cierta propensión innata á vivir de día y á dormir de noche j y que sólo al progreso debe culpársele de haber trastornado el orden natural de las cosas, inclinando lentamente el ánimo del hombre á alargar los días por el fin y á acortarlos por el principio, mediante el funesto empleo de la luz artificial. Pero aun está por resolver el problema de si ha sido el alumbrado la causa de la mutación de las primitivas costumbres, ó si, á la inversa, ha sido el deseo de modificar las costumbres el origen de la invención del alumbrado. Mi experiencia personal en Maya me permite resolver esta intrin- cada cuestión, asegurando que el hombre, como otros muchos animales, tiene marcada predilección por la noche, aunque vive de día por pura necesi- dad, y llega á aficionarse al día por pura costum- bre. Los ojos del hombre parecen dar á entender que éste no es animal nocturno, como los buhos ó las lechuzas; ¡Dcro si á los ojos vamos, muchas fie- ras del bosque y de los desiertos, teniéndolos tam- bién organizados para la vida diurna, viven más de noche que de día, porque de noche encuentran más sobre seguro el necesario sustento. Cuando el hambre aprieta la función crea el órgano, y no ya fieras, sino hombres habrá que por satisfacer su ajDctito vean en noche cerrada más claro que ven - los que están hartos, de día, con sol y sin nubes.
Esta tradicional costumbre de los mayas de vi- vir encerrados por la noche parecíame algo así como un pacto tácito y cobarde con las fieras, á las que dejaban en usufructo la nación durante doce largas horas, no obstante los infructuosos ca- careos de los gallos, que rara vez producían el — 261 — apetecido efecto de despertar á los soldados de guardia. Las ñeras saltaban, cuando el hambre las impelía, los cercados de las ciudades, y hacían cuanto estaba en su poder, esto es, en sus garras y en sus dientes, para forzar las entradas de los establos y saciar su voracidad. El alumbrado pú- blico afianzó la seguridad de las personas y de los bienes, y tan manifiesta era su utilidad que hasta los más empedernidos y gruñones retrógrados ceja- ron en su quejumbrosa campaila y me dieron tre- gua y coyuntura para perfeccionar mi obra con el establecimiento alrededor de la ciudad de nuevas luminarias, que formaban un círculo de fuegos opacos, ahujentadores de las asustadas fieras. Los antiguos guardianes se vieron convertidos en alumbradores, á cuyo cargo fué confiado el inapre- ciable servicio de preparar, encender y atizar las luces del interior y las del circuito, que bien ir^i- sarían de mil. El aceite era de cuenta de los par- ticulares, y la reposición de cazuelas y mechas, de cuenta del rey; y desde el j)rimer día los trabajos se llevaron con tal actividad y perfección, que me hicieron concebir halagüeñas esjoeranzas sobre la suerte de un país, criadero de hombres tan hábiles como éstos, que sin violencia ni embarazo dejaban las antiguas destructoras armas por las nuevas y benéficas que se les entregaban: los pedernales y yescas, los atizadores de hierro y las alcuzas de barro, una de las creaciones de la cerámica en este período.
No era éste un fenómeno aislado, antes en todos los Vamos de la administración maya se tropezaba con la misma variedad de aptitudes: algunos de — 262 — — 262 — los antiguos verdugos pasaron sin esfuerzo á ser directores de la fabricación de bujías, y en cuanto toca á su transporte j expendición, los pedagogos no conocían rivales; mis auxiliares del orden sa- cerdotal eran maestros consumados en el arte de recaudar las contribuciones, y los uagangas, en los ejercicios de fuerza y en los juegos públicos. Era frecuente hallar hombres con aptitudes universa- les, lo mismo i^ara guardar ganado que para arar, así para las armas como para las letras, para el consejo como para el gobierno. Comparativamente los más torpes eran los pedagogos, que sabiendo leer y escribir aprendían más en los pergaminos que en la experiencia, y se distinguían más por la palabra que por la acción; de donde tuvo ori- gen un profundo ju-overbio maya, que dice: c<La ciencia no entra por los ojos, sino por el pellejo»; del cual parece una feliz traducción la sublime máxima: «La letra con sangre entra», que muchos dómines han desacreditado, interpretándola de una manera estrecha y disparatada. No hay saber tan alto como el saber dominar y enseñorearse de todos los estados de la vida, merced á la dura ins- trucción y práctica que los acontecimientos traen consigo.
Se estableció, pues, se extendió y arraigó, á pe- sar de su impopularidad, el alumbrado público, no sólo en la corte, sino también en todas las ciudades del país, é insensiblemente los ciudadanos fueron echándose á la calle por la noche. Empezaron los jovenzuelos con achaque de cortejar á las muje- res, que si durante el día estaban encerradas en los harenes, de noche hallábanse en estado de escuchar las niúsicas y cantos de los rondadores, pues Lis salas nocturnas estaban en las galerías exteriores y tenían claraboyas ó tragaluces á la calle, por donde penetraban los roncos sones de los laúdes y las no muy bien entonadas canciones de los obscuros galanes, de quien ya es sabido que no eran muy famosos por la finura de sus orejas.
(^on esto, la poesía subjetiva ó lírica comenzó á tomar grandes vuelos, particularmente en la rama erótica, y la literatura nacional se enrique- ció con variedad de trovas, serenatas y madrigales, que sin aliño retórico, con la ruda naturalidad que conviene á una lengua que, como la maya, posee sólo palabras que designan objetos palpa- bles, ó por lo menos visibles, expresaban los eternos amorosos sentimientos del varón por las hembras de su agrado. Aunque sea trabajo perdido traducir literalmente estas canciones á lenguas civilizadas, ofreceré como muestra un madrigal de los más célebres, que, bajo apariencias un tanto candidas, encierra cuanto de sustancial puede decir un ena- morado galán á una doncella: «Robusta é ignorante muchacha: La anchura de tus caderas me enamora; Tú serás madre de cna ciita hijos míos (el qiiené-icomi), Tu vientre llegará á ser como el de una vaca (mcazi); Tus pechos de chota (memé) ge convertirán en pechos de [cabra (mbusi).))
Detrás de los trovadores vinieron los demás ciudadanos, atraídos por el efecto mágico que á sus ojos producían las luminarias, eligiendo para sus salidas las noclies serenas, en que ni el viento ni la lluvia desconcertaban los notables trabajos de — 264 - — 264 - los faroleros. Aun las mujeres, desamparadas de la autoridad de sus señores, se asomaban tímida- mente á las puertas para ver á hurtadillas lo que la moral del país no les permitía ver ¡Jor derecho propio. Comenzaron á cernerse en la atmósfera los preludios de una idea nueva, de las noches mun- tus, que hicieran juego con los días. Las mujeres no encontraban, ni en lá ley, ni en la tradición, nada en contra de sus pretensiones; los hombres decían que no pudo jamás preverse la aj^arición de tantos usos nuevos, pero que la sabia y pru- dente incomunicación de la mujer debía subsistir, y subsistir con más rigor durante la noche.
Está escrito que los progresos se rieguen y san- tifiquen con sangre humana, y sucedió que uno de los más agradables entretenimientos de los sub- ditos de Mujanda vino á ser, sin que nunca se haya sabido quién fuera el iniciador, divertirse á costa de los funcionarios encargados del nuevo servicio, ya apagando las luces, ya robando el aceite, ya rompiendo las cazuelas, ya produciendo intencionados incendios. Hacíanlo algunos por vía de inocente pasatiempo, y otros con el picaro jjropósito de combatirme y desacreditarme; y qui- zás éstos hubieran realizado sus planes malé- volos de no contar yo con la confianza de la co- rona, ó sea con el apoyo firmísimo é inconmovi- ble de Mujanda, quien respondió á estas torpes expansiones con \m largo y bien meditado edicto, redactado por mí, imponiendo la pena capital á todo el que tocara una cazuela de aceite ó desobe- deciera á alguno de los alumbradores. Para liacer más a])etecil)les las noches públicas, se las reducía á cuatro al mes; fuera de éstas, no era permitido salir de casa sino á los que obtuviesen real pa- tente de libre circulación. Xo se señalaban tam- poco noches lijas, pues el rey se reservaba, como nueva é importante prerrogativa, que venía muy á ¡Dunto á reforzar su un tanto mermado presti- gio, el derecho de acordar cuáles habían de ser, en vista del estado del tiempo y del de su real h.umor. Para ganar el valioso auxilio de las mu- jeres, dejando siempre á salvo la incontestable supremacía que i)or la Naturaleza está señalada en favor del liombre, se disponía que de las cuatro noches dos fueran muntus, v que en ellas hu- biera recepciones, conciertos y danzas, con otros esjiarcimientos populares.
Con esto se cortaron de raíz los abtisos que co- menzaban á nacer, entre los cuales había algunos muy ¡peligrosos: el abandono de los hogares, ame- nazados de disolución si se exageraban los nue- vos hábitos de vida social; las pendencias nocturnas entre los particulares y los serenos alumbradores, que ya habían prodticido numerosas víctimas; la exacerbación de las rivalidades amorosas, ctiya existencia me parecía innecesaria en un país como éste, donde tanta facilidad había para reunir, con no muy grandes desembolsos, una colección com- pleta de mttjeres de todas las partes del reino. Al mismo tiempo se prepararon notables adelantos en el camino de la verdadera civilización, y por lo pronto se obtuvieron nuevos ingresos para el erario real. Sólo en la corte se recatidaron ciento veinte cabras por otras tantas licencias de circu- lación nocturna, la ctial vino á quedar reservada para los personajes ricos en bienes y en influencia palaciega; y en la primera noche muntn, los gra- neros reales crecieron en más de tres mil panochas de maíz, admitidas en pago de los líquidos que el rey, por medio de sus siervos, vendía á la exclu- siva en varios aguaduchos instituidos por mí con este objeto y con el de dar el primer impulso ú, una revolución más grande que todas las hasta aquí mencionadas, la revolución de la industria y del comercio.
CAPÍTULO XVIÍI Mediiias políticas encaminadas á fortificar el poder cen- tral.— Fabricación y monopolio del alcohol. — Influencia capital de este importante líquido en el progreso de la nación maya.
El hombre es esencialmente salvaje mientras tiende á simplificar la vida j á 23rescindir de ne-- cesidades artificiales, é inhumano mientras con- serva sn amor al aislamiento, su odio á la solida- ridad. La civilización no está, como muchos creen, en el mayor gTado de cultura, sino en las mayores exigencias de nuestro organismo, en la servidum- bre voluntaria á que nos somete lo superfino; y los sentimientos humanitarios, más que de las doc- trinas morales y religiosas profesadas, dependen de nuestra sumisión al poder absorbente de un núcleo social.
Superficialmente, parecía que los mayas cami- naban con paso rápido hacia un estado envidiable de perfección, puesto que su sistema político era sinceramente democrático, sus costumbres cada día más suaves, su alimentación más abundante y sus vestidos más limpios; pero el exacto conoci- miento que yo tenia de los medios por donde tales — 2G8 — bellezas se habían conseguido me obligaba á ser cauto y á trabajar con prudencia para que los nuevos usos arraigaran. A veces ocurriaseme pen- sar qué pasaría allí si faltase mi dirección, j veía desaparecer mi obra como una decoración de tea- tro. Para que las costumbres sean duraderas han de ser también amadas, j para que sean amadas han de halagar los instintos, lian de satisfacer una necesidad fisiológica violenta.
Faltaba, pues, á mis reformas un detalle im- portante: estar ligadas entre sí jior algo que las asociara á la constitución es2:)iritual y corpórea de los subditos de Mujanda; j jo veía con inquietud que ninguna de ellas había podido tiranizar á es- tos hombi es espartanos, que, sometidos en la apa- riencia, deseaban tirar, como suele decirse, la casa por la ventana, j volver á su estado primitivo, no porque les pareciera mejor, sino porque, molestán- doles soberanamente pensar y trabajar, las venta- jas de los adelantos que yo les impuse no les com- pensaban la incomodidad de sostenerlos y perfec- cionarlos. Así como los animales tienen como centro principal de atracción los alimentos, los mayas, situados un escalón más arriba en la es- cala zoológica, tenían dos: la cocina y la alcoba. Se imponía un esfuerzo más y un centro vital más elevado: el comercio de ideas.
Devanábame los sesos para ver el modo de acrecentar sus necesidades y de despertarles algu- nas muy violentas que ¡pudieran subsistir i^or su propia virtud, sin mi acción providencial perma- nente, y sirviesen de cimiento á tanta reforma útil hecha y por hacer. De las industrias creadas, — 2Ú[) — — 2Ú[) — las más importantes, como la fabricación de bu- jías y jabón y preparación de abonos, se habían convertido en monopolios reales, y ni servían para estimular la iniciativa industrial del país, ni para hacerles trabajar mucho más. Las emisiones abun- dantísimas de rujus fueron más beneficiosas en este sentido; pero la llegada de los accas las había compensado con exaeso, y en general se veía á la simple vista que el pueblo maya era más holga- zán bajo mi gobierno que bajo los gobiernos ante- riores. La agricultura daba mayores rendimientos, la industria indígena había progresado notable- mente en cuanto á la ejecución de sus diversas manufacturas, y el comercio era algo más activo á consecuencia de las mayores facilidades en las vías y medios de transporte; mas á pesar del creci- miento de esas fuerzas, que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para llamar fuerzas vivas de las naciones, la resultante total no cambiaba gran cosa la constitución económica del país por faltar una ley de división del trabajo, sin la que no puede haber progresos duraderos.
Los mayas continuaban considerándose como aislados en medio de aquella sociedad, que, por ser democrática, parecía deber inspirarles confianza en el porvenir; sin acertar á explicarlo, pensaban en su fuero interior que el Estado maya era una coalición impuesta por el miedo recíproco y por la necesidad de disfrutar algunos períodos de paz para consagrarse con todas sus fuerzas á la pro- creación, llenar los huecos dejados por las luchas pasadas, y preparar nuevas y numerosas falanges para las venideras. Y ¿ quién sabe si en esta con- .cepción nebulosa de la vida social habrá nn fe- cundo germen de verdadero progreso, del j^rogreso que brota de los combates, no del impuesto por una inteligencia superior arbitraria? De esta suerte, considerando como un hecho posible, y aun proba- ble, la disolución del Estado, se tenían á sí mismos como centros de su propia vida y se educaban como si hubieran de vivir de su exclusivo trabajo. La industria y el comercio eran como accesorios de la agricultura, j nadie se consagraba á ellos por entero; todos eran agricultores en primer término, y si no disponían de tierras productivas, cazado- dores ó jíescadores. En el caso de dislocarse la na- ción, no existían clases sociales que quedasen en el aire y que se opusieran á la ruina y acabamiento final. Algún pequeño trastorno sufrirían los he- rreros ó carpinteros, los vendedores de pieles ó de pescado seco; pero trastorno momentáneo, pues á los pocos días los habitantes del bosque se darían jor satisfechos con atracarse de frutas, los de tierra llana tendrían de sobra con sus cereales y legum- bres, y los del río con los productos de la pesca.
El gran Usana debió pensar en tan importante cuestión, y sin duda jjara fundar la unidad na- cional instituyó las fiestas religiosas y el congreso de los uagangas, que yo por mi parte había des- arrollado hábilmente, con el proj)ósito ya expre- sado de centralizar más el poder, pero tan firmes instituciones no bastaban, porque, habiendo sido imitadas por todas las ciudades, cada una de ellas tenia en sí los medios de vivir independientemente de la corte. Sabida es la premura con que las ciu- 4ades se apresuraban á copiar cuantas reformas — 271 ^ se introducían en el gobierno, religión, fiestas, trajes y costumbres de la capital, j en un pueblo tan perezoso como el maya, ese apresuramiento quería decir que todo el mundo deseaba recobrar su autonomía ó mantenerse en estado de disfru- tar de ella una vez que la centralización actual desapareciese. Cuando la revolución promovida por Viaco j los hijos de Lopo, se vió de un modo experimental que la civiliz&.ción maya liabía lle- gado ya á tal punto que repugnaba la autonomía de los ensis, bien por la imposibilidad de celebrar el afuiri y gozar de las tiernas expansiones de los días mu n tus, bien por la inséguridad de las i^erso- nas y de los bienes; pero que aun no profesaba gran amor á la patria común, sin duda porque éste suele ser un estado superior del amor al te- rruño, amor que, por no haber tenido üsana el buen acuerdo de establecer la propiedad indivi- dual, los mayas no poseían. En vida del usurpa- dor Viaco se habían reconstituido las ciudades contra el mandato de la ley, y aun después de muerto fué necesaria toda mi prudencia política para restaurar el imperio de la monarquía legí- tima sobre todo el país. Mi deseo, j)u es, había sido, y era, modificar de tal suerte la organización del Estado maya que, en caso de revolución, volviese éste 2)or las solas fuerzas naturales á reconstituirse para presidir eternamente los destinos de la na- ción una é indisoluble.
■ A tal punto se enderezaron algunas de ñiis re- formas, como la venta de tierras á per23etuidad y la unificación de los escalafones. Estas reformas eran, sin embargo, armas de dos filos; antes de 272 — engendrar el noble sentimiento de amor á la pa- tria, la propiedad territorial atraviesa por fases muy peligrosas, y la primera que yo pude estu- diar más de cerca fué un crecimiento formida- ble del egoísmo de los que poseían mucho, y un desencadenamiento de los odios de los que poseían poco ó nada, y más aVin de los que perdían sus propiedades. Antes de convertirse en columna de las instituciones, el propietario procura ser él mismo institución, feudalizarse, ennoblecerse y avasallar. Por fortuna, las arremetidas de los grandes propietarios y ambiciosos del poder esta- ban contrarrestadas por el excesivo número de funcionarios inútiles, creados por mí, y que en este período de transición fueron la tabla en que se salvó la monarquía y el país.
Es costumbre hablar mal de los funcionarios que desempeñan destinos poco ó nada útiles para la marcha aparente del Estado, y se considera como ideal de una buena administración la ausencia de parásitos, que, en opinión de los mismos censores, no sólo dañan por lo que no hacen y por lo que no dejan hacer, sino más bien por lo que compli- can el engranaje administrativo y dificultan su or- denada marcha. Error grave, del que deben huir los estadistas deseosos de fundar instituciones du- raderas, pues ninguna sociedad puede subsistir sin el parasitismo. En Maya observé yo la curiosa particularidad de que la vida de la nación estu- viese principalmente sostenida y regularizada por el número, en verdad abrumador, de funcionarios públicos, que yo fui intercalando en dondequiera que las falanges administrativas me parecían poco — 27:] — espesas. Apenas ocurría algún trastorno, notaba que los empleados que desempeñaban una función necesaria, como los reyezuelos, eran losmás inse*: ,2ruros, porque contaban sobre la. realidad de su poder para' sostenerse en el gobierno. Los particu-í lares. simpatizaban con cualquier tentativa decam-- bio político: los ricos, por ambición; los pobres, por descontento; todos por variar y mejomr. Los úni- cos fieles defensores eran los funcionarios inútiles^ que, convenóidos de que la agitación nacía del desea de turnar en el disfrute de las prebendas, se apres- taban sin vacilación á la lucha y, combatiendo por sus intereses, combatían por el Gobierno y le sos-^ tenían. El parasitismo es, ciertamente, una causa; de debilidad; pero es también signo seguro de vida, porqüe los parásitos huyen de la muerte. U;n Gobierno libre de ellos está á dos pasos de su fin, sea que termine por consunción, sea que se ex- pon'ga.á morir de exceso de salud; estado ideal al que los humanos deben procurar cuidadosa- mente no aproximarse., - Sin embargo de haber obtenido brillantes re- sultados de la unificación é indefinido alarga-- miento de los escalafones, con los que formé dos grandes grupos de funcionarios: pedagógicos y.sa^ cerdotales, que constituían la policía profiláctica, j': militares,. que representaban la terapé utica. d represiva (amén de los numerosos mnanis ó auxi^' liares de ambos- grupos), aun no vi bastantes tereses creados á la sonibra del orden y de la.uni-^ dad "üacionál, y temía que estos numerosos fu'ntí cidnarios: se acomodasen, en caso de necesidad,. ár tiívít.". sobre. «stas ó aquellas ciudades, en. lá mismn..
18 forma en que lo venían haciendo sobre la nación.' entera, j que no tuviesen bastante interés en con^ servar á ésta su preciosísima unidad. En tal caso, como ellos eran el vínculo más fuerte que mante- nía unidos los diferentes núcleos ó cantones, la obra esbozada por Lopo, planteada por Usana y perfeccionada por mí, estaba expuesta á perecer.
Ese lazo de unión tan deseado lo hallé en un nuevo monopolio, que no fué admitido, como los anteriores, con indiferencia, sino con tan vivo en- tusiasmo, que vine á comprender que, en lo suce- sivo, los mayas todos aceptarían y sufrirían el su- premo poder de Mujanda y sus sucesóres para asegurar el disfrute del nuevo producto de la in- dustria real, el alcohol, cuya venta se inauguró la primera noche muntu. Ninguno de mis éxitos, ni el del lavado y estampado de las túnicas, ni la ins- titución del segundo día festivo, délas luchas de circo y del alumbrado, puede compararse con el de la invención del alcohol, aceptado desde el primer momento sin oposición ni discusión.
Cuando por primera vez se me ocurrió utilizar el alcohol para afianzar los poderes públicos, an- duve madurando bastantes semanas mi proyecto, examinando sus contingencias posibles, buenas y malas. El interés gubernamental no hubiera baa- ta,do á decidirme si comprendiera que había de seguirse algún daño para los individuos, ó cuando menos para la raza. Dos razones, entre otras, hi- cieron gran mella en mi ánimo y determinaron mi decisión afirmativa. La primera fué, que si por acaso resultaban exactos los dichos de los sociólo- gos, y el alcohol producía grandes perturbaciones — 275 — orgioit-as y funcionales en lo» individuos que de él aburaran, y la degeneración de su descenden- cia, siempre habría tiempo para suprimirlo: pues siendo un mono})olio, y no estando divulgado el secreto de la fabricación. I>a5taría jjara ello una decisión del poder real, que por algo O:? conside- rado por los estadistas como poder moderador. Xo era, sin embargo, probable que tales }^)erniciosas consecuencias se presentaran, ponqué los sociólo- gos que yo liabía leído se referían en })articiilar á ia raza blanca, en la que es cierto que el alcoho- lismo suele terminar por la locura, el idiotismo, las deformaciones orgánicas y demás signos de de- generación. La raza negra es más robusta, y no sólo podría resistir mejor la acción de ese agente dele- téreo, sino que acaso encontraría en él un estíjuulo para espiritualizarse; de suerte que, si el alcohol engendra el idiotismo en los seres civilizados, vendría á producir el desarrollo intelectual en estas razas primitivas, que ya poseen el idiotismo por naturaleza. En el caso de que mis suposicio- nes resultaran fallidas, y de que realmente hu- biera que lamentar un salto atrás en estos indivi- duos, que tan pocos habían dado hacia adelante, venía en mi auxilio la segunda razón. «|ue me fué áumini^rada por el recuerdo de mis propias obser- vaciones en el continente europeo, donde, no obsr- tante las declamaciones de los mismos sociólogos, había notado que la prosperidad de las naciones dependía, en primer término, del embrutecimiento de sus individuos merced á varios abusos, y entre ellos el abuso del alcohol.