¿Porqué ha de tener en el mundo y ahora más que nunca, tan gran predicamento la simple exte- rioridad? Parece que hay miedo de conocer el fondo de las cosas. Estamos dominados por la manía de la unificación y, faltos de calma para encomendar esta obra al tiempo, nos apresuramos á constituir unida- des aparentes, contando con la ceguera real ó fingi- da de los que presencian nuestras manipulaciones. Si yo fuera aficionado á los dilemas establecería uno, digno de hacer juego con el famoso dilema de Ornar, que redujo á cenizas la Biblioteca de Alejan- dría: ó los hombres tienden por naturaleza á consti- tuir un solo organismo homogéneo, ó tienden á acen- tuar las diferencias que existen entre sus diversas agrupaciones; si creemos que tienden á la unidad, no nos molestemos y tengamos paciencia y fe en nues- tra idea; si creemos que tienden á la separación, no cerremos los ojos á la realidad, ni marchemos contra la corriente. No faltará quien crea el dilema tiene una tercera salida: que los hombres no caminan en ninguna dirección y que hace falta que venga de 23 23 vez en cuando un genio que les guie; y es probable que quien tal crea pianse ser él mismo el genio pre- destinado á guiar á sus semejantes, como una ma- nada de orejas. A tan insigne mentecato habría que decirle que no conoce á sus semejantes; que los hombros que creen haber guiado á otros hombres, no han guiado más que cuerpos de hombre; que han conducido cuerpos, pero no almas; que las almas sólo so dejan conducir por los espíritus divinos, y que la Humanidad hace ya siglos que tiene seca la ma- triz, y no puede engendrar nuevos dioses.
Las unidades aparentes y convencionales no pueden destruir la diversidad real de las cosas; no sirven más que para encubrirla. La Reforma no fué más que la manifestación de la rebeldía latente en espíritus que acaso no fueron nunca verdade- ramente cristianos, que no podían comprender el verdadero sentido del cristianismo, porque no tenían aún el convencimiento propio de la impotencia del esfuerzo racional, y que al proclamar el libre examen eran tan lógicos á su manera como lo eran los he- rederos del espíritu greco-romano al defender la sumisión ciega y absoluta á la fe. — La religión cismática griega fundó asimismo una unidad apa- rente en la que quedaron sumergidos los pueblos eslavos; el porvenir dará cuenta de esa unidad. No importa que la autoridad política, armada de terrible poder, y fundida con la autoridad religiosa, se esfuerce por conservar el artificio; quien quiera que se ponga en contacto con el pueblo ruso notará la inquietud precursora de la explosión, el deseo universal de romper la espesa costra de religión bizantina que 24 24 comprime las energías naturales é impide que se muestren con entera pureza y espontaneidad.— En nuestros días se trabaja con pasión por convertir á los negros africanos; es posible que en breve se nos diga que ya están todos catequizados; y es posible que al cabo de algunos siglos aparezcan adorando á groseras divinidades, no muy superiores á los feti- ches que hoy adoran, y viviendo conforme á sus práctieas nativas.
El verdadero cristianismo, no como aspiración filantrópica en favor de razas inferiores, sino como creencia conscientemente profesada, es impropio de pueblos primitivos y sólo arraiga en éstos cuando le acompaña la acción permanente de una raza su- perior, es decir, cuando eso pueblo primitivo se confunde por la vida común ó por el cruce con un pueblo civilizado que le domina y le educa, como ocurrió en los pueblos descubiertos y subyugados por España. La universalidad ó catolicidad del cris- tianismo no se opone á esta idea. Tocios los hombres son mortales, y sin embargo, si nos preguntan si es posible que en una ciudad mueran todos sus habi- tantes á la vez, diremos que no y lo diremos fundán- donos en lo que pudiera llamarse «experiencia del instinto-», un género de certeza que Balines ha ana- lizado con gran precisión. Y si á pesar de esto ocu- rriera el hecho anormal de morir simultáneamente en masa una población, no admitiríamos tampoco la existencia real de una «muerte simultánea», sino que explicaríamos la anomalía por una causa excep- cional, extraordinaria: por ejemplo, una epidemia. Del mismo modo, todos los hombres son catequizables, pero no todos á la vez. Cuando vemos que en los comienzos del cristianismo los pueblos se con- vierten en masa, lo atribuímos á una causa exce] - cional, y esta causa fué el oslado (le postración ideal á que llegó el espíritu greco-romano.
Sería, pues, muy fecundo y cu ninguna manera peligroso, romperla unidad filosófica. El espíritu español lia sido sometido á las mus formidables pre- siones que hayan sido inventadas por el exclusivis- mo más fanático; y eso espíritu, en voz de rebelarse, lia reconocido ser él mismo el juez y el criminal, la víctima y el verdugo, y lia llegado por espontáneo esfuerzo mucho más allá de donde debía do llegar por la coacción. Escrita está la Historia de los he- terodoxos españoles por Menéndezy Pelayo, un es- pafiol de criterio tan amplio y generoso, que hubiera sido capaz de hacor estricta justicia hasta á los here- jes más empedernidos, si por acaso hubiera topado con algunos en sus investigaciones. Tero no haya temor; en España no hay un hereje que levante dos pulgadas del suelo. Si alguien ha querido ser hereje ha perdido el tiempo, porque nadie le ha hecho caso. Si en muchos asuntos de la vida el hombre ha me- nester del concurso de la sociedad, en las sectas es de tal punto decisivo, que la importancia de una disidencia religiosa, más que por el fondo doctrinal, ge mide por el número de sus adeptos. España se halla fundida con su ideal religioso, y por muchos que fueran los sectarios que se empeñasen en «des- catolizarla» no conseguirían más que arañar un poco la corteza de la nación.
Pero después do varios siglos de silencio se ha 4 s6 tomado miedo á la voz humana, y se carece de tacto para apreciar las palabras por su valor, no por el ruido que mueven; y apenas se da alguna libertad á los espíritus díscolos 6 indisciplinados, sobreviene una grandísima inquietud; no se quiere comprender ([iic la importancia de lo que dicen no está en lo que dicen, sino en la excitación que producen á quien les escucha. Acostumbrados á conservar la unidad de la doctrina por medio de la fuerza, duele ahora pelear para con servarla mediante el esfuerzo intelectual; como si no fuera cierto que la fuer/a destruye, á la vez que las opiniones disidentes, la fe misma que se pretende defender. Uno de los errores que con más apariencia de verdad corren por el mundo es que las naciones adheridas á la Reforma han llegado á adquirir mayor cultura, mayor pros- peridad, mayor influencia política que las que han permanecido fieles al catolicismo. Yo he vivido varios años en Bélgica y puedo decir que es una nación tan adelantada como la que más en todos esos órde- nes de cosas en que hoy se hace consistir la civili- zación (cu la que por desgracia se concede más importancia á los kilómetros de ferrocarril que á las obras de arte); y Bélgica es una nación católica, más católica en el fondo que España. Pero en Bélgica hay otras confesiones y hay además fuertes agrupa- ciones anticatólicas; los católicos tienen que estar atentos y vigilantes, tienen que luchar y luchan con tanto ardor como en los tiempos del duque de Alba. a flaqueza del catolicismo no está, como so cree, en el rigor de sus dogmas, está en el embota- miento que produjo á algunas ilaciones, principal- L 27 mente á España, el empleo sistemático de la fuerza. Cuanto en España se construya con carácter nacio- nal, debe de estar sustentado sobre los sillares de la tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble, pues habiéndonos arruinado en la defensa del catolicismo, no cabría mayor afrenta qne ser traidores para con nuestros padres y añadir á la tristeza de un venci- miento, acaso transitorio, la humillación de some- ternos á la influencia de las ideas de nuestros vencedores; mas por lo mismo que esto es tan evi- dente, no debe de inspirar temor ninguno la libertad. Hoy no puede haber ya herejías, porque el exceso de publicidad, aumentando el poder de difusión de las ideas, va quitándoles la intensidad y el calor necesarios para que se graben con vigor y den vida á las verdaderas sectas. Los que pretenden ser re- formadores no pueden crear nada durable; pronto se desilusionan y concluyen por aceptar un cargo pú- blico ó un empleo retribuido; y estas concesiones no son del todo injustas, porque les recompensan un servicio útil á la nación, el de excitar y avivar las energías genuinamente nacionales, adormecidas y como momificadas. Do ellos pudiera decirse que son como las especias; no se las puede comer á todo pasto; poro son útilísimas cuando las maneja un hábil cocinero. Si hubiera modo de traer á España algunos librepensadores mercenarios y varios protestantes de alquiler, quizás se resolvería la dificultad sin menoscabo de los sentimientos españoles; pero no siendo esto posible, no hay más solución que dejar que se formen dentro de casa y tolerarlos y hasta si es preciso, pagarlos.
s8 Siendo yo niño leí ol relato horripilante de un suceso ocurrido en uno do estos países cercanos al Polo Norte, á un hombre que viajaba en trineo con cinco hijos suyos. El malaventurado viajero fué acometido por una manada de hambrientos lobos que cada vez le aturdían más con sus aullidos y le estrechaban más de cerca, hasta abalanzarse sobre los caballos que tiraban del trineo; en tan desespe- rada situación tuvo una idea terrible: cogió á uno de sus hijos, el menor, y lo arrojó enmedio de los lobos; y mientras éstos, furiosos, excitados, se dis- putaban la presa, él prosiguió velozmente su ca- mino y pudo llegar á donde le dieran amparo y re- fugio. España debe de hacer como aquel padre sal faje y amantísimo; que por algo es patria de Guz- mán el Bueno, que dejó degollar á su hijo ante los muros de Tarifa. Algunas almas sentimentales di- rán de fijo que el recurso os demasiado brutal; pero en presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el co- razón y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles á los lobos, si no queremos arrojarnos todos á los puercos.
* * El problema más difícil de resolveren el estudio psicológico, en el que han encallado los inves- tigadores y observadores más perspicuos, es el do enlazar con rigor lógico la experiencia interna con los fenómenos exteriores. Hay psicólogos que cons- truyen ideologías peligrosas erigiendo en principios generales los hechos particulares que notan en su 29 29 propio espíritu; los hay que forjan fenomenologías sin base, coordinando observaciones puramente ob- jetivas; y los hay tan perspicaces, que funden ambos resultados y explican lo que ven en los domas hom- bros por los hechos similares que descubren en sí mismos. Y el resultado es siempre incierto, porque á vecos dos sujetos psicológicos idénticos producen acciones antagónicas y dos sujetos antagónicos to- man en la vida real idénticas apariencias. Si toma- mos como tipo un misántropo, puedo ocurrir (pie le encontremos en la vida real convertido, ora en un asceta, ora en un demagogo; el carácter psicológico, lo esencial, os idéntico: un hombre que carece de apetito sentimental, un refractario que vive aislado en medio del mundo, como un barco (pie carece de amarras y no puede tomar puerto. Y sin embargo, esto hombre lo mismo es apto para vivir en la celda de un convento que para agitar las masas populares, sembrando sis ideas, que, faltas do enlace con las ideas comunes, tienen que ser, por necesidad, di- sol ve utos.
Para mí, dos figuras tan desemejantes como Kem- pis y Proudhon son psicológicamente idénticas; el uno piensa en silencio y el otro enmedio del tumulto; pero ambos son pensadores solitarios, ambos tienen igual concepto negativo de la vida, bien que el uno lo corrija y dulcifique por medio de la té y el otro lo exaspere y lo convierta en arma de destrucción.
En cambio, dos naturalezas al parecer semejantes como Kempis y el P. Granada, son diametral mente opuestas: Kempis se eleva al ascetismo por la abs- tracción, os un espíritu ontológico; en cuanto la 3° abstracción no le sostiene, cae en el más descarnado y seco prosaísmo; el P. Granada so eleva al misticis- mo, apoyándose en su conocimiento admirable de la realidad, en su amor positivo á la humanidad vi- viente; es un espíritu realista y sus pensamientos son siempre humanos. Del uno podría decirse que es un alma enfermiza, linfática; del otro, que es un alma robusta, sanguínea.
De igual modo, cuando se estudia la estructura psicológica de un país, no basta representar el mecanismo externo, ni es prudente explicarlo me- diante una ideología fantástica; hay que ir más hondo y buscar en la realidad misma el núcleo irreductible al que están adheridas todas las envueltas que van transformando en el tiempo la fisionomía de ese país. Y como siempre que se profundiza se va á dar en lo único que hay para nosotros perenne, la tierra, ese núcleo se encuentra en el «espíritu territorial.» La religión, con ser algo muy hondo, no es lo más hondo que hay en una nación; la religión cambia, mientras que el espíritu territorial subsiste, porque los cambios geológicos vienen tan de tarde en tarde, que á veces nacen y mueren varias civilizaciones, sin que el suelo ofrezca un cambio perceptible. Por esto, si la observación se limita á desentrañar el espíritu reli- gioso, ó el artístico, ó el jurídico, podrá ocurrir que descubra sólo exterioridades análogas á otras exterio- ridades y que deduzca aparentes analogías allí donde, si se atiende al principio generador, existen marcadas oposiciones.
La evolución ideal de España se explica sólo cuando se contrastan todos los hechos exteriores de &i &i Su historia con el espíritu permanente, invariable, que el territorio crea, infunde, mantiene en nosotros. Como hay continentes, penínsulas ó islas, así hay también espíritus continentales, peninsulares, é in- sulares. Los territorios tienen un carácter natural que depende del espesor y composición de su masa y un carácter de relación que surge de las posicio- nes respectivas: relaciones de atracción, de depen- dencia ó de oposición. Una isla busca su apoyo en el continente del que es como una accesión, ó reac- ciona contra ese continente si sus fuerzas propias se lo permiten; una península no busca el apoyo, que ya está por la naturaleza establecido y reacciona contra su continente con tanta más violencia cuanto más distante se halla del centro continental; un con- tinente es una masa equilibrada, estática, constituida en foco de atracción permanente. La evolución ideal es más rápida en las islas que en las penínsulas, más en éstas que en los continentes, más en los lito- rales que en el interior; la evolución de un territorio •'i do los individuos que lo ocupan está en razón di- recta de su distancia del centro de las unidades te- rritoriales, porque la distancia provoca, oon el movi- miento de reacción, otro movimiento concordante de excitación espiritual.
Comparando los caracteres específicos que en los diversos grupos sociales toman las relaciones inma- nentes de sus territorios, se notará que en los pueblos continentales lo característico es la resistencia, en los peninsulares la independencia y en los insulares la agresión. El principio general es el mismo, la conservación; pero los continentales, que tienen entre 32 sí relaciones frecuentes y forzosas, la confían al espí- ritu de resistencia; los peninsulares, que viven más aislados, aunque no libres de ataques é invasiones, no necesitados de una organización defensiva per- manente, sino de unión en caso de peligro, la confían al espíritu de independencia, que so exacerba con las agresiones; los insulares, que viven en territorio aislado con límites fijos ó invariables, menos expues- tos por tanto á las invasiones, se ven impelidos, cuando los obliga á ello la necesidad ^\^ acción, á convertirse en agresores. Y no se crea que os nece- sario que las agrupaciones sociales tengan conoci- mientos geográficos para que conozcan la índole de su territorio; la experiencia histórica acumulada su- ministra un conocimiento perfecto. El insular salió que tiene su defensa más firme en su aislamiento; podrá aceptar una dominación extraña si carece de fuerza para mantener su independencia; pero de he- cho es independiente y sabe además que la fuer- za de caracterización de su suelo insular es tan vigorosa, que si algunos elementos extraños se in- troducen en él, no tardarán en adquirir el sentimiento de la autonomía. En cambio el continental no con- fía en el suelo, que no le ofrece seguridad bastante y desarrolla más el espíritu de resistencia; podrá ser dominado; pero apoyándose en la fuerza de su ca- rácter, en la pasividad, se mantendrá puro entre sus dominadores. El peninsular conoce asimismo cuál es el punto débil de su territorio, porque por él ha visto entrar siempre á los invasores; pero como su espíritu de resistencia y previsión no ha podido to- mar cuerpo por falta de relaciones constantes con 33 otras razas, se deja invadir fácilmente, lacha i propia casa por su independencia y si es vencido se amalgama con sus vencedores con mayor facilidad (pío los continentales.
Cuwno el espíritu territorial no está aún formado le suplo ol espíritu político, esto es, el de ciuda- danía y mando éste Llega ¡i tomar cuerpo so aso- moja al insular, porque ol hombre que vivo en un recinto cerrado ó amurallado, considera que forma como un cuerpo distinto del territorio. Roma y Car- fcago fueron ciudades insulares; su poder agresivo faú tan grande, como escasa su fuerza para resistir. Cartago sucumbió á un ataque de Roma y Roma había estado poco antes próxima á sucumbir bajo ios ejércitos de Cartago.
La nación Ínsula,' típica os Inglaterra y la histo- ria do Inglaterra, desde qufi aparece constituida co- mo nacionalidad, es una agresión permanente. Sus ataques no tienen la misma forma que los de las naciones continentales: son meditados y tan seguros como los del tigre que está al acecho y se lanza do un salto sohrc su presa. V esto no es obra de la vo- luntad; arranca de la constitución del territorio, de la necesidad de tener grandes fuerzas marítimas y (]>' la facilidad que éstas dan para las agresiones aisla- das, contra las que todas las previsiones y pre- cauciones son ineficaces. Yo (pusiera ver - ha escrito Cobden — un mapa del mundo según la proyección de Mercator, con puntos rojos marcados en todos aquellos lugares en que los ingleses han dado alguna hatada; saltaría á la vista que al con- trario de toiles los demás pueblos, el pueblo in- 5 5 glés lucha desde hace siete siglos contra enemi- gos extranjeros en todas partes menos en Ingla- terra. ¿Será preciso decir nna palabra más para de- mostrar que somos el pueblo más agresivo de] mundo?» A esto podría añadirse que si Inglaterra luchara en su propio territorio, sería vencida más fá- cilmente que ninguna otra nación. «Sin el desastro de la Invencible, si los tercios españoles ponen el pió en Inglaterra— ha escrito á su vez Macaulay — se hubieran repetido los tremendos desastres de Ro- ma, cuando la expedición de Aníbal á Italia.» Ma- caulay fundaba su aserto en la superioridad militar de los soldados españoles; pero acaso sería más justo decir que Inglaterra tenía y tiene en sí la causa de su debilidad para una guerra do resistencia, así como que la impunidad en que constantemente se ha mantenido, se explica por la faltado condiciones del continente para una guerra agresiva, en el sentido que se da aquí á la palabra agresión.
Si como ejemplo do nación continental tomamos á Francia, veremos que el sentimiento en ella dominante es el patriótico. En España, considerándo- nos casi aislados, por lo mismo que somos una casi-is- la concentramos nuestro pensamiento en el punto por donde puede venir el ataque y de esta concentración nace el sentimiento de independencia; somos casi independientes y queremos serlo del todo. Mientras que Francia, que tiene fronteras comunes y movi- bles con varias naciones, no puede concebir su te- rritorio aislado y no le basta la idea de independen- cia; por lo cual exalta la idea do patria, que es más resistente para mantener la cohesión, tanto en los 33 momentos de peligro, como en tiempo de paz: porque ésta no es en los países continentales un reposo, sino una forma más suave de la guerra, la lucha por el predominio intelectual.
Las guerras de Francia fueron siempre guerras de frontera; defensivas ú ofensivas, pero siempre encajadas en el criterio tradicional, formado por la lógica de la historia; y las primeras guerras de la B > votación fueron sólo guerras defensivas ó guerras de expansión ideal; las agresiones no comienzan hasta que aparece Napoleón, quien no sólo era un extranjero que conoció á Francia de un modo pil- lamente objetivo y la utilizó como un instrumento para satisfacer sus ambiciones, según Taine ha sos- tenido y demostrado, sino (pie era un insular, más aím, fué una isla que cayó sobre el Continente, (.'lian- do ge observa sobre un mapa militar el procedi- miento estratégico empleado en las guerras napo- leónicas ((pie por algo son llamadas napoleónicas y no francesas) se cae en la cuenta de que Napoleón movía sus ejércitos como si fueran escuadras nava- les; sus guerras son torre-tres de hecho; pero maríti- mas por la concepción. De aquí el trastorno de Eu- ropa, no acostumbrada a este género de combates. Europa lucha contra Napoleón en todas las formas en que es posible luchar: España con una guerra de Independencia: Inglaterra con ataques aislad'- y certeros; el C mtinente con la resistencia y por úl- timo, Rusia, valiéndose de una retirada. Y es mi sentir que Napoleón pudo, concentrando toda- sus fuerzas, asaltar, destruir Inglaterra y acaso domar España, pero que no hubiera podido jamás triunfar 36 de la resistencia pasiva de Rusia, El espíritu de Na- poleón deja en Francia tan bien marcada su huella. que reaparece en el segundo Imperio en turma de agresiones absurdas y contrarias á los intereses de Francia y persiste en la tercera República en una forma más degenerada aún, las conquistas colonia- les, hechas á nombre de un pueblo que no es coloni- zador, que no puede ir más allá de la dominación política, del protectorado, porque su naturaleza re- pugna el abandono del suelo patrio.