Aunque tenían conocimiento de la existencia de otros pueblos, los mayas no habían sentido nunca curiosidad por conocer quiénes eran y cómo vivían. Las forestas que limitaban el país, y los — 2í)i — cuarteles en ellas establecidos, fueron siempre con- siderados como una valla tras la cual el pensa- miento, si penetrara, se extraviaría, como se ex- traviaba en el tenebroso j nunca surcado Océano la imaginación de los europeos anteriores al des- cubrimiento de América. Una vez que yo tracé el primer mapa del país ante aquellos incipientes geógrafos, comenzó á tomar cuerpo la idea de ave- riguar qué había más allá de los bosques, en los inmensos territorios que yo señalaba como habi- tados por otros seres humanos y variadas especies de animales. Parece como que se les picó el amoi- propio al verse reducidos á un punto impercepti- ble en medio de tan vastas tierras, y acaso de- seaban traspasar las fronteras de la nación, para convencerse de que los asertos que yo les presen- taba como adquiridos en la sombría morada de Rubango eran una estúpida ficción. Los geógrafos, pues, lanzaron la idea de explorar los países veci- nos, y crearon una corriente momentánea que yo procuré utilizar para resolver definitivamente el grave problema del orden interior. Porque la per- manente excitación en que vivían los mayas, tan favorable para mantenerles en la vía del progreso, cm más favorable aún para enconar las rivalida- des y conflictos personales y locales, de que estaba sembrada la nación, y que, como ya dije, me ape- sadumbraban por un lado y me proporcionaban por otro el placer de gobernar á un pueblo enér- gico y capaz de grandes empresas.
Por esto decidí hacer la guerra al extranjero, único recurso que tenía á mano para reunir las energías dispersas en una corriente nacional. Parecíame injusto hacer mal á unos hombres para asegurar el bien de otros; pero pensabe, al mismo tiempo que la verdadera civilización exige imjje- riosamente, ya que no sea posible extinguir los odios entre los hombres, ir agrandando cada vez más las filas de combate, hasta llegar á destruir todos los odios parciales y á congregar á todos los hombres en dos grandes masas enemigas, que, ó bien se destruyan recíproca y definitivamente, ó bien se decidan á vivir en paz á causa del miedo mutuo y permanente.
Como pretexto para la guerra ideé un pequeño artificio de resultado seguro. Entre las mujeres de Mujanda figuraban, como es sabido, muchas que antes pertenecieron al cabezudo Quiganza, las cuales formaban una importante camarilla bajo la dirección de la obesa Carulia. Estas mujeres habían conservado como instrumentos para ase- gurar su poder, y como reliquias piadosas, algunos objetos usados por su infeliz señor, entre ellos una túnica verde de las que se usaban antes de mis reformas. Yo exhumé esta prenda, que tan dolo- rosos recuerdos despertaba, y después de dibujar en ella la cabeza de un asno y de bendecirla en la ceremonia del afuiri, al tiempo de degollar la vaca (porque desdé la institución de la fiesta del circo, éste era el único sacrificio cruento, conti- nuado por respeto á las tradiciones) la até al ex- tremo de un palo muy largo, y la entregué, con- vertida ya en estandarte, al listísimo consejero Sungo. La costumbre había lentamente estable- cido que el desfile, en los días muntus, fuese ini- ciado por la banda y el orfeón capitaneados por — 293 — Sungo, como consejero del orden de muanangos j director de Bellas Artes, siguiendo por orden jerárquico el rey y su familia, el Igana Iguru y la suya, los consejeros, uagangas, pedagogos y demás mnanis, el pueblo (en el que ya se empezaba á distinguir á los ricos ó nobles, de los pobres ó ple- beyos), y, por último, los accas. Asi, pues, la fla- mante bandera nacional marchaba, con Sungo, al frente, y por necesidad óptica venia á ser el punto adonde convergían las miradas de todos los desfi-. lantes, que por un curioso fenómeno de autosu- gestión quedaban al instante sometidos al influjo de un sentimiento único, nuevo, extraño: el senti- miento patriótico. Porque asi como existe un amor patrio, un amor al pedazo de tierr^ donde se nace y se van adquiriendo los sucesivos des- arrollos, amor común á hombres y animales, así existe también un sentimiento patriótico impuesto por el hábito de caminar juntos los hombres de diversos territorios en una misma dirección ó ha- cia un mismo ideal, dirigidos sus ojos ó sus cora- zones hacia un punto fijo; un lugar: la Meca, el Sinaí, el Gólgota; un hombre: Alejandro, César; una demarcación geográfica: ¡cuántas naciones I; una etiqueta genérica: latinos, germanos, eslavos; una bandera hábilmente tremolada, una túnica verde, como la que á mí me servía, á falta de otra cosa, para imprimir cierta cohesión á los mayas, indisciplinados, rebeldes al sentimiento de solida- ridad nacional. La túnica verde del tan desven- turado como cabezudo Quiganzaj ftié un.precioso símbolo del primer embrión de patria; todas las ciudades y guarniciones, llevadas de su manía imi- - — tativa, quisieron tener también una bandera, r Mujanda accedió, por indicación mía, á sus deseos, distribuyéndoles'cuantas túnicas fueron menester; pero todas quedaron sometidas á la influencia cen- tralizadora déla túnica primitiva, que, á la ven- taja de ser Vmica, reunía la de haber pertenecido á un rey mártir.
Organicé una expedición científica para que varios notables geógrafos explorasen los territo- rios comarcanos, y se decidió comenzar por el lado oriental, navegando contra la corriente del Myera y saliendo del país también por la vía fluvial, con un ligero destacamento de mandas, tomado de la guarnición de Unya. La expedición iba dirigida por el listísimo consejero Sungo, y llevaba como secretario al consejero y calígrafo Mizcaga. Para asegurar el éxito se juzgó indispensable colocar la empresa bajo la bandera nacional, que yo confié á mi hábil auxiliar en Boro, á quien puse al co- rriente de mis secretos designios. Los días que es- tuvimos en Maya sin noticias de la expedición, la inquietud fué vivísima en todos los ánimos, y más aún en el mío, porque, falto de noticias sobre el estado de Africa durante mi largo período de ais- lamiento, había decidido á ciegas el camino que debía seguirse, y temía que, si los europeos ocupa- ban ya la región de los grandes lagos, ocurriese algán serio contratiempo y concluyese brusca- mente mi ensayo político experimental. Al cabo ^ de diez días se presentó up correo de Lope anun- ciando el regr^ de los expedicionarios y el fra- j caso de su misión: una tribu del Ancori les había | bil calígrafo Mizcaga tomaba notas de gran inte- rés científico, y les había obligado á buscar la sal- vación en la fuga, no obstante el probado valor de los ruandas; y al huir, el portaestandarte Tse- tse, en un momento de debilidad, había abando- nado la túnica verde del cabezudo Quiganza. En vista de tan graves acontecimientos, el reyezuelo de Lopo, el prudente Uquima, concertado con el narilargo Monyo, reyezuelo de Ünya, había deci- dido partir en guerra contra el Ancori para resca- tar la bandera y devolverla al afligido Tsetse.
Estas noticias produjeron tan honda impresión en todos los espíritus, que los uagangas, tanto los que deliberaban por la mañana como los que dan- zaban por la tarde, tuvieron una junta extraordi- naria y declararon la guerra al Ancori, con la entusiasta aprobación de Mujanda, á quien los excesos alcohólicos iban compenetrando cada día más con el pensamiento de su nación. El gigantesco consejero Mjudsu, el de la trompa de elefante, fué el encargado de movilizar las fuerzas de las guarni- ciones, dejando en cada una un pequeño destaca- mento; y al consejero Quiyeré, el de las descomu- nales patazas, padre de la bella Memé, le fué con- fiada la dirección suprema de la guerra. También se abrió banderín de enganche para los que qui- sieran sentar plaza de voluntarios, y se activó con- sidei-ablemente la fabricación de armas. Como por encanto cesaron las luchas intestinas, y la na- ción, con patriótica unanimidad, se puso al lado del Gobierno para sostenerle en este momento crítico, en que había de habérselas con las tribus valerosísimas del Ancori.
— — — — Los primeros encuentros, según noticias reci- bidas con gran retraso, eran fatales para nuestras tropas. En oclio elías habíamos sufrido ocho de- rrotas, ocasionadas por la cobardía de los ruandas, afeminados tras largo período de paz y de cobro puntual de pingües salarios, y por la valentía de las bandas de rugas-rugas á sueldo de los reyezue- los del Ancori. Estos mercenarios combatían con armas mortíferas que inspiraban profundo terror á los ruandas, quienes las consideraban como una invención diabólica de los nyavinguis ú hom- bres del Norte. Sin duda las tribus del Ancori, en su comercio con las del Uganda, donde los euro- peos habían penetrado desde hacía muchos años, se habían provisto de armas de fuego, y en tal caso, la partida era más arriesgada para nosotros. Pero la opinión pública, que no podía razonar así, atribuía las derrotas á la impericia del zancudo Quiyeré y á la ausencia de Mujanda, cuyo primer deber, según costumbre nacional, era ponerse al frente de sus ejércitos.
Para robustecer el prestigio de las institucio- nes, y no obstante mi convicción de que el rey, entregado como estaba á la embriaguez, no servi- ría para nada de provecho, le aconsejé entrar eti campaña; yo debía acompañarle y asegurarle la victoria con el auxilio del omnipotente Rubango. Mientras tomábamos estas decisiones, las derrotas sucedían á las derrotas, y cuando llegamos á ünya había sufrido nuestro ejército quince consecutivas. Su primer ataque al enemigo tuvo lugar muy eu 6l interior del Ancori, y su último revés le habin ííncerrado en ünya, que los ragas-rugas, después — 297 — (le destruir los cnarteles fronterizos, intentaban tomar por asalto. En tan desesperada situación adopté un rápido plan de defensa, cuya primera parte fué pronunciar, ante nuestras desmoraliza- das tropas, una enérgica arenga, digna del ver- dadero Arimi, ofreciéndoles el apoyo de la divi- nidad para la próxima y decisiva batalla; les hice salir de la ciudad y situarse en las márgenes del Myera en correcta formación, bajo el mando del zanquilargo Quiyeré, y con orden expresa de que, en cuanto el enemigo intentase dar el asalto, se dirigieran á marchas forzadas por el camino de Viti, hacia el bosque, donde debían estar aperci- bidos para cortarle la retirada. Aparte de este cuerpo de ejército, de más de ocho mil hombres, quedaban dentro de la ciudad dos compañías es- cogidas, á las órdenes del prudente Uquima y del narilargo Monyo, la banda de música, que venía en el séquito del rey, dirigida por el listísimo Sungo, y un numeroso grupo de accas á las órde- nes del astuto Tsetsé, quien me auxilió en la parte más delicada de mi plan, la preparación de mor- teros en el costado más desguarnecido de Unya, por donde era seguro que el enemigo no§ atacaría, sin prever el movimiento rápido y envolvente de las fuerzas del zancudo Quiyeré, á las que, después de quince derrotas, los rugas-rugas considerarían como cantidad despreciable. En efecto, los enemi- gos, cuando fué bien de día y pudieron hacerse cargo de nuestras posiciones, nos atacaron briosa- mente por el lado oriental, y después de hacer al- gunos disparos al aire para producir el espanto en los mandas, rompiendo las vallas exteriores, — 298 — penetraron en la ciudad en número como de seis mil, sin encontrar resistencia, porque el nari- largo Monyo y el prudente Uquima, siguiendo los consejos del astuto Tsetsé, se habían retirado al extremo opuesto, en donde nosotros estábamos, para rehuir el primer choque. Entonces fué cuando, transmitido el fuego por conductos hábilmente preparados, comenzó la formidable y para todos, menos para mí, horripilante y terrorífica explo- sión de los morteros, que, sin producir gran mor- tandad, esparcieron el pavor en las filas de los rugas-rugas y en las de los mandas, con su rey al frente; y es probable que se hubiese dado el caso original de huir ambos ejércitos, derrotados, en opuestas direcciones, si no hubiese impedido yo la desbandada con la oportuna invocación del nombre de Rubango, dios de nuestra bandería. Los ruandas, dominando su terror ante aquellos retumbantes estampidos, exaltándose ante mi ejemplo y el de los jefes, y enardeciéndose con el ruido de los tambores, que repiqueteaban, y de los platillos, que metían el escalofrío en los huesos, cayeron sobre el enemigo, rompieron sus cuadros y le obligaron á huir hacia el bosque, donde las tropas del zancudo Quiyeré, allí apostadas, y las del narilargo Monyo y el prudente Uquima, que le perseguían, le infligieron una sangrienta de- rrota. Más de mil muertos, entre los que se con- taba por anticipado á los heridos, rematados sin piedad, fueron recogidos entre la ciudad y el bos- que, y arrojados al río para pasto de los peces; y más de tres mil hombres fueron hechos prisione- ros y conducidos como esclavos á Zaco, Talay, Rozica y Ñera, en el extremo cccidental de la na- ción, donde, por imperar la poliandria, la pobla- ción tendía constantemente á decrecer y necesitaba mucho de estos refuerzos. Como precioso botín de guerra, además de las flechas, cuchillos y demás armas blancas, recogimos cuarenta fusiles, que, aunque bastante deteriorados, serían útilísimos para continuar la campaña. Por nuestra parte hubo sólo ochenta muertos, que fueron enterrados al són de la música al pie del baobab funerario de Üttya, en el que grabé una intoipción conme- morativa de la victoria; y ciento cincuenta heridos, que fueron trasladados en carretillas á Lopo, donde organicé el primer hospital maya, deseando apro- vechar en bien de la ciencia los funestos resultadoü de la guerra y valerme de estos héroes para ensayar algunas operaciones quirúrgicas.
Aunque la gloriosa batalla de ünya, que colocó á Mujanda á la altara del inmortal Usana, pare- cía resolver la contienda á nuestro favor, las tro- pas desearon tomar de nuevo la ofensiva, particu- larmente cuando se supo que entre las quince derrotas y el triunfo final habían muerto dos ge- nerales, cinco centuriones, cuarenta jefes de escua- dra y más de mil soldados de número, con cuyaK vacantes hubo gran movimiento en las escalas é ingresaron cerca de mil cien soldados voluntarios en el ejército regular, previo el juramento de la poliandria. Pero antes de proseguir las operacio- nes creí preciso remediar dos deficiencias capitales notadas, entre otras muchas, en la organización (le nuestras tropas. Faltaba un cuerpo de admi- nistración militar qne las abasteciese de todo ht — 300 — necesario r evitase las numerosas deserciones oca- sionadas por la carencia de mujeres, de alimentos j en particular del tan apetecido alcohol, y fal- taba, asimismo, un servicio de información rápida entre el ejército y las ciudades más ]3róximas al centro de operaciones.
Al regresar á Maya tomé el camino de Bangola, y asesorado por su reyezuelo Lisu, el de los gran- des ojos, encargué á los más hábiles herreros la construcción de cien carretillas con tapaderas de cierre muy ajustado, que pudiesen servir para el transporte de líquidos, y ordené que las confiaran á las mujeres de los ruandas, para que acompañaran al ejército como cantineras. Para el servicio de co- rreos utilicé, con excelente inspiración, el velo- cípedo, que después sirvió también para la explora- ción en las avanzadas, y vino á suplir la falta de caballería. Con dos ruedas, poco más grandes que las que se hacían para las carretillas, y un montaje lo más sólido j sencillo posible, quedaba formada una bicicleta, de marcha un poco brusca pero de gran duración. Esta novedad se extendió al vuelo por todo el país, y los mayas, cuyas aptitudes eran universales, hicieron grandes progresos en este género de locomoción. Al poco tiempo pude notar, sin embargo, que el nuevo ejercicio les dañaba en su constitución física, pues el hábito de andar muy inclinados sobre ruedas les infundía vehe- mentes deseos de andar luego á cuatro pies. Tam- bién sus facultades intelectuales, y esto es más sen- sible, se debilitaban, y llegué á deducir de ello que la evolución cerebral debe depender de la posición del cuerpo, y (\xie si el hombre abandonara la es- — 301 — tación bípeda por la cuadrúpeda, volvería pronta- mente á su estado orio-inario de animalidad. Estas observaciones no pretendo generalizarlas, ni creo que hallen comprobación en los velocipedistas ci- vilizados; los mayas están más cerca que éstos del estado animal, y vuelven á él más fácilmente.
Realizadas tan importantes comisiones, regresé á la corte para celebrar el segundo ucuezi, el cual fué turbado por un acontecimiento trascendental y previsto por mí, aunque no para tan cercana fecha: la uciuerte repentina de Mujanda en pleno día y rodeado de sus subditos, primera é ilustre victima de una enfermedad desconocida hasta en- tonces: el delirium tremens. Acto seguido procedí á la proclamación del nuevo rey, Josimiré, y á la designación de regentes que, durante su menor edad, rubricasen los acúerdos del Real Consejo. Como las mujeres están excluidas de los cargos públicos, no había que contar con la vieja Mpizi, á la que 3^0 hubiera dado la preferencia, y entre los hombres, dada la importancia del cargo y la conveniencia de proveerlo sin tardanza, la elección debía recaer sobre uno de los tres consejeros que se hallaban presentes, el gran mímico Catana y el gigantesco Mjudsu, hijos del elocuente Arimi, y Asato, hijo del cabezudo Quiganza y aspirante al trono. Para no elegir sólo á Asato y para no desairarle tampoco, asi como para dejar más va- cantes de consejeros, opté por la regencia trina, y Catana, Mjudsu y Asato fueron proclamados re- gentes por el pueblo, con lo cual la mayoría estaba asegurada á mi favor.
Felizmente consumada la transmisión legal del poder, di permiso á todos los subditos del nuevo rey para que se entregasen sin reserva á sii sincero dolor por la pérdida del gran héroe de Unja, muerto en el apogeo de su grandeza y de su popularidad. Suspendiéronse las fiestas en el circo y todos los espectáculos anunciados para aquel día, y dióse libertad á cuarenta siervos accas, acusados de adul- terio y destinados á sufrir, unos, la muerte en las astas de los búfalos; otros, el aj)aleamiento. Des- pués comenzóse á formar, en el orden acostum- brado, el cortejo que antes de regresar á la ciudad debía dirigirse á la gruta de Bau-Mau para pre- senciar el sepelio de los reales despojos (que en Maya sigue inmediatamente á la defunción) y el >jacrificio de las mujeres de Mujanda que quisie- ran acompañar á su esposo al reino de las som- bras. Privilegio envidiable, de que gozan sólo las mujeres del rey en el, momento preciso en que éste es arrojado en la gruta, pues según las creencias del país, el enterramiento al pie ó en el tronco de los baobabs es una especie de purgatorio, que termina cuando la persona enterrada logra llegar por caminos subterráneos á la sima de Bau-Mau, mientras que el sepelio en la gruta representa la gloria inmediata, el más rápido acceso á la mansión de Rubango. Por esto todas las mujeres ape- tecen ser sacrificadas, y lo serian si no fuera por la oposición del rey sucesor, que retiene á muchas de ellas para ornamento de su harén; pero á la muerte de Mujanda, por la tierna edad de Josi- miré, no había obstáculo para que todas reali- zasen su deseo, avivado aún más porque las muer- tes violentas del cabezudo Quiganza y del fogoso - 303 — Viaco no habían permitido la celebración de los sacrificios.
Llegados á la gruta de Bau-Mau, que está cerca de la catarata, los tres consejeros regentes y yo, conductores del cadáver, le despojamos de la tú- nica, sandalias, penacho, collares, brazaletes y de- más adornos, para devolverlo á la tierra en su pureza original, y separando las grandes piedras que cerraban la ancha abertura de aquel profun- dísimo agujero, le dejamos caer de cabeza, en me- dio de la general suspensión de los ánimos. Yo apliqué el oído; y como el silencio era tan solemne, pude percibir un lejano eco, semejante al que pro- duce un acetre al caer en lo hondo de una tinaja; por donde comprendí que la gruta era una especie de pozo natural, en comunicación con el río ó quizás con el lago Ünzu, por debajo del lecho del Myera.
Encaramándome sobre una de las enormes pie- dras que habíamos quitado de la boca de la gruta^ con el cuchillo reluciente en la diestra, como un viejo druida, me apercibí á consumar el generoso sacrificio de las mujeres del malogrado Mujanda, las cuales se habían puesto presurosas delante de mí, separadas en cuatro grupos, como indicando que hasta la muerte conservarían los odios que en vida se habían tenido. Adelantóse la primera la aguanosa Midyezi, hija de Memé, y se despojó rápidamente de todos sus atavíos, y por iiltimo de su túnica; ya no era aquella candorosa adoles- cente que representó con su hermana, la noche de mi llegada á la corte, el patético episodio de la vida del rey Sol, aquel en que el rey de Banga, — 304 —