SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

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Hemos tonillo, después de períodos sin unidad de carácter, un período hispano-romano, otro hispano- visigótico y otro hispano-árabe; el que les sigue será un período hispano-europeo ó hispano-colonial; los primeros de constitución y el último de expansión. Tere no hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, constituido ya, diese sus fru- tos en su propio territorio; y por no haberlo tenido, la lógica de la historia exige que lo tengamos y que nos esforcemos poi ser nosotros los iniciadores. Im- 82 portante es la acción de una raza por medio de la fuerza; pero es más importante su acción ideal: y ésta alcanza sólo su apogeo cuando se abandona la acción exterior y se concentra dentro del territorio toda la vitalidad nacional.

Ex el comienzo de la Edad Moderna había en España dos tendencias políticas naturales y justificadas: la de Castilla y la de Aragón, esto es, la africana y la italiana, y después de unidos Aragón y Castilla, la segunda política debió de perder algún terreno. Los descubrimientos y conquistasen Amé- rica, que tan profunda brecha dos abrieron, tenían también su justificación en nuestro carácter, en nuestra fé y en la fatalidad providencial con que nos cayó sóbrelos hombros tan pesada carga. Pero nues- tra acción en el centro del continente fué un incon- mensurable absurdo político, un contrasentido cuya sola disculpa fué y es el estar amparado por las ideas entonces imperantes en materias de derecho político y prácticas de gobierno. Al empeñarse España, na- ción peninsular, en proceder como las naciones con- tinentales, se condenaba á una ruina cierta, puesto que si una nación se fortifica adquiriendo uueyos territorios que están dentro de su esfera de acción natural, se debilita en cambio con la agregación de otros qud llevan consigo contingencias desfavorables á sus intereses propios y permanentes. El poder de Inglaterra se sostiene por no apartarse de esta línea de conducta; es un poder que se apoya en la ocupa- ción de puntos estratégicos, que puedan ser defendidos iiisularmcnte». Inglaterra ha podido ocupar el territorio de los Países Bajos, en épocas en que qo le hubiera sido necesario gastar fuerzas muy con- siderables; pero se ha limitado á trabajar porque en las costas de Europa que están frente á su territorio haya Daciones pequeñas y débiles, para estar w á salvo de una invasión; si hubiera ido más allá hubiera corrido la misma suerte que nosotros. Un error político destruye una nación, aun la nación ¡ mili' de] mundo. España cometió ese error, y cuando I" cometió hubo quien comprendiera, bien que vaga 6 instinti- vamente, los riesgos á que nos exponía; hubo mu- chos qne lo comprendieron y los unos se murieron y á los otros los degollaron. Para mi la muerte de Cisneros, muerte oportuna, que le libró de recibir en el rostro la bocanada de aire extranjero que traía consigo el joven Carlos di fuá la muerto <!<• Castilla; y la decapitación de los comuneros fii castigo impuesto á los refractarios, á los que no querían caminar por las n, ndas abiertas á la política de España. Los coniui tan libera ó libertadores, como muchos quieren hacernos en no oran héroes románticos inflamados por idi nuevas y generosas y vencidos en el coraba! Villalar por la superioridad numérica de los impe- riales y por una lluvia contraria que les azotad, i los rostros y les impedía ver al enemigo; eran castella- nos rígidos, exclusivistas, que defendían la política tradicional y nacional contra la innovadora y euro- pea de Carlos I. V en cuanto á la batalla de Villalar, parece averiguado 4110 ni siquiera llegó á liarse. En la rebelión «le las comunidades de Castilla urii». como ocurre casi siempre, que la razón esta- 84 ba de las dos partes y (|tie so habló de todo menos de la causa verdadera de los disturbios, quizás por- que les bandos antagónicos no tenían concepto exacto de lo que pretendían. En nuestro tiempo está en auge la política de protección; no hay clase social que no pida auxilio al Estado y alguna pretende transformarlo en proveedor general de felicidad; por este camino se llegará insensiblemente á convertir el poder político en padre de familia y se lo obligará á buscar medios extraordinarios para llenar sus nuevas y llamantes funciones sociales. V entóneos surgirá la protestado los que han estado en silencio mientras se discutía, de los que lian dejado (pie las ideas tomen cuerpo, juzgándolas inofensivas ó poco peligrosas y después so sorprenden auto los resulta- dos ya inevitables. Da igual suerte al constituirse la nacionalidad ospañ ila se exaltó el poder real por encima de todos los poderes, so lo pidió (pie toinaso á su cargo la dirección de todas las fuerzas constitu- tivas del país, insubordinadas por el abuso de los privilegios y ssle e:cltó á luchar por el engrandeci- miento político, cif ado en la idea de la ('poca, la constitución de fuertes nacionalidades. V en cuanto el poder real se puso á la obra, sobrevino la rebeldía de los prudentes, de los que veían transformarse la política, nacional en política dinástica.

Admitido el error político inicial, hay que reco nocer que Garlos I fué un hombro oportuno. En España, no había, nadie capa/ de comprender su política y esto prueba sin necesidad de más demos- traciones (pie su política era ajena á nuestros inte- reses, aunque estuviera apoyada en derechos indisoutibles y en vagas aspiraciones de nuestra nación.

('arlos I representó en nuestra historia un papel análogo, aunque en sentirlo inverso, al de Napoleón on la de Francia. Napoleón hizo de Francia una na- ción insular, y (Yulos I hizo do España una nación continental. El supo llevar de trente las diversas y contradictorias políticas que despuntaron casi á la ve/: acudió á los Países Bajos, á Italia, á Tune/, y ¡í América; todo lo abrazó con golpe de vista amplio. admirable y certero; mas su obra era personalísima, porque él miraba á España desde fuera y nos atri- buía las mismas ambiciones que á él, nacido en el centro del continente, le atormentaban.

Al pasar el poder de ('arlos I á Felipe II. se nota inmediatamente que la política de la casa «le Austria onvertirse en un peligro para Europa y va á dar al fiaste con nuestra nación. Felipe II era un español y lo veía todo con ojos de español, con in- dependencia y exclusivismo: así no podía contentarse con la apariencia del poder: quería la realidad de! poder. Fué un hombre admirable por lo honrado. \ en su espejo deberían mirarse muchos monarcas (pie se ufanan de su potestad sobra reines, cuya conser- vación les exige sufrir humillaciones no menores que las (pie sufren los ambiciosos vulgares para mantenerse en puestos debidos á la intriga y al fa- voritismo. Felipe II (pliso ser de hecho loipleeia d ■ derecho, quiso reinar y gobernar, quiso que la dominación española no fuese una etiqueta útil bóIo para satisfacer la vanidad nacional, sino un poder efectivo, en posesión dotólas las facultades y atribu- tos propios de la soberanía, una fuerza positiva (pie imprimiese la huella bien marcada del caráct pañol en todos los países sometidos á nuestra acción y de rechazo si era posible en todos los del mundo. Con este criterio planteó y resolvió cuantos proble- mas políticos le ofreció mi tiempo y á su tenacidad fueron debidos sus triunfos y sus fracasos.

Para otra Dación, el conflicto religioso que surgió al aparecer en los Paises Bajos la Reforma, hubiera s'nlo relativamente de fácil solución; pasados los primeros momentos do resistencia, vistas las pro- porciones que tomaba la herejía, se hubiera buscado mía componenda para poner á salvo la dominación; esto lo hubiera hecho basta Francia, católica también, pero menos rigorista, más enamorada de su pres- tigio político (pie de sus ideas religiosas, como lo demostró aliándose- con los protestantes y hasta con los turcos, cuando asi convino á sus intereses. Sólo España era capaz de plantear la cuestión en la forma (Mi (pie lo hizo y arriesgar el dominio material peí sostener el imperio de la religión. Y mientras las demás naciones hubieran concluido por perder el dominio algo más tarde, sin dejar huella de su pase, nosotros lo perdimos antes de tiempo, pero dejamos una nación católica más en Europa.

L.v política de Felipe II tuvo el mérito que tiene toilo lo (pie es franco y lógico; sirvió para des- lindar los campos y para hacernos ver la gravedad de la empresa acometida por España al abandonar los cauces de su política nacional. Si Felipe 11 no triunfó por completo y dejó como herencia una ca- tástrofe inevitable, la culpa no fué suya, sino de la imposibilidad de amoldarse él y su nación á la tactica que exigía y exige la política del Continente. Una nación no so impone sólo con fuerzas militares y navales: necesita tener ideas flexibles y que se presten á una rápida difusión; y estas ideas no hay medio di1 inventarlas, nacen, como vemos constan- temente en Francia, de la fusión de las ideas toma- das del extranjero con las ideas nacionales. Hay que sacrificar la espontaneidad del pensamiento propio, hay que fraguar ideas generales que tengan curso en todos les paises, para aspirar á una inllnencia política durable. Nosotros, por nuestra propia cons- titución, somos inhábiles para esas manipulaciones, y nuestro espíritu no lia podido triunfar más (pie por la violencia. Yo creo (pie á la larga el espíritu que se impone es el más exclusivista y el más ori- ginal; pero cuando llega a imponerse no tiene ya alcance político: su influencia es ideal, como la de los griegos sobre los roihanos.

Con Felipe II desaparece de nuestra nación el sen- tido sintético, esto es. la facultad de apreciaren sn totalidad nuestros varios intereses políticos; Espaflfl se defiende largo tiempo con el instinto de conser- vación; pero sin pensar siquiera cuál ha de ser en caso de sacrificio el interés sacrificado, poniéndolo lodo al mismo nivel; lo pasajero y fugaz de nuestra política como lo esencial y permanente. Li idea fundamental de nuestros gobernantes era (pie la fuerza política dependía de la extensión del territo- rio; íi" mermándose éste, la nación conservaba en- teros sus prestigios y su vitalidad. Así fuimos sos teniéndonos, ó fué sosteniéndonos nuestro ejército, núcleo de resistencia que contuvo el desmembra- 88 miento y que en ocasiones llegó á representar él sólo la nación, con mejor derecho qne el agregado inmenso de territorios y de gentes que la formaban.

En mi opinión, lo más triste que hay en nuestra decadencia no es La decadencia en sí, sino la refinada estupidez de que dieron repetidas muestras los hombres colocados al frente de los negocios pú- blicos en España. Se halla á lo sumo algún hombre hábil para ejecutar una misión que se le encomien- de; pero no encontraremos uno sido que vea y juz- gue la política nacional desde un punto de vista elevado, ó por lo menos, céntrico. A todos les ocurría lo que según la frase popular, les ocurre á los músi- cos viejos; no les quedaba más (pie el compás.

Acaso hubiera sido un bien para España que el largb y doloroso descenso que se inicia en la paz de Westt'alia y se consuma en la de Utrecht hubiera sido una caída rápida, en la (pie hubiéramos proba- blemente sacado á salvo la unidad nacional; pero diseminadas nuestras fuerzas para atenderá muchos puntos á la vez, debilitados por un gasto incesante de energía, tanto más considerable cuanto la ruina estaba más próxima, las soldaduras de las diversas regiones españolas comenzaron á despegarse y estu- vo á punto de dislocarse la nación. Y se dislocó en parte, puesto que Portugal, cuya unión era más re- ciente, concluyó por conquistar su independencia.

No es justo exigir á los hombres de aquella época un conocimiento de nuestros intereses tan cabal como el que hoy tenemos, juzgando los hechos á distancia y con diferente criterio político; pero si es justo declarar que aun con las ideas que entonces «9 imperaban se hubiera podido proceder con más cor- dura, si nuestros hombres de Estado hubieran esta- do á la altura de la situación, ó cuando monos, sabido separar lo permanente de la nación, que era la me- trópoli, la península unida, de lo accidental, que oran los estados de olla dependientes y las colonias. La confusión en este punto fué tan completa, que - Non,; ¡i poner sobre un pie de igualdad y á defender con' igual empeílo en algún tratado, como el de los Pirineos, el dominio de España en Portugal, (cuya rebeldía ora favorecida y apoyada por Francia) y los intereses personales de los príncipes do ( 'olido. Por muy elevado (pío sea el concepto (pie se proteso de la lealtad política es jamás disculpable (pío so sacrifique el interés do una nación, que es algo subs- tantivo y permanente, cu obsequio do un particular, cuyos sen icios pueden sor privadamente recompen- sados.

La política borbónica no fué mejor que la aus- tríaca en esto punto. Continúa admitida la idea de que el engrandecimiento nacional lia de venir del exterior; de que la fuerza está en la cantidad, en la extensión del territorio. Este es el sistema general- mente seguido por los nobles arruinados: nada de reducir los gastos por no descubrir lo que está á la vista, que la casa se hunde; préstamos usurarios, alardes estúpidos de poder para inspirar confianza. enlaces en que se busca una dote providencial y demás expedientes de mala índole. No fué otra nues- tra política en los comienzos do la casa de Borbón. la asunto más ruidoso de la época fué la famosa cuestión do los ducados v nuestra obra maestra en política «'1 experimento de galvanización del in- trigante Mberoni. El espíritu espafiol, enviciado ya .'ii el sistema del artificio, falto de una mano fuerte que lo obligara á buscar la salvación donde única- mente podía hallarla, en la restauración de las ener- gías nacionales, acepta con agrado todas las panaceas políticas qne le van ofreciendo los agiotistas «lo la diplomacia y continúa largo tiempo arrastrándose por los bajos fondos de la mendicidad colectiva. adornado con el oropel de fingidas y risibles gran- dezas.

L\ Edad Moderna de nuestra historia no éstíí ceirada todavía, porque tina edad no termina, mientras no surgen hechos nuevos (pío marcan una nueva dirección. En nuestros días se han repetido los ensayos del reinado de Carlos 111; parece (pie al lin vamos á entraren la tierra de promisión; pero de pronto sobrevienen complicaciones que echan abajo la obra comenzada y nos dejan en la eterna interinidad. Aún se discute la forma que ha detener el gobierno y la organización territorial de la na- ción; se discute todo y se discute siempre. La Tuer- za que antes se desperdiciaba en aventuras políticas en el extranjero, se pierde hoy en hablar; hemos pa- sado de la acción exterior á la palabra, pero aun no hemos pasado de la palabra á la acción interior, últi- mo término y asiento natural de nuestra vida política. Hemos restaurado algunas cosas y falta aún restaurar la más importante: el sentido común. Cuando todos los españoles acepten, bien (pie sea con el sacrificio de sus convicciones teóricas, un estado de derecho fijo, indiscutible y por largo tiempo inmutable, y se pon- gan unánimes á trabajar en la obra que á todos in- teresa, entonces podrá decirse que Ka empezado un nuevo período histórico.

El punto de partida de la política exterior de uu país, es la política nacional, puesto que de ésta de- pende el rumbo que so ha de imprimir á aquélla; y asimismo el punto de partida de la política interior es la idea que se tiene del papel que la nación ha de representar en la política extranjera. Porejemplo, la política interior do L'ruisia, antes de la constitución del imperio alemán, estuvo subordinadaá la idea de constituir el Imperío; la política exterior de Italia en la actualidad, está subordinada á las exigencias de su política interior, á la necesidad de consolidar la unidad italiana. Si se determina cuál lia de ser en lo porvenir la política exterior de España, ten- dremos una base fija para fundar sobre ella nuestra política interior; y una ve/, aceptada ésta, encontra- remos la fuerza necesaria para satisfacer las aspira- ciones nacionales. De suerte que, en mi concepto. España no puede tener boy política exterior bien determinada, por faltarle una constitución interna bastante robusta para seguir un rumbo propio, en harmonía con sus propios intereses: y por lo tanto. sólo hay que estudiar cuáles son estos intereses, para asentar sobro olios nuestra organización políti- ca interior. I y oe donde el horizonte se muestra más despeja- do es por el Norte. Nuestra antigua y funesta política continental esta en absoluto agotada, muerta 93 \ sepultada. Aparte las relaciones comerciales \ de buena vecindad, no existe nada que obligue á Espa- ña á mezclarse en asuntos europeos de una manera forzosa; tenemos mía frontera natural, muy bion mareada, y nuestra política territorial es la del re- traimiento voluntario, el cual, si ya no fuera en ¡sí tan lógico cono os, habría de ser aceptado por uV- coro. ruando un actor eminente Dota que sus facultades se debilitan y decaen por la acción inevi- table del tiempo, no tiene más solución noble y de- cente que la do retirarse oiin oportunidad; no le está permitido degradarse aceptando papeles secundarios, hasta ¡legar al de criado 1.° ó L\". cuya intervención se reduce á prenunciar las palabras sacramentales: la señora está servida. España ha sido en Europa un gran actor trágico, y no puede aceptar como gra- ciosa o nc '-ion el papel de gran potencia, que algu- nos políticos tan inquietos como ignorantes crejn había de bastar para darnos la fuerza que todavía no tenemos. En este punto nuestro criterio creo yo que debería desertan rígido que rehuyera toda com- plicación en los asuntos continentales, aunque fuese para resolver los mayores conflictos de nuestra pro- pia política.; porque por muy grandes que fueran los beneficios obtenidos, nunca llegarían á compensar las consecuencias perniciosas que por necesidad ha- brían de derivarse de un acto político contrario á la esencia, de nuestro territorio.

Parecerá ciertamente osadía afirmar así en redondo que España no tiene pendiente ningún problema de política continental. ¿Pues qué, se me preguntará, no tenemos en España dos problemas, que afectan á nuestra unidad y que son europeos en cuanto su solución depende en parte de la política de Europa? Porque en España se creí' di1 buena fó que el rescate ríe Gibraltar y la unidad ibérica bou cuestiones que exigen de España, por excepción, el abandono de su retraimiento, siendo así que una y otra justifican, \ apoyan con más vigor aún si cabe nuestro retrai- miento sistemático.

El rescate de Gibraltar debe de ser una obra esencial y exclusivamente española. Podría sei europea si todas las naciones de Europa, interesadas como están en la libertad del Mediterráneo, creyese» oportuno intervenir pacíficamente como intervinie- ron para resolver asuntos de interés general y de carácter análogo, como la liberación de las grandes vías navegables del interior del continente; pero no siendo as:, España no puede buscar el amparo du este ó aquel grupo político de Europa para procurar el rescate por la fuer/a. porque este servicio costaría demasiado caro y haría tan patéate nuestra debili- dad como la actual situación.

Xo hay humillación ni deshonra en el reconoci- rnienlo de la superioridad de un adversario; es sobradamente manifiesto que Inglaterra ejerce la supremacía en todos les mares del globo; [tecas na- ciones se han lunado de sus abllSOS de poder, favo- recidos por la desunión del continente. V contra tales abusos la política más sabia es la de hacerse Inertes é inspirar respeto. l'n hecho de fuerza como la ocupación de Gübrajtar tiene cierto uso práctico, pues sirve de regulador de las energías nacionales é impide que los petulantes alcen demasiado la VOZ.

94 Gribraltar es una fuerza para [ngUterra mientras España sea débil; pero si EspaBa fuera fuerte, so convertiría en un punto flaco y perdería su razón de ser. Científicamente se puede afirmar que una nación fuerte y vigorosa, por muy pequeña que sea, está libre de ser humillada en su territorio; sólo las na- ciones di\ ¡(lidas ('i desorganizadas evitan el deseo de cometer esas violaciones territoriales y sólo en ellas se puede ejercer impunemente la alta piratería política. Ñu es Inglaterra nación que inspire simpatías. porque su fuerza la hace uiás bien temible ií odiosa; en general una nación simpática es una Dación que marcha mal; la. simpatía política suele ser algo semejante á la lástima (5 la compasión en las rela- ciones entre los hombres. Mas por fortuna hoy está muy en baja la política sentimental y todas las cues- tiones pueden ser planteadas en términos egoístas escuetos: y hay en este egoísmo franco una notable ventaja sobre el egoísmo cauteloso 6 hipócrita de la diplomacia «clásica». Con arreglo á este novísimo criterio se puedo, pues, decir sin escándalo do la moral política (pie entre todas las naciones de Eu- ropa Espaüa es, después de Italia, la nación más interesada en que se conserve, por largo tiempo aún, la supremacía naval de Inglaterra. Nos ocurre en este particular como á aquel caballero arruinado (pie por nada del mundo (pieria separarse de un antiguo mayordomo excesivamente manilargo; no es por amor por lo (pie te retengo — decía el pobre señor — es porque temo que el que te suceda me dejo ¡í pedir limosna. Y si alguno de los que se irritan por nues- tra afrenta en Gibraltar, encuentra esta idea popo 93 brillante, tenga entendido que me la ha soplado en la oreja el prudente Sandio Panza, que era tan es- pañol y tan manchego como Don Quijote.

Antes de alegrarse infantilmente del hundimiento de un poder, hay que pensar en el poder qué va ¡í sustituirlo: nosotros no podemos ser los herederos de [nglaterra y hornos de ver quién ha de heredar sí Inglaterra, en caso de que mediante una coalición so llegara á deshancarla. Mil soluciones son posibles y ninguna os tan clara como el statn quo; ni mAs favorable tampoco. A mi juicio, la nación más teni ble como poder marítimo es [nglaterra, por lo mismo que su poder está en perfecta concordancia con su carácter territorial; ninguna nación del continente sola podrá llegar á donde ha llegado [nglaterra; poro [nglaterra tiene dos ventajas que la abonan: la pri- mera no tener conexión inmediata con el continente, ni menos aún con el litoral del Mediterráneo; la se- gunda hallarse en la plenitud de absorción y verso obligada ya á acudir ¡i procedimientos defensivos. Su poder sería, pues, útil á Europa si, privado de sus condiciones agresivas, lograra sostenerse como agente de orden público internacional. En cambio una nación continental y marítima. EVanciaó Rusia, por ejemplo, sería una causa constante de perturba- ción y una amena/a para la independí ncia de algu- nas naciones, que podrían ser atacadas por fuerzas terrestres y marítimas á un mismo tiempo, [nglaterra lia de limitarse;( la ocupación de puntos aisla- dos de un litoral; una nación del continente tendría armas y medios para imponerse en toda la extensión de un territorio,