•atrevidos cazadores. Tocó el rey el cnerno, y salió á la plaza la enardecida pantera, recelosa de verse entre tantos enemigos ^y turbada por el clamoreo de la muchedumbre. El bello Rizi se puso á cua- tro patas, con el cuchillo en la boca, y, rápido como una saeta, partió contra la fiera, que, acorra- lada junto á la puerta de su jaula, se agachó y se apercibió para embestir. De repente, Eizi se incor- poró, y, sesgando el cuerpo, le asestó una furiosa cuchillada; la pantera huyó á medias el golpe, que faé á herirla en un brazuelo, y revolviéndose con- 'tra su acometedor, le clavó una garra en el hom- bro y otra en la cabeza y le tiró una tremenda den- tellada en la garganta. El valiente Ücucn acudió á socorrer á su hijo, y la pantera, al verle, soltó su presa; pero ücucu, en cegado, la persiguió alre- dedor del circo, la hirió por detrás con la lanza, y cuando la fiera se volvió para defenderse á la des- esperada, se abalanzó sobre ella y la clavó el cu- ^ chillo hasta el mango en medio del pecho, reci^ hiendo sólo una uñarada en el brazo izquierdo. Mientras tanto, el pobre Rizi yacía agonizante en •lel suelo, y no tardó en expirar en los brazos de su 'padre y rodeado de los demás combatientes. Reti- rado del redondel, Ucucu abandonó también el campo, llevando consigo la pantera, premio de un brillante triunfo, enturbiado tristemente por la malaventura de su hijo.
Quedaron los demás lidiadores distribuidos por la plaza, esperando la salida de los búfalos. El sol ■declinaba ya, y los espectadores contenían el aliento, temerosos de perder algún detalle del ^ nuevo y más tremendo combate. Los dos biífalos — 246 — plantaron en medio del circo, como dudando^ entre atacar ó defenderse. Un esforzado cazadar de Upala fué el primero en romper plaza; desde la barrera, donde, como los demás, estaba resguar- dado, arrancó á correr por medio del ruedo, y al pasar por delante de uno de los búfalos, le tiró la lanza contra el testuz con tanto tino, que la bestia resopló roncamente, dió un bramido é hincó la rodilla. Todos la creímos muerta, pero aun se le- vantó y anduvo tambaleándose una buena pieza, é intentando acometer, basta que con varias lan- zadas sin arte la acabaron los demás campeones. .El de Upala le cortó la cabeza, que fué el premio de la victoria.
El segundo búfalo tuvo la muerte más dura; aunque muchos intentaban repetir la suerte que tan buena cuenta había dado del primero, no fue- ron afortunados, y sólo conseguían irritar más al cornúpeto, que en sus carreras cogió y volteó á tres lidiadores, hiriéndolos gravemente. Uno de los mnanis, familiarizado con las decapitaciones de se- res humanos, intentó.dar muerte á su enemigo clavándole el cuchillo. en la nuca; el búfalo le en- ganchó por un sobaco, y, á pesar de que le acosa- ban los demás lidiadores, le paseó por el ruedo, y después, de soltarle y recogerle varias veces, le dejó muerto en medio de él. Entonces, sobrepo.- niéndose al miedo que era natural sintiesen todos, mi hijo, el corpulento Mjudsu, el de la .trompa de elefante, corriendo por detrás de la. .fiera, montóse sobre ella, abrazándose á su cue.- íllo. El búfalo corría y bramaba, y se sacudía cop tal fuerza y ceguedad, que fué á topar contra — 247 — la verja, donde quedó enganchado por los cner- nos; Mjiidsu ai^rovechó hábilmente esta feliz co- yuntura, y cogiendo el cuchillo que tenía sujeto entre sus dientes, le remató con el aplomo y arte de un puntillero de oficio.
Mujanda dió por terminada la función, y el pú- blico, gritando y vociferando, abandonó los tabla- dos. Una vez en tierra, yo ordené que todos los hombres se pusieran en filas, y llevando entre ellos, en dos carretillas, los restos mortales del bello Rizi y del mnani, todos nos encaminamos al baobab funerario, donde les dimos sepultura, no sin que yo pronunciara un breve elogio de los finados. Mujanda nombró en el acto para la va- cante de Rizi á mi hijo Mjudsu, uaganga del ala central, y concedió la dignidad de uaganga al dies- tro cazador de Upala. Este detalle de la fiesta no era el menos interesante, pues con él se demos- traba que, aparte de otras ventajas, el nuevo afairi tenía la de aclarar las filas de los pretendientes y aumentar las probabilidades de obtener bellos cargos. Con esto se me quitó un gran peso de encima, viendo el felicísimo remate que tantas y tan diversas y azarosas peripecias habían te- nido, y el artístico equilibrio con que se ha- bían ido sucediendo. El triunfo era total y defi- nitivo. Mientras» los de la corte nos quedamos apurando las últimas delicias del día histórico en la hermosa colina del Myera, los forasteros se marchaban á gran prisa, llevando por todo el país la buena nueva. Para el siguiente afuiri, no hubo pueblo que no tuviera su circo y que no lo Utilizara como en la corte. Se acabaron — 248 — • las excursiones judiciales; cayó en desuso el an- tiguo enjuiciamiento criminal; mis auxiliares, al perder gran.parte de sus atribuciones, ad- quirieron mayor realce é influencia. Las artes, el espíritu de sociabilidad, el entusiasmo caballeresco, adelantaron mucho.
CAPÍTULO XVII TJeformas en el alumbrado. — Las lamparillas de aceite y las velas de sebo. — Primeros ensayos de alumbrado público. — Institución de las fiestas nocturnas.
Intento referir en este lugar un ciclo entero de combates heroicos sostenidos contra un pueblo enemigo de la luz, y rematados con una victoria que reputaré siempre como la más grande de todas las que conseguí sobre el natural refratario é in- domable del pueblo maya. No es privilegio exclu- sivo de esto el horror á las innovaciones en el alumbrado. Todos los pueblos son fotófobos en mayor ó menor escala, y aun aquellos que figuran á la cabeza de la civilización han pasado por días de prueba al sustituir unas luces por otras. Dentro de las casas, el candil se defendió siglos y siglos contra el velón, el velón contra el quinqué y las lámparas de petróleo, el petróleo contra el gas, el gas contra la luz eléctrica. En los lugares públicos, la obscuridad tardó miles de años en ser turbada por las linternas portátiles y las dé- biles lamparillas de aceite, colgadas en algunos lugares piadosos, como ofrendas de la fe; y ¡cuán- tos esfuerzos para establecer el alumbrado regular con candilejas de aceite, para pasar de las can- — 250 — — 250 — dilejas á los faroles de gas, de los faroles á la. lámpara incandescente y al arco voltaico!
Todo en el hombre es apegado á la tradición; pero la retina es, sin duda, la parte del organismo humano más refractaria al progreso; quizás el instinto, que silencioso vigila dentro de nosotros, siente con vigor, por medio del aparato óptico, una pena que nosotros sentimos vagamente: la pena de ver bien á nuestros semejantes. Amamos el día por oposición á la noche, símbolo de la muerte; pero amamos las tinieblas por oposición á la luz, emblema del conocimiento real de la vida que nos duele poseer. El ideal de la huma- nidad sería vivir semi á obscuras. Los mayas toleraban la luz del sol como la toleran todos los hombres, porque es fuerza que alumbre y vi- vifique la tierra; pero cuando el sol se ponía y sus- pendían sus faenas, y se refugiaban en sus hogares, no sentían la nostalgia de la luz: antes se hubie- ran entristecido si por acaso el sol se dignase venir á iluminar las escenas de su vida íntima^ que con la turbia y humosa luz de las teas go- zaba de poéticos encantos, y podía inspirar, aun á hombres de mi raza y de mi temple, sentimientos de benevolencia, mezclados, bien es cierto, con no j)equeña dosis de amargo pesimismo.
Sin embargo, yo deseaba librarme del humo asfixiante y de la tizne pegajosa de las teas, y acudí esta vez, sin miras de reformador de las cos- tumbres, á medios simplicísimos: cuatro cazuelas de barro, llenas de aceite; cuatro discos de corteza de miombo, taladrados y atravesados por torcidas de hilaza, y cuatro rinconeras que coloqué en los^ — 251 — ángulos de mi sala familiar, donde antes estaban, clavados los cuchillos portateas. Todo esto lo hice sin preparar los ánimos, creyendo dar una agrada- ble sorpresa á mis mujeres; pero, como suele de- cirse, la erré de medio á medio. La primera noche que penetraron en la habitación familiar, que debió parecerles un ascua de oro, todas se llevarpn las manos á la cara, como si obedecieran á una consigna. Aquella luz era demasiado fuerte para sus ojos, y las lastimaba tan cruelmente que tuve que apagar dos de las lamparillas, temiendo que se les ¡produjera alguna peligrosa oftalmía. Mas á pesar de mi previsión no desapareció el males- tar, pues, influido todo su organismo por los ojos, mis pobres esposas estaban como desasosegadas por una tremenda zozobra; no sabían sentarse bien, ni mantenerse con aplomo, ni hablar con- acierto, ni mirarse sin desconfianza. Parecía que la luz, inter- poniéndose entre los.cuerpos, separaba también los espíritus, individualizaba más las personas y abría entre ellas abismos infranqueables. Era una curiosa observación psicológica. El goce inefable que inundaba el alma de los mayas cuando se re- unían en sus nocturnos hogares no provenía (conao yo había creído, y era natural que creyese) de que se vieran todos juntos en amor y compaña, sino de que se veían confusamente, emborronados, sin personalidad, como siendo parte de un organismo -humano complejo, semejante á una mancha de color, en la que, apenas indicados los perfiles, se adivinara la composición total, sin distinguir una a una, con su propia expresión y significado, las- diversas figuras que la formaran.
— 252 — De tal suerte determina la luz la conciencia de la personalidad, que con el antiguo alumbrado, que era la menor cantidad de alumbrado posible, ocurría un fenómeno extraño, que alguien preten- derá explicar por rnedio de la sugestión, hoy tan en candelero: en un mismo instante, cuando las teas se iban á extinguir, todas mis mujeres eran invadidas por el más profundo sueño. Con las lam- parillas, que podrían alumbrar muchas horas se- guidas, esta notable armonía se quebrantó doloro- samente, y la noche del ensayo nadie supo cuándo debía dormirse; algunas mujeres que estaban -fatigadas por el trabajo del día, y la primera de todas la lavandera Matay, empezaron á dai> cabe- zadas mucho antes de la hora de costumbre; las favoritas, que habían pasado el tiempo holgando, y que quizás habían dormido la siesta, no sintie- ron deseos de acostarse ni cuando yo di la orden de retirada. En las tinieblas, todos los cuerpos funcionaban á compás, como si fueran impulsados por un mismo motor; á la luz clara, aunque débil, de las mariposas, cada organismo recobraba su imperio y medía las horas con su propia medida, según su temperamento y necesidades. ¡Con cuánta razón sé ha dicho; siempre que la luz es el funda- mento de la libertad!
Pero los mayas, aunque amantes de la libertad, atribuyen á esta palabra un sentido impropio, precisamente el contrario del que nosotros le da- mos, y encontraron en esta variación un achaque ^ara renovar sus censuras. Pasada la primera des- cagradable impresión, los ojos se habituaron á la nueva luz, y no faltó quien comprendiera que las túnicas salían ganando con el cambio; pero la, opinión general se condolía del trastorno que yo había introducido en las veladas, de la inquietud que se apoderaba de los ánimos, por no saber cuándo era llegado el momento preciso de dormir^ La innovación tenía carácter particular, y yo nunca pretendí imponerla; pero mis mujeres y mis siervos propalaron la noticia, y como el invento estaba al alcance de todo el mundo, se extendió con gran rapidez. Había yo llegado á ser algo asi como un tirano de la moda, y, bien que á regaña- dientes, hasta mis más encarnizados enemigos me^ imitaban. Así son los mayas de ambos sexos, y así es la humanidad. En Europa, por ejemplo, existen dos grandes partidos: el uno favorable, el otro, el más numeroso, contrario al miriñaque. ¿Quién duda que si, por uno de esos infinitos azares que la guerra ofrece, la minoría se impu- siera por un momento, todas las mujeres sacrifica- rían sus opiniones personales y aceptarían el mi- riñaque, aunque fuera á costa de su tranquilidad íntima y haciendo constar sus protestas más solem- nes? Esto ocurriría, y ocurriría también que, mien- tras las más audaces exageraban la moda, usando miriñaques como piedras de molino aceitero, las menos osadas la atenuarían, llevándolos en forma, de lavativas. Los mayas aceptaron sin necesidad las nuevas lamparillas, zahiriéndome muchos de ellos y alabándome algunos pocos, y las modifi- caron á su capricho. Quiénes las hicieron tan pe- queñas que ardían con dificultad; quiénes las^ agrandaron desmesuradamente, con lo cual las rinconeras, no pudiendo soportar el peso, se des-' — 254 — prendían y ciaban higar á escenas de familia muy dolorosas. Entre los exagerados se llevó la ¡Dalma el zanquilargo consejero Quiyeré, el cual llegó á construir lámparas cuyo depósito era un onuato, en el que navegaban con holgura docenas de lu- cecillas.
Con estos extremos, los males del alumbrado de aceite (que, como toda obra humana, debía traer algunos) se agTavaban y se multiplicaban, siendo siempre el principal caballo de batalla el no poder ñjar las horas. A falta de relojes, que jamás quise inventar porque los odiaba y los odio con todas mis fuerzas, tuve que acudir, por primera provi- dencia, á una imprudente transacción, que con-* sistía en encender al mismo tiempo que las lam- parillas una tea, cuyo papel no era el de alumbrar, sino el de servir de cronómetro. Esta componenda produjo, contra mis esperanzas, un estúpido dua- lismo en el alumbrado: sin abandonar las luces de aceite, se restableció, como existía en lo antiguo, el uso de las teas; por estos caminos la reforma se desnaturalizaba, y venía á ser inútil y aun perju- dicial. De aquí surgió la necesidad de mi segundo invento, el de las velas de sebo, que, á mi juicio, había de sentar las bases de una nueva industria. Los mayas poseían ciertos conocimientos rudimen- tarios sobre varias ramas de la metalurgia, pero ignoraban en absoluto cuanto se refería á la fun- dición; no tenían idea de lo que es un molde, ni pensaron jamás en derretir ninguna sustancia mi- neral ni vegetal. Enseñándoles yo el procedimiento para construir moldes y para rellenarlos de mate- rias derretidas, lo mismo podían fundir el sebo para hacer velas, que el plomo ó el hierro para hacer estatuas.
JEn lo que aventajaban sobre todo las bujías á las luces de aceite, era en la mayor posibilidad de hacerlas, como yo las hice, de modo que viniesen á durar unas cinco horas, poco más ó menos, que eran las que los mayas vivían de noche, no con- tando, naturalmente, como vividas las dedicadas al sueño. El sueño, que es en todas partes una inte- rrupción de la vida consciente, es en Maya una anulación completa del vivir. Ningún pueblo iguala á éste en las facultades dormitivas. Un maya dormido era un sér inanimado, y luego de aclimatarse el catre de tijera, no habría inconve- niente en llamarle inorgánico. Por esto los servi- cios de vigilancia nocturna, como vimos en otro lugar, corrían á cargo de los gallos, verdaderos serenos del país.
Aunque la manufactura de las velas era más complicada que la de las lamparillas, su uso era más fácil, más cómodo y menos dado á accidentes; así, pues, no tardaron en imponerse, condenando para siempre al olvido el antiguo alumbrado na- cional. Cada familia, según sus posibles y su grado de resistencia óptica, se alumbraba con una vela ó con una docena, sin grandes dispendios. Al principio la fabricación era libre y el precio muy inseguro; pero en vista de los bellos rendimientos del negocio, Mujanda, aconsejado por mí (bien que en esta ocasión mi consejo coincidiera con su real parecer), lo monopolizó en su favor, y dispuso que, tanto en la corte como en el resto del país^ no se gastaran otras velas que las de procedencia — 256 — 256 real, señalando el precio fijo de un onuato de trigo por cada ochenta y cuatro velas. El número ochenta y cuatro- representa en Maya, lo mismo que entre nosotros la centena, una cifra redonda que se obtiene sumando los días de tres meses lu- nares. La renta del lavado, se recordará, se cobraba por número doble de días, ó sea por semestres, y la de los abonos por cuádruple, ó sea por años lu- nares. Á los contraventores de este edicto se les imponía, como á todos los que violaban los demás referentes á rentas reales, la pena de muerte, se- gún los nuevos usos jurídicos. Más de cien siervos trabajaban continuamente en los patios del pala- cio real fabricando la nueva manufactura, y más de otros cien se ocupaban en transportarla en ca- rretillas á todas las ciudades, donde los reyezuelos se encargaban de expenderla, con lo que obtenían beneficios no del todo ilícitos, y ganaban en pres- tigio y en autoridad.
El uso de las velas de sebo, al mismo tiempo que daba fin á la larga y ominosa dominación de las teas, hubiera ahogado en sus comienzos el in- cipiente reinado de las lamparillas sin un recurso ingenioso de que me valí para continuar utili- zando éstas en nuevos y más importantes servi- cios. Como el gasto estaba ya hecho y el aceite era abundantísimo en el país, y se obtenía casi de balde, se me ocurrió colocarlas en la fachada de mi casa para que alumbraran por la noche. A una altura como de un hombre de talla ordinaria, y á trechos regulares, puse las cuatro cazuelas de aceite, sostenidas por estacas y cubiertas por pi- ramidales sombreros en forma de pantallas. La cara delantera tenía una aberhira ovalada, por donde salía la luz, y las superficies interiores es- taban revestidas de yeso blanco j)ara que hicieran las veces de reflector. Como i)or ensalmo, todas las casas de la ciudad aparecieron adornadas con estas originales farolas, que por la noche alum- braban sin molestia para nadie; pues si mis con- ciudadanos se apresuraron á imitarme, no pudo ocurrírseles a})rovechar el alumbrado público para romper de un golpe sus arraigados hábitos de ais- lamiento nocturno.
La poligamia, creando una vida de familia más bella y variada que la de nuestras sociedades, comprimidas por los usos monogámicos, había lieclio innecesaria la vida social nocturna; pero liay siempre elementos enemistados con las cos- tumbres y i^restos á ir contra la corriente, y en Maya los había, y se darían á conocer cuando las condiciones del medio social les fuesen favorables. Donde la vida de sociedad adquiere un desarrollo excesivo no faltan gentes que, por pesimismo ó melancolía, tomen el partido del aislamiento y de la soledad, y vivan muy á su gusto escondidas como hurones en sus huroneras; donde predomina la insociabilidad, por el contrario, suele haber es2)íritus aficionados al activo comercio con sus se- mejantes, en particular entre la juventud, enamo- rada siempre del progreso ó de todo lo que huele á progreso, aunque en el fondo no lo sea. Mas en el punto concreto que aquí se ventila nadie osará suponer que no sea nn progreso efectivo, quizás un foco de progresos, salir cada núcleo de la sole- dad de su celda para vivir en trato común unas — 258 - familias con otras durante las horas libres de pre- ocupaciones y trabajos. Asimismo sería un notable progreso, cnando-el trato social absorbiera en de- masía el tiemjjo debido á las operaciones de la vida interior, retraerse algún tanto de él y encerrarse entre cuatro ¡paredes, siquiera media hora diaria, para pensar un 2^oco á solas en lo que se ha hecho y. en lo que se va á hacer. Esto tendría la virtud de permitir, ya que no á todos los hombres, por lo menos á los que poseyeran cierto caudal de sensatez, darse cuenta de las necedades que en las últimas veinticuatro horas hubieran cometido, y corregirse para en adelante. El abuso de la vida social tiene ese lado adverso: la imposibilidad de aquilatar las res])onsabilidades, dado que todos los desatinos corren como obra común; porque brotando al contacto de unos liombres con otros, éstos no han tenido después calma para reconocerse autores ó cómplices de ellos, ó para destruirlos antes que se jDropalen mucho, ó para remediarlos con otros pensamientos más juiciosos y dignos de la racionalidad. Por todo lo cual se nota constan- temente que los países mejor dotados de eso que suele llamarse espíritu de asociación son los más aptos para los trabajos de fuerza, v. gr., para construir ¡cuentes ó para abrir canales;: pero que, en cambio, están muy expuestos á adnritir como artículo de fe todo género de tonterías, y concluyen por deshonrar su civilización material con la pesa- dumbre de su interna barbarie.
Nada de esto reza con los mayas, que, si bien tenían el vicio de liablar demasiado, se libraban de decir grandes disparates, porque en las horas que pasaban en la soledad de sus habitaciones se aprendían de memoria lo que habían de decir, que de ordinario era lo mismo que ya otros preceden- temente habían dicho con aplauso de las asam- bleas. Al pedagogo y calígrafo Mizcaga le oí diez veces el mismo discurso, que luego resultó haber sido pensado hacía treinta años por el propio Arimi, mi alter ego^ uno de los pocos hombres que, según parece, supieron en este país para qué les servía la cabeza. A mi suegro Quiyeré, el de las zancas largas, le ocurrió un lance gracioso, origi- nado por estas raras costumbres oratorias: apren- dióse de coro un discurso, nada menos que del gran rey Usana (según noticias que reservada- mente tuve yo), y pronunciólo con motivo de la institución del estercolero. El esperaba recoger muchos aplausos, pues á creer lo que decía el ^qy- gamino donde espigó las partes esenciales de su notable trabajo, de memoria de hom.bre no se re- cordaba entusiasmo igual al que produjo esta ora- ción de Usana; pero las tres alas de jóvenes repre- sentantes estuvieron unánimes en apreciar la tal rapsodia como opuesta á mi proyecto, y arrojaron sobre el orador una nube de insultos, inspirados más que por nada por la envidia. Esto enseñó al viejo y zancudo Quiyeré que el espíritu nacional no es siempre el mismo, ó, por lo menos, que no está siempre del mismo humor, y que muclio in- fluye en lo que se dice la persona que lo dice, pu- diendo recoger Quiyeré abundante cosecha de sil- bidos y de injurias, allí donde Usana conquistó aplausos y aclamaciones.
Pasa por averiguado que los hombres tienen — 2G0 —