fué trasladado á Ancu-Myera; y el viejo Mcomu, desde las obscuridades del bosque de Viioqué, á los alegres prados de Ruzozi. Cañé, el hijo cuarto de Sungo, harto de bregar con los antiguos siervos, pasó á Viioqué, y para Lopo fué creado el primer — 182 — reyezuelo de nuevo cuño, el prudente üquima^ pedagogo y primogénito del consejero Mizcaga.: Estos nombramientos produjeron gran júbilo en el país. Todos los reyezuelos del bosque estaban ya^' seguros de pasar los vdtimos años de su vida go- bernando una ciudad fluvial; todos los pedagogos; soñaban con las vacantes de Mizcaga y de Üqui- ma, y todos los mnanis se consideraban de hecho- con las riendas supremas del poder entre sus manos. La ambición servía de freno y de estí- mulo: de freno, para obedecer con humildad; y de estímulo, para trabajar con ardor por el bien; común. • Yo, sin embargo, no me dejaba llevar de estos primeros entusiasmos. Lo principal estaba con- seguido: que Maya tuviera un centro político - adonde todos acudieran en busca de granjerias; pero > el desencanto j)odía llegar muy pronto, y los apetitos democráticos revolverse con furia cuando se viesen frustrados. Hacía falta crear un canal de desagüe muy ancho, por donde todoa los malos humores escaparan, y de aquí nació la necesidad de la tercera reforma, que desenvol- vió de una manera amplísima el organismo creado por una feliz intuición de Usana, el congreso de los uagangas Los miembros de este curioso senado gozaban de pequeños emolumentos, pero de gran dignidad; yo suprimí los emolumentos y elevé las preeminencias por encima de todas las conocidas hasta el día. Les concedí derecho de tutear al rey y á los reyezuelos, de entrar pn la corte montados en sus caballerías, sin ofensa, para Rubango, y de alojar éstas en los patios _ 183 del palacio real. Aumenté el número de.ello§ considerablemente, puesto que se. concedió la dignidad de uaganga, no sólo á íos hijos y her- manos del Igana Iguru, de los consejeros de Ic^ reyezuelos y de los generales, sino a todos los parientes de éstos de ^cualquier línea.y grado» Esta modificación no era un principio nuevo de gobierno; era una exacta interpretación del pen- samiento del antiguo legislador. En el edicto ori- ginal no se hablaba más que de parentesco; pero los sucesores de Usana habían restringido la idea,, reduciéndola á sus términos más escuetos, á los grados de consanguinidad más inmediatos. Así mismo se preceptuó que la sesión mensual de la interesante asamblea debía celebrarse ocho días después del muntu, para que de todos los lugares del reino se pudiese asistir á ella, y que n o hubiera lugar á exclusión ^por torpezas cometidas en la danza, ni por excesos en las peroraciones. El rey sí conservaba el derecho de silbar, y aparte de éste, un nuevo derecho, el de aplicar un co- gotazo á los ejecutantes torpes, por vía de afec- tuosa advertencia, cuando las faltas fuesen muy numerosas. Con estas medidas el número total de los uagangas fué por el momento de dos mil,, y bien á las claras se veía que no era posible que se congregaran en su antiguo palacio. En- tonces Mujanda acordó que se dividieran en dos grupos, uno de viejos y otro de jóvenes, y que hubiera dos sesiones sucesivas, una por la ma- ñana y otra por la tarde, en los frescos prados del Myera, dentro de un redil (ó cosa semejante) construido á imitación de la valla circular que - 184 - sifre para cercar el palacio del rey. Este exce- lénte acuerdo, qiie j^i'o^l^ijo gran entúsiasino en todas las clases sociales, me inspiró la idea de ájirovechar el vacío é inactivo palacio de los tiagángas pai'u establecer en él un iiuevo j curioso organismo gubernamental.
CAPÍTULO xni Medidas higiénicas. — Creación de los canales de Rubango. — Invención del jabón. — Establecimiento de un lavadero público y del lavado obligatorio nacional.
XJnú de los puntos en que la nación maya de- jaba más qiie desear, era el de la higiene pública y privada. Fuera de los edificios jamás se había adoptado medida alguna de aseo, y dentro de ellos la limpieza tenía lugar muy de tarde en tarde. En (iuanto á las personas, algunas acostumbraban á bañarse, y había también mujeres que, no pudiendo hacér esto, se lavaban de vez en cuando; peío en g^etieral se huía el contacto del agua. Las túnicas servían sin interrupción meses y años, y sólo en «oñtádas casas se tenía la buena costumbre de la- varlas) aunque con resultados mUy deficientes púf escasear agua en las ciudades. Los siervos la re- cogían del río, de los arroyos ó de las lagunas en vasijas de barro, y la traían á domicilio para el gasto diario; los sobrantes eran vertidos en un hoyo ó i3Ílón abierto en el patio de los harenes, en él que las mujeres mojaba'n las telas, para secarlas despU'és al sol.
Em^ por lo tanto, de urgente necesidad traer á hbB ciudades agua corriente; en algunas no era é — 186 — posible por no haber otra que la de las charcas- pero en la mayor parte bastaba desviar el curso de los arroyos, y en casi todas las de la margen iz- quierda del río, y en Maja, podía tomarse el agua de éste. Me parecía imposible que ni los incendios,, ni las sequías, ni las molestias de ir y venir conti- nuamente con los ganados ó con las cazuelas, hu- bieran abierto los ojos de los indígenas y les hu- bieran hecho ver la conveniencia de una operación tan fácil como abrir boquetes en el río y dejar que el agua por sus propios pasos viniera á las ciuda- des cuando fuere menester. La razón de ello era,, sin embargo, muy faerte, y para dominarla ttive yo que sostener una lucha gigantesca. Decía la. tradición que en el Unzu había existido en el tiempo una gran ciudad, cuyos habitantes inten- taron hace ya muchísimos años robar las aguas del río; por lo cual éste irritado, desbordándose, la destruyó en una sola noche y se quedó dormido encima de ella para que jamás volvieran á verla ojos humanos. Tal vez en el fondo de esta leyenda se oculte algún hecho histórico; los mayas la acep- taban como artículo de fe y sentían invencible te- mor á tomar aguas del río. Aunque las cosechas se perdieran por falta de lluvias, no se atrevían á abrir tomaderos ni canales para regar sus áem- ^brados. ' Yo acudí al supremo recurso dé decir que las aguas serían conducidas debajo del cadalso donde se celebraban los afuiris y que Rubango se las: bebería. Así se aplacaría su furor y sería más be- ,higno con los hombres. Mi intento era encauzar las aguas por la colina, hacia los lugares sagrado»,, — 187 — — 187 — para darles después la salida, aprovechando el des- nivel del terreno, por debajo de la catarata. Des- pués, cuando se familiarizaran con el agua y per- dieran el miedo á las inundaciones, abriría á la^ derecha de la acequia primitiva una secuela que penetrara dentro de la misma ciudad. JSTo faltaron profetas de males, y el día de la apertura de la: acequia, que fué día muntu, la población en masa seguía mis pasos y observaba mis últimas manio- bras llena de cobarde curiosidad. Tales maravillas me habían visto hacer, que, dominando sus temo- res, todos querían asistir á la realización del nuevo milagro. Las aguas, sumisas, siguieron el cnrso. previamente trazado en la colina, entraron bajo la plataforma de Rubango, y salieron después más negras, según el testimonio unánime de los espec^ tadores, para continuar su camino y precipitarse al pie de la gran catarata. Y no sólo ocurrió esto,, sino que después anuncié que iba á suspender el curso de las aguas, y subiendo hasta el tomadero eché la compuerta preparada para el caso, la re- tapé con broza y dejé el cauce en seco. Estos acontecimientos produjeron un pasmo general.
Al cabo de algún tiempo conseguí abrir el se- gundo canal, al que se llamó pomposamente, así como al primero, canal de Rubango; era una atar- jea ó canalizo de dos palmos de profundidad, por cuatro de anchura, que atravesaba la ciudad por el centro, y describía después una curva hacia, la izquierda, para juntarse con la acequia, madre bajo el mismo altar de los afuiris. Las ventajas de tener agua corriente á mano eran tales, que hubo que abrir cinco nuevos canalizos como el primero — 188 — para surtir todos los barrios. En las plazas pú- Micás liice grandes estanques, que sirvieron de abrevaderos públicos y de escuelas de natación, donde los negrillos ensayaban sus fuerzas, sin pe- ligro, iantes de lanzarse á nadar en el Myera.
Como mi pensamiento era acostumbrar á los mayas á la limpieza del cuerpo, preparación muy conveniente para limpiar después sus espíritus, la conducción de las aguas no era más que la mitad del camino qtie había que recorrer, si bien una mitad no despreciable. Sin ir más lejos, se había conseguido purificar la corte, centro del poder y albergue de las instituciones más altas del país, de muchas inmundicias que antes atormentaban los ojos y las narices, y que ahora las benditas aguas arrastraban en su carrera* Para los indígenas, sin embargo, este detalle valía bien poca cosa, porque carecen del importante sentido del olfato. Ven muy bien y oyen regular, pero huelen y gustan muy imperfectamente. Se había conseguido tam- bién adelantar algo eu el aseo de los hogares, no habiendo ya miedo á gastar agua sin medida, y, por último, se habían generalizado los baños. Cerca del templo del Igana Nionyi las aguas formaban un tranquilo remanso, agrandado más cada día, y el muntu, una de las distracciones favoritas fué con el tiempo bañarse las mujeres y verjas los hombres na,dar y hacer juegos acuáticos. Esta di- versión no era inmoral, como pudiera creerse, por- que los hombres están habituados á ver á las mu- jeres desnudas en sus harenes, y las mujeres ostán acostumbradas á ser vistas de los hombres; se mira Mi ana mujer desnuda con menos malévola — 189 — tención que en Europa la mano ó la cara de una mujer vestida, y la mujer se exhibe sin malicia, á lo sumo deseosa de que su figura agrade y le atraiga un buen esposo.
Lo que seguía sin enmienda era el abandono pesimista de las túnicas. Estas eran muy resisten- tes, y la práctica más general era a2)urarlas sin la^ varias. Aunque las lavaran, como era con agua sola y con mucho retraso, no se conseguían mejoras sensibles. Agréguese á esto que el alumbrado era de teas muy resinosas, cuyo humo tiznaba tanto como el hollín, y se comprenderá que con estas costumbres los mayas debían estar sucios y asque- rosos, siendo necesaria mucha grandeza de alma para vivir entre ellos y para amarles como á her^ manos. Yo no desesperé de mejorar su exterior, como tampoco desesperaba de mejorarlos por den- tro, y lleno de fe emprendí la fabricación de jabo^ nes. Los hice duros y blandos, de sosa y de potasas- comunes para el lavado de la ropa, y finos para el lavado de las personas; los hice también de esencias para mis mujeres, cuyo olor me mortificaba fuer- temente, y más tarde para otras personas que aprendieron á olfatear. Hay en el país muchas vi- des silvestres, cuyos pámpanos dejan cenizas muy cargadas de potasa, de las que me serví con prefe- rencia para fabricar el jabón, pues con ellas se ha^ cen lejías excelentes; como grasas, utilicé varios aceites, en primer término el de palma, que abunda por todas partes. La clase común la hacía de ordi- nario con una mezcla de sebo y de aceite de palma. En una sesión nada más hice próximamente (quince arrobas de pasta suave y acaramelada, con — 190 — la que se podía lavar todas las túnicas de la nación. , Pero lo más importante era organizar el lavado. Los hombres no- sabían lavar, y de las mujeres, contadas eran las que habían tenido en sus ma- nos una túnica para zapatearla. Y en este punto, -la dificultad eterna era la incomunicación del -sexo femenino. Era muy complicado repartir agua :Corriente á domicilio, porque los canales abiertos llevaban muy poca y no se disponía de aparatos elevadores; el único que introduje mucho después, fué la noria para facilitar los riegos; la conduc- •<;ión del agua á mano exigía depósitos para con- -servarla, lavaderos de madera ó piedra, y caños de agua sucia. Lo más sencillo hubiera sido que ■las mujeres salieran á la calle á lavar en los ca- nales; pero en esto no había que pensar, porque la experiencia me había demostrado que las re- formas que alteraban en el fondo las costumbres -estaban condenadas á un seguro fracaso.
Por todos estos motivos, antes de emprender la apertura de los canales y la fabricación de los ja- bones, había yo compuesto mi plan, que abarcaba varios extremos y que resolvía de plano todas las 'dificultades. Mil veces me había entristecido el espectáculo de las pobres mujeres condenadas á -trabajos forzados en las haciendas del rey. Su de- bito era por lo común la holgazanería, la esterili- dad ó el adulterio, y más que todo, el ser feas, puesto que, siendo bellas, nunca carecían de pro- tectores que las adquiriesen como esposas. Muchas de ellas eran ancianas, y arrastraban penosamente los últimos años de su vida bajo los rayos del sol, con el punzón de hierro en la mano abriendo agujeros para la siembra; las más fuertes mane- jando iin largo almocafrón, que sirve para cubrir los agujeros y remover un poco la capa laborable, ó el cuchillo corvo, en forma de hoz, empleado para la siega, ó acarreando al palacio real gavi- llas y haces de leña. Aunque el rey cedía á estas pobres mujeres por muy poco precio, yo no me atreví á libertarlas, porque la faena que junta- mente con los accas cumplían era útilísima é in- dispensable para la vida nacional, y si no iba á cargo de ellas, recaería sobre otras personas tan infelices como ellas mismas; pues siempre el buen orden de la rej)ública exige que haya quien tra- baje por los qae, ocupados en las altas cosas del espíritu, en los manejos del gobierno, en las cien- cias y en las artes, en sostener la guerra y en negociar la paz, en presidir el orden de sus pala- cios y en ser ornamento de las ciudades, no tienen tiempo libre para procurarse los elementos mate- riales de la vida.
Por fortuna, la laboriosidad de los accas era ejemplar, y desde su llegada, los pedagogos ha- bían podido aflojar la mano y condenar ipenos mujeres á los trabajos agrícolas; antes sí era pre- ciso condenar, á veces sin motivo, para que la hacienda del rey no padeciera. Yo concebí el noble propósito de acabar para siempre con el rudo tra- bajo de las mujeres delincuentes dedicándolas á una tarea más dulce, al lavado de la ropa sucia de las ciudades. Por lo que toca á la corte, Mu- janda no era muy favorable á mis ideas en este punto; pero yo le acallé asegurándole que el Imevo trabajo le produciría tantos beneficios como — 192 — — 192 — el antiguo. Hacía falta un local para lavadero público, y yo había pensado desde luego en el vacío palacio de los nagangas, que me pareció que ni pintado para el caso. En primer término, lo recomendaba su situación céntrica y despejada; después su mismo orden arquitectónico, que per- mitiría al público presenciar las faenas desde la calle, y sobre todo, la proximidad de una de las escuelas de natación, de donde fácilmente podría tomarse el agua necesaria. El rey no opuso reparo á mi proyecto, y la única objeción partió del cqü- sejero Asato, que, por lo que vi, deseaba destinar el local para alojamiento de las caballerías de los numerosos uagangas que el día marcado para las reuniones llegaban de todas las partes del reino; pero el rey manifestó que en su inmenso palacio cabían ( y esto era exacto) todas las del país, y mi propuesta fué aprobada.
Auxiliado por el listísimo Sungo, yo mismo me encargué de transformar el palacio de la ma- nera conveniente. Se respetaron los bancos adosa- dos á las paredes para que en ellos pudieran des- cansar las fatigadas lavanderas, y el dosel, debajo del cual pusimos el remojadero de la ropa sucia; se abrió una zanja en forma de herradura, y ancha, para que pudieran lavar arodilladas las mujeres^ por dentro y por fuera de ella, y se colocaron» cien piedras inclinadas, como es costumbre ponerlas en los lavaderos. El agua limpia entraba por la puerta principal, desde eb estanque de la plaza, y se repartía por los dos callos de la herradura, y la sucia escajjaba por la curva, para caer en el ca- nal primitivo de Rubango. Las cuatro puertas — 193 — debían permanecer abiertas para lu mejor ventila- ción, y Las operaciones serían públicas, para que las personas interesadas pudieran • presenciar el lavado de sus prendas. ^: El consejero y calígrafo Mizcaga se encargó.' de redactar el edicto estableciendo el lavado nacio- nal. Cada jefe de familia estaba obligado á entre- gar, por turnos ménsuales, su ropa^ sucia, que le sería devuelta en el mismo día convénientemente lavada. Todas las mujeres condenadas á trabajos forzados en la actualidad y en lo sucesivo serían lavanderas públicas, alimentadas á expensas del rey, y éste, en cambio, recibiría de seis en seis muntus una cabeza de ganado por cada, casa de la ííiudad; las casas pobres, aunque- albergaran va- rias familias, darían sólo una cabrá; las ricas una vaca. Los que cumplieran estos preceptos serían gratos á Rubango, y evitarían enfermedades y miserias. ' Este edicto circuló por todo el país, y los reye- zuelos se apresuraron á cumplirlo por la cuenta que les tenía. Los efectos se sintieron, sin em- bargo, muy poco á poco, porque las ventajas para el público eran imperceptibles; sólo la costumbre de ver á los más avanzados con túnicas lavadas sobre las que resaltaban mejor los colores y dibu jos, y la satisfacción con que en tiempo calúposo se nojtaba la frescura de la ropa limpia, decidieron lentamente el triunfo del aseo personal. Cierto que algunas.tinturas se perdían con el lavadoy qiie otras bajaban de color y que había que repetir las operaciones del tinte;- pero éstas se habían vul- garizado, todos tenían prensas estampadoras, y lo 13 — 194 — único costoso, las tintaras, seguían saliendo de mi laboratorio. El tropiezo, por lo tanto, no fué de gravedad. En muchas ciudades dirigí yo perso- nalmente los trabajos de apertura de los canales ó de desviación de las aguas, y las instalaciones de lavaderos, y para enseñar á lavar fueron en- viadas algunas maestras de la corte.
En ésta, la acción inmediata de las institucio- nes apresuró la victoria del jabón. El día de la apertura del lavadero público, que coincidió, por cierto, con el segundo alumbramiento de la flaca Quimé y la venida al mundo del séptimo de mis bijos, fué de gran expectación. Ochenta mujeres eran entonces las condenadas, y las que entraron en el lavadero, abierto de par en par por los cua- tro costados, á las miradas del público. Muchas de ellas no habían cogido jamás un trapo en sus manos, y ninguna tenía la más ligera noción de lo que allí iba á ocurrir. Bajo el antiguo dosel estaba en remojo la ropa que había de lavarse: la de la casa real. El rey, los consejeros y las demás autoridades ocupaban las primeras filas de la numerosa asistencia. Yo cogí una túnica del rey, que fué de color de caña, y que ahora, des- pués de usada á diario durante los seis meses de viaje (fuera de los momentos solemnes, en que se ponía la verde y roja), parecía una negra sotana, y descendiendo de las alturas de mi pontificado para enseñar á las que no sabían, tomé una pe- llada de blando y acaramelado jabón, y enjaboné la túnica para comenzar á desmugrarla. Bien pronto el jabón levantó espuma, hasta cubrir por completo la tela; los espectadores observaban ma- — 195 — — 195 — ravillados el fenómeno, y noté que no cesaban de mirarme á la boca.
Mientras daba esta primera vnelta, las fnturas lavanderas ponían especial cnidado en aprender el modo de sacar espuma, qne, según les dije, era lo esencial de la operación. Tres enjabonaduras dis- tintas di á la túnica, porqne, no pndiendo pasarla por la colada, había qne cargar la mano en el ja- bón, y, por último, la zapateé con agua sola y la ondeé con gravedad, para imprimir cierto ca- rácter litúrgico á mi labor. Cuando la ondeaba cogí una pompa de jabón, y, soplándola, la puse del tamaño de una naranja; la pompa se escapó de mi mano, y, por raro azar, antes de deshacerse ascendió un breve espacio. Entonces les dije que así habían hinchado á Igana Nionyi para que vo- lara al firmamento, yparéceme que por primera vez los que me escucharon creyeron con verdadera fe en la ascensión del hombre-hipopótamo y en las aventm*as que, según Lojdo, le habían sucedido. Ad, por la trabazón natural que entre sí tienen los hechos reales y los ideales, mi maniobra gro- sera é indigna de ocupar la atención de un legis- lador, servía para enaltecer las ideas religiosas de todo un pueblo y para consolidar sus vacilantes creencias. Quitando la suciedad de sus ropas, lim- piaba de dudas sus entendimientos.