Mi ñaca esposa Quimé tuvo una idea que á mí no se me había ocurrido: emplear estas telas en el adorno de los sombreros, los cuales, creo haber dicho ya, se componían sólo de cuatro hojas an- chas y picudas, unidas en forma de pirámide. Como los hombres los usaban de igual forma que las mujeres, fuera de los que por su dignidad lle- van en día de gala la diadema de plumas, estos adornos servirían para embellecer á la mujer, y al mismo tiempo para distinguirla del hombre. Hay que tener en cuenta que los mayas de ambos sexos visten del mismo modo, y que los hombres no tienen barba ni otras señales muy claras y visi- bles de su sexo, para comprender el afán con que los varones procuraban distinguirse de las hem- bras, ya por el tamaño del sombrero, que algunos agrandaban hasta convertirlo en quitasol ó para- guas, ya por la forma de las sandalias, ya por la longitud de las túnicas. El signo más seguro del sexo fué hasta entonces el cinturón, usado sólo por — 16^ — — 16^ — las mujeres el día muntu; pero como este adherente impedía la circulación del aire, era justamente odiado, y muchas -lo descuidaban. El pensamiento de la flaca Quimé tenía, pues, extraordinaria tras- cendencia, y con aplauso de todo el mundo los sombreros de la mujer fueron en adelante cubiertos con retazos de colores y adornados con escarapelas y lacitos en combinaciones muy variadas.
El primer día que mis mujeres se presentaron en la colina del Myera luciendo sus vistosas tú- nicas, todas distintas y á cuál más llamativas j caprichosas, y sus sombreros de última novedad, fué tal la imj)resión del público, que no hubo atención para las ceremonias sagradas, ni sosiego para los esparcimientos, ni ojos para otra cosa que para contemjjlar con misteriosa delectación el brillante espectáculo. Veíase á las claras que no había mujer que no quisiera en aquel momento pertenecerme á trueque de obtener una túnica de colores, y que no había varón que no me envidiara mis esposas, con el nuevo atavío resplandecientes de hermosura. La murmuración encontró un tema inagotable, dentro del tema favorito por este tiempo: mis relaciones con la sultana Mpizi, que eran públicas y notorias, porque ésta, con su franqueza nacional, declaraba el secreto á todo el mundo. La arrogante sultana lució aquel día una túnica pintarrajeada con rojas cabezas de león, regalo que yo le había hecho despreciando las ha- bladurías de la plebe; las mujeres de Mujanda, disgustadas ya por el abandono en que das tenía su señor, me dirigían dardos enconados y ardían en, celos contra su suegra colectiva.
— 1G5 — Otro en mi lugar hubiera explotado el entu- siasmo del público, y hubiera convertido la fabri- cación de telas en una industria muy lucrativa; pero yo no tenia gran apego á las riquezas, y contaba con suficientes y aun sobradas para el sostenimiento de mi casa y mi dignidad; concedía más importancia á mi intento de granjearme el amor de los mayas, y, aunque recientes ejemplos me hubieran demostrado la inutilidad de mis des- velos y de mis sacrificios, persistía en él, confiado en que la innegable bondad que, según se cree, hay en el fondo de la naturaleza humana se dig- naría al cabo asomar la cabeza. Me apresuré, pues, á vulgarizar mi invención, reservando dos puntos: la tintura amarilla y los grabados, que podrían servir de indicio para falsificar los rujus ó para hacerles perder gran parte de su mérito. Esta contingencia me pareció muy poco probable; pero nunca está de más que un gobernante peque por exceso de precaución. Fuera de estas es]3eciali- dades, que, según les dije, eran obra de mi vista, que no podía transmitirles, el resto fué del dominio público desde el día siguiente, en que mi casa es- tuvo convertida en jubileo. Todos los carpinteros de la ciudad y del reino aprendieron á hacer prensas estampadoras, y todas las mujeres aprendieron á manejar los j)unzones de caña, á hacer telas anchas y á confeccionar túnicas á la moda; en cuanto á las tinturas, muy pocos supieron pre- pararlas, tanto por la dificultad que en ello había y por la torpeza natural de estas gentes pam las manipulaciones químicas, cuanto por la corrup- tela que yo introduje de regalarlas á todo el que — 166 — las deseaba. La molestia que recayó sobre mí por este motivo la di, sin embargo, por bien empleada,, puesto que me creó una clientela obligatoria, sobre la que pude ejercer más tarde cierta autoridad.
Por un contraste muy frecuente en la vida gu- bernamental, esta reforma, que di á luz sin preten- siones, como un ligero entretenimiento impropio de un bombre de Estado, fué muy fecunda en bienes, y quizás la más humanitaria de las que fueron debidas á mi gestión. Hubo un período de paz y de trabajo incesante mientras se renovó por completo la indumentaria nacional; las túnicas sin teñir cayeron en desuso, y muchos siervos accas, que continuaban desnudos como el día de su llegada al país, las utilizaron con gran con- tentamiento para cubrir sus carnes, y aun no faltó alguno que se ingeniara y consiguiera te- ñirlas para aproximarse más á sus amos en el pa- recer. Por último, la educación estética de los ciudadanos dió un gran paso, y el prestigio de la mujer se elevó basta un punto desconocido, mer- ced á las seducciones que las airosas y elegantes túnicas y los lindos y caprichosos sombreros agre- garon á las que ya ellas naturalmente poseían.
Otro invento que corresponde á esta fecunda época, pero que guardé oculto para más adelante como un gran elemento de poder, fué el de la pól- vora, que al principio fabriqué en pequeñas can- tidades por vía de ensayo. Pude hacer mucha (aunque de calidad bastante inferior) con pocos dispendios, por abundar en el país los elemen- tos indispensables; cerca de Boro existen grandes yacimientos de azufre, con el que se suele untar — 167 — la punta de las teas para encenderlas mejor; en el ünzu se recoge un excelente salitre, y las már- genes del Myera están pobladas de sanees de di- versas especies, sobre todo de mimbreras" comnnes; pero no me atreví á almacenar grandes reservas temiendo los peligros de nna explosión. Con la primera qne fabriqué hice cohetes largos, qne reuní en haces v escondí en los graneros, en es- pera de ocasión oportuna para emplearlos con el debido aparato y con fines útiles para la comu- nidad. Nunca me hubiera atrevido á descubrir imprudentemente las aplicaciones de aquel ino- /cente polvillo negro, que en manos de los ma- yas hubiera dado al traste en pocos meses con la nación.
CAPÍTULO XII CAPÍTULO XII Regreso de Mujanda á la corte. — Información sobre el estado del país. — Reorganización del poder central y creación de los cuerpos de escala cerrada. — Reformas radicales en la asamblea de los uagangas.
Annqtie estas y otras reformas de poco fuste me consumían casi todo el tiempo, no dejaba de apro- vechar los ratos perdidos para mi trabajo capital, el proyecto de Constitución, en el qne llegué al ar- tículo 117, punto donde ciertas dudas graves me asaltaron el espíritu, me desalentaron y detuvieron mi pluma. Mi primer propósito había sido seguir las huellas de los más ilustres restauradores, co- menzando por promulgar una Constitución, con- tinuando por las leyes orgánicas complementarias, y concluyendo por las medidas de carácter práctico y por los útilísimos reglamentos. Pero ocurrióseme pensar que si esta Constitución había de ser, como recomiendan los tratadistas, un reflejo exacto de la vida nacional, no era yo el llamado á redactarla. ¿Cómo podría yo reflejar por medio de mi pluma el carácter y el temperamento de un país que me era casi desconocido? Y aunque esto llegara á conse- guirlo por un fenómeno de adivinación y con au- xilio-de los datos que me traería Mujanda, ¿no — 170 — — 170 — era expuesto lanzar precipitadamente en este pe- riodo transitorio una Carta constitucional que^ publicada en la mañana, quizás necesitaría refor- mas por la tarde? ¿ Qué hubiera sido de una Cons- titución escrita en los primeros días del nuevo reinado, cuando á poco el establecimiento délos uamy eras modificó la división territorial, y. la liberación de los siervos cambió el estado civil de las personas?
Más adelante me fijé en otro hecho importantí- simo: en Maya, las leyes se establecen por medio de la acción, no de palabra ni por escrito. Un de- creto no significa nada si no le acompaña la eje- cución inmediata de sus preceptos. Cuando Usana realizó la concordia religiosa, publicó un edicto el día anterior al ucuezi para prevenir á sus sub- ditos; pero al día siguiente organizó de hecho las ceremonias religiosas en el orden en que se conti- nuó celebrándolas después, salvo algunas varian- tes simplificadoras toleradas por el uso. Así se hizo siempre. Las cosas percibidas por los ojos se graban con más fijeza en la memoria que las que entran por las orejas, y esta desigualdad poten- cial de los órganos se ha agrandado con el hábito de tal suerte, que los mayas poseen una memoria plástica maravillosa, y en cambio carecen casi en absoluto de memoria auditiva. Júzguese, pues, de lo aventurado que sería dictarles una Constitu- ción, que hasta aquí constaba de 117 artículos y que tendría probablemente el doble; era de te- mer que ni los subditos la leyeran, cosa después de todo muy disculpable porque la mayoría no sabía leer, ni las autoridades la aplicaran, lo cual — 171 — — 171 — era menos digno de disculpa. Dejando en suspenso- mis trabajos de redacción para época más oportu- na, decidí acomodarme á las costumbres mayafe é implantar dó una manera tangible reformas par- ciales bien combinadas, cuyo conjunto sería una Constitución de becho, sobre la cual, como bello florón, podría más tarde colocar una Constitución escrita, que, conservada en los archivos reales, sirviese de documento histórico inapreciable pára- los siglos venideros.
Entretanto regresó el rey, y hubo con tal mo- tivo las fiestas acostumbradas: la recepción á las pnertas de la ciudad; la danza de uagangas, en que, á falta de consejeros, hicieron de jefes los miembros más antiguos de cada grupo, y la danza general hasta la puesta del sol. Mujanda se mos- traba contentísimo del viaje y satisfecho del buen orden que yo había sabido mantener en el go- bierno; de las innovaciones introducidas, alguna de las cuales, la de teñir las túnicas, había derra- mado la alegría por el país, y, sobre todo, de los valiosos iregalos que por todas partes le habían hecho. El hábil calígrafo Mizcaga me hizo entrega de cinco grandes pieles, en donde había ido es- cribiendo las observaciones diarias del rey; en descifrarlas pasé gran parte de aquella noche, y jamás recuerdo haber perdido el tiempo más in- útilmente. Algunos estadistas han llegado á creer en la Providencia observando la armonía con que en el mundo se producen los hombres nece- sarios para las cosas, y esto mismo me ocurrió á mí aquella noche; la época de gobierno absoluto (aunque con apariencias de parlamentario) había — 172 — — 172 — l^íPoducido una serie de hombres geniales: el ar- diente Moru, el corpulento Yiti, el lluvioso Ndji- rn/ con el radiante üsana á la cabeza; la época de gobierno constitucional que yo abría con mi presencia, se iniciaba con un rey mentecato. Aun- que mis acendrados sentimientos políticos y mi respeto hacia la personalidad del débil Mujanda no me permiten publicar íntegro su informe, ex- traeré de él algunas noticias.
De los doce destacamentos militares sólo había visitado cinco, los que están muy próximos á las ciudades; de éstas, que eran veintiocho, exceptuada la corte, no había querido visitar seis: Lopo, ürimi y las cuatro habitadas por los uamyeras, en las que no se consideró seguro. Estuvo en las restan- tes, pero en las de los bosques, cuya residencia era poco agradable, no hizo más que entrar y salir. En resumen: sus visitas se redujeron á las ciudades fluviales; pero, aun respecto de éstas, sus observa- ciones eran baladíes é inoportunas. De aquel dia- rio monstruoso no saqué en limpio más que un catálogo de objetos recibidos como regalo, una pesada descripción de banquetes y de los seis días muntus que había celebrado fuei-a de la corte? Tina enumeración de las personas más ricas que había conocido, traída no sé con qué propósito, y una larga lista de nombres de mujeres que le ha- bían agradado y que pensaba adquirir á la pri- mera ocasión. Nada de esto era interesante para el asunto que yo traía entre manos, y tuve que acudir á las luces del redactor, á quien tenía en muy buen concepto. Mizcaga, llamado así por te- B.er seis dedos al fin de cada extremidad torácica, — lis- era el decano ele los pedagogos, un viejo de mirada aguda j penetrante, de nariz afilada, de barba- prominente y carácter firme y enérgico. Sus pala- bras fueron para mí como un relámpago en las tinieblas.
Los destacamentos militares no eran ya verda- deros destacamentos. En lo antiguo, los ruandas eran bombres fuertes, de veinte á cuarenta años; sólo podían tener una esposa á lo sumo; si re- unían más de dos bijos, eran trasladados á las guarniciones del interior, y cuando tenían más de cinco ó cumplían los cuarenta años, eran dados de baja, se les asignaba casa propia, y muchos des- empeñaban cargos públicos. Ahora se había rela- jado de tal suerte la disciplina, que cada cuartel era una ciudad; el número de soldados era menor que antes, con lo cual los jefes obtenían un gran lucro; muchos ocupaban dos ó más celdas del cuartel, con varias mujeres y numerosa prole; no se observaba la regla de la edad, ni la de la fa- milia, y según se iban desarrollando los hábitos de ciudadanía, se iban perdiendo las cualidades propias del buen militar. Sólo se seguían las bue- nas tradiciones en algunos destacamentos del Sur y en el de Rozica, al Xorte, donde el ejército j^rac- ticaba la poliandria y sostenía una mujer para cada ,siete soldados.
En las miserables ciudades del bosque la jdo- liandria se generalizaba y la población disminuía, lio obstante el refuerzo suministrado con los en- víos de accas; casi todas las mujeres eran vendidas en la corte y, desde que se dobló la paga al ejér- cito, en los cuarteles; los caminos estaban inter- -- 174 — <ieptadosy los reyezuelos descontentos; la aspira- ción general de éstos era pagar menos tributos, así como la de los generales era recibir mayor soldada. En las ciudades agrícolas y fluviales la situación material era satisfactoria; pero cada día se acentuaban más las rencillas y los odios loca- les. Entre Unya y Aucu-Myera, entre Quitu y Arimu, entreZacoy Talay, y entre Ñera y.Rozica, existían rivalidades enconadas, porque, siendo ve- <;inas, querían ejercer la supremacía en el río; para ■ello acudían á todas las malas artes de la guerra encubierta; violando el reposo de la noche, algu- nos reyezuelos enviaban partidas de gente pagada para robar las canoas de los enemigos, ó si no po- dían robarlas, para echarlas á pique, pues el nú- mero de canoas era el signo más seguro de poder. Y como estos desmanes eran pagados con la misma moneda, los constructores de canoas no daban abasto á los pedidos, y repetidas veces se hubo de sufrir la escasez y carestía por no poder pescar. No faltaban tampoco, aparte de estas y otras ma- niobras solapadas, combates navales á la luz del día; puestos en línea los bandos enemigos, se abor- daban con. furia y luchaban cuerpo á cuerpo, y los que se apoderaban de una canoa contraria, ataban á sus tripulantes de pies y manos y los arrojaban al río para que sirviesen de pasto á los peces. En- tre Mbúa y Upala la lucha era mortal por el pre- dominio en el Unzu; los de Mbúa habían conse- guido cerrar las entradas occidentales, y como los de Upala no podían fácilmente remontar la cata- rata para penetrar por la ruta de Mbúa, casi se veían privados de la pesca en el lago; pero se vengabán acechando emboscados á los de Mbúa j ma- tando á cuantos podían. El irritante privilegio de éstos estaba apoyado por el rey, que pagaba con él la fidelidad canina de los subditos de Lisu.
Otro privilegio no menos censurable era el que se había arrogado Monyo, el reyezuelo de nariz larga y afilada que gobernaba á Boro. Era cos- tumbre que los mayas de buena posición fuesen todos los años á visitar la montaña donde se veri- ficó la ascención del dios bueno, del hipopótamo alado, padre de los cabilis. El narilargo Monyo imponía un fuerte derecho de peaje á los devotos romeros y condenaba á muerte á los defraudado- res. El descontento por este abuso era general, y se hablaba de una alianza guerrera de Ruzozi, Viyata y Quetiba contra Boro, para vengar la muerte de un hijo del glotón reyezuelo Viaculia, condenado últimamente por defraudador, ürimi y Cari, las dos ciudades levantadas en armas por el fogoso Viaco, también estaban ahora separadas por un rencor profundo, que se avivaba de vez en cuando por ser su causa permanente. Entre am- bas ciudades, y sirviendo de frontera natural á sus respectivos distritos, corre un arroyuelo que va á dar en el Myera, junto á Zaco. Después de varias guerras, el corpulento Yiti arbitró que los ganados de una y otra ciudad pudieran abrevar en el arroyo, puesto que el agua no había de aca- barse aunque acudieran á beber todos los rebaños del reino. Conformes ya en el aprovechamiento €omún, el conflicto siguió en pie y hubo nuevas guerras, porque las dos ciudades pretendían el derecho de. prioridad en el caso posible de que re- — 176 — baños diferentes se encontrasen junto al arroyo y linbiera, para evitar confusiones, que esperar, ya de la una, ya de la otra parte. El ardiente Moru resolvió que la prioridad fuese del que llegase j^rimero; mas se daban tal maña los pastores ri- vales, que casi siempre acudían todos á la vez, y las disputas se recrudecían y las refriegas nunca terminaban. Durante la permanencia del rey en Cari un combate liabía tenido lugar, y catorce pastores quedaron muertos en ambas márgenes del arroyo. Como éstos, en cada palmo habitado del territorio existían motivos de discordia, con- tra los que no había solución en lo humano. Ya me alegré mucho de estas noticias, porque el trato con los mayas de la corte me hizo temer que todos fueran tan habladores y holgazanes como ellos, y que no hubiera energías en la na- ción; pero estas luchas intestinas demostraban que sí había fuerzas y aun exuberancia de ellas, bien que, por desgracia, estuviesen empeñadas en destruirse mutuamente.
Pero de las revelaciones del calígrafo Mizcaga, las que más fijaron mi atención fueron dos: la primera, que casi todos los reyezuelos estaban quejosos porque sus parientes no podían asistir al congreso de los uagangas. Como éste se cele- braba el día siguiente al muntu, los consejeros que residían lejos de Maya, ó tenían que perder la fiesta religiosa, ó dejar de concurrir al congre- so. De aquí resultaba que casi todos los uagangas del reino que no podían residir en la corte se vie- ran incapacitados para usar de su derecho á hablar y á danzar, y que las ciudades carecieran de repre- — 177 — sentantes. La otra revelación era que habí^ pro- ducido excelente efecto la coiubiuación de c^rgo^ entre Sungo, Asato y Cañé, y la noticia que yo. hice circular de que los reyezuelos que se dis^iur guieran por su obediencia y su rectitud serían trasladados á otros gobiernos mejores. Casi tqdos los funcionarios soñaban ya con un cargo pftejor que el qT^e tenían, y yq encontraba en ^gt^s í>.spi- raciones el elemento indispensable para pen^ralir zar más el poder.
Mi primer acuerdo fué nombrar los consejer^,^. En vez de tres debían ser seis y con crecidos emolumentos: tres de la clase de uag^ngas, uno * de la de reyezuelos, otro de la de generales y qtro de la de pedagogos. Así eran más los favorepidos y tenía yo inás facilidad para imponerme, porque,, entre seis hombres, cuatro por lo menos votarían siempre con el rey, esto es, conmigo. Mujan da n^e estimaba más de día en día, y marcadamente cuando tuvo conocimiento de mis relaciones po^ IfV reina Mpizi, la cual ejercía sobre su hijo un gíf^n ascendiente. Difícil era la elección entre t^nto^ dignos de ella, y no fué escaso mérito acertar. En mi lista figuraba á la cabez^ ^í-j t^ijQ Sungo, f!"^- vos servicios á la causa de Mujanda eran superio- res á los de cualquier otro reyezuelo, sin excjui? á Lisu, y cuygis pruebas en el arte (|e gob^spui^br estaban hechas con brillantez. Seguía un uag^ngfi-, jefe del ala izquierda y suegro niío, llarnado Qui- yeré, «patazas», veloz en la carrera cquaq el ^if^ vino Aquiles, y de inteligencia tardía pero gura. En tercer lugar mi hijo Catana, quinl^^^^o último hijo de la celestial Cubé y hermaiy^j^ 12 ^ ^ — 178 — 12 ^ ^ — 178 — madre de Sungo. Catana pertenecía al ala del centro, y sobresalía imitando los gritos de los ani- males. El cuarto consejero fué Quetabé, hermano de Yiaco y fautor de la revolución; su elección fué la única debida á la iniciativa regia, pues por este medio Mujanda le atrajo á la corte para asesinarle y quitarse un enemigo de encima. Luego figuraba él jefe del ala derecha de los uagangas, un sobrino del dentudo Menú, nombrado como su tío y fa- moso por la sonoridad de sus interminables bos- tezos en la figura de la salutación; y, por último, pedagogo Mizcaga, como consejero secretario, por ser el más inteligente de todos en historia y en caligrafía. Este consejo estaba presidido por el rey; y yo, como dignidad intermedia entre éste y los consejeros, me reservaba el derecho de asistir á él y de tomar parte en las deliberaciones; pero rara vez usé de esta facultad, porque el consejo fué siempre dócil á mis deseos y á los del rey, que ^ran los míos propios.
En el primer yaurí, celebrado por los flamantes consejeros en la sala de recepciones nocturnas del palacio real, se tomaron tres acuerdos radicales: reorganizar el ejército, el gobierno de las locali- dades y el congreso de los nagangas, todo según pantas dadas por mí y con arreglo al fecundo principio délas escalas cerradas. En adelante, to- dos los mayas podrían aspirar á todas las funcio- nes públicas, exceptuada la de rey, á la qne no creí prudente tocar; no habría privilegios de he- reñcia ni favoritismos de elección; el que consi- guiera por sus méritos ingresar en uno de los ¿rados inferiores, y tuviera calma para esperar j — 179 — xjelo para cumplir sus deberes, estaba seguro de .morir de reyezuelo, ó cuando menos de uaganga local.
Todos los soldados fueron inscritos en varias pieles á modo de escalafón; para el ingreso se exi- gió un juramento de practicar la poliandria, por- que se dispuso que en los cuarteles no hubiera más que una mujer por cada siete hombres. Por excepción, los jefes de escuadra estaban autoriza- dos para tener una mujer sola, los centuriones dos y los generales cinco. Se completaron los cua- dros, entrando en el servicio más de dos mil •mandas nuevos, todos habitantes del bosque y acostumbrados á la poliandria, y los que no qui- sieron aceptar el nuevo régimen fueron traslada- dos á las guarniciones de las ciudades, con propó- sito de licenciarlos poco á poco y sin peligro del orden. Pero la mayoría se conformó con las nuevas prácticas, estimulados por el deseo de ascender y de llegar al generalato. Un gran número de mu- jeres fueron vendidas, y con satisfacción general vinieron á restablecer la prosperidad de algunos centros, que languidecían por falta de producción de seres racionales.
Para asegurar el éxito de la reforma se aumentó en cada destacamento un centurión y dos jefes de •escuadra, y hubo gran movimiento en las escalas. Dos ascensos de general en las vacantes de Que- tabé y de Asato, que sucedió bien pronto en el cargo de consejero á éste, á quien, como se espe- raba, hizo asesinar el rey auxiliado por Menú. Los dos puestos dejados por los centuriones ascen- didos, y los doce de nueva planta, fueron ocupa — 180 — dos por los catorce jefes de escuadra más antiguos^ y á esta categoría se dieron treinta j ocho ascensos. En adelante todos los días hubo ascensos que dar,* porque si antes era necesario, y no muy fácil, matar enemigos para ascender, ahora había un recurso más sencillo para hacer huecos: matar á los que estaban por encima. Esta corru23tela se evitó en parte disponiendo que ningún ruanda pudiera ascender en xm mismo destacamento. Era natural que el crimen cometido en provecho ajeno tuviera menos atractivos que cuando se cometía en provecho propio.
Armónicamente con el escalafón militar se or- ganizó el escalafón civil, en el que fueron inscritos en primer término los consejeros del rey; despnós los reyezuelos, según la importancia de sus loca- lidades, empezando por Bangola y concluyendo por la ingobernable Lopo; luego los pedagogos y los consejeros locales, y por último los ayudantes del rey y de los reyezuelos. De estos ayudantes, ó ínncüiis, los había alcaldes de barrio con funciones gubernativas, recaudadores y simples polizontes, encargados de prender y vigilar á los reos y de decapitarlos en los afuiris. El ingreso en este or- den civir tendría lugar, ó bien por la clase de pe- dagogos mediante el antiguo é inmejorable pro- cedimiento de presentar los loros amaestrados, ó bien por la de polizontes, reservada muy particu- larmente á los separados del ejército. Así se nive- laba la dignidad de todas las autoridades, desde la del verdugo y del recaudador hasta la del rey. Aunque pongo delante al verdugo, no dejaré de indicar que para los mayas este cargo no es tan c — 181 — odioso como para los europeos, y lo es mucho me- nos que el de recaudador.
Con arreglo al nuevo escalafón, hubo una con- tradanza general de autoridades. Lisu, el de los espantados ojos, fué trasladado á Bangola. Este gobierno era muy fructífero, porque los uamyeras, reforzados por los accas fugitivos de Lopo, se de- dicaban al cultivo de la tierra y á la cría de ga- nados con gran éxito. Aunque se les señaló pam establecerse un lugar del bosque, ellos se habían ido corriendo hacia los campos limítrofes, con aquiescencia de los primeros reyezuelos, Asato y Sungo. Además de los grandes rendimientos, Ban- gola tenía el atractivo de estar realmente gober- nada por los jefes de la raza extranjera; el reye- zuelo maya era una figura decorativa, que en nada tenía que intervenir y que se limitaba á re- coger su abundante ración y la del rey. Por todo ello se dió esta prebenda í Lisu, deseoso de redon- dearse y de establecer su residencia en la corte, al lado de su hermana Mpizi y de su sobrino Mu- janda. A Mbúa fué destinado Churuqui, el corre- dor, con intento de que las discordias por el usu- fructo exclusivo del Unzu se calmaran, y al gobierno de Upala pasó el valiente Ucucu, Con estos cambios, los dos reyezuelos veían doblado el niimero de sus subditos. El veloz Nionyi, el de Ruzozi, que deseaba gobernar una ciudad fluvial,