SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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hensores, comenzando por declararles que yo era nn nyavingui^ término por el que las tribus afri- canas designan á los negros procedentes del Norte, y en sentido especial también á los europeos ó uazongos. Mi propósito era evitar que equivoca- damente me tomaran por árabe, pues suponía que, después de sus tentativas de invasión en el país de Ruanda, los árabes serían objeto de un odio pro- fundo y justificado. A pesar de la proverbial lige- reza de lengua de los africanos, hube de conven- cerme de que éstos estaban libres, por mi desgracia, de ese defecto, ó de que cumplían una consigna rigurosa, al ver que mis palabras, aunque com- prendidas, no eran contestadas.

Aprovechando este momento de espera, pude examinar á mi sabor aquellos curiosos tipos, tan diferentes de todos los que hasta entonces había observado desde la costa de Zanguebar hasta el lago Victoria. Eran de alta y bien formada talla; de color negro claro, muy distinto del de los ne- gTOS de pura raza; las facciones semejantes á las del indio, de expresión altiva y perezosa; la cabeza pequeña, muy poblada de cabello fuerte y rizado, y el rostro imberbe. Su ata^-ío consistía en dos pedazos de piel atados á la cintura, dejando ver los muslos; un casquete de huesos labrados y en- trelazados les cubría la ¡íarte superior de la ca- beza, y varios caprichosos objetos, como dientes, placas de marfil y pedazos de hierro, taladraban sus orejas; los pies completamente desnudos. Su armamento se componía de una gran lanza de hierro que sostienen con la mano derecha, y de una especie de carcaj de tela muy fuerte, suspen- •— 20 ~ dido del hombro izquierdo. Estos guerreros dis- paran las flechas sin necesidad de arco.

Puse muy especial cuidado en verles los dientes,, porque hay tribus que acostumbran á limárselos, y estas tribus acostumbran también á comerse á sus victimas; pero mi examen fué tranquilizador. En este punto me hallaba cuando apareció, saliendo- del bosque, el jefe de aquella tropa, seguido de nu- merosa comitiva. Su aspecto era imponente: alto y musculoso como un atleta, duro y torpe de mi- rada, medía la tierra á largos y reposados pasos, como un héroe teatral, llevando por única y sufi- ciente arma un enorme sable de hierro, cuyo peso, no bajaría de treinta libras. Su vestimenta era análoga á la de los soldados, diferenciándose en que el casquete era mucho mayor, adornado con plumas; en que los brazos y piernas llevaban anillos de hierro, y sobre todo en que la piel de- lantera, muy bien entrelazada con una cuerda de miombo, era más larga y se abría por delante de un modo inconveniente. En ciertas tribus la jefa- tura se concede atendiendo á los atributos viriles, signo indudable de fortaleza, y en tales casos el jefe ha de introducir en el vestido ciertas modifi- caciones, que equivalen á la presentación del real nombramiento en los países. monárquico-civili- zados.

Dos hombres se destacaron del grupo en que yo estaba y se adelantaron al encuentro de Quizigué (que así llamaban á aquel guerrerazo), cruzando con él respetuosamente algunas palabras, sin duda para ¡íonerle al corriente de la situación. Quizigué se me encaró con la mayor brusquedad posible, y — 21 — comenzó por insultarme. Según él, yo no era nya- vingui, sino árabe, á juzgar por mi rostro y por mi traje. — Los hombres blancos — dijo — caminan solos, como jefes, nunca al servicio de las caravanas árabes, y tú ibas en la de un feroz enemigo nues- tro. Pero de todas suertes, tú has penetrado en el reino de Maya, y este crimen será fatal para ti.

— ¡Cómo — exclamé yo: — este es el reino de Mayal Yo creía haber penetrado en el territorio de Ruanda; jamás fué mi intento faltar á vuestra ley. — Mas á esto repuso Quizigué que los pueblos vecinos llaman Ruanda al país de Maya, pero que el nombre de Ruanda es el propio de los guerreros mayas. — No intentes defenderte — con- cluyó, volviéndome desdeñosamente las espaldas. Se internó en el bosque, y tras él siguieron los soldados, llevándome por delante y sin dejar de amenazarme con sus lanzas.

A poco de penetrar en el bosque pude ver por entre los claros, que detrás de él se levantaban nu- merosas cabañas. Ya más cerca, vi que todas ellas formaban una sola, unida y prolongada indefini- damente á derecha é izquierda, alta como de diez palmos, con grandes aberturas cuadradas á modo de puertas, y encima de ellas agujeros redondos por todo balconaje. De trecho en trecho pendían, desde el alero del tejado de pizarra hasta el suelo, largas sartas de objetos, que al principio tomé por sartas de frutas, recordando haber visto mil veces en las blancas casitas de mi tierra andaluza las ristras de pimientos y tomates puestos al se- que; pero después vi que eran ristras de cabezas liumanas, todas ya perfectamente momificadas.

— 22 - — 22 - El largo cobertizo empezó á arrojar por sus nu- merosas puertas soldados, que conforme salían se iban colocando en. doble fila á poca distancia de la pared. Quizigué fué cogido en hombros por dos de sus acompañantes, y les dirigió una arenga,. de la que yo entendí bien poca cosa. Sus primeras palabras fueron saludadas con un sordo rugidoj. señal de salutación entusiasta, y sus últimas con un Quinya Quizigué, signo de aprobación. Me pareció que el fondo de su discurso se encaminaba á explicar que quería castigarme, porque yo era un espía enemigo, infractor de la ley sagrada; pero intrigábame muy particularmente la enume- ración que hizo de todas las partes de mi cuerpo^, pues no comprendiendo la ilación de su discurso,, no sabía si aquel ensayo descriptivo se enderezaba á llenar una simple formalidad de procedimiento,, ó si á encomiar cada una de las partes de mi que- rido organismo, con fines siniestramente culi- narios.

Aquellas palabras retumbantes, que, realzadas por un órgano prosódico de potencia extraordina- ria, sonaban á hueco en mi aturdida cabeza, ter- minaron, y Quizigué descendió de su sitial y di- rigióse hacia mí. Le seguían los hombres de su escolta y los caudillos de segundo orden, que se distinguen de los soldados rasos en que llevan en el casquete varias plumas engarzadas, cada una. de las cuales representa una cabeza humana á cargo del portador. Entre los mayas, el sistema, de ascenso en el ejército se reduce al principio de que si el soldado sirve para destruir al enemigo,, el mejor es el que más enemigos mata. De una á * — 23 — cuatro plumas, jefe de escuadra; de cinco á ocho, centurión, j pasando de ocho se puede optar al generalato mediante elección real, que se inspira en los motivos ya explicados. Mientras me ins- peccionaban los jefes, los soldados penetraron en los cuarteles ó se internaron en el bosque para ocupar sus puestos de guardia.

Uno de los que habían servido de trono á Qui- zigué fué encargado de mi custodia, y me condujo á una tienda próxima á otra en que los jefes se reunieron para deliberar. Ardía yo en deseos de saber lo que todo aquello significaba, teniendo por averiguado que estos hombres no eran una tribu independiente, puesto que la organización militar pura exige que detrás de un gTupo de valientes desocupados haya una nación trabaja- dora que los sostenga. En toda el Africa oriental no había yo observado, en punto á milicia j^erma- nente, otro ejemplar que el de los rugas-rugas^ bandidos, incendiarios y secuestradores, que como soldados mercenarios suelen servir á los innume- rables muanangos ó reyezuelos, empeñados conti- nua y recíprocamente en destrozarse. Pero estos mayas no tenían nada que ver con los rugas-ru- gas; su severa organización dejaba entrever un pueblo muy distinto de todos los visitados por mí en el continente negro. Motivo más de tristeza, pues en caso de muerte no era sólo mi vida lo que perdía, sino mis esperanzas de penetrar en una región no visitada aún por los exploradores, y conocer un pueblo que por estos primeros indi- cios parecía reservar á un hombre blanco legíti- mas sorpresas.

No se mostró mi guardián excesivamente reser- vado, y se dignaba contestar á alguna de mis pre- guntas, aunque extrañando por sus gestos mi deseo de saber en medio de mi angustiosa situa- ción. ¿ Cómo explicar á un hombre de tan pocos alcances que existe en el mundo un espíritu uni- versal que piensa en nosotros, j que acaso las ideas que se forjaban en mi mente en aquellas tristes horas se reproducirían en alguna cabeza de sabio europeo y no quedarían perdidas para la ciencia?

De las contestaciones de mi custodio pude co- legir que en el interior del país, defendido por estos destacamentos militares, habitaba un enjam- bre de tribus, cuyo centro político era la gran ciudad de Maya, cerca de la gruta de Bau-Mau (el padre y la madre, ó la pareja primitiva), donde tuvo lugar el parto de la tierra. Hay mu- chos reyes; pero el rey de todos es Quiganza, cu- yas mujeres pasan del quene-icomi (cuarentena)» Aunque es el más esforzado de los hombres, no puede vencer á Rubango (calentura), es2)íritu po- deroso, fuente de todos los males.

Estas y otras mil interesantes noticias iba yo recogiendo ávidamente de labios de mi interlocu- tor, y hubiérase prolongado mucho más la confe- rencia, á no interrumpirla una palabra inopor- tuna. Aunque temeroso de mi suerte, una secreta esperanza me hacía aguardar resignado la resolu- ción final, porque Quizigué, bajo su rudo aspecto, me había parecido una naturaleza sentimental poco propensa á las escenas de carnicería. Bien que el hombre desee en el fondo la muerte de casi todos sus semejantes, rara vez su cobardía le permite poaer por obra sns propósitos; ya le asalta el temor de qne la víctima se rebele y se convierta en verdngo^ ja le horroriza la idea de que el fantasma de la muerte se le fije demasiado €n el cerebro y le moleste con representaciones desagradables. Por esto, cuando la sociedad ha te- nido necesidad de matar, ha instituido tribunales compuestos con numerosos elementos auxiliares. Reunidos varios hombres la situación es distinta, porque los instintos naturales se refuerzan, la co- bardía disminuye con el contacto recíproco, y el fenómeno de la representación fantasmagórica no «e presenta ó se presenta en fracciones pequeñas é incompletas, por lo mismo que se disgrega entre gran número de partícipes.

Juzgúese, pues, mi pavor cuando mi vigilante manifestó de una manera incidental que ya es- taría próxima la hora de la votación en que me iba la cabeza. Contra lo que yo había creído, no era á Quizigué á quien correspondía resolver de plano en mi causa. En Maya han penetrado mu- chas ideas de progreso, y no basta ya el juicio de un hombre para entender de las cuestiones que afectan á la salud pública. Sin sospecharlo, estaba, «n el centro de Africa, sometido á un Consejo de guerra que, después de amplia discusión y madu- ras deliberaciones, decidiría de mi suerte por ma- yoría de votos. Ante este nuevo aspecto de las cosas, mis esperanzas volaron y me vi perdido sin remedio. Sin saber lo que me hacía, en un ciego arranque cogí una flecha del carcaj del infeliz centinela y le atravesé la garganta, sin darle ~ 26 — tiempo siquiera para gritar. Después me lancé por una estrecha claraboya abierta en la pared tra- sera de mi prisión, y viendo, al caer, delante de mí un espesísimo bosque, penetré en él velozmente y seguí corriendo horas y horas sin dirección fija, hasta que empezaron á entorpecer mi vista las primeras sombras de la noche.

, Forzado me era buscar un árbol donde aco- germe hasta que llegase el nuevo día; en los árbo- les sólo corría el riesgo de que me molestaran los innumerables monos que en ellos habitan; pero en tierra era casi seguro que las bestias salvajes die- sen cuenta de mi persona. Después de varios tan- teos me decidí por un hermoso baobab, aislado en uno de los claros del bosque. El tronco tenía va- rias hendeduras que facilitaban el ascenso, y las ramas bajas se cruzaban formando un descansa- dero seguro, ya que no fuese muy cómodo, en el que pasé aquella larga noche, desvelado por la inquietud y trastornado por un olorcillo desagra- dable que no sabía á qué atribuir, hasta que la rosada aurora me permitió ver que el tronco hueco del baobab estaba lleno de cadáveres. Esto me tranquilizó un tanto, porque el olor de la carne en putrefacción era indicio seguro de la existencia, de una ciudad, y yo estaba resuelto á seguir ade- lante, ya que tampoco me era permitido retro- ceder.

En los pueblos africanos se emplean varias^ clases de sepultura, y una de ellas consiste en arrojar en lo hueco de los árboles los despojos hu- manos que no son dignos de inhumación. Ésta se reserva para los reyezuelos, á los que, no sólo — 27 — se les sepulta en la tierra, sino qne sobre sus se- pulturas se suele hacer un sacrificio de mujeres, que se consideran aforcunadas acompañando á su rey al reino de las sombras. Fuera de estos dos sistemas, hay otro que consiste en arrojar los ca- dáveres á las hienas, para aplacar á estos insacia- bles carnívoros é impedir que destrocen los reba- ños; por último, el más elemental es practicado por las tribus extremadamente pobres, obligadas por la miseria á comerse sus propios muertos. La antropofagia ha sido mal explicada por algunos exploradores, que sólo han visto la exterioridad de las cosas y de los acontecimientos; se ha lle- gado á afirmar y á creer que los antropófagos forman las tribus más salvajes y crueles, cuando la observación, libre de miedo y de otras bajas pasiones, descubre todo lo contrario. Las tri- bus antropófagas son las más débiles y cobardes, ordinariamente agrícolas y poco aficionadas á los alimentos azoados; son las que menos molestan á las fieras, á las que temen y aun veneran, y son las que más sufren las depredaciones de otras tri- bus batalladoras, que á veces les arrebatan las mu- jeres, obligándoles á ofrecer el vergonzoso espec- táculo de la distribución por turnos de una hembra que los vencedores les dejaron como limosna, y á veces les arrasan los campos, forzándoles á devo- rarse unos á otros.

Ciertamente qne, una vez adquirida la costum- bre, á la que el hombre es muy dado, este pobre salvaje sigue comiendo carne humana, aunque le sobre el alimento vegetal, como el soldado, una vez que fué al campo de batalla y se enardeció — 28 - ■Gon sus trÍTinfos, se acostnml)ra en cierto modo á matar á sus semejantes, y desea continuar matán- dolos después que la guerra terminó; pero de esto no se desprende qne sea más retrasado qne los otros, ni tampoco más cruel. El rasgo terrorífico que señalan muchos viajeros de limarse los dien- tes j)ara devorar con más facilidad y prontitud, revela á las claras que su naturaleza es buena, puesto que si fuese mala los tendría afilados ya y no tendría necesidad de afilárselos.

dispuesto á afrontar con audacia los peligros en que me hallaba envuelto, descendí del baobab hospitalario y tomé una senda que me condujo á los bordes de un riachuelo, cuyo curso se dirige al Occidente. Siguiendo la ribera, á los pocos pasos vi un magnifico hipopótamo reposando con la se- renidad del justo sobre las cuatro columnas que le sirven de patas, y me causó agradable extrañeza notar que sobre los anchos lomos llevaba unas á manera de alforjas de fibra vegetal, y alrededor del cuello una especie de collera muy holgada, que, sujeta por la parte superior al centro de las alforjas, hacía las veces de brida y pretal.

Varias veces se me había ocurrido la idea de que el hipopótamo podría ser domesticado como en otros tiempos lo fué el elefante africano y hoy lo está el indio. Al parecer, mi idea estaba ya rea- lizada por tribus que sólo en este rasgo demostra- ban, si no bastara la organización de su ejército, una superioridad considerable sobre todas las que TÍven desde la costa á la región de los lagos.

Conocedor de la nobleza de carácter de los hi- popótamos, me acerqué sin desconfianza al en- — 29 — jaezado paquidermo, qne volvió pesadamente la cabeza, sin intentar desenclavarse de su sitio. Yo monté sobre él, y sin necesidad de espoleo previo, me vi convertido en el más original caballero an- dante qne se haya visto en el mundo. Al poco tiempo la senda se metía en el río, y mi conduc- tor se metió también sin vacilar, y, siguiendo el curso de las aguas, nadaba con tal serenidad que parecía estar en tierra y no moverse del suelo.

\ CAPÍTULO III Ancu-Myera. — Boceto de una ciudad centroa frican a. — De cómo una falsa apariencia me elevó desde la humilde si- tuación de condenado á muerte á los altos honores del pon- tificado.

Despnés de nna hora ele feliz navegación, qne aproveché para meter honda mano en las bien provistas alforjas, el hipopótamo, dueño absoluto de sus movimientos 7 de los míos, se desvió del centro de la corriente, arribando á una pequeña ensenada, donde tocamos fondo. Ni entonces, ni durante el viaje, aparecieron rastros de sér humano, y JO me preguntaba si no había sido imprudencia abandonarme al capricho de un animal cuyas in- tenciones desconocía. Pero hay momentos difíciles en la vida del hombre, en los cuales éste se ve forzado á abdicar su soberanía v á obedecer sumi- samente al primer animal ^que se atraviesa en su camino. Hube, pues, de resignarme, y los hechos posteriores demostraron que el mejor partido fué el de la resignación.

Abandonando el fondeadero, ascendimos el hi- popótomo y yo por una larga v suave pendiente hasta entrar en un camino llano que la cortaba y que, sin apariencias de obra de mano, me pareció - 32 — casi tan ancho y cómodo como las carreteras de España. Sin vacilar tomó el hipopótamo la dere- cha, siguiendo eLcnrso del río, j esta seguridad en la dirección me hizo creer que su instinto, como el de nuestros animales domésticos, le lle- varía á la casa de su dueño, ante el que intentaba yo por adelantado justificarme con todos aquellos gestos y razonamientos que fuesen propios para demostrar mi honradez y para granjearme su pro- tección.

Apenas entramos en el nuevo camino, y al vol- ver de un recodo que éste forma para dirigirse hacia él Sur, apareció al descubierto un hermoso bosque, cuyo verde intenso, como fondo de un gran cuadro, hacía resaltar una multitud de paji- cientas cabanas, colocadas en primer término y semejante desde lejos á un rebaño paciendo des- parramado.

Los habitantes de estas chozas salieron á mi encuentro en actitud que yo creí hostil, pues lan- zaban fuertes gritos y eran hombjes solos. En Africa, como en Europa, la mujer no toma parte en los combates, y por esto la ausencia de las mu- jeres me dió mala espina y me pareció indicio de disposiciones belicosas. Bien que mis enemigos no llevasen ningún género de armas, tampoco para habérselas conmigo las necesitaban.

Antes que yo intentase, aunque lo ¡censaba, de- tenerme y esperar, varios hombres se destacaron de la turba y vinieron hacia mí; á los 230cos pa- sos, uno de ellos, separándose de los demás, que se detuvieron, se acercó hasta tocar la cabeza del- hipopótamo é hizo una reverencia, á la que yo me apresuré á contestar. Después se fueron adelan- tando gradualmente los rezagados j me abruma- ron con sus reverencias, cada vez más rastreras y acompañadas siempre de los gritos que me habían asustado. Entre ellos sólo percibí clara la palabra ¡quizizil, fórmula de saludo matinal.

Aunque en diversas ocasiones j distintos paí- ses había podido observar que los pueblos otorgan sus favores v hacen objeto de sus entusiasmos al último que llega por ser el que menos conocen, no dejó de producirme extrañeza aquel desbordíir- miento de simpatías súbitas. Alegrándome por el momento, no dejé de ponerme en guardia, teme- roso, de que las cañas se volviesen lanzas. Es aven- turado cimentar algo sobre 1^ voluntad de un hombre; pero cimentar sobre la voluntad de una multitud es una locura: la voluntad de un hom- bre es como el sol, que tiene sus días j sus no- ches; la de un pueblo es como el relámpago, que dura apenas un segundo.

Más todavía se aumentaron mis dudas cuando pude distinguir entre el ruido de las aclamacio- nes, además de la palabra quizizi, otras dos, iganci iguru, que iban á mí dirigidas. ¿Habría tal vez en la religión de aquel pueblo la creencia en la venida de un «hombre de lo alto»? O, dada la abundancia de símbolos en uso entre los africanos, el nombre Igana Iguru ¿designaría á un hombre de carne y hueso con el cual me confundían? Y ¿cómo era posible esta confusión?

Pero fuese como fuese, yo estaba decidido á ir hasta el fin, tanto más cuanto que el azar se ponía de mi parte. Precedido y acompañado de los in- — 34 — dígenas, que no bajarían de mil, entré triunfal- mente en la ciudad, que, según supe después, lleva el nombre de Ancu-Myera, por su situación «entre el bosque j el río», y está habitada por pes- cadores mayas, que sostienen por la vía fluvial un activo» comercio con los pueblos del interior, con los que cambian los productos de la pesca por fratás, granos y artículos industriales.

El que hacía de jefe, y luego resultó ser rey y llamarse Ucucu, me condujo al centro de la ciu- dad, donde se alza, completamente aislado, su pa- lacio, una cabaña ó tembé de gran extensión, ador- nado con innumerables aberturas cuadradas y redondas, y defendido por una verja de toscos ba- rrotes de hierro. El techo, tanto del palacio como de las restantes cabanas, es de caballete, deno- tando cierta influencia europea, pues las tribus, separadas de toda influencia exterior, construyen sus cabañas circulares y de techos cónicos, sin ninguna empalizada defensiva.

Montado siempre sobre el sesudo y tranquilo paquidermo me detuvieron á la puerta misma del tembé, dando frente á un cadalso, alrededor del cual se agrupaban ansiosos los subditos de Ucucu, de todo sexo y edad. Tanto hombres como muje- res iban vestidos de una amplia túnica flotante, sujeta por debajo de los sobacos y larga hasta las rodillas. Las piernas y brazos completamente des- nudos, y la cabeza cubierta por ancho cobertizo en pirámide, formado con cuatro hojas anchas y pir. cudas de cierta especie de palmera. Algunos pe- queñuelos estaban completamente desnudos, y en cambio ciertas personas de distinción llevaban, - 35 ~ ^además de las prendas descritas, algunos adornos raros, injertados en la túnica de una manera ca- prichosa, amén de los brazaletes y collares.

» El tipo general de los hombres es el huma, ó sea el mismo de los guerreros, aunque de talla más mediana y de facciones máfe adulteradas por las operaciones quirúrgicas á que se someten para em- bellecerse; el de las mujeres es bastante agraciado, pero las afea mucho el excesivo desarrollo de los pechos, que se procura estirar hasta que llegan á las ingles. La razón de esta moda es sumamente práctica, pues las mayas amamantan á sus hijos sin abandonar sus faenas ordinarias. Siéntanse en el suelo ó en taburete muy bajo, y cruzando las . piernas en forma de tijera, colocan en el hueco á sus crías, que sin ningún esfuerzo ni molestia se encuentran en posesión constante de los pechos maternales.

Esperaba lleno de ansiedad el desenlace de aquel espectáculo, que no comprendía, cuando un grupo de hombres armados de lanzas cortas y de mache- tes apareció conduciendo prisioneros á un hombre joven y de buen parecer y á un asno de poca talla y de pelo claro como de cebra, de la que acaso procediera alguno de sus ascendientes. Ambos pri- sioneros subieron al cadalso, que se levantaba muy poco del suelo, y á seguida Ucucu habló para someter á mi arbitrio aquel juicio, nuevo en los fastos judiciales de Ancu-Myera. Sucesiva- mente hablaron dos hombres del séquito del rey para defender al hombre y al asno, que impasi- bles presenciaban aquella ceremonia forense.

Según pude colegir, el crimen consistía en la — 36 - ^profanación del tembé, donde se hacen las oñ'én- das al funesto espíritu Riibango, única nombra de divinidad en quien oreen todos los mayas. ¡Rea- lizado el crimen, había snrgido una duda grave- acerca de quién fuese el responsable, si el asno, autor material del hecho, ó su dueño, culpable por negligencia. Por esta razón el conflicto había sido reservado al Igana Iguru, el gran juez j gran sacerdote.

No es nuevo el caso de que un juez se entere de ■Qn proceso merced á lo que oye decir á los con- tendientes, pero sí era para mí naevo, original, inaudito, todo aquello que presenciaba. En un pue- blo que yo tenía por semisalvaje descubría de im- proviso la existencia de un poder judicial grande, sabio y ambulante para mayor comodidad de los súbditos; descubría la existencia de principios jurí- dicos admirables, que constituyen el anhelo de los más adelantados penalistas de Europa, como son la igualdad de todos los seres creados ante la ley y el jurado popular, conforme á los sanos prin- cipios de la más pura democracia.

Oídos los discursos, vi que todas las miradas * estaban pendientes de mi boca, y me hice cargo de que había llegado el momento de juzgar. La deci- sión era fácil, porque se veía á las claras que la opinión general estaba con el último de los abo- gados, con el abogado del asno, y aun no faltó quien gritara: €¡A/uiri Muigol», lo que equivalía 'á pedir la muerte. Así, pues, mis primeras frases en Ancu-Myera, frases que me pesarían como losa de plomo si no hubiera descargado la responsabi- lidad de ellas sobre los indígenas, fueron para — a?

cen-denar á Muigo, que así se llamaba el desven- turado reo humano. — ¡ Afuiri Muigo I — dije' en tono solemne; j iin inmenso clamor salió de to- das aquellas bocazas africanas, en el que se mez- claba la satisfacción, el odio, y sobre todo la "ad- miración por mi sabiduría. Sin más preámbulos los sayones cortaron la cabeza á Muigo y se lle- varon el asno, que lanzaba rebaznos no sé si de alegría ó de dolor.

Según costumbre nacional, los acontecimientos extraordinarios, sean tristes ó alegres, se celebran con regocijos públicos. El acontecimiento del día era mi presencia en la ciudad, y patra festejarla se habían suspendido desde el amanecer todas las íaenas de la pesca y dado suelta á los siervos. Previa invitación de ücucu, descendí del hipopó- tamo como magistrado que deja su tribunal, y penetré en la morada regia.

Estaba ésta construida á la manera de las cor- tijadas de mi tierra: dentro de la veija de hierro se levanta, hasta una altura de doce palmos, una galería cuadrangular, donde tienen sus habitación nes el rey, sus hijos y sus. siervos. En el espacio cerrado por estas galerías:^ cuya cabida no bajará de dos fanegas de marco real, hay numerosos temr bés y templetes rústicos, diseminados sin regula- ridad, donde se contiene cuanto es necesario para la comodidad, recreo é higiene del señor. En las habitaciones de éste resplandecía un gran aseo> y se respiraba esa atmósfera de sencillez y tosque- dad reveladora de una gran pureza de costumbres.

Después de refrigerarnos con algunas libacior nes de fresco vino de banano, á una indicación - 38 — mía, ücucu me llevó al interior del palacio para mostrarme sus riquezas. Entretanto, sus acompa- ñantes, casi todos funcionarios públicos, quedaron conversando sobre asuntos de gobierno. Nuestra primera visita fué á un kiosco, donde pude ver más de un centenar de loros de varias pintas,. todos muy vivarachos y charlatanes. Una de las. aficiones, acaso la principal, de los mayas, es la^ cría de loros, á los que maestros muy hábiles que, hay para el caso instruyen en diversas gracias, chistes y aun largos discursos. Ucucu me mostró- particularmente algunos dé aquellos oradores, que, según él, se expresaban con tanta facilidad que pudieran ser tenidos por personas de juicio y ser: escuchados como oráculos. A esto asentí yo, pera indicándole que no siempre la sabiduría acom- paña á la fácil elocución; aun entre los hombres^ que son los seres más sabios de la tierra, suele encontrarse alguno que no es tan sabio como los demás, y que se distingue porque habla más que los otros. Pues asi como con el estómago ligero se anda con más agilidad, con la cabeza vacía la boca se abre y las palabras escapan velozmente..

Desde el kiosco de los loros fuimos al harén, que Ucucu no tuyo reparo en enseñarme. El ha- rén es una copia reducida del palacio, aunque sin- ventanas ni claraboyas al exterior. Las diversas habitaciones toman sus luces de un patio anchí- simo, plantado de árboles de sombra y separado de las habitaciones por galerías descubiertas, se-r .mojantes á los cenadores andaluces. Cada mujer tiene su habitación de día, en la que vive con sus hijos hasta que éstos cumplen los cuatro años j — 39 — pasan a poder del padre, que los confía á ciertos pedagogos ó siervos, que saben relatar de coro la historia del reino, única ciencia que se considera necesaria, porque sirve para entusiasmar á la plebe y para olvidar las niiserias del presente con el recuerdo de las grandezas del pasado.