SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

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los más. para (pie una nación de quince millones de habitantes se considerara virtualmentc vencida por otra de treinta ó cuarenta. Ante la idea de esta es- clavitud brutal, bien que bajo apariencias civilizadas.

toda alma noble é independiente se subleva y busca el remedio en la acción individual y se defiende con arreglo á otra táctica que equilibre las fuerzas des- iguales; y el arte militar acude á esto deseo y así como da reglas para regir grandes masas, da también reglas para destruir esas grandes masas.

Véase, pues, cómo una idea que parece vaga é inaprisionable, como la del espíritu del territorio, lleva en sí la solución de grandes problemas políticos. Nosotros queremos tener ejércitos iguales á los del Continente y nuestro carácter pide, exige, un ejército peninsular. El soldado continental comprende la so- lidaridad y se siente más valiente y animoso cuando sabe que con él van contra el enemigo uno ó dos millones, si es posible, de compañeros de armas. El soldado peninsular se encoge y se aflige y como que se ahoga cuando se ve anulado en una gran masa de tropas, porque adivina que no va á obrar allí humanamente, sino como un aparato mecánico. El número da al uno fuerzas y al otro se las quita. Eu cambio, si sobreviene un desastre á cualquiera de los grandes ejércitos de Europa, la desmoralización es casi instantánea, porque la fuerza principal no esta- ba dentro de los soldados, sino en la cohesión (pie se n»mpe y en la confianza que desaparece; y un ejér- cito español renace una y cien veces como un fénix, porque su fuerza constitutiva era el espíritu del sol- dado y ese espíritu no cuesta nada, lo da gratuita- mente la tierra.

ok donde quiera (pie echemos á andar por los caminos de España, nos saldrá al paso la eterna esfinge con la eterna y capciosa pregunta: — ¿es me- S3 jor vivir como hasta aquí hemos vivirlo, ayer carga- dos de gloria, hoy hundidos y postrados, mañana de nuevo en la prosperidad y siempre organizados al modo bohemio, ó conviene romper definitivamente con las malas tradiciones, convertirnos en nación á la moderna, muy bien ordenada y equilibrada? Ni esto ni aquello. No debemos cruzarnos do brazos y dejar que hasta lo que es virtud se transforme en causa de menosprecio y de escarnio; hay que tener ana organización y para que ésta no sea de puro artificio, para que cuaje y se afirme, ha de acomo- darse á nuestra constitución natural. Aunque pa- rejea extraño á primera vista, una organización do ese generóos tan hacedera, está tan al alcance de la mano, que no requiere ningún esfuerzo de imagina- ción, ni largas meditaciones, ni complicados razo- namientos. Lo lógico sale al paso y si no lo vemos muchas veces es porque estamos distraídos buscando soluciones caprichosas.

Organizar un ejército que sirva á la vez para una guerra á la moderna y para una guerra á la espa- ñola, parece obra de romanos. V no obstante, esa obra estuvo ya realizada en nuestra época de apogeo militar; basta, para resucitarla, constituirlos peque- Bos núcleos ó unidades de combate con tal solidez y vigor, que lo mismo sirvan para formar unidos un ejercito regular que, separados, en caso de disloca- ción, para formar centros de suprema resistencia, l'n ejército español no puede prescindir del espíritu guerrero individual de los habitantes del territorio, ha de contar con él y ha de apoyarse, en caso extre- mo, sobre él; sus unidades de combate no deben de S4 S4 ser organismos frénicos solamente, sino reduccio- nes de la sociedad plena y entera. Eay que prescin- dir de organizaciones artificiales, imitadas de tós triunfadores del día ó de la víspera y atenerse á lo que las necesidades propias exigen, sin fijarse en lo que hagan los demás. La imitación de lo extraño tiene que concretarse á los detalles, á todo aquello que sea progreso efectivo y encaje bien dentro de la concepción nacional; pues á veces, loqueen otro país es cuestión de primer orden, en el nuestro es menos que de segundo ó tercero y lo que es útil, inútil y hasta perjudicial, por falta de concordancia con lo esencial de nuestra organización.

En un ejército continental lo más importante es la movilización de las grandes masas, con rigor ma- temático, con la precisión de un mecanismo perfecto; lo secundario es la función de cada unidad de com- bate; en un ejército español, la movilización, con ser de tan alta trascendencia, es lo secundario, y lo princi- pal es la función desligada de las compañías; las cuales por esto mismo han de ser un reflejo y un compendio de la nación, de todas las clases sociales, de lo actual y de lo tradicional, de lo que la nación fué y es y desea ser. El mejor ejército español no será aquel que cuente con muchos soldados, some- tidos á una sola cabeza, sino aquel que se componga de compañías, que se muevan como un solo hombre y que tengan, como el dios Jano, dos caras, una mirando al campo donde se libran las batallas regu- lares, y otra á la montaña donde se encuentra un último y seguro refugio para defender la indepen- dencia nacional.

53 53 Contados son los libros donde lio so emplea la alegoría de la nave como símbolo de las cosas humanas. No hay medio de escapar de tan mano- seado tópico, porque las ideas que nos vienen al es- píritu cuando vemos una nave flotando sobre las aguas, son la> que más claramente revelan nuestra concepción universal y harmónica de la vida. Yo vivo en una rasa rodeada de árboles, junto al mar. Á vives veo en el Lejano horizonte la forma indecisa de un barco que surge entre el mar y el cielo, como portador de mensajeros espirituales; después comien- zo á distinguir el velamen y la arboladura; luego el casen y algO COnfllSO que se mueve: más eerea las maniobras de los tripulantes: por fin veo entrar el liaren en el puerto y arrojar per las escotillas sobre el muelle la carga multiforme (pie lleva escondida en su enorme buche. V pienso que así se nos pre- sentan también las ideas; las cuales comienzan por un destello divine, ipie conforme tema cuerpo en la realidad va perdiendo su originaria pureza hasta hundirse y encenagarse y envilecerse en las más groseras encarnaciones. Por un instante qne el alma, se deleite en la contemplación de una idea «pie nace limpia y sin mancha entre las espumas del pensa- miento cuánta angustia después para hacer sensible esa idea en alguna de las menguadas y raquíticas formas de que nuestro escaso poder dispone,.cuánta tristeza al verla convertida en algo material, man- chada por la impureza inseparable di1 lo material! Si esto puede decirse de todas las ideas, aplícase S6 con más rigor que á las demás, á la idea de justicia; nada existe qne parezca venir de tan alto y nada existe que descienda tan bajo; nada hay que se pre- sente más simple v más puro y nada hay que tome as- pecto más impuro, ni más grosero, ni más inhumano. En espíritu jurídico do un país se descubre ob- servando en qué punto de la evolución de la idea do justicia so ba concentrado principalmente su atención. Porque los códigos poco valen, tienen sólo un valer objetivo; han de ser interpretados por el hombre. No hasta decir (pie España se rigió per leyes remanas y luego por leyes romanas y germá- nicas y luego por una amalgama de éstas y de los principios jurídicos que el progreso fué introducien- do en las antiguas legislaciones; porque si se miran las cosas de cerca, ha existido y existe por encima do todo ese fárrago de leyes reales, una ley ideal supe- rior, la ley constante de interpretación jurídica, que en España ha sido más bien de disolución jurídica. España no ha tenido nunca leyes propias; le han sido impuestas por dominaciones extrañas; han sido hechos de fuerza. Así, cuando durante la Recon- quista se relajaron los vínculos jurídicos, desapareció la unidad legislativa y casi pudiera decirse que hasta la ley; puesto que los fueros, con que se las pretendía sustituir sistemáticamente, llevaban en sí la ne- gación de la ley. El fuero se funda en el deseo de diversificar la ley para adaptarla á pequeños núcleos sociales; pero si esta diversidad es excesiva, como lo fué en muchos casos, se puede llegar á tan exage- rado atomismo legislativo, que cada familia quiera tener una ley para su uso particular. En la Edad 57 Media nuestras Regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernadas, sino para destruir el poder real; las ciudades querían tueros que las exi- mieran de la autoridad de esos reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privile- gios á montones; entonces estuvo nuestra patria á dos pasos de realizar su ideal jurídico: que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta toral con un sólo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: — «Este español está autori- zado para hacer lo (pie le dé la pina.

Un criterio jurídico práctico se atiene á la legis- lación positiva y acepta de buen erado las desviaciones que la, idea pura de justicia sufre al tomar cuerpo en instituciones y leyes; un criterio jurídico idealista reacciona continuamente contra el estado de derecho impuesto por la necesidad y pre- tende remontarse á la aplicación rigurosa de lo que considera que es justo. El primer criterio lleva a! ideal jurídico de la sociedad, á la aplicación unifor- me, acompasada, metódica, de las leyes; el segundo lleva al ideal jurídico del hombre cristiano, á regirse por la justicia, no por la ley, y a aplacar después los rigores de la justicia estricta por la caridad, por el perdón generosamente concedido.

Como en la filosofía, en el derecho hubo también ilustres rapsodas que convirtieron el derecho pagano en cristiano á fuerza de zurcidos habilísimos, pero conservándole como fundamento invariable la idea romana, la tuerza, en pugna con la idea cristiana, el amor. Duele decirlo, pero hay que decirlo, porque es verdad; después de diez y nueve siglos de apos- 8 58 tolado, la idea cristiana pura no ha imperado un sólo día en el mundo. El evangelio triunfó de los corazones y de las inteligencias, mas no ha podido triunfar de los instintos sociales, aforrados bru- talmente á principios jurídicos que nuestros senti- mientos condenan, pero que juzgamos convenientes para mantener el buen orden social, ó en términos más (daros, para gozar más sobre seguro de nuestras vidas y de nuestras haciendas.

Existí:, pues, una contradicción irreductible entre la letra y el espíritu de los códigos y por eso hay naciones donde se profesa poco afecto á los códigos; y una de esas naciones es España. Las ano- malías de nuestro carácter jurídico son tales cpie permiten á veces suponer á quien nos observa su- perficialmente que somos una nación, donde todas las injusticias, inmoralidades, abusos y rebeldías tienen su natural asiento. No hay pueblo cuya lite- ratura ofrezca tan copiosa producción satírica enca- minada á desacreditar á los administradores de la ley; en que se mire con más prevención á un Tri- bunal, en que se ayude menos la acción de la Jus- ticia. ¿Qué digo ayudar? Más justo es decir que se entorpece y burla si es posible la acción de la jus- ticia. Es algo muy hondo que no está en nuestra mano arrancar; yo he estudiado leyes y no he podi- do ser abogado porque jamás llegué á ver el meca- nismo judicial por su lado noble y serio; y esto le ocurre á muchos en España; á todos los que, como yo, estudian sin abandonar por completo el trabajo manual, sin perder el contacto con el obrero ó con el campesino. Mientras un español permanezca 1¡- pido á las clases proletarias, que son el archivo y el depósito de los sentimientos inexplicables, pro- fundos, de un país, no puede ser hombre de ley con la gravedad y aplomo que la naturaleza del asunto requiere.

Un día se me acercó un hombre del pueblo para preguntarme:— ¿Usted que es abogado, no quiere decirme qué pena corresponde á quien ha hecho tal cusa de este modo, ó bien de aquel modo? Porque me citan como testigo en tal causa y yo no quiero ir á ciegas, sin saber si hago bien ó mal. Ese hom- bre es el testigo español, el cual declara, no lo que salte, sino lo que previamente adiestrado comprende que lia de conducir a la imposición de la pena que él cree justa. No es que desconfíe déla interpretación imparcial é inteligente de los jueces, porque no los juzgue inteligentes é imparciales, ó porque éstos sean menos dignOS (pie los (le otrOS países, donde se siguen prácticas diferentes; es (pie no quiere abdicar en manos de nadie. La rebeldía contra la justicia no viene de la corrupción del sentido jurídico: al con- trario, arranca de su exaltación. Y esta exaltación tiene dos formas opuestas, que acaso vengan á dar en un término medio de justicia, superior al (pie rige allí donde la ley escrita es oxtrictamente apli- cada.

La primera forma es la aspiración á la justicia pura; lo casuístico desagrada y las excepciones en- furecen; se desea un precepto óreve, claro, cristalino, que no ofrezca dudas, «pie no se preste ¡i componen- das ni a subterfugios; (pie sea riguroso, y si es pre- ciso, implacable. Cuando un hombre adquiere una personalidad bien marrada y cae en las garras déla crítica social, ha de ser impecable, incorruptible, per- fecto y hasta santo y aún así el quijotismo jurídico hallará donde hincar el diente, donde herir. ¡Cuántas cosas que en España son piedra de escándalo y que pregonadas á gritos nos rebajan y nos desprestigian he visto yo practicadas regularmente en otros países de más anchas tragaderas!

La segunda forma es la piedad excesiva, que pone en salvar al caído tanto ó más empeño que el que puso para derribarlo; por lo cual en España no pue- de haber moralizadores, es decir, hombres que tomen por oficio la persecución de la inmoralidad, la co- rrección de abusos, la «regeneración de la patria.» El espíritu público los sigue hasta que llegan al punto culminante: el descubrimiento de la inmora- lidad; pero una vez llegado allí, sin gradaciones, sin que haya como se cree desaliento ni inconstancia, da media vuelta y se pone de parte de los acusados; de suerte, que si los paladines de la moralidad no se paran á tiempo y pretenden continuar la obra hasta darle remate y digno coronamiento, se hallan frente á frente del mismo espíritu que al principio les alentó.

Este dualismo que bajo apariencias de desorden jurídico, lamentado por las inteligencias vul- gares, encubre la idea más noble y alta que haya sido concebida y practicada sobre la humana justi- cia, es una creación del sentimiento cristiano y de la filosofía senequista en cuanto ambos son concor- dantes. El estoicismo de Séneca no es, como vimos, rígido y destemplado, sino natural y compasivo. Só- 51 51 ñeca promulga la ley de la virtud moral, como algo á que todos debemos encaminarnos; pero es tolerante con los infractores; exige pureza en el pensamiento y buen propósito en la voluntad, más sin desconocer, puesto que él mismo dio* frecuentes tropezones, que la endeblez de nuestra constitución no nos permito vivir en la inmovibilidad de la virtud, que hay que caer en inevitables desfallecimientos y que lo más que un hombre puede hacer os mantenerse como tal hombre en medio de sus flaquezas, conservando hasta en el vicio la dignidad.

El entendimiento que más hondo ha penetrado en el alma de nuestra nación, Cervantes, percibió tan vivamente esta anomalía de nuestra condición, que en su libro inmortal sopan» en absoluto la justicia española de la justicia vulgar de los Códigos y Tri- bunales; la primera la encarnó en 1 > * ► 1 1 Quijote y la segunda en Sancho Tanza. Los Tínicos tallos judi- ciales moderados, prudentes y equilibrados que en el Quijote so contienen son los que Sancho dictó du- rante el gobierno de su ínsula; en cambio, los de Don Quijote son aparentemente absurdos, por lo mismo que son de justicia trascendental; una veces peca por carta de más y otras por carta de menos; todas sus aventuras se enderezan á mantener la jus- ticia ideal en el mundo y en cuanto topa con la cuerda de galeotes y ve que allí hay criminales efec- tivos, se apresuro á ponerlos en libertad. Las razones que Don Quijote da para libertar á los condenados á galeras, son un compendio de las (pie alimentan la rebelión del espíritu español contra la justicia positiva. Hay sí que luchar porque la justicia impere cu el mundo; poro no hay derecho estricto á casti- gar á un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la Ley; que;i' hn la impunidad general se conforma con aspiraciones nobles • y generosas, aunque contrarias á la vida regular de las socieda- des; en tanto que el castigo de los unos y la impu- nidad de los otros son un escarnio de los principios de justicia, y de los sentimientos de humanidad á la vez.

No se piense que estas ideas se quedan en el aire, en el ambiente social, sin ejercer influjo en la administración de justicia; por muy rectos (pie sean los jueces y por muy claros que sean los Có- digos, no hay medio de que un juez se abstraiga por completo de la sociedad en que vive, ni es posible impedir que por entre los preceptos de la ley se in- filtre el espíritu del pueblo á quien se aplica; y eso espíritu, con labor sorda, invisible y por tanto inevi- table, concluye por destruir el sentido que las leyes tenían en su origen, procediendo con tanta cautela que sin tocar á una coma de los textos legales, les obliga á decir, si conviene, lo contrario de lo que antes habían dicho.

El castigo de los criminales está regulado en Es- paña aparentemente por un Código, en realidad por un Código y la aplicación sistemática del indulto. En otro país se procuraría modificar el Código y acomodarlo á principios de más templanza y mode- ración. En España se prefiere tener un Código muy rígido y anular después sus efectos por medio de la gracia. Tenemos, pues, un régimen anómalo, en harmonía con nuestro carácter. Castigamos con solemnidad y con rigor para satisfacer nuestro de justicia; y luego sin ruido ni voces indultamos á los condenados, para satisfacer nuestro deseo de perdón.

Sr fuera ocasión cíe detenerse en el análisis de los hechos <lo nuestra historia, veríamos que muflios de ellos han sido engendrados por el espíritu jurí- dico independiente; y (pío son muy pocos los que so derivan de la marcha ordenada de nuestras ins- tituciones regulares. I d momento crítico culminante do la Historia <\r Espafia os aquel en (pío ('astilla.

encerrada en el a ntro <le la Península, deseosa de terminar la Reconquista y de reconstituir la unidad nacional, empieza, pudiera decirse, á balancearse, inclinándose, ya hacia Aragón, ya hacia Portugal. Porque á la unidad no podía llegarse do una vez, puesto (pío los intereses } aspiraciones <U- losreinos oriental y occidental eran ó parecían sor antagónicos, y además la unión había de hacerse mediante enlaces, ya (pío ni las prácticas corrientes ni lo que os más importante, el espíritu nacional, aconsejaban acudir a medies violentos. < 'astilla, pudo ser mediterránea ó atlántica y ambas soluciones debían de iniciar nue- vos períodos históricos; y difícilmente se podría imaginar ahora que conocemos las consecuencias de su unión con la parte oriental de la península, que su unión con la parte occidental hubiera sido más fecunda. Sin embargo, siendo la política castellana, una vez terminada la Reconquista, análoga, por no decir idéntica, á la portuguesa, esta unidad, este ex- clusivismo en la acción, hubiera dado vida á gran- acaso menos brillantes, poro más firmes 3 "4 "4 duraderas quo las que trajo la política continental. Lo cierto es que á la solución que se adoptase estaba ligado el curso de los sucesos históricos en nuestra patria y en el mundo, y que por raro azar el proble- ma quedó planteado en términos exclusivamente jurídicos.

De un lado Portugal apoyaba á -Juana la B©1- tr aneja y del otro Aragón á Isabel; y la decisión correspondía al pueblo castellano. Un pueblo respe- tuoso de la ley escrita no hubiera vacilado, y se hubiera puesto de parto de Juana, la cual había na- cido en posesión de estado civil. En vez de meterse en averiguaciones indiscretas sobre los devaneos de la reina y de su favorito, lo correcto era atenerse á los principios jurídicos, legales, universales en mate- ria de legitimidad, sin los que el régimen familiar no existiría. ¿Qué sería de la sociedad si la opinión pública pudiera modificar las actas del registro civil y aplicar con estricta justicia el axioma jurídico: «á cada uno lo suyo?» El artículo 109 de nuestro Có- digo Civil vigente, dice: — «El hijo se presumirá Je- gítimo aunque la madre hubiera declarado contra su legitimidad ó hubiera sido condenada corno adúl- tera.» Y este precepto no es invención moderna; se encuentra ya en las Partidas. Pero el pueblo caste- llano no quiso regirse por preceptos legales, sino pol- la realidad de los hechos, mejoró peor conocidos; puesto en el terreno de la legitimidad, necesitó acer- carse todo lo más posible á la alcoba de sus prínci- pes. Y en el caso de la infeliz Juana de Castilla, no se satisfizo con murmurar y zaherir, que era á lo sumo lo procedente; se acogió á la ley natural y am- 65 parado en ella saltó por encima fie todos los cuerpos legales vigentes á la sazón y mantuvo los derechos de Isabel. Y así se constituyó* la nacionalidad es- pañola.

La síntesis espiritual de un país es bu arte. Pudie- ra decirse que el espirita territorial es la médula, la religión el cerebro, el espíritu guerrero el corazón, el espíritu jurídico la musculatura y el espíritu ar- tístico como una red nerviosa que todo lo enlaza y lo unifica y lo mueve. Suele pensarse que la religión es superior al arte y que el arte es superior á la ciencia, considerando sólo la elevación del objeto hacia el cual tienden; pero vistos desde el punto de vista en que yo me coloco, como fuerzas constitu- yentes del alma de un país, la superioridad depende del carácter de cada pais. En el fondo, ciencia, arto y religión son una misma cosa: la ciencia interpreta la realidad mediante fórmulas, el arte mediante imá- genes, y la religión mediante símbolos, y rara es la obra humana en que se encuentra una interpreta- ción pura. La ciencia so vale de hipótesis, que no son otra cosa que imágenes utilizadas para cubrir los huecos que no se pueden llenar con fórmulas; el arte propende al simbolismo y en algunos casos se transforma en religión (y en los períodos de de- cadencia en ciencia arbitraria, fantástica, caprichosa y hasta documental); y la religión se sirve por ne- cesidad del arte y de la ciencia para humanizar sus simbolismos. La diferencia real está en el sujeto; según la aptitud espiritual predominante en cada 9 66 individuo, el mundo se muestra en una ú otra forma; y tudos ellos, bajo distintos aspectos y con diversa energía, producen el mismo resultado útil: la dig- nificación del hombre.

Para un matemático, el binomio de Newton es una obra de arte y es un dogma. Un artista verá en el binomio, si por acaso llega á comprenderlo, una igualdad de términos que siendo al parecer deseme- jantes, encierran en sí cantidades equivalentes, ni más ni menos que en la igualdad: tres más tres igual á cinco más uno; un matemático verá en ól una evolución ideal completa, que conduce por fór- mulas graduales é inteligibles del arcano á lo evi- dente y un símbolo de valor general para remontarse al conocimiento de nuevas y desconocidas leyes de la realidad abstracta. En cambio, si un matemático analiza un drama de amor, como el délos «Amantes de Teruel», acaso lo reduzca á la fórmula: «lo infinito es igual á cero» ó á una ecuación amorosa en que la incógnita sea el sentimiento del deber; mientras que para un artista, el drama estará en la lucha in- terior de los sentimientos y en las formas visibles, plásticas, en que estos se exteriorizan, y para el creyente el drama será como un símbolo religioso, y los amantes no serán fuerzas ciegas movidas por el instinto, según la idea de Schopenhaner, sino dos almas dueñas de sus destinos, ennobleciéndose pol- la abnegación y por la dignidad con que transforman la pasión humana, contraria al deber, en amor espi-