abundante y la que sirve de regulador; un siervo,, de dos á cuatro onuatos, y un niño, medio onuato, ó sea una fanega de Avila.
El éxito de mis nuevos rujus fué completo, y en adelante todas las especies, reguladas por el trigo, fueron objeto de compraventa, y la circula- ción fiduciaria llegó á representar la mitad de la riqueza del país, pues, aparte de la que estaba en continuo movimiento, había una gran cantidad destinada á usos fijos. No había casa regularmente acomodada que no tuviese como principal adorno e^n las habitaciones de reunión nocturna, á modo de galería de cuadros, una serie completa de rujus, de las siete clases de emisión, con preferencia los de mujer. Estas incipientes aficiones artísticas las exploté yo, variando los tipos femeninos hasta el número de ocho, pues sabía que cada nuevo tipo representaba una cantidad enorme de onuatos de trigo en los graneros reales. Los ricos, que antes enseñaban con orgullo sus montones de semillas, y sus manadas de vacas y de cabras, ahora intro- ducían al visitante en su ci mará familiar, y le enseñaban la colección de rujus colgados de las paredes. Así inmovilizaban gran parte de sus bie- nes, que pasaban á manos de Mujanda. Los rujus de mayor circulación eran los de figura de niño, utilizados para la mayor parte de los cambios. • La prosperidad de la hacienda del rey y de la general, puesto que un rey rico distribuye entre sus subditos, aun siendo tacaño, como Mujanda, más que pueda distribuir un rey pobre, no bastó, .sin embargo, á aquietar los ánimos de ima ma- jiera permanente, de donde saqué yo en claro una — 150 — vez más, que la felicidad de un pueblo es cosa im- posible de conseguir. Bien es cierto que las me- didas adoptadas eran las primeras, las perentorias, y que aun conservaba yo preparadas para después otras de mayor trascendencia, que quizás alcan- zarían lo que las primeras no habían alcanzado; pero no era indicio tranquilizador que la recom- pensa inmediata de mis esfuerzos fuera la ingra- titud y la enemistad de los que recibían de mí tantos beneficios. Todo el pueblo murmuraba en voz baja, acusándome de abusos y de robos, por- que suponían, demostrando con ello ser capaces y aun estar deseosos de hacer lo que me imputa- ban, que, siendo yo el autor de los rujus, mi ri- queza podía aumentarse á mi arbitrio; los uagan- gas y pedagogos me acusaban de dilatar la provi- sión de los cargos de consejero, para ser solo en el torpe ánimo y en la floja voluntad de Mujanda, y este mismo llegó á sospechar que yo cambiaba rujus por mi cuenta y me enriquecía á expensas reales. No le bastaban los inmensos bienes acumu-; lados por mi buen ingenio, sino que su ansia en- vidiosa se extendía hasta los míos, que si, á decir verdad, algo y mucho habían crecido con mis tra- bajos de grabador, no eran suficientes para recom- pensar mi inteligencia y mis esfuerzos. Yo percibía, oído avizor, estos primeros leves rumores, y me apresuré á acallarlos con abundantes dádivas á los pobres, en la seguridad de que éstos, al me- nos, cederían mientras estuvieran ocupados en di- gerir mis donativos; pero comprendí que allí hacía, gran falta una reforma orgánica. El equilibrio político, indispensable para la buena marcha del — 151 — gobierno, se había roto en beneficio del rey y de los siervos, y en daño de la clase media, y había que restablecerlo por cualquiera de los medios que se emplean para restablecer el equilibrio de una balanza: ó quitando del platillo que tiene de más, ó añadiendo al que tiene de menos, ó partiendo la diferencia. Esto último, que era lo más justo, me pareció desde luego lo más impracticable y lo más expuesto á desatar las envidias y los odios. El sistema de aligerar el platillo más pesado, ofrecía, además de las resistencias naturales en quienes viesen disminuidos sus privilegios, otro peligro más grave: si los desequilibrios eran muy frecuentes, y iioy se quitaba de un lado y mañana del otro, siguiendo con constancia el mismo pro- cedimiento sustractivo, no tardarían en quedar los dos platillos vacíos. No había, pues, otro re- curso que el de nivelar, añadiendo donde fuera menester. Este último sistema no ofrecía más in- conveniente que uno: aumentando sin cesar los pri- vilegios, hoy á unos, mañana á otros, siempre para, conservar el ansiado equilibrio, no tardaría en ser tan enorme el peso total que se tronchara el eje de la balanza gubernamental y todo viniera abajo. Pero como esta catástrofe, aunque posible, no sería inmediata, y acaso ocurriría cuando yo hubiese muerto, me decidí desde luego por el criterio aumentativo, y con arreglo á él me dispuse á re- dactar una Constitución.
CAPÍTULO XI Continúa la restauración. — Reformas introducidas en el luobiliario y en la indumentaria. — Invención de Ja pól- vora.
Seis meses duró la ausencia de Miijanda; pnes aujique el viaje hubiera podido terminarse en menos de la mitad de tiempo, el rej se complacía en prolongar sus visitas más de lo que conviniera n su alta dignidad. Los subditos no se hartaban de ver á su legítimo soberano, j el soberano no se liartaba de vivir á costa de sus subditos; j el único atractivo que podía apresurar el regreso del rey á Maya, el amor de sus esposas, estaba neu- tralizado por otro de igual fuerza, porque los re- yezuelos y próceres, conocedores de la afición de Mujanda al sexo femenino, le ofrecían la flor de sus harenes, deseando recoger en cambio algún vástago regio. En este punto, sin embargo, les de- fraudó su soberano, que en la corte y fuera de ella dió señales de que nunca tendría sucesión.
Mientras tanto yo continuaba en Maya encar- gado del gobierno y dedicado á implantar algunas reformas menudas, preliminares de otras más ina- portantes, cuya ejecución requería ciertos datos que el rey,.por. encargo mío, había, de re^coger §n — 154 — todas las localidades, y reunir en un acta confiadai. á la pericia de un pedagogo, que juntamente con cuatro uagangas formaba parte de la real comi- tiva. Sólo tuve que abandonar mi puesto dos veces para asistir á dos ceremonias jurídicas, una en Upala, con cuyo motivo volví á ver al corredor reyezuelo Churuqui, y otra en Lopo, la naciente ciudad creada por mi famosa transacción, donde el listísimo Sungo se veía y se deseaba para con- servar el orden entre sus díscolos conciudadanos. Sólo la pesca en el río había podido librarles de morir de hambre, porque estos antiguos siervos manifestaban una invencible aversión al cultivo de la tierra, del que habían hecho cargo á sus siervos enanos; pero los hombrecillos accas, unos solos, otros con sus familias, se habían fugado de Lopo y refugiado en la vecina ciudad de Bangola; el reyezuelo Asato, el hijo del cabezudo Quiganza, les había concedido amparo y los había distri- buido entre los uamyeras, sus subditos, en calidad de siervos, sin que hasta el día uno solo hubiera vuelto á aparecer por su antigua morada. La causa de esta fuga eran, como ocurre de ordinario, las mujeres; los amos querían apropiarse las espo- sas de sus siervos (que, aunque enanas, no dejaban de apetecérseles), y éstos, conformes en prestarlas á su señor, se negaban á cederlas por com- pleto. Muchos amos, irritados por la resistencia, habían impuesto duros castigos, y en algún caso habían dado la muerte á los pobres accas, que, aterrorizados, escaparon como pudieron, mientras los criminales quedaban impunes, porque la ley no decía nada sobre estos hechos. La población — 155 - estaba excitadísima contra los de Bangola, á quie- nes se consideraba como extranjeros y enemigos, y deseaba la muerte de una mujercita acca, muy joven y graciosa, acusada de haber asesinado, durante el sueño, á su señor para vengar la muerte de su marido. En la ley antigua se reco- nocía la legitimidad de la venganza personal entre gentes de igual condición; por venganza, un hombre libre podía matar á un hombre libre, y un siervo a otro siervo. Si la condición era distinta el crimen no era legítimo, y el autor debía en castigo, si era hombre libre, libertar á toda la fa- milia del muerto y pagar una multa al rey, y si era siervo, sufrir la última pena. El problema planteado era difícil, porque la opinión común negaba á los accas la dignidad personal; y aunque para este caso se les consideró como personas, quedaba aún otro punto obscuro. Un siervo es- tablecido en Lopo, libertado por su dueño sin cumplir las formalidades antiguas, ¿era siervo como antes para los efectos de la ley penal, ó go- zaba de los privilegios del hombre -libre? Era cla- rísimo en el caso presente que la condición civil había variado, porque la transacción borró de hecho los antiguos procedimientos para manu- mitir, y que la enana debía sufrir la pena de los siervos, en cuyo lugar se encontraban los indivi- duos de su especie. Yo condené á muerte á la intrépida heroína, mas para librarla hice saber que en la corte no había reos para el próximo afuiri y que deseaba llevármela. Estas transfe- rencias de víctimas de unas ciudades á otras eran muy frecuentes, porque en ninguna se quería ce- — 156 — Ifibrar el día muntu sin derramamiento de sangre; pero en el momento actual mi decisión produjo n^alísimo efecto, j la plebe se encargó de revo- carla, amotinándose, apoderándose de la reo y sacrificándola acto continuo. , Yo regresé á Maya disgustado por estos procede- res, y para castigarlos, de acuerdo con el listísi- mo Sungo, envié á los jefes de los destacamentos de Yiti y de Unya orden de atacar á Lopo. Al mismo tiempo, para mi tranquilidad, encargué á Sungo que aprovechase la ocasión de matar á Quizigué, del que le dije temer un acto de rebeldía; al frente del destacamento de Viti colocaríamos á Asato, el hijo de Quiganza, más aficionado á las armas que al gobierno; Sungo pasaría á gobernar la gran ciu- dad de Bangola, populosa y fructífera como Maya, y su hijo cuarto, deseoso de obtener algún cargo, quedaría de reyezuelo en Lopo. Tan extensa com- binación se realizó en seis días; Lopo quedó medio en ruinas, y Cañé, el hijo de Sungo, encontró dis- minuidos sus subditos en una mitad, pero más dóciles para someterse á sus mandatos.
El gobierno interior de la casa real, á falta de hijoá, corría á cargo de la madre de Mujanda, la sultana Mpizi, cela hienaj>, llamada asi porque su amor de madre era tan intenso que, habiéndosele muerto un hijo, le dió piadosa sepultura en sti propio estómago. Como en Maya las atribuciones domésticas de un rey no están perfectamente des- lindadas de las facultades públicas, tuve que en- tenderme, para evitar conflictos de jurisdicción, con el ama del palacio, y de aquí nacieron ciertas relaciones íntimas y censurables, no deseadas por — 157 — mí, en verdad, que si fueron benéficas para la marcha de los negocios públicos, no dejaron de producir murmuraciones y críticas en todas las clases sociales. Desentendiéndome de ellas yo, con- tinué mis trabajos de restauración, deseoso de contribuir, con cristiano desinterés, á la felicidad de los que tanta malquerencia me mostraban, y comencé por algunas reformas *de carácter do- méstico.
Mi primera innovación fué en el lecho, que" era muy incómodo; se reducía á de una tarima estre- cha y alargada, puesta al ras del suelo de pizarra, más propia para quebrantar los huesos que para reposarlos. Construí para mi uso un catre de ti- jera, é hice rellenar de j)lumas dos colchones an- chos y una almohada, y con estos elementos com- puse un lecho blando y aseado, sobre el cual se podía dormir beatíficamente. Mis esposas, ya por curiosidad, ya por deseo de agradarme, solicitaron tener camas como la mía, y yo, instruyendo á los veinte accas que tenía á mi servicio, cuyas facul- tades imitativas estaban muy desarrolladas, les hice construir catres para todas, en tanto qué ellas mismas se cuidaban de hacer los colchones y las almohadas. En el primer día muntu que subsiguió la novedad se hizo pública, y en todas las familias entró el deseo de gozar del precioso invento. Yo no hice de él ningún misterio; al contrario, deseaba que se generalizara y que conocieran las comodi- dades que producía, para que se mostraran mejor dispuestos á recibir las reformas que vendrían después. Mis esperanzas, sin embargo, no se reali- zaron por el momento, y conforme se extendía él — 158 — uso del catre de tijera, se iba aumentando la mal- querencia de mis conciudadanos; porque, acostum- brados á dormir casi en el suelo, solían, cuando les molestaba el calor, rodarse instintivamente fuera del lecho y dormir sobre la fresca pizarra; y cuando comenzaron á hacer uso del catre, todas las noches se caían de él, y muchos se hacían contu- siones, de las qtie yo, sin culpa real, era el único responsable. Este mismo inconveniente lo habían sufrido mis mujeres, pero no se habían atrevido á quejarse, y yo lo remedié aconsejando el uso de li- gaduras al pecho y á las piernas. Otra de las contras de mi innovación era su costo excesivo, que para las familias numerosas se elevaba á una fortuna, pues el precio de cada juego completo no bajaba de cinco rujus pequeños, ó sea dos onuatos y medio de trigo. Por último, en las noches de calor, el lecho de plumas se les hacía insoportable, y más insoportable aún cuando los insectos, abun- dantes en estas latitudes, se conjuraron también contra mi reforma. El tiempo se encargó de des- vanecer estos males; las plumas fueron sustituidas por granzones majados, que antes se perdían en los rastrojos y que no costaban más que la moles- tia de recogerlos; se empleó otra madera más dura, que resistía los ataques de los insectos; en suma, el catre de tijera, con sus accesorios, se aclimató en el país, y los rudos cuerpos de sus habitantes creo que me lo agradecerán eternamente; pero mi recom- pensa fué un largo período de impopularidad, de la que participó el dios Rubango, de cuyas mansio- nes decía yo, así á propósito de éste como de todos mis inventos, haber traído las nuevas ideas.
— 159 — Resuelto á seguir con tenacidad la obra em- prendida, dedicaba todo el tiempo á preparar sor- presas, y no pasaba día muntu sin que mis muje- res, vehículo inconsciente de la regeneración de su patria, llevasen á la colina alguna nueva rela- ción, que los indígenas, sin dejar de hablar contra mí, escuchaban con interés; no había fiesta com- pleta si faltaba la comidilla habitual, la última cosa que el Igana Iguru había pensado por inspi- ración de Rubango. Y no era lo menos interesante de estas escenas la forma de que se valían mis mu- jeres para explicarse, j el público para compren-' derlas, siendo casi todas las novedades tan fuera de los usos y del vocabulario del país. Después del lecho siguieron la mesa y la silla. En el país sólo era conocido el taburete para sentarse, y para co- mer, el suelo; de ordinario, los hombres comían de pie, y las mujeres sentadas, y en cuanto al uso de la vajilla, era muy limitado, porque los alimentos son por lo general secos y se sirven á la mano: pastas de trigo, de maíz ó de manioc, frutas, le- gumbres, huevos, pescado seco, y alguna vez tajos de carne asada, son los platos ordinarios. El uso de las sillas y las mesas producía una verdadera revolución en las costumbres, y tuvo encarnizados partidarios y detractores; en cuanto á la silla, la variación principal estaba en el respaldo, absolu- tamente desconocido en Maya, y la ventaja sobre el simple taburete era innegable. Las mujeres, que pasan el día sentadas, se declararon en mi favor; pero los hombres estaban en contra porque su costumbre era sentarse en el bajo taburete ó en el suelo, cruzar los brazos alrededor de las rodillas, y — 160 — *^cEar la cabeza sobre éstas para descansar ó dor- 'mir. Tal postura les parecía más cómoda ' que •permanecer tiesos sobre las nuevas sillas; y en cuanto á retreparse no había que pensar en ello, •porque se mareaban y aun se desvanecían mirando un poco tiempo hacia arriba. El principal motivo lie la oposición estaba, sin embargo, en que, junta- mente con la silla y la mesa, apareció la idea de aplicarlas á las comidas familiares.
Yo había dispuesto, para no aburrirme á solas, que en el patio del harén se colocara una larga mesa, capaz para mis cincuenta mujeres, y que ei^ torno de ella, todos sentados, hiciéramos las comi- das en común. Los siervos se encargaban de en- tretener á los niños y del servicio de la mesa, y después quedaban libres para comer, á su vez, en el patio ó en las galerías exteriores de la casa» Esto exigía dos interrupciones de la vida aislada,, sostenida por la tradición; pero no me pareció im- prudente la reforma, porque, si antes se temía el contacto de las mujeres y los siervos, ahora qué éstos eran, con ligeras excepciones, de la raza enana, no había peligro, dado el desprecio con que las mujeres los consideraban. Sin embargo, los in- dígenas habían conservado rutinariamente la idea de que entre hombres y mujeres no debe haber re- lación fuera del día muntu, y, aparte de esto, re- chazaban el pensamiento de familiarizarse con sus esposas é hijos, de igualarse con ellos, comiendo todos los mismos alimentos, en la misma mesa y á la misma altura. La costumbre autorizaba al padre á comer ruejor que los demás, y sólo los hijos mayores eran admitidos en su compañía; las mujeres comían todas juntas, señoras y siervas, madres é liijas, por turnos rigurosos de elección,, y los siervos después de su señor, con los jóvenes aun sometidos al cuidado de los pedagogos. Había, por tanto, tres comidas diferentes, según sexo, edad y categoría, y en sustitución de ellas implantaba yo dos, haciendo caso omiso del sexo y la edad. Las ventajas del nuevo sistema eran grandes: las co- midas lieclias en familia adquirían ciertos atrac- tivos que no podían tener haciéndolas cada cual por separado; se igualaba la condición do las mu- jeres y de los hijos á la del padre, y se instituían dos horas de reposo de las doce dedicadas al tra- bajo o á los pasatiempos. En el sistema antiguo la comida era un mero accidente, que no suspen- día por completo las faenas ni proporcionaba nin- gún solaz. A pesar de todo- esto, después de algu- nos días de boga, mi proyecto fracasó, arrastrando en su caída las mesas, sillas y demás accesorios del servicio que yo había ido agTegando; sólo conta- das familias, entre ellas la mía y la del rey, con- servaron en parte el nuevo uso, y muchos ven- dieron los muebles, que se convirtieron en objetos de adorno y de distinción, siendo así que yo los introduje con propósitos igualitarios. Todos mis buenos deseos se estrellaron contra la incapacidad de los mayas para educarse en el arte de comer, contra el orgullo de los jefes de familia y su erró- nea creencia de q,ue sus mujeres y sus hijos no eran dignos de equiparárseles, contra la preven- ción que inspiraba el contacto con los siervos, fue- sen ó ño fuesen enanos. Para ser completamente veraz, no omitiré que las mÍBma,s mujeres, que al 11 — 162 — principio se mostraron partidarias de la silla con respaldo, la rechazaron después 7 se negaron á co- mer en familia por conservar viejas preeminen- cias. Las favoritas, que eran las más influyentes, encontraban preferible comer á solas, tumbadas sobre una piel 7 eligiendo los alimentos, con tal que sus compañeras de menos prestigio comieran de las sobras 7 sentadas en sus taburetes ó en el suelo.
Para reconquistar las simpatías del sexo débil acudí á un invento que me desquitó con creces de la caída anterior 7 que adquirió en todo el país una rápida popularidad: las telas de colores. En Ma7a sólo eran conocidos, 7 mu7 imperfecta- mente, los colores rojo (ó más bien encarnado) 7 verde; el rojo se obtenía mojando las telas en san- gre de búfalo, 7 el verde, restregando sobre ellas tallos 7 hojas de plantas jugosas que crecen en los bordes del río. No obstante lo sencillo de la ma- nufactura, era difícil hallar bellas túnicas de color; éste se daba antes de formar la prenda, cuando la tela, está en tiras estrechas, como de media cuarta, á modo de pleitas formadas con fibras textiles del miombo 7 de algunos otros árboles, mu7 grosera- mente entretejidas; de suerte que al unir estas tiras con un cabo entrecruzado, dándoles vueltas para formar un largo miriñaque (forma primera de las túnicas, antes que el uso las arrugue 7 las aje), el color no quedaba compacto, sino mu7 nial distribuido, 7 más en las túnicas verdes que en las encarnadas. Yo recurrí al auxilio de punzones de caña, por el estilo de las almara- das que usan los talabarteros, 7 pude formar te- — 163 — — 163 — las de gran ancho, de costuras poco perceptibles, y componer túnicas de hechura más fácil y airosa. Estas telas anchas eran sometidas á la estampa- ción en una prensa de madera, compuesta de dos cilindros giratorios, uno de ellos seco, y el otro un- tado de diversas tinturas minerales y vegetales, en las que representé todos los colores del iris en sus matices más vivos y chillones. Primera- mente hice telas de colores lisos y listados, y des- pués, por medio de toscos grabados en la madera, saqué dibujos caprichosos á cuadros y á lunares, y algunos con cabezas representativas de toda la fauna del país.