle- gan á criados. El que desdeñando la fé y la razón se consagra á los experimentos y descubre el telégrafo o el teléfono, no crea que ha destruido las «viejas ideas»; lo que ha hecho ha sido trabajar para que circulen con más rapidez, para que se propaguen con mayor amplitud.

Hallábame yo un día en el Museo de Pintura de Amberes, contemplando, me parece que la Cena de Jordaens, cuando vi llegar en busca mía á mi criada, una flamenca sana y mofletuda, trayéndome una chapita de esas que á la entrada de los museos dan á cambio de los bastones y paraguas. Sin esfuerzo se habrá comprendido que debí de salir de casa con buen tiempo, que después comenzaría á llover, cosa que en aquel pais ocurre casi todos los días y que mi excelente maritornes tuvo la atención de llevarme un paraguas. Así fué y sucedió también que cuando salí del Museo había cesado de llover y me volví con el paraguas debajo del brazo. Y entonces se me ocurrió una idea que ahora ha vuelto á reaparecer en mi memoria y que me ha parecido venir aquí muy á cuento. Se me ocurrió que en aquel suceso vulgarísimo yo había representado, no por méritos propios, sino por un efecto de perspectiva circunstan- cial, la tuerza perenne del ideal que está en nosotros, y que mi criada había, sin salterio, ejercido de cien- cia experimental y priíetiea. Yo aplaudo á los hom- bres sabios y prudentes que nos han traido el teles- copio y el microscopio, el ferrocarril y la navegación por modio del vapor, el telégrafo y el teléfono, el fo- nógrafo, el pararrayos, la luz oléetrica y los rayos X; á todos se les debe de agradecer los malos ratos (pie se han dado, como yo agradecí á mi criada, en gracia de su buena intención, el que se dio para llevarme el paraguas; pero digo también que cuando acierto á levantarme siquiera dos palmos sobre las vulga- ridades rutinarias que me rodean y siento el calor y la luz de alguna idea grande y pura, todas esas bellas invenciones no me sirven para nada.

Pvi»' v que la filosofía cristiana no sea una fórmula convencional, para que ejerza influencia real en la vida de los hombres, es preciso que arranque de esa misma vida, como las leves, como el arte: una legislación, un arte cosmopolitas, son nubes de ve- rano; y una filosofía universal, como pretendió serlo la escolástica, es contraproducente. Someter ¡i la ac- ción de una ideología invariable la vida de pueblos diversos, de diversos orígenes é historia, sólo puede conducir á que esa ideología se transforme en una etiqueta, en un rótulo, que den una unidad aparente debajo de la cual se escondan las energías particula- res de cada pueblo, dispuestas siempre á estallar y á estallar con tanta más violencia cuanto más Largo haya sido el período de forzado silencio. La filosofía más importante, pues, de cada nación es la suya propia, aunque sea muy inferior á las imitaciones de extrañas filosofías; lo extraño está sujeto á alter- nativas, es asunto de moda, mientras que lo propio es permanente, es el cimiento sobre el que se debe de construir, sobre el que hay que construir cuando lo artificial se viene abajo.