SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Kl progreso económico exige, c^^mo cx)ndición — 276 — esencial, la sumisión de grandes masas de liomlíi'eB á una inteligencia directriz. En tanto que los in- dividuos se consideran á sí mismos como hombrea enteros, completos, y se mueven independiente^ mente los unos de los otros, y no se asocian sino contra su voluntad y para lo más necesario-^n 16 (|ue los mayas pueden servir de tipo perfecto,-^ el trabajo no progresa; todos los hombres son bres, pero la suma de sus libertades da la instabi^ lidad de la libertad general; ninguno es pobre,? j>erí> la reunión de sus mediocres fortunas da la pobreza colectiva. Silos individuos se transforman en< frag- mentos de hombres, 'en instrumentos especíales ' de trabajo, y se asocian de un modo permanente' para producir la obra común, los resiiltados materiales son maravillosos, la obra es tanto más grande cuanto mayor es la humillación de los obreríiís, cuanto más completa eg la abdicación de m' perso^ nalidad; entonces todos los hombres son eíjclavos, pero la libertad colectiva es permanente; todos son- l)ob*re^;;|>ero la sociedad, representada por los que dil'igeh y Unifican esas fuerzras brutales, desborda de riquezas. Parecíame, pues, disculpable y hasta có'nvéhiente el problemático embrutecimiento y degéñéiiación' 'de lilis gobernados si la agricultura, la industria y el' comercio, fuentes vivas del país,, según indique antes, salían en ello gananciosas.

Aceptada- la idea, preocupóme largamente la elección del líquido alcohólico que había de' ém^ plearj pue's en:el privilegiado clima de Maya se eiicúentran priuieras matetiás para fabricarlos -de todas clases. Lo más inofensivo hubiera sido in*- trodiicir alg'Unas' )^^^ en las '^bebidas — 277 — — 277 — nacionales, entre las que la más usada era el vino de banano, obtenido, como todas las demás, por medio de la maceración de frutas; tanto el vino de banano, como el de spondio^ el de fenezi ó el tinto de amoméy eran licores ligeramente acidula- -dos con cierto saborcillo á cosa podrida, al que no sin esfuerzo llegué á habituarme. Asimismo pensé en fabricar vino tinto, no de amomé, ni de nva, sino de materias tintóreas, que yo, como an- tiguo vinicultor, sabía emplear con gran habili- dad. También la cerveza podía • ser útilísima en este país cálido, y fácil era obtenerla por abun- dar la cebada de excelente calidad y multitud de plantas aromáticas muy superiores al lúpulo; pero me pareció inconveniente no pequeño la ex- cesiva cantidad que habría que fabricar para pro- ducir el efecto apetecido; sin contar con que esta bebida lleva consigo, é infunde á los que la beben á todo pasto, el amor á las ideas plácidas, la serenidad epicúrea, no exenta de humorismo, y en particular la atrofia del sistema nervioso, que me interesaba mucho robustecer y desarrollar en mis gobernados. Por fin mereció mi preferencia el alcohol puro, que por exigir pequeñas dosis era más fácil de fabricar, conservar, transportar y vender.

Con auxilio de varios hábiles uamyeras que de Bangola se habían trasladado á Maya, construí én uno de los pabellones interiores de mi palacio un alambique de capacidad bastante para produ- cir en un solo día hasta diez hectolitros de alco- hol. El monopolio estaba reservado al rey, pero yo me hice cargo de la fabricación para poder — 27B - tustruir más fácilmente á los feuános á^quieiíes lá^ confié, así como para realzar el prestigió díe úú cargo. Annqile el líquido podía expenderse sólo por la noche, el consumo fué tan coüsidemblé, que liubo que construir dos ■ alambiques ¿lás'^ j cuando la venta se extendió á todo el país, el interior de mi palacio se convirtió en una inmetísa- fábrica, donde funcionaban veinte alambiques y tenían ocupación diaria más de doscientos enanos.

La afición al alcohol fué un estímulo nuevo y poderoso en la vida de los majas, cuya primera aspiración unánime se cifró en obtener licencias de circulación nocturna para gozar del privíleg-ib que antes disfrutaban unos pocos, y todo el poder dé Mujan da no bastó para resistir el empuje dé la opinión. Bien pronto todas las noches fueron pú- blicas, y las escenas domésticas, que tanto me áé- leitaban, se transformaron en reuniones de t&,'- borna ¿ de café, al principio entre hombres- isolos', luego entre hombres y mujeres..,'>'nf>.

El sexo débil, qile en Maya es fortísimo pór i-e^ gla general, se conformó en los primeros días con salir una noche sí y otra no;' pero, relajados los frenos sociales, quiso ser igual al hombre, y se vi<ó favorecido por los excesos de aquellos j)oco pru^ dentes varones, que se embriagaban hasta el punto de obligar iúdirectámen te á sus mujeres á romper la recltisión para venir á recogerlos y llevarlos á cuestas á casa. Tales coáás vi, que se me ocurrió recomendar el empleo de un "sistema que me hftbíá. llamado lá atención en algunos pueblos de Flan- des. Es costumbre del país que el hombre lleve por delante una carretilla de mano, cuyos vamlesj..

— 1^70 — atados á los dos extremos de una larga correa, pen- den del cuello j dejando las manos en libertad. Este uso es mny cómodo, porque en la carretilla se lleva el paraguas, indispensable en un país tan lluvioso, la merienda y algunas otras cosillas. Ouando el hombre de la carretilla queda atascado en tina taberna, la mujer, oportunamente avi- sada ó. convenida de antemano, acude á recogerlo y lo acarreia á domicilio terciado en la providencial carretilla. Como quiera ({ue ya había yo provisto á los mayas de este útilísimo aparato, no tuve níás que 'apuntar la' idea para que se introdujera el nuevo uso, (pie andando el tiempo se modificó un tanto, porque, embriagándose también- las mujeres, hubo que imponer por turnos á los alumbradores la obligación de conducir á domicilio á los borra- chos de ambos sexos. ^wm^. ivÁlbiUnlr. nv.i-.siií' No obstante estos disculpables abusos, el alco^ bol producía resultados benéficos, pues los mayas, para poder embriagarse por la noche, trabajaban con gi-an celo dui-ante el día; salvo algunos,- basta'n- tes, que, á cau.sa de su pereza congénita é invenci- ble, obtenían por el robo lo que no eran capaces db ganar honradamente. Eñ los "primeros^ tieííitpOB el pago del alcohol se efectuaba por medio de pabilochas de maíz, ¿ razón de una por cada mcmio ó pequefia vasija dé Üarro, ^n - h% qiie entraba • und, médiít panilla de' líquido, inezcla de alcohol ptiíO y agua clai-a. Más adelante, y al mismo tiempo qite se introducía en Maya él ^uso importantísimo de las' tapaderas, hasta entonces absolutamente désGOüoridas,>s0 estableció la equivalencia de va- rios prodxicrtos para atajar el encarecimiento dél — 280 — maíz; y, por último, lancé á la circulación chapi- tas de hierro taladradas, complemento de los ru* jus y último grado de la evolución de la mone- da, y cansa originaria de nn cambio trascendental ^n las túnicas. Me refiero á la apertura de los bol- sillos laterales, que no sólo sirvieron para guar- dar la moneda, sino también, por una serie de gradaciones psico-fisiológicas, para albergar las manos de los mayas, y mediante la influencia re- fleja de la nueva y pacífica colocación de tan im- portantes aparatos gesticulatorios, para dulcificar el temperamento de mis gobernados y para dar á su apostura un aire más humano, más bello y más reflexivo.

Mediante los rujus se había creado plástica- mente la confianza pública, y con ayuda de la ex- citación alcohólica surgió sin esfuerzo, y sin ne- cesidad de acudir á Eubango, la moneda vulgar, y como consecuencia la moneda falsa, fabricada por cuenta y riesgo de los uamyeras. La moneda me- nuda tuvo gran influencia en la marcha económica del país, porque, no siendo ya necesario poseer pro- ductos de reserva para asegurar la vida, el trabajo se apartaba de la agricultura y buscaba en la in- dustria y el comercio el modo de ganar más rápi- damente las monedas ó mcumos, llamados asi porque desde el principio se los relacionó con las medidas de alcohol cuyo valor representaban. Na- cieron de tan sencillo hecho los primeros asomos embrionarios de la fecunda ley de división del trabajo; y una vez que hubo hombres dedicados á lina especialidad, se hizo necesaria la aparición de los comerciantes con tienda abierta, y €on 1 — 281 — ^llos otra 1er no inferior á la precedente, la de la oferta y la demanda: las dos ruedas indispensa- ■bles para que marche el carro del progreso.

Como el alcohol era el artículo mávS solicitado, los primeros establecimientos que abrieron sus puertas fueron los cafés v las tabernas, que no se diferenciaban, como en Europa, por la mayor ó menor riqueza del decorado, ó por la cat^oría social de los concurrentes, sino porque los cafés eran los primitivos establecimientos abiertos de orden y cuenta del rey, y dirigidos por funciona- rios públicos del grupo de los mnanis, cuyo esca- lafón se triplicó con tan fausto motivo, mientras que las tabernas eran casas particulares, donde se vendía al menudeo el alcohol comprado al rey al por mayor y á más bajo precio. Para señalar estos establecimientos tabernarios se plantaba á la puerta un árbol frutal llamado mpaful^ que dió nombre á las tabernas en Maya.

Modificada de esta suerte la idea primera del monopolio, los mayas se acostumbraron á la de las casas de comercio, y no tardó en liaber despachos de túnicas y sombreros, de cereales y legumbres, de carne, de pescado, de instrumentos de labranza y de transporte, y mil artículos nuevos que el buen ingenio de los mayas se apresuró á inventar, con arreglo á las ideas que yo les sugería, y que eran aceptadas con gusto porque facilitaban los cambios y porque venían á destruir las injusticias con que la Naturaleza les había repartido sus do- nes. Mientras las ciudades del bosque eran antes las más miserables, ahora prosperaban liasta so- brepujar en riqueza y cultui-a á las del llano, por- — 282 — — 282 — <jue aplicadas al traba,jo industrial, cuyos produc- tos eran más estimados que los naturales, podían obtener éstos en ' abundancia y acumular el so- brante; también los pescadores' ribereños del Myera y los cazadores del Unzu obtenían grandes ventajas del activo transporte de mercancías,' del aumento de consumo de pescado seco y de la pre- paración de carnes y pieles. Las ciudades agríco- las comenzaban á perder su preponderancia, y sus habitantes, habituados á la vidañicil, con memos estímulos para aceptar desde un principio las nuevas industrias, se convertían en tributarios 'de las ciudades que antes les habían estado someti- das. Sólo Maya se salvó de este menoscabo polr liaberse iniciado en ella las reformas y poseer el monopolio del alcohol y por su privilegiada repte- sentación política; pero bieü pronto hubo ciuda- des tnás ricas que ella, como Bangola, MpM, Calu y Muvu, merced al desarrollo de sus indus- trias metalúrgicas, á la 'perfección de sus tejidos 6 á sus adelantos en la construcción naval.' ^q* non; La única ciudad agrícola que, aparte do' Ma.yjaj salió gananciosa con estos cambios, fué Boro, la ciudad de la montaña, y no por haber s^uido las nuevas corrientes, sino por la industria del que allí desempeñaba el cargo de auxiliar del Igana Iguru. Sabido es que Boro disfruta en Maya< de ciertos privilegios religiosos no establecidos por la ley, pero sí a23oyados en la costumbre de los fieles de ir en peregrinación á la montaña donde -fué construido el gran enju, y donde tuvo lugar la elevación del Igana Nionyi ó hipopótamo alado: y creo haber dicho que Monyo, el reyezuelo de nariz larga y afilada como un cuchillo, había provo- cado g'vaveá discusiones por exigir á los peregrinos ciertos derechos do peaje. Para arreglar estos in- cidentes a})roveché la primera combinación de cargos que se me presentó (pues solía haberlas con frecuencia), y trasladé con ascenso á Monyo á la ciudad fluvial de Unya, cuyo reyezuelo, el viejo Inchumo, flaco como una lanza, acababa de morir; al glotón Viaculia, reyezuelo de Viyata, á Boro; á Xdjudju, corpulento como un elefante, desde Tondo á Viyata; á Gané, el cuarto hijo del li»- tisirao Sungo, desde Yiloqué á Tondo, cerca de sus otros tres hermanos, que seguían gobernando^ las ciudades uamyeras de Bacuru, Matusi y Muvu; siendo nombrado para el arrinconado gobierno de Yiloqué un hermano de la gorda y malograda Mcazi, hijo mayor del honrado Mcomu, reyezuelo de Ruzozi, que había quedado en Viloqué de jefe del yaurí ^ocal, y que á su industria de triturador de trigo, ó molinero, debía su nombre de Nsano. Con igual propósito trasladé á mi auxiliar en Boro á Upala, vacante por ascenso á uaganga de] valiente flechero y forzudo atleta Angüé, y nom- bré para Boro á un quinto hijo del listísimo Sungo, el joven Tsetsé, el moscón, llamado así porque de niño era muy aficionado á matar moscas y otros insectos que, desgraciadamente, abundan en el l)aís. Mi objeto al enviarle allí era suprimir el im- puesto establecido por el impopular y narilargo Monyo, sustituyéndolo por una contribución vo- 1 untaría: la venta de amuletos ó fetiches. Y fué tal la liabilidad del astuto Tsetsé, que en breve plazo creó la industria más floreciente del país y _ 284 — •convirtió un cargo de tercer orden en la prebenda más ansiada de todo el reino, más aún que el go- bierno de Bangolá. Todos los progresos industria- les eran aceptados sin pérdida de tiempo por mi agente, que, mediante la sencilla j nada costosa imposición de manos, transformaba toda clase de objetos en sagradas reliquias, y obtenía mayores ganancias que los artífices profanos. Mis demás auxiliares no se descuidaron en imitar tan nota- bles procedimientos, con resultados variables y sin llegar nunca todas las ciudades reunidas á obtener tan pingües beneficios como la hierá- tica Boro.

CAPÍTULO XIX Florecimiento de las bellas artes y de las ciencias. — Exal- tación de les sentimientos patrióticos. — Guen-a con el Ancori. — Muerte repentina de Mujanda é interesante sa- crificio humano en la gruta de Bau-Mau.

Con ser tan considerable el progi'eso material 4e los mavaS; no admitía comparación con el es- piritual. Entregado el país, con sn rey á la ca^ * beza. á la alcoholización gi-adnal y sistemática, sobrevino una especie de recalentamiento de aquellas ^'igorosas naturalezas; y, según mis pre- visiones, comenzó á ecliar chispas y a lanzar vivos destellos el espíritu nacional, hasta entonces es* clavizado bajo el rudo imperio de las funcione^ animales; y como la vida social nocturna en café$ y- tabernas facilitaba el cruce de las ideas, el des- pertar de las pasiones, el desgaste de los brutales sentimientos primitivos y el afinamiento de la pa*- labra v de la o-esticulación, las artes no tardaron fn adquirir gran vuelo. De mí partían 'siempre las iniciativas, pero los mayas se apresuraban á mcir Víirlas y á hacerlas fructificar. -. íj- •; <i-r En el orden de evolución de las- áírtes, Goriegr pendió la prioridad á la escultura, no sé si por- — 286 — que el hombre primitivo enciieutra más facilidad para cultivar este arte, en el ({ue la cantidad de materia empleada es mayor, ó si á consecuencia de una feliz invención mía encaminada á des- pertar en los mayas el deseo de amar y glorificar á sus héroes, cual fué la erección, frente al anti- guo palacio de los uagangas, convertido después en lavadero nacional, de una estatua del gran rey Usana. Para construirla coloqué sobre cuatro co- lumnas de hierro una montera muy sólida, cu- bierta de pizarra, á fin de que la lluvia no des- truyese mi obra, que tenia que ser de barro, porque, dada mi insuficiencia, yo no podía trabajar en otras materias menos dóciles. Después cubrí por los cua- tro costados aquel cobertizo, jmra que los mayas no viesen el monumento hasta que estuviese aca- bado, y la impresión fuese más profunda.

Construí una plataforma de dos vams de altura, j sobre ella monté una armazón de madei-a, que representaba como el esqueleto de un hombre montado sobre el esqueleto de un asno (pues ca- ballos no se crían en el país, y no había medio de que la estatua fuera completamente ecuestre), y por último, retapé, rellené y redondeé, como me- jor pude, la armazón con blanda arcilla, hasta sa- car, después de muchos tanteos, un conjunto sufi- cientemente claro y expresivo. Para animar la composición, y para desvanecer las dudas que pu- dieran quedar acerca de quién fuese aquel perso- naje, coloqué entre las patas del asno la figura de un perrillo ratonero, pues, según las tradiciones populares, Usana iba siempre acompañado de un •can, que los vates caseros celebran aún bajo el — 287 - nombre de clúgú^ «el piojo», probablemente por- que estaría plagado el pobre animal de estos pa- rásitos cosmopolitas.

El día del descubrimiento de la estatua, que faé un segundo ucuezi, quedará inscrito entre los más famosos de los anales mayas, y sirvió de punto de partida á una revolución en el de orado de las habitaciones, y más tarde en Ja construcción de los edificios, por el deseo de sustituir los objetos sim- plemente útiles por otros que fueran á la vez útiles y figurativos. Yo he visto, y nunca lo olvidaré, ese estremecimiento de la naturaleza humana, esa invasión de la ardiente fe en un pueblo primitivo, que comienza á ver plásticamente reproducidas, por obra de la mano del hombre, las obras de la Crea- ción. Primer «eureka» mezclado de alegría y de estupor; primer enlace espiritual del hombre con b1 mundo, para elevarse desde la ciega reproduc- ción sexual á la creación libre de toda especie de seres, en la matriz infinita de la materia.

Después de la escultura y la arquitectura, flore- cieron la música y el canto. Conatos hubo antes de reproducciones pictóricas; pero yo logré aho- garlos prontamente, por temor á que sobreviniera la falsificación de los preciosos rujus, instrumento principal de mi gobierno. La música apareció por primera vez en los acompañaluientos funerales de los héroes que morían en el circo. Con el tiempo hubo banda y orfeón nacionales, instituidos por mí, que amenizaban las fiestas de los días muntus juntamente con los mimos, danzas y juegos acuá- ticos. La mayor parte de los instrumentos musicales empleados eran, por su fácil construcción, tambo- — 288 — — 288 — rés, zambombas, platillos de hierro y triángiiloá^ pfero no faltaban tampoco flautas y otros instru- mentos de viento de difícil clasificación, así como de cuerda, de forma rudimentaria, como el laúd y la chicharra. Con tan heterogéneos sonidos el cón- juñto era angustiosamente inarmónico; mas á ratos producía la impresión de profunda, pesada y monótona melancolía, de que están impregnados todos los aires populares mayas. Como entre éstos no había ninguno que pudiera servir para la mar- cha triunfal, indispensable después de las victo- rias de los gladiadores, hice que la banda y el orfeón aprendiesen el himno de Riego, rjue, una vez pegado bien al oído, se convirtió en himno nacional, cuya letra, naturalmente, no era la del himno español, sino una apología de las refornias de üsana, entre las que yo hábilmente enumeraba las mías para darles el indispensable sello tradicio- nal. Las estrofas eran seis, y todas terminaban por un estribillo consagrado' á dar gracias á Huh bango, por la felicidad que produce la ehibriaguez. alcohólica.

En las danzas y m_imos mi intervención no fué tan necesaria, porque ya existían y se iban des.t arrollando espontáneamente, conforme los hábitos de sociedad se afinaban. Sin embargo, yo fui el iniciador de los bailes combinados con los mimos; de donde salió el arte teatral, cuya forma primera fué el episodio, coreado por el público. En realidad^ las artes aparecieron " allí como han debido apa- recer en todos los pueblos, como expansiones del espíritu público, que ansia desahogarse de las^pe^- ualidades "de- la Vida individual por medio ' á'erúa « — 2cS3 - algazara y del escándalo; v ái aiguua particulari- dad merece registrarse en la evolución de las artes mayas, es sólo la rapidez con que se realizó, por tener dos grandes fuerzas auxiliares: mi iniciativa y el alcohol. Las primeras tragedias fueron, más que otra cosa, motines populares, como aquel en que la tejedora Rubuca dió muerte al usurpador Viaco. Xo faltaba en ellas más que el público pasivo, que fué formándose poco á poco con los incapacitados y los inhábiles. De las masas infor- mes, desenfrenadas, se destacaron por selección natural los especialistas de cada grupo de juegos artísticos, que venían á constituir ya verdaderos cuadros de ejecutantes, cuyo mérito forzaba á los demás á abstenerse con cierta inquieta resigna- ción; entre el deseo de figurar y el de recrearse en el espectáculo, que le subyuga por su perfección, el hombre concluye siempre por dominar los arran- ques de su egoísmo. Sólo existe un arte, el de la danza, en el que á hombres y á animales es difici- lísimo contener las violentas sacudidas de los más importantes aparatos nerviosos; y así, cuando des- pués de las ceremonias del ucuezi y de la represen- tación de alguna farsa y ejecución de alguna pieza de música, llegaba la hora de bailar, los frescos prados del Myera, que hasta entonces habían ofre- cido el golpe de vista de un teatro al aire libre, se transformaban en confuso salón de baile, donde no sólo las personas, sino también los animales que solían acompañarlas, como los asnos, que ser- vían de porteadores, los perros guardianes, las ca- bras y vacas de leche, ejecutaban tan complica- dos é incongruentes valses y galops, que jamás 19 los concebiría el más robusto genio coreográfico.

El esplendoroso florecimiento del espíritu maya, que voy reseñando sumariamente, se extendió también á las ciencias; pero como éstas no des- pertaban tanto entusiasmo como las artes, fué necesario estimular su cultivo con recompensas metálicas. Todos los trabajos científicos eran con- siderados como funciones públicas, y sea por ob- tener los sueldos consiguientes, sea por curiosidad natural, que en este punto estoy en duda, los ma- yas demostraron gran afición á todo género de investigaciones. Aparecieron gran número de na- turalistas, y se emprendió la construcción de un museo para coleccionar todas las especies de la fauna y flora del país; en Boro fué edificada una nueva torre, no para elevar otro Igana Nionyi, sino para observar el curso de los astros, comisio- nándose á este efecto á doce pedagogos, bajo la há- bil dirección del enciclopédico Tsetsé; se instituyó un cuerpo de médicos para que estudiaran las nuevas enfermedades que iban apareciendo y para curarlas por el sistema hidroterápico, en el que yo les instruí rápidamente; y hasta se dió el pri- mer paso en los estudios metafísicos, siendo ini- ciado en ellos el consejero y hábil calígrafo Miz- caga, el cual mostró desde un principio gran apego á la filosofía aristotélica. Pero la ciencia que atrajo mayor niimero de cultivadores, fué la ciencia geo- gráfica.