SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Noté que de todas las figuras ésta era la que' más agradaba al rey, quien retrasó el silbido' re- glamentario y tuvo á los ejecutantes cerca de me- dia hora moviendo la boca, la nariz y las orejas. En todos los pueblos hay un animal [que simbo- liza la astucia: en Asia, el chacal; en Europa, la zorra. En Maya no hay zorras ni chacales, y el ins- tinto popular cifra todos los rasgos de la astucia en el conejo,* cuyo fruncimiento constante de ho- cico, contrastando con la impasibilidad de su mi- rada y la posición expectante de sus orejas, ofrece cierto aire de picardía, que nosotros los psicólo- gos europeos no hemos advertido, ün artista como Sungo, haciendo la figura del conejo revela más graciosa malicia y zahiere con más refinada inten- ción, que la cantante parisiense más procaz ó el orador parlamentario más maestro en el arte- de las reticencias.

Cuando el cabezudo Quiganza tuvo á bien darse por satisfecho, el malicioso Sungo inició un [baile del corte de nuestros tangos cubanos, con el que 'se mezclaban gritos feroces en los que creí notar la alegría salvaje de los cantos de triunfo. Des- pués siguió un cuadro de natación en el que mu- chos cayeron en falta, pues había que poner el ■ cuerpo horizontal, sostenerse sobre una sola pier- na, como las grullas, y mover la otra pierna y los brazos como cuando se nada. Veintiséis uagángas- quedaron excluidos en esta suerte y tuvieron que — 60 — abandonar el local; de donde yo deduje que acaso estas ceremonias equivaldrían á nuestros compli- cados procedimientos electorales j servirían para aquilatar el mérito de los candidatos y excluir á los que no fuesen dignos de tomar parte en las deliberaciones.

Ello fué que, cuando sólo quedaron los que ha- bían imitado con exactitud los ejercicios, danzas gestos y gritos de alguno de los tres directores todos se levantaron, y confundidos en un solo grupo se dirigieron hacia la puerta principal, dando saltos y con los brazos extendidos y las manos col- gantes á la manera de los osos. Así fueron hasta la plaza, mientras Quiganza, el príncipe y yo, nos quedábamos en el dintel presenciando el nuevo es- pectáculo.

Todos los ciudadanos en masa habían acudido frente al palacio, y cuando salieron de él los ua- gangas, la danza se generalizó. Era maravilla ver cómo un gesto, un salto, una zapateta, un chillido? corrían de cara en cara, de cuerpo en cuerpo, de boca en boca, de tal suerte que, siendo miles los danzantes que allí estaban, parecían sólo tres, Mato, Menú y Sungo, cuyas figuras se refleja- ran en mágica combinación de impalpables espe- jos y se multiplicaran de una manera prodigiosa.

Jamás en mis viajes por Europa, en los que siempre procuré profundizar cuanto mis alcances me permitían sobre el carácter y las costumbres, las virtudes y los vicios de la sociedad, había yo pre- senciado nada comparable á esta diversión. Y no estaría de más que la presenciaran muchos censo- res de mala voluntad, que todo lo que no es euro- — 61 — — 61 — peo lo encuentran detestable y que afirman con error patente que en Europa están los únicos cen- , tros de producción del «servum pecus», tan útil para la vida ordenada y próspera de las naciones» La fiesta se prolongó hasta la puesta del sol; pero antes el cabezudo Quiganza, al que seguimos el príncipe y yo y una pequeña escolta, se dirigió á su palacio, en cuyos umbrales obtuve permiso para retirarme á descansar. El príncipe, que se me babía mostrado muy solícito, me acompañó hasta mi morada, que estaba muy cerca de la del rey.

CAPÍTULO V La vida privada de los mayas. — Antigua organización de la familia. — Recuerdos de mi primera noche en la mansión del Igana Iguru.

En Maya la vida social duraba hasta la pnesta 'del sol. No se tenía idea del alumbrado público, ni de los espectáculos nocturnos; no existían cafés ni otros lugares de reunión. Al anochecer, cerra- das las puertas de la ciudad, que están unidas entre sí por altas y espesas empalizadas, ningún .sér viviente podía entrar ni salir hasta el nuevo día. Junto á cada una de las puertas había un pe- queño cuartel, donde vivían los soldados con sus , familias; pero las guardias no las hacían hombres ni mujeres, sino gallos, de sueño más ligero, que daban el grito de alarma al menor ruido de hom- bres ó de fieras que escuchaban media legua á la redonda. Dentro de la ciudad, cada hombre se reftigiaba en su guarida; las calles quedaban si- lenciosas, y en cada habitación comenzaba una nueva vida, la vida íntima del hogar, llena de pe- . queños placeres y de menudos cuidados, de expan- siones y de misterios.

He de confesar que si la vida exterior de estas .ciudades no llegaba á satisfacerme por completo, — 64 - la vida doméstica me seducía liasta el ¡Diinto de ha- cerme olvidar, durante meses enteros, mi querida patria. Los mayas son sobrios en el dormir, más aún que en el comer, j con seis lioras de reposo tienen más que suficiente; las otras seis horas de la noche (pues la duración de días y noches es- constantemente de doce horas) las consagraban á la vida de familia. Ya trabaje el hombre en su propia casa, ya fuera de ella, durante el día vive en trato exclusivo con otros hombres. De día sólo eran vi- sibles las mujeres que en virtud de condena tenían que trabajar en los campos; las demás vivían in- comunicadas, muy á su placer, dentro de los gi- neceos, entretenidas en sus quehaceres, según vi- mos en casa de Ucucu.

Esta existencia, que parecerá insoportable, es en realidad, justo es decirlo, la más propia del sexo débil, siempre que tenga el natural complemento de la poligamia, institución creada en su benefi- cio, pues gracias á ella se hace imposible la mise- ria y la prostitución de la mujer y se resuelve un problema doméstico que en las naciones civiliza- das es insoluble. Me refiero á la necesidad que tiene la mujer de vivir dentro de casa para llenar cumplidamente su misión, y á la necesidad que también tiene de tratarse con otras personas de su sexo y de su clase. Entre nosotros, la cuestión se resuelve rara vez harmónicamente: hay mujeres que llevan la vida de pobres prisioneras, y hay otras que transplantan su hogar á la casa de sus ami- gas, á los paseos y á los teatros. Entre los mayas la solución es perfecta. ^Si el hombre cuenta -con riquezas, crea dentro de su casa una sociedad fe- — G5 — menina, en la que cada mujer ocupa el rango qué corresponde á sus méritos, y todas satisfacen dos aspiraciones inherentes á su naturaleza: la de ha- llar un protector que atienda á sus necesidades y á las de sus hijos, y la de tener compañeras con quienes departir, murmurar, enfadarse y desenfa- darse, reñir y hacer las paces, distraer, en suma, el espíritu por medio de juegos inofensivos, que por falta de libertad no pueden degenerar en fal- tas vituperables. Los hombres pobres que no pue- den sostener varias mujeres ni servidumbre, se asocian (generalmente los individuos de una mis- ma familia) para vivir en una sola casa, que se divide con equidad y procurando que las habita- ciones de las mujeres comuniquen entre sí. De este modo, las mujeres viven en comunidad du- rante el día, sin los peligros que serían de temer entre nosotros, habituados á entremeternos á todas horas en los asuntos caseros. Esto entre los hom- bres libres; los que voluntariamente ó por heren- cia ó por delito vivían en la servidumbre, tenían por casa la de su señor, quien se obligaba, en cambio de los servicios recibidos, á sostener al siervo y á su familia: á su mujer ó á sus mujeres, que de día acompañaban como siervas á las muje- res del señor y á sus hijos, que vivían también hasta cierta edad con los hijos del señor.

Dentro de cada mansión, que representa un organismo social más perfecto que nuestros muni- cipios, cada gTiipo tiene su hogar propio: el señor, los siervos, las mujeres y los hijos. Estos pertene- cen á la madre hasta los cuatro años, y después jiasan á manori del padre, quien los confía al cuir-_ — 66 — dado, bien de pedagogos domésticos, bien de pe- dagogos libres, que representan á nuestros maestros de escuela. A los doce años la vida común de la infancia se disuelve, y cada cual adquiere la consi- deración que corresponded su sexo y á su clase, pero sin romperse por completo los vínculos familiares creados; las jóvenes entran en el gineceo con sus madres en espera de matrimonio; los jovenzuelos viven cerca de sus padres, ayudándoles ó apren- diendo una profesión basta que son capaces de crear familia. Los siervos tenían derecho, desde los veinte años, á que el señor les sostuviera una mujer; y sus bijas, si llegaban á tenerlas, pasa- ban de ordinario á ser esposas del amo de la casa. Lo bermoso de esta organización familiar, sin embargo, más que en lo dicbo, estaba en la vi Ja nocturna. En cuanto el sol se ponía y las puertas dé la ciudad se cerraban, todos estos organismos descritos se deshacían hasta el día siguiente, y en- cada uno de los hogares, ya aislados, ya unidos bajo un mismo techo, quedaba constituida una verda- dera familia natural; el hombre libre dejaba el trabajo, el siervo sus servicios, la mujer el gineceo y sus faenas, los hijos la escuela pública ó privada, y todos se reunían para gozar de las dulzuras del amor familiar, mucho más vivo que entre nosotros por no ser. posible saborearlo á todas, horas. Había en. estas reuniones, cuyo interés se renovaba cada día,. cierto candor bíblico, difícilmente comprensi- ble para nosotros, acostumbrados ya á las casas de muchos pisos y á las familias de pocos miembros; á trabajar incansables para téner familia y casa ¡pro- pias, para pasar el día y la noche lejos de ellas.:, — G7 — La reunión terminaba siempre cuando se iban á apagar las teas, cuya duración era de cuatro ó cinco horas. Las mujeres se retiraban á descansar solas ó con sus hijos menores si los tenían; las hijas mayores á sus alcobas, junto á las de las mujeres, y los hijos cerca de sus padres.

En Maya no era tampoco conocida la costum- bre de permanecer en el lecho los señores y hacer madrugar á los siervos y á las mujeres; los usos obligaban al señor á ser el primero en levantarse y tocar á diana en un cuerno de búfalo. Al pri- mer toque se levantaban sus mujeres é hijas, que, pasando por la sala de reuniones nocturnas, salu- daban al señor y después entraban en el gineceo; al segundo, sus hijos, que se presentaban á recibir .órdenes. Estos dos toques servían también para la servidumbre, y cada siervo recibía de los suyos iguales saludos y reverencias. A un tercer toque toda la casa entraba en movimiento con la regu- laridad de una máquina convenientemente repa- rada y engrasada.

La mansión del Igana Iguru está cerca del pia- lado real, y si el verdadero Arimi se hubiera encontrado en mi puesto, la habría hallado casi como el día que la abandonó. Después de la con- dena de Muana, el cabezudo Quiganza había con- fiscado y vendido todos sus bienes particulares, mujeres, hijos, siervos, ganados y provisiones, res- petando exclusivamente las pertenencias anejas al cargo, las cuales pasaron á poder de Viaco, miembro de una familia nueva en la dignidad. Pero á la noticia de mi reaparición, el rey hizo ■depositar en su palacio todos los bienes de Yiaco, — 68 — y ordenó por edicto que se me restituyesen los míos, siempre que fuera posible, bajo promesa de indemnización, y todos los antiguos adquirentes se apresuraron á obedecer. De mis quince mujeres, que en mis veinte años de ausencia habían natu- ralmente envejecido, no faltó ninguna, pues Niezi era la única que había salido de Maya. De mis veintidós hijos habían muerto siete; pero en cam- bio adquiría, 23or accesión á sus madres, cinco me- nores de cuatro años. Mis tres siervos y sus fami- lias fueron entregados por el mismo Quiganza. En suma, las vínicas pérdidas sensibles recaían sobre los establos y graneros.

Por el momento no pude observar qué impre- sión produjo mi persona sobre la servidumbre, pues á poco de llegar sonó la hora de retirada. Se me acercaron mis hijos varones, algunos de los cuales eran más viejos que yo; todos cinco estaban casados y solicitaron de mí que aprobase los actos que habían realizado creyéndose libres. Yo concedí mi aprobación y noté con gusto que eran de los uagangas que habían formado en el ala del centro, y que el mayor de ellos no era otro que el listí- simo Sungo. Aunque sea adelantar noticias, debo decir que la representación nacional en Maya no se basaba en la elección, ni tampoco, como yo ha- bía creído, en la selección mediante ejercicios di- fíciles, sino en el parentesco. Todos los parientes del rey, del Igana Iguru, de los uagangas con- sejeros, que eran tres, de los reyezuelos locales, que eran veintitrés, y de los jefes del ejército, que eran y continúan siendo doce, figuraban en aque- lla por derecho propio, que sólo se perdía cuando — 69 - en tres danzas seguidas se caía en falta. En la celebrada con motivo de mi resurrección habían quedado excluidos definitivamente siete, que eran otros tantos enemigos míos, puesto que yo había sido causa, bien que inocente, de su inhabili- tación.

Muy satisfechos se retiraron mis hijos á sus respectivas moradas, á tiempo que entraban en mis habitaciones todas mis mujeres, llevando cinco de ellas á sus pequeiluelos desnudos, tres niños y dos niñas; detrás venían mis diez hijas, ocho de las cuales, habiéndose casado, traían sus hijuelos, en número de veinte. De las ocho hice entrega á sus maridos, que, de acuerdo con ellas, esperaban á la puerta, confiando en que yo accedería á con- validar el contrato hecho por el cabezudo Qui- ganza. Esta conducta mía, que después supe fué muy celebrada por todo el mundo, no tenía mé- rito alguno, porque, aparte de no haberme hecho cargo aún de la utilidad que podía sacar de una numerosa familia, encohtraba un alivio á mi tur- bación disminuyendo el número de los que me rodeaban, puedo menos de admirar la soltura con que estos hombres, que nos parecen inferio- res, se mueven en medio de una familia de cin- cuenta ó cien personas, y atienden á mil cuidados, preguntas y peticiones, sin aturdirse y sin fati- garse. Creo sinceramente que cualquier negro maya haría en nuestros salones figura más suelta y airosa que muchos encumbrados aristócratas y espirituales literatos.

Cuando me quedé solo con mis quince mujeres, mis dos hijas mayores y mis cinco hijos accesivos, — 70 — pude respirar con algún desahogo y adqnirir el aplomo necesario para dominar la situación. Por lo qne pude ver al turbio resplandor de las teas que desde los rincones de la habitación alumbra- ban, sólo tres de mis mujeres conservaban restos del brillo juvenil, aunque ya pasarían de los treinta y cinco años; las demás estaban en pleno período de descenso, y algunas tocaban en la edad sexagenaria. Mis hijas eran dos robustas donce- llas, de diez y nueve y veinte años, y ambas ha- bían nacido de Memé, la más joven de mis muje^ res y la favorita de Arimi después que Niezi, que lo había sido, avanzó en años. Memé y sus hijas eran las únicas que no habían salido de la casa, pues de Arimi pasaron á Muana, y luego las ad- quirió el fogoso Viaco. Según me dijeron, una de las jóvenes debía casarse en breve con el príncipe Mujan da, el que tan solícito se me había mos- trado.

La primera que rompió el silencio fué Niezi, para decirme que todas sus hermanas, esto es, mis mujeres, estaban ya enteradas de mi maravillosa historia y se habían alegrado de volver á su anti- gua casa, y que ella estaba muy triste por la au- sencia de Ñera, una de las mujeres del bravo ücucu, á la que amaba entrañablemente. Así, pues, me rogó que tomase á Ñera por mi mujer, en lo cual ücucu recibiría un nuevo honor.

Después de ofrecer á Niezi lo que me pedía, usé "brevemente de la palabra para repetir el relato der mi inmersión en el Unzu, y de las maravillas que $e encierran en los palacios de Kubango. Enton- (jes pude observar que la razón de la rápida creen- — 71 — — 71 — ciá en mis invenciones, estaba en que los mayas, .tanto hombres como mujeres, no habían llegado, como nosotros, a sentir la necesidad de la noble mentira (sin la cual muchos adelantos religiosos, políticos y sociales serían imposibles), y creían á ciegas en la veracidad de la palabra humana; Como es natural en el árbol echar hojas y en el río llevar agua, lo es en la palabra anunciar la verdad. Ni en el procedimiento civil ni en el- pe- nal se admite otra prueba que la declaración de los litigantes ó de los reos, y los abo^^dos (esto pudo verlo el lector en el juicio de Ant a-Myera) se limitan á conmover al juez, que á veces falsea la ley, no por error, sino por exceso de sensibi- lidad.

Cada, una de mis mujeres fué exponiendo sus impresiones, y por último mis hijas me manifes- taron, llenas de candor, que el fogoso Yiaco se ha- bía negado á entregarlas á los diversos preten^r dientes que habían tenido, y que ellas deseaban que yo las casara á la mayor brevedad. Ante, de- claraciones tan ingenuas me apresuré á ofrecerles, á la una, que al día siguiente concertaría el enlace proyectado con Mujanda, y á la otra, que la en- viaría al valiente Ucucii á cambio de Ñera; todo lo cual fué muy del agrado de la reunión, y de las jóvenes en particular, y se realizó, en efecto, al día siguiente.

Tras estas explicaciones vinieron los deseos de cerciorarse de los cambios que me habían ocurrido en mi vida subacuática; me tocaron la barba y me palparon los brazos, que yo mostré para que vie?^ ran su blancura; me encontraban más joven que — 72 — antes de mi desaparición, y se extrañaban de las mudanzas de mi fisonomía, de la que tampoco te- nían recuerdo exacto, pues cada cual la recons- truía de un modo distinto.

La esbelta Memé, que ejercía sobre las demás mujeres cierta supremacía, cogió un laúd, cuyas cuerdas, untadas de resina, lanzaban roncos soni- dos, como los bordones de una guitarra, y tocó en él una triste melodía, que acompañaba con su canto y coreaban todas las mujeres con gran afi- nación. La música era muy antigua y popular, y la saben desde pequeños todos los mayas; pero la letra había sido compuesta aquella mañana por el siervo Enchúa. Este nombre significa lo mismo que nuestra palabra « anchoa », y dada la estrecha relación fonética y morfológica que existe entre uno y otra, no es inútil hacer aquí esta indicación y recomendarla al estudio de nuestros modernos y sagaces filólogos. La canción decía así: « Arimi, el de la lengua de fuego, Arimi, enmudeció durante miles de soles, El gran Arimi escapó de las prisiones de Rubango, Y ya sabe conocerle y vencerle. Los mayas esperan á Arimi, Y Arimi será el fuerte escudo de Quiganza. Se acabará la ruina de las cosechas; Arimi sujetará el viento destructor. Arimi detendrá las aguas del río.

Las lágrimas se acabarán con la llegada de Arimi.»

Como los predicadores de aldea conmueven casi siempre á sus oyentes con sólo repetir sin tregua ni reposo el nombre del santo Patrón del lugar, ftsí, los poetas mayas utilizan el recurso de repetir — 73 — ■en cada verso el nombre del héroe en cuyo loor cantan. Sin embargo, bajo la tosca estructura de ^sta canción, compuesta en mi obsequio, se encu- bre todo el pensamiento religioso nacional, pesi- mista y candoroso; y todo un programa político, puesto que en ella se contienen los dos elementos integrantes de un programa: la enumeración de los males que acostumbran los pueblos á padecer y la promesa de remediarlos.

Después de la mVisica y del canto vino un baile ejecutado graciosamente por las hijas de Memé, que al final, despojándose una de ellas de su tú- nica, quedaron enlazadas en un grupo muy artís- tico. Este baile es con rigorosa propiedad un epi- sodio dramático de la historia de Usana, y el fin representa un momento culminante de la vida del gran rey: cuéntase que después de vencer al rey de Banga y de tenerle tendido bajo sus rodi- llas, éste le declaró que era una mujer, se arrancó la túnica y con sus maravillosos encantos prendió -el corazón de Üsana en las redes del amor.

Tocó el turno á los niños, que recitaron varias ■canciones y algunas tiradas de historia, aprendi- das de labios de sus hermanos mayores; el más pequeño, que tendría poco más de dos años, les superaba á todos por su despejo y por su gracia. Así agradablemente fueron pasando las horas, y llegó la de dormir, marcada por las teas, á punto ya de consumirse. Cada mujer se retiró á su al- coba, y los pequeños con sus madres, y yo quedé f?olo, embebecido en la interior contemplación de tantos y tan extraños acontecimientos como en aquel día habían ido sucediéndose. Toda la noche — 74 — — 74 — ia Habría pasado sobre mi estrecHo tabrtrete, me-?- dio dormido, medio despierto, de no volverme á la realidad la presencia de Memé, qne, llena de azo- ramiento y completamente desnuda, penetró en la estancia, se acercó á mí rápidamente y me dijo al oído con voz agitada: — ¿Arijo? Arijo Viaco. ¿Estás aquí, señor? Viaco está aquí.

De un salto me incorporé, é instintivamente miré en torno mío buscando un arma. La esbelta Memé se dirigió á un rincón, arrancó de la pared lin cuchillo que servía de palmatoria, y separando de la hoja la tea, aun encendida, me le ofreció con valiente ademán. Era una figura hermosa que me hizo reconocer por primera vez la belleza de una mujer negra. Su cuerpo tenía esa plenitud y per- fección de formas que sólo se encuentra en las. mujeres que han pasado ya los años de la juven- tud; el pecho, que las afea tanto por su excesivo y monstruoso desarrollo, era en ella pequeño y muy recogido (de donde sin duda la venía el nombre de Memé, que quiere decir «cabrilla»); la cabeza airosa y de expresión enérgica y arrogante, y como coronamiento de la obra unos ojos grandes, tristes y hechiceros como los de una gitana.

La alarma fué inútil, porque Viaco no pareció» Quizás, descubierta á tiempo su tentativa, tomaría el partido de escapar, pues oímos un vivo cacareo de gallos, que, según Memé, indicaba el paso del fugitivo. Quizás todo fuera una alucinación muy común en la exaltada naturaleza de las mujeres africanas. Quizás una treta de la hermosa Memé para atraerme y reconquistar sobre mi el ascen- diente que había ejercido veinte años atrás.

CAPÍTULO VI La religión maya. — El afuiri y el ucuezi. — Descripción de estas ceremonias y de la vida maya en un día muntu.

Aunque las mujeres mayas vivían en absoluto aislamiento, tenían cada mes lunar un día libre, el día muntu ó de la mujer, en que se presentaban en público para concurrir al ucuezi y al afuiri, ceremonias religiosas instituidas por la ley. A estos dos ritos estuvo reducida la religión maya, la an- tigua y la nueva, hasta mi pontificado, y en ambos el sacerdote iinico era el Igana Iguru, después del rey, la primera figura de la nación.

Examinando los manuscritos del archivo de^ Arimi (acrecentado con los posteriores á su muer- te), encontré en diversas piezas numeradas todas las noticias necesarias para reconstituir la historia religiosa del país. Cada manuscrito ó ruju es una piel de buey un poco recortada y redondeada, y su conservación es perfecta; pero su manejo es tan penoso y su interpretación tan difícil, que tuve que auxiliarme de mis dos siervos pedagogos. Todos los rujus, en número de ochenta, pertenecen á una época reciente, pues de su contexto se deduce que la escritura fué introducida en Maya por un indí- gena llamado Lopo, que había vivido largos años — 76 — fuera del país en otras tierras donde habitan hom- bres caídos del cielo. A este Lopo se le llamó Igana Iguru, fué el iniciador de un nuevo pe- ríodo histórico de carácter revolucionario, y según mis cómputos, debió vivir hace unos tres siglos, allá por los reinados de nuestros Felipes II y III. Sin embargo, los manuscritos abarcan mayor ex- tensión de tiempo y transmiten muchas tradicio- nes antiguas que sobrevivieron á la época revolu- cionaria, y que representan en la actual uno de los elementos de la religión vigente.

Los antiguos mayas creían exclusivamente en p.n espíritu malo. Recordando las noticias trans- mitidas de boca en boca de unas á otras genera- ciones, aprendían que jamás los campos dieron en un año doble cosecha, ni los árboles echaron dos veces hojas y frutos, ni las fieras dejaron de devo- rar al hombre, ni éste dejó de trabajar bajo la inclemencia del sol y de la lluvia. La naturaleza, que para el maya no es buena ni mala, sigue su curso sin mostrarse una sola vez generosa con el hombre, dándole siempre lo ordinario. En cambio, ¡cuántas tradiciones no refieren que tal año se desbordó el río y anegó los campos, que tal otro el huracán arrasó los sembrados y abatió los árbo- les! ¡Cuántas hambres, guerras, incendios y en- fermedades! Los mayas creían, pues, que toda al- teración en la marcha de la impasible naturaleza era para daño del hombre, y personificaban todos los males en un solo sér incognoscible, llamado Etibango, por ser el más funesto de los males la enfermedad, la «fiebre». En la patología maya ioda la nomenclatura de los padecimientos se re- — 77 — — 77 — duce á la palabra rubango, y por una sencilla tras- lación metafórica, todo el arte médico se reduce también al acto de aplacar el espíritu irritado de Rubango. Este acto era el afuiri, sacrificio jurí- dico, y se conservó en la religión reformada.

La explicación de esta doctrina y de su ritual religioso llena veintitrés pieles; los restantes rujus se refieren á la época moderna y pueden dividirse en dos grupos: uno de catorce, que contienen la parte fija ó dogmática, y otro de cuarenta y tres, con la parte movible ó histórica, después del edicto de Usana. Sobre este último grupo mi examen fué fnuy somero, porque los relatos se repiten cons- tantemente, variando sólo los nombres del rey, del Igana Iguru, de los individuos sometidos al afuiri y de los concurrentes al ucuezi. Son, más que otra cosa, censos de población. Los Kim ó dog- mas sí merecen examen, porque, bien que bajo formas rudimentarias, encierran los fundamentos de un curioso monoteísmo.

En un principio la tierra era lisa y hueca, como una calabaza de agua, y dentro de ella vivían los animales; pero tanto crecieron éstos que faltó es- pacio para contenerlos, y la corteza terrestre tuvo que irse estirando. Así se formaron las montañas y los valles. Las lluvias, que antes resbalaban por la superficie de la tierra, ahora descendían de las montañas y se reunían en los lagos, que son los depósitos de los ríos. Con la humedad aparecieron las plantas. Por último, la tierra se abrió por di- versos lugares y dió á luz un par de animales de cada una de las especies que contenía en su inte- .rior. Entre ellos figuraba un par de soceos 6 monos — 78 — — 78 — antropomorfos, primera forma del hombre terre- nal, aparecida en el mismo lugar donde hoy se alza Maya, en una' gruta llamada Bau-Mau, gruta ■de los primeros padres. Este primer Kim no se opone á la aparición de otras parejas fuera del reino de Maya; al contrario, se cree que cada reino se formó de una pareja distinta, y por esto no es lícita la conquista territorial. Aunque los pueblos guerreen unos contra otros y se despojen de sus riquezas, especialmente de sus mujeres y ganados, jamás se deben modificar las fronteras, ni una ciudad de un reino debe pasar á otro reino dis- -tinto. Lo que la tierra hace, el hombre no debe deshacerlo, dice una sentencia maya.