SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

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moa que en un canee que lleva poca agna hay doa saltos ó caídas de igual altura y que dos ingenieros tratan de aprovecharlos para esta ó aquella especie de fabricación: el uno monta una industria pequeña, proporcionada al motor, y desde el primer momento obtiene un resultado útil; el otro construye una fá- brica de proporciones imponentes, que no puede funcionar por falta de auna. Para los que ven las cosas por fuera, que desgraciadamente son los más, el ingeniero que construyó en grande os un hombre de genio, y el que estableció la pequeña industria un hombre de facultados muy escasas, incapaz de elevadas concepciones. Tara los pucos que no se contenten con ver la fachada y examinen lo que hay dentro de ambos edificios, el hombre de genio se convertirá en poco menos que un idiota y el que parecía tener pocos alcances revelará ser una perso- no sabia, y discreta; el uno trabajando en grande ha demostrado su ineptitud para lo grande y para lo pequeño; el otro obrando en pequeño ha demostrado su capacidad para lo pequeño y para lo grande.

La fábrica española ha estado parada durante largos años por falta de motor; hoy empieza á mo- verse porque hemos aligerado ó nos han aligerado el artefacto, y ya hay quien desea volver á las antiguas complicaciones, en vez de trabajar por aumentar la escasa fuerza motriz de que hoy disponemos. De aquí la necesidad perentoria de destruir las ilusio- nes nacionales; y el destruirlas no es obra de deses- perados, es obra de noble y legítima ambición, pol- la cual comenzamos á fundar nuestro positivo en- grandecimiento. La grandeza ó la pequenez de las I2f) naciones no depende de la extensión del territorio ni do I número rio habitantes. Bajo la e-asa de Aus- tria. España fué una nación inmensa y por serlo cayó on la postración y en la parálisis: en tiempo de Carlos 11. España fué como una ballena muerta, flo- tando en el mar é interceptando el paso á los nave- gantes: on cambio, unas cuantas provincias desliga- das <lc España, las Provincias Unidas, hábilmente gobernadas por Guillermo de Orange, se transforma- ban on centro político de Europa y contrarrestaban el poder á la sazón omnipotente de Francia.

Este hecho, notado por Macaulay, tiene una ex- plicación naturalísima. Los Paises Bajos, dominados por España, eran no más que territorios habitados por hombres; al hacerse independientes se convirtieron en nacionalidad. La unión política no aumentaba las fuerzas, al contrario, las anulaba, porque estas fuerzas oran antagónicas. Nosotros gastábamos nuestras ener- gías en destruir la resistencia de los Países Bajos, y éstos gastaban las suyas luchando contra nuestra dominación; aunque la unión hubiera sido constan- temente pacífica, la fuerza no hubiera aumentado por ser opuestas las aspiraciones políticas territoria- les. Holanda independiente, movida por sus propias ideas, era una nación más fuerte, más figíl que el gran imperio español paralizado, impotente para coordinar en una acción bien determinada los es- fuerzos perdidos en sostener el equilibrio entre va- rias políticas contradictorias.

Cuando se invoca el respeto a las tradiciones, ha de precisarse bien qué so entiende por tradicio- nes. España comienza ahora una nueva evolución ó ha de Comenzarla ón breve y en ella ha timar herido la España tradicional; estoes inevitable, pi t:i que los españoles de' hoy 'descendemos sin mezclas extrañas cié los españoles antiguos, y continuariios viviendo éíi nuestra casa solariega; los griegos dé hoy tienen poea sangre helénica (y hay quien croo qne no tienen ninguna1)', y sin embargo aspiran á enlazar su historia contemporánea con la historia an- tign.1 né G-reeia. Pero lo que liOsotros debemos tomar de la tradición es lo qué ella nos da ó nosimpone: el espíritu; en cnanto á los hechos, hay qne examinar- los de cerca y ver el valor real que tienen, porque muchos no sirven para nada y otros son perjudicia- les. La mayor parte de nuestra historia moderna es un contrasentido político, por el qne hemos venido á caer donde ahora nos vemos; si la nueva evolución so empalma con la anticua y seguía pOr las indica- ciones ipie se desprenden de ios hechos tradiciona- les, no adelantaremos jamás un paso. Una nación que se hada mi su apogeo pilédo resistir desviacio- nes políticas no justificadas con ngor por sus inte- reses territoriales; pero una nación que comienza á adquirir fuerzas tiene que ser más exclusivista y no distraerse en aventuras peligrosas; aun en aquellos casos en que la acción está más justificada hay que contar con medios amplios para, sostenerla; medios materiales y muy principa Unen te energía espiritual; adquirida mediante la comprensión exacta de la obra que so intenta, el conocimiento previo de lo que la obra ha de ser, en suma, la «realización ideal dé la obra oonio tipo de realización material.

x.v dirección rradieionRlmóntoscfíaladaa' nuestra política exterior, es la que se designa general- mente diciendo que hay- que cumplir el testamento do [sabe! la Gatólica. TCI porvenir do España está en Mri- • ■a: y las aspiraciones nacionales se oseapan por esa ¡•¡tima abortara, como si estuvieran aprisionadas en nuestro territorio y buscasen on la huida la libertad, líe aquí un ejemplo más de verdadero pesimismo: el de los que desconfían do!ne fuerzas picpias de su nación, y creen que ésta no será grande en tanto qma no se le afiada nlf$ún pedazo-do tierra, donde, yn que eu íi no se consiga, ton^amiosal menos el ¿nipto tío quu ondeo el pabellón nacional.

En materia, de colonización africana España nolá podido hacer más qno leservarse el dominio de aquella parte dol litoral africano que on manos ex- tranjeras pudiera ser un vecinazgo peligroso para nuestras posesiones tradicionales. No estaba en su mano acometer nueves trabajos de colonización, má* \ime.si había de colonizar por el sistema absurdo y üOOSUrablo, empleado hoy (Mi AíVica.

Las razas africanas no Bon comparables á las americanas ó asiáticas; están en un girado bastanto interior de evolución y no pueden resistir la cultura europea: lo más sensato hubiera sido desparramar por todo el litoral y rios navegables de África, facto- rías y misiones, que tueseq como la levadura que luciese fermentar h\s cualidades nativas do los afri- canos; pero esta oliva reipier a muchoriempo; hoy se carece de paciencia y si alguna se tuviese las rivali- dades políticas darían coa ella al traste; así pues, se lia acudido a la dominación directa, á las invasiones cu t'l interior y cuando es preciso para asegurar la buena marcha de los negocios, á la matanza de los pueblos que se pretendía civilizar. Se parto de Euro- pa con ideas de redención y se llega á África con ideas de negociante; y al regreso no so aplaude al que lia trabajada más por mejora]' la suerte de la ra- ga negra, sino al que lia matado más ó al que lia amasado más crecida fortuna.

Sin embargo, cuando en hispana se invoca el tes- tamento de [sabel la Católica, las ideas se fijan principalmente en el Norte de África, y hoy, per necesidad, en lo único que qi:eda en pié, con vida independiente, el Imperio marroquí. Este os el cuarto de los puntos cardinales, el Sur, de que aún no había- mos tratado; y no faltará quien piense que después de cerrar tedas las puertas de la nación debe dejarse esta última abierta, para noquedarnos completamente á oscuras. Yo entiendo que la política áfrica na era muy natural después de terminada la Reconquista, y si á ella hubiéramos consagrado todas las fuerzas nacio- nales, hubiéramos fundado un poder político indes- tructible tanto porque nacía lógicamente do nuestra historia medioeval, cuanto po que no hubiera chocado con los intereses de Europa; pero el tiempo no pasa en balde y el tiempo ha traído grandes cambios. El poder musulmán se halla en tal estado de postración que ha menester de quien lo proteja para que no lo destru- yan demasiado pronto; los resentimientos acumula- dos durante la Edad Media, aunque refrescados de vez en cuando, no sen hoy lo que eran hace cuatro siglos; y porúltimo y esta esla razón más poderosa, nosotros no somos ya un pueblo pujante, ansioso de expansión, aunque por rutina pidamos expansiones; somos un pueblo experimentado y escarmentado que por falta de memoria aprovecha poco y nial 8'is escarmientos y sCi experiencia.

Espafia tiene un interés demasiado visiblo para ij'i! necesite de aclaraciones, por conservar o! terri- torio del otro lado del Estrecho, alejad'" cuanto más mejor de la arción política de Europa; y esto interés por nadie estará mejor servido que por los (pie ac- tualmente lo sirven. Si nosotros nos dejásemos lle- var de esos deseos tradicionales sin contar como no contamos hoy con los medios indispensables para completar la obra del ejército y de la política, y lo- grásemos establecer nuestro protectorado ú domina- ción sobre Marruecos, ipiixás no serviríamos más que ile introductores de los famélicos comerciantes de Europa y. en tanto que éstos recogían la utilidad práctica del cambio do poder, nosotros cogeríamos la odiosidad del pueblo dominado que vería en núes t>a acción la cansa manifiesta de todos los ataques dirigidos contra sus sentimientos esclusi vistas y por naturaleza refractarios á la civilización europea. Se- ríamos, pues, fautores inconscientes de intereses contrarios á nuestros intereses y obreros do nuestra propia ruina. La guerra de África es una prueba patente de que la política africana no está apoyada aún por interesos vitales do nuestra nación, sino por entusiasmos popularos, vagos, indefinidos. Cuando se acomete una empresa exigida per una n icesidad ieal de expansión, de abrir campo á las energías exuberantes de un país, la victoria militar, sean cuales fueren los obstáculos que se interpongan, deja vu detrás de sí más profundo rastro que el que luí de- jado nuestra victoria, Uxa restauración de la vida entera do España no puede tenor otro punto de arranque que la concentración do todas nuestras onorgías dentro do nuestro territorio. Hay que cerrar pon cerrojos, lla- ves y candados tudas las puertas por donde ol ospí» ni u español se escapó di' España para derramarse por los cuatro puntos del lioráonte, y por donde hoy espora que ha di; venir la salvación: y od cada una de esas puertas no posáremos un rótulo dantesco (pie diga: «Laseiato ogni speran/.a. sino este utro nuts consolador, más humano, muy profundamente humano, imitado do San Agustín: Noli toras iré; in interiore Hispan i;^ habitat ventas.

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C^ i contrastamos ol pensamiento íilosótico do una w_} obra maestra de arte con el pensamiento de la tinción en que tuvo origen, veremos que con inde- pendencia del propósito del autor la obra encierra nn sentido, que pudiera llamarse histórico, concor- dante con la historia nacional, una interpretación del ospíiitu de esta historia. Y cuanto más estrecha sea la concordancia el mórito de la obra, sera* mayor, porque, el artista saca sus fuerzas invisiblemente de la confusión de sus ideas con las ideas de s*i leni- totio, obrand-o como un reflector en el quoestas ideas se cruzad y se mezclan y adquieren al cruzarse \ mezclarse la luz de que separadas carecían. Dna lil- las obras mayores do nuestra teatro es La vida es sueño de Ualderón; en ella, <mi un caso psicológico individual que tiene un valia- simbólico universal, nos dn el artista una explicación clara, lúcida y profetica de nuestra historia. España, eomo Segis- mundo, fuá arrancada violentamente de la caverna di1 su vida oscura de combates contra los africanos, 'anz ida al Kico de la vida ouropoa y c invertida 011 rluefíii y señolea de gentes que ni siquiera conocí.i; y cuando después de muchos y extraordinarios su- cosos, que parocen más fantásticos que reales, vol- vemos á la razón en nuestra antigua caverna, en la que nos hallamos al presente encadenados Demues- tra miseria y nuestra pobreza, preguntamos si toda esa historia fué realidad ó fué sueño, y solo nos hace dudar el resplandor de la gloria que aun nos alum- bra y seduce como aquella imagen amorosa que tur- baba la soledad de Segismundo y le hacía exclamar: — Sólo á una mujer amaba que fué verdad creo yo — pues que todo se acabó* —y esto s^lono se acaba. x pueblo no puede y si puede no debe vivir sin gloria; poro tiene muchos medios de con- quistarla, y adornas la gloria se muestra en formas varias; hay la gloria ideal, la más noble, á laque se llega per el esfuerzo de la inteligei-cia; hay la gloria de la lucha por el triunfo de los ideales do un pue- blo contra los de otro pueblo; hay la gloria del com- bate feroz por la simple dominación material; hay la gloria más triste de aniquilarse mutuamente en lu- chas interiores. EspaOa ha conocido todas las formas déla gloria, y desde hace largo tiempo disfruta á todo pasto de la gloria triste; vivimos en perpetua guerra civil. Nuestro temperamento excitado y debilitado por inacabables períodos de lucha no acierta á trans- formarse, á buscar un medio pacífico, ideal, de ex- presión y á hablar por signos más humanos que los de las armas. Así vemos que cuantos se enamoran de una idea (si es que se enamoran) la convierten en medio de combate; no luchan realmente porque la idea triunfe; lachan porque laidea exige una formo exterior en que hacerse visible y á falta de formas positivas i'i creadoras aceptan las negativas ó des- tructoras: el discurso, no como obra de arte, sin»» comí» instrumento de demolición, el tumulto, el mo- tín, la revolución, la guerra. De esta suerte, las ¡dea- cu vez de servir para crear obras durables que fun- dando algo nuevo destruyesen indirectamente lo viejo é inútil, sirven para destruirlo todo, para aso- larlo todo, para aniquilarlo todo, pereciendo ellas también entro las ruinas.

Ks indispensable forzar nuestra nación á que se desahogue racionalmente y para ello hay que infun- dir nueva vida espiritual en los individuos y por ellos en la Ciudad y en el Estado. Nuestra organi- zación política hemos visto que DO depende del ex- terior; no hay causa exterior que aconseje adoptar esta 6 aquella forma de gobierno; nuestras aspira- ciones de puertas afuera. ó son infundadas ó utópi- cas ó realizables á tan largo plazo que no es posible distraer ¡i causa de ellas la atención y continuar vi- viendo a la espectativa. La única indicación eficaz que del examen de nuestros intereses exteriores se desprende es (pie debemos robustecer la organiza- ción que hoy tenemos y adquirir una fuetza intelec- tual muy intensa porque nuestro papel histórico nos obliga a transformar nuestra acción de material en espiritual. Espafia ha sido la primera nación euro- pea engrandecida por la política de expansión y de conquista; ha sido la primera en decaer y terminar su evolución material, desparramándose por extensos territorios y es la primero que tiene ahora (pío trabajaren una restauración política y social deun or- den completamente nuevo; p »r lo tauto, su situación es distinta de la de las demás Daciones europeas y no debe de imitar á ninguna, sino que tiene que ser ella la iniciadora «le procedimientos nuevos, acomo- dados á hechos nuevos también en la historia. Ni las ideas francesas, ni las inglesas, ni las alemanas, ni lasque puedan más tarde estar en boga, nossirven, porque nosotros, aunque interiores en cuanto á lain- tlucncia política, sumes superiores, más adelantados en cuanto al punto en que se halla nuestra natural evolución; per el hecho de perder sus fuerzas domi- nadoras (y tudas las naciones han de llegar á per- derlas) nuestra nación ha entrado en una nueva taso de su vida histórica y ha de ver cuál dirección le está marcada por sus intereses actuales y por sus tradiciones.

Et, problema pul. tico que España ha de resolver no tiene precedentes claros y precisos en la historia. Una nación fundadora de numerosas nacio- nalidades, logra tras un largo período de decadencia reconstituirse como fuerza política animada por nue- vos sentimientos de expansión; ¿qué forma ha do tomar esta segunda evolución para enlazarse con la primera y no romper la unidad histórica á que una y otra deben de subordinarse? Porque aquí la uni- dad no es un artificio, sino un hecho; el artificio sería cortar con la tradición y pretender comenzar á vivir nueva vida, como si fuéramos un pueblo nuevo, acabado de sacar del horno. España tiene acaso ca- minos abiertos para emprender rumbos diferentes de los que lo señala su historia: pero un rompimiento con el pasado sería una violación de las leyes natu- rales, un cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo reaj por lo imaginario. Ninguna nue- va acción exterior puede conducirnos á restaurar la grandeza material de España, á reconquistarle el alto rango que tuvo; nuestras nuevas empresas serían eomo las pretensiones de esos viejos impenitentes que en lugar de resignarse y consagrarse al recuer- do de sus nebíes amores juveniles se arrastran en busca de nuevos amores fingidos, de nuevas caricias pagadas, He parodias risibles, cuando no repugnan- tes, do las bellas escenas do la vida sentimental En cambio, si por el solo esfuerzo de nuestra in- teligencia lográsemos reconstituir la unión familiar de todos los pueblos hispánicos, é infundir en ellos el OllltO <le U!)es tnismOS ideales, de nr.estlos ideales.

cumpliríamos una gran misión histórica, y daríamos vida ¡i una creación, grande, original, nueva en les fastos políticos; y al cumplir esa misión no trabaja- ríamos en beneficio de una idea generosa, pero sin utilidad práctica, sino que trabajaríamos por nuestros propios intereses, por intereses más transcendentales (pie la conquista de unos enantes pedazos de terri- torio. Puesto que liemos agotado nuestras fuer/as de expansión material, hoy tenemos que cambiar de táetiea y sacar á luz las fuerzas que lio se agotan minea, las de la inteligencia, las cuales existen Inten- tes en Hispana y pueden cuando s i desarrollen levan- tarnos ¡i grandes creaciones que satisfaciendo nues- tras aspiraciones a la vida noble y gloriosa, nos sirvan como instrumento político, reclamado por la obra que liemos de realizar. Desde este punto de vista, las cuestiones políticas a que España consagra principalmente su atención, sólo merecen desprecio. Vivimos imitando, debiendo de ser creadores; pre- tendemos regir nuestros asuntos por el ejemplo de los que vienen detrás de nosotros y iludamos á caza de formas de gobierno, de exterioridades políticas, sin pensar jamás qué vamos á motor dentro de ellas para que no sean pura hojarasca.

La organización de los poderes públicos no gs materia muy difícil; no exige ciencia ni arte extraordinarios, sino amplitud de criterio y buena voluntad, una sociedad que comprende sus intereses organiza el poder del modo más rápido posible y pasa á otras cuestiones más importantes; una nación (pie vive un siglo constituyéndose no es nación se- ria; en ese hecho solo da á entender (pie no sabe á dónde va, y (pie por no saberlo se entretiene discu- tiendo el camino que conviene seguir. Los poderes no son más que andamiajes; deben de estar hechos con solidez para (pie se pueda trabajar sobre ellos sin temor á accidentes; lo esencial es la obra (pie, ya de un modo ya de otro, se ejecuta. La obra de restaura- ción de España está muy cerca del cimiento; el an- damiaje sube hasta donde con el tiempo podrá llegar el tejado; y hay gentes insaciables ó insensatas (pie no están contentas todavía. La falta de fijeza que se nota en la dirección de nuestra política general, es sólo un reflejo de la falta de ideas de la nación; de la tendencia universal á resolverlo todo mediante auxilios extraños, no por propio y personal esfuerzo: la nación entera aspira á la acción exterior, á una acción indefinida y no comprendida que realce núestro mermado prestigio; lasciu lades viven cu la un n- dicidad ideal y económica y todo 1" esperan del Es- tado; sus funciones Bon reglamentarias y materiales; cuando conciben algo grande, no es ninguna gran- deza ideal, sino una grandeza cuantitativa: el ensau- clie, que viene á ser una reducción de la idea do agrandamiento nacional por medio de laanexiónde territorios ó terrenos que nonos hacen taita; los indi- viduos trabajan lo suficiente para resolver el proble- ma de no trabajar, de suplir el trabajo personal que requiere gasto de iniciativas y de energías por al- guna función rutinaria, coucuerdo ó no concuerde con las aptitudes 6 los escasos conocimientos adqui- ridos. En suma, las esperanzas estáu siempre cifra- das en un cambio exterior favorable, no en el traba- jo constante 6 inteligente.

Dadas estas ideas, los oambios políticos sil'VOIl sólo para torcer más los viciados instintos, l'n ejem- plo muy claro nos ofrecen nuestras l" Diversidades. Si' creyó encontrar el remedio para nuestra penuria intelectual infundiendo á ios centros docentes nueva savia, transformándolos de escuelas cerradas en campos abiertos, como se dice, á la difusión de toda dase de doctrinas. Y la idea era buena y I" sería si noestuviera reducida á un cambio de rótulo. Por- que la libertad de la cátedra u i es buena ni mala en sí; es un procedimiento que puede ser útil ó inútil, como el antiguo, según el uso que de él se haga. La enseñanza exclusivisl i sería buena si los principios en que se inspira tuviesen vigor bastante, sin nece- sidad de las excitaciones de la eontro\orsia, paia mantener vivas y fecundas ¡as ciencias v las arles tío la nación; poi esto sistema tendríamos una cul- tura un tanto estrecha de criterio é incompleta, pero üii cambio tendríamos la unidadde inteligencia y de acción. Sólo cuando las doctrinas decaen y pierden su fuerza creadora se lince necesario introducir le- vadura fresca que las haga de nuevo fermentar. La enseñanza libre (y no liablo de las formas ridiculas quo en la práctica lia tomado en España) tiene tam- bién como todas las cosas, dos asas por donde coger- la; el punto flaco es la falta de congruencia entre las diferentes doctrinas, el desequilibrio intelectual que las idoas contradictorias suelen producir en las cabe- zas poco fuertes; la parte buena es la impulsión que se da al espíritu para que con absoluta independen- cia elija un rumbo propio y se eleve á concepciones originales. Nosotros hornos tocado el mal; pero noel bien. Se decía que la enseñanza católica nos conde- naba á la atrofia intelectual; la libertad de enseñanza nos lleva á un rápido embrutecimiento. Sabemos que ¡■ti esta ó aquella Universidad existen rivalidades pseudo-cien tíficas, porque leemos ú oímos que los adherentes á los diversos bandos han promovido un tumulto ó han venido á las manos como carreteros. Lo que no había antes ni hay ahora, salvo honradí- simas excepciones, es quien cultive la ciencia cientíticamente y el arte artísticamente; se han perdido to los los pesos y todas las medidas, salvándose solo una, la de las funciones públicas; sea cual lucre la es- p ecie y mérito de una obra, sabemos que no ser ¡i esti- mada sino después que el autor ocupe un buen puesto en los escalafones sociales. Dé aquí la subordinación de todos nuestros trabajos, de n uestros escasos trabajos al interés puramente exterior; y aún hay mérito en l"> que los subordinan, puesto que la generalidad los suprime del todo y se contenta con los puestos de los escalafones. Lis Universidades, como el Esta- do como los Municipios, son organismos vacíos; no son majos en sí. ni hay que cambiarlos; no hay que romper \.\ máquina; lo que hay qne hacer es echarlo ideas, para que oo ande en seco. I 'ara romper algo, rompamos el universal artificio en que vi- vimos, esperándolo todo do fuera \ dando á la ae- ti\ idad una forma exterior también; y luego t ransfor- m aremos la charlatanería en pensamientos sauos j lili les y el combate externo que destruye en comba- te interno que crea. A.sí es como se trabaja por for- talecer los poderes públicos, y asi es como se lefor- nian las instituciones.

* * Si yo fuese consultado como médico espiritual para formular el diagnóstico del padecimiento que los españoles sufrimos, (porque padecimiento hay y de difícil curación) diría que la enfermedad se designa con el nombre de <no-querer: ó en tér- minos más científicos por la palabra griega abou- lia. que significa eso mismo, ^extinción ó debilita- ción grave de la voluntad::y lo sostendría si necesario fuera con textos de autoridades y examen de casos clínicos muy detallados, pues desde Esquirol y Maudsley hasta Ribot y Piorre Janet hay una larga serie de médicos y psicólogos (pie han estudiado esta enfermedad, en la que acaso -<• revela más claramente que en ninguna otra el influjo dé las pertur- baciones mentales sobre las funciones o:'gáui¡ Hay una forma vulgar de la aboulía que todos conocemos y á veces padecemos.;A quién no lo habrá invadido en alguna ocasión esa perplejidad del espíritu, nacida del quebranto de tuerzas ó del aplanamiento consiguiente;'i una inacción prolon- gada. <•!! que la voluntad falta de una idea dominante que la mueva, vacilante entre motivos opuestos que se contrabalancean, ó dominada por una idea abs- tracta, irrealizable, permanece irresoluta, sin saber i|iié hacer y sin determinarse á bacer nada? Cuando tal situación de [tasajera se convierte en crónica, constituye la aboulía, la cual se muestra al exterior en la repugnancia de la voluntad á ejecutar actos libres. En el enfermo de aboulía hay un principio de movimiento que demuestra, que la voluntad no se lia extinguido en absoluto; pero ese movimiento actúa débilmente y rara vez llega á su término. No es un movimiento desordenado que pueda ser con- fundido con los del atáxico; hay en un caso debili- dad y en otro falta de coordinación; y tanto es así que en laaboulíafueradelos actos libres, les demás, los psicológicos, los instintivos, los producidos por sugestión, se realizan ordenadamente.