ritual y místico, mediante la muerte por el dolor la transfiguración, el tránsito desde la vida á las regiones donde el deber no existe, donde hay solo 67 un deber, el de amar, que más que deber es goce y deleite de las almas.
Hat, pues, muchos modos de servir al ideal y á cada hombre se le debe de pedir sólo que lo sirva, según su natural comprensión; y á cada pueblo que lo entienda según su propio genio. Aunque sea vulgar el modo de expresión, hay que acudir á él por lo exacto: en el ideal existe también y debe de existir una prudente «división del trabajo.» Los hebreos fueron un pueblo religioso; los griegos, artistas; los romanos, legisladores. Todas las naciones europeas asi como las civilizadas por la influencia de Europa, están constituidas sobre esos tres sillares: la religión cristiana, el arte griego y la ley romana. Y aunque parezca que por esta conexión en los orígenes ya no puedan existir pueblos donde se destaque con vigor una forma del ideal, dejando anuladas las otras, en realidad sí existen esos pueblos, bien que en la ac- tualidad no los distingamos bien, por hallarnos á muy corta distancia. La vida de una nación ofrece siem- pre una apariencia de integridad de funciones, por- que no es posible existir sin el concurso de todas ellas; mas conforme transcurre el tiempo se va no- tando que todas las funciones se rigen por una fuerza dominante y céntrica, donde pudiera decirse que está alojado el ideal de cada raza; y entonces co- mienza á distinguirse el carácter de las naciones y el papel que han representado con más perfección en la historia ó comedia universal.
Nuestras ideas, si se atiende á su origen, son las mismas (pie las de los demás pueblos de Europa; los cuales, con mejor ó peor derecho, han sido partícipes del caudal hereditario logado pac la antigüedad; pero la combinación que nosotros hemos hecho de esas ideas es nuestra propia y exclusiva y es diferente de la que han hecho los demás, por ser diferente nues- tro clima y nuestra raza. Á la vista está nuestro desvío de las ciencias de aplicación; no hay medio de hacerlas arraigar en España, ni aun convirtiendo á los hombres de ciencia en funcionarios retribuí- dos por el listado. Y no es que no haya hombres de ciencia; los ha habido y los hay; pero cuando no son de inteligencia mediocre, se sienten arrastrados hacia las alturas donde la ciencia se desnaturaliza, combinándose ya con la religión, ya con el arte. Cas- telar quiere sor historiador y sus estudios se le trans- forman en cautos épico-oratorios; Echegaray, mate- mático y dramaturgo, maneja los números con la maestría y profundo esplritualismo de los pitagóri- cos; y Letamendi escribe en nuestro tiempo sobre Medicina como un filósofo hipocrático.
Nuestro espíritu es religioso y es artístico y la religión muchas veces se confunde con el arte. A su vez el fondo del arte es la religión en su sen- tido más elevado, el misticismo juntamente con nues- tras demás propiedades características: el valor, la pasión, la caballerosidad. Pero al decir esto, que es lo que la generalidad de las gentes dice ó piensa, no se dice nada ó casi nada; porque más importante que la tendencia ideal de un arte es la concepción y ejecución de la obra, ó sea, la «obra en sí». Los pueblos tienen personalidad, estilo ó manera como los artistas; dos pintores muy devotos de la Virgen pintan dos Vírgenes que no tienen entre sí punto de relación; y dos pueblos religiosos, nobles, apasio- nados, pueden dar vida á dos artes antagónicos; y la razón de esta diferencia está en el hecho interesante de que, mientras el fondo del arte procede de la cons- titución ideal de la raza, la técnica arranca del es- píritu territorial.
Hace algún tiempo escribí yo que (roya era un genio ignorante y lo escribí con temor; porque com- prendía que ese juicio que para mi era y es exacto, parecería disparatado ó paradójico según el modo vulgar de examinar y comprender las cuestiones de arte; asimismo oreo que Velázquez, que no es sola- mente un genio, (pie es el más grande genio pictó- rico conocido hasta el día, era tan ignorante como (¡ova. No odio yo de menos ninguna de las ma- noseadas «reglas»; ni hallo esa ignorancia corriente que engendra los anacronismos, la falsedad de los caracteres, la torcida interpretación do los hechos históricos, las monstruosidades anatómicas y demás torpezas y deficiencias que destruyen el efecto total de un cuadro; lo que yo veo es la carencia de re- flexión técnica. ('» dicho en términos más llanos, que el artista no conoce cuándo está la obra en su verda- dero punió de ejecución, porque se deja sólo guiar por el impulso de su genio. Y como el genio es una facultad falacísima, raras veces la mano que por él se guía remata bien una obra; en cualquier momento de la ejecución la obra «es: pero sólo en uno «está; y la mano se detiene á capricho, al azar, no en el momento de suprema perfección. Esta inseguridad produce en los momentos felices de los grandes <¿nnios creaciones originales, de esas (pie forman época en el mundo: pero aceptadaeomo procedimiento sis- temático es causa de que los entendimientos media- nos y ¡i veres los grandes también, fracasen vergonzo- samente y de que esas mismas creaciones originales no traigan consigo como debieran un ennoblecimien- to de las artes del país en que aparecen, antes con- tribuyan á formar el mal gusto y á precipitar la de- cadencia y envilecimiento del ideal.
No se piense que el rasgo señalado es privativo de Yelázquez ó de Goya; es constante y es universal en nuestro arte, porque brota espontáneo de nuestro amor á la independencia. Por eso en Es- paña no hay términos medios. Los artistas pequeños como los grandes van á ver lo que sale, y cuando empiezan á trabajar no suelen tener más que una idea vaga de la obra que van á crear y una confian- za absoluta en sus fuerzas propias, en su genialidad, cuando no «confían en Dios y en la Keina do los Cielos» como dicen los romances que cantan los ciegos en las plazuelas. Siempre que un español de buena estirpe coge la pluma, ó el pincel, ú otro ins- trumento de trabajo artístico, se puede pensar, sin temor de equivocarse, que aquel hombre está igual- mente dispuesto para crear una obra maestra ó para dar vida á algún estupendo mamarracho.
No existe en el arte español nada que sobrepuje al Quijote; y el Quijote, uo sólo ha sido creado á la manera española, sino que es nuestra obra típica, «la obra» por antonomasia; porque Cervantes no se contentó con ser un •independiente»; fué un conquis- tador: fué el más grande de todos los conquistadores, porque mientras los demás conquistadores conquis- (aban países para España, 61 conquistó á España misma, encerrado en una prisión. Cuando Cervantes comienza á idear su obra, tiene dentro de sí un ge- nio portentoso; pero fuera de él, no hay más que figuras que se mueven como divinas intuiciones: después coge esas figuras y les arrea, pudiera decirse, hacia delante, como un arriero anea sus borricos, animándoles con frases desaliñadas de amor, mezcla- das con palos equitativos y oportunos. X" busquéis más artificio en el Quijote. Está escrito en prosa y es como esas raras poesías de los místicos en las que igual da comenzar á leer por el fin que por el principio, porque cada verso es una Bensación pura y desligada, como una idea platónica. \f~^ ómo se expliea que Lope de Vega, con su ge- C V_y nio dramático original, fecundísimo, no nos haya dejado una ulna acabada como Bamlet? No es que las facultades creadoras de Lope fueran inferiores á las de Shakespeare; sino que Shakespeare disparaba después de apuntar bien y daba casi siem- pre en el blanco; mientras que Lope no daba casi nunca porque tiraba sin apuntar, al aire. V esta diferencia es tan clara, que en España misma Lope se ha visto relegado á segundo término por Calderón. que se servía de tipos teatrales, sin la lozanía y la espontaneidad de los del teatro de Lope; pero que sabía concentrar más su atención é infundir á sus personajes y escenas cierta intensidad, cierta emo- ción interiores, sin las cuales no hay obra duradera. Y no se crea que Calderón profesaba principios es- téticos más firmes que los de Lope; cuando la inde- pendencia del artista es tan exagerada como en 7a nuestro país, poco importan los principios, puesto que cada cual hace lo que mejor le parece; las equi- vocaciones y aciertos dependen en gran parte del azar, de una intuición feliz, interpretada con mejor ó peor fortuna. Un estudiante, para distraerse du- rante las vacaciones, comienza á escribir «La Celes- tina» y conquista el primer puesto en la literatura < 1 rara ática espa ñola.
Si el teatro español se hunde desdo las alturas de Lope en los abismos insondables donde vivía la ilustre patulea que sirvió á Moratín para compo- ner su «Comedia nueva,» la culpa no es ciertamente de los discípulos de Don Hermógenes; es de Lope; y más que de Lope, de nuestro carácter. Los más bajos pretenden ser artistas como los más altos; no se detienen en un arte mediano y decoroso; se pre- cipitan en los antros del salvajismo artístico. Yo vi una vez una Concepción de la escuela industrial se- villana, que me hizo pensar: el autor de este atenta- do es un pintor de brocha gorda; pero hay que ser justos y reconocer que maneja las brochas con la misma soltura con que Murillo debía de manejar los pinceles. Yo no acepto el criterio estrecho, mezqui- no y más francés que español de Moratín, quien conocía bien nuestro arte, pero no llegó nunca á comprenderlo. De no haber remedio humano para nuestras flaquezas artísticas, preferible es que seamos alternativamente geniales y tontos, que no que fué- ramos constantemente correctos y mediocres. Pero esto no obsta para señalar que nuestro carácter, en cuanto á la técnica artística, es un exaltado amor á la independencia, que nos lleva á no hacer caso de 73 73 nadie, á lo sumo á proceder por espíritu de oposición y luego á do hacer caso de nosotros misinos, á tra- bajar sin reflexión y á exponernos á los mayores fracasos.
Cuando el teatro francés de Corneille imperaba con más fuerza en Alemania, hubo un crítico dra- mático do extraordinaria perspicacia y comprensión, Lessing, que le movió guerra en nombre de los mismos principios del teatro clásico, de los que aquel era una falsa interpretación, demostrando la superioridad del teatro romántico de los españoles y de los ingleses. Y sin embargo, el teatro de Cornei- lle era también como un reflejo del teatro español; era tina mezcla monstruosa de la sobriedad \ seve- ridad del teatro griego y de las peripecias y artificios dramáticos imaginados por la fértil fantasía de Lope. Cito este ejemplo para hacer ver cuan peligroso es nuestro arte para los que intentan imitarlo. El mis- mo autor de la Dramaturgia, enamorado de la porsía. viveza y naturalidad de nuestro teatro, hacía grandes reservas en cuanto á los recursos teatrales inventados sin reflexión ni medida por nuestros au- tores. Por esto nuestra influencia en el desarrollo del teatro alemán fué secundaria y Schiller pudo decir más tarde con visos de verdad «que los alema- nes habían tenido por únicos guías á los griegos y á Shakespeare^.
Lo más interesante en estas anomalías que de nuestro carácter provienen, es que no hay me- dio de evitarlas, imitando los buenos modelos y for- mando escuelas artísticas; nosotros no queremos imitar, pero aunque quisiéramos, uo podríamos ha- 74 cerlo con fruto, porquo nuestros módulos, por su excesiva fuerza personal, son inimitables; y así ge aclara el hecho anómalo de que siendo tan indepen- dientes, sea nuestro arte, como nuestra -historia, una continuada invasión de influencias extrafias. En cuanto nos quedamos solos destruimos nuestro arto y para renovarlo tenemos que salir fuera de España para equilibrar nuevamente nuestro gusto; y apenas éste está un poco depurado, volvemos á las andadas. Estudíese la historia del arte español en nuestro si- glo, la historia del arte (pie vive al aire libre, pues hay algún arte como la música «pie en su estilo genuina- mente español y elevado apenas ha salido de los tem- plos, y se comprobará la idea que acabo de exponer. Hemos tenido dos grupos de pintores que, el uno en Francia, el otro en Itaiia. han buscado el medio de re- novar nuestro arte; y apenas levantado un poco el ni- vel estético de la nación, han aparecido también los es- pañoles, los independientes y con ellos los primeros asomos de insubordinación y desorden. Tendremos como siempre obras magistrales creadas por los maestros y una rápida degradación provocada por la audacia y desenfado de los aprendices.
En cuanto á la poesía, á la novela, á la vista do todos está cómo hemos tenido ó tenemos represen- tantes de todas las tendencias artísticas de Europa sin llegar á constituir grupos, por nuestra tendencia ó propensión á desvirtuar las formas convencionales aunque estén en gran predicamento, para conver- tirlas en estilo propio y personal; y á la vista está también que ningún poeta, ó novelista, ó simplemente escritor, acepta lecciones de quienes son reconocidos y acatados eomo maestros, que todos desean ser ca- bezas, de ratón ó de leóu poco importa, y que en vez de formar un ejército literario, do somos más t|iio una partida de guerrilleros de las letras. J T~^ s imposible en absoluto modificar otes ins- CJLy tintos de insubordinación que nos destrozan y nos aniquilan? Yo oreo que uo. A. pesar de nuestro espíritu de independencia, hem o podido constituir dos naciones on nuestra península: no lia sido una sula. pero no lian sido tampoco más do dos; luego alguna cohesión se ha dado cueste punto al espíritu territorial. En cambio, en las artes, en vez de adelan- tar, retrocedemos. Por un error inexplicable, se ha creído que la anarquía proviene de las literaturas re- gionales, siendo estas al contrario, esfuerzos en pro de la disciplina; y por otro error de mayor calibre aún, se ha pensado que la centralización traería la cohesión, cuando para lo que sirve es para sacar á les individuos de los centros donde podrían recibir la influencia bienhechora de un templado ambiente intelectual y lanzarlos en el vacío y en la soledad de un medio más culto, pero más móvil Ó incohe- rente, en el cual no se encuentra nada (pie sirva de punto de apoyo, ni que dome los arranques natura- les (pie suelen propender á la exageracióu y al <lesequilibrio. España, como nación, no ha podido crear todavía un ambiente común y regulador, porque sus mayores y mejores energías se han gastado en em- presas heroicas. Apenas constituida la nación, nues- tro espíritu se sale del cauce que lo estaba marcado y se derrama por todo el mando en busca de glorias exteriores y vanas, quedando la nación convertida 76 en un cuartel de reserva, en un hospital de inváli- dos, en un semillero de mendigos. ¿Qué extraño, pues, que en ambiento tan puliré los hombres do valer que por acaso quedaban, sintiesen el deseo de dar rienda suelta á sus facultados sin comprender á dónde iban ni dónde debían detenerse? La reflexión no es como se cree un hecho puramente interno, os más bien una labor de unificación de las reflexio- nes que nos inspira la realidad en que vivimos; y aun á los espíritus más independientes hay medio de someterlos á la obra coman, si se los rodea de espíritus que les cerquen y les aprisionen.
Al estudiar la historia do las artes españolas hay que fundar la unión en las ideas. Tenemos una «Historia de nuestras ideas estéticas»; pero no tenemos (iba á decir ni podremos tener) una historia de nuestros procedimientos técnicos, do nuestros estilos, de nuestras escuelas; porque en España no es fácil relacionarlos todos en una unidad superior, en un concepto general, en una verdadera Escuela; y así los puntos más altos de nuestro arte no están representados por grupos unidos por la comunidad de doctrinas, sino por genios sueltos que, como Cer- vantes ó Yelázquez, forman escuela ellos solos. En Francia hay cuatro ó seis mil gacetilleros o cronis- tas, que sin una idea en la cabeza escriben con el aplomo de los grandes escritores. El espíritu patrió- tico les fuerza á formar núcleos y alrededor de cada sol giran innumerables planetas, satélites, asteroides y hasta bólidos. Cierto que esa gente menuda no hace cosas de gran provecho; pero tampoco hace daño. Mientras que en España sólo sirve para arrasar el sentido estético de la nación. Como dice mi amigo Navarro y Ledesma, uno de los pocos españoles que todavía piensan en castellano, la lengua francesa es como un gatián. y la española como una capa; no hay prenda más individualista ni más difícil do llevar que la capa; sobre todo cuando es de paño re- cio y larga hasta los pies. Esto 88 verdad; la lengua castellana es una capa y la mayoría de los escrito- res españoles la llevamos arrastrando.
Es incalculable el número de ingenios, arrebata- dos á las arfes españolas por las guerras y pel- la colonización; y la pérdida fué doble, pues se per- dió todo lo que no crearon y la influencia que pu- dieron ejercer sobre les (pie quedaban, V esta idea no es hija de un sentimentalismo huero; yo no halle gran diferencia entre la muerte y la vida, pues creo (pie lo que realmente vive sen las ideas; pero también ha de vivir el individuo (pie es el creador de las idea- y la especie en cuanto necesaria para servir de asile á las ideas. Así pirs, no doy impor- tancia á la muerte, ni menos á la ferina en (pie nos asalta; le que me entristece es que se (pieden en el cuerpo muerto las creaciones presentes ó futuras del espíritu. Hay muchas maneras de amar la patria y lo justo es (pie cada une la ame del modo (pie le sea más natural y (pie más contribuya á dignificarla. Nosotros liemos perdido hasta tal punto el sentido de la perspectiva, que no damos importancia más (pie al derramamiento de sangre. Les que no luchan con las armas ó per le menos con arrebatados discursos sen la «obra muerta de la sociedad, sen mirados con desprecio. Ya decía Goethe á este propósito contestando á los que le ¡tensaban do falta de patriotis- mo: Yo lie procurado llegar á donde más alto lie podido en aquellas cosas á que me sentía inclinado por mi naturaleza; lie trabajado con pasión, no he perdonado medio ni esfuereo para realizar mi obra; si alguno lia liecho tanto como yo, que alce el dedos. No se puede hablar con más elevación y justicia: mucho vale la sangre, pero más vale la obra del espí- ritu. Los novas, los cafres, los hotentotes, los mata- heles y los zulús derraman también su sangro por defender el suelo patrio; en los pueblos cultos eso no basta: hay (pie luchar por el engrandecimiento ideal de la gran familia enmedio de la cual se ha naeidu, y este engrandecimiento exige algo más (pie el me- ro sacrificio de la vida.
EN Siglo de Oro de las arles españolas, con ser tan admirable, es sólo un asomo ó un anuncio de lo (pie hubiera podido ser si terminada la Recon- quista hubiéramos concentrado nuestras fuerzas y las hubiéramos aplicado á dar cuerpo á nuestros propios ideales. La energía acumulada en nuestra lucha contra los árabes no era sólo energía guerrera, como muchos creen, era, según haré ver después. energía espiritual. Si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente en que nos puso, lo mismo que la, fuerza nacional se transformó en ac- ción, hubiera podido mantenerse encerrada en nues- tro territorio, en una vida más íntima, más intensa v hacer de nuestra nación una Grecia cristiana.
XC TT XC TT Iv política exterior de Hispana en la Edad mo- ^4 derna podría ser gráficamente representada por una Rosa de los vientos. f¿a política de Castilla era africana 6 meridional, poique la Toma do (¡ra- nada y la terminación de la Reconquista no poda ser el último golpe contra los moros; entonces esta- ba aún pujante el poder musulmán y debía do te- merse una nueva acometida, pues el mahometismo lleva en sí un germen de violencia, que hoy parece extinguirlo y mañana reaparece encarnado en un pue- blo más joven que de nuevo lo <lá calor y vida: y aparte do esto, era lógico «pie la respuesta so acomo- dase á la agresión, que no terminase en nuestro sucio invadido, sino que prosiguiera en el territorio de nuestros invasores. La política de Aragón era me- diterránea ú oriental, y como al unirse Aragón y Castilla se unieron bajo la divisa de igualdad, cons- tituyendo más «pie una unión una sociedad do so- coitos mutuos, así como Aragón ayudó á la con- quista de (¡ranada. Castilla tenia que ayudar.1 8o 8o Aragón en sus empresas de Italia. Y por un azar histórico, en el mismo campamento de Santa Fe, donde se formaba el núcleo militar que después pasó á los campos de Italia, nacía también el pensamiento de aceptar los planes de Colón y con esto el comien- zo de nuestra política occidental ó americana. Tenía- mos, pues, tres puntos cardinales Sur, Este y Oeste y sólo nos faltaba el Norte, que vino con gran opor- tunidad al incorporarse á España los Países Bajos. V luego, de la combinación de tan encontradas po- líticas surgieron las políticas intermedias y no ludio nación en Europa con la cual, ya con uno, ya con otro pretexto, no tuviéramos que entendernos por la diplomacia ó por la guerra.
El criterio excesivamente positivista en que se inspiran hoy los estudios históricos, obliga á los historiadores á colocar todos los hechos sobre uu mismo plano y á cifrar todo su orgullo en la exac- titud y en la imparcialidad. En vez de cuadros his- tóricos se nos da solamente reducciones de archivo, hábilmente hechas y se consigue la imparcialidad por el facilísimo sistema de no decir nunca lo que esos hechos significan. Sin embargo, lo esencial en la historia es el ligamen de los hechos con el espíritu del país donde han tenido lugar; sólo á este precio se puede escribir una historia verdadera, lógica, y útil. ¿A qué puede conducir una serie de hechos exactos y apoyados en pruebas fehacientes si se da á todos estos hechos igual valor, si se los presenta con el mismo relieve y no se marca cuáles son con- cordantes con el carácter de la nación, cuáles son opuestos, cuáles son favorables y cuáles contrarios Si ¡'i devolución natural de cada territorio, considerado con sus habitantes, como una personalidad his- tórica?
Los que escriben Historias de España fijan prin- cipalmente su atención en la Edad fofoderna, porque la tienen más cerca y la Ten colocad ¡i en primer término, como asunto principal del cuadro que in- tentan componer. Y esta idea os errónea, os una violación de la perspectiva; cu la historia no es po- sible colocar unos hechos rielante de los otros, como las figuras i'i objetos en un cuadro; todo está fundi- do en la personalidad nacional, y en ella debe <!<% aquilatarse la importancia relativa que los snce históricos tuvieron. Cuando pasen varios siglos y haya otra época histórica moderna, la que hoy lla- mamos moderna no lo será y habrá que cambiarlo el nomine; y al cambiárselo se ha de notar <|up no es sólo el nombre el que cambia, que cambia tam- bién la significación total ríe los acontecimientos que la formaron; y entonces esa historia moderna de hoy será una fase anómala de nuestra historia general