El último año, los habitantes de Ancu-Myera fueron apaleados j lanceados por un gru230 de guerreros que, no teniendo enemigos exteriores que combatir, debían librar batalla con los habi- tantes del interior para no perder el ardor bélico. Tal fué la desesperación de los de Ancu-Mvera ante su vergonzosa derrota, que muchos querían abandonar la ciudad, j lo hubieran realizado sin una arenga enérgica de Ucucu, gi-an conocedor de la Historia, en que les recordó la del valiente üsana, el rey Sol, que, de simple pescador, llegó á ser rey de todos los reyes mayas, á reunir grandes riquezas y á dejar un recuerdo imperecedero. Con esto el pueblo recobró su animación habitual, llegando, por último, á olvidar el a^Tavio cuando se comprendió que sus causas habían sido la pro- fanación de la casa de Rubango y el deseo de venganza de éste. Así se explica el furor popular contra Muigo, la patriótica indignación que yo torpemente había juzgado en los primeros mo- mentos como salvaje brutalidad.
Después de pasar un largo y tortuoso corredor llegamos al patio del harén, en donde había dos docenas de mujeres que cantaban con voz caden- ciosa y dormilona una canción en que se repetía con frecuencia el nombre de Ucucu. Cada día se recita una canción diferente para ensalzar las — 40 — últimas hazañas del señor, j la de este día era €omo sigue: Felicidad á Ucucu, al valiente muanango. Con el canto del gallo (ucucu) fué Ucuca al Unzu. En la mano llevaba el inchumo (especie de lanza), Pero la pesca de ücucu no fué el anzú (pez): Ha matado al terrible angüé (leopardo).
El principal deber de una mimtu, de la mujer en general, es cantar las alabanzas de un hombre: del esposo, del j^adre ó del hijo, según las circuns- tancias. La honestidad de la mujer exige que ésta, ya sea con sinceridad, ya con hipocresía (si es que tan bajo sentimiento cabe en el corazón de estas mujeres), tenga siempre en sus labios el nombre de aquel que la mantiene.
Sin ser psicólogos, los mayas conocen la virtud extraordinaria de la repetición de una palabra, y saben que la mujer ama y respeta por la fuerza de la costumbre. Para ellos, las pruebas de amor que á nosotros nos satisfacen y nos enloquecen serian motivo de irrisión, pues entenderían que la mujer que libremente ama, libremente deja de amar. Como á los animales domésticos se les im- pone la obligación del trabajo, á la mujer se le impone la del amor, cuyas formas exteriores son el servicio del esposo y la cría de los hijos. La mujer holgazana es vendida como sierva para los trabajos agrícolas; la estéril es devuelta á su an- tigua familia, mediante la devolución de la mitad del precio dotal. Pero si la mujer es hermosa (y para el gusto del país las hay hermosísimas) se la dispensa la holgazanería y la esterilidad, y _ ^ _ ■entra á formar parte de los Ijareiies ricos, qne se honran teniendo algunas mujeres de lujo.
Al mismo tiempo que las mujeres de Uencu entonaban su canción, inventada bien de mañana por uno de los siervos pedagogos, se entretenían en sus quebaceres; sólo tres dormitaban tendidas sobre pieles de leopardo; las demás estaban sen- tadas j tejían con fibras vegetales una pleita, de la que se forma después la tela para las túnicas^ ó amamantaban á sus pequeñuelos, ó lavoteaban en una pocilga varias prendas de vestir. En medio del patio, unos cuantos negrillos se entretenían jugando con la arena, completamente desnudos. Algunas de las mujeres estaban también desnu- das, y á nuestra llegada entraron á engalanarse^ no por pudor, sino por deferencia á Ucucu. El puKrlor no existe, quizás porque la piel, sin ser negra, es excesivamente morena j carece de mati- ces para reflejarlo. De esta observación he dedu^ cido yo que acaso lo que llamamos pudor sea, más que una cualidad espiritual, una propiedad del cutis, una caprichosa irritabilidad del tejido pigmentario.
Una de las mujeres que, tumbadas sobre' pieles, holgaban, especie de matrona de carnes abundan- tísimas, des23ués de obtener la venia de Fcucu, me dirigió la palabra para pedirme noticias de la corte de Maya, donde había nacido y pasado su juventud. Yo procuré salir del paso con respues- tas ambiguas que no descubrieran mi superchería y que me proporcionasen alguna luz sobre mi verdadera situación. Esto ofrecía serias dificulta- des, porque Niezi, ó Estrella (que así se llamaba — 42 — la matrona), se expr,esaba en ún lenguaje rápido- y confuso, muy diferente del que hasta entonces- había yo oído.
Á lo que pude entender, el Igana Iguru, cuyo título y preeminencias usurpaba yo en aquellos momentos, era el primer magistrado ó sacerdote del rey Quiganza, y su misión, además de pre- sidir los sacrificios, era recorrer de tiempo en tiempo todas las ciudades del reino y decidir,, como supremo juez, las cuestiones judiciales ar- duas. Niezi había sido en primeras nupcias esposa de un Igana Iguru llamado Arimi, el hombre «elocuente», cuya muerte fué misteriosa. Ha- biendo llegado cerca de Mbúa, se apeó del hipo- pótamo sagrado y se dirigió á la gruta de Ru- bango, que hay en el lago Unzu, para hacer una ofrenda é inspirarse antes de entrar en la ciudad y condenar á muerte al culpable reyezuelo Muño.. Al cabo de cinco días, el hipopótamo fué encon- trado solo en el bosque, y en la gruta la túnica y las sandalias de Arimi, que, bañándose en el lago,, había sido devorado por un cocodrilo, según anunció el espíritu de Rubango por boca de Mua- na, hermano de Arimi, sucesor de su dignidad, y condenado poco después á muerte por el rey. Á este hecho debieron la libertad las mujeres del Igana Iguru, entre ellas Niezi, vendida por su padre á Ucucu. El nuevo Igana Iguru fué el l\ija del ardiente rey Moru, Viaco, cuya muerte ignoraban los hijos de Ancu-Myera, bien que se ale- grasen de ella, como todos los mayas, pues á la crueldad de Viaco había sucedido la piedad, de que yo daba tantas señales.
43 — Esta charla me puso al corriente de la situa- ción, j, como hombre que se resuelve á jugar el todo por el todo, adopté mi plan, convencido de que los mayores imposibles se logran con auda- cia cuando se cuenta con inteligencias pobres j exaltadas, propicias á aceptar más ñícilmente lo absurdo que lo razonable.
Apenas había acabado Mezi de hablar, cuando JO, con tono solemne 7 plañidero, le manifesté ser el propio Arimi, su antiguo señor, á quien una serie de desventuras había conducido al des- tierro y á la cautividad. Grandes clamores aco- gieron estas palabras mías, y Niezi estuvo un momento vacilante, no queriendo dar crédito á mis palabras y menos aún á sus ojos; pero al fin se arrodilló delante de mí é hizo signos de recono- cerme y de condolerse de mis males. Viéndola hin- cada de hinojos sentí un movimiento de generoso entusiasmo en pro de nuestra pobre raza humana, tan injustamente vituperada. ¿Dónde encontrar un sér que diese crédito á mi voz con esta noble confianza, con este agi-adecido reconocimiento? Ni entre las especies animales más celebradas por sus virtudes é inteligencia, como el perro, el ca- ballo ó el elefante, hubiera encontrado un rasgo semejante de leal sumisión.
Contra lo que creen algunos pesimistas, es más; difícil gobernar á los animales que al hombre, porque los animales no se someten más que á la fuerza ó á la razón, interpretada por su instinto, en tanto que el hombre se contenta con algunas mentiras agradables é inocentes, cuya invención está al alcance de hombres de mediano entendí- — 44 — miento. Juzgúese, pues, la torpeza de los que, to- mando al hombre por animal perfeccionado, inten- tan someterle j^or-la violencia j derramamiento de sangre ó con auxilio de leyes é imposiciones penales. Estudiando de cerca estos pueblos más primitivos, se ve claro que el gobierno de las na- ciones no exige hombres de estado, ni legistas, ni soldados, sino poetas, comediantes, músicos y sa- cerdotes. Una canción tiene más fuerza que un código, y una letanía alcanza más lejos que un €añón rayado.
Entre estas reflexiones no olvide lo que conve- nía á mis intereses, y después de levantar del suelo á Niezi, viéndome rodeado de oyentes deseosos de escucharme, comencé un relato, que inventaba al correr de la palabra y pronunciaba con unción y pausa.
«Cuando el día que ocurrió mi supuesta muerte, penetré en la gruta de Rubango, varios hombres, pagados por mi envidioso hermano Muana,. estaban al acecho; me despojaron de mis ropas y me arro- jaron al lago. En el fondo de éste se abre una ga- lería que conduce á un mundo distinto del nuestro; allí viven los que mueren sobre la tierra, gobiernan los espíritus y se habla un idioma desconocido. En estas mansiones subterráneas, donde no penetra el sol, los hombres se vuelven biancos, sus cuerpos se cubren de pelo y la memoria olvida el pasado por^ que aprende á conocer el porvenir. Bien que mi deseo hubiera sido permanecer allá, mi deber me había impulsado á volver á la vida terrestre para salvar á Quiganza de una horrible conjuración y al pueblo maya de una completa ruina. » — á5 — — á5 — •Terminado mi discurso, comprendí que todos los ánimos se hallaban embargados j^or una pro- funda impresión. De este ¡primer movimiento de- pendía el éxito futuro, porque las palabras que buscan el apoyo de la fe sólo necesitan, como, el amor, un primer destello, que después crece y se propaga y se convierte en amplísimo incendio; son como el rayo que cae de lo alto, y si encuentra á su paso materias inflamables, reduce en j)oco tiempo una ciudad á escombros. A su lado, las ^^alabras que se dirigen al entendimiento son las morte- cinas luces que arden por toda la ciudad sin disi- par siquiera las sombras.
ücucu deseaba comunicar al pueblo estas niie- vas, y me hizo abandonar el gineceo para volver al lado de sus auxiliares. Todos ellos sufrieron el contagio, y aquel mismo día Ancu-Myera estaba convertido en un foco de entusiastas defensores de Arimi. La opinión popular había interpretado libremente mis revelaciones y me consideraba como un reformador religioso y político y como un defensor de sus intereses particulares.
Por la tarde hubo yaurl, ó consejo, en el palacio de Ucucu, con asistencia de todas las autoridades locales; el consejo es realmente el que forman los uagangas^ «adivinos», asesores del reyj j)ero en circunstancias extraordinarias concurren también los más respetables cabezas de familia á quienes de antemano se haya otorgado esta preeminencia. En el consejo, al que yo asistí, se acordó expedir correos á varias ciudades próximas y á la capital. Con gran sorpresa mía vi que uno de los uagangas sabía esci'ibir en caracteres semejantes á los latinos, — 46 — trazados sin ligamen, y redactaba, sobre pedazos de piel, los despachos que habían de enviarse, así como el acta del yaurí, que se junta con las pre- cedentes, formando el archivo histórico de la lo- calidad.
Cuando me quedé á solas con ücucu le hablé del rescate de Niezi, ofreciéndole la restitución del precio dotal. íío se crea que esta proposición era una imprudencia política, inspirada por cen- surables apetitos. Niezi no me inspiraba ningún -deseo impuro, y en cuanto á Ücucu, nada había que temer dada mi nueva situación. En Europa no se ve que los hombres tengan á honra entregar sus mujeres á los que tienen un rango superior, bien para sacar provecho, bien para recibir de rechazo el honor que la mujer recoge en el trato con hombres superiores; pero en estos pobres países africanos, donde la vida es muy candorosa, nada tiene de extraño que las gentes de sangre inferior deseen elevarse mediante cierta comunidad con los superiores. De aquí que no sólo sea un honor regalar ó vender una esposa al que tiene superior categoría, sino que el adulterio existe exclusiva- mente cuando el adúltero es de clase igual ó infe- rior al marido. En Maya no sufre excepción la regla, y^-aun está admitido que, si el adúltero es superior, el agravio se convierta en beneficio y el adulterio se llame yosimiré, gracia señalada. Como vemos, en el fondo de cada maya se oculta un pe- queño general Anfitrión, bien que conformándose con algo menos que con un Júpiter.
El móvil que me impulsaba á solicitar á Niezi no era de carácter pasional. Me convenía adquirir — 47 — «esta mujer, educada en la corte j conocedora de -detalles interesantísimos para mí, qne siendo el alma de toda la intriga, marchaba completamente á ciegas. Me era preciso soltarme en el manejo del idioma, que Niezi hablaba con gran perfección j finura; y juntábase á todo esto ¿por qué no decirlo? un agradecimiento que hubiera degenerado rápi- damente en simpatía, y quizás en amor, si ciertas particularidades de raza no fueran por lo pronto bastantes para impedirlo.
Gran parte de aquella noche la pasé al lado de Niezi, arreglándome una vestimenta al uso del país y dirigiéndole innumerables preguntas é ins- truyéndome con sus respuestas. Pude hacer va- liosos descubrimientos psicológicos sobre la mujer maya y sobre la mujer en general, los cuales, com- pletados en el tiempo que se sucedió, merecerían un tratado especial, aunque no dejaré de apuntar más adelante algunas ideas.
Cuando me separé de Niezi, de mi esposa, puesto que lo era con arreglo á la ley del país, pensaba con tristeza que aquella noche otros hom- bres celebrarían sus bodas más alegremente que yo; pero me consolaba pensando también que la noche de bodas de un enamorado no sería tan pura como mi noche de bodas, consagrada toda ella á los trabajos de sastrería y á la observación psi- cológica.
CAPÍTULO IV Desde Ancu-Myera á Maya, por Ruzoziy Mbua. — Mi recep- ción en el palacio de los representantes. — Espectáculo original, llamado danza de los uagangas.
Mny de mañana me despertaron los rumores populares que llenaban la plaza pública. Aban- doné las duras piedras que me habían servido de lecho, y eché una ojeada por la claraboya de mi alcoba sobre los grupos de pescadores que aguar- daban mi aparición.
Me dirigí hacia la puerta de entrada del pala- cio, encontrando en el zaguán al rey con sus hijos y con algunos de su servidumbre, ün siervo abrió la puerta y me mostré á la multitud, que me acla- mó, y que, satisfecho ya el deseo que la retenía, se filé dispersando en dirección del río para preparar sus canoas y emprender las faenas diarias de la pesca.
Los personajes que en la tarde anterior habían asistido al yaurí nos hicieron el saludo mati- nal, y después dedicamos la mañana á visitar todas las piezas del palacio: los graneros, bien re- pletos de maíz rojo, de trigo obscuro, muy se- mejante al centeno, de cierta clase de habas, álas <l\\e llaman macuemé, y de otras varias legumbres — 50 — secas; la armería, donde había muestras de un notable adelanto industrial; los establos de mcazis ó vacas de leche, de mbusis ó cabras, de cebúes y de cebras; la pescadería, donde son secados al fue- go los peces del río {pues los majas no practican la salazón) y conservados en sartas para las épocas de escasez; por último, las cocinas, en las que hicimos alto para tomar el almuerzo, que consistió en leche, diversas legumbres, pasta de trigo y abundantes tragos de vinos diversos, hechos con jugos de frutas pasadas.
Mientras comíamos, uno de los hijos de Ucucu • me refirió el origen del nombre de su padre, ücucu significa «gallo», y este animal, en el país maya, es muy parecido á los gallos ingleses que se crían para las riñas. Su valor. supera al de los demás animales, pues aunque le rompan las espuelas, le rajen la cabeza, le salten los. ojos y le despedacen -el cuerpo, lucha hasta triunfar ó perder la vida. Así es Ucucu. Un día, luchando con una pantera, Tecibió cinco veces en su cuerpo la garra del irritado animal, y no obstante, siguió luchando cuerpo á cuerpo hasta venc/Crla. Después de esta hazaña le ' cambiaron sus súbditos el nombre, que antes faé -Mndú, «Narizotas», como nuestro buen rey Fer- nando VIL Así como el nombre de Ucucu tiene su historia, ' el de Nindú tiene su filosofía. Uno de los rasgos que caracterizan al africano es su entusiasmo por • lo monstruoso, que para su gusto vale tanto como • para el nuestro lo bello. La regularidad es la vul- garidad, y si para distinguirse moralmente hay que acometer algún hecho extraordinario, para .- 51 — valer corporalmente hay que ostentar alguna par- ticularidad chocante, que deje una impresión du- rable del individuo: la nariz muy desarrollada, la boca muy grande, los pechos muy largos en la mujer, son las cualidades preferidas, y siguen después las manos, el cuello, los dientes y las orejas. Si naturalmente no se posee ninguno de estos rasgos, se suele acudir al artificio, á los in- j'ertos., taladros y demás extravagancias que pue- den verse en los relatos de los exploradores.
Es, sin embargo, indudable, dicho sea en des- cargo de los africanos, que estos gustos y estas ■ costumbres existen también entre los europeos, bien que suavizados, porque nosotros somos más túnidos y respetamos más nuestro organismo. Fue- ra de algunos usos crueles, que aun conservamos, como el del corsé, el de los zapatos estrechos, el del cuello engomado, el del sombrero de copa alta y el de los quevedos ornamentales, en gene- ral, puede decirse que logramos distinguirnos sin grandes martirios merced á los progresos de la fa- ,bricación de tejidos y de las artes indumentarias.
Terminado el almuerzo me retiré á mis liabita- ciones, donde me entretuve hablando con Mezi, qu,é á falta de aviso mío se había levantado muy tarde, hasta que llegaron emisarios de Euzozi y de Mbúa, y poco después de Maya, anunciando que en todas partes había tenido eco la voz de ücucu y su consejo, y que el rey Quiganza me or- denaba emprender sin demora el viaje á Maya. No esperé segundas órdenes, é inmediatamente hice traer el hipopótamo y enjaezar una vaca para...eL servicio de Niezi, y me despedí de Ucucu, de — 52 — — 52 — sns hijos y de sns mujeres en medio de recíprotías muestras de amistad. Después emprendimos la marcha, siguiéndonos á pie los emisarios y un hijo y dos siervos de ücucu como escolta d^ honor.
Desde Ancu-Myera á Maya hay seis horas de camino por el que yo traje á mi venida, y ocho siguiendo el curso del Myera; yo elegí el más largo para pasar por las dos ciudades amigas que hay en el trayecto: Ruzozi, la ciudad de la «colina», y Mbúa, llamada así por la fidelidad «canina» con que sus habitantes han seguido siempre la buena y la mala fortuna de los reyes mayas. Ruzozi está distante del Myera, y es una ciudad de agricul- tores y ganaderos; Mbúa se dedica á la pesca y á. los trabajos metalúrgicos, y es muy rica y populosa. Sus habitantes pasan de ocho mil, mientras que Ruzozi tendrá unos tres mil, y Ancu-Myera qui- zás no llegue á esta cifra. En ambas ciudades fui . recibido con entusiasmo y se agregaron á la co- mitiva algunos personajes de la intimidad de Nionyi y Lisu, que son los reyezuelos respectivos.. Nionyi se llama así porque su marcha es tan rá- pida como el Taelo de un «pájaro», y Lisu ú Ojazos (porque, en efecto, los tenía -desmesuradamente grandes y abiertos) era el jefe leal que depuso á su predecesor Muño, con motivo de cuya condena había ocurrido mi muerte, esto es, la supuesta muerte de Arimi. Sus intereses estaban ligados con los míos, y sus muestras de adhesión fueron, por tanto, muy vehementes.
A la salida de Mbúa el rio se ensancha y per- mite el paso de los hombres y de las bestias, que — 53 — — 53 — íiecesario porque Maya se encuentra en la mar- gen opuesta. Algunos de los hombres de á pie cruzaron por un puente de madera que está mu- cho más abajo, sobre dos tajos, entre los cuales el río se estrecha para precipitarse en altísima ca- tarata. Desde los tajos se contempla 3^a el panora- ma de la ciudad de Maya, situada en el término de un suave declive y extendida en un espacio tal, que la mirada no puede abarcarla en conjunto. Como los edificios son de planta baja y separados los unos de los otros, una población de veinte mil habitantes exige un área tan extensa como la de Madrid. El plano de la ciudad está formado por más de cien núcleos diferentes, pues cuando ha ^ sido preciso ensanchar el núcleo primero, que constituyó en lo antiguo un pueblo insignificante, se han ido levantando á distancia como de mil pies, edificios centrales para residencia de la auto- ridad, y alrededor de ellos casas irregularmente diseminadas, hasta tocar en las pertenecientes á otro grupo. Tal sistema parece desde cerca muy irregular, pero desde lejos produce el efecto agra- dable de una gigantesca colmena, y permite cono- cer la marcha que ha seguido en su evolución la ciudad primitiva.
Entre cuatro y cinco de la tarde hice mi entrada en Maya, y difícilmente olvidaré las circunstan- cias que la acompañaron. A las puertas de la ciu- dad estaba el rey Quiganza rodeado de un cente- nar de próceros. Todos vestían túnicas de colores verde y blanco, excepto la del rey, que era verde y roja. El rey llevaba además, como signos de dis- tinción, un collar de piedras brillantes, y sobre su cabeza colosal, á la que debía su nombre de Qai- ganza, una diadema de plumas irisadas. Sus acom-" pallantes llevaban sólo penacho de plumas blancas y rojas, aretes y cinturón de piel. Detrás de este^ grupo había otro de gentes de inferior calidad y presencia, y, por último, dos largas filas de sol- dados vestidos como, los del ejército de Quizigué.
Después de la pesada ceremonia de las saluta- ciones, descendí del hipopótamo (del cual, así como de conducir á Mezi á mi antigua morada, se encargaron cuatro de los circunstantes de se- gunda fila) y presenté al monarca á los hombres de mi séquito, que, cumplida su misión, empren- dieron el regreso á sus hogares. Rompióse la mar- cha por entre la doble fila de tropas, y llegamos á una gran plaza en cuyo centro se eleva un espa- cioso tembé que yo creí ser el palacio real, y era el 'sitio donde se reunían los representantes del país. Esto no me extrañó, pues por las indicaciones de Niezi sabía ya que el gobierno maya tenía mucho de parlamentario, y sin necesidad de tales indi- "caciones, bastaba conocer la organización del go- bierno local para inferir la existencia de un yaurí colectivo que asumiera la representación de los di- ferentes yauríes locales.
El edificio era una nave cuadrilonga, como, se- gún la tradición, era el arca de Noé, y por sus cuatro costados guarnecida de pórticos de estilo grie^-o. Las columnatas eran hileras de árboles desmochados á diversas alturas, y los arquitrabes y cornisas zarzos de cañizo cubiertos de una espe- cie de pizarra que sirve también para reforzar el pajote de los tejados y para enlosar los pavimen- 9 — 55 - 9 — 55 - tos. En el interior, las paredes, revestidas de l)arr(r gris, no ostentaban ningún adorno, y en el testero principal, á la cíereclia de la puerta de entrada; había un dosel, debajo del cual nos sentamos el cabezudo Quiganza, su sobrino, que es el príncipe heredero, y yo; los representantes, cuyo niimero era de ciento uno, se fueron sentando por orden en un banco de madera adosado á la ¡íared. Un grupo de cincuenta á la derecha, otro de veinticinco en- frente, y el resto en el banco de la izquierda. De esta suerte, el centro del salón quedaba Ubre, y los muros parecían adornados por uumerosas estatuas, en las que se combinaban de un modo extraño los colores verde y blanco de las túnicas, con el negro de la cara y los brazos, y el blanco y rojo de los penachos.
A un silbido lanzado por el cabezudo Quiganza, el ala derecha de los uagangas, que así se llaman por extensión los representantes, aunque este nombre es más propio de los consejeros, se levan- tó, y, avanzando hasta la mitad de la sala^ se dis-» puso á ejecutar una danza originalísima, de la que difícilmente podré aquí dar idea.
El que figuraba á la cabeza de la fila, hombrei viejo y de fisonomía expresiva, llamado Mato por ser muy «orejudo», hizo unas muecas muy raras: abría la boca hasta formar con ella una O; elevaba los ojos al cielo y cruzaba las manos sobre el pe- cho; después cerraba los ojos, descruzaba las ma- nos y juntaba la boca, bostezando con gran ruido. Y lo curioso del espectáculo era que, como si to- dos los hombres de su fila estuvieran unidos por una corriente eléctrica, según se iban miranda — 56 — "anos á otros, abrían tocios la boca como el orejudo Mato la abría; alzaban los ojos como él los alzaba; jnntaban las mano's como él las juntaba, y desha- cían todas estas gesticulaciones como él las desha- cía, hasta venir á parar en el bostezo, que resonaba como un fuerte huracán. Esta primera figura de la danza es la salutación.
Después siguió un cuadro muy bello, en que, además de mover la boca y guiñar los ojoy de muy extraños modos, se meneaban las piernas y los brazos como en el clásico fandango andaluz, y no se sabía qué admirar más, si la perfección artística con que el director representaba la figura, ó si la rapidez y exactitud con que todos, cual si fuesen monos amaestrados, la copiaban. Sin embargo, con sus habituados ojos, el cabezudo Quiganza debió ver algo que yo no veía, pues antes que terminase el cuadro silbó de una manera particu- lar, é inmediatamente el jefe separó de la fila á lino de los danzantes, que fué á sentarse en los bancos de la izquierda.
Al fandango (si así es permitido llamarle) si- guió otra figura (]^ue, si bien muy difícil de ejecu- tar, me pareció menos artística. Consistía en sacar la lengua todo lo más posible, sujetarla con los dientes y hacerla girar en redondo con gran velo- cidad. Esta es la gimnasia que emplean como preparación pa,ra el arte oratorio, en el que llegan á una considerable altura. El final de este cuadro no me atreveré á reproducirle, porque, sin conte- ner nada que amengüe el prestigio de la respeta- ble clase de uagangas, j>udiera chocar un tanto con nuestras costumbres, más exigentes en materia — 57 — — 57 — de aseo que las de los pueblos africanos. Basta sa- ber que no cayó en falta ninguno de los ejecu- tantes.
Para terminar, el director dejó caer los brazos, y sin gran esfuerzo se puso á cuatro patas, si bien las traseras (ó sea los verdaderos pies) quedaron un poco encogidas. Todos le imitaron casi instan- táneamente, y á seguida emprendieron unos tras otros una rápida carrera alrededor de la sala, á la que dieron seis vueltas, hasta que jadeantes se sentaron en sus bancos en medio de un rumor de aprobación. Diez hombres habían caído en la ca- rrera, y se sentaron en los bancos de la izquierda.
Este último ejercicio, que á los lectores euro- peos parecerá un j)Oco brutal, tiene su razón de ser en que los valientes mayas recurren para ca- zar las fieras al artificio de cubrirse con pieles se- mejantes á las de éstas, y acometerlas corriendo á cuatro pies y llevando un cuchillo en la boca. An- tes que el desgraciado animal conozca el engaño, su acometedor le sepulta impunemente el cuchillo en lugar donde la muerte sea segura é inmediata.
Tras un breve reposo sonó un nuevo silbido del cabezudo Quiganza, y el ala izquierda, reforzada por los excluidos de la derecha, en conjunto treinta y siete uagangas, entró en juego, comenzando, se- gún costumbre, por donde la anterior había termi- nado. Dieron una carrera comj^leta, con mayor velocidad, si cabe, que las precedentes, y el direc- tor, viejo muy flaco y ágil, llamado Menú por el descomunal tamaño de su « dentadura », para ter- minar, se plantó en el centro de la sala, se puso en cuclillas y comenzó á moverse con tal habilidad, — 58 — qtie parecía una campana. Aunque todos preten- dían imitarle, no llegó á dos docenas el número dé los que lo consiguieron, pues la figura exigía que las piernas se sostuvieran firmes como caballetes, j que sobre ellas el cuerpo y la cabeza, en perfecto, equilibrio, se balancearan sin caer para atrás ni dar de hocicos en el suelo. En esta forma reman los mayas, que siendo un pueblo muy dado á lar navegación, pone sus cinco sentidos en educar la juventud para la marinería, y tiene el gran sen- tido práctico de convertir los ejercicios de instruc- ción en juegos populares, mezclando, con el su-' premo' arte de los clásicos, lo agradable con loútil.
útil.
Otra figura de la danza consistió en imitar gri- tos de animales, y lo hacían con tan maravillosa perfección que llegué á sentir miedo. Estos son ios gritos que emplean en la caza y en la guerra.
Por último, ejecutaron una marcha muy extra- ña, valiéndose también de piés y manos, pero en forma distinta de la primera, pues ahora saltaban como saltan los conejos, dando al mismo tiempo agudos chillidos como las ratas. Así recorrieron varias veces la sala en distintas direcciones, hasta que el rey dió la señal de alto. De todos estos jue- gos sólo habían salido diez y ocho airosamente, y los demás se fueron acogiendo al banco que estaba, frente á nosotros.
' Los que en él se sentaban siguieron la danza, y aun á riesgo de ser pesado, ño omitiré la indica- ción de las que ejecutaron. El comienzo fué la marcha á saltos, que terminó con una pantomima muy graciosa, en que todos los saltarines hacían — 59 — con la cara gestos mny semejantes á los del conejo cuando come. En este extremo ninguno igualaba al jefe, que es el inventor del juego, y por esta razón se llama Sungo, que quiere decir «conejo»»