España es una península ó con más rigor la península»; porque no hay península que se acerque más á ser isla que la nuestra. Los Pirineos son un istmo y una muralla; no impiden las invasio- nes, pero nos aislan y nos permiten conservar nues- tro carácter independiente. En realidad nosotros nos hemos creido que somos insulares y quizás este error explique muchas anomalías de nuestra historia. So- mos una isla colocada en la conjunción de dos con- tinentes y si para la vida ideal no existen istmos, para la vida histórica existen dos: los Pirineos y el Estrecho; somos una «casa con dos puertas» y por lo tanto «mala de guardar»; y como nuestro partido constante fué dejarlas abiertas, por temor de que las fuerzas dedicadas á vigilarlas se volviesen contra nosotros mismos, nuestro pais so convirtió en una especie de parque internacional, donde todos los pueblos y razas han venido á distraerse cuando les ha parecido oportuno; nuestra historia es una serie inacabable de invasiones y de expulsiones, una guerra permanente de independencia.
Tero así como hay naciones (pie han luchado sólo en su territorio ó en la proximidad de sus fronteras y otras que lian luchado sólo en territorios extran- jeros y do en el suelo patrio, la nuestra ha peleado en toilas partes; y este heeho que parece desvirtuar cuanto llevo dicho acerca del espíritu de nuestro territorio merece una explicación. Si por natura- leza do somos agresivos ¿cómo entender nuestra historia moderna, en la que España, apenas cons- tituida, aparece como una aacióa guerrera y con- quistadora? ¿Provendrá esto del error indicado antes, de que nos hemos creído ser una isla a pesar de los duros escarmientos que nos ha infligido nuestra de licada posición geográfica? Yo creo que ese espíritu de agresión existe; pero que do ha sido más que una transformación del de independencia y ha de des- aparecer lentamente con las causas que motivaron la transformación.
U\ hecho que á primera vista parece inexplica- ble, la excesiva duración del poder árabe en España nos descubre la causa, sin que pueda ser otra, de tan extraña metamorfosis. Así como la exis- tencia de la Turquía europea no tiene su razón de ser en la vitalidad propia del pueblo turco, sino en la rivalidad de las potencias, impotentes cuando se trata de calmar susceptibilidades y suspicacias, así también la existencia de la dominación arábigo-his- pana en su largo período de descenso está princi- palmente sostenida por los celos de nuestras regio- nes. So desea acabar la Reconquista, pero se témelo que va á venir después; se trabaja por el triunfo del cristianismo, pero no se descuida otro punto impor tante: conservar la independencia de los diferentes pedazos de territorio y los privilegios torales. Do ahí esa absurda política de particiones constantes de los estados, inspirada, no en el amor paternal (pues tengo, para mí que los royes de la Edad Media eran más duros de corazón que los del día) sino en las exigencias de las regiones y hasta de las villas que deseaban campar libremente por sus respetes. Á cada paso que se da hacia adelante sigue un alto y una reflexión; todos se miran de reojo y so compa- ran y miden á ver si uno ha crecido más que otro y hay que acogotarlo para que se ponga al misino ni- vel; raros son los momentos en que, por coincidir en el gobierno hombres de ideas más audaces, se busca la igualdad luchando, rivalizando en ardor y en es- fuerzo. Los pequeños estados que quedaban ene 'lia- dos y alejados del campo de la lucha, se aliaban ó bus- c; ban el apoyo extranjero, y los que tenían frontera abierta, como fueron últimamente Portugal, Castilla y Aragón, procuraban mantener el equilibrio.
Sin embargo este equilibrio debía de romperse y al ñn se vio á las claras que Castilla por su posición central echaba sobre sí Ja mayor parte de la obra de Reconquista; y como la preponderancia futura de Castilla era un amago contra la independencia de los demás, nació espontáneamente, como eflorescen- cia de nuestro espíritu territorial, la idea de buscar fuera del suelo español fuerzas para ser independien- tes en España. Portugal, estado atlántico se trans- forma en nación marítima y dirige la vista hacia el continente africano y Aragón Cataluña y Valencia, estado mediterráneo, encuentra apoyo en el Medite- rráneo y en Italia. Así nace el espíritu conquistador 39 español, que se distingue del de los domas pueblos en que mientras tolos conquistan cuando tienen exceso do fuerzas, España conquista sin fuerzas, precisamente para adquirirlas. Asi os como hemos llegado á sor los conquistadores de la leyenda, los terribles halcones ó aguiluchos del famoso soneto de los «Trofeos» del poeta hispano-francós José María de Heredia.
El espíritu conquistador nace en el Occidente y en el Oriente de España ai tos que en el Cen- tro, en Castilla, que luego acierta á monopolizarlo; y en cada región toma un carácter distinto, porque asi lo imponía la naturaleza de las conquistas. En Portugal los conquistadores son navegantes y des- cubridores; pero no navegan y descubren por curio- sidad, puesto (pie les mueve el deseo del dominio. En Cataluña y Aragón so encuentran trazas de los conquistadores típicos, principalmente en la celebra expedición contra turcos y griegos; mas el rasgo prodominante es la conquista apoyada por la polí- tica y la diplomacia. «La incorporación de Navarra á la corona de Hispana — lia dicho Castelar — es un capítulo do Maquiavclo.» Fernando el Católico no es un diplomático improvisado, os un maestro formado en la escuela italiana y es mucho más astuto que Maquiavclo, quien eu el fondo (y no so vea intención irónica en mis palabras) ora un buen hombre, como hoy diríamos, un excelente patriota, enamorado de la idea do la unidad de Italia, descoso de que su patria fuese grande y fuerte como las demás y con- vencido do que su idea no pod.'a realizarse por medios distintos de les que SUS adversarios empleaban. Ma- 4¿ 4¿ quiavelo ha recogido laodiosidad que acompaña á los pensamientos tortuosos y pórfidos, por haber. escrito, lotizándolo, lo mismo que en su tiempo practica- ban príncipes tenidos por muy cristianos. Los con- quistadores de La paito oriental de España fueron, pues, los más civilizados, por exigirlo así el medio á que debían de adaptarse. En Italia aprendimos por idad á ser linos diplomáticos y en Italia trans- formamos los guerreros del cerco de Granada en ejército organizado en la forma más perfecta á que lian podido remontarse nuestras flacas facultades de organización.
En Castilla, el espíritu conquistador nace del de rivalidad, apoyado por la religión. La tendencia na- tural de Castilla era la prosecución en el suelo afri- cano de la lucha contra el poder musulmán, del que entonces podían temerse aún reacciones ofensivas; pero interponiéndose Colón, las fuerzas que debieron ir contra África se trasladaron á América. La orga- nización política dada á la nación por los Reyes Católicos había do tener como complemento una restauración intelectual, que diere á las obras del espíritu más amplia intervención en la vida y una restauración de las fuerzas materiales del país, em- pobrecido por las guerras. Mas estas dos obras re- querían mucha constancia y mucho esfuerzo: la primera fué iniciada con brillantez porque el impulso partió de los reyes y de los hombres escogidos de (pie supieron rodearse; pero la segunda, que era más obra de brazos que de cabeza y más de sudar que de discurrir, tenía que descansar sobre los hombros del pueblo trabajador, el cual, no encontrándose en la 4* 4* mejor disposición de ánimo para entrar en faena, acogió con júbilo la noticia del descubrimiento del nuevo mundo, que atraía y seducía como cosa de encantamiento. Y dejando las prosaicas herramien- tas do trabajo, allá partieron cuantos pudieron en busca do la independencia personal, representada por el «Oro; no por el oro ganado en la industria ó el comercio, sino por el oro puro, en pepitas.
Así, pues, el espíritu de agresión que general- mente so nos atribuye, es sólo, como dije, una metamorfosis del espíritu territorial; lia podido ad- quirir el carácter ile un rasgo constitutivo de nuestra raza por lo largo do su duración; pero no lia llegado á imponérsenos y ha de tener su fin cuando se ex- tingan los últimos ecos de la política (pie le dio ori- gen. En la historiado España sólo aparece un conato de verdadera agresión: el envío de la Armada In- vencible contra Inglaterra; y sabido es que esa aven- tura, cuyo fin fué tan desastrado como lógico, no fué obra nuestra exclusiva; nosotros pusimos el brazo; pero no pusimos el pensamiento, puesto que el interés político ó religioso no abarca todo el pen- samiento íntimo de una nación. El examen de los documentos relativos á la diplomacia pontificia en España (al que ha dedicado recientemente un con- cienzudo trabajo un escritor español peritísimo en la materia, D. Ricardo de Hinojosa) pone de relieve que si España tuvo un momento la idea de agredir á Inglaterra, protectora y amparadora de los rebel- des flamencos, esa idea fué alimentada y sestenida y resucitada y subvencionada por la Iglesia de Roma con tanta ó mayor insistencia que la empleada para 6 42 6 42 constituir la Liga contra los turcos, la cual respon- día á un pensamiento más justo, oj de defenderse contra un poder violento y en auge, peligroso para los intereses de toda Europa.
Y en nuestra historia interior, siendo como es, ¡i ir desgracia, fértilísima en guerras civiles, no exis- ten tampoco guerras de agresión, sino luchas por la independencia. La unión naco por la paz 7 en virtud do enlaces ó del derecho hereditario; así se unieron Aragón y Cataluña, Castilla y Aragón, España y Portugal. La guerra aparece sólo al separarse; de un lado se combato por la independencia, del otro por conservar la unidad, es decir, la legalidad política establecida; por tanto, no hay agresión. Un hecho como la ocupación do Gibraltar por Inglaterra, sin derecho ni precedente que lo justifique, por cálculo y por conveniencia, no existe en nuestra historia.
* * Los términos «espíritu guerrero» y «espíritu mi- litar» suelen emplearse indistintamente, y sin embargo, yo no conozco otros más opuestos entre sí. A primera vista se descubro que el espíritu guerrero os espontáneo y el espíritu militar reílejo; que el uno está en el hombre y el otro en la sociedad; que el uno es un esfuerzo contra la organización y el otro un esfuerzo de organización. Un hombre armado hasta los dientes va proclamando su flaqueza cuando no su cobardía; un hombre que lucha sin armas da á entender que tiene confianza absoluta en su valor; un país que confía en sus fuerzas propias desdeña el militarismo y una nación que teme, que no se 43 siente secura, pone toda sn fé en los cuarteles. España es por esencia, porque así lo exige el espíritu de su territorio, un pueblo guerrero, no un pueblo militar. Abramos una Historia de España por cualquier lado y veremos constantemente lo mismo: un pue- blo que lucha sin organización. En el período roma- no sabemos que Xumaneia prefirió perecer antes que someterse, pero no sabemos quién hizo allí de cabeza y casi estamos seguros de que allí no hubo cabeza; buseamos ejércitos y no encontramos más que guerrillas, y la figura que más se destaca no es la de un jeté regular, la de un rey ó regalo, sino la de Viriato, un guerrillero. En la Reconquista ha- biendo tantos reyes, algunos sabios y basta santos. la figura nacional es el Cid, un rey ambulante, un guerrillero que trabaja por cuenta propia; y el pri- mer acto que anuncia el futuro predominio de Cas- tilla no parte de un rey, sino del Cid, cuando em- prende la conquista de Valencia é intercepta el paso á Cataluña y Aragón. Xo importa que la conquista no fuera definitiva, basta la intención, el arranque; así pues, al exaltar la figura del Cid, al colocarla por encima de sus reyes, el pueblo de Castilla do va descaminado. Cuando los que combaten buscan un apoyo en la religión, no se contentan con invocar el auxilio divino, sino que transforman á Santiago en guerrero; y no en general; en simple soldado del arma de caballería. Y esto no es obra exclusiva de la religión, del odio al infiel, puesto que en nuestro siglo, contra los cristianos franceses, Aragón trans- formó á la Virgen del Pilar en Capitana de las tro- pas aragonesas.
44 Cuando la fuerza de los acontecimientos nos obligó á mezclarnos en los asuntos de Europa, el guerrero se convierte en mili lar; poro nuestras creaciones militares no son organismos complicados, son la compañía y el tercio. Para presentar ante Europa una figura militar de primer orden, tenemos que acudir á un capitán nada más, al Gran Capitán, el creador de nuestro ejercito en las campañas de Italia. Y la genialidad de Gonzalo de Córdoba con- sistió, como ya dije hablando de Séneca, en que no inventó nada, en que no hizo más que dar forma á nuestras ideas. Entonces también había grandes ejércitos y el Gran Capitán creó la táctica de los que son menores en número, la defensiva combinada con las maniobras rápidas y las agresiones aisladas, esto es, la táctica de guerrillas, medio infalible para quebrantar la cohesión del enemigo, para fraccio- narlo y para derrotarlo, cuando ese enemigo confía el éxito á una sola cabeza y anula las iniciativas de los núcleos secundarios, desligados.
Para nuestras empresas de América no fué ne- cesario cambiar nada y los conquistadores, en cuanto hombres de armas, fueron legítimos guerri- lleros; lo mismo los más bajos que los más altos, sin exceptuar á Hernán Cortés. He aquí porqué Europa no ha comprendido nunca á nuestros conquistadores, y les ha equiparado á bandoleros. Mil veces, desde que vivo fuera de España, he oido la eterna acusa- ción, lanzada por sabios é ignorantes y hasta por los poetas, que suelen tener más ancho criterio para comprender las cosas humanas. Heine, en su «Ro- mancero», en su torpe leyenda de «Yitzliputzli» Ha- 43 nía también á Hernán Cortos: «un capitán de ban- didos.» Y en vez de indignarse, creo que lo procedente es decir que no comprenden á nuestros conquista- dores, porque no han podido tenerlos.
Holanda imitó la política do Portugal y buscó también en la colonización fuerzas que la exigüidad de su territorio no le daba para asegurar su inde- pendencia en el continente; pero Holanda contaba ya con medios de acción mucho más perfectos, y como además su espíritu era ya otro, su colonización se transformó en negocio comercial, en algo útil, práctico, sin duda, pero que ya no era tan noble; y esta colonización así entendida pasó del Continente á Inglaterra, que adquirió luego la supremacía colo- nial en el mundo; y acaso sería más justo decir que no pasó á Inglaterra, sino á Escocia, puesto que los escoceses, no los ingleses, fueron los iniciadores. En nuestros días, Bélgica, ó mejor, el rey de los bel- gas, ha emprendido la misma política (la cual puede ser peligrosa si, sacando al país de su neutralidad, no le diera los medios para sostener por cuenta propia lo que hoy está sostenido por el acuerdo de las na- ciones;) pero esta política, que desde luego es noble y generosa, está apoyada también en el comercio y en la arción militar regular, no en el espíritu con- quistador; que no son conquistadores quienes sirven un breve período de tiempo en una colonia por ob- tener riquezas ü honores, sino quienes conquistan por necesidad, espontáneamente, per impulso natural hacia la independencia, sin otro propósito que demostrar la grandeza oculta dentro de la pequenez aparente. Y tan conquistadores como Cortés ó Pi- 46 zarro son Cervantes, preso en Argel y eomprome- tióndose en una rebelión por España y San [guació de Loyola, otro oscuro soldado que con un puñado de hombres acomete la conquista del mundo espi- ritual. Cuando Europa, pues, habituada á la acción regular de la milicia y del comercio ve á unos cuan- tos aventureros lanzarse á la conquista do un gran territorio, no pudiendo ó no queriendo comprender la fuerza ideal que les anima, los toma por salteado- res de caminos, ó interpreta las crueldades que por acaso cometan, no como azares del combate, sino como revelación do instintos vulgares, sanguinarios; sin lijarse en que sin esos héroes tan mal juzgados, de quienes puede decirse que fueron los roturadores del mundo colonial, no hubieran venido después loa que sembraron y recogieron, los que no contentos con sacar la utilidad del trabajo ajeno, pretenden recabar para sí toda la gloria.
Tales errores de juicio responden á una hipo- cresía sistemática en que hoy todos nos com- placemos, á una ceguedad intencionada ó voluntaria, de que todos padecemos. Unimos el efecto a la causa sólo cuando uno y otra están ya unidos de un modo natural y no hay medio de separarlos. Un ejército que lucha con armas de mucho alcance, con ame- tralladoras de tiro rápido y con cañones de grueso calibro, aunque deje el campo sembrado de cadáveres es un ejército glorioso; y si los cadáveres son de raza negra, entonces se dice que no hay tales cadá- veres. Un soldado que lucha cuerpo á cuerpo y que mata á su enemigo do un bayonetazo, empieza á parecemos brutal; un hombre vestido de paisano, que lucha y mata, nos parece un asesino. No nos rijamos en el hecho, nos fijamos en la apariencia.
Nuestra sociedad desprecia y maltrata al presta- mista y admira y ennoblece al banquero. ¿Porque'. Porque el prestamista so pone en contacto con su clientela y el banquero trabaja en grande escala, valiéndose con frecuencia del telégrafo y del teléfono. Xos irrita, que el prestamista llevo un tanto por ciento exagerado, porque la víctima sabe quién lo hace el mal y al quejarse nos dice el aombre del usurero; nos maravilla (pie un bolsista gane un mi- llón en una jugada hábil, porque las víctimas no le conocen y al caer en la ruina, quizás al acudir al suicidio no pueden decir quién ha abusado de su torpeza ó de su ignorancia.
Yo he vivido en países donde el crédito está ad- mirablemente organizado, donde no hay apenas ca- pital inactivo, pues todo él está en manos (pie lo hacen fructificar. Hay combinaciones variadísimas para (pie los trabajadores puedan ahorrar obteniendo intereses, desde una peseta en adelante; para que los niños puedan ahorrar desde un sello de á cénti- mo, á fin do (pie desde pequeños vayan adquiriendo hábitos de economía. Todo esto está muy bien. Pero no he vivido en ningún país, donde en caso de apuro una familia pobre (que en todas partes las hay) sai pie más partido que en España de una camisa vieja ó de unos calzoncillos usados. Xos superan en el cré- dito negativo, que es el de recoger: pero se quedan muy por bajo en el positivo, que os el de dar. Nues- tro crédito también s»1 organiza en guerrillas y los prestamistas son los guerrilleros. Su acción es indi- 48 vidual y por esto, como dijo, es más irritante; pero su malicia está encauzada por la misma estrechez de su círculo de operaciones; conforme este círculo se agranda, alimenta sin duda la cuantiado las em- presas hasta llegar á las obras colosales, de las qué se dice que son las «maravillas del crédito;» pero la maldad crece en la misma proporción y las catás- trofes también son colosales y maravillosas.
Yo no diré así en absoluto esto es mejor que aquello; en absoluto sólo puede decirse (pie ambas cosas son malas. No me gusta la propiedad indivi- dual ni la colectiva; pero la comprendo aliada con el amor; un hombre que posee una casa y la ama, por- que en ella nació y piensa morir, es un propietario útil; un hombre que construye casas y las posee sólo hasta que logra venderlas con beneficio, es un propietario perjudicial, pues si le dejan, será capaz de construir- las tan frágiles, que so hundan y aplasten á los po- bres inquilinos. Todo el progreso moderno es inse- guro, porque no se basa sobre ideas, sino sobre la destrucción de la propiedad fija, en beneficio de la propiedad móvil; y esta propiedad, que ya no sirve sólo para atender á las necesidades del vivir y que en vez de estar regida por la justicia está regida por la estrategia, ha de acabar sin dejar rastro, como aca- baron los brutales imperios de los medos y de los persas.
Nuestro desprecio del trabajo manual se acentúa más de día en día y sin embargo en él está la salvación; él solo puede engendrar el sentimiento de la fraternidad, el cual exige el contacto de unos hom- bres con otros. Así, la guerra civilizada, que parece 49 49 más noble, porque coloca á gran distancia á los que matan y á los que mueren, es una guerra profunda- mente egoísta y salvaje, porque impido que se mues- tre la piedad; el que ludia desde lejos mata siempre que acierta á matar; el que lucha cuerpo á cuerpo mías veces mata y otras veces se compadece j per- dona. Los españoles >-> «n tenidos por guerreros duros y crueles y acaso sean los que han ofrecido más ejemplos de piedad y de magnanimidad, no porque sean más magnánimos y más piadosos, sino porque han peleado siempre muy cerca del enemigo.
Para vaierme de una dem (Stración más vulgar y por tanto más enérgica, compararé al zapatero de portal con el fabricante de zapatos. Si pregunte cuál de los dos es más meritorio en su oficio, se me dirá «pie el fabricante; porque éste trabaja en grande es- cala, con mayor delicadeza \ elegancia y acaso á más bajo precio. Yo estoy por el zapatero de portal. porque éste trabaja sólo para unos cuantos parro- quianos, y llega á conocerle-; los pies y á considera r estos pies como cosa propia; cuando hace un par de botas no va sido á ganar un jornal, va á afanarse cuanto pueda para (pie los pies encajen en las botas perfectamente, ó cuando menos, con holgura; y esta buena intención basta ya para levantarle á mis ojos muy por encima del fabricante que mira sólo á su negocio y del obrero mecánico que atiende sido á su jornal. Venimos, pues, á la misma conclusión que cuando hablábamos del propietario; hay un obrero socialmente útil, el (pie trabaja y ama su obra, y un obrero perjudicial, el que trabaja por instinto utili- tario. Esto no lo dice sólo la cabeza; meditando mi 7 So So poco sobre el caso del zapatero, paróceme que hasta nuestros pies se pondrían de parte de la ya casi ex- tinguida descendencia de San Crispín, quien no tra- bajó nunca en ninguna fábrica, ni hubiera llegado;i santo si hubiera sido fabricante.
Siempre que en España surge un conflicto que demanda ser resuelto por la fuerza de las armas, presenciamos el espectáculo de la insubordinación de todas las clases sociales, deseosas de suplir la ac- ción del Estado, en la que no se tiene absoluta con- fianza, y de tomar sobre sí la dirección de la gue- rra. Y los hombres sensatos condenan duramente esas iniciativas, claman contra el desequilibrado espíritu nacional y piden poco menos que un silencio reli- gioso y solemne, para que el ejército cumpla su mi- sión con entero desembarazo. Esto es lógico, es científico y no es español. Si fuera posible destruir Jas anomalías de nuestro carácter, habría en el acto que suplirlas con un militarismo tan desenfrenado como el que hoy consume á las naciones del conti- nente. Cuando todo el mundo aumenta su poder mi- litar de una manera formidable, sólo dos naciones se mantienen refractarias: Inglaterra, enemiga por tra- dición délos grandes ejércitos, tiene sólo un ejército, organizado según sus propias ideas y apropiado á las necesidades de su política; España confía la sal- vaguardia de su independencia al espíritu del terri- torio y cuenta con fuerzas suficientes para sostener el orden interior; no posee siquiera un ejército colo- nial, á pesar de ser una nación colonizadora. Y acaso las dos naciones que puedan mirar con más seguridad el porvenir sean España ó Inglaterra, porque la una tiene su apoyo más firme en el ca- rácter nacional y en el aislamiento y la otra en su situación insular y en sus fuerzas navales.
Si fuese posible, pues, destruir nuestro espíritu territorial y confiar nuestros intereses á un ejército numérese y disciplinado, nuestra independencia, hoy indiscutible, otaría constantemente amenazada. He aquí que hemos organizado un ejército de cien mil hombres, más aún, de quinientos mil; supongamos que todos eses hombres obedecen á una Bola cabeza y supongamos, que ya es suponer, que hay una ca- beza para dirigir á todos esos hombres. Esa masa militar recibe el choque del enemigo, que viene pel- el Norte, y como es tres ó cuatro veces inferior en número, vemos con dolor (pie en virtud de los prin- cipios del arte moderno de la guerra, queda derrota- da, aplastada, como los franceses en Sedán. ¿Qué hacer? ¿Dejar (pie el enemigo disperse!<>> restes de nuestro ejército derrotado, sitie Madrid y lo tome si así le parece conveniente, firmar luego un tratado por el que se nos sangre y se nos mutile, y quedar- nos contentos porque se nos dice (pie nuestra derrota se ajusta á los preceptos que hoy recomienda la ci- vilización? Si la guerra hubiera de ser no más (pie una lucha científica de dos cabezas que jugaran con las masas de hombres como se juega en la Bolsa con los capitales, bastaría conocer los censos de población para (pie los menos se humillasen ante